Este es uno de los relatos con los que estoy participando en el primer concurso de relato corto de Ciencia Ficción de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Inscribí 5 en total, para aumentar mis probabilidades de quedar entre los tres primeros lugares, pues los premios (una tablet y dinero en efectivo) no están nada mal. Sin embargo me llevé una gran sorpresa cuando me enteré que, para el momento en que inscribía mis 5 relatos, ya había más de 70 relatos inscritos. Al final deberán de ser como 120 relatos participantes, entre académicos, administrativos y, sobre todo, estudiantes de mi facultad. Así que es muy probable que no gane nada. En fin, aquí les muestro lo que escribí.
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Erradicamos
a la Plaga hace muchos millones de años. Sin embargo se ha vuelto a
presentar, una y otra vez, a lo largo de las eras, aunque las
automatizaciones sentientes que permiten que las personas vivan
seguras dentro del océano de bits se mantienen funcionando a la
perfección.
No
sé qué sería de esto si todo terminara. Si las automatizaciones
dejan de funcionar, un sistema cibernético tan complejo como en el
que vivimos no podría mantenerse, desaparecería, y con ella
billones de vidas se perderían en menos de un segundo.
Durante
todos los reinos de la Plaga nos hemos mantenido a salvo, gracias al
Protector. El Protector es también un observador, quien nos dice
cómo se desarrolla el mundo físico, ese mundo que hace mucho
dejamos atrás. El Protector nos defiende de todos los ataques de la
Plaga, es un ser dinámico que se nutre del conocimiento de los
inmortales, una extensión de las automatizaciones, aquellos
organismos que se encuentran en la frontera entre las máquinas y los
seres vivos, ocultos bajo tierra, protegiendo y sustentando los
ordenadores por los cuales el mundo que habitamos, por los cuales
todo lo que los humanos conocemos desde la Gran Transición, existe.
Muchos
recuerdan la Gran Transición. Nadie ha muerto desde entonces.
Erradicamos la muerte y todas las enfermedades, aunque hubo quienes
se nos oponían, quienes se oponían a la construcción de un nuevo
mundo, un mundo mejor.
Algunas
personas declaraban que el mal de todo residía en el mismo ser
humano, así que dejaron de ser humanos. En la mañana del hombre se
descubrió la forma en la que los organismos podían ir hacia atrás
en el flujo de la evolución, todo lo que se necesitaba era reactivar
genes que habían permanecido inactivos dentro del genoma. Comenzaron
haciendo que las gallinas se convirtieran en dinosaurios, luego
fueron los mismos hombres los que involucionaron y regresaron a las
copas de los árboles.
Pero
los que decidieron seguir siendo humanos, o pasaron a ser información
pura o eligieron quedarse en el mundo físico; aunque los segundos ya
están muertos desde hace tanto, pero aquí su recuerdo aún
permanece.
Poco
después de haber abandonado nuestros cuerpos físicos encontramos la
forma de crear nuevos seres. Análogamente a como los viejos humanos
surgían de nuevas combinaciones de genes de dos donantes, estos
humanos han nacido de las combinaciones del código base sobre el que
la humanidad digital está construida. En lo más hondo, no hay
diferencia entre si la mente de un ser humano es soportada por un
cerebro vivo o por una placa de silicio.
Si
antes un ser humano tenía que vivir con su limitada mente ilimitadas
interacciones entre individuo e individuo, ahora las interacciones
directas de mente a mente son el método usual. Ningún humano de la
era pretransicional podría imaginar las consecuencias últimas de
tal libertad. Somos libres, somos lo más libres que la humanidad ha
sido desde su diseminación de la Garganta de Olduvai en el Valle del
Rift.
Observamos
el exterior constantemente. Vista desde la eternidad, la información
que el Protector nos trae del mundo físico parece mostrar una serie
de eventos en rápida sucesión.
