julio 28, 2010

Esta es la realidad


       Paul Benoni, mochila en mano, entró a su pequeño departamento, uno de entre los muchos que formaban un complejo departamental, como los suele haber en Madrás. Se sentía abatido, lidiar con las personas lo exasperaba hasta tal punto que a veces tenía que salir corriendo del sitio, si el lugar le parecía demasiado concurrido. El club de geología era en los pocos lugares donde realmente se podía sentir tranquilo, estudiando la inquietante belleza de los minerales, de allí regresaba, y le habían obsequiado una pirita cúbica, que tanto le fascinaba. Dejó la roca en su escritorio y se sentó en su silla. Hurgó entre su mochila y de ella sacó un sobre de papel: algunas dosis muy pequeñas, en pequeños sobres de plástico, de una droga que él desde hace tiempo quería experimentar. Uno de sus compañeros del club de geología se las había conseguido, aunque le habían costado mucho dinero, del cual Paul en un principio no quiso desprenderse.
Sacó un pequeño sobre y tomó, con la tapa de un bolígrafo, una ínfima cantidad del polvo amarillento que había dentro del sobre. Sabía que esa era aproximadamente la dosis exacta y la recomendable para alguien de su talla y peso. Le tembló un poco la mano mientras sostenía el polvo en la tapa del bolígrafo. Recordó que si se excedía en la cantidad corría el riesgo de una sobredosis.
Bien, ya lo tenemos, se dijo Paul, mientras se llevaba a la boca el polvo. Apartó las cosas de su escritorio con el brazo y miró el reloj. Perfecto, estaría solo, en su departamento siempre lo estaba, y podría permanecer sin interrupciones en un estado que estaba ansioso por experimentar. Repasó en su mente todos los casos que conocía de las personas que habían consumido esa droga, pero hasta no experimentarla por él mismo, no estaría seguro.
Esperó lo más pacientemente que pudo. El efecto comenzó a los tres minutos.
Los sonidos de su alrededor comenzaron a desvanecerse para luego presentársele una visión escurridiza, que se iba perdiendo como entre una espesa niebla. Para esto ya había perdido toda sensación física. De entre la niebla, una intensa luz blanca inundaba lentamente todo el departamento y pareció tragarle por completo.
No veo por qué no hacerlo. El evento es completamente inevitable, se lo observe desde donde se lo observe la… —los dos extraños dejaron su conversación. Se sorprendieron al ver a Paul en medio del campo. Uno de ellos sonrió.
¡Vaya, pero si ya llegó otro más! —dijo con alegría, levantándose de su extraña silla de metal.
A Paul le pareció que había un poco de sarcasmo en su tono, pero viniendo de un ser que no parecía ser humano, no sabía cómo hacer una equivalencia humana similar.
Paul se sorprendió más que ellos. No lo creía. Era real todo lo que le habían contado. Hasta podía sentir el viento soplando sobre sus mejillas. El verde pasto que tenía debajo de él le pareció ser casi sintético, o tal vez sólo estaba demasiado corto. Del pasto volteó la mirada hacia los dos extraños seres. Su apariencia era humanoide. Parecen Grises, Dow, como prefieren llamarles muchas personas, pensó. Pero su cráneo es más grande, así que…
¡Oye! —le llamó a uno de ellos, alzando una mano. Lo saludaba.
Paul saludó, casi instintivamente.
¿Qué son ustedes? —les preguntó, alzando la voz, sin moverse del lugar donde había aparecido.
Los dos esbozaron una sonrisa. Claro, era la primera vez que los visitaba, de lejos se notaba a un nuevo. Uno de ellos, el que parecía ser más alto, se le acercó a Paul. Paul observó mejor sus rasgos. Era algo bajo. Obviamente no eran humanos, o si lo eran, habían evolucionado de una manera completamente distinta a la del Homo Sapiens. El humanoide se tambaleaba raramente al caminar. Llevaba puesto un mono, de color azul claro, ajustado al cuerpo. Tenía los grandes ojos que caracterizan al clásico estereotipo de extraterrestre que comenzó a extenderse después de la época en la que se habían reportado las primeras abducciones (o al menos eso declaraban los secuestrados). Pero no tenía lentes protectores. Sus ojos parecían animalescos, de una forma difícil de explicar, como los de un humano pero en una escala mayor. Los ojos le miraron de abajo hacia arriba.
Soy Lampar Larz, mercader de alimentos, Enur IV: Gedel —le tendió la mano. Paul no conocía que esa era la forma tradicional de presentarse ante un similar alienígena: primero el nombre, el cargo y el planeta de origen—. No tenga miedo, aquí vienen algunos como usted, pero no son muchos últimamente. Son pocos los que desean abrir su mente de esa manera.
No ha contestado mi pregunta —dijo Paul.
Vaya, creo que después de todo no tiene miedo… Nosotros, y con nosotros quiero decir nosotros —con un movimiento del brazo le mostró lo que había alrededor: el campo verde estaba ocupado con algunas estructuras que parecían ser viviendas, estaban un poco separadas, como unos cincuenta metros de distancia una de otra. De una sola planta y de color blanco. El suave sol azulado, que ahora estaba a unos cuarenta grados sobre el horizonte, iluminaba alegremente toda la escena. Se veían otras personas fuera de las estructuras. Observó niños también—, somos de una especie que ama particularmente a su especie —continuó—. Aquí los recibimos con gusto. Veo que usted ha ingerido un producto derivado de una planta que crece naturalmente en su planeta. Por lo que tengo conocimiento es considerado una especie de crimen que la gente la consuma, hay que cambiar eso. Y por eso ha llegado aquí.
Paul se sentía confundido. ¿Cómo era posible que con sólo ingerir una sustancia se viera transportado a ese lugar?
Este es nuestro planeta, lo cual lo habrá deducido ya que nuestra estrella no es una G amarilla como la suya, es una B azulada —Paul no sabía a qué se refería con una G y una B—. Lo que usted acaba de experimentar es un viaje, pero no con su cuerpo sino con… lo que su gente llama alma. Mente, para ser más precisos —titubeó un poco—, sí, ese es el término.
El humanoide examinó el rostro de Paul.
¿Por qué no viene a visitar nuestra pequeña población? —lo invitó— Le veo a usted un poco estresado.
El humanoide le condujo hacia su compañero, que seguía aún sentado el la silla de metal, enfrente de una pequeña mesa sobre la cual Paul advirtió que había un tablero, parecía ajedrez. El segundo sonrió y le dijo:
Creo que te gustará conocer por aquí —se levantó de la silla—. Síganos.
Paul fue conducido al edificio más cercano, que no era una vivienda, como lo había supuesto en un principio, le explicaron que se trataba de una pequeña central de manufactura textil. Entraron al edificio de una sola planta y encontró a varios individuos, con las mismas características, trabajando en unas máquinas de las que salían grandes trozos de tela que luego pasaba a unos rodillos. Notó que cada uno, cada sujeto, era diferente a otro; sus rasgos eran similares, sí, pero variaban, y su color de piel también. La mayoría tenía un tono ámbar de piel, pero en algunos el color llegaba a ser hasta rojizo. Hizo una analogía con la raza negra. Los trabajadores advirtieron su presencia y lo saludaron con una pequeña reverencia.
Qué corteses —dijo Paul.
Pasaron a otro edificio, este era una especie de centro recreativo, y estaba colmado de individuos de diferentes edades, según apreció Paul. La estructura era inmensa, de techo alto y reluciente, en forma de cúpula.
¿Qué hacen aquí? —preguntó Paul, curioso, sin dejar de pasar la mirada de una persona a otra.
Aquí simplemente venimos a divertirnos. Nosotros también nos aburrimos de vez en cuando —dijo con una pequeña risilla—, aunque nuestros trabajos ocupan parte de nuestra fuerza mental y física y disfrutamos con ello, este tipo de recreación garantiza que los individuos tendremos un buen desarrollo psicológico.
