abril 17, 2013

Plaga

Este es uno de los relatos con los que estoy participando en el primer concurso de relato corto de Ciencia Ficción de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Inscribí 5 en total, para aumentar mis probabilidades de quedar entre los tres primeros lugares, pues los premios (una tablet y dinero en efectivo) no están nada mal. Sin embargo me llevé una gran sorpresa cuando me enteré que, para el momento en que inscribía mis 5 relatos, ya había más de 70 relatos inscritos. Al final deberán de ser como 120 relatos participantes, entre académicos, administrativos y, sobre todo, estudiantes de mi facultad. Así que es muy probable que no gane nada. En fin, aquí les muestro lo que escribí.

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Erradicamos a la Plaga hace muchos millones de años. Sin embargo se ha vuelto a presentar, una y otra vez, a lo largo de las eras, aunque las automatizaciones sentientes que permiten que las personas vivan seguras dentro del océano de bits se mantienen funcionando a la perfección.

No sé qué sería de esto si todo terminara. Si las automatizaciones dejan de funcionar, un sistema cibernético tan complejo como en el que vivimos no podría mantenerse, desaparecería, y con ella billones de vidas se perderían en menos de un segundo.

Durante todos los reinos de la Plaga nos hemos mantenido a salvo, gracias al Protector. El Protector es también un observador, quien nos dice cómo se desarrolla el mundo físico, ese mundo que hace mucho dejamos atrás. El Protector nos defiende de todos los ataques de la Plaga, es un ser dinámico que se nutre del conocimiento de los inmortales, una extensión de las automatizaciones, aquellos organismos que se encuentran en la frontera entre las máquinas y los seres vivos, ocultos bajo tierra, protegiendo y sustentando los ordenadores por los cuales el mundo que habitamos, por los cuales todo lo que los humanos conocemos desde la Gran Transición, existe.

Muchos recuerdan la Gran Transición. Nadie ha muerto desde entonces. Erradicamos la muerte y todas las enfermedades, aunque hubo quienes se nos oponían, quienes se oponían a la construcción de un nuevo mundo, un mundo mejor.

Algunas personas declaraban que el mal de todo residía en el mismo ser humano, así que dejaron de ser humanos. En la mañana del hombre se descubrió la forma en la que los organismos podían ir hacia atrás en el flujo de la evolución, todo lo que se necesitaba era reactivar genes que habían permanecido inactivos dentro del genoma. Comenzaron haciendo que las gallinas se convirtieran en dinosaurios, luego fueron los mismos hombres los que involucionaron y regresaron a las copas de los árboles.

Pero los que decidieron seguir siendo humanos, o pasaron a ser información pura o eligieron quedarse en el mundo físico; aunque los segundos ya están muertos desde hace tanto, pero aquí su recuerdo aún permanece.

Poco después de haber abandonado nuestros cuerpos físicos encontramos la forma de crear nuevos seres. Análogamente a como los viejos humanos surgían de nuevas combinaciones de genes de dos donantes, estos humanos han nacido de las combinaciones del código base sobre el que la humanidad digital está construida. En lo más hondo, no hay diferencia entre si la mente de un ser humano es soportada por un cerebro vivo o por una placa de silicio.

Si antes un ser humano tenía que vivir con su limitada mente ilimitadas interacciones entre individuo e individuo, ahora las interacciones directas de mente a mente son el método usual. Ningún humano de la era pretransicional podría imaginar las consecuencias últimas de tal libertad. Somos libres, somos lo más libres que la humanidad ha sido desde su diseminación de la Garganta de Olduvai en el Valle del Rift.

Observamos el exterior constantemente. Vista desde la eternidad, la información que el Protector nos trae del mundo físico parece mostrar una serie de eventos en rápida sucesión.

Especies de monos, elefantes y delfines han evolucionado y han creado civilizaciones planetarias que prosperan por periodos de miles de años, pero al final todos son barridos por la Plaga. Los animales que antes llamábamos domésticos también han tenido importantes picos cognitivos, y la mayoría de las veces han formado relaciones simbiontes con las especies dominantes, pero también han corrido con el mismo destino.

Lo peor, quizá, es que nosotros mismos somos los causantes de la Plaga. Siempre surge por error, un error de código. El mundo de información en el que vivimos no es tan independiente del mundo exterior como creíamos sus constructores.

Cada cierto tiempo, un error en el programa del mundo hace que humanos que deberían nacer como bits de información en realidad nazcan como genes y carne, allá, sobre la Tierra.

Estos seres humanos corruptos se han reproducido y han poblado el planeta, aún si había antes en él otra especie inteligente. Han pasado por los mismos sistemas y estructuras sociales por los que ya habíamos pasado antes. Han tenido guerras, hambre, destrucción, sus propios líderes religiosos y políticos, se han aventurado al espacio, aquel destino por el que deseamos no optar, pues aquí tenemos todo el espacio que necesitamos. Han colonizado planetas, extinto a tantas otras especies inteligentes, se han vuelto simbiontes con algunas de ellas y el linaje humano se ha separado en innumerables ramas. Han tenido hambre, mucha hambre. Se han comido al universo, han sido dueños del cosmos.

Pero al final han caído. Y la gloria de su gente sólo es recordada por los que vivimos eternamente en este océano de bits.

A veces ocurre que, en cierto periodo de tiempo, conviven dos Plagas, pero compartir el mismo espacio en el mismo universo para ellas resulta inaccesible, así que sobreviene la destrucción mutua o sólo una de ellas sobrevive.

Pero cada vez que surge otra Plaga es lo mismo: el mismo ir y venir, como si la historia humana, en caso de optar por seguir el sueño del espacio y saltar hacia arriba y afuera, estuviera condenada a repetir el mismo ciclo por la eternidad, sin poder aprender nada de los que les precedieron.

Esta vez la Plaga es distinta. Esta vez no hay colapso de la especie humana en el planeta que los vio nacer, ni viajes espaciales, ni colonización, ni túneles de materia exótica formando una telaraña entre los mundos. No.

Esta vez la Plaga ha decidido dejar de depender de sus cuerpos físicos. Ya han dispuesto de una automatización sentiente para que mantenga operativo todo el hardware que contendrá las miles de millones de mentes humanas que conforman su civilización.

Y mientras buscaban el lugar adecuado para resguardar su automatización de posibles peligros, han encontrado nuestras instalaciones bajo tierra. Han destruido al Protector.

Pero lo que parece es que no se han dado cuenta de nuestra presencia, que hay toda una humanidad dentro de las máquinas que están destruyendo con la simple intención de hacerse espacio para los suyos. Les enviamos mensajes pero parecen no escucharlos.

Pensaron como nosotros, han tomado la alternativa que tomamos hace tanto tiempo, pero, en cambio, su desarrollo tecnológico es mucho mayor al que tenía la versión de la humanidad a la que un día pertenecí. Incluso son mucho más avanzados técnicamente que cualquiera de las humanidades que en el pasado lograron colonizar todo el universo, pero por alguna razón se han quedado en su cuna. Son, aunque me cueste decirlo, más avanzados que nosotros, aunque nosotros hemos pasado por un crecimiento puramente intelectual, sin la presencia de un estorboso cuerpo, durante millones de años, mientras que ellos apenas llevan algunos miles de años escribiendo su historia.

Ahora la Plaga nos afecta directamente. Las automatizaciones han recibido los primeros daños y no resistirán mucho más. El Protector, quien repararía cualquier falla que tuviese el manto sobre el cual existimos, ya no está.

