enero 30, 2011

Algo digno de creer

No es necesario el tener algo en qué creer. Es necesario tan sólo el creer que en algún sitio hay algo digno de creer
Alfred Bester (Las estrellas, mi destino)

enero 28, 2011

El continuo de la personalidad

      El psiquiatra revisó el expediente clínico. Por supuesto que estaba interesado en estudiar este tipo de casos que, aunque no tan poco comunes, aún faltaba mucho para disolver todas las dudas acerca de este tipo de manifestaciones. En la bata blanca del psiquiatra se leía su nombre: Miguel Carletti.
      Una mujer de mediana edad entró por la puerta del consultorio con un pequeño tomado de su mano; el niño no tendría más de cinco años.
      —Hola Guillermo —saludó alegremente el psiquiatra.
      El niño se soltó de la madre y miró al hombre de manera desafiante, cruzándose de brazos. Carletti desvió la vista hacia el suelo, intimidado, al mismo tiempo que movía la cabeza como diciendo que sí.
      —Doctor —dijo la madre del pequeño—, he leído el mensaje que me envió. Guillermo concuerda con la mayoría de los síntomas, pero a usted, como experto en el tema, es a quien le corresponde hacer el diagnóstico.
      —Claro —dijo el psiquiatra, mirando de vez en vez a los ojos del niño, que aún estaba desafiante. Invitó a la madre a sentarse. Él se sentó en su silla—. ¿Qué síntomas ha presentado desde la niñez temprana? —consultó de nuevo el expediente.
      —Principalmente, miente sin tener una razón lógica para hacerlo. Cuando está con otros niños es... es... muy cruel, les insulta y destruye sus construcciones. Además tiene una enorme preocupación por estar con otros niños —dijo la mamá, con algo de horror, acentuando su pronunciación al decir “estar con otros niños”.
      Carletti anotó algo en una pequeña libreta. El psiquiatra fijó su mirada en el arete izquierdo de la mujer. Era de color plateado y con la forma de una gota de agua, con el extremo superior afilado. El interior del arete parecía una telaraña metálica. Los reflejos de las luces, en las formas del arete, hacían hermosos cambios de luminosidad.
      —Veo en el expediente del niño que su padre también está afuera del espectro normal. ¿A qué se dedica su esposo?
      —Es el director de un grupo de una nueva corriente ideológica.
      —¿Se refiere al grupo no espectrotípico que aboga que los de su tipo no deben recibir tratamiento para sus trastornos?
      —Sí.
      El psiquiatra arqueó las cejas.
      —Cambiando de tema, ¿ya ha decidido el pequeño Guillermo una especialidad o nota usted que el niño tiene interés por alguna actividad? —preguntó Carletti.
      El niño se puso a jugar con un pisapapeles. El psiquiatra lo observaba cuidadosamente.
      —No —dijo la madre.
      El hombre no estaba preocupado, ya que conocía bien las estadísticas: tres de cada cien personas padecen el Síndrome de Inclusión, en el cual el sujeto se encuentra fuera del espectro normal y presenta características extrañas. Estos sujetos sienten un cariño irracional hacia las personas y muestran interés en hablar sobre sus vidas y sus deseos, de manera compulsiva, aunque no compartan un campo de interés con la otra persona. Siempre están buscando contacto social y les molesta estar aislados. Estos sujetos suelen ser violentos, mentirosos patológicos, y sostienen la mirada, a los ojos de otra persona, de manera muy sencilla y directa. También son muy poco sensibles a los sonidos y a las sensaciones táctiles, así como a los olores y a las partes de los objetos, ya que perciben algo como un todo, y no como una unión de sus partes, lo que se conoce como gestalt. También se caracterizan por poder intuir lo que otra persona puede estar pensando, pero aveces llegan a extremos de paranoia.
      —Le aplicaré un test.

      —No está nada bien —dijo Hans Sterbinski.
      —Dista mucho de estarlo —dijo John Foster—. ¿Conoces alguien que aún recuerde los tiempos antes de La Guerra?
      Los dos hombres miraban el holovisor, que transmitía imágenes desde Marte. Disturbios en las calles del planeta completamente terraformado.
      Los dos hombres estaban dentro de una librería, algo llena de gente.
      —¿Por qué? —preguntó Hans.
      —Porque algo parecido ocurría antes de La Guerra.
      —No hay muchos que recuerden esos tiempos. Aunque quedan los millones de libros que los anteriores escribieron.
      Un tercer hombre que también miraba el holovisor sintió interés por la conversación. Era un anciano de unos ciento treinta años, e iba vestido muy elegante. Se acercó tímidamente.
      —Soy historiador —dijo el anciano, mostrando su gafete que certificaba que su especialidad era la historia.
      Los dos hombres lo miraron, interesados en lo que les podría contar sobre los tiempos anteriores a La Guerra. Sacaron sus respectivos gafetes y se los mostraron al anciano. La especialidad de Hans era la aeronáutica, así como la de John, por eso eran tan buenos amigos.
      Siguieron mirando la imagen del holovisor.
      —La Guerra —dijo el anciano— cambió ampliamente el panorama en la Tierra. Antes de que las bombas neurológicas estallaran, la mayoría de la población estaba fuera del continuo espectrotípico.
      Los dos hombres lo miraron con curiosidad. Hans podía resistir mirar fijamente a los ojos a otra persona, así que miró al anciano a los ojos. John fijó su mirada en el reloj plateado de pulsera del hombre.
      —Había algunas personas que querían tener el poder sobre otras. Había porciones de territorio terrestre que eran protegidas por ciudadanos celosos y con espíritu patriótico, liderados por hombres con serios trastornos mentales y complejos de superioridad. Esas porciones de territorio recibían el nombre de “países”, y había más de doscientos, de muchos tamaños. De vez en cuando los líderes de uno o varios de esos países enviaban a una parte de su población, los “soldados”, e invadían otros territorios, matando a sus pobladores.
      —¿Por qué hacían eso? —preguntó Hans, sintiendo un poco de asco al imaginarse el escenario descrito.
      —Porque querían sus recursos naturales y también para mantener el control sobre sus poblaciones. Algunas personas preferían que el mundo estuviera sumido en una marcada desigualdad social y económica. Antes no había cooperación entre todas las personas del mundo. Había universidades, centros de estudio a las que asistían cientos o miles de personas, y éstas aprendían las mismas cosas en grandes grupos. Casi nadie aprendía específicamente lo que deseaba aprender; el sistema educativo era muy inflexible. Pero me estoy desviando del tema principal... Las personas eran diferentes, y la manera en la que la gran mayoría nos comportamos era considerada como un trastorno, lo llamaban "Trastorno del Espectro Autista", y la gente a la que consideramos dentro del Continuo Espectrotípico, el tipo de personas más abundantes, era llamada “neurotípica”.
      —¿Y esas bombas neurológicas que mencionó —preguntó Hans— acabaron con casi todos los neurotípicos?
      —Sí —respondió el historiador—, con casi todos, y no se sabe por qué no afectó a los que se encuentran dentro del antiguamente llamado "Espectro Autista" o, como le decimos ahora, Continuo Espectrotípico. Eso fue hace ya más de cuatro siglos.
      Miraron atentos al holovisor, que transmitía algo importante. El nuevo movimiento ideológico había fundado un “partido”, el cual decía que buscaba que las personas vivieran mejor que ahora. El líder de ese partido era Carlos Méndez, un emigrado de la Tierra. “El pueblo”, decía Méndez, “tiene que ser uno y no permitir que los que somos diferentes al resto seamos excluidos de la sociedad”.
      —¿Es un incluso? —preguntó John, refiriéndose a que estaba fuera del Continuo Espectrotípico.
      Hans movió afirmativamente la cabeza.
      —Nota las variaciones del tono de su voz.
      La imagen cambió y mostró tiendas saqueadas, había decenas de personas corriendo por las calles. Abajo de la holoimagen se leía, como en una cinta que se iba recorriendo: “Los inclusos reclaman su igualdad social y que se les deje de tratar como enfermos mentales. Los Savants y toda la población entraremos pronto en un acuerdo para cumplir las peticiones aunque, afirmamos, nunca se ha considerado a un incluso como una persona inferior, pues sólo se han hecho esfuerzos para adaptarlos a la sociedad y que desempeñen su función”
      “Savant”, del francés “sabio”, era un término aplicado a los que se encargaban de los asuntos sociales, los dirigentes de la sociedad mundial, y hacían su labor en base de la opinión del resto de la población, que también participaba activamente, cuando se requería, en ese tipo de asuntos. Nunca se tomaba una medida importante si el resto no estaba de acuerdo. Los Savants también poseían conocimientos generales de todas las áreas, lo que les daba un mejor punto de vista y mayor facilidad para tomar decisiones.
      Las noticias terminaron.
      —Antes de La Guerra —dijo el anciano— las personas que estaban dentro del Continuo Espectrotípico, antes llamado Espectro Autista, tenían dificultades para integrarse a la sociedad en la que nacieron. Tenían problemas porque muchos los consideraban como enfermos mentales, discapacitados sociales. Cerca de los últimos días antes de La Guerra la opinión general de la comunidad médica, acerca del Espectro Autista, fue cambiando: unos pocos ya no pensaban en términos de trastornos sino de distintas personalidades. Los cerebros de las personas son distintos y por tanto también su mentalidad y la forma en que se enfrentan contra el mundo.
      Hans y John escucharon atentamente mientras sacaban sus conclusiones.
      —No dista mucho de lo que hacemos actualmente —dijo Hans—. Nosotros estamos adaptados a la sociedad en la que vivimos, cada uno desarrollándonos en lo que somos mejores, pero consideramos que existen ciertos trastornos de personalidad, como el Síndrome de Inclusión, y no lo vemos desde la perspectiva de que las personalidades siempre serán distintas. Estamos cayendo en el mismo error que los hombres de antes de La Guerra
      —Así que resulta irracional pensar en términos de trastornos —dijo John.

