El auto se estacionó enfrente de la acera de la tienda. La pequeña niña y su padre descendieron del vehículo y entraron al lugar. Les mostraron los modelos de robots que tenían en venta pero Jennifer se había fijado en uno específicamente. La niña se acercó al robot de color gris metálico y éste abrió los ojos.
—Mi nombre es Educador —dijo el robot—, número de serie 410056012 —el robot estrechó la mano de la pequeña Jennifer, que tenía una enorme sonrisa en el rostro.
—¿Puedo llamarte Ed?
—Claro, señorita.
Jennifer soltó una risita.
—Y tú puedes llamarme Jenny.
Los padres de Jenny accedieron a comprar ese robot educador, como había decidido su hija. Para ese entonces Jenny acababa de cumplir cinco años. Ed estuvo con Jenny casi todo el tiempo, excepto cuando la pequeña iba al colegio, pero siempre, al volver, regresaba con él. Le gustaba platicar sobre los antiguos griegos y sobre el imperio romano, que eran los temas que más llamaban la atención de la pequeña y sobre los que Ed le podía decir todo lo que se conocía de ellos.
Un día Jenny le regaló un tulipán blanco al robot, festejando el primer año desde que estaba con ella. La pequeña le dio un fuerte abrazo mientras el robot se quedó quieto, sin saber qué hacer, tan sólo viendo el tulipán que sostenía en su mano metálica.
—¿Te gusta mucho esta flor, cierto? —le preguntó Ed, cuando la pequeña dejó de abrazarlo.
—Me gustan los tulipanes —contestó la pequeña.
—¿Por qué?
La pequeña Jenny alzó las cejas y no supo qué contestar.
—Ah, pues... son muy bonitos.
—Los tulipanes llegaron a occidente desde el imperio otomano en el siglo XVI —dijo el robot—. Existen cerca de 5000 especies de tulipanes, pero, ¿cuál es su utilidad?
—Te hacen sentir alegre, a mi me hacen sentirme feliz. A mi mami le gustan más las margaritas. Este lo he sembrado yo misma.
Pero Ed no entendía el valor que Jenny le daba a esa flor.
Un día soleado los padres de la pequeña fueron a dar un paseo con ella al parque y llevaron al robot, pues Jenny siempre quería estar con él. Eran los mejores amigos. Jenny ya había cumplido nueve años.
La pequeña fue corriendo hacia el robot, que observaba a las personas en el parque. Se detuvo delante de él, con las manos cruzadas por detrás.
—Adivina lo que tengo para ti —le preguntó Jenny.
—¿Un libro? —contestó el robot, intentando ver lo que la pequeña escondía detrás de ella.
—¡Eh!, no veas. Es algo mejor.
—¿Mejor que un libro?, no te creo.
Jenny sonrió y le mostró lo que le había traido de un jardín cercano. El robot sonrió —aunque su sonrisa era la que le permitía expresar su rostro robótico—, pues sabía lo que el tulipán blanco significaba para ella, aunque no comprendía, desde un punto de vista lógico, su utilidad y beneficio.
La pequeña Jenny corrió hacia el otro lado de la calle, pero no se percató del auto que venía sobre la calle. Ed, con el tulipán eltre las manos, observó como Jenny, su mejor amiga, era arrollada por el automóvil. El automóvil frenó. El robot se quedó observando fijamente mientras los padres de la pequeña corrían, desesperados y gritando, hacia el cuerpo de su hija, a algunos metros enfrente del auto.
Ed, Educador, se quedó sin nadie a quien contarle la historia de Roma y de la antigua Grecia. Ese mismo día fue llevado a ser desmantelado y su cuerpo fue reciclado, y su cerebro, después de ser modificado en algunos aspectos, fue utilizado para fabricar otro robot educador.
En una tienda era colocado a la venta un nuevo robot. Una niña de cabellos del color de oro entró al establecimiento y desde la primera vez que lo notó quizo que le compraran ese modelo.
—Hola —dijo tímidamente al robot—, ¿tienes algún nombre?
—Hola, mi nombre es Educador, número de serie 410057113.
—Tienes un nombre muy curioso y muy largo.
El robot caminó y abrió la puerta de la tienda, con dirección a un local cercano.
—¿A dónde vas? —le dijo la niña, al ver que el robot salía de la tienda.
—¿Se llevarán ese modelo? —preguntó el dueño de la tienda de robots, detrás del mostrador, a la madre de la niña.
El robot regresó al sitio y le sonrió a la pequeña.
—Adivina lo que tengo para ti —le preguntó, escondiendo algo detrás de él.
—Ah... ¿chocolates? —preguntó ella.
—No —contestó el robot—, algo mejor que eso, mucho mejor.
—¿Mejor que chocolates?, no te creo.
El robot extendió sus manos hacia ella y le mostró un hermoso tulipán blanco.
—¡Ay, qué bonito! —la niña sonrió y olió la flor—, gracias —corrió hacia su mamá y le mostró el tulipán—. Mira mamá, me lo ha regalado él —le dijo, señalando al robot, parado junto a la puerta.
—¿Alguien le ha enseñado a hacer esto? —preguntó la madre al dueño de la tienda, que se limitó a encogerse de hombros.
La señora pagó al dueño y se metieron al auto con el robot. La pequeña estaba feliz con su tulipán blanco y con su nuevo amigo.