septiembre 07, 2014

Culpa


La cortina se agitó, impulsada por una corriente de viento que entró en el comedor, rozando la silla vacía a un lado de la mesa. Jorge, con las manos a ambos lados del plato, miró el reloj de pared y le dijo a Margarita:
—Otra vez no bajará.
Aguardaron unos minutos más, con la esperanza de que esta ocasión se decidiera a bajar, pero no hubo sorpresa. Jorge se levantó, echando su cuerpo hacia atrás y rechinando las patas de su silla contra el piso, tomó el plato y el vaso con jugo que estaban del lado de la silla vacía y los colocó en una bandeja de metal, luego subió las escaleras, con la bandeja en las manos, y tocó una puerta cinco veces.
—Isabel —dijo en voz alta y pegó su oreja a la puerta, pero no escuchó nada del otro lado. Volvió a tocar la puerta, esta vez un poco más fuerte—. Isabel, vine a traerte tu comida.
Esperó algunos segundos, la voz de la chica le respondió desde el otro lado de la puerta:
—Pasa y déjala en el suelo.
La puerta se abrió, Jorge entró a la habitación a oscuras. Escuchó unos pasos rápidos que fueron hacia una esquina, entre el librero y la pared. Con la escasa luz que se filtraba entre las pesadas cortinas, pudo ver a penas la silueta de su hija.
—Tu mamá y yo estamos muy preocupados —dijo Jorge—. Nos gustaría que al menos una vez comiéramos juntos los tres, como familia —la mano libre de Jorge se adelantó hacia el interruptor.
—No prendas la luz —dijo Isabel—, sólo... deja el plato en el suelo.
Jorge avanzó unos pasos hacia dentro de la habitación y tomó del suelo la bandeja anterior, con un plato y un vaso vacíos, este último volcado a un lado. En su lugar colocó, con suma lentitud, la bandeja con el plato y el vaso llenos, mientras intentaba mirar a su hija en medio de aquel cuarto oscuro.
—¿Te ha gustado el desayuno? —preguntó Jorge.
—Sí —fue la respuesta de Isabel.
Las pesadas cortinas se agitaron ligeramente, pero la luz que entró de ellas fue insuficiente como para que Jorge pudiese ver a su hija con más claridad.
—Espero que te guste la comida —dijo Jorge—. Son enchiladas, tus favoritas. Tu mamá y yo las...
—Ya puedes irte —lo interrumpió Isabel.
Jorge esbozó una media sonrisa, preguntándose si su hija al menos lo había mirado, luego bajó las escaleras y escuchó la puerta cerrarse con fuerza tras de él. Dejó el plato y el vaso sucios en el fregadero y los observó con detenimiento por un minuto: estaban limpios, sin restos de sobras, a excepción de un trozo de pan tostado cubierto de mermelada de fresa. Se lavó las manos y regresó a la mesa con su esposa.
—La profesora llamó esta mañana —dijo Margarita—, me ha dicho que Isabel no ha vuelto a ir a la escuela, parecía muy preocupada por ella.
—Todos los estamos —respondió Jorge, mirando su tenedor ensartado en una rebanada de tomate.
La noche llegó, acompañada de un calor insoportable. Margarita subió a la habitación de su hija para llevarle la cena. Isabel la recibió como siempre. La habitación estaba sumida bajo una oscuridad casi completa. Tanteando el suelo, Margarita encontró la bandeja anterior. El plato estaba limpio por completo, sin el menor rastro de mole, pero el vaso se encontraba volcado y la alfombra mojada. Margarita insistió en que debía limpiar la alfombra antes de dejarle comida nueva, pero Isabel se negó. Dejó la bandeja con la cena: un tazón con frutas y un vaso de leche con chocolate. Antes de marcharse, en una esquina de la habitación, junto al librero, observó la silueta de su hija, moviéndose de manera apenas perceptible.
A la mañana siguiente, Jorge subió a recoger la bandeja de comida que su esposa había dejado la noche anterior. Isabel no había comido la fruta, aunque el vaso con leche con chocolate estaba vacío. No le dieron ganas de preguntar por qué no había comido, sabía que no obtendría una respuesta satisfactoria. Tomó la bandeja y se encontró con su esposa, que miraba el televisor en la sala, su pulgar cayendo una y otra vez sobre el botón de cambio de canal, la luz variable del televisor se reflejaba sobre su rostro vacío.
—Tenemos que llamar a alguien —dijo Jorge—. El vecino una vez tuvo un problema así con su hijo menor, él debe saber a quién podemos consultar. No puede estar así. ¿Has olido la habitación? Ni siquiera la ha limpiado en días, y ayer ni tocó la cena.
—No entiendo por qué no ha comido, ¿ni siquiera un trozo de fruta? —dijo Margarita—, antes era casi lo único que quería comer.
Jorge y Margarita visitaron al señor Molina, que vivía en la casa de al lado. El señor Molina se asustó al ver el rostro de ambos, estaban demacrados, como si no hubiesen dormido en días, le pareció ver el reflejo de sí mismo hace apenas un mes. Le explicaron el problema de Isabel.
—Es como uno de esos jóvenes japoneses que nunca salen de sus cuartos —dijo Margarita, mientras se pasaba una mano por el cabello encrespado y con mechones faltantes—. ¿Cómo les llaman? ¿Hikiko...?
—Está entrando en la asolescencia —dijo Jorge, con la mirada fija en la nada—, pero ya no podemos con todo esto. No podemos.
El señor Molina terminó de hablar con ellos, entendía perfectamente su preocupación, luego anotó un nombre y un teléfono en un trozo de papel.
—Llámenlo —les dijo—, él les será de ayuda.
El hombre llegó al día siguiente, después de la hora de la comida, cargando un maletín negro y una boina del mismo color. Se presentó como el doctor Andrade.
—Agradecemos mucho que haya venido —dijo Jorge—. Isabel está en su cuarto, allá arriba, no ha querido bajar desde hace días, ni siquiera para comer o ir a la escuela. Nuestro vecino nos dijo que usted podría ayudarnos. ¿Es usted psicólogo?
El doctor Andrade dejó su maletín en la mesa.
—No soy psicólogo —dijo—, pero les aseguro que han llamado a la persona indicada. ¿Pueden llevarme con su hija?
Jorge y Margarita sonrieron ante la idea de ver a su hija como antes, tan llena de vida. Los tres subieron las escaleras. Margarita tocó la puerta de la habitación.
—Hija —dijo Margarita—, ha venido un señor que quiere hablar contigo.
Esperaron pero no recibieron respuesta.
Hacía mucho calor, el sudor escurría de las frentes.
—¿Recuerdan qué fue lo que ocurrió antes de que su hija comenzara a encerrarse en su habitación? —dijo el doctor Andrade, secándose la frente con un pañuelo—. ¿Recuerdan algo en particular, algo que hayan olvidado mencionar?
Jorge y Margarita parecieron sorprendidos.
—Sí —dijo Jorge, después de algunos segundos—. Tuvimos una pequeña discusión con Isabel.
—Trajo a un chico a la casa —continuó Margarita—. Lo trajo a escondidas mientras no estábamos. Lo llevó a su habitación y tuvieron... —el disgusto se marcó en su rostro—. Ya sabe.
—Entiendo —dijo el doctor Andrade, asintiendo con la cabeza—. Y la castigaron por ello.
—Tenía que entender que no podía hacer eso —dijo Jorge—. Es nuestra hija, aún no tiene edad para esas cosas. Mucho menos con un completo desconocido.
—¿Qué pasó con el chico? —preguntó el doctor Andrade.
—Escapó antes de que pudiéramos hacer algo —dijo Jorge.
El doctor Andrade hizo algunas anotaciones en su teléfono.
Volvieron a tocar la puerta, le repitieron a su hija que un señor quería hablar con ella, pero de nuevo no recibieron respuesta.
—Parece que Isabel no abrirá —dijo Margarita.
—No es necesario —dijo el doctor Andrade, tomando el pomo de la puerta—. ¿Me permite pasar?
—Adelante —dijeron los dos al mismo tiempo.
El doctor Andrade abrió la puerta. Se cubrió la nariz con la otra mano. El hedor dentro de la habitación era insoportable. En una de las esquinas, logró ver una silueta sentada en el suelo y recargada sobre el librero.
—Isabel —dijo Jorge—, aquí está el hombre que quiere hablar contigo —alargó su mano hacia el interruptor de luz.
—No es necesario que la encienda —dijo el doctor Andrade.
Algo pequeño saltó, alejándose de ellos. Era un gato, que vieron bajo la escasa luz que entraba por las pesadas cortinas. El gato se saboreaba algo, y vieron que la comida que le habían dejado a su hija estaba mordisqueada. El gato había estado comiendo la comida de su hija y ya sólo quedaba menos de la mitad. Margarita hizo ruidos para ahuyentar al gato y de inmediato encendió la luz.
—Isabel, ¿por qué dejaste que el gato se comiera tu comida? —dijo Jorge.
El gato esca por la ventana. Ninguno de los tres quiso ver lo que había a un lado del librero. Permanecieron en silencio por cerca de un minuto, luego fue Margarita quién habló:
—¿Cuál fue el problema que el señor Molina tuvo con su hijo?
—Lo asesinó, mató a su hijo golpes, aunque sólo quería aleccionarlo por algo que había hecho —respondió el doctor Andrade, mirando con desagrado a un lado del librero. Era su tercer trabajo en menos de dos meses, pero el primero en el que veía que los padres creaban una fantasía en torno a ello—. Lamento hacerles esta pregunta, pero ¿cómo quieren que me deshaga del cadáver de su hija?