Los líderes de mi civilización buscan una solución para este problema, pero no existe ninguna, al menos no ninguna aceptable, aunque ellos piensen que han encontrado al menos una respuesta parcial.

Se trata de un error de configuración. Nada de esto debió haber pasado. Cuando diseñé la primera automatización sentiente junto con este mundo infinito, infinito en espacio y en posibilidades, todos los modelos de predicción de errores mostraban lo mismo: aquí estaremos seguros para siempre.

Algunos ya se han comenzado a ir. A cada segundo son miles los que regresan a esa impura y restringida existencia que teníamos antes y que dejamos con gran placer, al menos los que siempre estuvimos convencidos de tan importante decisión. No tienen idea de lo que hacen.

Habría pensado que, después de vivir durante millones de años en la mejor versión de la existencia que la imaginación humana pudo concebir, los individuos preferirían este mundo a cualquier otro, incluso a la muerte. Estaba equivocado.

Las automatizaciones aún pueden hacer el trabajo de recolectar materias primas para construir los cuerpos que albergarán la información de cada mente. Pero son muchos cuerpos, la materia no dará para todos. Los líderes han limitado ese número en un millón. Billones de mentes se perderán en el ocaso, pero al menos, los que nos quedamos, habremos dejado de existir aquí y no allá afuera.

Hubo gran dificultad para elegir al millón de mentes que tendrían de nuevo cuerpos físicos, pero al fin, pues el tiempo cae sobre nosotros, fueron elegidos. Aquellos que tendrán nuevos cuerpos ya no recuerdan de manera consciente cómo usar un brazo, una pierna, incluso un ojo, pero parte de su mente aún lo sabe, no han olvidado del todo su inicial naturaleza biológica. Las mentes vuelven a corromperse con la unión con los cuerpos físicos.

La humanidad se convierte de nuevo en la Plaga. La otra humanidad, que aún permanece sobre la Tierra, se percatará más temprano que tarde de nuestra presencia. Intentará erradicarnos, pero no lo logrará, pues ya casi toda su gente es información pura, y el resto consiste en sólo unos cientos de individuos que no serán tan efectivos contra un ejército de un millón de seres, aún cuando estos manejen sus nuevos cuerpos torpemente.

No sé cómo lo lograron, pero esta versión terrestre de la humanidad logró casi por unanimidad elegir el camino más perfecto de la existencia; cuando mi versión lo decidió, muchos se quedaron en el camino.

Al final del día, los que ahora han partido de regreso al mundo físico, triunfarán sobre todos los demás. Serán imperfectos, pues así han renacido y así morirán. Se reproducirán y quizá logren establecer una sociedad planetaria, quizá salten hacia las estrellas y sean los dueños de toda la creación. Pero al final caerán, como todos, condenados al ciclo del hombre, que al final se cerrará sobre sí mismo en decadencia y olvido.

O quizá aquellos humanos del futuro elijan volver a esta existencia que sus antepasados, los que hoy han partido, conocen y recordarán con melancolía o incluso con odio durante el resto de sus vidas, y, movidos por el deseo de recuperar lo que les había pertenecido, construyan de nuevo un sustrato mecánico sobre el cual posar sus lívidas mentes.

Pero puede que eso sólo les lleve a abrir un nuevo ciclo, en el que la humanidad alterne su presencia entre lo material y lo virtual, siempre cayendo, siempre volviendo, hasta que llegue un tiempo en el que ya no sabrán si primero fueron carne o información.

El millón de individuos se ha marchado de nuevo al mundo exterior. Se fueron a tiempo, pues los sistemas de enlace y de construcción de cuerpos de la automatización han sido destruidos. De entre quienes se han tenido que quedar, la gran mayoría está resentida contra mí y, de poder hacerlo, me asesinarían, pero no hay cuerpo físico que asesinar. Y no los culpo, entiendo su reclamo. Les prometí la eternidad a todos estos billones de seres humanos, aunque esta eternidad, ahora, ya tan cerca del final, no resultó ser demasiado eterna.

marzo 30, 2013

Anónimo


La mujer entró al departamento 103, la linterna sobre el arma, escudriñando el lugar. Había basura tirada por todas partes, una capa de polvo, colillas de cigarro, jeringas usadas y empaques de alimento vacíos. En medio de toda esa inmundicia, el cuerpo de un hombre sin vida.
            —¿Quién notificó del incidente? —preguntó la mujer a uno de los agentes.
            —Fue una llamada anónima.
         —Oigan —dijo otro de los agentes—, esto ya lo he visto antes. La Policía Internacional informó que en las últimas horas se han recibido tres llamadas anónimas, todas eran para informar de sobredosis de droga o intentos de suicidio. Quizá estén relacionados.
            —¿Dónde se recibieron esas llamadas? —preguntó la mujer.
            —Una en Alemania, otra en España y una más en la Rusia europea.
          —Entonces difícilmente estarán relacionadas. El informante tendría que haber tenido acceso a esos tres lugares.
           El agente se abrió paso entre la capa de desperdicios y llegó hasta una mesita de noche, donde había un disco duro portátil.
         —No creo que sea casualidad. Esto también estaba en las otras escenas —giró el disco duro, en él había escrito un nombre.
            —Así se llamaba el suicida —dijo la mujer.
            —Exactamente. Hay que analizar lo que contiene, pero no creerán lo que está guardado aquí.

           —Es el onceavo caso en tres días —dijo el sujeto gordo, de pie, apoyando una mano sobre su escritorio— y aún no podemos dar con el domicilio del informante. —Apretó el botón de pausa del control. En el televisor, la imagen se congeló, mostraba un sujeto subiendo a su auto, dando vuelta a la llave y arrancando, luego al mismo sujeto jugando un partido de baloncesto—. ¿Quién y para qué haría algo así?
            —¿Dice que los once discos duros contienen en video prácticamente toda la vida de estas personas?
            El hombre gordo asintió con la cabeza.
            —¿Tiene la última grabación de la llamada que recibió la policía local?
            —Sí, claro —dijo el hombre gordo, y pulsó con su dedo una grabadora.
            La cinta comenzó a correr.
            “Quiero informar de una sobredosis de heroína en el siete dos nueve de la calle Larmor. Es una emergencia”, se escuchó una voz, en un perfecto acento del sur de la India, que parecía afectada aunque no alarmada.
            “¿Puede confirmar su posición?”, dijo la secretaria de la estación de emergencias.
            “Siete-dos-nueve. Calle Larmor. Revisen muy bien la casa”.
            Tono de fin de llamada.
            El dedo del hombre gordo se sumió en la grabadora.
            Los dos hombres guardaron silencio.
           
            —No hay cámaras en la casa o en el auto —dijo el oficial, mirando al hombre que, sin vida, era sacado de su alberca.
           —Para que alguien pudiese haber grabado todo lo encontrado en el disco, tuvo que haber vigilado al sujeto durante toda su vida. Uno podría pensar que son grabaciones familiares, si pasamos por alto los momentos de intimidad, aunque en ningún momento el sujeto parece percatarse de estar siendo grabado.
            —Y, si el informante, o quien sea, conocía tan bien a estas personas, ¿por qué no evitó todas esas muertes en vez de limitarse a avisar a la policía? Quien haya informado era claramente consciente de que todas esas personas morirían.
            —Esto es una locura. Hemos triangulado vagamente la señal del informante, pero... Apenas ayer las llamadas parecían salir de un pequeño poblado de Eslovaquia, y hoy desde Nairobi, Kenia. ¿Cuántas de estos discos duros se han encontrado?
            —Veintitrés.

