abril 27, 2010

Pequeño tributo a Frank Frazetta

El título bién pudo haber sido "Pequeño tributo al gran Frank Frazetta", para generar contraste, pero eso sería redundante ya que Frank Frazetta es sinónimo de grande.
Frank Frazetta nace en Brooklyn, Nueva York el 9 de febrero de 1928. Es hijo de inmigrantes sicilianos. Ha tenido gran influencia en otros ilustradores de ciencia ficción, como Jeff Jones, Berni Wrightson, Michael Whelan, Don Maitz y Boris Vallejo, entre otros.
Puede que sus ilustraciones les parezcan conocidas, ya que él ha ilustrado portadas de libros y cómics y hoy en día sus pinturas se exponen y hasta se subastan por cantidades a veces bastante grandes, por ejemplo "En la tumba del Faraón", una pintura que salió como un anuncio para la serie "Battlestar Galactica" se subastó en $53,775 (dólares) en septiembre del 2006, y eso no es nada, pues sus subastas han alcanzado millones de dólares.












Su primer trabajo en el mundo del cómic fue para Standard, dibujando fondos, delineando viñetas, y borrando el lápiz bajo la tinta de artistas de la talla de Graham Ingels y George Evans. Ingels, director artístico de Standard, ve potencial en el joven Frank y lo alienta, pero problemas con la bebida le hacen perder el puesto. El propio Frazetta cuenta la anécdota de que el nuevo director artístico, Ralph Mayo, no estaba contento con su dominio de la anatomía, y así se lo hizo saber. Le dio un libro y le dijo: “Frank, tu material está muy bien, pero tienes que aprender algo de anatomía”. Frazetta se llevó el libro a casa y se pasó toda la noche copiando los dibujos del libro de la primera a la última página. Al día siguiente se presentó a Mayo y le dijo: “Muchas gracias, ya he aprendido anatomía”.

Personalmente, descubrí a Frank Frazetta cuando en Internet encontré una pintura que llamó mucho mi atención, se trata de "Dark Kingdom", una ilustración muy atractiva que lleva consigo las características típicas de la obra de Frazetta: un ambiente lleno de muerte, guerra y destrucción, y realzando la figura mítica del guerrero. Y otros elementos de su obra general son la representación estilizada y llamativa de los atributos físicos femeninos y la fortaleza masculina.

Su obra es muy grande, pero aquí les muestro una pequeña fracción de ella, la obra de un gran artista de la ciencia ficción.
















Autorretrato

Y algunas obras relacionadas con El Señor de los Anillos.





Una joya de la ciencia ficción, un gran pintor, dibujante, escultor, ganador del Premio Hugo, el Premio Chesley y el Premio Eisner. Frank Frazetta.


abril 22, 2010

La risa de Juan Pablo II

Karol Józef Wojtyła ha sido una de las mejores cosas que le han sucedido a la institución de la Iglesia Católica, cuando estuvo vivo logró que millones de personas sintiesen más simpatía por la Iglesia Católica. Muchos lo describían como un hombre sencillo y bastante carismático, además que los que tuvieron oportunidad de estar cerca de él, aún incluso siendo ateos, vieron que había en él algo que atraía a las personas, sobre todo a los fieles. Juan Pablo II ahora ya no está vivo, al menos materialmente, pero ha quedado en el recuerdo de miles de millones de creyentes y no creyentes, y sólo en el recuerdo alcanzamos la inmortalidad. Ahora la Iglesia Católica tiene un papa que le ha hecho perder popularidad, sobre todo con sus irracionales y tontas declaraciones sobre el ateísmo y el uso del condón. En fin, más allá de que la religión prefiera que sus seguidores se mantengan en la ignorancia, también tiene sus aspectos positivos, como hacer que las personas tengan en algo en qué creer. Siempre es importante aferrarnos a algo, aunque ese algo sea algo posiblemente inexistente, y que sólo toma forma en la propia mente del creyente.

En este video del anterior Papa, lo podemos observar como seguramente muy pocos lo vieron, yo en la TV al menos, no lo había visto así, riendo como un niño.

abril 20, 2010

The Disclosure Project

Desde el caso de la nave accidentada en el rancho de Mack Brazel cerca de Corona, no lejos de la base Roswell del ejército norteamericano, que inauguró la era del fenómeno OVNI, gobiernos de todo el mundo, especialmente el estadounidense, han ocultado información referente a sucesos de origen no identificado como humano. Pensaron que eran una amenaza para nosotros como raza, especialmente para los estadounidenses como país, incluso se menciona que hubo coperación con alguna de las razas que han visitado nuestro planeta, coperación que no se sabe a ciencia cierta cuáles han sido sus consecuencias. Atacaron sus naves, ellos atacaron nuestras instalaciones en Tierra, y al final terminan ocultando y ridiculizando un fenómeno evidente.

Como total escéptico me apego a la fría mirada científica respecto al fenómeno OVNI, y las experiencias (que posiblemente relate en otra ocasión) que he tenido, me han inclinado a afirmar con severidad de la existencia de casos de esta índole. Estamos acostumbrados a ver videos que su falsedad es obvia desde un principio, también videos muy elaborados que pueden hacernos dudar sobre su existencia propia, pues resulta que su falsedad sale a la luz, pero tenemos una cierta cantidad, un pequeño porcentaje de estos casos que no podemos descartar, sobre los que no tenemos argumentos del tipo refutativo, por el simple hecho que son verdaderos.

Disclosure Project es un proyecto (doyme cuenta de los redundante que eso es) cuyos fines son el desencubrimiento por parte de los gobiernos de los casos OVNI, el dar a conocer los que han ridiculizado y ocultado durante tantas décadas, de abrirnos nuestros ojos enfermos que apenas nos dejan filtrar un poco la luz (no se entienda esto literalmente). También buscan que nos den acceso a información acerca de proyectos tecnológicos que Estados Unidos de América ha desarrollado principalmente, tales como las especulaciones recientes sobre HAARP, o relacionados con Artefactos diseñados por Majestic-12 (Aurora, entre ellos) o relacionados con la obtención de energía libre, basados en trabajos de Nikola Tesla y trabajos extranjeros (entiéndase por esto: extraterrestres).

Los siguientes videos muestran testimonios de personas que trabajaron el la Fuerza Aérea y en el Ejército de los Estados Unidos de América, entre otras instituciones, casos que fueron registrados, ataques contra bases militares y contra cohetes y misiones espaciales, persecuciones de aeronaves no humanas y casos de una mayor profundidad por su naturaleza. Los testimonios informan casos nunca revelados oficialmente por el Gobierno estadounidense y muchos de ellos ridiculizados. Elimine temporalmente cualquier prejuicio que pueda tener respecto al fenómeno OVNI. Use solamente su raciocinio y juicio científico y abra su mente.













Sus conclusiones y puntos de vista son, sobre todas las cosas, lo más importante, pero observe las evidencias que existen a nuestro alrededor, intente no hacer caso a las personas que tan sólo buscan difamar y ocultar la verdad, ya muchas de las mentes humanas han sido condicionadas por la publicidad y los medios de comunicación para creer ciertas cosas y reaccionar predeterminadamente a ciertos estímulos e información. Todos en cierta medida estamos influidos por el control mental ejercido por los medios, pero intentemos hacer una fuerza contraria a eso y abramos la mente ante todo, sin olvidar el sano escepticismo que siempre debe estar presente. Gracias por su atención.