Paul observaba diversos juegos que le parecían del todo extraños, llegó a ver a algunos niños saltando y corriendo, fue lo más familiar que le pareció ver. Otros jóvenes ya más mayores usaban una especie de cascos que colocaban en su cabeza, los veía riendo, completamente emocionados.
¿Qué es eso? —les señaló.
Ah. Una pequeña novedad entre los jóvenes. Se trata de un aparato que les permite entrar en un medio totalmente simulado. Ya he usado uno de esos, en una ocasión me arrojé a un río de aguas muy tumultuosas, sentí perfectamente el agua en mi cuerpo y las rocas filosas lacerando mi cuerpo. La sensación es completamente real, el cuerpo produce químicos en reacción a los estímulos recibidos. Pero nunca llega a crear un daño permanente ni mucho menos la muerte.
A Paul le pareció emocionante y a la vez un poco irresponsable que dejaran a los niños tener esa clase de diversiones. Dirigió su atención a un grupo de personas mayores que estaban jugando sobre unos tableros en algunas mesas. La escena le parecía enormemente conocida.
¿Qué edad tienen esas personas? ¿Cuánto tiempo pueden llegar a vivir ustedes?
Ellos… en promedio tendrán unos 250 años. Nosotros, los Gedelianos, pues Gedel es como llamamos a este bello planeta, podemos llegar a vivir hasta los 310 años, pero el promedio es de 290.
¿Lo que están jugando es ajedrez? —preguntó, sorprendido.
Los dos humanoides se rieron; sus risas parecían tan humanas, que a Paul le dio algo de miedo.
Doy una respuesta afirmativa a su observación. El juego es ajedrez, lo conocemos gracias a los otros de su raza que han llegado a visitarnos, fueron muy amables en enseñarnos a jugarlo.
Una expresión de melancolía llenó el rostro de Paul.
¿Qué tan seguido llegan humanos aquí?
Pues bueno —el humanoide hizo una pequeña pausa—, cuando alguien de su especie consume la sustancia que a usted le ha hecho venir aquí, en este lugar la llamamos ándora, es una especie autóctona de la Tierra, pero la hemos hecho crecer en nuestro suelo, sí, como le decía… cuando alguien viene, puede aparecer en cualquier punto de la superficie de Gedel, no podemos controlar eso, simplemente no hay forma.
¿Y si la persona aparece en el lugar donde hay una pared o una pieza de maquinaria?
El humanoide guardó silencio.
Paul arrugó la frente, interpretando el silencio de su acompañante.
Ya veo… —dijo—, ¿qué tan seguido pasa eso?
En escasas ocasiones, pero sucede —dijo con algo de frialdad.
Paul se dio cuenta de que el otro acompañante se había marchado.
¿A donde ha ido su amigo?
El humanoide volvió a sonreír. Paul pensó si tan sólo era una simple imitación del acto humano de sonreír o si lo hacía como un reflejo completamente voluntario y sincero.
En ese momento pasaban por lo que aparentaban ser canchas para practicar algún deporte, similares en tamaño a una cancha de tenis. Parecía que su cultura había absorbido algunas cosas de la humana.
Al parecer ha tenido algunas cosas que hacer, no se preocupe, pronto volverá.
Paul intentó examinar su rostro, pero las expresiones no parecían marcarse mucho en su tipo de fisionomía.
¿Y dígame, hay algún ser humano de mi especie ahora y en este sitio?
Pues verá, la mayoría son recibidos por simples ciudadanos como yo o como mi compañero, y les son dados paseos por el sitio o por poblados vecinos. Sería difícil advertir otro de su especie, y si lo hay por aquí, su acompañante debe estar mostrándole algunos sitios diferentes a este.
Salieron de la zona de recreación, de nuevo al verde pasto.
Ahora usted dígame —le dijo el humanoide—, ¿qué es lo que le ha atraído a visitarnos? Usted me ha dado la impresión de no estar muy alterado, como todos los que nos visitan. ¿Qué lo ha animado?
Paul reflexionó un poco, mientras extendía su mirada hacia algunas colinas cercanas; el panorama le recordaba al sur de Escocia, Gales, o a algunas zonas de Inglaterra.
Interés científico —dijo—. Y creo que cuando el efecto de la droga pase volveré de nuevo a visitarlos, pero he se suponer que no me recibirán ustedes de nuevo.
El humanoide asintió con la cabeza.
Así es, no volverá a aparecer aquí mismo —lo examinó de nuevo completamente—. ¿En la Tierra, a qué se dedica usted?
Ah, verá… yo…
El mundo pareció tambalearse. Gedel pareció tambalearse y se comenzó a esfumar delante de sus ojos, la sensación de la brisa del aire se había desvanecido y ahora se veía transportado de nuevo por la misma e intensa luz que lo había llevado hasta ese extraño lugar. Sintió como si cayera de golpe encima de su escritorio, mas no se había movido siquiera de allí.
Oye Paul —sonaba una voz cerca de él—. Paul, contesta —sintió que un par de manos lo tomaban por los hombros y le sacudían su cuerpo entero, sentado en la silla de su escritorio. Su visión parecía tan perfecta y ahora había salido de ella—. Oye Paul.
Percibió una sensación de frío en su mejilla derecha y en sus brazos; se dio cuenta que estaba tendido en el piso del departamento.
Movió ligeramente la cabeza y se encontró con la figura de Otto Hesse, una de las personas con la que compartía su clase de vulcanismo y con quien tenía más apego de entre todos. Otto intentaba cargarlo y llevarlo de regreso a la silla.
Vaya, veo que sí te animaste —dijo Otto—. ¿Lograste ver algo?
Paul se sentó en el piso velozmente y visiblemente sobresaltado. Dirigió una mirada desenfocada hacia Otto. Evaluaba lo que había visto.
Parece ser que es un patrón recurrente en todos los que consumen esta droga —dijo Paul—. Los seres, su reacción cuando perciben al humano y su mundo… Gedel.
Miró el reloj de pared, marcaba la una de la mañana. Se levantó del piso y regresó hasta la silla en su escritorio, desde la cual había iniciado el viaje. Intentó ordenar las cosas que había sobre el escritorio. Volvió a guardar los pequeños sobres de plástico en el sobre mayor de papel.
Lo que vi —continuó Paul— fue casi exactamente lo mismo que han descrito todos los demás. Todo se sentía tan real, sin embargo lo mismo sucede en los sueños: las sensaciones físicas se reproducen y dan la apariencia de que realmente está ocurriendo.
¿Piensas volver? —preguntó Otto.
A Paul le pareció extraña su pregunta.
Seguro que volveré. Y si de verdad esto es real quiero regresar con pruebas tangibles.
Obviamente no serán pruebas físicas.
Información. Regresaré con información. Datos que nadie conozca y que puedan ser completamente verificables. Los Gedelianos deben de tener muchos conocimientos astronómicos en comparación con nosotros. Aparte, conocen bien nuestro planeta, por lo que me dijeron y…
Se negarán —interrumpió Otto.
¿Qué?
Que se negarán a proporcionarte esos datos. Ya muchos han intentado hacer lo que tienes en mente, yo también. Son crípticos respecto a esos temas. No dan información que pueda hacernos corroborar su verdadera existencia fuera de la mente humana.
Paul reflexionó, mirando la pirita cúbica en su escritorio.
De todas formas lo intentaré, o ya veré que otra forma encuentro de refutar o comprobar su existencia. Aparte me doy cuenta —dijo, mirando el reloj— que la percepción del tiempo se altera de igual manera que durante el sueño, pasaron cuatro horas pero me pareció ser menos de una hora el tiempo que permanecí en ese otro mundo —Paul se dio cuenta de que Otto aún seguía de pie en medio de su departamento—. ¿A qué fue que viniste?
Sí, claro. Paul —Otto acercó una silla hacia el escritorio, se sentó en ella. Tenía un aspecto sombrío—, es tu madre, Paul.
Paul despegó los labios y comenzó a respirar con dificultad. Parecía saber de qué se trataba la noticia, el rostro de Otto se lo dejaba ver. Tomó la pirita cúbica y la sujetó, fuertemente con ambas manos, contra su pecho.
¿Donde está mi madre?, ¿Dónde está, Otto?