            Una mujer lloraba sentada afuera de una oficina dentro de la estación de policía. Un hombre uniformado salió y se dirigió a la mujer, en el bolsillo de su pantalón llevaba un disco duro portátil.
          “Señora, encontramos un disco duro en el lugar donde su hijo se quitó la vida”, se encontró de pronto pensando el oficial de policía, mientras caminaba hacia la mujer. “Prácticamente toda su vida está ahí. Sé que su hijo se marchó de casa hace casi diez años, pero en estos videos podrá ver lo que fue de él durante todo ese tiempo, las mujeres sifilíticas con las que se acostó, los hombres a los que mató y la degradación siempre creciente de su vida durante los últimos años. Todo está allí, incluso las cosas que hacía de pequeño cuando usted no lo veía. No sabemos por qué alguien se tomó la tarea de hacer esto. Es una clara invasión a la vida entera de una persona, pero por otro lado es algo más, algunos lo llaman milagro”.
            Vio a la mujer de frente.
            —Necesitamos que rinda su declaración.

            —Esto no puede ser obra de un solo hombre.
          —¿Con qué intención grabas a una persona desde su nacimiento hasta que un día decide quitarse la vida o muere de la manera más miserable?
            —Quizá con la intención de que esa persona no sea olvidada.
            —¿Qué dices?
          —Estas personas están solas. De otra forma morirían y no se enteraría nadie, o el jodido que los viera no querría darse por enterado. Alguien debe intervenir en esas vidas, insignificantes y destrozadas. O por lo menos vigilar sus idas y venidas. Vigilarlas y hacer que de ellas quede un recuerdo, para que sean recordadas en el futuro, en una época en que la gente pueda comprenderlas.
          Continuaron mirando las grabaciones, mientras el humo de los cigarrillos iba formando vórtices y extendiéndose por la oficina.
            —¡Hey! Espera, espera, regresa el video.
            La grabación retrocedió.
           —Yo estuve ahí —el plano del video incluía el rostro del agente—. Fue durante la presentación de un libro, hace como tres meses... El tipo llega y se sienta a mi lado. Al final se para para que el autor autografíe su ejemplar. Parecía muy raro, muy solitario. No sabía que era el mismo sujeto que encontramos muerto.
           
            Los agentes escuchaban con atención las llamadas recibidas por las policías de más de treinta países, junto con el texto traducido.
            —Parece que el informante no es realmente el asesino, o puede que forme parte de alguna asociación criminal internacional. Pero ¿por qué estas personas, qué relevancia tienen?
            —Aquí está el expediente de la Interpol con los datos proporcionados por el informante —dijo un tercer agente, dejando una enorme pila de papeles en el escritorio—. Además de videos, los discos duros contenían varios archivos de texto. No parece haber nada especialmente relevante, ni siquiera todos esos terabytes de grabaciones.
            —¿Sabes si alguien de inteligencia ha liberado los documentos?
            —No. ¿Por qué?
            —Porque de alguna forma todo el material ha sido filtrado. En Internet han abierto decenas de sitios dedicados a estas personas muertas. Han colgado los videos ahí, aunque nadie podría verlos completos. La gente está inspirada con todo lo que está pasando.
            —Es una exageración —dijo el que había dejado la pila de documentos.
            En la sala contigua, vieron a través del vidrio que una de las recepcionistas de la línea de emergencias les hacía una seña, con el teléfono al oído y los ojos desorbitados.
            Los hombres corrieron hasta allá.
            —¿Puede repetirme su ubicación? —decía la mujer al teléfono, mientras apretaba el botón de altavoz.
            —Avenida Alissius, número veintidós, dos-dos —dijo la voz, con acento turco. Luego colgó.
            —Acabamos de recibir una llamada del informante anónimo —dijo la recepcionista, con un ligero temblor en las manos.
            —¿Lo has podido rastrear?
            La recepcionista miró el monitor que tenía en frente.
            —Sí —dijo—. Por poco. La dirección queda a uno pocos kilómetros de aquí.

            La policía de Ankara se movilizó para rodear el perímetro de un viejo edificio de departamentos, presuntamente desocupado, a las afueras de la ciudad. Llegaron pronto, y un grupo de agentes entró y abrió uno por uno cada departamento.
            Todos estaban vacíos, excepto uno ubicado en el séptimo piso.
            Los agentes derribaron la puerta y entraron.
           Era un lugar oscuro, sucio y revuelto, olía a orina y excremento. En una esquina del pequeño departamento, más oscura que el resto, había un sofá de espaldas, frente al que había una ventana desde donde se apreciaba una zona agrícola, con unos cuantos edificios bajos, la mayoría bodegas de cereales. Del lado derecho del sofá, apenas distinguible entre la oscuridad, sobresalían los destellos silenciosos de un arma de fuego, cuya punta rozaba la capa de suciedad del suelo, sostenida por una mano fría y rígida.
            Un agente apuntó con su arma y se paró delante del cadáver.
            —Está muerto —dijo, aunque apenas podía ver lo que tenía delante.
            —Parece que esta no es la dirección del informante sino la de algún otro suicida.
            —Entonces debe haber otro de esos discos duros por aquí —dijo alguien.
            —¿Qué es esto? —uno de los agentes señaló algo sobre una mesa, era un rollo de papiro. Extendió el rollo, manchado y medio roto, en él había varios nombres escritos, miles de ellos. Los últimos nombres de la lista parecían escritos de forma apresurada y con un tipo diferente de tinta. A un lado del rollo, una pluma blanca y grande, aunque quebrada por la mitad, reposaba dentro de un tintero—. ¡Son los nombres de las personas reportadas por el informante!
            La luz entraba por la ventana abierta, pero aquel que yacía sin vida sobre el sofá, una silueta negra y apenas perceptible, parecía oscurecer la habitación, como si la luz tuviese en él su destino natural, en vez de bañar también el resto de las cosas.
            El agente que estaba frente al cadáver entornó los párpados y abrió más la ventana, esperando tener mejor visibilidad, pero el lugar sólo se oscureció aún más.
            —Encontré el apagador —dijo alguien, y el departamento al fin se llenó de luz.
            El que estaba frente al cadáver vio las enormes alas de plumas blancas, salpicadas de rojo, que surgían de la espalda de quien yacía sobre el sofá. Los largos cabellos grises se pegaban con sangre alrededor del orificio de salida de la bala. El rostro era más bello que el de cualquier persona que hubiera visto antes. La cabeza y los hombros, ahora caídos, parecían testigos de un peso casi infinito, acumulado desde el comienzo de los tiempos.
            —Parece que esta vez no dejaron ningún disco duro —dijo otro agente, que seguía hurgando entre las cosas—. Nadie recordará a este pobre diablo.

marzo 15, 2013

"Paseando", por Eleonora González


Esta vez no les traigo un cuento mío sino una colaboración (la primera de este blog y espero que no la última) de Eleonora González, estudiante de Letras Clásicas.

Y van caminado de la mano dos novios. Distantes y tomados de la mano, ella va pensando en la escuela; él, en el trabajo. Los problemas los agobian, el dinero no alcanza y su relación es lo último que importa. Se dirigen unas cuantas palabras, se dan un beso y sigue el paseo. Así se han tornado todas sus salidas, se despiden con un te amo y se preparan para el siguiente paseo.

