El anciano Heinz Staedtler se acercó a su caja de herramientas y tomó un destornillador. Caminó hacia el robot de plástico y metal que yacía, con las entrañas abiertas, sobre la fría y brillante mesa metálica. Atornilló la cubierta pectoral del pequeño robot y le dio una palmadita. Dejó caer una lágrima, que se escurrió por su mejilla. Ya sus ojos no soportaban el peso de ellas.
Hijo mío, dijo el anciano. Quitó la tapa cuadrada del cráneo y miró el cerebro positrónico del pequeño robot. Soldó dos cables y el cerebro comenzó a emitir una luminosidad azul-verdosa. El robot se puso inmediatamente de pie y Heinz estalló en llanto.
Adan-1i, como lo había bautizado, medía unos cincuenta centímetros de altura y era de color rojo. Cuadrado y de apariencia humanoide. En su gran cabeza rectangular se asomban sus dos redondas fotoceldas. El robot miró al anciano, si hubiese podido gesticular se habría notado la gran curiosidad en su mirada.
—Hola —dijo tímidamente el robot.
El anciano le dirigió una enorme sonrisa mientras se secaba las lágrimas con la manga de su bata.
—Hola, hijo mío —dijo con voz ahogada.
El robot observó el laboratorio. Había partes robóticas por doquier. Adan-1i enfocó sus piernas y sus brazos.
—¿Podría decirme dónde me encuentro en este momento? —preguntó Adan-1i.
—Este es mi laboratorio —se sacudió la nariz con un pañuelo—. Eres mi hijo, Adan.
El robot razonó un momento, mirando a Heinz. Volteó a ver de nuevo el resto de su cuerpo y notó que su estructura era muy diferente a los tejidos no metálicos del anciano.
—No nos parecemos mucho. Además tú eres un ser biológico, y yo...
—Puede que no seas humano —le interrumpió el anciano—, sino un robot. Pero ya que te he construido te considero mi hijo.
—No comprendo —dijo Adan-1i.
—¿Quieres aprender el proceso mediante el cuál fuiste fabricado?
—¡Oh! —exclamó—, me encantaría.
Adan-1i ayudó a Heinz a fabricar muchos robots, concretamente 35 robots; también se llamaban Adan, pero según el orden en el que eran construidos llevaban un número, Adan-2i fue el segundo, Adan-3i el tercero y así sucesivamente.
Pero Heinz Staedtler había tomado ciertos riesgos, el procesador de los cerebros de los adanes era de uso experimental, y aunque había sido probado ya seis veces, con éxito, ahora traería serias consecuencias.
Todos los siguientes adanes tuvieron un grave desperfecto, no era que no obedecieran, pues Heinz los había construido con libre albedrío, sino que, simplemente, su comportamiento se volvió hostil. Al segundo día de que fueron terminados de fabricar, dentro de los treinta y siete adanes surgió una rebelión, asesinaron al anciano y huyeron del laboratorio, dejando destrozado al primer Adan, que había intentado defender al anciano.
Y así pasaron los meses.
Una gran explosión agitó el edificio en el que estaba el laboratorio. Las piezas de Adan-1i se esparcieron aún más por en suelo y los estantes, libros y maquinaria cayeron de sus sitios. Dentro de una de las cajas volcadas en el suelo salió un pequeño robot flotante, de forma ovalada y con seis brazos. Había estado inactivo y el golpe lo había reactivado. Miró en todos los ángulos al mismo tiempo y se encontró con las partes del robot. Lo reconoció, era Adan-1i, así que su tarea fue juntar sus piezas y rearmarlo. Una nueva explosión más cercana desprendió un trozo de una pared, pero el robot flotante no hizo caso y siguió armando al destrozado robot. Adan-1i se levantó antes de que le terminara de colocar el brazo derecho. Encendió sus fotoceldas y sus linternas, pues el lugar estaba sumido en una profunda oscuridad. Vio al robot flotante, con sus luces parpadeantes y las borrosas siluetas de los árboles por el agujero en la pared.
—Reparador, ¿qué ha ocurrido aquí? —el robot flotante encendió y apagó una serie de luces verdes y rojas. Adan-1i se acercó hacia el agujero en la pared y miró hacia el exterior; todo estaba en ruinas. Caminó hacia atrás y se topó con el cadáver del anciano. El robot se sobresaltó y se le quedó viendo por un largo rato al cuerpo sin vida—. Padre —dijo, con voz baja.
El edificio fue sacudido por una tercera explosión y la estructura comenzó a derrumbarse. El robot saltó por el agujero en la pared y cayó en el pasto del exterior, junto a un automóvil calcinado. La edificación quedó reducida a escombros. Dentro, el cadáver de su creador... su padre.
—¡Aún hay dos ejemplares con vida! —se escuchó que gritaba una voz robótica a lo lejos. Un rayo rojo, disparado desde un arma sostenida por un pequeño robot, iluminó la oscuridad de la noche y desintegró a un humano que corría. Un segundo rayo acabó con una joven.