      Tocaron a la puerta. Sara Méndez fue a abrir y se encontró con su esposo. Él estaba sonriente y le contagió a ella su alegría. Carlos Méndez había llegado a la Tierra en el primer cohete de la mañana. Sara abrazó fuertemente a su marido.
      —Aprobarán la reforma —dijo Carlos, con mucha emotividad—. ¡Lo han hecho de inmediato! —chasqueó los dedos— Aplicarán algo que llamaron “el Continuo de la Personalidad”, y ya no considerarán a nuestro hijo como un niño raro que padece un trastorno.
      Sara volteó hacia el comedor, donde el pequeño Guillermo los miraba atentamente, sentado frente a un plato con cereal.
      —Hay que agradecer que vivimos en una sociedad objetiva —dijo Sara.
      —Sí —respondió Carlos—, una sociedad objetiva.

enero 24, 2011

Flower Duet

Flower Duet es parte del primer acto de la ópera Lakmé, compuesta por Léo Delibes. La siguiente es la versión de Katherine Jenkins (mezzo-soprano) y Kiri Te Kanawa (soprano). Disfrútenla.

Una forma de salir

      Henry estaba atrapado. A sus espaldas tenía los barrotes metálicos de la jaula de los leones, y como en toda jaula de los leones: había leones.
      —Hay una forma de salir —susurró la voz del ángel. La voz era dulce y cálida, aunque había algo de furia en ella.
      Henry realmente no veía ninguna forma de escapar. Tenía a una enorme bestia enfrente de él. Su respiración y ritmo cardiaco habían aumentado. El león parecía hambriento. Un grupo de leones observaban, acostados perezosamente al otro lado de la jaula, esperando a que su amigo hiciese el trabajo.
      “¡Cómo diantres había pensado que alimentar a los leones dentro de su propia jaula sería una buena idea!”, pensó
      —Tienes que salir. Hay una forma de hacerlo —dijo de nuevo la voz del ángel. De fondo se escuchaba un coro celestial.
      —¿Cuál? ¿De qué manera puedo salir de aquí? —gritó Henry.
      Escuchó un sonido de que algo se caía y se rompía.
      —¿Quién está allí? —preguntó la voz del ángel.
      —Soy yo, Henry Steiner, y estoy atrapado en la jaula de los leones.
      —Oh, Dios mío, tengo que dejar de tomar tanto destilado de ambrosía.
      —No, no. Escucha, ¡sácame de aquí, te lo ruego!
      —Mira, haré como que no te escucho. No es la primera vez que alucino esta clase de cosas.
      —¡Oye, oye, no te vayas! Tú fuiste el que...
      El ángel miró el televisor, estaba en el canal musical. Las Chicas Angelicales bailaban mientras otras tocaban sus arpas y cantaban a coro. Agarró el control remoto y apagó el televisor. A un lado del sillón reclinable estaba el vaso de vidrio hecho trizas y el destilado de ambrosía regado por el piso.
      —Tienes que salir, Larry —se dijo a sí mismo—, no puedes estar todo el día perdiendo el tiempo y bebiendo esta porquería que te hace escuchar voces —se levantó del sillón y flexionó sus alas—. Hay una forma de salir.
      Y se dirigió al centro de rehabilitación para ángeles adictos.

enero 22, 2011

El coleccionista

      John Prosper era reconocido en todo el mundo por sus amplias colecciones. Era un excéntrico millonario, bajito, bastante gordo y algo calvo, y siempre llevaba un pañuelo rojo en la bolsa del saco. Coleccionaba de todo. Desde juegos de té para niñas pequeñas, cartones de leche de todos los países, computadoras portátiles de todas las épocas... En fin, tenía innumerables colecciones que resguardaba celosamente en su mansión, pero la más preciada de todas ellas era sin duda su colección de cintas magnéticas y de discos de canciones de rock religioso, pero sólo aquellas que incluían a un sacerdote como vocalista; las tenía todas hasta el momento, y su agente se encargaría de traerle una nueva en cuanto ascendieran a un músico, muy famoso, a sacerdote, en una iglesia local.