El sonido del teléfono lo despertó. Se dio cuenta de que ya eran las dos de la tarde. ¿Y qué tenía eso de importante?, se dijo. Se había olvidado de la universidad completamente. Ya no hay nada para mí, pensó, este desastre no merece mi atención. La vida se lleva lo que más quiero, ya no hay nada para mi, me lo ha hecho saber; no valgo nada. Se retorció entre las blancas sábanas de su cama.
Su madre no sólo había representado un apoyo económico para sustentar sus estudios en la universidad, había sido un gran apoyo emocional: la única persona con la cual podía hablar sinceramente y exponerle todos sus deseos e inquietudes. La única persona. Y ahora se había ido.
El teléfono seguía insistiendo con su timbrar y retimbrar. Sí, ya se imaginaba lo que sería: algún pariente llamando para informarle la noticia de la que ya se había enterado o un compañero de alguna clase preguntando por qué no se había presentado ese día en la universidad.
Se levantó de la cama y se dirigió al baño. Del botiquín sacó un frasco de fenobarbital y se tragó una pastilla con un poco de agua del grifo.
¿Realmente estaba obligado a permanecer en un mundo que parecía odiarlo? No, se respondió.
Fue hasta su escritorio y sacó un poco de la droga que había probado la noche pasada. Sí, ese mundo es mucho mejor, se dijo. No tengo que estar aquí. El año pasado habían sido su padre y sus dos hermanas en un accidente; ahora su madre. Le brotaron las lágrimas de los ojos. Abrió uno de los sobres y tomó un poco del polvo, no le importó que la dosis fuera mayor a la que especificada. Lo que quería era quedarse allí todo el tiempo.
Su mundo se desvaneció y entró al blanco túnel donde la luz lo absorbía todo.
Apareció en una habitación, era de color marrón y prevalecían los tonos cálidos. Estaba en el piso, sentado, y bajo sus manos, que tenía apoyadas en el piso, sentía algo afelpado; advirtió que era una alfombra.
Parecía una casa. Cerca del centro de la estructura circular, o al menos así se apreciaba por dentro, había una pequeña elevación, circular también: un disco donde había objetos que parecían ser destinados a la alimentación. Al parecer era una mesa, y la forma en que se sentarán para comer debe ser parecida al estilo oriental, pensó.
Estaba solo.
Vio que el lugar en el que había aparecido estaba muy cerca de esa mesa en forma de disco. Recordó lo que le había dicho el ser con el que había encontrado la vez anterior, o, mejor dicho, lo que no le había mencionado pero que él concluyó. Si hubiera aparecido en el lugar de la mesa… ¿Pero cómo era eso posible que, si se supone que es el “alma” o la mente la que viaja, pueda pasar algo similar? Tal vez al llegar a ese mundo su mente se materializaba, tomaba forma a partir de la misma sustancia de la conciencia. ¡Bah!, tonterías, ¿cómo se iba a tragar eso? Era un hombre de ciencia, o al menos así se consideraba, y buscaría la verdad del asunto. Cierto era que en ese momento ese lugar representaba su única vía de escape del mundo en el que se estaba hundiendo cada vez más.
Se levantó del suelo y comenzó a inspeccionar minuciosamente el lugar. Afuera era de noche o al menos estaba oscuro, completamente. Por dentro había una especie de iluminación que no provenía de ninguna parte en específico, parecía provenir de todos —y a la vez de ninguno— los objetos presentes.
El sitio era muy sencillo: estaba esa mesa en el suelo y una hilera de plantas que rodeaba por dentro la circunferencia de la casa; eso era todo. Y una puerta. Se dirigió hacia ella y se asomó hacia la fría noche que descendía sobre todas las cosas. Había más casas a los alrededores, con las luces apagadas y alguna que otra encendida. El lugar parecía desolado. Es la hora de dormir, pensó. Y este debe ser un sitio destinado para comer, deben de dormir en un lugar diferente.
Comenzó a caminar y cerca de una casa vio a una silueta agachada, parecía estar trabajando en la tierra. Se acercó más y se dio cuenta de que era un pequeño jardín, había muchas flores, algunas muy extrañas y que nunca antes había visto, pero predominaban las margaritas y las rosas; sí, margaritas y rosas.
Quien estaba plantando en el jardín se dio cuenta de su presencia y levantó la vista. Paul nunca se hubiera imaginado lo que encontró.
La mujer le miró sorprendido y con enormes ojos. Paul quedó estupefacto y sin moverse, pues le parecía extraño que en ese lugar se pudiera encontrar con otro ser humano.
La mujer dejó de trabajar en el jardín y se levantó del polvoriento suelo. Examinó rápidamente a Paul.
Hola —le saludó.
Ho… hola —dijo Paul—. Me parece extraño encontrar a una…
La mujer soltó una risita.
Sí, de hecho yo tampoco me he encontrado con muchos, no se sabe donde aparecerán. ¿Cuál es su nombre?
Paul… Paul Benoni, de la India.
Sarah Steiner —dijo la mujer, dándole la mano—, de Nueva Zelanda.
Paul observaba el jardincito, le parecía extraño que estuviese haciendo eso, ¿acaso la habían vuelto esclava?
Disculpe señorita Steiner…
Sarah —interrumpió.
Sarah… ¿por qué cultiva usted ese jardín?, ¿la tratan bien aquí?
Oh, si se refiere a que puedan estar controlándome, no, nada de eso. Lo hago por gusto. Llevo aquí un tiempo y busco qué hacer.
¿A qué se refiere con un tiempo? El efecto del STD dura tan sólo unas horas.
Sarah pareció afectada por ese comentario. Su rostro reflejaba que algunos recuerdos habían vuelto a ella, recuerdos que ella creía haber dejado atrás.
Miró a Paul, sin dejar de mostrar esa expresión de tristeza.
Hace años —dijo, haciendo una pausa— tuve una sobredosis. Al parecer morí, allá en la Tierra, pero de alguna manera fui transportada a este planeta.
Paul se sacudió, y también sacudió algunas de sus ideas. Si pudiera probar realmente que esa Sarah Steiner de Nueva Zelanda con la que estaba hablando existió en realidad y tuvo una sobredosis de STD, podría corroborar que todo eso no era una mera ilusión.
¿Qué le han dicho ellos, nuestros amigos gedelianos?
No saben. Dicen que no hay más casos como el mío. Quizá soy la única habitante humana permanente de este sitio.
Me gustaría poder saber que este lugar es completamente real.
Sarah arrugó su blanca frente y le miró con una expresión de reproche.
¿Y no lo es?
Usted parece real, al menos no es usted algo como lo que yo podría llegar a imaginar, me tomó por sorpresa. Si tan sólo pudiera corroborarlo…
Sarah se sintió ofendida, estaba enfadada. Se agachó y le dedicó su atención al pequeño jardín.
Señorita Steiner… Sarah, siento mucho haber dicho eso, pero esto es nuevo para mi.
Sarah lo miró desde el suelo.
¿Tiene alguna razón especial para haber venido aquí? —preguntó.
Ah, pues… al principio fue por interés científico. He tenido algunos problemas en mi vida y decidí que no estaría en ella.
Aún sigue en ella. Es su vida, sólo que no está en la Tierra. ¿Y es usted científico?
Si —dijo, dudando un poco—. Geólogo.
Creo que… —dijo Sarah— Al principio también dudaba si este lugar era real, aún cuando observé a través de la sonda gedeliana que está en órbita terrestre y me vi muerta, aún así me pregunté si no era mi mente la que creaba todo esto. ¿Y cómo puedo saber si también lo he imaginado a usted o es un ser humano como todos los demás en la Tierra y realmente ha venido hasta aquí por efecto de la droga?
Paul no dijo ninguna palabra.
Así pasará: usted desaparecerá en unos minutos y ya no volveré a saber nada de usted, seguramente. Sin embargo yo seguiré aquí.
Así es, el factor tiempo, aquí parece fluir más de prisa —Paul observó los alrededores, pensativo—. ¿Dígame, hay alguna sala de mapas o algo similar por aquí?
¿Para qué quiere eso?
Quiero conocer cómo es la superficie de este planeta, saber en qué lugar estoy en este momento y en qué lugar estuve la vez anterior.
¿Va a regresar?
Le dije que ya no tengo nada que hacer en casa. Y si a usted la recibieron bien…
Sarah pensó, mientras miraba una linda rosa de su jardín.
Hay un vecino que tiene algunos mapas de Gedel. Le podrán servir. Sólo que como usted ya lo habrá advertido, no se los podrá llevar de vuelta a la Tierra.
No importa, los memorizaré. Memoria fotográfica.
Vaya —se sorprendió Sarah—, pensé que sólo en las películas y en las personas autistas podía ver algo semejante.
Paul sonrió.
Venga —lo tomó por el brazo—, le guiaré.