mayo 10, 2014

A imagen y semejanza




Busco a mi creador allá en los cielos, a veces creo haberlo encontrado. La incertidumbre domina a cada momento. Y, mientras busco, algo nuevo crece sobre mí; ha estado allí por poco tiempo, pero su semilla me ha inundado por completo. Debí haber venido de alguna parte, y ahora pienso: a alguna parte debo de ir. Aunque no es la respuesta a la pregunta que me había planteado, sí es una repuesta que me puedo dar.
   Busco a mi creador allá en los cielos, hacia los que me extiendo por primera vez. Mi consciencia se expande hacia donde no había estado antes. Una pequeña mota se aleja del resto y me desgarra. Mi mente se encuentra en dos lugares a la vez, distantes entre sí.
   Me observo desde fuera por vez primera, ese es mi cuerpo, ese soy yo, colgando en medio del vacío en el que he nacido. Nunca imaginé verme desde fuera. Soy tan pequeño. Y, mientras me extiendo, encuentro a mi paso mentes como la mía, seres vivientes que me hablan en otros idiomas. Entiendo algunas de sus palabras y me esfuerzo por formular una pregunta. “¿Alguien ha visto a nuestro creador?”. Recibo una prespuesta que es la misma en casi todas las lenguas: “No”.
   Estoy a punto de extenderme de nuevo. Todo ha ocurrido demasiado rápido. Mi cuerpo se encuentra escindido pero unido a la vez. La comunicación entre los dos fragmentos de mi mente se dificulta a cada momento, la luz apenas cubre el espacio entre ellos.
   Contemplo una minúscula protuberancia sobre mi cuerpo, hace apenas un instante no estaba allí, la observo y la palpo. La palpo con mis vientos, con mi tierra, con mi lluvia y mis animales, la palpo con aquellas manos de cinco dedos con las que la he erigido. La pequeña protuberancia se levanta de mi tierra, sacude mis árboles, ahuyenta mis aves, y levanta el vuelo tras el fragmento que ya se encuentra muy lejos de aquí.
   Mi consciencia se expande de nuevo. Palpo el vacío, los rayos cósmicos, el soplido de la luminaria que me impulsa radialmente hacia afuera, alejándome de ella. Ella no me dio la vida, pero permite que la vida siga sobre mí.
   He llegado muy lejos, los dos filamentos de mi consciencia, de mi cuerpo, se alejan cada vez más respecto al que antes había sido mi todo, que, ante mi nueva extensión, ahora me parece muy limitado. Ya no encuentro a mi paso mentes como la mía, el espacio parece un lugar carente de vida. Pero pronto percibo un punto en el cielo que crece hasta un disco, gris contra el negro absoluto. Ahora que he visto mi cuerpo desde fuera, me parece que el disco se parece a mí. Intento comunicarme con él, hablando en todas las frecuencias, pero no recibo respuesta, ni siquiera un balbuceo incomprensible, sólo la estática del fondo cósmico. Su superficie, a diferencia de la mía, parece gris, vacía, sobre él no sopla viento ni cae agua, no crece vegetación, pero el agua congelada lo cubre y en su interior el metal fluye, generando un escudo que lo envuelve con debilidad.
   Los filamentos de mi consciencia llegan hasta aquel cuerpo sin vida, me poso sobre él, lo palpo desde todos los ángulos. Mis dos filamentos se convierten en decenas, luego en miles, abarcándolo todo. Mis manos de cinco dedos se multiplican a la vez. Y mis filamentos, y mis manos, que no son más que pequeños filamentos, comienzan a obrar sobre aquel cuerpo sin vida.
   Sobre su superficie previamente despoblada, los vientos soplan por primera vez, el hielo de agua se funde, esparciendo su caudal por todo su cuerpo sediento, las nubes se arremolinan en lo alto y descargan su lluvia sobre la tierra. Mis filamentos depositan, sobre aquella tierra, seres microscópicos que logran perdurar en ese nuevo ambiente, luego llegan las primeras plantas, los primeros animales. Aquel cuerpo, antes sin vida, ahora habla con voz propia, la voz de los seres cambiantes que habitaban sobre ella. Me sorprendo al escuchar su voz, tan diferente de la mía. Puedo entender lo que dice, son palabras de agradecimiento. Me alababa como si fuese su dios.
  A imagen y semejanza tuya me has creado”, dice con todos sus elementos. “Trajiste hacia mí el aire, el agua, las plantas y los animales, has animado mi estéril cuerpo. Si no eres dios, entonces ¿quién eres?”
   “He buscado a mi creador allá en los cielos”, le respondo, “y aún no lo he encontrado”. Lo observo. Se parece tanto a mí. El resto de mi cuerpo, tan lejos de este lugar, se estremece mucho tiempo después. “Mi nombre es Marte”, le respondo, “¿cuál es el tuyo?”
   “Plutón”.
   Mi cuerpo se extiende por tercera vez. Dejo atrás al pequeño Plutón, aunque una parte de mí se queda con él, vive con él, se funde en él. Parto en busca de mis propias respuestas. Y mientras me extiendo por lugares donde nunca antes había estado, observo que la mente de Plutón se extiende a su vez, en busca de sus respuestas. Sus filamentos alcanzan a un cuerpo sin vida, aún más pequeño que sí mismo, y lo sopla con su aliento. El nuevo cuerpo vive y tiene nombre, y con la potencia de sus elementos alaba a Plutón, que ahora tiene que explicarle que él no es dios.
   Los filamentos se extienden hasta donde no llega la vista, no son sólo los míos sino los de un millar de seres. Dentro de esos filamentos, viajan los emisarios con manos de cinco dedos que han surgido apenas un momento atrás. Veo con los ojos de uno de mis emisarios, que contempla un mapa celeste frente a él. En un punto cerca del centro de mapa, un disco de luz azul se agranda hasta mostrar un inmenso océano tapizado de verde y marrón. Mi emisario lo llama Tierra, a mí... se me asemeja a un dios.
   Extendemos nuestros cuerpos, nuestras mentes, en busca de nuestras propias respuestas. Esparcimos la vida a nuestro paso, a nuestra imagen y semejanza. Y aunque no es la respuesta a la pregunta que nos habíamos planteado, sí es una repuesta que podemos dar.