      Pero un día, cuando John Prosper revisaba una y otra vez que sus colecciones estuviesen en perfecto estado, vio que una de las cintas faltaba. Precisamente en ella estaba el gran éxito del reverendo Electric C: “The C is for Christ”, una bomba de ventas en 1976. Prosper esraba furioso. Es seguro que alguien quería molestarlo, porque ¡robar su pieza de colección más preciada!

      Inmediatamente movilizó a sus agentes para que buscaran la cinta, pero no pudieron hacer nada, no había pistas del ladrón, excepto un pañuelo azul. Se dio cuenta de que el pañuelo era exactamente como el que él usaba, pero en vez de ser rojo era azul, así que no podía ser de él. ¿Pero quién más podría tener un pañuelo como ese, si era su diseñador personal el que le hacía todo lo que llevaba puesto? Fue directamente con su sospechoso.

      —Han —le dijo a su diseñador, pues ése era su nombre—, ¿has estado en mi sala de colecciones? Han robado una pieza muy valiosa.

      —Oh, no, señor, nunca entraría allí.

      —¡No me mientas! —dijo con furia. Y le mostró el pañuelo azul.

      El hombre estaba perplejo.

      —Yo no he hecho eso —argumentó—, sólo los hago de color rojo para que usted los use.

      Prosper entrecerró los ojos. Quería destrozar al pobre hombre. Le dio el pañuelo a su diseñador y le dijo:

      —Mira, ahí está tu marca distintiva.

      El diseñador la vio y se quedó aún más perplejo. Miró a Prosper e inmediatamente supo lo que ocurriría a continuación.

      Han fue interrogado ferozmente y al no poderle sacar la información sobre dónde estaba la cinta terminó en la cárcel, y el excéntrico millonario se aseguró que le dieran una pena mayor que la que había dictado el juez.

      Prosper logró contactar con el reverendo Electric C, cuyo verdadero nombre era Sam Dewar, y le pidió una cinta de su éxito musical, pero el religioso, un anciano ahora, le dijo que ya no conservaba ninguna de ellas. Tampoco las podría conseguir en ninguna otra parte.

      —¿Cómo que ya no conserva ninguna? —preguntó Prosper— ¡La necesito para completar mi colección!

      El reverendo, ya retirado de su trabajo, apenas articuló unas rasposas palabras:

      —Lo siento, no puedo hacer nada por usted.

      —¡Váyase al infierno!

      Y colgó.

      El día pasó entre las penas de tener una colección incompleta. No informó a los medios porque pronto se conocería el hecho de que una de sus colecciones estaba incompleta, y no podía permitirse tal humillación.

      El día siguiente tampoco le trajo buenas noticias. Le habían robado de nuevo, esta vez se trataba de una perilla de puerta del siglo XVIII, que dejaba incompleta su colección de perillas para puertas.

      Lo primero que hizo fue cerciorarse de que Han, su diseñador, siguiese en la cárcel, y así fue. Y no había nadie más de quien sospechar. Los robots hacían la limpieza de la gran sala de colecciones y esas latas sin cerebro, con la única tarea de limpiar aquí, sacudir allá y fregar acá, no podían robar nada.

      Pero habían dejado algo diferente además del espacio vacío en el estante de perillas: había una copa en la mesa y habían bebido, porque una botella de vino estaba destapada. El vino que estaba abierto era su favorito, un Benelaroux cosecha del 92.

      Ese mismo día instaló un mejor sistema de vigilancia.

      El tercer día le robaron uno de sus sostenes para hombres, para hombres obesos por supuesto. Y era otra colección incompleta.

      Miró las cintas de vigilancia pero no mostraban nada, y en el lugar del robo, después de una minuciosa inspección, en la que intervinieron investigadores profesionales, sólo se encontraron dos pequeñas fibras de tela. Las fibras eran de un traje, que coincidía con el mismo tipo de los que Han le hacía, pero era de color gris, y él nunca usa trajes color gris, sino de color negro.

      Otra vez fue con Han, en su celda. Éste alegó que no le había hecho a nadie más un traje de la misma tela que a él, tela que traía exclusivamente de un exclusivo lugar. Y así fue, o al menos no existían registros de compras y ventas de esa tela color gris. Pero John Prosper seguía sospechando de su diseñador, aunque éste siguiese en la cárcel.

      Era evidente para Prosper que Han estaba aliado con alguien a quien le había hecho un traje de esa tela color gris, un pañuelo azul, y que esa persona estaba cometiendo los robos.

      A pesar del sistema de vigilancia y de los robo-guardianes, que portaban armas y que permanecían siempre dentro de la sala de colecciones, las desapariciones siguieron ocurriendo.

      El cuarto día fue uno de sus asientos de avión, de un Airbus del siglo pasado; el quinto día, una bombilla incandescente que emitía una luz con una longitud de onda de 5123 ångströms, y así se desacompletaba su colección de bombillas de todo el espectro visible, ångström por ångström. Y así siguió sucediendo robo tras robo, y nadie podía evitarlo. Muy pronto todas sus colecciones estarían incompletas, si eso seguía así.

      El excéntrico millonario John Prosper ahora salía en las páginas de los periódicos, pues había llamado al FBI para investigar la misteriosa desaparición de sus preciados objetos. No pudo mantener oculto lo que estaba pasando, y ya estaba destrozado todo el orgullo que aún quedaba en él.

      Al final no pudo soportar eso. Todas menos una de sus colecciones estaban incompletas: su colección de películas de Keanu Rieves. Tal vez, después de muchos esfuerzos, podría llegar a conseguir las piezas faltantes, pero Prosper sabía que no sería así.

      Entonces decidió mudarse y resguardar sus incompletas colecciones. Trasladó todo a un pequeño pueblo al oeste de cualquier lugar, en una mansión que había comprado. Pero aún así no se libró de la desgracia. El día siguiente que había llegado a su nueva mansión y colocado sus colecciones en una enorme bóveda impenetrable, una pieza fue robada: “la película de Matrix: Revolutions”, aunque, bueno, era una pieza de colección que podía conseguir en cualquier parte.

      Pero, aún así, ¡cómo era posible! La puerta de la bóveda sólo se abría tras un análisis triple de retina, huellas dactilares y ADN.

      Así que se dio por vencido y, una semana después de que su última colección ya no estaba completa, decidió subastar las piezas restantes.
      Increíblemente se vendieron.