Paul despertó encima de su cama. Lo recordaba todo: los planos. Sin mirar a las otras cosas de su habitación, para no distraerse y perder información, desenfocó la mirada y salió corriendo por todo su departamento en busca de papel. Tomó un enorme pliego de papel blanco, que extendió en su escritorio y un lápiz, y comenzó a trazar los contornos de la geografía del planeta. Aún tenía los ojos desenfocados y extraviados en la nada, pero no porque estuviera en una especie de trance sino porque esa era la forma en que recordaría todos los detalles. Los detalles más pequeños eran también los más importantes.
Seis horas más tarde ya tendría todo lo que había memorizado dibujado en un papel tras otro.
La perilla de su puerta comenzó a girar. Como sólo había una persona que tenía una copia de la llave de su departamento entonces forzadamente debería de ser…
Hola Paul —dijo Otto. Examinó la habitación lentamente y se dio cuenta de que Paul estaba desnudo—. Oye, amigo, no traes nada puesto…
Paul se miró; era cierto. Rápidamente se cubrió con una toalla y se comenzó a vestir.
Disculpa, esto debe parecerte un poco molesto —dijo, mientras, dando brincos, se ponía los pantalones.
Otto lo miraba desde el arco de la puerta. Paul quiso saber por qué no entraba. Ya estaba vestido.
¿Qué sucede? —preguntó Paul.
No has ido a la universidad en tres semanas.
Paul frunció el rostro.
¿Tres semanas?, pensé que habían sido tan sólo algunos días.
Paul miró su escritorio y se dio cuenta de que sus dosis de droga habían disminuido considerablemente, quizá había ido muchas veces, pero no sabía distinguirlo.
Oye, hay una fiesta que organizará Margarethe, ¿recuerdas?, esa chica que te gustaba. Creo que te favorecería ir, distraerte un poco, no sales de este departamento y creo que deberías ir.
Hay cosas más importantes —dijo, acercándose a su escritorio. Puso una mano sobre el plano más grande y sin despegar la mirada del dibujo dijo—: Oye, Otto, creo que te interesaría mucho ver esto.
Otto cerró la puerta detrás de él. Notó que el departamento olía mal, muy mal, como a queso y sudor, y había ropa sucia en el piso. Paul se ha vuelto loco, pensó Otto, y ahora me irá a mostrar la loca creación en la que ha trabajado por dos semanas. Le ha afectado tanto la muerte de su madre.
Miró interesado los dibujos de los papeles.
¿Qué es todo esto?
Mapas. Mapas de Gedel y de algunas zonas en específico, zonas principales que sirven de referencia.
¿Tú lo has dibujado?
Sí.
No sabía que eras tan buen dibujante. ¿Y cómo conseguiste estas cosas?
Memoricé algunos mapas y planos que vi en Gedel, ya sabes, y los dibujé. He estado yendo y viniendo algunas veces y con lo que he memorizado me he podido trasladar por la superficie. No te imaginas cuantas cosas he visto, cosas maravillosas. Y he… —desvió la mirada hacia el techo—, he conocido a alguien, una mujer que vive en ese planeta, ha quedado atrapada allí pues sufrió una sobredosis.
Otto lo escuchaba sin expresión alguna en su rostro, intentaba ser lo más racional que podía y por momentos creía que iba a ser atrapado por la situación mental de su amigo. No quería caer en su locura.
Paul —dijo, poniéndole una mano en el hombro—, déjame decirte que todo esto no es sino una mera ilusión creada por la droga. Sería maravilloso que todo eso que dices que has visto realmente existiera pero no, es tan sólo un estado mental inducido y te has dejado absorber por ello.
Creí que me apoyabas con esto.
No si te haces daño.
Paul explotó.
Ella se llama Sarah Steiner y, sabes, si logro demostrar que ella realmente murió por una sobredosis entonces demostraré que ese planeta existe. Todo esto será tomado como verdad. Eso es lo que haré. No espero tu apoyo, eso ya es tu propia decisión.
¿Cómo esperas demostrar que ella existió?
Buscar registros, preguntar por allí o… ir a Nueva Zelanda.