Para más información visite http://www.disclosureproject.org/

abril 14, 2010

Asereje?



Viendo el comienzo, uno normalmente se esperaría algo totalmente diferente, pero... ¿esto?
Hasta el director de orquesta ¡la baila y la goza y la cantaaaaaaaaa!

México en tus sentidos

El día de hoy me he levantado con la sorpresa de que ya era demasiado tarde para llegar a tiempo siquiera a mi última clase, que es Cálculo (11 am), en la Facultad de Ciencias, así que decidí salir al Centro a ver que cosas interesantes encontraba. La verdad es que me había levantado como a las 5 am, pero por razones sobrenaturales y ajenas a mi persona (mía de mi), aunque el despertador me avisó de nuevo a las 6 am (y sólo Chuck sabrá cuantas veces más), no pude levantarme. Bueno, el punto es que salí a ver la exposición que está instalada en el Zócalo de nuestra hermosa Ciudad de México, "México en tus sentidos", del excelente fotógrafo mexicano Willy Sousa (para quienes piensen que su apellido es Souza, visiten su Facebook). Como información general, Sousa es graduado de la Universidad de Nueva York y su trabajo actualmente consta de más de un millón de fotografías y no sé cuantos videos. También fue el primer fotógrafo en usar la cámara Phantom en un trabajo no científico.

En fin, dos cosas eran visibles el día de hoy en la plaza del Zócalo: la enorme estructura del Museo itinerante y los manifestantes que portaban pancartas y mantas con protestas sobre la renuncia de Marcelo Ebrard y temas varios sobre los que usualmente no atiendo. Esta no fue la excepción, tampoco presté atención, lo cual era un poco difícil por los gritos de protesta que emitían y por todos los autobuses, microbuces y demás unidades verdes y no tan verdes del sistema de transporte capitalino que estaban estacionados en la plaza.

Hablemos del museo. Al entrar te encuentras con una sección en la que se muestran cientos de fotografías de las miradas de cientos de personas (mexicanos, se sobreentiende, o tal vez árabes o turcomanos, pero naturalizados). Hay muchísimas fotografías acerca de los aspectos socioculturales de nuestro México, así como videos.

La primera parte consistió de fotografías, casi todas mostrando personas realizando sus actividades normales y sonriendo a la cámara. Así como nosotros sonreímos a la cámara que siempre está presente en nuestra vida real. La música de fondo llena todo el museo, haciéndote sentir conmovido a la vez que observas las fotografías y las pantallas de video, te da un espíritu verdaderamente patrio, y no se pueden mirar las imágenes con estricto y frío interés científico, sino que las sientes. La exposición está conformada en su primera parte más o menos de la siguiente manera. Al entrar están las miradas, pares de ojos, secciones transversales faciocraneales de la vecindad ocular, o como le quieran llamar. Acto seguido el tema son los indios Rarámuri, rancheros, estructuras arquitectónicas y religiosas, profesiones, niños, costumbres religiosas... bueno, no les cuento, los que tengan la oportunidad de ir vayan, y los que no, pues recuerden que México está en sus sentidos (no me pagan regalías por escribir esto).

La segunda sección la conforma una sala de proyecciones con tres pantallas de gran tamaño, siendo más grande la de ubicación central. La espera para entrar a esta sección es pequeña, sólo hay que esperar a que llegue el suficiente número de personas. al entrar las luces son apagadas y te muestran la proyección en las tres pantallas. La música es sobre todo, conmovedora, y el ritmo intenso se conecta con las secuencias de video tomadas con la cámara Phantom. Dura algunos minutos, pero al terminar tienes una bella sensación de epifanía que ha sido suministrada por un dios, un dios... Willy Sousa.

Les dejo un video similar al que vi en esa sala. La verdad, el video proyectado es infinitamente mejor que visto en la pantalla del ordenador, o el televisor, también porque en esta versión que les muestro se omiten, a mi parecer, los detalles más importantes del video proyectado, aquello que hace que tus moléculas vibren sin que sus elementos se disocien, aparte que muestra fracciones que no están en la versión de la proyección, sobre todo las que se desarrollan cerca o sobre el mar. En fin, no me gusta esta versión, pero aquí se las dejo. Súbanle el volumen a su ordenador.


Y por cierto, el genial Willy Souza Souza ¡me lleva la...! Sousa no solamente ha hecho anuncios de promoción turística para México, también los ha hecho para nuestros arbanos saudiárabes. Saludos para Arabia Saudita.


Al final del recorrido hay leche tibia y galletitas, bueno... no precisamente, pero si hay un lugar donde puedes comprar los posters (disculpad mi anglicismo) de las fotografías, postales, armas o algún otro recuerdo de la visita a la exposición "México en tus sentidos".

Aprovecho también para invitarles también al Museo Franz Mayer. Actualmente está la exposición "Mil y un rostros de México. Máscaras de la colección Ruth D. Lechuga", que alberga máscaras de distintos países y lugares de México, así como la exposición "Los cisnes salvajes. Detrás de Cámaras", sobre la película "Los cisnes salvajes", basada en una historia del gran cuentista danés Hans Crhistian Andersen. Allí se muestra el vestuario usado en la película, diseñado por Su Majestad La Reina Margarethe II de Dinamarca.

abril 09, 2010

Intervención


El hombre se tambaleaba de un lado a otro, apoyándose sobre una y otra roca en el pedregoso camino. La fiebre apenas podía hacerle mantener el equilibrio. A lo lejos se escuchó un disparo, y luego le siguieron otros tres más. El aire era frío, sin embargo, un calcinante sol se alzaba por encima de su cabeza.
            —Oh Dios, comienzo a alucinar —se dijo, tocándose su ardiente frente.
            Una figura esbelta y atractiva de una mujer se asomaba de entre las rocas. Su vestido parecía de seda. Su cabello era rubio y brillaba reluciente a la luz del sol, y su piel blanca y pálida. Lo miró por un momento, mientras Olaf se mantenía estático. La figura se escabulló entre las rocas. Olaf siguió caminando, tenía que alejarse lo más que pudiera de allí, y ni siquiera se podría pensar en solicitar atención médica. Había que huir hacia el bosque.
            —Hacia el bosque —repetía una y otra vez.
            Dos figuras más, vestidas con trajes parecidos a los de astronautas, salieron rápidamente, observando el entorno. Tomaron a Olaf por los brazos. El hombre no pudo oponer resistencia, cualquier esfuerzo que hiciese, era en vano, pues su cuerpo parecía tan rígido como un tronco de árbol. Sus pies iban arrastrando en las rocas mientras aquellos dos lo cargaban como podían. Divisó una hendidura en el rocoso suelo, y entraron con él en ella. Todo era de una completa oscuridad. Bajaron y bajaron por un pasillo oblicuo, él no supo cuanto, y entraron en una cámara iluminada. El aire olía a desinfectante, como el de un laboratorio o un hospital. Las paredes pintadas de blanco reflejaban la luz de las... no se observaba lámpara alguna. Colocaron a Olaf en una silla. Alrededor de él había un sinnúmero de aparatos plateados y de vidrio que atestaban la gran sala.
            —¿Pero qué...? —dijo mirando a sus dos secuestradores, que estaban inmóviles delante de él. Eran físicamente bastante atractivos, al menos sus rostros, lo único que podía ver, pero sus rasgos eran...
            —Humano... —balbuceó uno de ellos. Su voz salía de su traje. Se volvió hacia una mesa plástica y tomó un aparato parecido a un teléfono celular. Lo pasó por delante de Olaf moviéndolo de arriba para abajo.
            —¿Quienes son ustedes? ¿Por qué me han traído a este lugar?
            Ninguno de los dos respondió. El que sostenía el aparato, lo volvió a dejar en la mesa. Los dos extraños se retiraron, y la puerta, que estaba a unos 10 metros de la silla de Olaf, se cerró.
            —¡Dios! —exclamó, levantándose de la silla— Debo de seguir alucinando —comenzó a caminar por la enorme sala. Sillas por doquier, enormes mesas que estaban pegadas a las paredes. Todo tenía el aspecto de un laboratorio. Sobre las mesas algunos aparatos con pantallas, parecía microscopios, pero no se podía decir si... Los dos extraños volvieron a entrar a la habitación blanca. Se dirigieron hacia él, con paso rápido—. ¿Qué está sucediendo? ¡Díganme, por Dios!
            —Acuéstese sobre la mesa —dijo uno de ellos.
            —Allá, arriba... —dijo Olaf sollozando.
            —Sabemos lo que pasa en superficie. Súbase a la mesa.
            Se sentó en la plancha. No parecía de metal, pero estaba muy fría. Le hicieron la seña de que se acostase. Se quedó sentado, esperando más información por parte de sus captores.
            —¿A qué me han traído?
            —Una enfermedad ha aparecido en superficie. Usted está enfermo.
            —Es por eso que la gente...
            —Los síntomas visibles son locura, con exterminio de cualquier clase de vida animal.
            —Queremos tratarle —dijo el otro—, nosotros queremos hallar la causa de la enfermedad, por eso lo tenemos aquí.
            —¿Ustedes? ¿Quienes son ustedes?
            —Elfos.