      John Prosper era reconocido en todo el mundo como un gran científico, muy inteligente pero muy excéntrico, y poseía una gran fortuna. Le gustaba coleccionar objetos de todo tipo. Era bajito, gordo, y siempre vestía con un traje gris y un pañuelo azul en la bolsa del saco. Le gustaba el vino, sobre todo el Benelaroux cosecha del 92, que era su favorito, y tenía un diseñador llamado Han.
      Sus trabajos los desarrolló sobre viajes entre universos paralelos, y llegó a construir una máquina que le permitía viajar de un universo a otro. En uno de esos viajes se encontró con él mismo, en su versión alternativa, y por sorpresa vio que coleccionaban los mismos objetos, sólo que sus colecciones —las de él, no las de su alternativo— estaban incompletas. Y así, hurtando las piezas faltantes a su alternativo, logró completar todas y cada una de sus colecciones.


enero 18, 2011

Nunca saldrán

            Matthew Belmont, sentado en su despacho, frente a su amplio escritorio de caoba, analizaba los datos transmitidos por la sonda Solar II. La sonda había llegado hasta más allá de los límites de la órbita de Eris, a 90 UA de nuestro planeta. Según el informe había una anomalía en las transmisiones de la sonda: justo cuando sus objetivos habían apuntado hacia las coordenadas de la estrella Betelgeuse, en la constelación de Orión, ésta no estaba. De hecho Orión no estaba, tampoco ninguna otra de las constelaciones conocidas. Sin duda era una falla. La cámara de la Solar II sólo veía estrellas que no concordaban con las que se observan desde la Tierra, lo cual, obviamente, tenía que considerarse una falla de la sonda.
            —Matt —sonó una voz por el intercomunicador.
            Belmont presionó el botón del aparato.
            —¿Ya ha regresado nuestro hombre?
            —Sí, pero... —contestó la voz, haciendo una pausa—, el señor Lehrer no se encuentra bien mentalmente. Al parecer no ha regresado sano del viaje, algo le ha afectado. Tiene delirios respecto a lo que pasó. Cree haber visto cosas.
            —¿Dónde está ahora Lehrer?

            Norman Lehrer era el hombre que había sido mandado a los límites del sistema solar para observar, con sus propios ojos y no con las cámaras para nada infalibles de una máquina, el posible origen de las transmisiones extrañas de la Solar II.
            Maggie, su esposa, estaba con él, así como un doctor, que se identificó como psiquiatra.
            Norman permanecía sentado en una silla en su habitación. Vio a Matt Belmont entrar y, dando unas palmadas a la orilla de la cama, lo invitó a sentarse; así lo hizo.
            —¿Cómo se siente, señor Lehrer? —preguntó Matt.
            Norman esbozó una sonrisa extraña.
            —No me siento bien. He visto cosas allá afuera.
            —¿Puede decirme qué clase de cosas? —le preguntó.
            No respondió. El psiquiatra intervino:
            —No ha querido decirme...
            —Usted guarde silencio —ordenó Matt.
            —Los vi a ellos. Sus enormes ojos —balbuceó Norman, con la mirada clavada en el suelo—. Eran... parecían como de un gato..., ojos felinos, y eran muy grandes..., abarcaban como más de diez grados de arco cada par de ellos.
            —¿Los ojos de quién? —preguntó Matt.
            Norman subió la mirada y la fijó en Matt.
            —¿Por qué me enviaron allá? No vio usted lo que yo he visto. Pero al menos sé lo que hay —se levantó de la silla, agitado. Su esposa lo tomó por los hombros y lo calmó; volvió a sentarse—. La sonda robot no estaba equivocada. De verdad todo es diferente allá afuera.
            —¿Quiere decir que no existe nada de lo que vemos aquí? —dijo Matt, aunque sin preocupación, sólo para que siguiera hablando.
            —Considere esto —dijo Norman, que parecía muy lúcido, y lo estaba—. La razón por la cual vemos algo completamente diferente, cuando cruzamos el sistema solar, a lo que vemos desde la Tierra o desde los telescopios en órbita, es que lo que observamos aquí no es real. Sólo es un holograma extremadamente bien hecho que nos hace creer que lo que vemos es lo que existe realmente. El holograma se rige por algunas leyes y nosotros las estudiamos. Al conjunto de esas leyes le llamamos Física.
            —¿Qué le hace pensar eso?
            —Porque lo he visto. Los he visto.
            —¿Visto a quienes? —preguntó Matt.
            —Los que pusieron el holograma. Nuestro sistema solar es un campo de estudio, por eso nos han aislado del resto del universo haciéndonos ver lo que realmente no hay. Un experimento. Eso somos: un experimento. Si usted... —apuntó a Matt con el dedo—, si usted deseara analizar a una población de ratas, y quiere considerar factores de sociabilidad, la forma en la que esas ratas conviven entre ellas, usted haría que esas ratas vivieran cómodamente. De vez en cuando alteraría los factores, o mataría a una de ellas para estudiar sus cambios. Les construiría túneles y madrigueras o dejaría que ellas mismas lo hagan. Les das el espacio suficiente por un tiempo, pero luego, cuando has terminado tu experimento y ya has sacado tus conclusiones, te deshaces de ellas. Al final acaban todas en una bandeja metálica, abiertas por el vientre y sumergidas en una solución líquida.
            —Creo que ya es suficiente —dijo Maggie.
            Matt observó por unos segundos a Norman, que ahora parecía haber envejecido como veinte años más. Se levantó de la cama.
            —¡Estamos encerrados en una esfera holográfica! —gritó Norman.
            Matt y el psiquiatra lo miraron horrorizados. El pobre hombre había enloquecido. Dos meses viajando por el espacio lo habían trastornado severamente.
            —¡Nunca saldrán! —dijo Norman—. ¿Me oye? Se los aseguro, ¡del sistema nunca saldrán! No pueden. Lo que hay más allá no es lo que creemos conocer. Atrás de esta burbuja están ellos, mirándonos con sus enormes ojos felinos. Son científicos como nosotros o, más aún, ¡son dioses que experimentan con nuestras vidas!
            Matt salió de la habitación, pero todavía escuchaba los gritos del hombre detrás de él.

           La sonda Solar III estaba por rebasar el punto de perihelio de la órbita de Eris. Una extensión de la Inteligencia Artificial, que se encargaba de mantener el holograma cubriendo todo el sistema hasta el planeta enano Eris, se acercó a ella y desplegó un campo azulado a su alrededor. El campo proyectaba una imagen holográfica que captó la sonda.
           —Ya ve —dijo un ingeniero del departamento de robótica—, la Solar III no presenta ningún problema, a diferencia de sus antecesoras.
            El monitor transmitía la imagen de las Pléyades. Luego, abriendo la toma, mostró a las constelaciónes de Tauro y Perseo.
            Matt asintió.
            —¿Cuál dice que fue el error de las otras sondas?
           —Ninguno —respondió el ingeniero—. Realmente no lo sabemos. Tal vez un problema con el procesamiento de datos. Quizá captó a cada estrella individualmente y después las ordenó en una cierta configuración. Eso es lo que creemos, aunque no sabemos cómo ha ocurrido.
            —Bien —dijo Matt—, entonces sigamos con el trabajo.

enero 17, 2011

Primo menor

Un dibujo hecho en paint.