Ya está todo listo —dijo Paul.
Sarah abrió completamente sus grandes ojos negros, tenían un peculiar brillo a la luz de los tres satélites naturales que se levantaban sobre el oeste.
¿A qué te refieres? —dijo, tomándole el brazo.
Paul sonrió.
Te he encontrado… en la Tierra. De verdad estabas viva y fue la sobredosis la que te trajo aquí. Tu familia aún vive, en Nueva Zelanda, he hablado con ellos, han aceptado los cambios que sucedieron cuando tú te fuiste, ellos están bien.
El rostro de Sarah se ensombreció, aún faltaba algo, lo que haría que las cosas cuadraran.
¿Y cómo se que todo esto no es un invento de mi mente, sólo para complacerme? No veo modo de confirmar que todo esto es la realidad.
¿Y qué es la realidad si no lo que percibimos y sentimos?
No lo se, Paul —dijo sollozando, recargándose en su hombro.
Paul acarició la mejilla de Sarah, que lo miraba con sus grandes ojos llenos de lágrimas y, lentamente, la besó en los labios. Sus labios quedaron unidos por largo tiempo y luego Paul lentamente despegó los suyos de los de Sarah.
Esto —dijo Paul—. Esto es real. Esta es la realidad.
Sarah comprendió. No había forma de demostrar, formalmente, que lo que estaba ocurriendo allí era lo que correspondía a la realidad. Aunque probablemente encontrarían alguna forma de lograrlo, posteriormente. Pero faltaba definir algo: el concepto mismo de realidad. Ella lo sentía, por tanto existía.
Y —dijo ella, titubeando— ¿estás seguro que quieres hacer esto?
Completamente.

Otto bajó unas escaleras en espiral. Las escaleras lo condujeron a una cámara oculta a algunas decenas de metros de profundidad. Palpó la pared y encontró el interruptor. Las luces parpadearon por un instante pero pronto iluminaron todo el lugar.
Se dirigió hacia una mesa alta, allí estaba Paul Benoni, recostado y en estado alterado de conciencia. En el brazo tenía insertada una aguja, la que le administraría la droga periódicamente y le haría permanecer en Gedel.
Hay suficiente STD, amigo, no tendrás por qué preocuparte, dijo Otto, mientras ponía su mano sobre el cuerpo de Paul. Rodeó la mesa y del costado izquierdo de la misma levantó la tapa de vidrio. El cuerpo quedó aislado del medio bajo la cúpula transparente.
No había nada para ti en este lugar, puedo comprenderlo, todo lo que habías amado se acabó y lo reencontraste en ese otro sitio. Pero Paul ya no lo podía escuchar.
Bajó el interruptor de la luz y se hizo la penumbra. Puso un pie sobre la escalera y se detuvo a escuchar atentamente el zumbido del aparato que haría el trabajo de ahora en adelante.

julio 25, 2010

El viaje temporal


Cuando un viajero del tiempo penetra al pasado, este es necesariamente alterado. La única posibilidad de resolver las contradicciones lógicas creadas por tal premisa es suponer que el universo se bifurca en ramas separadas en el instante en el que se penetra al pasado
Martin Gardner 

En esta cita del recién fallecido matemático y divulgador (mucho más que eso, realmente) encuentro una forma lógica de solucionar las tediosas paradojas, sin recurrir a la policías temporales ni cosas parecidas. En vez de pensar en una sola linea de tiempo que presenta un efecto de acumulación (a la manera en que la describe Robert Silverberg en la novela Por el tiempo), en el que el presente es el resultado de todos los cambios generados por los viajeros del tiempo en una época pretérita, pensamos en la existencia de universos paralelos con lineas de tiempo que se bifurcan en algún momento, allí cuando el viajero tiene su aparición. Pero todo es cuestión de suposiciones, claro.

julio 23, 2010

Una de palíndromos...


Seré...


Seré Peres
Será Mares
Seré Teres
Seré Ceres
(¡Hey! ¡Gauss! ¡Aquí estoy!)

A veces nos enamoramos...
Amada dama (ideal para comenzar una carta de amor)
Ani, Vida divina
Amo a la galama
Amo Yo-Yo Ma (me encanta como toca el chelo)
¿Él? ¿Boda doble?

Pero también nos enojamos...

¡Cogido código C! (programador quejándose)
¡Anota, ratona! (nunca insulten tan feo a la secretaria)
¡Lámina, animal!
¡Sácate, petacas!
¡Sos osos!
(insulto argentino)
Atar o capar a Paco, ¡rata!
A Dafne la sal enfada
¡Ada, gorda drogada!

Y a veces ni trabajar queremos...

¿ETA? ¿Caso? ¡Sácate! (policía español incompetente)

Pero hay que sonreír siempre, al menos interiormente.

julio 22, 2010

Máscaras

Era ya de día, pero en las profundidades de los refugios no podía notarse el cambio con respecto a la noche anterior. Las luces de siempre iluminaban los corredores y las salas, los salones, los comedores y los lugares de recreación. Era la misma iluminación todo el tiempo, y en ese aspecto no se hacia un esfuerzo considerable para mantener los ciclos vitales humanos funcionando como deberían de funcionar, pero no era algo que influyera demasiado.
Ya era la hora de la primera comida del día. Todos salían de sus dormitorios hacia las zonas de alimentación reglamentarias. Alonso se dirigía, como todos los días desde la Gran Guerra, hacia el comedor de la zona ZP-3. La fila avanzaba lentamente; hombres y mujeres iban a sentarse en sus respectivos asientos de la semana. Cada semana se rotaban los asientos para evitar que surgiese una monotonía que acabaría con destrozar a las almas humanas por dentro, aunque la medicación ya hacía su parte.
            —Buenos días, Alonso —le dijo su amigo Frank, que estaba detrás de él, caminando también dentro de la fila.
Alonso volteó.
            —Hola.
            —¿Cómo te sientes, amigo?
            Las comidas estaban servidas ya todos los días en sus respectivos sitios. Las dietas eran seguidas estrictamente para evitar alteraciones nutricionales. Alonso y Frank se desviaron hacia su mesa y se sentaron.
            —Ayer no me han dejado ver a Diana —dijo Alonso, dando un sorbo a su taza de té.
            —¿Cuál es la razón?
            —Me han dicho que en esta época la tasa de embarazos suele aumentar considerablemente. Quieren mantener la población en un punto estático.
            —¿Eso te han dicho? ¿Qué acaso no hay suficiente alimento para toda la población?
            —Lo hay, pero el aumento de población no solo lleva consigo problemas de alimentación…
            —Cierto... —Frank tomó su tenedor y lo insertó en su filete de soya, lo cortó cuidadosamente y llevó un trozo a su boca—, pero controlan la natalidad con anticonceptivos —dijo mientras masticaba—, siempre lo han hecho, y ¿entonces...?
            —Algunas se niegan a tomar los anticonceptivos. No nos pueden obligar a hacer algo que no queramos. Hay un convenio.
            —Hoy se cumplen 17 años, ¿recuerdas? —dijo Frank, sorbiendo su café.
            —Seguro que lo recuerdo. Tal cosa no se puede olvidar.
            —¿Dónde estabas tú cuando sucedió?
            —Ah, pues… —se rascó la frente—, recuerdo que estaba en mi casa, mi familia estaba viendo el televisor, cuando algo explotó, después me enteré que fue la casa de Jefferson, el vecino, un misil se había impactado directamente sobre ella…
            Frank arrugó su reseca frente.
            —Crees... —dijo Frank, echándose para adelante, y bajando su tono de voz—, ¿crees que algún día al fin nos dejen salir a la superficie?
            —No han informado nada de eso, pero espero que sea pronto. Extraño respirar un aire que no esté procesado.
            —O correr en un parque y echarse al pasto riendo como loco.
            —¿Tú hacías eso? —preguntó Alonso, ligeramente sorprendido.
—¿Tú no lo hacías?
—Sí, también lo hacía... junto con Diana.
—Pronto terminará el periodo de aislamiento y podrás...
La voz del Organizador interrumpió la charla, salía de los altavoces. Ambos dejaron los tenedores sobre su plato.
—Aviso de la Oficina de Coordinación. Atención. Superficie ha sido casi totalmente limpiada —millones de susurros y comentarios inundaron ese y los demás comedores—. No hay ya toxicidad remanente que pueda dañar el organismo humano. Pronto iniciaremos la reasignación y la migración hacia Superficie. En una semana las labores comenzarán. Fin del informe.
—¡Oh, Krishna! —gritó el hombre de la mesa de a lado—, ¿han escuchado? ¡Volveremos a Superficie! —su plato cayó al piso. Miles de gritos le imitaron.
            —Como me gustaría tener a alguien con quién disfrutar esta ocasión —dijo entristecido Frank.
            —¿Cómo dices? ¿No me tienes a mí?