            —¿Saben ya qué es lo que causa esta locura en los humanos? —preguntó Alberich. El pequeño grupo se situaba detrás de él.
            —No.
            —¿Qué han sacado del humano?
            —Tiene su temperatura corporal elevada, 96 grados. No sabemos si ese es uno de los síntomas de la enfermedad...
            —Aenarion —dijo exaltado Oldor, entrando repentinamente a la sala—. Hemos captado algo en la atmósfera —en el aire, de la nada apareció un holograma de la alta atmósfera. Un crucero desconocido estaba suspendido. Al fondo, cuatro naves más del mismo tipo—. Miden 26 kilómetros de diámetro, cada una.
            —¡Invasores! —exclamó Morathi, enseñando con furia sus dientes.
            —¿Cree que son ellos los responsables de lo que les pasa a los humanos? —preguntó el joven Trifoldor, quitándose un largo mechón de rubio cabello de la cara.
            —Es probable —respondió Oldor— ¿Pero, qué tipo de seres son aquellos que hasta a los nobles animales han de aniquilar?
            —Con una raza era suficiente —dijo Alberich, con sufrimiento en su voz—, ahora son dos.

            —No son racionales —dijo Olaf, frente a tres elfos con trajes de protección médica—. Mi vecino descargó su pistola sobre su ganado, después se suicidó.
            —¿La locura afectó a todos, o hay humanos cuerdos?
            —Quizá los afectó a todos. No se.
            —Tomaremos un poco de su sangre, extienda su brazo, y no lo mueva—colocó una pequeña caja en su brazo derecho.
            —¡Ah!
            —No es tan doloroso —dijo, retirando la cajita de su brazo. Se la dio a uno de sus acompañantes, que se dirigió al otro lado del laboratorio.
            —Ustedes no pueden ser elfos —reclamó Olaf.
            Los tres lo miraron.
            —Lo somos. Solo que es distinta la imagen que usted tiene de nosotros a lo que somos en realidad.
            —Los elfos son seres mágicos, ustedes parecen médicos comunes, en trajes antibiológicos. Y no son bajos.
            Los tres sujetos parecían sonreír, como burlándose de la estupidez del humano.
            —Los recuerdos que tienen los humanos de nosotros han sido alterados durante todo este tiempo. Era de suponer que no nos reconocerían si nos viesen. Y, por cierto, no existe la magia. Ahora, acuéstese.
            —¿Saben lo que está ocurriendo en este momento allá arriba? —preguntó Olaf.
            Se acostó sobre la fría plancha. Una pantalla que estaba encima de él deslumbraba intensamente a intervalos regulares.
            —Sabemos. Es una horrible escena. Levántese, pase por aquí —le señaló—. No hay tiempo que perder Intente no moverse. Escanearemos su organismo.
            Lo metieron a una máquina, de color blanco, como casi todos los instrumentos que estaban en ese laboratorio. La máquina le parecía bastante familiar. Un largo tubo, del alto de un ser humano. El en exterior parecían —pero solo parecían— girar millares de pequeños puntos en torno a la máquina, por la pared exterior, como pequeñas, casi microscópicas, lucecillas. Luego de unos segundos, en frente de él apareció la imagen tridimensional de su cuerpo, flotando en el aire. Uno de los elfos se acerco a la imagen flotante y la tocó. Parecía que el holograma tenía estructura física, y así era. Pasó su mano por la parte superior de la imagen. Su cabeza aumentó de tamaño, y en el holograma apareció una zona coloreada de violeta, en el lóbulo prefrontal.
            —¿Ya viste de lo que se trata? —preguntó uno de ellos al que estaba más cerca de Olaf, que parecía ser el jefe de los demás médicos.
            —¿Qué es? —dijo Olaf.
            —Un detonador.
            —¿Como?
            —Un detonador —repitió.
            —Sí, eso fue lo que dijo, pero ¿qué significa?
            —Es una especie de control mental, que se activa en la mente del sujeto cuando se desee.
            —¿Control mental? ¿Cuando lo desee quién? —preguntó Olaf.
            —Es probable que todos los casos se hayan presentado al mismo tiempo —parecían no escucharlo—. En todos los humanos.
            —¿Cuando lo desee quién? —volvió a preguntar Olaf, que no se daba por vencido con su pregunta.
            —El enemigo.
            —¿Quién es el enemigo?
            —El planeta corre riesgo de ser invadido por tropas extranjeras. No lo permitiremos.
            Hubo un gran silencio. Olaf seguía dentro de la máquina.
            —¿Y por qué esa cosa en mi cerebro no detonó como en los demás?
            —Lo desconocemos.
            —No, no es así —repuso otro.
            —¿Qué ha dicho, Maru?
            —Este hombre… su sangre…

