junio 13, 2010

Todavía - Mario Benedetti


No lo creo todavía 

estás llegando a mi lado 

y la noche es un puñado 

de estrellas y de alegría 



palpo gusto escucho y veo 

tu rostro tu paso largo 

tus manos y sin embargo 

todavía no lo creo 



tu regreso tiene tanto 

que ver contigo y conmigo 

que por cábala lo digo 

y por las dudas lo canto 



nadie nunca te reemplaza 

y las cosas más triviales 

se vuelven fundamentales 

porque estás llegando a casa 



sin embargo todavía 

dudo de esta buena suerte 

porque el cielo de tenerte 

me parece fantasía 



pero venís y es seguro 

y venís con tu mirada 

y por eso tu llegada 

hace mágico el futuro 



y aunque no siempre he entendido 

mis culpas y mis fracasos 

en cambio sé que en tus brazos 

el mundo tiene sentido 



y si beso la osadía 

y el misterio de tus labios 

no habrá dudas ni resabios 

te querré más 

todavía

junio 07, 2010

Así jugaba Möbius el ajedrez

Seguro ya algunos sabrán lo que es una banda de Möbius y las singulares cualidades que posee. Esta figura la encontré en Acertijos y más cosas y me pareció muy ingeniosa e interesante.

¡Mamá, yo quiero un tablero como ese!


La figura muestra un "Tablero de Möbius" de cuatro casillas de ancho. Según la página de donde lo saqué, juegan las blancas y dan mate en dos, sin embargo ustedes verán, con un  poco de atención, que de hecho algo hay por parte del bando negro que define la partida (jaja, bando, disculpen, a mi me resulta gracioso), espero que lo encuentren.

Les invito a hacer su propia banda de Möbius si necesitan visualizarlo mejor. El siguiente video muestra cómo hacerla y algunas de sus características.
  
 

Futuro microprocesado

Los microprocesadores se están metiendo en todo. En un futuro cercano no habrá ningún accesorio -salvo una escoba, acaso- que no tenga un procesador dentro

Muchos, como Michio Kaku (en su libro Visiones), pronostican que en un futuro próximo los microprocesadores serán tan baratos que básicamente todos nuestros aparatos estarán controlados o tendrán un microprocesador como parte de su sistema.

La verdad es que Clarke hizo predicciones muy importantes como el uso de satélites de comunicaciones en una órbita geoestacionaria, pero tal vez en esta suele extrapolar de una manera un poco exagerada, ¿o qué opinan?


junio 05, 2010

Un Cielo nuevo y una Tierra nueva


El planeta apareció de repente, los radares lo captaron saliendo del hiperespacio. A su llegada, su campo gravitacional no alteró considerablemente aquel planeta que se encontraba más cercano, tan sólo se limitó a tomar una órbita estable alrededor de la pequeña y anaranjada estrella tipo M1.

Está allí, sólo está allí —dijo el pequeño y amarillento humanoide, viendo a través de la larga ventana de la nave. El planeta estaba debajo de ellos. Se observaban sus grandes extensiones de agua y de tierra, sobre todo de agua, y sus tenues y azuladas nubes.
El piloto tomó con fuerza los mandos de la nave, y giró la cabeza hacia los miembros de la expedición, que eran diez. Algunos estaban sentados en sus sillas, en los extremos de la pequeña nave, y otros recargados sobre la ventana.
Queremos saber sobre la naturaleza de los visitantes, antes que nada.
Al menos no han atacado aún —dijo uno de ellos.
No, no lo han hecho… aún no.

La nave penetró la atmósfera, irradiando calor por la fricción producida. Era más densa de lo que aparentaba. Después de su entrada se estabilizó a los pocos kilómetros de la superficie y la tripulación se preparó para un reconocimiento de la zona.
Este planeta es hermoso —dijo uno de ellos, viendo por la telepantalla—. No parece infecto por ningún rasgo de contaminación industrial.
Norman se levantó lentamente y, apoyando sus metálicos pies sobre el suelo de la nave, se dirigió hacia la ventana. Sus curiosos ojos que no aparentaban vida se posaron sobre la superficie del planeta, que iba cambiando a la vez que la nave avanzaba.
¿Pálaba, cuánto tiempo lleva este planeta aquí? —dijo.
23 megapulsaciones de Ergonio-IV —respondió el piloto—. Por cierto, ese planeta se parece mucho al que tú me has contado, de donde provienes.
Se dio la vuelta. La mandíbula metálica de Norman de contrajo bruscamente y su brillante recubrimiento resplandeció ante la iluminación del interior de la nave.
La Tierra —su voz desentonó un poco—. Mi mente conserva muy pocos recuerdos de ella. Desde aquí arriba no distingo si existe la remota posibilidad de que se trate de ella.
Pero la Tierra ya no existe, las coordenadas en las que dijiste que estaba sólo muestran una enorme gigante roja en su última fase de vida. Han pasado cuatro mil millones de años.
Se escuchó un ligero zumbido. De pronto la nave comenzó a tambalearse. Algunos cayeron al suelo, gritando y visiblemente desorientados.
Qué… ¿qué ocurre? —preguntó uno de los tripulantes al piloto, intentando levantarse del suelo.
Un gran campo electromagnético llena toda la zona —dijo el piloto, mientras tocaba desesperadamente el panel de mandos. Brincaba en su asiento por las sacudidas de la nave—. Los controles no funcionan.
¿Qué? —dijo uno de ellos, sujetando su hombro fracturado.
Sujétense de lo que puedan, nos estrellaremos —dijo casi sin emoción.
Corrieron alterados a sujetarse de las salientes del suelo y de las paredes. La nave dejó de temblar y un fuerte ruido como de una gran cascada penetró en la nave.
¿Recuperaste los mandos? —gritó Norman, que se había compactado en forma de cubo y estaba adherido al suelo por su ancla magnética.
La nave… parece ser que está siguiendo una línea de campo —el piloto se levantó de su asiento y fue hacia la ventana. Había algo muy brillante suspendido en el cielo, y parecía ser que se estaban acercando hacia ese gigantesco objeto. El ruido como de una gran cascada parecía provenir de aquella cosa.
El objeto en forma de cubo debía de medir cerca de dos kilómetros y medio de arista y resplandecía como un diamante. En sus lados parecían fluir rayos de luz como si fuesen ríos. Una gran puerta del color del jade se abrió en uno de sus costados y la nave entró, sin autonomía alguna. La gigantesca puerta se cerró con la misma facilidad que antes se abrió.