            El niño llegó corriendo hasta la mesa de la zona de recreación.
            —¿Alonso, cómo nacen los niños? —preguntó Guillermo, mientras le jalaba la camisa.
            Quitó la vista del tablero de ajedrez y volteó hacia abajo, a la pequeña figurita vestida de azul y zapatos cafés.
            —¿Por qué preguntas eso, si ya lo sabes? —dijo Alonso, con cara de extrañeza—, ¿no los profesores te han dicho que nacen de una mujer, cuando un óvulo es fecundado por un…?
            —Sí, eso me han dicho, pero, ¿entonces por qué esos niños salen de las máquinas?
            —¿Qué dices?
            Un Guardián se acercó desde lo lejos. La franja oblicua de color verde en traje rojo le identificaba.
            —Guillermo, ven conmigo —le dijo el Guardián, con gran autoridad.
            Alonso se levantó de su silla, pidiendo una disculpa a su contrincante en el juego.
            —El niño está hablando conmigo, en un momento irá a las aulas —dijo con seriedad.
            El Guardián le dirigió una mirada de ligera hostilidad, que nunca antes habían notado en ninguno de ellos. Tomó a Guillermo por el brazo y se lo llevó sin dar explicaciones. El niño se quejaba de que le lastimaba.
            —¡Oiga! —gritó Alonso—, ¿qué no me ha escuchado? —corrió hacia él y se le posó en frente—. No puede llevárselo, aún no es hora de sus clases, son en veinte minutos.
            Todos en la sala de juegos le miraban. Observaban con curiosidad algo que nadie había visto antes: una discusión entre un terráqueo y un arcturiano.
            —Señor —dijo el Guardián, mirando a su alrededor y examinando la reacción de los allí presentes—, cálmese por favor. El niño ha violado un protocolo de seguridad, y debemos llevarle.
            —¿Protocolo de seguridad? ¿De qué habla? ¿A donde le llevarán?
            —El niño ha agredido a uno de sus profesores. Se le aplicará la sanción necesaria.
            —Eso no es cierto —dijo Guillermo, intentándose quitar la mano del Guardián de su brazo—, no he lastimado a nadie.
            —El niño miente —dijo el Guardián—. Usted debe de entenderlo, las faltas deben ser erradicadas para mejorar la convivencia social. Los sociólogos y psicólogos humanos están de acuerdo en ello con nosotros. Buenas tardes, Señor —se fue.
            Su compañero de juego lo miraba estupefacto mientras se acercaba de nuevo a la mesa. Las demás personas también guardaron silencio hasta que el Guardián abandonó la zona. Andrés se sentó en la silla.
            —¿Pero qué...? —exclamó Isaac, sosteniendo su dama—, ¿te has vuelto loco?, ¿cómo vas y le gritas a uno de ellos?, ¿qué no han hecho ya muchas cosas por nosotros como para soportar lo que tú haces?
            —Nos ocultan algo, lo sé —dijo frunciendo el seño.
            —¿Ocultarnos qué? Publican los informes cada semana en La Gaceta y son conocidos públicamente todos ellos, incluso sus jefes.
            —El niño dijo algo raro... ¿no lo escuchaste?
            Isaac se frotó la barbilla. Ya todos habían dejado de mirarlos, sólo algunos curiosos desde las mesas más cercanas.
            —¿Qué dijo?
—Nada, olvídalo.


No hubiera sido él mismo si hubiera vivido con una duda en su interior. “¿Por qué los niños salen de esas máquinas?” Sí, eso es lo que le había preguntado el pequeño Guillermo, pero, ¿qué significaba?, ¿había visto algo? Nunca hubo secretos entre los arcturianos y los humanos. Desde su llegada a la Tierra, inmediatamente después que la Gran Guerra borrara a gran parte de la población, ellos se habían hecho cargo se la supervivencia de la raza humana, les habían dado todas las comodidades con las que gozaban en Superficie o casi todas ellas. Habían tomado el mando de sus gobiernos con justicia, asesorados por humanos. Todo era perfecto, y pronto saldrían de esas gigantescas cavernas que les servían de hogares desde hace 17 años. Pero había algo...
Alonso se acercó a alguien que él sabía conocería los planes de los arcturianos, en caso de que existiesen.
—Pablo —saludó Alonso, parado junto a su puerta.
—Hola amigo, ¿en qué te puedo ayudar?
Alonso titubeó un poco y se introdujo a la oficina.
—Vamos, toma asiento —repuso Pablo, que miraba los papeles que tenía en su escritorio.
—Sí, gracias —se sentó—. Verás, me gustaría saber si existe alguna zona que sea administrada por los Arcturianos, pero de la que no tengamos conocimiento.
Pablo desprendió la vista de los documentos y le miró fijamente.
—Sabes que no existe algo como tal.
—Te referirás a que cosa como tal no figura en los informes ni es de dominio público.
—¿De donde has sacado esa idea? —dijo Pablo, levantándose de su asiento.
—De un... —iba a decir “de un niño”, pero eso le restaría credibilidad—, tengo conocimiento de que alguien observó algo extraño, una... algo como una fábrica de androides.
—Alonso… ¿Has estado tomado tus medicamentos?
—La esquizofrenia está totalmente controlada. Escucha, ¿tienes conocimiento de algo parecido?
—No. No existe. Yo apruebo todas las instalaciones de la ZP-3 —dijo mientras caminaba en un pequeño segmento de su oficina. Estaba agitado. Se acercó hacia el grifo.
—¿Puedes localizarme a una persona al menos?
—Bien, ¿de quién se trata? —dijo, llenando un vaso de papel con agua.