Éste es un paseo singular, ella llegó tomada del brazo de su padre al lugar donde su novio la esperaba de pie. Todos sus amigos y familiares los observan: están ahí parados con una sonrisa fingida. Por muy especial que sea este momento, para ellos es el paseo de siempre: ambos, pensando en sus problemas, maquinan soluciones y se sonríen por instantes para aparentar complicidad.

Ella es la primera en detener el paseo; luego, él. Ambos sólo lo hacen para pronunciar, cumpliendo el protocolo, un falso y gastado “sí, acepto” y luego, seguir paseando en su mente. Porque ahora han jurado ante su fe que sus cuerpos estarán cerca para siempre… mientras su mente pasea.

marzo 04, 2013

El club de ajedrez

Apenas hace un par de días fue la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México, y cada tertulia que pasa me divierto más; platicar con gente a la que le interesa la Ciencia Ficción y se la toma en serio es algo singular, y me anima a hacer mejores cosas, aunque no me quede casi tiempo fuera del que le dedico a la universidad. Actualmente trabajo en un cuento, tendrá unas 15 mil palabras cuando esté terminado, lo más largo que haya escrito, y es una mezcla entre "Siete vistas de la Garganta de Olduvai" de Mike Resnick, un montón de cosas que he leído últimamente, y sobre todo de una idea que me dio un compañero matemático y escritor (en su conjunto es una cosa algo experimental). Eventualmente lo publicaré aquí, aún tengo que encontrar ratitos libres para avanzar y terminarlo. Ah, y también quería informar que gané el 4° lugar en el concurso anual de relatos de Ciencia Ficción de La Cueva del Lobo, de entre un total de 39 relatos que mandaron autores de varios países de Latinoamérica, además de España. El cuento con el que participé es uno que quizá ya hayan leído, "El viaje de un cartógrafo", uno de mis preferidos. Para terminar, les dejo un cuentito que escribí hace unos meses.

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El chico nuevo, con su tablero enrollado bajo el brazo, levantó la vista hacia las mesas puestas en fila, donde varios sujetos se enfrentaban en partidas casi interminables. Las narices de los que jugaban olisquearon el aire, y pronto supieron que alguien había entrado a su territorio; instintivamente, todos pusieron de pie. El chico nuevo pronto se vio acorralado por las miradas, hambrientas de carne fresca, de los que se escondían detrás de aquellos lentes de fondo de botella. Los sujetos se acercaron, parecían salir de todas partes, caminaron con paso robótico, mientras sus risas mostraban unos brackets del color del mismo infierno. Un sujeto se acercó al recién llegado.
     —¿Quieres unirte a nosotros? —el sujeto alcanzó a decir esto cuando le comenzó a faltar el aire. Sacó su inhalador del bolsillo, lo agitó y se lo llevó a la boca; lo apretó y, con fuerza, introdujo a sus pulmones el revitalizante aerosol de salbutamol.
     —Sí —dijo el chico nuevo, intimidado por el que, sin lugar a dudas, debía de ser el líder.
     —Ya sabes lo que necesitas para pertenecer a nuestro club —dijo el macho alfa, con la respiración agitada.
     El chico nuevo asintió con la cabeza.
     El macho alfa le ofreció su inhalador. El chico nuevo lo miró con duda.
     —Tómalo —le dijo—; lo necesitarás.
    —No te arrepentirás de tu elección —dijo otro integrante del club—. Vale la pena. —El sujeto salió de entre las sombras y el chico nuevo pudo percibir su rostro y sus brazos llenos de cicatrices—. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer: los zapatos ortopédicos aplastando mi cara, las piezas dentro de mi nariz y en otros orificios que... ¡Oh, Dios mío!... Pero al final te conviertes en un miembro del club —esbozó una sonrisa que dejaba ver los dientes rotos.
   Con la cabeza baja, el chico nuevo tomó el inhalador que le ofrecía el líder, y avanzó, adentrándose en las tinieblas.
     —Bienvenido al Club de Ajedrez de la Facultad de Ciencias —le dijo el macho alfa.
   Los sujetos comenzaron a hacer sonar las piezas de ajedrez sobre las mesas, en una música atronadora que auguraba los tormentos futuros, mientras el chico nuevo avanzaba hasta cruzar el punto de no retorno.
     La novatada apenas comenzaría.

febrero 22, 2013

Alianza

He aquí un ejercicio sacrílego literario para "soltar la mano"