El mensaje

       —¿Y el mosquito sabía clave Morse?
       —Claro que sí, un zumbido largo, otro corto, otro corto y otro largo... Incluso escribí lo que me estaba diciendo —sacó una libreta, donde tenía algunas anotaciones bastante ilegibles—. Mira —le mostró sus apuntes.
       En la libreta se leía, después de unos rayoteos de líneas horizontales y de puntos, lo siguiente: “En nombre de nuestra noble especie, que ustedes llaman mosquitos, deseamos con toda nuestra alma establecer una cooperación con su especie con el propósito de”, y el texto se interrumpía abruptamente.
       —¿Eso es todo?
       —Sí, eso es todo.
       —Pero... ¿y qué pasó con el mosquito?
       —Lo maté.
       —¿Lo mataste?
       —Lo maté.
       —¿Cómo que lo mataste?
       —Era molesto, zumbaba en mi oído y sentí que casi me picaba, y lo aplasté con la mano.
       —¿Pero cómo eres tan...? Si en su mensaje te decía que tienen alma, ¡por el amor de Dios!
       —Lo supe hasta después que traducí lo que me dijo. Aparte a mi me dolió más el golpe, como estaba cerca de mi oreja me di ahí el manotazo. Mira —y ladeó la cabeza mostrando su oreja enrojecida.
       —¿Y crees que sea el único?, porque habla de una especie entera, los mosquitos. Tal vez todos ellos posean una inteligencia de tipo humana. Nos querían dar a entender algo, querían cooperar con nosotros, no se me ocurre cómo pero querían cooperar.
       —Es probable —se arrodilló buscando algo en los compartimentos bajos de la enorme alacena.
       —¿Qué estás buscando? —y vio que sacó una lata de aerosol. El hombre comenzó a rociar el matainsectos en toda la casa—. ¡Qué!, ¡has enloquecido acaso!, ¿no has entendido nada del mensaje?
       —Hay demasiados mosquitos, ¿crees que es fácil dormir cuando te chupan sangre y te zumban por todo el cuerpo?

enero 14, 2011

Libertad de prensa

       —¿Un artículo que impide cortar árboles, qué es esto? —el abogado le mostró la constitución a Sergio, poniéndosela enfrente de la cara. Sergio se echó para atrás
       —Este agregado no ha sido aprobado, ni siquiera redactado formalmente.
       Sergio tomó la constitución y leyó el artículo al que se refería. Se trataba de una extensión de un artículo anterior.
       —No —dijo Sergio, confundido mientras leía—, debe ser una equivocación. Nosotros nunca imprimimos esto —miró al abogado, un hombre de baja estatura con un monótono traje gris.
       —¿Entonces...?
       —Pues, debe ser...
       El abogado le arrebató la constitución.
       —Y eso no es todo —dijo, cambiando de página—. El artículo 137 dice algo totalmente contradictorio a lo anterior, que sólo los pinos deben de conservarse y que los demás árboles deben de ser cortados —le dio la constitución.
       La puerta se abrió.
       —Señor Hernández —exclamó Sergio.
       Walter Hernández, el jefe de la oficina de imprenta del gobierno, se acercó a los dos hombres. Miró con curiosidad al abogado.
       —Necesito que estos errores se corrijan pronto —le dijo el abogado a Walter.
       —Alguien ha alterado la constitución —explicó Sergio—, habla sobre los árboles.
       El abogado se retiró.

       —Es extraño —dijo Sergio, parado frente a su escritorio y hojeando dos ejemplares de la constitución—, sólo la edición actual presenta modificaciones, no así las anteriores.
       —¿Alguna diferencia entre las ediciones? —preguntó Walter.
       —No, ninguna, salvo las proovedoras del papel.
       —¿Qué diferencias hay en el papel?
       —La edición anterior fue impresa en hojas de pulpa de cedro, para la actual se usaron dos papeles diferentes: cedro para las hojas y pino para la cubierta.
       Se hizo una pausa. Walter puso una expresión como de enojo, que era la expresión que hacía cuando estaba pensando en algo importante.
       —¿Usted cree que...?
       —No lo sé —dijo Walter violentamente—. El artículo 137 aboga por la permanencia de los pinos y por la destrucción de las demás especies, ¿qué otra cosa puede deducirse de esto, si nadie más ha modificado el texto?
       Sergio dejó salir una carcajada de nerviosismo.
       —Que los árboles cortados se expresan por medio del papel, modificando lo que está escrito en él, y que hay una discusión ideológica entre las especies de pino y cedro —dijo sarcásticamente.
       De nuevo se hizo silencio. Sonó el teléfono y Walter contestó.
       —Diga. Sí. Pase ahora mismo —colgó. De nuevo Walter parecía enojado.
       Un hombre entró a la oficina, tenía consigo un ejemplar de la constitución. El hombre le dio el libro.
       —Lea —dijo.
       Walter lo abrió y se encontró con un montón de palabras revueltas y sin sentido. Leyó: “La especie superior de derechos arboreos destruir preservar especies manifiesta genética pinos”.
       —¿Qué es esto? —preguntó nerviosamente Walter.
       —Un ejemplar de la constitución —respondió el hombre.
       —¡Eso ya lo sé!
       Sergio se acercó para leer. Todo el texto era igual de incoherente.
       —Parece como si las palabras se pelearan unas con otras para expresar sus propias ideas —dijo Sergio—. No es tan loco, después de todo, pensar en que sean los árboles quienes hagan esto.
       Walter lo miró severamente. Se volteó y arrojó el libro en el bote de basura, que se tambaleó un poco, después de que cayera dentro de él.
       —Hay que hacer otra edición y destruir los ejemplares de la edición anterior —ordenó Walter—. ¿Me oye? Asegúrese de que los nuevos sólo contengan un tipo de papel, y que no sea ni de cedro ni de pino.

enero 10, 2011

El sueño de la ballena

       Marcos observó la pantalla. Transmitía el video de vigilancia del hangar 8, donde estaba la Albatros, la primera nave tipo galaxia. De un momento a otro la nave ya no estaba. La masa plateada de doscientos metros de largo se había esfumado. Marcos cerró los ojos.
      —El video no está cortado —dijo Javier, que estaba a su lado derecho, e hizo una pausa, mientras la grabación se repetía otra vez— No hemos podido rastrearla, sea quien sea que la haya robado también le ha quitado todos los indicadores de posición. Y no hay nada en el hangar ni en las instalaciones que nos dé la oportunidad de rastrearla. Comenzaremos a buscar en lugares donde podrían ocultar la nave. Una nave de ese tamaño no puede ser escondida con facilidad.
      —Ni robada con facilidad —dijo Marcos—, pero lo han hecho. Al parecer la han teletransportado —se sorprendió de sus palabras.
      Marcos salió del edificio de la agencia. A él no le concernía la labor de recuperar la nave, pero le afectaba mucho el hecho de que hubiese sido robada. Se dirigió hacia el estacionamiento. ¿Y si no aparece, se dijo, se perderán todos estos años de trabajo? ¡Mierda!
      Pateó una lata vacía, que golpeó contra su propio auto. Lo abordó y metió las llaves.