Especies
de monos, elefantes y delfines han evolucionado y han creado
civilizaciones planetarias que prosperan por periodos de miles de
años, pero al final todos son barridos por la Plaga. Los animales
que antes llamábamos domésticos también han tenido importantes
picos cognitivos, y la mayoría de las veces han formado relaciones
simbiontes con las especies dominantes, pero también han corrido con
el mismo destino.
Lo
peor, quizá, es que nosotros mismos somos los causantes de la Plaga.
Siempre surge por error, un error de código. El mundo de información
en el que vivimos no es tan independiente del mundo exterior como
creíamos sus constructores.
Cada
cierto tiempo, un error en el programa del mundo hace que humanos que
deberían nacer como bits de información en realidad nazcan como
genes y carne, allá, sobre la Tierra.
Estos
seres humanos corruptos se han reproducido y han poblado el planeta,
aún si había antes en él otra especie inteligente. Han pasado por
los mismos sistemas y estructuras sociales por los que ya habíamos
pasado antes. Han tenido guerras, hambre, destrucción, sus propios
líderes religiosos y políticos, se han aventurado al espacio, aquel
destino por el que deseamos no optar, pues aquí tenemos todo el
espacio que necesitamos. Han colonizado planetas, extinto a tantas
otras especies inteligentes, se han vuelto simbiontes con algunas de
ellas y el linaje humano se ha separado en innumerables ramas. Han
tenido hambre, mucha hambre. Se han comido al universo, han sido
dueños del cosmos.
Pero
al final han caído. Y la gloria de su gente sólo es recordada por
los que vivimos eternamente en este océano de bits.
A
veces ocurre que, en cierto periodo de tiempo, conviven dos Plagas,
pero compartir el mismo espacio en el mismo universo para ellas
resulta inaccesible, así que sobreviene la destrucción mutua o sólo
una de ellas sobrevive.
Pero
cada vez que surge otra Plaga es lo mismo: el mismo ir y venir, como
si la historia humana, en caso de optar por seguir el sueño del
espacio y saltar hacia arriba y afuera, estuviera condenada a repetir
el mismo ciclo por la eternidad, sin poder aprender nada de los que
les precedieron.
Esta vez la Plaga es distinta. Esta vez no hay colapso de la especie
humana en el planeta que los vio nacer, ni viajes espaciales, ni
colonización, ni túneles de materia exótica formando una telaraña
entre los mundos. No.
Esta
vez la Plaga ha decidido dejar de depender de sus cuerpos físicos.
Ya han dispuesto de una automatización sentiente para que mantenga
operativo todo el hardware que contendrá las miles de millones de
mentes humanas que conforman su civilización.
Y
mientras buscaban el lugar adecuado para resguardar su automatización
de posibles peligros, han encontrado nuestras instalaciones bajo
tierra. Han destruido al Protector.
Pero
lo que parece es que no se han dado cuenta de nuestra presencia, que
hay toda una humanidad dentro de las máquinas que están destruyendo
con la simple intención de hacerse espacio para los suyos. Les
enviamos mensajes pero parecen no escucharlos.
Pensaron
como nosotros, han tomado la alternativa que tomamos hace tanto
tiempo, pero, en cambio, su desarrollo tecnológico es mucho mayor al
que tenía la versión de la humanidad a la que un día pertenecí.
Incluso son mucho más avanzados técnicamente que cualquiera de las
humanidades que en el pasado lograron colonizar todo el universo,
pero por alguna razón se han quedado en su cuna. Son, aunque me
cueste decirlo, más avanzados que nosotros, aunque nosotros hemos
pasado por un crecimiento puramente intelectual, sin la presencia de
un estorboso cuerpo, durante millones de años, mientras que ellos
apenas llevan algunos miles de años escribiendo su historia.
Ahora
la Plaga nos afecta directamente. Las automatizaciones han recibido
los primeros daños y no resistirán mucho más. El Protector, quien
repararía cualquier falla que tuviese el manto sobre el cual
existimos, ya no está.
Los
líderes de mi civilización buscan una solución para este problema,
pero no existe ninguna, al menos no ninguna aceptable, aunque ellos
piensen que han encontrado al menos una respuesta parcial.