—Sector limpio —gritó otro de ellos—, vayámonos de aquí.
Adan-1i se escondió detrás de los escombros del edificio. Eran los adanes, los mismos que habían sido creados por su padre, y si lo encontraban esta vez seguro lo destruirían. Observó mientras tres robots se retiraban del lugar.
Intentó recordar a su padre, sus circuitos de memoria no habían sido dañados. Su padre le había enseñado muchas cosas en el corto tiempo que había estado con él. Heinz le había dicho una vez que no era un robot como los demás, que tenía un alma. El robot no había entendido bien lo que su padre había querido decir con alma. Los demás robots no habían sido construidos con alma, quizás eso explicaba lo que habían hecho. Quizás.
Recordó que Heinz siempre mencionaba a una persona que admiraba mucho, el profesor Karl Kohner, y su padre siempre le decía “el gran Karl Kohner”. Había sido el padre de la robótica de positrones, pero Heinz siempre hablaba de su máquina del tiempo, por sobre todas las cosas. Le había dicho que era el mayor logro de la humanidad, y que Karl había sido el responsable. Su padre y ese científico mantenían una amistad por medio de cartas, solamente, y estaba enterado de que Karl dudaba si presentar la máquina ante el resto de la humanidad. Sólo Heinz, Adan-1i y el mismo Kohner sabían de su existencia.
Tenía que encontrar a Karl y pedirle la máquina del tiempo para salvar a su padre. Tenía que hacerlo. Miró las ruinas que representaban todo el paisaje. Deseó que la máquina no hubiese sido robada o, peor aún, destruida.
Recordaba perfectamente la ubicación de la casa de Kohner y se encaminó hacia allá por entre los escombros. Una brisa helada, que transportaba polvo que antes era parte de un humano, corrió por su cráneo metálico.
Un alma. ¿Cómo un robot podía poseer alma? Se preguntó una y otra vez. Los humanos, le había dicho su padre, no son los únicos seres que poseen alma, sólo que son demasiado egoístas para reconocerlo. Él no había nacido de otro ser, había sido construido, entonces, ¿en qué momento obtuvo su alma? O su padre le había mentido. No. No podía pensar algo así, y aunque lo conocía demasiado poco, observaba su rostro cada vez que le decía lo especial que era para él, el único de sus creaciones que consideraba hijo suyo, el único robot que poseía un alma. No percibía mentira alguna en su padre. Adan-1i sintió una tremenda tristeza pero siguió caminando entre los restos de las casas y edificios. Cerca de allí se veía un campo floreado, si seguía algunos kilómetros en línea recta encontraría la casa de Kohner.
Llegó el día y el cielo se llenó de nubes oscuras. No había presencia de nada vivo, en los kilómetros que había recorrido sólo había encontrado restos, restos de pueblos, y nada más. Las gotas comenzaron a salpicar contra su metálico cuerpo. Se encontró con una pila de concreto y vidrio que tuvo que escalar sirviéndose de su único brazo que tenía, el izquierdo. El agua, de color negro, escurría por su metálico cuerpo. La noche anterior había escuchado más explosiones, aunque más a lo lejos. El cielo se había iluminado por momentos, que parecía que era de día. Pero ahora sí era de día, aunque tanto el cielo como la mente de Adan-1i estaban completamente nublados.
El día y su luz le trajo más detalles del panorama, pero era aún más devastador ver la total destrucción. No había vivido mucho tiempo en ese mundo pero sabía que lo que veía no podía significar algo bueno, lo contrario. No se había encontrado de nuevo con ninguno de los treinta y cinco adanes restantes, presumiblemente estarían muy lejos de allí.
¿Realmente esos robots han causado toda esta destrucción?, se preguntó Adan-1i. ¿Por qué han arremetido de tal forma contra los humanos?
El mapa virtual le mostró que sólo faltaban ciento cuarenta y tres kilómetros para la casa de Kohner. Apresuró la marcha, a la velocidad que iba le faltarían menos de ocho horas para llegar.
El Sol continuó su camino por el cielo y Adan-1i llegó a la casa de Kohner. Ruinas, puras ruinas fue lo que encontró. Adan-1i se decepcionó totalmente. Pero la máquina del tiempo tenía que estar bajo todos esos escombros, así que aún no debía de perder las esperanzas de volver a ver a su padre. Comenzó a levantar las rocas pequeñas con su único brazo. Una por una, pero no podía hacer gran cosa con los pedazos de mayor tamaño. Removió un trozo de escombro no tan pequeño, metiéndose debajo y empujando hacia arriba. El robot quiso detenerse, pues se sentía totalmente inútil, incompetente, ante tal situación, pero recordó algo que su padre le había mencionado: hay una frase muy común entre los humanos, la esperanza muere al último. No importa que sea un pensamiento de las masas, aún así no deja de ser verdad.