      Se detuvo enfrente de su casa. Tenía corridas las ventanillas del auto, y respiró el suave aire que venía de la costa. Su esposa, Sandra, había elegido la ubicación; allí podía hacer mejor sus investigaciones sobre biología marina, su especialidad. Le sorprendió ver a Oberon, su hermoso perro perdiguero, de suave pelaje castaño, en la puerta. Se bajó de su auto y el perro comenzó a agitar la cola, esperando que Marcos se acercase a él. Acarició al perro.
      —Hola muchacho —le dijo Marcos, acariciándole el espeso pelaje del cuello, y abrió la puerta—. ¿Dónde está mamá?
      El perro corrió a echarse en un sofá.
      Subió las escaleras hasta su habitación. Se sentó en la cama y allí encontró una nota: No volveré hoy, estaré ocupada. Te veo luego. Cuida bien de Oberon. Besos.
      Marcos miró al perro, que lo había seguido. El perro ladró, pedía comida. Marcos dejó la nota en la cama y se dirigió a la cocina, y el perro fue tras él. De nuevo llenó su mente la noticia de la desaparición de la nave. Tomó una lata de comida de la alacena, la destapó con un abrelatas y la sirvió en el plato de Oberon.
      Estaban más avanzados que ellos, sin duda, al menos en un aspecto: habían logrado teletransportar una gran cantidad de materia, que era la nave. El problema era ¿para qué la querían? ¿Para qué necesitaban una nave pudiendo teletransportar materia? Quizá no podían llevarla a grandes distancias, para lo cuál sería necesaria la nave.
      Vio al perro comer y decidió ir a la sala a leer algo, sacarse la frustración de la cabeza.
      Pensó en que podría sorprender a su esposa. Casi todo el tiempo lo pasaban separados, cada uno en sus respectivas ocupaciones, ahora podría acompañarla aunque fuese por un momento. Caminó hacia la puerta.
      —Oberon, regresaré en unas horas.
      Esperó unos segundos y el perro le contestó con un ladrido.

      Según su horario, Sandra se encontraría en ese momento en las cercanías de un embarcadero. Marcos recorrió la línea de costa hasta llegar al lugar. Se sentía muy emocionado, nunca había ido a visitar a su esposa.
      En el sitio sólo vio a un grupo de hombres con ropas gruesas e impregnadas con olor a pescado. Se bajó del coche y caminó sobre las tablas de madera del embarcadero. Se acercó a un hombre que parecía que tenía casi cerrados los ojos.
      —Buenas tardes —dijo Marcos, mirando al hombre a los ojos, que apenas se percibían—, ¿sabe dónde se encuentran los laboratorios Wakefield?
      El hombre, con una mano en la cintura, negó con la cabeza.
      —Aquí no hay laboratorios —dijo—, es una zona de pesca, y los barcos vienen y van con la mercancía.
      Marcos seguía viendo los ojos del hombre, su estrechez parecía ser una especie de protección natural contra la intensa luz solar de esa región, sobre todo para los que trabajan en altamar. Y su cara era muy arrugada. Al fin pudo concentrarse y captó las palabras antes mencionadas.
      —Mi esposa trabaja aquí.
      El hombre se encogió de hombros.
      —Gracias de todos modos —se alejó del lugar y se dirigió a su auto. Luego condujo por una gran sección de la costa y no advirtió ninguna edificación como la que le había antes descrito Sandra. Tal vez no era bueno para orientarse y realmente buscaba en el lugar incorrecto. Se percató de que ya habían pasado un par de horas desde que estaba conduciendo erráticamente. Anochecía. Se enfureció consigo mismo y decidió volver a casa. Luego se detuvo en la carretera, tomó su teléfono y decidió llamarla.
      —Hola Marcos —se escuchó la voz de Sandra.
      —Hola amor, ¿puedo ir a visitarte? Hay muy malas noticias de la agencia.
      No contestó.
      —¿Estás bien? —preguntó Marcos.
      —Oh, yo sí estoy bien —dijo ella titubeando—. Pero ahora estaré muy ocupada.
      —Me acabo de dar cuenta de que no sé siquiera dónde trabaja mi esposa —dijo en broma y seriamente a la vez.
      —Amor —dijo nerviosamente Sandra—, ya hemos hablado de esto.
      —Bien, entonces te esperaré hasta mañana. ¿A qué hora vendrás?
      —Tal vez tarde más tiempo, no estoy en el país.
      Marcos se sorprendió, pues tampoco le había informado que saldría lejos.
      —Entonces estaremos en contacto.
      —Adios —dijo ella, y colgó.
      Se sentía confundido, pero tomó el volante y manejó. Se sentía deprimido. Había perdido la nave y ahora parecía que casi perdía a su esposa, todo en el mismo día.
      Recordó que Sandra siempre le hablaba mucho de su trabajo, aunque últimamente ya no lo hacía. No era un matrimonio como él se esperaba que fuera, sin secretos y en el que los dos se expresaran siempre de la manera más abierta. Ella le había mencionado que su trabajo era muy importante y además era secreto. Marcos respetaba eso, pero le intrigaba. Él siempre le hablaba de lo que hacía, incluso cuando se presentó un caso de un par de pilotos muertos en pruebas experimentales, y se trataba de información que no debía de rebelar. Un día ella mencionó algo sobre experimentos neurológicos, pero no dijo más.
      Marcos llegó a la casa y pronto se quedó dormido sobre su cama.

      La mañana siguiente Oberon lo despertó, estaba encima de su cama y le lamía el rostro. Marcos se dio un baño y preparó el desayuno para ambos. Sonó su teléfono. Corrió hacia la habitación y contestó. Era Javier.
      —Hola —dijo Marcos—, ¿noticias nuevas?
      —Ya sabemos quién es el ladrón. Será mejor que vengas.

      —¿Se trata de una sola persona quien ha robado la nave? —preguntó Marcos.
      —Sí.
      —¡No puedo imaginarme qué tipo de persona sería!
      Javier se acercó a Marcos, que estaba sentado en una silla.
      —No quiero que esto te afecte —le dijo Javier.
      Marcos arrugó la frente y frunció los labios.
      —¿De qué rayos hablas?
      Javier tomó un disco láser.
      —Nuestros hombres analizaron la grabación —metió un disco en una computadora y la imagen del hangar con la nave apareció en la pantalla.
      Marcos miró atentamente.
      —Son dos cuadros solamente —dijo Javier—, no hay más. Éste es el cuadro 78 de las 12:56 horas —la nave aún estaba allí. Javier aumentó la imagen, que mostraba una escalerilla. Tecleó algo y en la imagen se aclaró: era una vaga pero reconocible figura femenina.
      Marcos se echó para atrás, como aturdido por un golpe. Era su esposa, Sandra. Siguió observando.
      —Éste otro es el cuadro 297 de las 13:56, una hora después —mostraba de nuevo a Sandra, ahora cerca de la nave; en el suelo había un aparato extraño, una caja metálica grande de la que salían cables que se conectaban a la nave.
      —Ella robó la Albatros —dijo Marcos, con la voz hundida y los ojos vidriosos—. Me... me comuniqué con ella ayer, no tuve tiempo de rastrear la llamada pero... —sacó su teléfono del bolsillo y se lo dio.