            —Santo cielo, ¿qué es lo que ha sucedido? —gritó uno de los soldados. Seguían corriendo, pues sentían la necesidad de alejarse lo más posible de la ciudad. Una nube de polvo y el estruendo de incontables cañonazos les seguían por detrás. Debajo de sus pies, el verde pasto se mecía suavemente por el viento.
            —¡Londres está destruida! ¡Destruida por nuestro propio ejército! —dijo el Coronel Staunton, queriéndose arrancar los cabellos.
            Se detuvieron en la cima de la colina, observando el horizonte.
            —¿Qué les ocurrió a todos?
            —Todos enloquecieron, han enloquecido... —dijo Staunton, sentándose en el verde pasto.
            —¿Es eso posible?
            El Coronel permaneció quieto en el pasto, respiraba agitadamente. Empuñó su arma y disparó contra uno de los miembros de su pelotón, dirigió su arma a un segundo hombre, pero entre tres de ellos lograron controlarlo. El Sargento Collins se derrumbó y cayó muerto.
            —¡Dios!, pero, ¿qué ha hecho? —exclamó uno de los que sujetaban al Coronel.
            Alguien corrió hacia Collins, pero no encontró signos vitales.
            —También está loco —dijo Kramnik, tomando a Staunton con ambas manos.
            Alguien le colocó las esposas. El Coronel intentaba morder a los soldados, y gruñía como un perro. Lo tiraron al suelo, donde se movía convulsivamente.
            —Este hombre ya no es el Coronel Staunton —dijo uno de ellos, mirándolo con horror.
            —¿Escuchan? —preguntó Shepard.
            —No escucho nada.
            —Exacto. Los disparos han cesado.
            Dilbert de pie, temblaba, observando hacia el cielo. Dio unos pasos hacia atrás, pues lo que veía le causaba una gran sensación de mareo.
            —Mire —dijo.
            Una enorme nave apareció en lo alto. Era de un negro y opaco metal y parecía curvarse en el cielo. Estaba directamente sobre sus cabezas, y bajaba rápidamente.
            —¡Corran! —gritaron algunos al unísono.

            Parecía que todos los elfos se habían reunido. Ellos entendían la situación. Ellos entendían que aunque los humanos fueran unos desgraciados, no se rebajarían a su nivel, dejándolos morir. Miraban todos, sin pestañear, a su líder, el elfo soberano. Todos sabían lo que tenían que hacer. Alguien se acercó, con paso rápido, pero delicado a la vez.
            —Las comunicaciones fallaron. Los cruceros ya han aterrizado —advirtió Aenarion.
            El soberano bajó la cabeza y cruzó sus manos
            —Prepárense para abordar las naves —ordenó.
            Hubo un estremecimiento general.
            —Señor... —dijo Nador.
            —Saldrán con bien —se limitó a decir.
            Más abajo, en una gran plataforma, fueron llegando los miembros del ejército élfico. Tanto elfos masculinos como femeninos, jóvenes y ancianos. Empezaron a colocarse trajes que parecían de manta, guantes y botas del mismo material. Formaron largas filas, de impacientes guerreros que esperaban abordar las naves que habían aterrizado. Encima de ellos, una gran esfera comenzó a brillar. Una luz blanca invadía el abismal espacio. Y al destellar fuertemente, todos desaparecieron.
            Se trasladaron a la nave. Dentro, sus tripulantes y pasajeros esperaban a que los últimos humanos vivos se suicidaran, después de matar a todo el que le fuese posible, pues así lo habían ordenado a sus mentes.

            —Esta cosa nos aplastará —gritó Shepard, pidiendo a sus pies un poco más de fuerza. No podían llevarse al Coronel, así que lo habían abandonado, para ellos salvarse.
            —Nos invaden. ¡Este es el fin del mundo!
            —Quizá no del mundo, pero de los humanos, estoy casi seguro —respondió.
            —No había ruido alguno, ni en el ambiente, ni procedente de la nave, lo cual hacía la situación aún más aterradora.
            —Pero, ¿qué? —exclamó Kramnik.
            —Sigue corriendo. ¡Corre!
            La nave parecía cada vez más curvada, como una gran nube en pleno día que cubriese todo el cielo. ¿Era solo un efecto óptico? ¿O esa mole se curvaba bajo su propio peso? Parecía que no lo lograrían. Faltaban kilómetros y kilómetros para evitar que la nave los aplastara, y la nave...
            —¡Oigan! —gritó Kramnik, dejando de correr.
            —¿Estás loco? ¡Sigue corriendo!
            —¡La nave se retira!
            Los 12 hombres se detuvieron y miraron al cielo, atónitos. La enorme mole de metal se retiraba rápidamente, y una gran corriente convectiva de aire pasó por sobre ellos y los levantó unos metros. Cayeron sobre el blando pasto.

            La plataforma vacía volvió a llenarse. El ejército volvía victorioso, y las naves ya habían abandonado la Tierra. Regresarían a su planeta, y jamás volverían. Pronto tendrían una vez más sus vidas cotidianas, pero con una enorme felicidad de haber salvado lo que más fuertemente amaban. Subieron a la cámara donde estaba Alberich, y lo saludaron con una sonrisa de triunfo. El soberano estaba delante de ellos, y los ciudadanos guerreros entraban por decenas a dar la buena nueva. Aunque no todas eran buenas noticias.
            —Muchos seres han muerto el día de hoy. Han pasado tan solo unas pocas horas y casi toda la raza humana ha desaparecido —dijo Almarion.
            —La muerte es siempre una parte importante de la vida mortal —dijo tranquilamente.
            —¿Cree que debamos hablar con los humanos acerca de esto? —preguntó Eru, poniéndose, respetuosamente ante la mirada de su Señor.
            —Debemos hacerlo —dijo Alberich, volteándose de espaldas—. La población humana ha quedado sesgada, enormemente disminuida. No podrá resistir los años venideros sin nuestra intervención. 
            —¿Qué haremos con el humano? —preguntó Almarion, sentado en una silla de madera.
            —Ya lo sabes —dijo suavemente Alberich.
            —Pero... Señor...
            —Todos sabíamos que esto ocurriría, tarde o temprano. Ahora ya es el tiempo.
            —No podríamos vivir si usted no está para dirigirnos —exclamó tristemente la hermosa Morathi, secándose en par de lágrimas que resbalaban por sus blancas mejillas, de rodillas ante él.
            —Este humano... —dijo Alberich—, habrá de remplazarme. Hay sangre sagrada en él. Y en él confiaremos, y nos guiará a una era de esplendor. Servirá como puente, como una conexión entre nuestro mundo y el de los humanos.
            Los allí reunidos, que eran muchos, guardaron silencio por unos momentos. En su rostro se veía una suprema tristeza al tener que despedirse de Alberich como su Señor. Pero poco a poco sus rostros fueron llenándose de una aceptación a lo que vendría en un futuro. Así lo decían las profecías: una era de Oro para ambas razas.
            —Cien siglos, Mi Señor —dijo Eru.
            —Cien siglos. Nosotros y los humanos quizá podremos volver a vivir juntos —dijo Alberich, quien aun podía recordar la época en que los humanos habían ganado la guerra contra los de su especie, y habían tenido que huir bajo tierra, aislándose de la naturaleza, de todo lo que más apreciaban en la profundidad de sus corazones—. Creo que ahora reconocerán cual es el lugar en la Tierra que merecidamente nos pertenece.