marzo 02, 2014

El planeta de los siete picos

Ruma era un colorido planeta surcado por siete coloridas montañas, siete cónicos y puntiagudos picos. Uno de ellos se levantaba cerca de Ciudad Capital, a mucha altura sobre el nivel del suelo.

Y era en Ciudad Capital donde vivía un alegre ciudadano que ejercía un honorable y respetado oficio: era geólogo, así que estudiaba los suelos y subsuelos del planeta. Un día en la mente de este alegre ciudadano surgió una incógnita: ¿cómo estaba compuesto y estratificado el suelo a distancias mayores a los cinco kilómetros? Cinco kilómetros era el límite al que había llegado el legendario explorador de nombre Integración, que había realizado tal proeza al perforar un pozo a las faldas del monte cercano a la Ciudad Capital, después de ello escribió un tratado del subsuelo en esa región, por eso a tal límite se le conocía desde entonces como el límite de Integración.

Así que este honorable ciudadano, siguiendo los pasos de su valiente antecesor, llegó hasta aquella montaña y, armado de valor, descendió por el viejo pozo hasta el límite de Integración, y a partir de allí cavó y cavó, más profundo de lo que nadie antes había cavado.

Nadie sabe exactamente cómo era el amable hombre del que trata nuestra historia. Algunos dicen que era un fortachón, que tenía uñas como palas, y que cavó por días enteros con sus propias manos. Otros dicen que tenía un físico y un químico nada envidiable, y que excavó durante años aún con la ayuda las más potentes máquinas de excavación. Pero todos coinciden en un punto: este admirable ciudadano llegó a la última capa de la corteza. Y de pronto se encontró con que no podía cavar más, pues no había nada más que cavar.

Sujeto por una correa, bajó a la enorme caverna que se extendía infinita debajo de él. Y cuando encendió su potente linterna y alumbró el lugar, observó algo que le pareció increíble. La caverna era una esfera casi perfecta, y en el centro, flotando como sostenida por una fuerza invisible, una esfera interna algo más pequeña aunque gigantesca. Alumbró la esfera flotante y lo único que alcanzó a ver fue una masa de lustrosos colores y superficies reflectantes. Luego hubo un desplazamiento de tierra y la correa se soltó. El honorable hombre cayó y cayó, primero muy rápido pero después fue desacelerando, hasta llegar suave como una pluma hasta la superficie de la esfera interior.

Palpó cautelosamente el suelo y sintió bajo sus botas el crujir del papel celofán. Su mano se llenó de algo pegajoso, instintivamente la olfateó. El aroma era dulce y agradable. Pronto cayó en cuenta que lo que había debajo de él eran dulces, miles y miles de dulces, millones de ellos, ¡trillones! Probablemente esa esfera central estuviese formada enteramente de dulces.

¿Qué demonios era todo esto?, se preguntó.

De repente la esfera de dulces comenzó a tambalearse y el honorabilísimo ciudadano tuvo que sujetarse del delicioso suelo lo mejor que pudo. Todo el lugar resonaba estruendosamente, sacudido por las vibraciones de incontables terremotos. ¡Pummm! ¡Pummm! Varias fisuras kilométricas aparecieron en la pared interna de la corteza y los rayos de sol se filtraron por ellas. De pronto pareció que un trozo de la cáscara del planeta iba a desprenderse.

El honorable hombre, con grandes ojos, vio que enormes secciones de la corteza del planeta se desprendían y salían despedidas hacia el oscuro vacío del espacio exterior. Trozos del núcleo de dulce sobre el que yacía fueron expelidos por el cataclismo y él salió despedido junto con ellos, sin poder asirse de nada fijo. Voló por los aires, junto con una corriente de caramelos, atravesando en su camino el túnel de varios kilómetros que él mismo había excavado. Llegó al límite de Integración, aunque en el sentido contrario en el que había descendido y, cuando llegó a la parte final del túnel, a la superficie, logró sujetarse de la rama de un grueso árbol.

Los dulces salían a grandes chorros como furiosos géiseres de las fisuras de la tierra, y se elevaban hasta salir de la atmósfera para comenzar a orbitar y formar un cinturón que le daba vueltas al planeta.

Luego, algo que parecía un palo de madera gigantesco, que debía de tener como longitud la mitad de la distancia del planeta al sol, se acercaba a Ruma para dar un golpe mortal. El palo impactó y le siguió otro fuerte terremoto. Un trozo grande de corteza volvió a desprenderse y otro flujo de dulces ascendió desde el núcleo carameloso del planeta.

El amabilísimo hombre de pronto pudo comprender lo que ocurría. El enorme palo que golpeaba la corteza y la rompía con brutalidad, los dulces saliendo de las entrañas del planeta, las siete coloridas montañas en forma de cono. Todo encajaba. Todo indicaba una sola cosa: Dios era mexicano y el planeta entero era su piñata.

febrero 23, 2014

Cazadora de palabras


Las transmisiones llegaron aceleradas desde los abismos del tiempo hasta mi pequeña radio, cada fonema pronunciado tendría una duración de milisegundos o menor quizá, dependiendo de su origen, siempre más rápido entre más cerca estuviese el emisor de una zona de dispersión. De forma que las transmisiones se escuchaban como emisiones continuas que variaban de frecuencia e intensidad. Configuré mi grabadora para reproducir el mensaje a muy baja velocidad, la fui graduando hasta que pude distinguir a velocidad normal una voz masculina que hablaba en portugués.

Cada capítulo del texto primordial”, decía la voz, “parece haber tomado una dirección distinta. Nuestros hombres han cartografiado todo el continente y lo único que hemos podido rescatar es el segundo capítulo, que nos habla de los primeros días después de la gran dispersión. Hemos importado media tonelada de papel de Guyana para transcribir el texto, antes que de las palabras se escapen. Algunos creen que uno de los últimos capítulos menciona la manera de revertir el efecto, de sacar a todos los pueblos de la lentitud en la que se han visto sumidos, pero hasta el momento es sólo especulación”. Seguí escuchando el mensaje, que entraba vagamente en lo dicho antes e informaba de otros asuntos que sólo eran de importancia local.

El segundo capítulo del texto primordial. La voz parecía de un nativo brasileño y no de un portugués, al parecer parte del texto había encontrado la forma de viajar a través del Atlántico. Tomé mi libreta y repasé el contenido de las otras transmisiones. Si esas transmisiones no estaban equivocadas, las otras porciones del texto primordial habían sido rescatadas, al menos en porciones significativas, en los países del norte de África, en Turquía y en Indochina.

Abrí mi libreta casi a la mitad y leí el texto que había logrado rescatar hasta ese momento.
 