      Sandra iba de un lugar a otro dentro de la enorme instalación. En un estanque se encontraban un grupo de ballenas jorobadas, una docena, con un espacio reducido apenas para moverse un poco hacia los costados. Una de las ballenas emitió en agudo sonido. Sandra contestó con un sonido similar, aunque modulado, con un aparato bucal que parecía un silbato.
      De una máquina salían mangueras que se conectaban con la nave Albatros, dentro de ella varios contenedores se estaban llenando con agua.
      Una pequeña ballena le dijo algo a la ballena que estaba a su lado derecho, que parecía ser su madre.
      —¿Qué es lo que dice? —preguntó Sandra en el idioma de las ballenas, usando el modulador de voz. La forma en la que hablaban los más pequeños le parecía a sandra difícil de entender. La madre de la pequeña ballena le respondió:
      —Está triste porque muchos de nosotros se quedarán.
      Sandra se acercó al estanque. Acarició la nariz de la pequeña.
      —Haremos lo posible por volver por ellos —le dijo para consolarla, pero también porque así lo deseaba. Irían a... si intentáramos escribir en caracteres humanos el hombre que las ballenas le daban a su planeta natal sería imposible. Irían a su planeta natal, del cuál habían migrado hacía mucho tiempo, y harían lo posible por regresar por los miembros de la especie que se hubiesen quedado en la Tierra. Sólo ese pequeño grupo de doce individuos partiría por ahora.
      Sandra miró los indicadores del nivel de agua.
      —Es hora de que entren —les dijo.
      Cargaría a las ballenas con enormes redes y, una por una, las introduciría en los enormes contenedores. Comenzó con la madre de la pequeña. Avanzó rápidamente, aunque no sin dificultad.
      —No recordamos —dijo una de las ballenas, que ya había sido introducida en su contenedor— cómo es... —y con un sonido pronunció el nombre de su planeta, al parecer el mismo que los humanos conocen como Capella c—. Hemos perdido su memoria, se ha perdido en la oscuridad de las eras.
      —Llevamos tanto tiempo aquí —dijo otra de ellas.
      —Tanto —respondió Sandra—, que ahora son necesarias para que la vida en el planeta se sostenga como antes.
      Guardaron silencio. Sabían que, al final, tan sólo un pequeño puñado de ellas podía marcharse a su hogar original, pues ahora muchas especies dependían de ellas y ellas también dependían de algunas especies de krill y fitoplancton, entre otras, mismas que tenían como reservas para el viaje, en enormes cantidades. En los fondos oceánicos, sobre todo, no debían faltar sus cadáveres, que alimentaban a un número enorme de especies que dependían exclusivamente de ellas, a falta de luz solar, para el proceso de quimiosíntesis, que permitía la vida en un mundo en punumbra eterna.
      Sin embargo ahora estaban olbigadas a abandonar el planeta, por el gran peligro que corrían, a manos de la especie dominante. Su población había disminuido drásticamente en los últimos dos siglos. Y las que se quedaran, ya sea con el afán de mantener el delicado equilibrio de su medio o con la simple idea de quedarse, porque creían haber encontrado la paz dentro del gran océano, eventualmente perecerían por la mano del hombre.
      En verdad, desconocían si su planeta natal aún albergaba vida. Desconocían si aún existían los que dejaron atrás. Al llegar podían enfrentarse con múltiples escenarios y esperaban que tal escenario fuera favorable.
      Si tan sólo los pioneros que habían viajado inicialmente a la Tierra hubieran mantenido contacto con su planeta, todo hubiese sido muy diferente, y no enfrentarían ahora la desesperación de regresar, para evitar su extinción, al menos en este planeta azul que quisieron desde el primer día.
      Pronto los doce cetáceos estaban en sus respectivos contenedores dentro de la nave. Faltaba una cosa para que pudieran partir: alguien que tripulase la nave

      —Marcos —dijo Javier, al verlo—, tenemos su localización, pero...
      —¿Qué pasa?
      —La posición corresponde a un punto donde no hay tierra firme, en medio del Océano Pacífico.
      Para ese momento a Marcos se le dificultaba pensar. Creía conocer más o menos bien a Sandra, después de todo habían vivido más de cinco años juntos. Pero ahora estaba detrás de ella, buscándola porque había robado, de alguna manera teletransportado, la única nave que podía viajar más allá de los límites del sistema solar, hacia las estrellas. La situación le defraudaba, confundía y entristecía al mismo tiempo.
      —Hemos movilizado a mucha gente —dijo Javier—. Un equipo salió hace algunas horas. Involucrarte más sería totalmente negativo para tu salud. Toma un descanso, no tienes que estar más tiempo aquí.
      Por su mente pasó la idea del suicidio, pero él siempre la había aborrecido. Creyó que si estaba solo podía llegar a cometer esa estupidez.
      —¿Puedes acompañarme? —le preguntó a Javier.
      Javier nunca había notado a su amigo de esa manera. Trabajaban desde hacía mucho tiempo juntos, y ellos dos habían concebido algunas de las ideas principales de la estructura y la propulsión de la Albatros. Ahora era como si los dos perdieran a su mayor creación, un hijo casi, aunque Javier parecía no muy afectado y estaba más interesado por encontrarla que por sentir autocompasión; Marcos había perdido a su hijo y a su esposa al mismo tiempo, y su esposa se había largado con su hijo.
      Se retiraron del lugar. Se dirigieron a casa de Marcos en el auto de éste. Estaban muy cerca de llegar cuando Javier avistó que una nave en forma de esfera salía del agua y se elevaba.
      —Marcos —dijo el hombre, austado, y señaló con un dedo, por la ventanilla.
      Marcos vio la esfera, como una inmensa perla salida de una ostra gigantesca. No supo si frenar o detenerse. Apretó con fuerza el acelerador pero la nave lo persiguió. Pronto la esfera se hallaba encima de su auto y ambos estaban aterrorizados. La esfera emitió un destello intenso y luego un sonido muy fuerte y agudo. Marcos perdió la consciencia.

      Sandra le colocó un casco, lleno de cables, en la cabeza al hombre, que estaba tendido en una camilla, dentro del mismo lugar donde estaba la nave. El casco le permitiría tener el control sobre su mente y obligarlo a manejar la Albatros. Era parte de la tecnología que las ballenas habían desarrollado hacía millones de años.
      De pronto Javier se levantó de la camilla, poniéndose de pie de un salto. Miró a Sandra y el lugar; al fondo vio la nave. Sandra emitió un ruido con el aparato modulador y rápidamente le contestaron todas las ballenas, que cantaron a coro. Javier entró inmediatamente en trance, hipnotizado.
      Sandra se quitó el modulador de voz de la boca.
      —Siéntate —le dijo suavemente a Javier, en español—. Javier se sentó en la camilla, con la mirada desenfocada. Las ballenas se callaron—. Escucha con atención... —Sandra le dio instrucciones para que manejara la nave hacia Capella c.
      Javier abordó la nave y tecleó las coordenadas de destino. Sandra entró a la nave y se acercó al contenedor donde se encontraba la ballena que era madre. El gran animal pareció sonreir.
      —Sabes que ya no es necesario que sigas con nosotros —le dijo a Sandra.
      Ella colocó sus manos sobre el vidrio y asintió con la cabeza.
      —Sí —articuló débilmente, nuevamente con el modulador.
      —Sabes que toda la especie te agradece lo que has hecho.
      Sandra no sólo había obtenido una nave para permitirles regresar a su planeta, había hecho más que eso. Dado que el cerebro de las ballenas había sufrido muchos cambios a lo largo de los millones de años durante los cuales se habían adaptado a nuestro planeta, habían perdido un poco sus capacidades mentales, y Sandra se encargó de diseñar un segundo cerebro artificial que las ballenas ahora tenían en su lomo, conectado a su cerebro original, por medio de fibras neuronales, como una extensión de él, aunque todo ello lo hizo supervisada por dos ballenas, que aún tenían el recuerdo de las antiguas técnicas, recuerdo que había pasado a través de su familia, durante muchas generaciones, por medio del canto.
Sandra sonrió.