Psi-Delta


Conocí a Pablo el día que acompañé a mi esposa a visitar a una de sus mejores amigas al Hospital de San Marcos. Nos fuimos en mi auto, un destartalado y casi inservible Topaz 1987. Me dijo que el parto sería complicado, que necesitaría cesárea. La acompañé porque su amiga también había sido amiga mía, cuando fuimos a la universidad.
            —Su esposo no asistirá —me dijo Alejandra, y cerró la puerta del auto tras de ella.
            —¿De nuevo ha salido del país? —giré la llave del encendido.
            —No. Me dijo que lo llamó, estaba un poco borracho. A él no parecía importarle que hoy fuera a nacer su hijo.
            Alejandra se sentó y emprendimos el recorrido hacia el hospital.
            —Luís —dijo Alejandra—, no vayas tan cerca de ese auto. ¡Luís!
            No fui consciente de lo que se presentaba a mi alrededor. Un fuerte dolor inundó mi cabeza y percibí una fuerte luz blanca.
            —¡Por Dios, Luís! —exclamó ella—, ¿qué sucede?
            Ella ya tenía las manos en el volante y había frenado el auto, yo estaba tendido hacia su asiento. La fuerte luz se fue poco a poco desvaneciendo. Vi su cara, estaba muy agitada.
            —¿Qué ha sucedido? —pregunté, acomodándome de nuevo en mi asiento.
            —¡Casi nos chocas! —gritó, poniendo su mano contra su agitado pecho.
            —Perdón, yo no...
            Volví a encender el auto y conduje de nuevo hacia el hospital. Tan sólo fueron tres cuadras.
            Encontramos a Beth recostada en una cama. Cerca de ella estaban un doctor y una enfermera, moviendo aparatos y mesas metálicas a lo largo de la habitación.
            —Hola —nos saludó ella. Vimos un pequeño bulto entre sus brazos, y entonces supimos lo que era.
            —¿Cómo? —dijo Alejandra, acercándose hacia Beth—, ¿ya ha nacido?
            Beth, con una gran sonrisa asintió con la cabeza y descubrió al niño que tenía bajo las mantas.
            —Hubo algunas complicaciones —dijo Beth—, la cesárea tuvo que ser adelantada.
            Vi el rostro del pequeño, y su frágil cuerpo entre los brazos de su madre.
            —¿Ya te decidiste por alguno de los nombres? —le preguntó Alejandra.
            —Sí. Le llamaré Pablo.
            Otra vez la luz volvió a nublar mi mente. Un dolor fuerte me inmovilizó. Vi al niño sonreír y su boca desdentada me causó un agudo terror, tanto que casi salgo corriendo de ese lugar.
            —Me hubiera gustado llegar más temprano —comentó Alejandra, o al menos lo escuché como un eco rebotante.
            Me llevé las manos a la cabeza.
            —¿Luís, estás bien?
            Mi mente estaba completamente llena de aquella luz, como si una inmensa pared hubiese sido construida en mi cabeza, y no percibía el horizonte. No era capaz de pensar en nada, absolutamente nada. Ví unas formas geométricas de colores muy vivos que danzaban de un lado para el otro, y una melodía que no había escuchado antes. Pude ver de nuevo, y lo que miré fueron los negros ojos del bebé. Un tremendo dolor atravesó mi cuerpo, como una fuerte migraña pero extendiéndose hasta mis extremidades. Vi a Alejandra, que me sostenía entre brazos y al médico revisando mis pupilas.
            —Oh Dios —balbuceé—, creo que ya estoy mejor —dije, tambaleándome ligeramente.
            —Luís, por favor, ve a que te revisen, hoy has estado extraño. Primero en el auto y ahora esto...


            —¿Qué has sabido de Beth? —le pregunté a Alejandra, mientras desayunábamos en la cocina.
            —Vive con su esposo, dice que se siente muy bien. Tienen un bonito jardín, él le ayuda a cultivarlo.
            —¿Y Pablo, su hijo...?
            —Ya entrará a la universidad, quiere ser psicólogo.
            —¡Santo cielo! —exclamé—, ¿ha pasado ya tanto tiempo?
            —Sí. Ven, te mostraré algunas fotos.
            Me acerqué a la pantalla de su ordenador y me enseñó una foto del joven Pablo, junto a su padre, ambos llevaban unas largas cañas de pescar y el joven sostenía una enorme trucha con ambos brazos.
            —Han ganado el primer lugar en el torneo de pesca.
            Lancé un estruendoso grito, o al menos eso fue lo que me comentó Alejandra.
            —Es él... él...
            Era él. El mismo joven que hace un par de días me había encontrado en el metro. Recuerdo que sentí su presencia incluso antes que entrara al vagón, y sentí cómo invadía mi mente. Sabía que él me conocía. Sabía que se había metido dentro de mi cabeza. Me invadieron imágenes de muerte y destrucción. Millares de cráneos destrozados en un suelo ensangrentado, y los gritos de muchas personas. Y esa canción... esa misma canción. Lo recordé perfectamente en ese instante, la misma canción que oí cuando estuve cerca del bebé de Beth. Me retumbaba fuertemente la cabeza.
            —¡Salte de mi mente! —le grité aquella vez con el pensamiento.
            El joven me miró y vi de nuevo esos profundos ojos negros, enormes y brillantes. El vagón se detuvo en la siguiente estación, me esbozó una sonrisa y bajó hasta perderse de mi vista.
            No le dije a mi esposa de todo esto, porque dentro de todo, estaba la posibilidad de que me estuviese volviendo loco. Por las noches siempre aparecían de nuevo esas imágenes. Gente muriendo y pidiendo piedad desesperadamente. Y esa... esa canción.
            Lo que más me aterra es que todo esto no sea producto de mi locura, que tal vez... sea real.