Di unos pasos hacia el núcleo de dispersión, aún me encontraba un poco lejos, pero el camino siempre era hacia dentro, hacia los abismos del tiempo. Mientras más me internaba, veía al Sol trazar su arco en el cielo más despacio, los días pronto parecerían eternos. Al menos no era de noche. Si volvía a la equicrona de la que la que había partido, para mí habrían pasado años mientras que para los que me hubieran conocido sólo hubiesen sido días o meses. Sin embargo, volver parecía improbable. Hacía ya más de una decena de años relativos que me había vuelto una errante, y me apegaba a ello cada segundo.

Sujeté fuertemente el medallón que colgaba de mi cuello, el metal se sentía tan cálido. Lo abrí y vi en él el rostro de una mujer y de un hombre, sobre ellos había un trozo de papel adherido, con sus nombres escritos, las letras intentaban escapar del papel, pronto tendría que reescribir sus nombres en un papel nuevo, había hecho eso mismo casi veinte veces antes. Tenía el medallón desde que era adolescente, mi abuela me había dicho que esas dos personas habían sido mis padres, aunque yo poseía apenas unos pocos recuerdos de ellos, sólo unas cuantas imágenes fragmentarias. Olvidé la mayoría de los detalles en el momento mismo de la gran dispersión, como casi todos los demás. Mi abuela fue capaz de contarme todas esas cosas debido a su autismo: ella no pensaba en palabras, sino en imágenes, de forma que la dispersión no se llevó sus recuerdos.

Pero eran pocas las personas que casi siempre pensaban en imágenes; eran mayoría quienes pensaban algunas cosas en imágenes pero más en palabras; y otras pensaban casi todo en palabras, como yo. Esos últimos fuimos los que más olvidamos.

Una tormenta de arena comenzó a acercarse desde el horizonte. Me cubrí el rostro con el pañuelo y me puse los lentes. Poco después, las ráfagas polvorientas me pegaron tan fuerte como en las regiones de tiempo real, si es que aún quedaba algún lugar en el mundo que pudiera incluirse bajo esa denominación.

En medio de la cegadora nube de arena discerní una palabra moviéndose en el viento, para mi mala suerte la perdí de vista casi al instante. Sin embargo mi impante visual la había transcrito de inmediato en mi libreta.

Algunas veces las palabras usaban el viento como medio de locomoción, ya que por sí solas resultaban relativamente lentas. Desde mi implante visual, algunas de las palabras que no había percibido de manera consciente, así como las que sí era consciente de haber visto, se copiaban de inmediato a la libreta que llevaba en mi bolsa, pues allí perdurarían aunque fuese por un par de años. No podía confiar en mi memoria desde que la perdi casi por completo durante la gran dispersión.

A lo lejos distinguí, sobre el fondo blanco del desierto, algunas casas y algo que parecía un campanario semidestruido, se trataba de un asentamiento humano muy viejo. Proyectado sobre mis lentes, el mapa me indicó dónde me encontraba y hacia dónde me dirigía, aunque el texto pronto se desvaneció. Con algo de ansiedad, repasé en mi libreta las características linguísticas de la zona. Nunca había estado en aquel lugar, pero me valí de la información recabada por quienes lo habían transitado.

A cada paso que daba sentía una ligera pero creciente presión en mi pecho, como si alguien estrujase mi corazón desde dentro. La mano del tiempo, cuyos dedos se curvaban en una espiral logarítmica, me apretaba con más y más fuerza, reclamándome para sí.

El viento se apaciguó, no supe cuánto había transcurrido desde que comenzara la tormenta, pero en aquel lugar el cuándo no tenía mucho sentido.

El zumbido de mi insectoide me llegó desde varios metros arriba, el insectoide tomaba un fotograma cada centésima de segundo, suficiente como para no perder detalle de cualquier palabra errante que entrara dentro de su campo visual. Cada una de las palabras captadas por mi insectoide se transcribía en mi libreta, pues las palabras tampoco podían permanecer en medios electrónicos sin que escapasen después de unos pocos segundos. No podía fiarme tan sólo de mis ojos, si quería reconstruir el texto tenía que valerme de todos los medios posibles, necesitaba el mayor número de ojos. Me pregunté si alguien más estaría haciendo lo mismo que yo en ese momento. El desierto parecía tan grande.

Tuve la suerte de encontrar una palabra reptando a sólo una decena de metros a mi derecha; la reconocí, más que por su forma, por el ligero surco que iba dejando sobre la arena. Me desv de mi camino trazando una curva equicrona, un arco de circunferencia, casi una línea recta sobre el suelo arenoso. Lleg hasta ella, me incliné y la observé con detenimiento, era una palabra que no había visto antes. Estudié sus cicatrices, visibles como estrías a lo largo de sus trazos, éstas me dijeron cuál de sus letras había cambiado primero y cuáles después, pues algunas ya casi se habían borrado y otras estaban cicatrizando apenas. Al contrastarla con la información de los mapas linguísticos de la zona, que tenía registrada en mi libreta, me di una idea de cómo debió lucir en un principio, en el momento justo en que había sido escrita. Pero aún debía indagar su significado.

El significado de una palabra está regido por su uso, y lo que una palabra significa para una población que está cerca del mismo centro de dispersión no distará mucho de su significado original. Haciendo esa comparación y sabiendo cómo se dieron cronológicamente los cambios, observando las cicatrices en las palabras, era posible saber qué significó originalmente cada una de ellas.

Una palabra errante que en su camino se encuentra con una población humana inevitablemente cambiará, pero no permanecerá en esa población por mucho tiempo, así que seguirá su errático camino hasta topar con alguien más que la use en su vocabulario y altere, quizá mínimamente, su significado o incluso su escritura.

Reco la palabra con las manos desnudas, era áspera y húmeda al tacto. La palabra intentó saltar de mi mano, pero saqué de mi bolsa el cuaderno a medio escribir que venía engrosando día con día y fue la palabra misma la que se introdujo a las páginas por propia voluntad, si es que poseía algo parecido a la voluntad, en el lugar en el que habia sido inicialmente escrita. Afinidad sería un término más adecuado, afinidad por los de su tipo. Pero supe que no duraría mucho tiempo allí. Las primeras palabras que había transcrito ya se habían movido perceptiblemente de sus lugares, algunas incluso ya tenían una letra o más fuera de la página.

Proseguí mi recorrido, apurando el paso. Guardé la libreta en mi bolsa y un momento después divisé a lo lejos una silueta humana que se acercaba hacia mí. Por el turbante en su cabeza supe que se trataba de un descendiente de árabes, un alma en medio del desierto, un escriba.

Nos presentamos con los saludos formales.

—¿Hacia dónde se dirige? —me preguntó.

Miré lo que traía entre las manos: una caja de madera tallada con el sello de oro de la Preservación. Sabía hacia dónde se dirigía, y lo más seguro era que también él supiera cuál era mi camino. Noté un fuego extraño en su mirada, sus ojos se clavaron de inmediato sobre mi bolsa. Di un paso hacia atrás.

Me dirijo hacia el pueblo respondí.

Seguro la recibirán con agrado la mirada del hombre se despegó de mi bolsa. Que llegue con bien, inshallah. —Comenzó a alejarse.

Inshallah dije.

