Hanson Gott entró a la oficina con las manos llenas de los informes de inteligencia, un papel de entre todos cayó al suelo. Bill Termag dejó de armar su cubo de Rubik y lo guardó en un cajón de su escritorio.
—Es hora de la comida, Han, ¿qué te trae por aquí? —dijo Termag, mirando el plato térmico de carne y verduras que aún no había tocado.
—Hay malas noticias —dijo Gott, dejando la pila de documentos en el escritorio de Bill, produciendo un golpe seco—. Nos avisan desde Titán que los yacimientos han sido tomados por invasores… robots.
—¿Robots? —dijo Bill, sorprendido—, ¿de donde han salido?
—Al parecer del sistema de Alnitak.
—¡Orionitas! —dijo rabioso Bill— ¿Cuál es la situación con la colonia?
—Al principio querían formar una alianza comercial con los humanos, pero obviamente no aceptamos.
—¡Alianza! ¿Qué se creen? ¿Qué nos pueden ofrecer los míseros robots?
—Vaporizaron a algunos de ellos, trabajadores, los que intentaron resistirse, parece ser que han venido por el combustible. Y han destruido algunas de nuestras instalaciones.
—¡Hay que sacarlos de allí!, no dejaremos que la mayor fuente de combustible del sistema sea controlada por… ¡robots! ¡Ni siquiera tienen alma, aunque digan lo contrario!
—Mira papá —dijo el pequeño Tommy, sentado en el suelo frente al televisor—, ¡les estamos dando una paliza a esos robots!
Earl, que estaba de pie junto a la mesa de la cocina, se volteó hacia el televisor, que transmitía las imágenes de la cruel guerra sobre el satélite Joviano. En la pantalla se desplegaba una larga lista de estadísticas, después de los dos meses de guerra, y luego las bajas humanas y robots; eran más humanos muertos que robots destruidos, muchos más, y los robots pueden construirse en fábricas, los humanos… Sin embargo las imágenes parecían no mostrar la realidad, Tommy aún no sabía leer bien. El noticiario terminó y le siguió un programa infantil que atrajo la atención del pequeño, Earl fue a la cocina a tomar el desayuno.
—Hola amor —le dijo su esposa, que estaba preparándole unos huevos con jamón.
—Hola Anne —se sentó en la mesa y tomó el diario. Se dispuso hojear la sección de empleos, pues presentía que su empleo no duraría mucho, por los problemas ocasionados por la falta de combustibles. A Jeff, el vecino, lo acababan de despedir y trabajaban en la misma empresa.
—¿Te sientes bien? —le preguntó Anne.
—Sí, es sólo que pronto perderé mi empleo.
—Earl, estamos escasos de dinero y hay que pagar el colegio de Tommy —Anne sirvió el desayuno en la mesa.
Earl abrió el diario en la parte de empleos y en la primera página se encontró con un anuncio de la Fuerza Aérea del Ejército. El cuerpo del anuncio abarcaba media página y había una imagen similar a la ganadora del Pulitzer de 1945, donde soldados estadounidenses alzaban la bandera de su país durante una batalla en Iwo Jima durante la Segunda Guerra Mundial, sólo que en este caso la bandera era la de la Tierra y los soldados eran soldados de la ONU en territorios de Próxima. La Fuerza Aérea del Ejército necesita de su cooperación en la guerra contra los robots. La soberanía del país y de la especie depende del esfuerzo y la lucha de sus ciudadanos. ¡Únete y combate por la libertad!
El mensaje era convincente, pensó Earl, sobre todo para personas que, como él, perderían o ya habían perdido sus empleos. A lo lejos escuchó que el programa infantil se interrumpía para dar lugar a un nuevo informe de guerra. Earl empezó a desayunar, un poco impaciente.
—Tommy —gritó Anne—, ya está listo el desayuno —también se sentó en la mesa.
El niño llegó casi de inmediato, muy emocionado y con los ojos muy abiertos. Se sentó en su silla y miró atentamente a Earl.
—Papi —dijo Tommy, moviéndose de un lado a otro en su asiento—, ¿me dejarás ir a Titán para derrotar a esos robots?