Continuidad



¡Santo Dios! —exclamó Petrov, frotándose la barbilla—. ¿Insinúas que con esta cosa puedes saber el momento en el que el universo dejará de existir?
—Así es —dijo Lowell, bastante excitado—. Verás, este aparato realmente lo que hace es  medir la continuidad temporal. Si el universo deja de existir en un momento dado esta aguja que ves, y el indicador digital, marcarán cero, pues ni el tiempo ni el espacio existirán.
—Necesito entenderlo bien. ¿Cómo se supone que esta cosa sabrá cuando la continuidad temporal se ha roto?
—Bien. Verás, yo... desde hace muchos años he experimentado con dilataciones temporales, sin la necesidad de incluir efectos relativistas. Como sabes, Vasili desarrolló esa caja —señaló un aparato en una de las esquinas—. Cuando se genera una dilatación infinita del tiempo, el indicador se va acercando cada vez más a cero y, haciendo una extrapolación, tomando el límite, podemos saber que marca cero en cuanto el tiempo deja de fluir. Pero eso es en el presente. Si sintonizamos el aparato de continuidad en una fecha, y escaneamos el comportamiento temporal en los alrededores de ella, podemos saber si hubo una ruptura. Verás —se encaminó hacia la caja. Era marrón, con el aspecto de un gran cofre. La abrió—. Ahora, si me lo permites, introduciré el medidor de continuidad dentro de la caja de dilatación —la cerró. Dentro, a través de un costado acristalado, se veía el medidor, del tamaño de un walkie-talkie—. Ahora la encenderé. Mira el indicador digital y la aguja. ¿Qué hora es?
—14:29:32. El indicador no se mueve. No, espera, esta disminuyendo... ahora ya no se mueve.
—¡Exacto! Ni se moverá. La dilatación temporal dentro de la caja ahora es prácticamente infinita.
—Pero... mencionaste que marcaría cero.
—Ahora no marca cero, pero pudo haberlo marcado antes. Verás, no podemos observarlo a causa de la dilatación temporal —el doctor Alfred Lowell apagó la máquina, que hizo un gran zumbido cuando se detuvo. El medidor marcó uno. Lo sacó de la caja. Esperó.
Petrov lo miró fijamente, allí, parado a un lado de la caja humeante. Frunció la frente y las cejas.
—Pero, Alfred, esto... esto no me dice nada nuevo... solo...
Lowell sacaba el medidor de la caja.
—Está un poco frío —dijo—. La dilatación infinita implica que la energía cinética sea nula. Se llega hasta el cero absoluto... bueno, casi... Eso explica este repentino vapor —Lowell se acercó a Petrov. Le acercó el medidor hasta casi tocarle la cara—. Dime, cuanto marca ahora.
—Uno, marca uno —Lowell sonrió con la respuesta.
—Ahora, sintonízalo a las 14:40:00 del día de hoy. Tan solo aprieta esas teclas, aumentan o disminuyen la fecha.
—Ya, listo, ¿ahora?
—¿Cuánto marca? —preguntó Lowell.
—Uno. Aún marca uno.
—Ven, pongámoslo dentro de la caja —se acercaron y lo metieron en el dilatador. Seguía marcando uno.
—¿Se supone que esto pasaría? —preguntó un tanto enfadado Petrov.
—Sí, es exactamente lo que debía pasar... Vasili, ¿que te parece si programamos la máquina para que se encienda a las 14:40:00 de hoy? —Lowell activó un control de tiempo de encendido en el dilatador temporal—. Ahora, ¿cuanto marca el medidor?
A Vasili Petrov ya le comenzaba a molestar un poco esa pregunta.
—Uno. Marca uno.
—Lo adelantaré unos segundos. 14:40:20 —una sonrisa se extendió en el rostro del doctor Lowell—. Mira cuanto marca.
Petrov se acercó con curiosidad. Miró unos cuantos segundos. La caja dilatadora estaba abierta, apagada, el medidor estaba dentro, marcaba cero. Levantó la vista hacia Lowell. No pronunció palabra ninguna, esperaba a que Lowel dijese algo.
—Vasili, el medidor está funcionando perfectamente, está escaneando el futuro, y predice que... eso es lo mejor... la predicción es espaciotemporal, pero se mantiene en un marco de referencia espacial fijo en la Tierra... predice que exactamente a las 14:40:20 de este día, justo dentro de esta caja, la continuidad temporal habrá cedido.
Los ojos de Petrov parecían más abiertos que nunca, y no dejaban de ver a Lowell. Miró hacia el suelo.
—Alfred... ¿qué sucedería si en este momento la máquina es desconectada?
—Nunca lo he intentado, ni siquiera pienso intentarlo. El medidor predice que se creará una infinita dilatación temporal dentro de la caja, pero si la desconectamos eso no pasará. Eso... eso... no tengo idea de las consecuencias que podría acarrear.
—Se generaría una paradoja —dijo lentamente Petrov.
—Pienso, y así lo creen varios colegas, que tal paradoja llevaría a una destrucción de todo el universo —se rió con una risa nerviosa—. Sabes... una vez... había programado la máquina a una cierta hora, y escaneé el futuro con el medidor... sin embargo, la lectura marcaba uno. Hubo un apagón, y la máquina dejó de funcionar, también la batería de repuesto. Tres veces más ocurrieron cosas semejantes, todas me decían que el medidor funcionaba muy bién —Lowell se sentó en su gran sillón marrón e hizo una gran pausa, mientras Petrov seguía de pie—. El viaje hacia el pasado no es arriesgado. Nosotros existimos, el universo existe, por tanto no fue destruido en un punto del pasado. Sería tonto creer otra cosa. Si mi viaje al pasado genera la destrucción del cosmos, esta se generaría en el momento en que yo alterara el medio, por más mínima que sea tal alteración, y esto tendría que suceder en el momento exacto de mi llegada. Si logro realizar este viaje en el tiempo, al pasado, significa que el presente que estamos viviendo arrastra con él su propio pasado, y mi llegada —hizo otra pausa—. En caso de que la destrucción tenga lugar después de mi llegada, lo sabré por mi medidor, tan solo por precaución.
—Lowell, la máquina no ha sido aún probada. No sabes si...
—No ha sido probada, pero no me importa tomar ese riesgo. Y supongo… —empezó a reírse—. Supongo que deberás dudar de mi equilibrio mental en este momento, pues no tengo razón específica para viajar al pasado, tan solo lo hago por amor a la ciencia, aunque me gustaría visitar algunos sitios y momentos...
La máquina de dilatación  zumbó ligeramente, se había encendido. Petrov la desconectó.
—Solo que pasa algo —se interrumpió Lowell.
—¿Qué?
—Si viajo al pasado, no puedo regresar antes de haber realizado el viaje en el tiempo, tendría que ser, obligatoriamente, después del evento. No puedo regresar antes, pues si así pasa, es probable que yo nunca efectúe el viaje. De hecho me encontraría conmigo mismo antes de viajar al pasado. No es una contradicción, ni una paradoja, simplemente es imposible que suceda. No me preguntes como...

* * *

Vasili, Vladimir y su hija, Mileva, estaban de pie en las escaleras de madera de la gran habitación. En la mitad de aquel gran espacio se hallaba la máquina del tiempo. Un coloso de seis metros de diámetro, con forma de esfera, de color plateado brillante, y una pequeña cápsula de vidrio reforzado en la parte superior. Algunos rayos del sol se filtraban por las pequeñas ventanillas en la parte superior de la habitación.
Lowell caminaba hacia los espectadores, a paso lento, y con el medidor de continuidad en la mano. Se paró frente a ellos, pero no supo qué decir.
—Señores... señorita —dijo mirando a Mileva—. Ya saben que este es el primer viaje... la primera prueba de la posibilidad de los viajes al pasado, y... no sé con certeza si esto saldrá del todo bien, pero si falla... ya le he dicho a Vasili lo que debe de hacer con mis trabajos, sobre todo con el continuómetro… ya tiene un ejemplar. Yo..
Alfred Lowell acarició un costado de la máquina. Era frío y liso, completamente pulido. Rodeó la gigantesca máquina y trepó por unos escalones instalados en el fuselaje. Al llegar a la cabina, se dejó caer en el asiento rojo.
—Desapareceré ante ustedes, pero reapareceré exactamente 10 segundos después, exactamente a las 16:55. Y ya casi es hora —cerró la cápsula transparente encima de su cabeza, y la selló completamente. Se despidió con un movimiento de la mano. Había un gran reloj en el fondo, faltaban unos segundos para la hora.
Desapareció.
—¡Oh Dios mío! —exclamó Vladimir ante el gran hueco dejado por la gran máquina del tiempo. No había rastro alguno del coloso de metal, ni hubo ruido alguno, solo el de una ligera corriente de aire que ocupó el sitio en el que había estado la máquina.