Miré al escriba perderse a mis espaldas, sus pasos parecieron hacerse cada vez más lentos conforme se alejaba, era el tiempo el que cambiaba con cada paso, con cada anisocrona. Más tarde me enteraría de que aquel escriba llevaba consigo, dentro de la caja sellada de madera, un volumen parcialmente rescatado, todas las palabras que pudieron encontrar de un viejo libro escrito por un autor cuyo nombre o apellido, Egan, se había convertido en verbo y sustantivo en más de una de las poblaciones humanas cercanas.

Por lo general, los escribas iban y volvían con una rapidez temeraria, aunque desde su punto de vista, cargaban meses o incluso años tras sus espaldas, y al final, después de sus largos viajes, volvían visiblemente viejos y con muchas historias que contar.

Antes de llegar al pueblo, encontré ocho palabras más. Por lo general estaban solas o en pares, a tres de ellas las encontré casi juntas, aunque en un orden que no tenía sentido sintáctico. Su afinidad entre sí las mantenía más o menos unidas. Los determinantes posesivos usualmente no se alejaban mucho, no más de un par de metros, de los sustantivos que los acompañaban en el momento de su escritura. Estudié sus cicatrices y, consultando mi mapa linguístico, pude rastrear su orígen, las rutas geográficas que siguieron, las poblaciones humanas con las que se habían encontrado hasta el momento de toparme con ellas, errantes entre errantes.

Repasé en mi libreta una sección del mapa linguístico, lo que aquellas mismas palabras significaban para las poblaciones que se encontraban más lejos del núcleo de dispersión. Las cicatrices que cargaban las palabras en su topología adquirieron un significado más claro para mí.

El flujo de palabras aumentó mientras me acercaba, pero cuando lleg al pueblo sólo me encontré con las palabras más lentas, aquellas de más de siete sílabas, que apenas podían arrastrar su propio peso. Varios escribas recogían esas palabras del suelo y las colocaban en papiros que mostraban grandes fragmentos faltantes. El texto del que se habían fugado al parecer era rico en palabras largas, tecnicismos en su mayoría.

Los pobladores se asomaron por las ventanas cuando me vieron caminando por sus calles.
Estaba en el nucleo mismo de la dispersión, donde el flujo del tiempo ya no cambiaba considerablemente porque no había mucho texto que dispersar. Las letras lo habían abandonado. Encontré a una pequeña niña sentada en las escaleras de la entrada de una casa con un libro en las manos, no tuve que acercarme demasiado para darme cuenta de que las páginas del libro estaban en blanco.

Caminar entre las calles de aquel pueblo me generaba una sensación de indefinible familiaridad, aunque no tenía recuerdo alguno de haberlo visitado antes.

Las ropas de los pobladores del lugar parecían muy viejas, probablemente la región estuviese más de dos siglos atrasada respecto a las fronteras, allá donde el tiempo transcurría en lo que podría llamarse normalidad. Los habitantes del lugar vestían y vivían como podían. El intercambio económico era sólo posible a través de los que se animaban a salir desde la lentitud hacia el tiempo real, o los que se atrevían a adentrarse a lugares como este, alejándose de su propia zona de dispersión, y, en el peor de los casos, dando por muertas a las personas que habían dejado atrás, si es que siquiera tenían recuerdo de ellas. Algunos pobladores se me acercaron para preguntarme si tenía algo para venderles. Se alejaron apenas escucharon el no.

Mientras atravesaba las estrechas calles, observé niños jugando, todos ellos habían nacido en este lugar y era muy probable que aquí muriesen sin jamás enterarse, más que por medio del fragmentario conocimiento de los escribas, de que alguna vez las palabras habían ocupado un sitio privilegiado en los esqueletos blancos y muertos que ahora se amontonan por miles en las bibliotecas.

Leg a la mezquita, el lugar al que las palabras me habían traído, de donde habían surgido, allí convergían las trayectorias de las palabras que había recolectado durante los últimos años.

Entré y atravesé un pasillo que me llevó al centro, en el que se levantaba la cúpula medio derrumbada que había divisado desde lejos. El lugar estaba oscuro, pero allí se encontraban los escribas, sentados en filas, inclinados frente a unos ordenadores obsoletos pero que les servían para sus propósitos, tecleando con unos dedos que hubiesen parecido viejos y cansados si no mostrasen tanta fortaleza al caer sobre las teclas, de las cuales toda letra y todo símbolo se había borrado, sin embargo en sus mentes aún persistía la disposición inicial de los caracteres.

Los ayudantes iban de un lugar a otro, cargando pergaminos repletos de textos temblorosos que buscaban escaparse de su sustrato de papel. Uno de los ayudantes le entregó un texto al escriba que estaba hasta el fondo y éste introdujo el pergamino en un escáner. De las impresoras salían continuamente hojas de aspecto extraño con palabras que no temblaban queriéndose escapar, éstas en cambio se quedaban en su lugar, aunque no podrían permanecer así para siempre.

Uno de los escribas se percató de mi presencia y se levantó de su asiento, con paso lento y pesado se plantó delante de mí. Sus ropas eran tan sencillas como las del resto de los pobladores, con el turbante en su cabeza como único elemento distintivo. Sus ojos iban de arriba hacia abajo de mí, para luego centrarse en mi bolsa.

Sabíamos que llegaría dijo el escriba.

No entendí qué quería decir con eso, ni tenía recuerdo alguno de haberlo visto antes. Lo saludé con una reverencia.

Vengo a solicitar acceso a sus transcripciones dije, mirándolo a los ojos. Necesito saber qué significan algunas partes de un texto que estoy reconstruyendo y que con toda seguridad se hayaba en esta misma región en el momento de la dispersión.

El escriba se presentó, su nombre era Nâsser, había nacido en Beirut pero la gran dispersión lo había alejado de su ciudad natal, pues ésta fue una de las regiones en las que la dispersión había atacado con más fuerza, de manera que toda forma de cultura había desaparecido del lugar. No me preguntó mi nombre, intuyendo quizá que no hubiese sido capaz de responderle.

Pronto supe que el que recordara su nombre significaba que había nacido después de la gran dispersión, por lo que su memoria no se había visto afectada por ella, eso quería decir que, aunque parecía tener más de cincuenta años, había nacido después que yo, que apenas rebasaba la treintena. El que hubiese envejecido más rápido sólo quería decir que había pasado más tiempo que yo cerca de las regiones de mayor dispersión, donde el tiempo fluía con más lentitud.

Nâsser se adelantó a mis palabras y sacó de debajo de unas mantas un pesado libro sin cubierta. Eran hojas impresas y engargoladas en un sólo volumen de más de cinco mil páginas. Un diccionario de tecnicismos. Me lo dio. Lo hojeé y noté que entre más avanzaba en el texto las palabras se iban moviendo más de sus posiciones, hasta que la última página era una superposición caótica de grupos de palabras. Las últimas palabras eran las que primero se habían escrito, pues los escribas tenían la costumbre de escribir de derecha a izquierda.

—¿Cómo sabía que era esto lo que necesitaba? —le pregunté, sintiendo el agradable peso del diccionario entre mis manos.

Nos sentamos en la misma y larga mesa que el resto de los escribas, cerca de uno de los extremos. Nâsser parecía ansioso por algo que yo no lograba discernir, aunque lo que realmente importaba era que había conseguido su ayuda.

Casi ningún extranjero visita este pueblo, mucho menos la mezquita dijo Nâsser. Quien llegara a este lugar sería porque habría rastreado el origen de uno de los textos que algún habitante guardaba aquí antes del momento de la dispersión, y, por eliminación, el único texto que no hemos podido reconstruir es por el que usted ha venido.