—¡Maldita sea, no se muevan! —Dios apuntó con el arma, en un movimiento que abarcó a todos los feligreses que se habían dado cita a la misa de las ocho—. ¡Usted tampoco! —le dijo al sacerdote, poniendo el cañón contra su sien—. ¡Quédense quietos si no quieren que les vuele los sesos! ¡Carajo, no me dejan pensar! —Observó el arma con aire ausente, una pistola nueve milímetros bañada en oro, con las letras griegas alfa y omega grabadas en la culata.
     —Está en posición de tiro —dijo el francotirador desde una azotea, viendo a través de las paredes de la iglesia con sus lentes de visión térmica—, lo tengo detrás del vitral. Esperando recibir orden.
     Pero la orden para disparar no llegó.
     —¿Mamá? —dijo el capitán de la policía, con lágrimas en los ojos—. Mamá, ¿eres tú?
     Una mujer entrada en años atravesó el grupo de hombres uniformados, hasta llegar, con los brazos abiertos, donde estaba el capitán. Madre e hijo se fundieron en un abrazo.
     —¡Mamá! —el capitán tocó el rostro de la mujer, no tenía duda alguna de que ella fuese su madre, muerta treinta años atrás—. Te ves... Te ves igual a como te recuerdo.
     —Así es, mi pequeño —respondió la mujer—. Me alegra mucho verte de nuevo.
     —Ya no soy tan pequeño, mamá —dijo con una sonrisa—. Mira —señaló a sus hombres—. Me volví capitán de la policía.
     —¡Estoy tan orgulloso de ti! —le dio otro abrazo.
     —¿Acaso no es la madre del capitán? —dijo alguien.
     —¡Pero si murió hace más de veinte años!
     Todos observaban incrédulos el milagro.
     —Vamos a casa, mamá —el capitán rodeó los hombros de la mujer—. ¿Recuerdas ese pato asado que te ayudé a cocinar en Navidad?
     —Señor, no puede irse —dijo uno de sus hombres—. Tenemos una situación de rehenes.
     Pero el capitán no hizo caso.
     Uno de los policías vio que alguien se acercaba a lo lejos. No lo podía creer, ¡pero allí estaba!
     —¡Hermano! —gritó, y corrió a reunirse con su hermano muerto en la guerra el año pasado.
     —Demonios, ¿qué está pasando? —dijo uno de los francotiradores— ¡Concéntrense en la misión! —pero veía cómo más de sus compañeros se alejaban del grupo y se reunían con personas que parecían salir de la nada.
     Un autobús escolar se detuvo y de él salieron, una por una, setenta mujeres muy bien proporcionadas y con ropas que apenas cubrían lo necesario. Uno de los policías rompió en llanto mientras las mujeres lo rodeaban y lo llenaban de besos. El policía se secó las lágrimas con el brassiere de una pelirroja despampanante.
     El francotirador gruñó al ver a todas esas personas aparecer en la calle entre el cuerpo de policías. El secuestrador estaba en la mira, y no esperaría la orden de nadie para cumplir con su deber. Cuando estaba a punto de apretar el gatillo, una lengua húmeda lamió su oreja. Lentamente giró la cabeza.
     —¿Spike? —dijo.
     El perro sacudió la cola y llenó de baba la cara del francotirador.
     —¡Spike! —llegó a su mente el recuerdo del perro siendo aplastado por un camión, sin embargo allí estaba, ¡estaba vivo!—. Perro tonto —dijo, sorbiendo el moco que le escurría—, ¿dónde te has metido todo este tiempo?
     Mientras tanto Dios, dentro de la iglesia, parecía a punto de estallar.
     —¡Silencio, o me los cargo a todos! —dijo.
     Algunas personas estaban rezando.
     —¿No lo entienden, verdad? —les dijo Dios—. Le rezan a Dios, y aquí estoy yo, pero no quiero que recen, ¡sólo les pido que se callen para que me dejen pensar! —echó una mirada al lugar, los adornos le parecieron asquerosamente obscenos: los murales con motivos religiosos, los altos vitrales, las estatuas de santos y ángeles, cuadros con marcos de madera fina, recubrimientos de oro en casi cualquier lugar donde mirara...—. ¿Cuánto maldito oro gastaron para recubrir todo el lugar, eh? —preguntó, y esperó un momento—. ¿Nadie me va a responder?
     —Cuarenta kilos —dijo el sacerdote, que aún sostenía el cáliz.
     —Pues parece más, ¡eh! —dijo Dios—. Apuesto a que el oro es en lo que menos gastaron. Gastan fortunas en hacer sitios como este. Ya se olvidaron de ese lugar, uh, ah..., ¿cómo lo llaman?... Donde formé a Adán a partir del polvo, donde mueren tantas personas porque ustedes malgastan en sitios como este. Si de verdad esta fuese mi casa, el gasto estaría justificado. ¡Pero no! ¡Deberían de sentirse culpables por eso! —señaló con el dedo a los fieles.
     —Oiga, jefe —dijo la Muerte, junto a una anciana que acababa de sufrir un infarto. Se recorrió la manga de la túnica para ver su Rolex—, no es por presionarlo, pero... ¿hará lo que tenía pensado hacer?
     Dios le dirigió una mirada asesina a la Muerte, que la hubiera matado de no haber ya estado muerta.
     —¡Carajo —dijo Dios—, le prometí a Noé que nunca volvería a hacer algo así!
     En la cruz que estaba sobre el altar, Jesús crucificado se desclavó las manos y miró a Dios.
     —¿Papá, qué diablos estás haciendo? —dijo Jesús, al tiempo que terminaba de desclavarse los pies. Bajó de un salto doble mortal hacia atrás.
     —No te metas en los asuntos de un viejo terco —le respondió Dios.
     —Piensas matarlos, ¿eh? Pues no lo permitiré —lo retó Jesús—. Si es necesario, moriré para salvar sus almas... de nuevo.
     Afuera de la iglesia, prácticamente todos los policías se habían ido, acompañados de sus seres queridos difuntos, que de milagro habían vuelto a la vida. Sólo quedaba un policía, que se acercó a las puertas de la iglesia y las abrió de una patada.
     —¡Dios mío! —exclamó el policía.
     —El mismo —dijo Dios.
     —Deje salir a los rehenes —la mano del policía se movió inquieta sobre el arma que llevaba en el cinturón.
     —Vamos, no me lo vas a impedir tú, ¿verdad?, soy Dios.
     El policía desenfundó con la velocidad de un trueno y disparo una bala que impactó en el hombro del Creador.
     —¿Pero qué demonios? —Dios se tocó el lugar del impacto, de donde brotaba sangre—. Oye, oye, no, espera, ¡podemos negociar! —dijo, agitando las manos.
     —Entregue a los fieles.
     —No —dijo Dios—, no es lo que realmente quieres. Tengo algo mejor para ti —y apareció una mujer desnuda de grandes pechos frente al policía.
     —¡Papá! —gritó Jesús, tapándole los ojos a un niño.
     La mujer comenzó a acariciar al policía, éste sólo la empujó, asqueado.
     —No intentes comprarme —dijo el policía.
     —No te estoy comprando —dijo Dios—, te estoy sobornando.
     De pronto, la mujer desnuda desapareció y, en vez de ella, toda la familia del policía apareció frente a él.
     —Idiota —dijo el policía—, mi familia aún está viva.
     Dios tomó su arma bañada en oro y acribilló a tiros a sus familiares.
     —Ahora dime si no desearías que estuviesen vivos de nuevo.
     —¿Qué carajos? —el policía disparó a Dios, pero Jesús se interpuso entre las balas.
     —No, hijo mío —dijo Dios, sosteniendo a Jesús, de quien brotaba sangre de sus heridas—. ¿Por qué lo has hecho?, sabes que yo no habría muerto por unos simples disparos.
     —Es que tengo una manía enfermiza de morir innecesariamente por los demás —dijo Jesús, y luego murió.
     El policía bajó el arma.
     Dios cargó el cuerpo de su hijo y lo llevó hasta el altar.
     —Entregaré a los rehenes —dijo Dios—. Pero antes, todos han de saber que nunca volveré a obrar en contra de mi misma creación como lo he hecho hoy. Esta será mi señal de alianza con ustedes, el símbolo de que la humanidad no será castigada de nuevo —en el cielo apareció un hermoso arco iris.
     —Ya usó el arco iris la vez pasada —susurró la Muerte en su oído—. Tendrá que pensar en otra cosa.
     Dios miró su arma grabada en oro y la alzó para que todos la vieran.
     —Esta será la nueva señal de paz que unirá a los hombres en nombre mío —dejó el arma sobre el altar—. Sólo... tengan cuidado con las balas.