Earl estaba enfadado, la situación había afectado las mentes de los niños, las más vulnerables, quizá debería prohibirle ver el televisor.
—Nadie de nosotros irá a Titán —dijo secamente.
—Pero tú si vas a ir, lo acaban de decir en la televisión.
Anne miró a Earl y después al pequeño.
—¿Qué fue lo que dijeron? —le preguntó Anne.
—Que todos los adultos deben entrar al Ejército, los van a mandar a pelear contra los robots. ¿Por qué no puedo ir?
—No tienes que ir —dijo Anne.
—Tengo —dijo Earl mientras se colocaba el uniforme que le habían dado. El traje y el color verde le quedaban muy bien—. Lo contrario es considerado traición a la patria ¿y sabes cómo se castiga eso?
Anne guardó silencio.
—Pena de muerte. Así de sencilla es la elección.
Anne se acercó más a Earl.
—¿Cuando parte el crucero?
—En cuatro horas, pero tengo que presentarme en una.
—Tommy… —dijo Anne, como a punto de romper en llanto.
—Cuidarás bien de él y no dejarás que le pase nada malo, tal y como ha sido hasta ahora —se terminó de ajustar la corbata. Earl no quería hacer larga la despedida. Tomó su maleta y le dio un beso a Anne—. Todo estará bien.
—Bien soldados —gritó el jefe del grupo. La nave vibraba suavemente—, así transcurrirán las cosas: aterrizaremos en la Sección A, donde se llevará a cabo el proceso de sustitución, después seremos transportados a la nave que nos llevará a Titán, allí no esperamos fracasos. ¿Entendido?
Earl se sujetaba el casco con ambas manos.
—¿Tienes alguna idea de cómo será el proceso de sustitución? —le preguntó al oído el hombre de al lado.
—No me dijeron mucho —Earl titubeó un poco, debajo del casco le pareció reconocer a…—. ¿Jeff, eres tú?
El hombre se sorprendió, pues en ese hombre creyó reconocer a…
—¡Earl! —dijo sorprendido, pero inmediatamente su tono y su emoción se esfumaron— Veo que tú también tuviste que meterte en esto.
—Así es… y respecto a la sustitución… me dijeron que básicamente lo que harán es introducir nuestros cerebros en cuerpos robóticos similares a los robots de Orión para infiltrarnos dentro de ellos y destruirlos.
—¿De verdad pueden hacer eso?
—¡Maldita sea! —exclamó Bill—. ¡Toda una tropa destruida!
—Los robots son muy listos.
—Más listos que nosotros, Han, y no por eso hay que estar orgullosos. ¿En qué nos equivocamos?
—En nada —dijo Hanson Gott—. Todos los componentes de los robots Alnitakianos fueron reproducidos, ¡todas sus características!, hasta el espectro de emisión de radio. ¡Todo!
—¡Son sus armas, sus malditas armas! Son muy poderosas. ¿Y para qué las usan? ¿Hay alguna otra especie robótica en la galaxia?
Gott se encogió de hombros.
—Como los humanos, también pelean entre ellos.
—Los ataques aéreos han sido totalmente infructuosos, esos pedazos de chatarra se protegen con escudos.
Gott guardó silencio, mientras examinaba la expresión de Bill.
—Hay que acabarlos de una vez —dijo Bill—. Necesitamos más soldados. ¡Armas más fuertes, que despedacen a diez de una sola descarga! El planeta está detenido, literalmente, no hacemos nada sin combustible, y esos ecologistas no entienden nada de nada cuando hablan de su energía solar y sus juguetitos, ¡no velan por la supremacía de Estado! ¡Iré yo mismo si es necesario!
El hombre uniformado golpeó la puerta. Anne observó por la mirilla y giró la perilla. Tommy espiaba la situación desde delante del televisor.
—¿Usted es la señora Blake? —preguntó el hombre.
Anne asintió con la cabeza e hizo que el hombre entrara a la casa.