* * *

La gran esfera metálica apareció en algún lugar del Mar Mediterráneo.  Lowell se quedó pensativo un momento. Sacó su medidor de continuidad temporal y escaneó el futuro cercano. 2069, 2070... 2071.. 2130...
—Inexistencia de variaciones en la continuidad temporal —empezó a reír a carcajadas, casi descontroladamente, hasta que se dio un pequeño golpe en la frente dentro de la reducida cabina, eso lo calmó un poco. Miró a la cámara que estaba instalada en la cabina—. Teoría confirmada. Los viajes al pasado no alteran la continuidad espaciotemporal. Al menos no éste —dijo.
Revisó la fecha: 8 de septiembre de 2068. Navegó en la máquina del tiempo por el mar. Pudo llegar cerca de la costa de Francia. Al salir del agua, se percató de la presencia de algunas personas en la playa, esta gente irremediablemente también se percató de su presencia, pero Lowell simplemente se fue volando con su máquina.
—¡Un OVNI! —gritaron algunos.
Estuvo sobrevolando los cielos de Francia por un largo momento, necesitaba llegar a Lyon, allí se firmaría el tratado de paz entre dos grandes potencias. El famoso e históricamente inefectivo Tratado de Lyon.
Con gran sorpresa detectó un avión caza volando muy cerca de él. Viró, y se dispuso a aterrizar, aunque temía por la reacción de la población. ¡No! ¡En los diarios nunca hubo nada de esto, así que no debería de pasar! Aún dudaba acerca de lo que pasaría si violaba algún principio esencial. Ascendió, pero el avión caza lo siguió, y ya eran tres. Siguió ascendiendo más y más, hasta que los cazas ya no pudieron darle seguimiento, sin embargo, aún seguía en sus radares. En una zona boscosa, y sin señales de civilización, decidió aterrizar y esconder su máquina del tiempo.
Al día siguiente, en decenas de periódicos, se publicaría la noticia un avistamiento de un objeto esférico y plateado que volaba a gran velocidad. Otro caso OVNI.

* * *

—¿Qué crees que se pueda esperar del Tratado de Lyon? —decía Marie Piket, mientras tomaba una taza de café—. Cualquiera con un mínimo de raciocinio puede darse cuenta que.. ¡Oh, santo Dios! —se levantó instantáneamente de la silla, tirándola en el suelo—. ¡Aurelie! ¡Hay un hombre en medio de la calle!
Un sujeto se hallaba en el paso de los automóviles. Las dos mujeres corrieron y arrastraron al sujeto, que dejaron en la acera delante de su puerta.
El hombre se despertó, gritando de dolor. Sus piernas estaban llenas de heridas por el roce con el áspero pavimento. Las damas lo soltaron. Las miró atentamente, ellas también lo miraron, casi igual de sorprendidas.
—¿Quienes son ustedes? —preguntó desde el suelo.
Las mujeres no respondieron, solo se miraban entre si.
—¿Pueden decirme qué hago en este lugar?
—Señor, usted... lo hemos encontrado tendido en la calle. ¿Está bién?
—Ha tenido suerte —dijo Aurelie—, pudieron haberlo atropellado los autos...
—¿Cómo se llama, caballero? —preguntó Marie.
Sacudió la cabeza. Las mujeres, obviamente, no hablaban inglés, .
—Mi nombre es Lowell, Alfred Lowell —respondió en un francés tosco y vailante.
—¿Es usted inglés o americano?
—Nada de eso, soy galés. Co… ¿cómo llegué a la calle?
Las mujeres volvieron a mirarse entre si.
—Señor, no lo sabemos, usted apareció de repente.
—Como si hubiera caído del cielo —añadió Aurelie.
Lowell se levantó y miró sus ropas agujereadas. No pudo deducir nada de su vestimenta. Tan solo recordaba su nombre y que era de Gales.
—Pueden decirme, por favor, ¿en qué parte de Europa me encuentro? —preguntó desconcertado, sin levantarse aún del piso.
—Lyon, Francia —dijo Marie, pausadamente.
—Lo siento mucho, señoritas —dijo mientras se levantaba del suelo—. Siento haberles causado esta molestia, y... gracias por quitarme del paso de los automóviles. Pero... tengo que irme —se dio media vuelta.
—¡Oiga, espere! ¿sabe donde va? —preguntó Marie.
—Yo... no... —realmente no sabía que hacer.
—Puede quedarse. Es posible que sufra algún tipo de amnesia temporal. No le irá bien si se queda en las calles —Marie se quedó parada firmemente y con los pies muy juntos.
—Verá, no quiero causarle más molestias, y yo...
—Puede quedarse el tiempo que sea necesario, mientras empieza a recordar, después puede irse cuando usted lo desee.
Lowell, a costa de la generosidad y persistente insistencia de aquellas damas, se quedó en su casa.

* * *

—Usted tiene el mismo apellido que mi marido, ¿sabe? —le dijo Marie, mientras los dos estaban sentados en la mesa de la cocina.
—¿Cual es su nombre?
—Charles Lowell. También es originario de lo que antes era Gales.
—¿A qué se refiere con “lo que antes era Gales”? —preguntó asombrado, y asombrado también de que lo único que recordaba lúcidamente era la geografía.
Marie quedó un rato pensativa.
—Verá, Gales era territorio que formaba parte de la Gran Bretaña, pero hace dos años....
A Alfred no pareció importarle mucho eso, tenía la mente confusa, agitada. Intentaba recordar algo de su origen y su persona, pero nada le venía a la memoria.
—Y ¿dónde se encuentra su esposo Charles en este momento?
—Está en España, al lado del ejército inglés, luchando contra el ejército...
—Dígame señorita… no conozco su nombre… es usted… —dijo con nerviosismo.
—Oh, si. Marie Piket Foelich. Mi amiga, la que estaba hace un momento es Aurelie...
—¿Me permite su baño, por favor? —se levantó de la mesa.
—Claro. Suba las escaleras —señaló—. La primera puerta.
Subió al primer piso. En el pasillo había un cuadro de Vermeer. La casa le parecía familiar. Lowell observó sus ropas en el espejo. Miró su rostro, debía de tener unos treinta o treinta y cinco años, aunque ya se notaban algunas canas. Su cabello estaba mojado, no olía muy bien. Una bata azul, ningún símbolo en ella que le pudiese servir para recordar. Sus pantalones, negros y rotos. Sus bolsillos… papeles, un mapa de Europa, otro de Francia, Gran Bretaña… Quizá era un turista. Un boleto del Metro No había nada más.
—Pero, ¿qué demonios…? —exclamó. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices. Una gran línea cruzaba todo su tórax, como si lo hubieran abierto para analizarlo. Comenzó a quitarse la ropa.
—Mr. Lowell, ¿se siente usted bien? He oído que gritó —dijo Marie detrás de la puerta.
—No, yo, estoy... —comenzó a vestirse. ¿Pero que ocurría? Se preguntaba una y otra vez. Marcas de múltiples cicatrices, otras marcas aún más extrañas, como si le hubiesen insertado tubos. ¿Una abducción? ¿Había sido abducido? Por lo menos sabía que era una abducción. Debía recordar algo más. Algo extraño había pasado. Quizás le habían borrado la mente. Comunistas o gente del Gobierno, nunca se puede confiar en ellos. Habría logrado escaparse del sitio donde lo tenían recluido. Lowell abrió la puerta, con la respiración un tanto agitada, y terminándose de cerrar su camisa.
—Que curiosa camisa lleva usted... —le dijo sonriente Marie—. ¿Tiene hambre?

* * *

         En la gran habitación, Vasili, Vladimir y Mileva esperaron los 10 segundos anunciados por Lowell.  Y otros diez, y diez más...
—Vasili... han pasado dos minutos —dijo Vladimir, rompiendo el silencio sepulcral al cabo del tiempo—. Puede ser que... —dijo nerviosamente.
—No, él... —respondió inmediatamente— él...