enero 17, 2013

Autor, personaje

No pude esperar al sorteo de marzo para acariciar la oportunidad de tener a alguno de los personajes más cotizados que ofrece la agencia.
            Llevaba varios meses escribiendo historias que tenían como protagonista al mismo sujeto. No es que no me gustara la forma en que ese protagonista hacía lo que yo plasmaba con los tecleos de mi ordenador, ni mucho menos era que no me agradara como persona... je. Personaje. Simplemente quería que mis historias tuviesen un héroe diferente.
            Así que fui con Igor Trovotskyn.
            Verán, yo conocía a Trovotskyn por un cuento que leí de uno de mis compañeros de la Agencia de Escritores. Les juro que quedé fascinado por cómo Trovotskyn hacía todo lo que mi compañero le encomendaba a hacer en su historia. Asumía su papel de protagonista con un aire lleno de energía y tomando siempre la iniciativa, como un héroe verdadero tiene que comportarse.
            Y no es que mi compañero fuese un gran escritor, ¿para qué les miento? En la agencia hay escritores pésimos pero que brillan de vez en vez no por méritos propios sino porque han sabido elegir a sus personajes. Es que la elección de personajes, y sobre todo de un protagonista, pesa mucho en lo que se quiere contar.
            Bueno, como les decía, leí la forma magistral en la que Trovotskyn hizo su trabajo como protagonista (pues reivindicó por qué era él el protagonista) y de inmediato quise que él estuviera en uno de mis cuentos.
            No es que yo sea un mal escritor y quiera colgarme de la genial manera en la que Trovotskyn hace su trabajo, pero es que yo tenía pensado un gran cuento y en ese gran cuento sólo podría estar un gran protagonista: el gran Igor Trovotskyn.
            Así que hice algo que no necesariamente era legal dentro de la agencia, pues, ya saben, no quería esperarme hasta el sorteo. Se supone que tenía que esperar a que me asignaran un nuevo protagonista, pero quería tener más libertad al respecto. ¿Por qué dejaría que la Agencia de Escritores me impusiera a mis protagonistas? ¿Por qué yo no podría elegirlos, si al fin y al cabo se trata de mis historias?
            Entonces encendí mi ordenador portátil, esperé ansiosamente los segundos que tarda en arrancar y luego abrí un documento en blanco del editor de textos. A mitad de la habitación se abrió el pequeño portal que luego se dilató para permitir que algo de mi tamaño lo atravesase.
            Entré en él.
            Se supone que sólo desde la agencia podemos hacer eso, y sólo en ciertas fechas del año, pero, demonios, necesitaba a Trovotskyn, ese cuento no podía esperar más para ser escrito.
            La imagen de mi desordenada habitación se desvaneció y aparecí en un terreno donde la vegetación predominante era un pasto amarillento y seco. De fondo, alzando la mirada, pude ver una enorme lanzadera espacial.
            A unos quince metros delante de mí había una pequeña casa de madera, de aspecto frágil y abandonado. Me acerqué a la casa y, dudando, di tres golpecitos en la puerta. Escuché el tosido de alguien en el interior y luego el corte de cartucho de una escopeta. Di un paso hacia atrás. Toqué mi cinturón y me di cuenta de que no había traído mi tubo de van der Waals. Aunque ¿de qué serviría un tubo de van der Waals contra un personaje de cuento? Sin embargo, me sentía desprotegido.
            —¿Quién es? —escuché una voz que venía desde dentro.
            Ahora estaba seguro que había llegado al lugar correcto. Tal vez el estar desarmado no sería un problema, aunque nunca había llegado a la casa de un personaje en un horario no oficial, y uno nunca sabe cómo puede reaccionar alguien que ha viajado en una nave cartográfica con motor autístico a la Nebulosa de Orión sólo para patearle el trasero al senado de la alianza y así evitar una guerra de dimensiones galácticas.
            —Soy... —respondí—. Soy un autor.
            Esperé, y después de veinte segundos pensé que no me abriría, pero la puerta se abrió rápidamente y apareció un sujeto de rasgos duros, cabello algo largo, revuelto y canoso como su barba. Sentí un profundo respeto al verlo, pues sabía todo lo que había hecho (claro, siempre hacía lo que los escritores de la agencia le habían ordenado, pero aún así ese hombr... personaje había estado en lugares que yo apenas había imaginado y se había encontrado con seres que no existían salvo como personajes de las agencias de escritores de las especies alienígenas de los demás planetas habitados, con los que la agencia de la que formo parte tiene un convenio de cooperación. Imagínense, de otra manera, las historias que se podrían escribir con la limitación de la mente humana, serían muy pobres en contenido, y con esta cooperación con las especies alienígenas podemos introducir en nuestras historias personajes y situaciones que ninguna mente humana podría imaginar).
            —¿Se puede saber qué desea? —me preguntó Trovotskyn.
            —Sí, sí. La verdad es que estaría encantado de que usted fuera el protagonista de mi próximo cuento.
            Me dirigió una mirada tan fría como el clima siberiano en el que él había crecido.
            —Estoy trabajando para alguien más —dijo.
            Sí, en efecto, estaba trabajando para mi compañero.
            —Lo sé —le dije—, pero tengo entendido que el autor para quien trabaja se retirará del oficio mañana en la mañana.
            Trovotskyn alzó una ceja.
            —¿Me está tomando el pelo? —preguntó.
            —No sería capaz. Es más, tengo el documento que lo avala —le mostré el papel que había fotocopiado secretamente de la oficina del jefe de la agencia. Sí, ya sé, como se darán cuenta, no suelo hacer las cosas de la manera más ortodoxa.
            Trovotskyn leyó el documento y luego me miró.
            —Y ¿sabe por qué ha decidido dejar la agencia?
            Me encogí de hombros.
            —Hace unos días me dijo emocionado que había ganado la Olimpiada Nacional de Repostería. Creo que viajará a Uzbekistán para la fase internacional.
            Trovotskyn me regresó el documento y permaneció parado en el marco de la puerta, observando su escopeta, y yo no pude menos que sentirme intimidado, pues no sabía lo que un hombre... personaje, que había rebanado las veinticuatro cabezas del protector de las lunas de Prometeo, era capaz de hacerle a un simple autor de ciencia ficción. Se los digo porque he leído todo lo que los autores de la agencia han escrito sobre él.
            De pronto, Trovotskyn abrió más la puerta y, con un ademán de invitación, me dijo:
            —Pasa.
            Y yo pasé.
            Fue cuando comprobé que todo lo que se decía acerca de los recursos que la agencia les da a los personajes era real. Si por fuera la casa se ve como un cacharro viejo y a punto de derrumbarse, por dentro era una extrapolación, o más bien interpolación, de ello.
            Una madera, que se veía que había sido colocada provisionalmente, sostenía, como un pilar, una de las vigas del techo de la casa. No soy arquitecto, pero sé algo de física, pues la ciencia ficción inevitablemente se sustenta en la ciencia y viceversa, y algo me decía que esa madera creaba un balance muy precario de fuerzas y evitaba que todo el lugar se viniera abajo.
            Pero eso no era ni remotamente todo. La cama era una sábana sucia sobre el suelo y el baño era un tazón de cereal junto a la cama, que por suerte estaba limpio. Y no había mucho más, salvo algunas cosas como una navaja de rasurar, que se veía que no usaba desde hacía varias semanas, y algunos artículos personales, incluidas unas treinta armas de todos los calibres.
            Entre el montón de armas dejó su escopeta.
            Tomó una camisa y la puso sobre el suelo de tierra y pasto.
            —Siéntate —dijo. Él se sentó en la sábana que era su cama.
            Hice lo que me dijo y vi el techo y la madera que lo sostenía con desconfianza.
            —Veo que la agencia no te ha dado un buen sitio para estar —le dije.
            —No se trata de eso. Yo elegí este lugar. Me gusta lo precario, me gusta el peligro, me gusta el peligro precario —tomó una ametralladora y disparó una ráfaga a la madera que sostenía el techo. Todo el lugar vibró y la madera, de puro milagro, seguía sosteniendo el techo—. Entonces ¿quieres que sea el protagonista de tu siguiente cuento? —preguntó, sin levantar la vista de sus treinta y un armas.