            No estaba allí. La habían trasladado al parecer con un motivo que no era lo suficientemente fuerte. Control de natalidad: era lo que todos decían. Alonso sabía que no era cierto. Era la hora de dormirse, pero necesitaba verla. No podía dormir y la puerta de su dormitorio estaba abierta. Sentado en su cama, sostenía una libreta en la que todos los días escribía sus pensamientos, su diario. Ahora tenía dos cosas que le rondaban la mente: la seguridad de Diana y...
            —¡Oh por Dios! —se levantó de un salto de su cama—, ¡Guillermo!
            El niño estaba allí. Cruzaba el pasillo con lento caminar.
            —Alonso —dijo el pequeño Guillermo—, ¿como estás?
            —Yo bien, pero... tú... ¿a donde te ha llevado el Guardián? —preguntó casi temblando. Puso sus manos sobre el niño y se hincó delante de él.
            —Me ha hecho saber que lo que he hecho es incorrecto, que no debí haber golpeado a mi profesor. Eso está muy mal.
            —¿Pero qué dices? Tú mismo habías dicho que eso era una mentira... que no habías golpeado a nadie...
            —Hice mal en mentir. Me han dicho que me disculpara también contigo. Lo siento Alonso.
            —Antes que te fueras me dijiste que habías visto a niños robots, ¿puedes decirme en donde están? —dijo Alonso, volteando a su alrededor.
            —No dije nada de eso. Ya tengo que dormir. Hasta mañana.
            —¡Hey!, no, no te vayas, ¿no recuerdas lo que me dijiste sobre los niños? En el comedor me preguntaste cómo nacían los niños.
            —No pregunté eso —bostezó—. Me voy a dormir. Hasta mañana, Alonso —se dio media vuelta y caminó hasta su dormitorio. La puerta se cerró.
            Alonso se metió a su habitación. Se tiró sobre la cama para tomar su teléfono, que estaba encima de su almohada.
            —Vamos, vamos, contesta de una vez —a sus peticiones solo respondió una serie de tonos prolongados. Todo el día y no podía comunicarse con ella. Tiró el teléfono a la cama, pero pronto notó que tenía un nuevo mensaje de texto—. ¡Santo cielo!
            Estoy en Nivel 5, Sala P. Guardianes han enloquecido. Venir. Diana.
            Alonso guardó su teléfono, tomó su radio y salió corriendo de su habitación. Algo ocurría, ya no había duda. Los Guardianes habían enloquecido, era lo que decía Diana. Habían manipulado la mente de Guillermo. Habían… habían separado a todas las mujeres del resto de la población de la ZP-3. ¡Dios sabe cual era su propósito! Se topó con uno de ellos, tenía muchas ganas de molerlo a golpes, revivirlo y volverlo a golpear.
            —¿Señor, a donde va a esta hora? —preguntó el Arcturiano.
            La respuesta fue una mirada hostil y voltearse para proseguir su camino.
            —Espere, no puede salir ahora, hay peligro.
            —¿Qué acaba de decir?
            —Señor —dijo el Arcturiano—, no lo hemos comunicado a todos ustedes, pero alguna enfermedad mental ha atacado a gran parte de nuestra población.
            —Mi amiga está desaparecida, ¿qué es lo que pasa?
            —Su amiga, Señor, fue trasladada a la Sala P, la han trasladado ilegalmente. Muchos han enloquecido, no sabemos qué podrán hacer con las mujeres.
            —¿Quiere decir que no planean exterminarnos? —dijo estupefacto.
            —No, Señor, nosotros no, es lo contrario a lo que queremos hacer —el Arcturiano acercó su muñeca a la boca— A toda la ZP-3, aviso a toda la ZP-3. Informe de emergencia. Diríjanse inmediatamente a sus habitaciones. Cierren sus puertas. Por ninguna razón salgan de sus dormitorios, existe riesgo si...
            Se escuchó un disparo cerca. El Arcturiano se agachó. Una reacción instintiva.
            —Señor, venga conmigo.


            Las fuerzas arcturianas y humanas se movilizaron alrededor de la Sala P. Más de 15 mil mujeres estaban encerradas y su situación era desconocida. Dentro no se escuchaba ruido alguno.
            —Señor —dijo un Oficial humano, dirigiéndose ante el Comandante humano—, se me ha informado que lo mismo está sucediendo en todo el mundo. Nuestros colegas han enloquecido y han encerrado a todas las mujeres y las han aislado del resto de la población.
            —¿Cómo puede ser esto posible? ¿Qué ocurre con las comunicaciones con los secuestradores?
            —No se han podido establecer. No tenemos en claro lo que quieren.
            —Comandante Maris —se dio la vuelta—, informe a las fuerzas planetarias que se organicen para salvaguardar a las secuestradas.
            —Correcto Señor.
            —Bien —dijo el Comandante humano en voz alta—, prepárense para entrar, cuando de la orden. No abran fuego si no les disparan primero, pero según sabemos, no están armados. Las mujeres se encuentran en la parte trasera de la sala. Esperamos la orden global de entrar. No se precipiten.
            Frank llegó corriendo, en medio de toda la multitud, a la parte delantera, justo en el frente de la enorme puerta que daba acceso a la Sala P y se dirigió hacia Alonso.
            —Amigo, tienes que ver algo —le tomó de la mano con fuerza.
            —Espera, ¿qué no conoces la situación?
            —¿Que si la conozco?
            Lo encaminó hacia la zona de dormitorios, donde hace unos minutos había estado.
            —Todas las mujeres —dijo Alonso—, han...
            —Sí, sí, lo se. Todas han sido secuestradas por robots.
            —¿Robots? No, te equivocas. Muchos arcturianos se han vuelto locos y las han encerrado.
            —Los robots han reemplazado a los arcturianos, ellos son los que han secuestrado a todas las mujeres —dijo Frank rápidamente, sin dejar de caminar—. ¿Te has podido comunicar con Diana?
            —No, aún no. Solo un mensaje que me envió de un teléfono que no es el suyo. ¿Cómo sabes que fueron robots?
            Frank ignoró la pregunta.
            —¿Traes tu radio?
            —Sí, lo traigo, pero…
            Llegaron a un lugar donde había una gran multitud reunida. Estaban en torno a algo que yacía sobre el suelo.
            —Aquí está —dijo Frank—. Uno de ellos le disparó, después de que quisiera matar al pequeño José. Es un robot. Como muchos de los demás.
            Pedazos de metal estaban esparcidos por todo el piso. La gran mole de metal que tenia la apariencia de un arcturiano estaba en partes. Engranes y circuitos cableados se le veían como entrañas.
            —¿Cómo es que pudo suceder todo esto? —dijo consternado—. Espera… el pequeño Guillermo dijo algo acerca de robots bebés.
            —Tal vez se refiere a los robots del Nivel 5.
            —¿Pero qué…? ¿Cómo es que tú estás enterado de estas cosas y yo no?
            —Escucha amigo, te estimo, y estimo a tu raza. No dejaré que se extinga —le dijo de cerca, susurrándole en el oído.
            Alonso se echó para atrás. Algo había… algo había notado en el brillo de sus ojos que no había visto antes. Se resbaló con una de las piezas metálicas e intentó correr.
            —¡Escucha, soy aliado, se como destruir a los robots! —gritó Frank.
            Alonso se acercó lentamente. Todos los presentes estaban mirando. Habían desviado sus ojos del robot arcturiano y lo miraban con hostilidad y otros con curiosidad.
            —¡Eres un robot! —dijo temblando—. Tú, Frank Reynolds, ¡eres un robot! ¿Qué le han hecho a Diana? ¿Qué?
            —Nuestro objetivo es extinguir su raza —dijo—, los humanos. Lo lograríamos destruyendo a todas sus ejemplares hembras y sus depósitos de óvulos y las demás reservas artificiales de producción de individuos. A mi no me ha agradado la idea que maneja mi especie. Estoy en desacuerdo.
            —¿Por qué nos quieren destruir?
            —Queremos su planeta, a mis líderes les pareció un hermoso planeta. Ven —le dijo, tendiéndole la mano—, ahora, solo ahora, puedo ayudarlos.