* * *

—No, no hay a quién notificar, Alfred no tenía familia —respondió Vasili—. Sus padres murieron cuando era pequeño.
—Eso no es del todo correcto —interrumpió el rector William Leiber.
—¿Cómo dice?
—Su padre y su madre adoptiva fueron las que murieron en ese accidente, no su madre biológica, ella todavía sigue viva.
—¿Cómo sabe usted eso? Alfred nunca nos comentó nada de ello —peguntó sorprendido Vladimir.
—En nuestra universidad, tenemos que conocer el más mínimo detalle de nuestros hombres, sobre todo nuestras mejores mentes. Me es penoso saber que Alfred Lowell esté muerto —dijo enlazando las manos, con los codos apoyados sobre su escritorio.
—No estamos completamente seguros de que esté muerto...
—¿De qué me está hablando?

* * *

Llegaron los dos hombres, acompañados del profesor George Stewart, de la universidad. La casa, de dos pisos y de madera, se hallaba rodeada de una gran cantidad de vegetación, lo cual, en aquellos tiempos, era extraño y sorprendente. Subieron.
—¿Está diciendo que es muy posible que mi hijo halla muerto por hacer un viaje en el tiempo? —dijo casi sin emoción.
Vasili asintió con la cabeza. La señora Emilie Stevenson se levantó de su silla y fue a un extremo de la habitación. Sacó una caja de un mueble de madera.
—Verán, yo no pude conocerle bien —dijo con tristeza, mientras sacaba una fotografía de Alfred de la caja—. Fue un embarazo terrible. Antes de que él naciera, yo quedé en coma. Cuando desperté, mi marido, Bernard, se había casado de nuevo y mi hijo ya tenía 11 años. Y yo... yo no podía hacerle ver la verdad... no podía hacerle sufrir. Después de la muerte de mi esposo... ex-esposo y su mujer, se quedó al cuidado de sus tíos Robert y Anita..
—Entendemos —pero no era así—. Realmente sentimos lo que ha pasado… para nosotros, como sus colegas y amigos, también resulta ser...
—¿Y están seguros de que no volverá? —preguntó, al borde de las lágrimas.
—No podemos saberlo.
Salieron de la casa. El profesor George Stewart estaba nervioso. Intentaba contener algo, pero al final, ya no pudo.
—Señores —les dijo con emoción—. Creo que cabe la posibilidad de que podamos hallar al profesor Lowell.
—¿A qué te refieres con exactitud? —balbuceó Vasili.
—Quizá, el señor Lowell pudo efectuar verdaderamente ese viaje en el tiempo, porque… ¿por qué pensamos que no fue así?
—¿Y si así fuese?
—Si así fuese —respondió Stewart—, existirían señales de su presencia en el pasado. ¿No recuerda lo que decía el señor Lowell? Si el viaje al pasado es posible, todos los hechos del presente son el resultado de las distintas intervenciones en el pasado… Díganme, ¿ dónde fue en su viaje?
—Al Mediterráneo, a pocos kilómetros de Myeres. Su primer destino era Lyon.
—¿Sabe la fecha?
—Claro que la sabemos. El 8 de septiembre de 2068 —habló Vladimir—. Quería presenciar la firma del Tratado de Lyon.
—Un momento —interrumpió pensativo Vasili—. Su abuela era francesa.
—¿Vivía en Lyon? —preguntó Stewart, rascándose la cabeza.
—No lo sé… tal vez su madre lo sepa.
No se habían alejado mucho, así que volvieron a subir las escaleras.
—¡Señora Stevenson! —tocó Vasili la puerta, que se abrió a los pocos segundos.

* * *

—Marie Piket Foelich murió hace muchos años —dijo Vasili, sosteniendo un diario, dentro de la gran habitación, donde la gran máquina nunca regresaría—. Ella y su esposo fueron asesinados por un perturbado.
—¿Se sabe quién era ese perturbado? —preguntó frunciendo la frente Vladimir, inclinándose para leer el diario.
—¿No estarás pensando que ese hombre...?
—Cabe la posibilidad.
—El diario no dice mucho acerca del caso, pero aclara que este hombre nunca pudo ser completamente identificado, pero al parecer era inglés, por su acento. Dice… dice que lo encerraron en un manicomio, el… Manicomio de Lyon. No hay ninguna fotografía. Eso es todo.
—¡Lo he localizado! ¡Lo he localizado! —entró gritando frenéticamente George Stewart, secándose el sudor de la cara con un pañuelo—. Lyon… está en Lyon. ¡Sigue vivo! ¡Lowell sigue vivo! —se agachó y se sentó en uno de los peldaños de las escaleras. Los dos hombres lo miraban con los ojos bien abiertos.
—¿Vivo? —exclamó Vasili.
—Exacto, eso he dicho.
—¿Viajaste a Lyon? —le preguntó Vladimir.
—No, no, eso no era necesario. Recuerdan que la madre de Alfred mencionó a su tío Robert Lowell. Su tío, él vive en Norwich. Y por Dios que no me creerán cuando les diga lo que he encontrado.

* * *

—Cuando vi las fotografías... —comenzó el tío Robert, sentado en un pequeño sillón, enfrente de los oyentes—, yo… nunca las había mirado fijamente. Mi hija, Emilie, tenía unas fotografías, que guardó cuando mis padres vivían, antes de que… —tomó un álbum, y lo abrió—. Esta es una de las fotografías —se las mostró—. Me enteré de que mi madre, mientras mi padre estaba en la guerra, recibió a un sujeto, que nunca pudieron identificar por completo, aunque él aseguraba llamarse Alfred Lowell, y supe también que él había asesinado a mis padres. Parece ser que era paranoico… lo encerraron en un manicomio. Decía que los alienígenas lo habían abducido.
—¿Puede decirme si la persona a la que encerraron en ese manicomio francés es realmente Lowell? —Vladimir fue al grano. Robert se quedó callado un momento.
—Tengo una fotografía del año de 2068 —se la mostró.
En la foto se veían cuatro personas, Charles y Marie, y al lado de esta última el pequeño Robert siendo cargado en brazos por Alfred Lowell. Su cabello y su barba estaban crecidos, pero no había ya duda de que él era el profesor Lowell.
—Pero, ¿por qué nunca volvió? ¿por qué se quedó a vivir en el pasado? ¿Y por qué asesinó a sus abuelos? —se preguntó en voz alta George, al tiempo de que miraba la fotografía detenidamente y sin parpadear.
—Sin embargo —dijo en voz baja Robert Lowell, mirando a un punto perdido en el espacio—, hay algo que me aterra de esto.
—¿Qué?
—En la familia nunca hablamos de ello, pero la fecha de nacimiento de mi hermano Bernard y el periodo en el que mi padre estuvo luchando en España...
—¿Que insinúa? —interrumpió visiblemente angustiado Vasili.
—Que Bernard no puede ser hijo de mi padre.
—¿Eso es correcto señor Lowell? —preguntó horrorizado.
—Sí. Alfred Lowell apareció a finales de septiembre de 2068. Según los diarios de mi madre mi padre partió hacia España en agosto y no volvió hasta un año después. Bernard nació en julio de 2069. Hagan ustedes mismos los cálculos.
Vasili se levantó de su asiento, se tambaleaba, sus piernas parecían traicionarle, caminó y miró por la ventana. En el cielo, cruzaba a toda velocidad una de las naves de la Unión Europea, era esférica, y había sido diseñada por el ejército francés hacía décadas, pero aún la utilizaban. Tenía una cierta familiaridad… Brillaba a la luz del día con un intenso brillo metálico, y en un instante se esfumó en el aire, desapareciendo sin dejar rastro. No hizo ruido alguno, solo una ligera corriente de aire ocupó el lugar que antes había ocupado la nave.

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