—Como usted sabe— dijo el hombre uniformado—, la situación en Titán se ha vuelto extremadamente grave e inestable. La Fuerza Aérea del Ejército está reclutando a todos los individuos con capacidades potenciales para pelear. La situación ha empeorado bastante las últimas semanas, los robots han ocupado Júpiter y todos sus satélites, y ya han descendido sobre Marte, si siguen así pronto ocuparán todo el sistema.
—¿Qué le ha ocurrido a mi esposo? —preguntó con voz tenue.
—Han habido muchas bajas, señora Blake. Y no podemos dejar que todas ellas sean en vano, hay que continuar con lo que esos héroes comenzaron, por el bien de la especie.
Anne caminó y se sentó en la mesa de la cocina. El hombre uniformado se sentó en el extremo contrario. Le echó un vistazo a Tommy y le dirigió una sonrisa, guiñándole un ojo, que Tommy contestó de igual manera.
—¿Qué ocurrirá con mi hijo?
—Él puede ir también, no hay nada que se lo impida.
—Pero es demasiado pequeño —dijo enormemente preocupada.
—Verá… hay un nuevo procedimiento que hemos estado aplicando recientemente, se trata de aumentar la edad mental de una persona de manera artificial, en otras palabras hacemos que un niño de cinco años se comporte de la misma manera que un adulto de veinte, acelerando su mente hasta esa edad.
—¡Eso suena horrible! —exclamó Anne.
—No, no lo es… mírelo de esta forma: su hijo y todo ser humano es un soldado potencial para ayudarnos en estos tiempos de caos. ¿No querrá un futuro donde la Tierra sea controlada por una especie de robots y que nos usen como sus esclavos, verdad? Usted quiere lo mejor para usted y principalmente para su hijo.
Anne mantuvo su mirada fija sobre la mesa y volteó hacia donde estaba Tommy, que miraba emocionado cómo su madre hablaba con el hombre uniformado.
—Puedo negarme a hacer esto.
—No señora, no puede negarse. Es su obligación, la obligación de todo ciudadano.
El cerebro de Bill Termag, jefe del Sector Oeste de Europa, fue trasladado hacia la réplica de robot alnitakiano. Los robots, rojizos y azulados, tenían una vaga forma humanoide, con cuatro largas extremidades superiores y cuatro inferiores, más cortas y más gruesas. Había una gran fila de robots que acababan de recibir los cerebros de muchas otras personas, estaban listos para ser enviados a Titán, al menos sus cuerpos metálicos resistirían más que los frágiles cuerpos humanos. Esa era la clave de la ventaja que poseían los robots, y ahora los humano-bots.
Los humano-bots entraron por miles a una enorme nave y despegaron de la Tierra con una aceleración tan brutal que un cuerpo humano habría resentido sobremanera.
El viaje fue de algunas pocas horas y entraron a la atmósfera de Titán. Debajo había enormes lagos de brillantes hidrocarburos. No se observaban otros robots. La nave atitanizó en territorio plano y los robots bajaron a la superficie.
La visión de Bill era extraña, al menos así le parecía. Lo nuevo siempre le parecía extraño. Estaban ausentes todas las sensaciones que pudo haber tenido cuando poseía su cuerpo humano y eso le horrorizaba un poco, sólo percibía las cosas que sus celdas fotónicas y sus receptores acústicos le permitían percibir.
¿Cuáles serían las características de una mente que se ha desarrollado ante la ausencia de tales sensaciones físicas?, se preguntó Bill, no se esperaba que algo con un buen temperamento pudiera salir de todo eso. Y más las teorías de muchos científicos sobre los robots: su ausencia de alma… ¿contra qué estaban peleando en realidad?
A lo lejos percibió a un gran grupo de robots junto a una de las principales plantas de extracción de combustibles del satélite.
Siguió caminando en una trayectoria programada. El cielo se llenaba de formas metálicas volando. Cerca de allí atitanizaban muchas naves más. Se detuvo de repente. Los otros humano-bots salían de sus naves. Esto será grande, pensó Bill. Le habían dicho que habría millones en ese momento, dispersos entre Marte y Júpiter, con sus satélites, que pronto todo terminaría porque los robots eran apenas algunos miles, pero él sabía que no iba a ser así.