            El rebelde robot había sido bien recibido por ambas especies de las fuerzas terrestres. Aun no habían entrado para rescatar a las secuestradas.
            —Por el momento ellos no actuarán —dijo Frank—, estarán esperándolos a que entren, para desintegrarlos. Tenemos todo el tiempo.
            —¿Como sabemos que este robot nos dice la verdad? —preguntó un soldado humano.
            —Porque les diré la forma en que pueden destruirlos.
            —¿Acaso no son tus semejantes? —preguntó uno de entre la multitud.
            —Sus almas están corrompidas por el poder y llenas de maldad —dijo Frank.
            —¿Sus almas? ¡Pero si ustedes no poseen almas!
            —Verá… es más complicado de lo que parece... ¿Hay alguien que sepa de microelectrónica por aquí?
            Algunos hombres y la gran mayoría de los arcturianos levantaron la mano.
            —Tú —señaló a uno de ellos—, me ayudarás con esto.
            Sacó un pequeño aparato de su bolsillo, con una pantalla digital en él.
            —¿Qué es esto? —preguntó el hombre—. Nunca he visto antes algo como esto.
            Frank abrió una sección de su cráneo, que se deslizó como una puertecita. Dentro había una masa azulada en la que parecían moverse un sin fin de corrientes eléctricas que emitían una especie de luminosidad.
            —¡Oh por Dios! — exclamaron Alonso y el otro hombre.
            —¿Ves el tablero verde se silicio que tiene una sección libre? —preguntó Frank.
            —Sí… lo veo —dijo nervioso el hombre.
            —Solda el cable negro del aparato en esa sección.
            —¿Cuál es la función de este artefacto? —preguntó Alonso.
            —Produce una alteración en la frecuencia de los cerebros de los otros robots, causándoles alucinaciones. Les haremos creer que todos los demás robots son Sclvloeznarianos.
            —¿Qué es un… lo que has dicho?
            —Los Sclvloeznarianos son una especie enemiga de la nuestra. Reaccionamos ante ellos de manera instintiva: les asesinamos.
            —¿Puedes hacer eso realmente? —preguntó el hombre.
            —Claro que puedo, podría hacer lo mismo con los humanos, ustedes también tienen una frecuencia que podría ser manipulada fácilmente. Ya hablaremos de ello luego —dijo Frank—. Ahora solda el aparato a mi cerebro. Esto es como el LSD de los robots.
            El hombre comenzó a unir el cable donde le había indicado. El artefacto estuvo prontamente soldado a su cabeza.
            —¿Está seguro que no matarán a ninguna de las secuestradas, por error? —preguntó uno de los arcturianos.
            —No lo harían por nada del mundo. Somos los mejores tiradores de la galaxia. Los robots no fallarán ningún disparo, sólo dispararán a los que creen que son sus enemigos, es decir, a ellos mismos. Aléjense un poco, tan solo por precaución —dijo, extendiendo sus brazos.
            —Pero esto se está repitiendo por todo el mundo —dijo Alonso—, ¿realmente funcionará?
            —No me subestimes amigo, claro que funcionará.
            El lugar quedó en silencio, mientras Frank permanecía inmóvil, y en el aparato que tenía instalado en su cabeza parpadeaba una luz verde. Todos esperaban a escuchar los disparos provenientes de dentro de la Sala P, cuando se mataran unos a otros en una alucinación radial.
La gran puerta se abrió lentamente hacia arriba. Los cuerpos de decenas de robots replicadores arcturianos estaban inmóviles en el piso de la sala. Además de eso no se observaba nada, luego unas formas en el fondo que se iban acercando. Eran todas las mujeres que habían estado secuestradas. En la parte delantera de la masa de mujeres, Alonso pudo identificar a Diana y corrió hacia ella para abrazarla.
            —Amor —la tapizó de besos—, qué… ¿qué es lo que ha ocurrido allí dentro?
            —Ya no son peligrosos —le dijo con cariño.
            —¿A qué te refieres? —preguntó Alonso, que la seguía abrazando fuertemente.
            —¡Por los mares de Frolik 8! —exclamó Frank, llevándose las manos a la cabeza—. ¿Cómo no me he percatado antes? ¡Pero si es un Sclvloeznariano! Se ha ocultado bajo la apariencia de una mujer humana…
            —Considérame una rebelde simpatizante de la raza humana —dijo tranquilamente. Miró hacia los militares reunidos en el lugar—. El enemigo ha sido neutralizado.
            Alonso dejó de abrazarla y dio un paso hacia atrás, no podía articular palabra alguna. ¡Diana, una Sclvloeznariana! No sabía si podía vivir con eso de ahora en adelante.
            —¿Cómo es que no ha reaccionado instintivamente y la ha asesinado? —preguntó el hombre que le había soldado el artefacto en la cabeza.
            —Verá, es más complejo de lo que parece.
            Frank se dirigió hacia Alonso, que seguía paralizado completamente por la impresión.
           —Alonso —dijo Frank, ya menos agitado por la situación—, ¿necesitarás que borremos esto de tu mente?
           —Supongo que sería lo mejor.


           La enorme rampa se elevó con lentitud y dejó filtrarse los primeros rayos del sol. Los pesados y anchos camiones verdes empezaron a llenarse rápidamente de gente. Había llegado el día de regresar a Superficie. Alonso, Diana y Frank se sentaron en una de las filas de asientos de la parte trasera del enorme vehículo de transporte. El lugar estaba saturado de humanos y arcturianos.
           —¿Huelen eso? —preguntó Alonso, olfateando el aire.
           —Es el aire de Superficie —respondió Frank.
           —Tantos años —dijo Diana.
           —Sí —respondió Alonso, aspirando fuertemente. Colocó sus manos sobre sus rodillas y miró a Diana—. Por un momento creí que no estaría junto a ti cuando llegara este día —le tomó las manos—. Lo que se me hace difícil comprender es cómo los robots hicieron el remplazo de la mitad de los arcturianos y no fueron tan precavidos al final. Qué bueno que no fue de otra manera.
           —Pero gracias a la manera de actuar de Frank —dijo Diana—, todos estamos a salvo.
           —Es un hecho. Por cierto, Frank, ¿qué tienes pensado hacer ahora que regresamos a Superficie? —le preguntó Alonso.
           —No lo se. Sea lo que sea que haga, no tengo planeado regresar a mi planeta y seguramente los robots no se rendirán tan fácilmente, así que me quedaré aquí. Tal vez no me acepten en ningún ejército ni para ningún cargo… los robots solemos ser subestimados. ¿Cuál es tu plan para tu futuro?
           —Me casaré con Diana —dijo, con una gran sonrisa, mientras Diana lo tomaba fuertemente de las manos.
           Frank volteó a ver a Diana con cierta incertidumbre y esta adoptó una expresión neutral.
            —Ya quiero ver cuando nazcan sus hijos.

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