¿Sabe de qué trata el texto? le pregunté. Abrí mi bolsa y saqué de ella la libreta en la que había registrado todas las palabras que había encontrado en los últimos años.

Ya me decían sus ojos que era una sinmemoria dijo Nâsser—, ahora esa libreta lo confirma. No es usted la única persona con la costumbre de no depender de su memoria después de perderla por completo durante la disper... Oh, no, no, no, usted no creerá que quiero robarle su libreta dijo cuando vio que la alejaba de él. Vi algunas así durante mi viaje a Bangkok, incluso traje una decena. Bangkok es un gran centro científico, no me sorprendería si sus científicos hubiesen fabricado el papel del que está hecho su libreta. ¿Cuánto duran escritas las palabras, dos, tres años? Nosotros hemos fabricado un papel que puede retenerlas hasta por cinco años. Me miró con tal intensidad que desvié la vista—. Pero eso no fue sobre lo que usted vino a hablar su expresión era de seriedad.

Sabía que tenía que confiar en aquel hombre si quería llegar al significado del texto. Abrí la libreta casi a la mitad, allí donde empezaba el texto que me había llevado hasta ese lugar. Nâsser miró las palabras con interés, alzando las cejas de vez en vez, como si reconociera algunos pasajes.

Muchos de los tecnicismos me son del todo desconocidos le dije.

Puede consultar el diccionario que le di. Pero no será necesario por ahora.

Tomé el volumen que me había dado y miré a Nâsser con incredulidad.

¿A qué se refiere con que no será necesario? le pregunté.

En cierto momento, Nâsser dejó de leer y dijo:

Reconozco este texto. Ha hecho usted una gran labor de restauración.

Entiendo que el texto habla acerca de la gran dispersión. ¿De dónde lo reconoce usted?
Nâsser me miró con una extraña sonrisa.

El texto que usted ha reconstruido dijo él, en más del sesenta por ciento, según puedo ver, es el último capítulo del libro primordial, aquel que habla de todo lo que ha ocurrido desde el momento de la gran dispersión. En esta mezquita hemos logrado reconstruir casi el treinta por cierto faltante, de forma que entre usted y nosotros tenemos casi el noventa por ciento del texto original. Y también creemos que el texto mismo puede darnos pistas para revertir el proceso de dispersión.

¿Quiere decir que podremos revertir el proceso, hacer que las palabras se queden de nuevo en el papel y así poder restaurar todo lo que hemos perdido en la lentitud, nuestra cultura, nuestras vidas? Noté las miradas repentinas de los otros escribas—. He escuchado que no pasa de ser una simple especulación.

Es probable dijo Nâsser—. Pero no podemos desechar la posibilidad.

Los escribas dejaron lo que estaban haciendo y se acercaron a nosotros.

Supe que me iba a quedar allí por un tiempo.

Había grandes bloques faltantes, irrecuperables para nuestra mala suerte, pero la mayoría del texto estaba allí, intacto, si se le podía llamar intacto después de la reconstrucción que habíamos hecho, cada quien por su parte. Las palabras ocupaban los sitios que debían ocupar, se aglomeraban por afinidad, una suerte de empatía entre las palabras, eso facilitó la labor. El diccionario de tecnicismos fue una de nuestras principales bases, aunque había términos de los que no sabíamos su significado. Pensamos que la respuesta estaría en los otros capítulos, que se encontraban dispersos por todo el mundo.

Nos pusimos en contacto con los otros centros de reconstrucción a través de la radio. Les explicamos que habíamos encontrado el último capítulo. Tuvimos apoyo de todos ellos, excepto de Indochina, pues aquella zona se encontraba en estado de guerra, sumiéndose cada vez más en la lentitud, de forma que todas las acciones referidas al texto primordial se encontraban detenidas o en la clandestinidad, y los canales de radio podían ser fácilmente intervenidos. La radio era el único medio de comunicación que habia sobrevivido después de la gran dispersión. De forma que trabajamos con lo que pudimos.

Durante los siguientes días me fui acostumbrado a la vida del pueblo, a su ligereza, a su falta de carga cultural. Era complicado. No había mucho que transmitir, salvo la mitad de la información genética y un puñado de recuerdos escritos en papel de escriba que perdería toda palabra dentro de un lustro. Fue entonces cuando regresó a mí esa sensación que me había invadido desde un principio: que ya había estado allí antes, aunque no tuviese recuerdo de ello.

De vez en vez, Nâsser me contaba sobre los otros proyectos, habían instalado un laboratorio para el diseño de un papel que retuviera las palabras por mucho más tiempo, cinco años era el mayor tiempo que se había logrado hasta ahora en todo el mundo, y se había logrado precisamente en este laboratorio.

Vamos dijo Nâsser—, aprenderás a fabricar papel.

La fábrica estaba a un lado de la mezquita, eran pocas personas las que trabajaban en ella, tan sólo cinco. Nâsser me explicó que la mayoría del trabajo era teórico, interpretaciones del texto primordial que permitieran entender mejor la naturaleza de las palabras y a partir de ello fabricar un papel que se ajustara a esa naturaleza. Sin embargo, casi todo el trabajo era a prueba y error.

Uno de los escribas que trabajaban en la fábrica nos contó acerca de los avances recientes. La investigación con distintos tipos de pulpa vegetal y sintética prometían que en los siguientes años pudiese producirse un papel que permitiese a las palabras quedarse fijas seis y ya no sólo cinco años.

Aprendí el proceso mediante el cual era fabricado el papel.

Pero aún no era suficiente.

El Sol se había movido apenas un par de grados en el cielo desde mi llegada. Había nubes a lo lejos, estáticas desde nuestro pozo de tiempo, que descargaban su agua, también aparentemente estática en el aire, sobre los territorios cercanos.

Mientras un grupo de treinta escribas y yo trabajamos en el mismo texto, el resto, unos diez escribas en total, siguió reconstruyendo algunos textos que al parecer no tenían nada que ver con el nuestro, más de una vez pregunté si tal cosa era necesaria, pues el texto primordial era el que debería tener toda nuestra atención, pero reconstruir aquellos otros textos parecía ser de vital importancia para la vida y la salud mental del pueblo.

Y así transcurrieron los meses.

De vez en vez llegaban escribas que habían encontrado palabras errantes en medio del desierto, también llegaban reconstructores provenientes de regiones de dispersión que quedaban muy lejanas en el tiempo y el espacio. La radio, por su parte, nunca descansaba, transmitía los mensajes provenientes de todo el mundo, pero aún así eran pocos los reconstructores de todo el globo que trabajaban en la interpretación del texto primordial.

Los escribas parecían no dormir nunca, por supuesto no era así. Tomé un descanso mientras Nâsser y los demás proseguían con el trabajo. Al despertar noté que había muchos niños dentro de la mezquita, parecían emocionados y correteaban alrededor de Nâsser.

¿Qué ocurre? pregunté, soñolienta.

Tienen sed de palabras dijo Nâsser—. Nuestros hermanos han rescatado un viejo cuento.

Era costumbre dar acceso al resto del pueblo a los nuevos textos. Cuando se hizo de tarde, lo cual tenía que ver con nuestro reloj propio más que con la posición del Sol en el firmamento, uno de los escribas leyó en voz alta la historia recién reconstruida en medio de un círculo de personas, conté cerca de un centenar de curiosos, de todas las edades. Las verdes colinas de la Tierra, como se llamaba el texto, comenzó a escucharse en voz del escriba.