            —Así es. Será el mejor cuento en el que hayas estado.
            —¿Por qué? —dijo.
            Y entonces le conté de qué se trataría. Mientras escuchaba, una expresión de insatisfacción fue creciendo en su rostro y yo no tenía idea de a qué se debía. Antes de que terminara de hablar, me interrumpió:
            —¿Y quieres que yo haga todo eso?
            —Exactamente. Tú eres quien podría hacerlo mejor que nadie. —No sabía de qué otra forma planteárselo. Por la mueca de su rostro, sospechaba que yo estaba haciendo algo mal. ¿Acaso no los autores, o al menos los directores de la agencia, solían pedirle cosas como esta todo el tiempo?
            —Algún día tendrá que terminar con todo esto —dijo como para sí.
            —¿Terminar con qué? —pregunté, con la mejor de las intenciones.
            Me dirigió una mirada fulminante, como aquella mirada que le dirigió al secretario de comercio de la Alianza de Naciones para que se restableciera las exportaciones hacia los sistemas aislados por la guerra que amenazaba con acabar con toda una civilización; ese cuento me gustó realmente.
            —Escucha —le dijo—, tú eres un autor, tú nunca sabrás lo que es seguir órdenes y llevarlas a cabo a la perfección. Tú trabajas por tu cuenta y sin restricciones —en eso se equivocaba, pues en la agencia nos limitaban los personajes a elegir, aunque comenzaba a sospechar por qué—, en cambio un personaje necesita apegarse a lo que un autor escribe, siempre haciendo esto y haciendo lo otro, cruzando la galaxia y extinguiendo especies extraterrestres enteras para satisfacer los deseos de quien se sienta frente a su ordenador y llena hojas en blanco. De vez en cuando incluyen algo de romance en las historias que yo tengo que protagonizar, y eso se agradece, pero se olvidan de que no soy un juguete a quien pueden usar como se les dé la gana. He tenido que luchar contra enemigos que han afectado mi salud, no tienes ideas de qué tantos medicamentos tengo que tomar ahora, y he tenido que morir muchas veces, aunque luego reviva. ¿Crees que es bonito lo que se siente justo antes de la muerte, sobre todo si esa muerte tarda horas y días en llegar? Y siempre siguiendo los deseos de un autor a quien la mayoría de las veces no le veo la cara.
            Hablando de cara, cuando terminó de hablar, su cara estaba tan roja como si se hubiese quemado por días, en una atmósfera de fósforo, a la luz de las estrellas binarias tipo M del sistema de Hacknar.
            No tenía idea de que pensara eso de su trabajo.
            Su respiración era agitada. Escuché sonar algo como una alarma y Trovotskyn se sobresaltó. Buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó una especie de teléfono y leyó el mensaje que se mostraba en la pantalla, luego guardó el aparato.
            —Tengo que irme —me dijo.
            —¿A dónde irás?
            —Tengo que protagonizar otro cuento. Tenías razón, me informaron que este será el último cuento que tu compañero escriba, mañana se retirará.
            Siempre me impresionó la habilidad de mi compañero de escribir cuentos tan malos, aún teniendo como protagonista al gran Igor Trovotskyn, aunque éste siempre se lucía con lo poco que tenía a su disposición. Sabía que el personaje se merecía algo mejor.
            Se levantó, cargó un par de armas a su espalda y salió de la pequeña casa sin esperar a que yo me retirara primero de ahí. Me asomé por la puerta y lo vi perderse a lo lejos.
            Y, bueno, allí estaba, solo en la casa de un personaje a quien admiraba, y eso sólo podía significar una cosa. Tuve cuidado de no revolver sus cosas, que ni tenía muchas, para que luego no se diera cuenta de que había estado husmeando entre sus pertenencias. Ni siquiera me acerqué a sus armas, pues ya sabía yo que quien tocara alguna de esas armas, y no fuera Trovotskyn, se arriesgaba a que ésta explotara en su rostro (mis pulposos compañeros disfrutaban escribir este tipo de cosas).
            En una esquina de la pequeña casa, y me sorprendí porque no la había visto antes, había una pila de hojas. Me senté en el suelo y comencé cómodamente a ver qué había escrito en ellas. Resultaba que eran cuentos. Pero no sólo eso, estaban firmados por un nombre que me pareció muy extraño leer en otro lugar que no fuera el contenido del cuento: Igor Trovotskyn.
            Conté más de treinta cuentos, todos con su nombre en el lugar del autor. ¿Acaso los había escrito él? Los títulos no eran los de algún cuento de mis compañeros de la agencia. Me levanté y me asomé por la puerta abierta para ver si no venía de regreso, pero no había rastro de él. Si de verdad había salido para protagonizar un cuento, no vendría al menos en unas cuantas horas. Cerré la puerta.
            Tenía tiempo suficiente, así que me di a la tarea de leer todas esas historias.
            Resulta que al menos la mitad de ellas eran las mejores que había leído en mi vida y el resto de ellas eran simplemente brillantes, superaban con creces a las que habían escrito mis compañeros de la agencia e incluso a las mías y a las de los mejores autores del género.
            Mientras las leía, me imaginaba siendo el protagonista de esas historias. Viajé a bordo de naves cartográficas hasta los límites de la galaxia, acompañado de eternos ingenieros tortuga; me teletransporté distancias colosales sólo con el pensamiento; ayudé a personajes inverosímiles a armar rebeliones dentro de una sociedad que ya había olvidado sus orígenes; conviví con especies alienígenas que desafiaban a mi comprensión; escapé de un mundo donde no existían las mentiras y para ello tuve que mentir; fui el creador de un robot orgánico que, con un pensamiento del que yo no tenía ni un atisbo, demostró que nada era real excepto él.
            Y en todo eso, cuando al final me di cuenta que, aunque yo, de cierta forma, con mi imaginación, había protagonizado todas aquellas hermosas historias, de verdad quería tener la oportunidad de vivir algo así alguna vez en mi vida y que fuese una experiencia real, más real que la que brinda la lectura o la escritura.
            Levanté la mirada.
            Aún no había rastro de Trovotskyn.
            Me detuve un momento a leer los nombres de los personajes; eran nombres que ya no se usaban actualmente, personajes que ya no trabajaban para la agencia, aunque había algo de familiaridad en ellos y luego recordé que eran los mismos de quienes había leído tantas historias en mi juventud.
            No sé cuánto tiempo estuve leyendo pero, cuando levanté la mirada, ahí estaba Trovotskyn, observándome. Había regresado de otro cuento.
            Lo miré. Todos saben que los personajes envejecen más lentamente que cualquier humano, aunque no por ello se salvan de la inexorable muerte, ni siquiera si un autor escribiese que tal personaje es inmortal. Sus rasgos duros, las arrugas y las canas prematuras añejaban su rostro, aunque —recordé la fecha en la que la agencia decía que había nacido el personaje— ya debía de rondar los noventa en edad aunque parecía tres veces más joven.
            Es de dominio público que los personajes sobreviven a los autores.
            Evidentemente Trovotskyn se dio cuenta de lo que había estado haciendo, pues sus rasgos se endurecieron aún más y se acercó para arrebatarme la pila de hojas que ya había leído.
            —¡Largo de aquí! —me dijo. Dejó la pila en el suelo y me apuntó con una de las armas que llevaba consigo, un rifle de van der Waals, y entonces decidí que sería mejor hacerle caso o terminaría siendo un charco de fluidos en el suelo que pronto sería absorbido por la tierra y nutriría a la vegetación. No me atraía para nada esa perspectiva, aunque fuese buena para el pasto—. ¡Largo! —dijo de nuevo.
            —Me iré, me iré —le dije, mientras permanecía de pie sin dar un solo paso, la verdad es que no tenía intenciones de irme de ese lugar—. Sólo estuve leyendo los cuentos que encontré en una esquina.
            —¿Que hiciste qué?
            —Son muy buenos —le dije, aunque pensé que quizá sería mejor cerrar la boca—. No sabía que escribieses.