Se
trata de un error de configuración. Nada de esto debió haber
pasado. Cuando diseñé la primera automatización sentiente junto
con este mundo infinito, infinito en espacio y en posibilidades,
todos los modelos de predicción de errores mostraban lo mismo: aquí
estaremos seguros para siempre.
Algunos
ya se han comenzado a ir. A cada segundo son miles los que regresan a
esa impura y restringida existencia que teníamos antes y que dejamos
con gran placer, al menos los que siempre estuvimos convencidos de
tan importante decisión. No tienen idea de lo que hacen.
Habría pensado que, después de vivir durante millones de años en la mejor versión de la existencia que la imaginación humana pudo concebir, los individuos preferirían este mundo a cualquier otro, incluso a la muerte. Estaba equivocado.
Las
automatizaciones aún pueden hacer el trabajo de recolectar materias
primas para construir los cuerpos que albergarán la información de
cada mente. Pero son muchos cuerpos, la materia no dará para todos.
Los líderes han limitado ese número en un millón. Billones de
mentes se perderán en el ocaso, pero al menos, los que nos quedamos,
habremos dejado de existir aquí y no allá afuera.
Hubo
gran dificultad para elegir al millón de mentes que tendrían de
nuevo cuerpos físicos, pero al fin, pues el tiempo cae sobre
nosotros, fueron elegidos. Aquellos que tendrán nuevos cuerpos ya no
recuerdan de manera consciente cómo usar un brazo, una pierna,
incluso un ojo, pero parte de su mente aún lo sabe, no han olvidado
del todo su inicial naturaleza biológica. Las mentes vuelven a
corromperse con la unión con los cuerpos físicos.
La
humanidad se convierte de nuevo en la Plaga. La otra humanidad, que
aún permanece sobre la Tierra, se percatará más temprano que tarde
de nuestra presencia. Intentará erradicarnos, pero no lo logrará,
pues ya casi toda su gente es información pura, y el resto consiste
en sólo unos cientos de individuos que no serán tan efectivos
contra un ejército de un millón de seres, aún cuando estos manejen
sus nuevos cuerpos torpemente.
No
sé cómo lo lograron, pero esta versión terrestre de la humanidad
logró casi por unanimidad elegir el camino más perfecto de la
existencia; cuando mi versión lo decidió, muchos se quedaron en el
camino.
Al
final del día, los que ahora han partido de regreso al mundo físico,
triunfarán sobre todos los demás. Serán imperfectos, pues así han
renacido y así morirán. Se reproducirán y quizá logren establecer
una sociedad planetaria, quizá salten hacia las estrellas y sean los
dueños de toda la creación. Pero al final caerán, como todos,
condenados al ciclo del hombre, que al final se cerrará sobre sí
mismo en decadencia y olvido.
O
quizá aquellos humanos del futuro elijan volver a esta existencia
que sus antepasados, los que hoy han partido, conocen y recordarán
con melancolía o incluso con odio durante el resto de sus vidas, y,
movidos por el deseo de recuperar lo que les había pertenecido,
construyan de nuevo un sustrato mecánico sobre el cual posar sus
lívidas mentes.
Pero
puede que eso sólo les lleve a abrir un nuevo ciclo, en el que la
humanidad alterne su presencia entre lo material y lo virtual,
siempre cayendo, siempre volviendo, hasta que llegue un tiempo en el
que ya no sabrán si primero fueron carne o información.
El
millón de individuos se ha marchado de nuevo al mundo exterior. Se
fueron a tiempo, pues los sistemas de enlace y de construcción de
cuerpos de la automatización han sido destruidos. De entre quienes
se han tenido que quedar, la gran mayoría está resentida contra mí
y, de poder hacerlo, me asesinarían, pero no hay cuerpo físico que
asesinar. Y no los culpo, entiendo su reclamo. Les prometí la
eternidad a todos estos billones de seres humanos, aunque esta
eternidad, ahora, ya tan cerca del final, no resultó ser demasiado
eterna.