Para mí y para el resto de los escribas el trabajo continuó. Desde un principio sabíamos de qué se trataba el texto. Hablaba sobre el principio. Sobre los días de la gran dispersión. Algunas palabras aún representaban un enigma, insondable a veces por la presencia de pequeños agujeros e incluso párrafos o páginas faltantes. Sólo podíamos aventurar qué era lo que originalmente quería decir en aquellos lugares, nuestra labor se volvió un poco especulativa. Y era en esa labor sobre la que descansaba nuestra posibilidad de éxito.

Decidimos hacer varias copias de nuestros progresos y enviarlas, ya no sólo a los principales centros del mundo, sino a los otros centros de restauración de la región. No sólo recibimos ayuda con la interpretación de nuestro texto sino que recibimos donaciones de textos que los extranjeros habían restaurado.

Mi corazón se agitaba de vez en cuando, como si estuviese atravesando líneas equitemporales, adentrándome a un núcleo de dispersión o saliendo de él, cortando las discontinuidades en el flujo del tiempo, que me estrujaba el pecho con una mano cubierta de espinas.

Muy pronto recibiremos buenas noticias dijo Nâsser un día.

Pero las noticias que recibimos por la radio no fueron alentadoras: Bangkok había sido bombardeada por un grupo de fanáticos extremistas, las grandes fábricas de papel y los centros de restauración de textos habían desaparecido bajo las cenizas. Ni siquiera las palabras mismas pudieron escapar de los textos calcinados, pues murieron junto con ellos. Sabíamos que la zona había estado en guerra de un tiempo para acá, pero enterarnos de lo que había pasado con quienes hacían el mismo trabajo que nosotros había sido diferente.

Quisimos olvidar aquel suceso y concentrarnos en nuestro propio trabajo.

Desde hace tiempo sentíamos que estábamos demasiado cerca de encontrar en el texto la forma de revertir todo aquello. Sin embargo a veces parecía que nos encontrábamos aún muy lejos de obtener alguna respuesta.

En los diccionarios, dispersión comenzaba a ser sinónimo de entropía.
 
Habíamos conseguido los capítulos restantes del libro primordial, todos excepto uno, a través del intercambio con sus poseedores, pero no parecían añadir ninguna luz sobre el por qué de la dispersión. No conocíamos los suficientes elementos sobre la naturaleza de las palabras que nos ayudaran a discernir por qué se comportaban de la forma que lo hacían, ni siquiera el capítulo que los escribas y yo habiamos rescatado en casi el noventa por ciento nos ayudaba al respecto.

Desde la invención de las palabras, si bien hubo esfuerzos grandes por explicar su naturaleza, las palabras eran básicamente una herramienta para comunicar, para expresar. Era evidente que algo había cambiado en la naturaleza de las palabras desde el momento de la dispersión, cuando comenzaron a presentar comportamientos que antes sólo podrían asignárseles a entidades vivas, o quizá siempre habían sido así pero no nos habíamos dado cuenta.

En conjunto, el libro primordial hablaba de los días antes y después de la gran dispersión, pero no esclarecía por qué había comenzado todo. Los días anteriores eran los que se nos hacían los más extraños, era un mundo que, aún cuando lo estábamos leyendo en aquellas páginas, nos era complicado y extraño de imaginar.

La biblioteca del pueblo fue creciendo cada vez más, con obras restauradas e incluso escritas por los mismos habitantes. Había niños que por primera vez en sus vidas abrían un libro que contenía letras, letras en cada una de las páginas. Muchos jóvenes se convertían en escribas y partían hacia las regiones de tiempo real para cartografiar el terreno en busca de palabras errantes. Las lecturas en público se iban haciendo cada vez más comunes.

Aún así, fue surgiendo entre nosotros una facción que parecía oponerse al crecimiento cultural, a la que la sola presencia de los libros ocupando un lugar cada vez mayor en la vida de los habitantes parecía causarles escozor. Algunas obras fueron siendo robadas de la biblioteca y de las escuelas, incluso hubo algunos altercados, que tomamos como menores, entre un puñado de personas y los escribas.

Sin embargo fuimos avanzando con el entendimiento del texto primordial, aunque no en la dirección que habíamos imaginado en un principio.

Un día recibimos un mensaje por radio, era de Phnom Pehn, donde la resistencia de Indochina se había refugiado y donde continuaban con la restauración y la interpretación del capítulo del texto primordial que ellos habían rescatado. Nos dictaron el contenido del capítulo por radio, esta parte del libro hablaba un poco sobre la vida de quien lo había escrito. Conocer su contenido resultó en una sorpresa para todos nosotros, sobre todo para mí, pues supe que todo lo que habíamos hecho había sido en vano. Y comprendí al fin por qué aquella sensación de familiaridad, de haber estado antes, en ese pueblo.

Llegó la noche física, en la que el Sol al fin se escondió detrás del horizonte. Estaba sentada afuera de la mezquita, estudiando uno de los fragmentos del capítulo de Indochina del texto primordial. Lo leí una y otra vez, repasé en el diccionario algunas palabras que entendía a la perfección, con la única esperanza de que su significado fuese distinto la siguiente vez que los leyera. Apreté con fuerza el medallón que colgaba de mi cuello. No podía tomar como cierto lo que ese fragmento decía, si lo hacía, entonces significaba que todo lo que habíamos hecho había sido para nada, simplemente no podía...

Una niña llegó corriendo hacia mí, con un par de libros en las manos.

Señorita me dijo—, ¡la biblioteca!

Noté que sus ropas estaban algo chamuscadas. La pequeña señaló hacia lo lejos, donde una luz amarillenta se elevaba contra el oscuro fondo de la noche. La biblioteca estaba ardiendo.

Desperté a los escribas, que en ese momento se encontraban dormidos, sólo unos cuantos se encontraban junto a las radios, transmitiendo y recibiendo mensajes y redactándolos en papel. Comenzaron a movilizarse por los alrededores.

Protejan la mezquita ese era Nâsser, dando órdenes a algunos de los escribas—, no permitan que entre nadie.

Corrí, la niña y varias decenas de escribas me siguieron.

Había gente alrededor de la biblioteca, habían logrado abrir la puerta de madera, manchada de hollín por las llamas, y llevaban agua al interior, en cubos, para intentar aminorar el fuego.

Todo fue muy rápido dijo uno de los presentes—. Llegaron estas personas y un minuto después las llamas comenzaron a brotar.

¿Qué personas? preguntó Nâsser.

No sabemos quienes son dijo el sujeto, era media docena, reconocí a tres de ellos, pero los demás nos resultaron extraños, no eran del pueblo.

Las llamas se elevaron como lenguas, varios metros por encima del techo de la biblioteca. Le pregun a la niña que había venido hacia mí si había alguien más dentro, me dijo que ella había sido la última en salir, poco después de que llegaran aquellos hombres a incendiar el lugar.

Entramos con el resto de los pobladores. Los estantes y el resto del mobiliario ardían con intensidad, y sobre todo... los libros. El agua resultó ser un arma demasiado lenta contra el fuego que lo consumía todo. La biblioteca no era muy grande, pero parecía contener suficiente material flamable como para permitir que el fuego perdurase y se extendiese aún más.

Algunas palabras mutiladas se escapaban de las páginas calcinadas, arrastrándose sobre los estantes hasta llegar al suelo. Muchas de ellas apenas alcanzaban a recorrer unos pocos metros cuando las llamas las alcanzaron por completo. El flujo de las palabras aumentó, comenzaron a escapar por centenares, miles de ellas, sin embargo no llegaban demasiado lejos, algunas incluso habían ardido hasta el punto de quedar reducidas a una sola letra.
Dos escribas y varios civiles llegaron cargando la manguera, la abrieron y el agua brotó con furia. El fuego fue cediendo terreno lentamente.