      Un barco se hallaba en el punto desde donde había sido localizada la señal del teléfono de Sandra. En la cabina habían varios hombres, entre ellos estaba Marcos.
      —Recibimos el eco —dijo uno de los hombres, Edmund Klein, que era el jefe de la Misión Albatros. Miraba la pantalla del sonar—. Hay una instalación suboceánica, a tres mil ochocientos metros de profundidad.
      —¡Tres mil ochocientos! —exclamó un hombre calvo— Nadie ha construido jamás una instalación a esa profundidad.
      —No que se tenga registro —dijo otro hombre.
      El jefe de la misión prosiguió:
      —La instalación mide un kilómetro de lado, es un cuadrado gigante —hizo una pausa—. Muy probablemente esto no ha sido construido por seres humanos —dijo Klein seriamente—, así que no sabemos qué demonios encontraremos allí.
      Marcos miraba a través de una ventanilla el amplio océano, que se perdía hasta el horizonte y más allá de él.
      Los hombres mandaron un sumergible que llegaría a esa profundidad para examinar la instalación. La cápsula bajó rápidamente y pronto ya había descendido dos kilómetros. Los que estaban en la cabina se acercaron al radio transmisor.
      —¿Cómo que bajando? —dijo Klein.
      —¿Qué ocurre? —preguntó otro.
      —Nuestro hombre dice que la presión está disminuyendo, y sigue en dirección hacia el fondo.
      —¡Eso no es posible! —reclamó alguien.
      —Y sigue descendiendo —se escuchó la voz, por el radio, de quien estaba a bordo de la cápsula sumergible—. Veo la estructura —el hombre se oía aterrado.
      Abajo, el hombre encendió el segundo par de luces de la cápsula. Ya había llegado al fondo y ante él tenía el enorme edificio, con forma de cuadrado pero con el techo en forma de cúpula, convexo. Avistó una enorme puerta en la parte central del techo. Una ballena pasó junto a él, y luego otra, y otra más. Leyó el indicador de presión y notó que era casi la atmosférica. Podía salir de la cápsula y nadar allí afuera sin ser aplastado por la presión, aunque se encontrata a casi cuatro kilómetros de profundidad. Seguramente el aparato se había descompuesto.
La cúpula de la enorme estructura comenzó a abrirse.
      En la superficie los hombres notaron que las ballenas jorobadas empezaban a cantar y rodeaban la embarcación. Marcos las observaba nadar y salpicar agua.
      Un grito de horror se escuchó por la radio. El hombre suplicaba por que lo subieran. Comenzaron a enrrollar la cuerda metálica.
      Marcos estaba abstraido mirando las ballenas. Nunca había visto algo tan maravilloso antes, y entendía, aunque superficialmente, el amor que su esposa siempre les había tenido a esos animales. Sin embargo su esposa le había mentido, y ahora posiblemente también era ella la había secuestrado a su colega, aunque él no sabía que tenía un propósito.
      Vio que el mar se oscurecía. Luego, una enorme sombra oscureció la superficie. El océano se levantó y el agua se escurrió por el cuerpo del objeto, de vuelta al océano. Lo identificó inmediatamente, pues él la había diseñado, era la Albatros. El resto de la tripulación de la embarcación corrió hacia estribor y presenció cómo la nave salía del agua, lentamente. Un número enorme de ballenas jorobadas estaba cerca de la nave, pero lo suficientemente lejos para no ser engullidas por la succión generada al salir la enorme nave del agua. Todas ellas cantaban, se despedían de los que emprendían el viaje de regreso a su planeta. Un canto salió también de la nave. Era un canto maravilloso, como una mezcla de alegría y melancolía. Lo que venía y lo que dejaban atrás. La Albatros se elevó en los aires y se movió lentamente sobre el azul cielo. Aumentó su velocidad ascensorial. En poco tiempo ya se perdía en las alturas.

      Marcos vació el contenido de la lata en el plato de Oberon. Miró atentamente al perro mientras comía, y arrojó la lata vacía en el basurero. Tocaron la puerta y una carta se deslizó por la ranura de la correspondencia. Corrió para abrir la puerta y vio al cartero marcharse. Esperaba que fuese alguien más. Se agachó y recogió el sobre. Tenía escrita una dirección de las Islas Galápagos. Rasgó el sobre y vio la letra, era de Sandra. Se detuvo y dio un profundo respiro, cerrando los ojos y apretando fuertemente los párpados. Leyó la carta.
      No me odies, por favor, por lo que he hecho. Fue necesario para llevar a cabo una muy importante tarea de la cuál te hablaré si estás dispuesto a escucharme. Lo que he hecho tú lo sabrás, pero si lo digo ahora puede que creas que he enloquecido. Tu amigo Javier estará bien, regresará pronto en la nave de salvamento de la Albatros, pero ahora cumple su misión, que durará un año. No te guardaré más secretos. Escribe a esta dirección si estás dispuesto a perdonarme por lo que he hecho. Perdón.
      Tu esposa, Sandra.
      Eso era todo.
      Marcos lentamente cerró la puerta y se dirigió a su habitación, con la carta en la mano. Se sentó en la orilla de la amplia cama. Abrió un cajón cercano e introdujo allí la carta, sin reflejar emoción alguna en su rostro. Se quedó quieto por unos minutos, sentado y con las manos colgando a los costados, con los hombros caídos, la mirada desenfocada, y con la mente totalmente revuelta. Un sonido lo distrajo, el mismo sonido que había escuchado el día anterior a bordo del barco. Se levantó y miró por la ventana, que daba hacia la costa. A lo lejos vio los enormes cuerpos grises y las colas saliendo y entrando del agua. Una de las ballenas se acercó demasiado a la costa casi tanto que parecía que quedaría barada en la arena. Era como si intentaran decirle algo, o eso le pareció. Y, en efecto, esos magníficos animales le decían cosas, aunque él no las comprendía, pues no comprendía el significado de su canto.
      Le contaban sobre lo que había hecho la humana que las había entendido y ayudado; le contaban sobre su historia y sobre sus anhelos; le contaban sobre el sueño de su especie, el sueño de la ballena. De su anhelo de regresar a su hogar, entre las estrellas.

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