Un humano-bot pasó a un lado suyo, haciéndole perder el equilibrio hasta casi tirarlo. Bill podía escuchar sus pensamientos, captados mediante radio.
—Hey, amigo, no estorbes, que hay que liquidar lo más rápido a estos fastidiosos robots.
Bill tuvo un mal presentimiento, miró hacia arriba y entre la nube de naves terráqueas apareció un enorme crucero, que no tenía la apariencia de provenir de ninguna parte del sistema.
—Deténganse todas las tropas —recibió la instrucción por radio.
Casi todos los humano-bots se detuvieron, pero algunos fanáticos siguieron adelante, sosteniendo sus cañones fundidores y disparando sus rayos contra blancos muy alejados. Los robots enemigos respondieron el fuego inmediatamente, movilizándose hacia los recién llegados.
El crucero extraterrestre se acercó más y casi rozaba la superficie de Titán. Todos se detuvieron ante el coloso. Lentamente se posó en la superficie. Bill observó que algunas formas descendían del crucero. Estas se acercaron a las tropas humanas.
Los seres eran humanoides, pero eran enormes, de cuatro o cinco metros de alto. Eran cerca de diez de ellos, e intercambiaron comentarios entre ellos. El que iba hasta adelante sonrió burlonamente, frente a Bill.
—Vaya, vaya —dijo, con un acento extraño, casi sin entonación—. Robots.
—Se equivoca, somos seres humanos, terráqueos —dijo Bill.
—¿Terráqueos? —el extraterrestre hizo memoria—. ¿Se refiere a la misma especie que exterminó a la población robot de Plutón y de Caronte?
Bill, aunque dentro de un cuerpo que no expresaba emociones, estaba bastante nervioso internamente.
—Aún después de que ellos les hayan dado a conocer sus derechos, su situación como seres vivientes y con mente y alma propia —repuso el extraterrestre.
—¡Los robots no tienen alma! —dijo uno de los humano-bots presentes.
El extraterrestre volvió a sonreír de forma burlona.
—¿Está usted afirmando eso?
—¡Claro que lo afirmo! —dijo el hombre, que con su espectro de voz no se percibía lo enfurecido que estaba.
—Entonces nos acaba de conceder usted el derecho de exterminarlos.
—No, él está equivocado —dijo Bill, inmediatamente—, su opinión no refleja la de toda nuestra especie. Ahora somos robots pero antes poseíamos organismos biológicos humanos.
—Los seres que ustedes exterminaron en Plutón y en Caronte también antes poseían organismos biológicos, sin embargo ustedes…
Bill había olvidado ese detalle completamente. Ahora, cualquier castigo que esos seres quisieran impartir a la especie humana sería totalmente justificado por las atrocidades cometidas en el pasado.
—¿Y qué nos harán? —preguntó Bill, ya sin esperanzas.
Todos los extraterrestres sonrieron burlonamente.
—¿Qué esperan que hagamos, exterminarlos? No somos terráqueos. ¡Lárguense de aquí!
—No buscaban combustible, buscaban arpentita —articuló Tommy, con su cuerpo robótico. Ya habían regresado a su hogar en la Tierra.
—¿Qué es la arpentita? —le preguntó Anne, que sostenía un vaso con una de sus cuatro manos metálicas.
—Un mineral que usan los robots de Orión para reparar sus cuerpos cuando son dañados.
—¿Y nosotros le damos algún uso?
—No, ninguno.
Anne miró la alacena, entristeciéndose porque nunca más iba a poder degustar los comestibles a los que había estado acostumbrada, como robot ya no necesitaría comer. Aumentó levemente un poco la presión sobre el vaso y éste se quebró en algunos pedazos, que cayeron saltando sobre la mesa. Anne observó fijamente el cuerpo metálico de Tommy, que ya no era Tommy, era Tom, un Tom que mentalmente habían hecho crecer artificialmente. Le dieron ganas de abrazarlo, instintivamente se paró de la silla y rodeó a Tom con sus cuatro brazos articulados. Se separó inmediatamente al advertir la total ausencia de sensaciones.
—Los humanos son unos estúpidos —dijo Anne.
—Coincido en tu opinión.