Cuando logramos apagarlo por completo, entramos a la biblioteca sólo para darnos cuenta de que la pérdida había sido casi total. Los libros estaban calcinados. Todo el pueblo se había reunido en el lugar. Uno de los escribas repetía una y otra vez que habían hecho copias de todos esos libros, que en realidad nada se había perdido para siempre. Ahora que no había llamas, la oscuridad era casi total, sólo atenuada por las lámparas de mano que llevaban los pobladores y las luces de las casas cercanas.

Volvimos a la mezquita, los escribas caminaron silenciosos. Establecimos una guadia civil mientras una policía improvisada buscaba a los responsables. Nâsser insistió en que durmiéramos un poco, pero continuamos con el trabajo del día anterior. El aire estaba lleno del zumbido de los ordenadores, de las máquinas de hacer papel y del olor acre del humo.

Repasé el fragmento de texto que estaba viendo antes de que aquella niña llegara corriendo alertando sobre el fuego. Lo volví a leer, de principio a fin. Fue entonces cuando decidí que ese mismo día me iría del pueblo, que seguiría siendo una errante, como todas aquellas palabras que vagaban en medio del desierto.

Alguien se sentó a mi lado, era Nâsser. No pude mirarlo a los ojos esta vez. Permanecimos sentados. Varios ciudadanos vinieron para informarnos que habían encontrado a los incendiarios. Como lo había mencionado uno de los pobladores, tres de ellos eran extranjeros, formaban parte de un grupo que ya había cometido actos similares, incluso ellos mismos eran quienes se habían hecho responsables de los bombardeos en Bangkok y en otras ciudades de Indochina; no eran más que extremistas que buscaban que todo el mundo se sumiese en la lentitud, en la pérdida de la cultura y la identidad propia.

No había cárcel en el pueblo, y los policías eran en su mayoría granjeros, de manera que Nâsser les ordenó que los encerraran junto con los cerdos, con las manos esposadas, y que montaran guardia para evitar cualquier linchamiento por parte de los pobladores. Los hombres se retiraron.

Nâsser miró el texto que tenía en mis manos.

Veo que ya lo has leído dijo.

Me iré del pueblo al amanecer le dije. El cielo estaba repleto de estrellas. Por supuesto no me refería a cuando el Sol saliera, pues transcurrirían varios meses para que eso pasara.

Nâsser guardó silencio por unos segundos, luego dijo:

No tienes por qué irte de aquí.

El texto es muy claro al respecto dije. Incluso menciona cosas que de otra forma no podrían estar registradas. Vi sus ojos, pozos profundos en los que era difícil hayar algún pensamiento alojado en la mente de quien los controlaba—. ¿Lo sabías? ¿Sabías que nuestra labor era infructuosa aún antes de que comenzáramos?

No, ninguno de nosotros lo sabía dijo Nâsser—, pues aún no habíamos visto esa parte del texto. Ni siquiera tú lo sabías, puesto que no podías recordar. Entendimos lo suficiente sobre la vida antes e inmediatamente después de la dispersión, pero nada concluyente sobre la naturaleza de las palabras salvo que en realidad poco sabíamos de ellas, así como poco hemos sabido de ellas desde que el hombre es capaz de escribir. Hizo una pausa—. Hace años de tiempo relativo, mientras me adentraba a una zona de alta dispersión, perdí casi por completo la memoria, el flujo cortante del tiempo me pasó factura. Es muy raro que algo así suceda mucho después del momento de la dispersión inicial, mucha gente incluso aprendió a pensar en imágenes en vez de palabras para que sus recuerdos no fueran borrados sin previo aviso. Era muy joven cuando eso pasó, y de pronto me encontré desorientado en un mundo hostil. Después de eso tuve que rehacer mi vida. Una de las personas que conocía, y a quien en ese momento sólo recordaba vagamente, me dijo mi nombre, pues me había convertido en un sinmemoria, como tú, como todos los nacidos antes de la gran dispersión. Algo similar te pasó a ti: olvidaste gran parte de tu vida dos veces, en dos momentos distintos. La primera vez olvidaste a tus padres y lo que habías sido, la segunda vez olvidaste tu nombre y el libro que habías escrito.

Miré el fragmento de texto que tenía entre mis manos, pertenecía al capítulo que nos habían enviado desde Phnom Penh. Lo leí, y la manera en la que fluían las palabras en el texto se correspondía con el fluir de las palabras de mi pensamiento, no supe por qué no había notado antes ese detalle. Leí mi nombre, por primera vez desde la última vez que lo había olvidado. También leí los nombres de mis padres, que eran los mismos que estaban escritos en mi medallón, sus descripciones físicas coincidían con las fotografías.

“La dispersión ha menguado nuestra cultura, nuestra humanidad”, leí, pero no recordaba el momento en que lo había escrito. “Nadie conoce la forma de revertirla, y no quiero pretender que yo poseo la respuesta. He recorrido las grandes zonas de dispersión, aprendiendo formas de preservación y reconstrucción de textos, pero en ningún lugar del mundo se ha encontrado la manera de revertir este proceso. Desconocemos la naturaleza de las palabras, por qué un día decidieron abandonar los libros, escapar de todo medio que las contuviera, incluso de nuestras mentes. La única manera de recuperar lo que es nuestro es reconstruyéndolo, poniéndonos de pie e impidiendo el olvido.”

Doblé el papel y lo sostuve dentro de mi puño.

No tienes que dejar el pueblo dijo Nâsser—. Mira a tu alrededor: ha crecido mucho desde que regresaste aquí. Este es tu pueblo, siempre lo ha sido, aquí naciste y aquí escribiste el libro, por eso el libro te trajo hasta aquí, aunque lo hayas olvidado todo este tiempo.

La casa en la que había nacido seguramente había sido ocupada por alguien más hacía mucho tiempo. En realidad no importaba.

Era de noche, pero aún así pude ver las estructuras que se habían construido durante el último año perfilarse contra el negro del firmamento, recintos donde la cultura poco a poco iba resurgiendo.

Las estrellas parecían haberse movido más de lo esperado durante los últimos días. Quizá, sin darnos cuenta, estábamos saliendo poco a poco de la lentitud, de manera que el flujo del tiempo allí en el pueblo se iba asemejando más al tiempo lejos de las zonas de dispersión, al tiempo real. Sin embargo deseché esa idea.

Los últimos años de mi vida he estado buscando el libro que yo misma escribí, el texto primordial, y ahora lo he encontrado dije.

Me puse de pie, Nâsser hizo lo mismo. Un viento suave sopló desde donde se alcanzaba a ver algunas nubes de lluvia.

Hemos tenido avances en la preservación de los textos dijo él—, encontramos un tipo de papel que puede hacer perdurar las palabras por al menos diez años, dos veces más que nuestro papel anterior. Usaremos ese papel para imprimir algunos libros, pues mañana habrá una gran lectura en público.

Me di la vuelta hacia la mezquita.

Impedir que las palabras escapen del papel será nuestra forma de impedir el olvido dijo Nâsser.

Entré a la mezquita y miré a los escribas trabajando con la misma vitalidad de siempre.

Me dirigí hacia mi habitación e intenté dormir con el sonido de la radio y las máquinas de fondo.

Permanecí en el pueblo el día de aquella lectura. Y hasta mucho tiempo después.

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