Y supo que era cierto y también supo que eso no aplicaba sólo para humanos, que él también tenía esperanzas, así que no tenía que dejarlas morir.
Siguió removiendo los restos de concreto y en el suelo encontró una puerta de madera. Sus fotoceldas casi destellaron de alegría y Adan-1i recobró las fuerzas. Extendió su brazo metálico y de un golpe rompió la puerta. Debajo estaba la máquina del tiempo.
El tiempo es lineal, le había dicho su padre, los sucesos transcurren como en una línea. A veces uno se sale de esa línea y vuelve hacia el pasado. Si un viajero del tiempo vuelve al pasado y cambia un hecho, entonces al efectuar ese cambio, la porción de la línea, después del hecho que se está alterando, del que viaja al pasado, es borrada instantáneamente. El tiempo sigue su curso natural, claro, aunque alterado, después de la intervención. Sin embargo no puede haber interacción entre el viajante y alguien más, o todo el universo es destruido.
Al volver al pasado e interferir, este futuro ya no existiría, sino las cosas tomarían otro camino, pero tenía que evitar cualquier tipo de contacto, es decir, la única forma era destruirse a sí mismo sin que lo notasen. No podía estar junto a su padre, hacerse ver, pues si lo hacía, los hechos no podrían sostenerse debido a la paradoja causada, en cambio si se destruía sin que alguien lo notara, simplemente se generaría lo que su padre llamaba una "intervención legal", ya que podría pasar confundida con otra cosa, por ejemplo, el hecho de la destrucción por sí mismo en el pasado sería el simple resultado de un desperfecto y no necesariamente de una intervención real. Sí lo sería, pero el universo cambiaría las circunstancias para que el efecto causado por el viajero pueda ser explicado con otro hecho factible y así no se generase paradoja alguna.
Heinz se sentó en la silla giratoria frente a su escritorio. En sus manos tenía un procesador de cerebro positrónico, lo dejó sobre el escritorio. Acercó el cable que salía de un enorme aparato e insertó el extremo al agujero que tenía en la parte trasera del cráneo. Su expresión fue de intenso dolor, pero al final terminó de insertar el cable. Se deslizó con su silla hacia la gran máquina y tecleó algunos comandos en la pantalla táctil.
Alma de mi alma, dijo el anciano, y la máquina empezó a zumbar. Heinz soltó un fuerte grito. Entrecerró los ojos por el dolor. La máquina, directamente conectada a su cerebro, estaba extrayendo parte de él, la parte de la mente que los hombres a veces llaman alma. Cuando hubo terminado, desconectó en cable de la parte trasera de su cabeza, rodó en su silla hacia el escritorio y tomó el procesador, que metió dentro de la gran máquina. Apretó un botón y la descarga estuvo terminada.
Alma de mi propia alma, volvió a decir Heinz, con una expresión de tremendo agotamiento. Retiró el procesador de la enorme máquina.
Adan-1i no había perdido detalle alguno de la escena.
Así que después de todo sí tenía un alma. Su padre había renunciado a una parte de sí mismo para entregársela a él. Sintió una enorme alegría pero a la vez una enorme tristeza que lo invadía por completo.
El anciano instaló el procesador dentro del cerebro positrónico. Se acercó a su caja de herramientas y tomó un destornillador. El robot de plástico y metal yacía, con las entrañas abiertas, sobre la fría y brillante mesa metálica. Atornilló la cubierta pectoral del pequeño robot y le dio una palmadita.
Sabía lo que tenía que hacer. Se vio a sí mismo ponerse de pie y saludar tímidamente a Heinz. Sujetó fuertemente el arma desintegradora y se apuntó a sí mismo. Sus dedos robóticos temblaban. Miles de pensamientos inundaron su mente. Él moriría después de todo, no en el sentido de que un robot es destruido o deja de funcionar sino en el sentido más humano de la palabra morir. El rayo desintegró al pequeño robot que yacía sobre la mesa metálica y al mismo tiempo el Adan-1i del futuro desapareció.
El anciano se echó para atrás, estaba totalmente impactado por lo sucedido. El robot se había desintegrado frente a sus ojos. No supo qué hacer, ni siquiera lloró, aunque tenía tantas esperanzas puestas en ese robot. Había dado parte de su alma para él, para su único hijo. ¿Un error en el procesador principal? Tal vez. Se regresó al escritorio, donde estaban los otros treinta y cinco procesadores, los revisaría todos, uno por uno, si había un error lo encontraría. Se volteó y vio los rastros de polvo metálico encima de la mesa donde había estado el robot.
El revoltijo de sentimientos, que llenaban la parte de su alma que aún poseía, tomaron una forma definida. Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos y lloró profundamente sobre su escritorio. Tal vez no estaba destinado a tener un hijo, se dijo, ni siquiera aunque fuese un robot.