Millones de seres humanos caminaban felizmente por los jardines de aquella gran ciudad, se veían felices. Algunos sembraban flores o plantas comestibles a los costados de los ríos. Curiosamente no había animales, nadie sabía a ciencia cierta de donde provenía la comida, y ¿qué importaba saberlo si la conseguían tan sólo con pedirla? El trabajo no resultaba necesario, tan sólo tenían que presentarse una vez al mes para su tratamiento de rutina.
Norman caminó hacia el centro de la gran ciudad, como desde la primera vez que llegó. Allí se encontraba un gran edificio blanco, con forma de media esfera. Abrió la puerta y se encontró con su médico, sonriente.
¿Cómo te sientes hoy Norman? —le preguntó. Era un hombre muy alto, con voz metálica—. Toma asiento.
Norman entró a la blanca sala y se sentó en un sofá marrón que estaba delante de la silla desde donde lo atenderían.
El médico se sentó en su silla y observó a su paciente recostado. Su bata blanca le cubría todo el cuerpo y un extraño sombrero pequeño cubría su cabeza.
Me siento de maravilla —dijo Norman. Sus negros ojos robóticos parecían transmitir algo de su alegría—. La señora Watson ha preparado con su hijo unos panecillos de chocolate. Tan sólo me gustaría poder probarlos. No recuerdo el sabor de los panecillos de chocolate. No recuerdo el sabor del chocolate. Y me alegra ver a las personas que quiero después de tanto tiempo.
¿Puedes recordar a tus compañeros de la nave? —le preguntó.
Asintió con la cabeza.
Eran personas impuras —contestó Norman, con furia.
Por eso Dios nuestro Señor los envió al lago de fuego y azufre que arde por toda la eternidad —dijo el médico, haciendo un ademán con las manos— ¿Y no los extrañas?
Norman movió la cabeza negativamente.
El médico pareció sonreír.
¿Te gustaría ser Humano completamente de nuevo en vez de tener ese cuerpo de robot? ¿Eso te haría más feliz?
Soy muy feliz ahora, pero eso es lo que siempre he deseado. Me haría completamente feliz. Podría probar los panecillos de la señora Watson.
El médico se levantó de su asiento.
Entonces tendrás tu cuerpo de vuelta.
Norman pareció dislocar casi su mandíbula metálica y su abertura ocular aumentó. Se levantó sobresaltado del sofá, de un salto.
¡Tendré un cuerpo!
No sólo eso, Norman, tendrás tu cuerpo, el que tuviste antes de ser robot.
Norman corrió emocionado hacia el alto médico. Lo abrazó y se dio cuenta de que también era un robot, pero no le importó, tendría su cuerpo de vuelta.
El Señor nos ama, querido Norman —dijo el médico, abrazándole también—, y hace lo mejor por todos nosotros. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará.

Las puertas de la gran ciudad se mantenían siempre abiertas, la gente entraba y salía cuando quería, pero siempre regresaban pues amaban a su Señor y disfrutaban de alabarlo y glorificarlo por las cosas buenas que les proveía.
Norman salió al exterior de la gran ciudad con su nuevo cuerpo, más bien, su viejo cuerpo. ¡Qué bien lo habían mantenido todos estos miles de millones de años! Un pensamiento de duda pasó por su mente, pero pronto lo olvidó. Saltó una y otra vez de felicidad, corriendo entre el pasto. Gritó como nunca antes, mientras las demás personas, despreocupadas, caminaban a su alrededor riendo y charlando. Ahora iba a visitar a la señora Watson, que tenía una pequeña cabaña acogedora cerca de un gran lago. Tenía tantas ganas de ayudarle a preparar los panecillos. De verdad habían sido muy amables, su Señor había sido muy amable y siempre lo glorificaría por darle de regreso todo lo que tuvo antes y más que eso. Mucho más.
En el exterior de la gran ciudad, encima de una de las puertas, había una inscripción en bajorrelieve, recubierta de oro y adornado con hermosas y brillantes joyas, que anunciaba el nombre de la ciudad: Nueva Jerusalén.

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