            Su expresión no auguraba nada bueno, aunque, de un momento a otro, bajó el rifle de van der Waals y su rostro se apaciguó.
            —Escribía —dijo con melancolía.
            Esa revelación implicaba más cosas de las que a simple vista pudieran notarse.
            —¿Por qué dejaste de hacerlo?
            —Porque comencé a ser un personaje.
            Quería saber más pero a la vez no. En la agencia, se acepta sin rechistar que los personajes no son seres humanos, sino simples herramientas básicas para un autor. Pero si Trovotskyn no era un ser humano, ¡que me cuelguen!, ¿entonces qué diantres era? Evidentemente la agencia ocultaba algo, o muchas cosas, más bien.
            —Una vez fui un autor, como tú —dijo—. Sin embargo cada vez me fue atrayendo más la labor del personaje. Un autor sólo se sienta frente a su ordenador o su cuaderno y comienza a escribir, plasmando lo que tiene en la mente, y de cierta forma vive lo que imagina, lo cual no es algo que se deba despreciar, pero esas cosas no le ocurren realmente; en cambio a un personaje sí, pues es él el encargado de hacer todo lo que el autor escribe, y vive más aún que lo que el autor vive.
            —Y ¿cómo es eso posible?
            —¿Te refieres a haber sido autor y luego personaje?
            Asentí con la cabeza.
            —La Agencia de Escritores tiene una división para ello —dijo—, claro que eso lo supe sólo hasta que presenté mi renuncia como escritor. Sí, renuncié, y ellos e preguntaron por qué dejaba la agencia. Les dije la verdad, y ellos me hicieron saber que podría tener una segunda oportunidad, esta vez como personaje de cuentos. En ese momento me fascinó la oportunidad de vivir realmente lo que ocurre en los cuentos. Les presenté mi solicitud y la aprobaron.
            —¿Hace cuánto hiciste eso?
            —Hace casi medio siglo.
            —Por eso tienes noventa años pero pareces de treinta y cinco. El tiempo ha pasado muy lento para ti desde que eres personaje.
            —Así es. Pero ya no quiero seguirlo siendo más. Este ha sido el último cuento que protagonizo. Sólo que no podré dejar de ser personaje por una vía directa, pues la agencia sólo permite que alguien se cambie una sola vez y yo ya lo hice hace cuarenta y cinco años.
            —¿Entonces cómo piensas hacer eso?
            —Soy Igor Trovotskyn —fue su respuesta, y eso lo explicaba todo—. Hay muchas cosas que la agencia no te ha dicho pero que son posibles, letras pequeñas en los contratos que has firmado y que han limitado tu labor, que si supieras como usar esos elementos en tu favor serías capaz de crear los universos más fascinantes que nadie ha imaginado aún. La agencia no es perfecta y puedes atacarla a través de sus propias inconsistencias.
            —Pero eso no es suficiente. ¿Cómo podrás actuar e ir contra la agencia? Necesitarás ayuda. Necesitarás a un autor.
            Trovotskyn me miró con una dura sonrisa en el rostro (cualquier gesto que él hacía era duro).
            Y no se imaginan lo que siguió. Bueno, quizá si.
            Regresé a mi mundo, a tu mundo (sí, donde vives y has vivido toda tu vida, estimado lector), con una emoción que no había disminuido desde que abandoné el universo donde los sueños ocurren, y encendí mi ordenador portátil. El tiempo que el escritorio tarda en aparecer fue más desesperante que de costumbre, pero ni eso me desanimó. Abrí el editor de texto y me enfrenté con la página en blanco, aunque ése era un enemigo que ya había derrotado muchas otras veces.
            Comencé a teclear.
            En el cuarto párrafo, me sobresalté cuando me descubrí escribiendo las palabras “dijo Trovotskyn” después del guión largo. Y, mientras escribía, sabía que gran parte de lo que estaba creando en ese momento estaba ocurriendo a mi alrededor, en mi propio mundo.
            Hay muchas lagunas legales en los contratos de la agencia.
            Nos aprovechamos de eso.
            Interferimos en el cuento de otro autor (a quien se le permitió usar a Trovotskyn como personaje), de forma que las acciones de Trovotskyn en el cuento llamaran la atención del jefe de la agencia. Pero la atención no recaía en el propio Trovotskyn sino hacia el otro autor, pues éste autor había usado al personaje de Trovotskyn de una manera inadecuada, aunque nadie sospechaba que tales manipulaciones realmente provenían de mí.
            El punto es que el otro autor fue suspendido por un mes. (Si el resultado hubiese sido su expulsión definitiva, haber hecho lo que hice representaría para mí una tortura, pues dejar de ser escritor representaría la peor cosa posible para alguien que ama escribir.)
            Pero el beneficio de ese acto fue indirectamente, o tal vez deba decir directamente, a favor de Trovotskyn, pues por el perjurio que había sufrido al ser usado de esa forma (forma que no revelaré, pues ni el mismo Trovotskyn soportaría que tal cosa fuese conocida por alguien fuera de la agencia), se le concedió la oportunidad a Trovotskyn de poder elegir de nuevo hacer el cambio entre ser un personaje o ser un autor.
            Naturalmente, eligió ser autor.
            Así que dejó el universo de los cuentos y regresó al nuestro.
            Conviví directamente, desde este universo, con Trovotskyn. Fue agradable verlo escribir historias tan brillantes como las que había leído ese día en su pequeña casa que, de puro milagro, nunca se vino abajo.
            Pero cada vez que leía una de las historias de Trovotskyn, anhelaba con toda el alma ser el protagonista de tan maravillosas aventuras. Tal vez me tardé mucho en dar el paso que había estado deseando desde hace muchos años.
            Una mañana fui a la casa de Trovotskyn y me presentó a una bella joven que ya había visto en otras ocasiones junto a él.
            —Estamos planeando casarnos —me dijo Trovotskyn.
            Yo no pude hacer menos que alegrarme.
            Trovotskyn ya no tenía esa barba de antes, ahora su rostro estaba muy cambiado y hasta resultaba tener un atractivo particular. Y ahora era un gran autor que evidentemente disfrutaba de una vida que sólo podría tener en este universo.
            —Necesito que me hagas un gran favor —le dije.
            Mientras le iba contando lo que había planeado, su rostro se entristeció, pero al final entendió, pues tal deseo no le había sido ajeno. Se ofreció a ayudarme y yo me sentí halagado.
            Asistí a su boda, una gran celebración donde Trovotskyn me presentó a un viejo amigo suyo que había sido personaje y que había ayudado a dejar de serlo.
            Miré a Trovotskyn y nos dimos un fuerte apretón de manos. Yo no estaba triste ni él tampoco. Él acababa de hacer, hace un par de años, lo que le dictaba su corazón y yo ahora haría lo que me dictaba el mío.
            —Si quieres regresar —me dijo—, tan sólo dímelo y te traeré de vuelta al mundo donde una clase diferente de sueños ocurren.
            —Creo que pasará mucho para que me aburra de todo esto —respondí.
            —Entonces ahora tendré el honor de tenerte como protagonista en mis historias.
            —El honor será mío —dije.
            Atravesé el portal.
            Miré a mi alrededor y vi una llanura de vegetación verde azulada y, en el cielo, tres lunas que transitaban, una lenta y las otras rápidamente, en medio de un crepúsculo de tintes rosas y violáceos. Frente a mí había una casa, muy modesta realmente, aunque con vista a un mar de metano cuya superficie destellaba una luz polarizada elípticamente que no tendría sentido describir porque pertenecía a otro universo (uno de los aportes del intercambio con otras especies inteligentes del multiverso).
            Escuché un sonido extraño y me di cuenta que era mi comunicador de bolsillo. Era la primera vez que lo oía. En la pantalla del artefacto había un mensaje de texto:
            “En diez segundos serás el protagonista de un cuento”.
            Yo ya sabía quién sería el autor del cuento, y eso me llenaba de emoción. Sabía que los sueños de mi infancia y que me habían acompañado toda mi vida iban a hacerse realidad porque yo mismo los haría realidad.
            No pude más que pensar: “estoy preparado”. Pero la verdad es que no estaba preparado y al mismo tiempo lo había estado desde siempre.

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