febrero 27, 2011

El pintor

     Marcos regresó a su casa. Había cogido una fuerte gripe y sus narices escurrían. Tomó un pañuelo para limpiarse mientras caminaba hacia su habitación. Vio al hombre con la brocha, bajándose de la escalera recargada en la pared.
     —¡Oh, ha quedado muy bien! —dijo Marcos, alabando la tarea del pintor. La habitación estaba pintada de un brillante color rojo, que tanto le gustaba a su esposa.
     —Gracias —respondió el pintor, levantando la cubeta vacía con restos de pintura roja. Sonrió—. Me anima que la gente reconozca mi trabajo. Normalmente no lo aprecian.
     Marcos vio su reloj.
     —¿Clara no ha llegado del supermercado?
     —No, aún no.
     —Seguro le fascinará cómo ha quedado la habitación.
     —Seguro que sí. Ya he terminado mi trabajo, señor. Que la pase bien —se despidió el hombre, levantando su mano manchada de rojo.
     —Gracias, usted también.
     El hombre salió.
     Marcos admiraba lo bien que había quedado la pintura. Y pensar que había pensado en pintar la habitación él mismo, pero Clara sabía lo mal pintor que él era, así que había contratado a un experto en eso.
     Vio su reloj de nuevo. Qué extraño que su esposa se atrasara de esa manera. Se acercó a una pared, se veía algo rara esa pintura. Su gripe le impedía oler el aroma a sangre que llenaba todo el lugar.

febrero 25, 2011

Reírse de sí mismo

Me doy cuenta de lo maravilloso que es reírse de las cosas que nos pasan, que no es lo mismo que darles importancia a las cosas negativas y luego hacer un tsunami en una molécula de agua, cuando el problema resulta sencillo pero nosotros nos aferramos a verlo como insoluble.

Bueno, quería contarles algo que me pasa, después de todo esto en teoría es un blog personal, y casi no hablo sobre mí. Verán, una de mis obsesiones son las cosas que tengan que ver con patrones, contar las cosas, placas de vehículos (sumarlas, multiplicarlas, compararlas y buscar simetrías entre ellas. Por ejemplo hace un par de días había cuatro motos estacionadas y que tenían placas, los números de las placas sumaban 24, 10, 10 y 24. ¿No les parece eso bonito? A mí sí. Es simétrico) y sobre todo mi obsesión con los números primos. Tiene que haber números primos en las cosas, si no, no me siento cómodo. ¿No sé si parecerá tonto, pero ¿evitarían sentarse en un asiento (dentro de un grupo de asientos) que no guarde una simetría respecto a los demás? Por ejemplo si ese asiento (digamos dentro de un aula de clase) dista un número primo de asientos hacia adelante y a la derecha. Porque yo me incomodo. Cuando entro a un salón me encuentro contando los asientos. Aveces me doy cuenta de ello. Claro que no lo hago siempre, aveces hay otras cosas en mi cabeza que demandan mi atención. ¿Pero a qué llego con todo esto? Que es una pérdida de tiempo. Eso es. No el hecho de buscar patrones y simetrías en las cosas, sino el obsesionarse si las simetrías no están allí (de las cuatro motos que les dije antes en una se subió el conductor y se fue con su moto, rompiendo la simetría. Y eso me angustió, de verdad, me angustié). ¿Sí ven lo tonto de todo esto? Y me río de esto porque es sano hacerlo. Si algo te obsesiona entonces ríete de ello, hazle saber a tu mente que esa obsesión irracional, si no deja nada productivo, no tiene por qué mantenerse. Que puedes fascinarte por las simetrías o por cualquier otra cosa pero que eso no tiene por qué controlarte. También aplica con los miedos que tengamos. Hay que reírnos, es gratis.

The Clone Song - Isaac Asimov

Aparte de ser uno de los escritores más prolíficos de la historia, Asimov, conocido sobre todo por su trabajo dentro de la Ciencia Ficción, escribía novelas de misterio, divulgación científica y también componía canciones. Era un tipo muy divertido, y él mismo menciona en su autobiografía "Yo, Asimov" que le gustaba hacer reír a la gente. The Clone Song es una canción que él escribió. La melodía en la que se basó es Home on the Range, que fue escrita por Brewster M. Higley (1823-1911) y es una canción tradicional del estado de Kansas, en los Estados Unidos. Esta es la versión de Asimov. Les pongo el video de la canción original para que vayan siguiendo la letra de Asimov.



Oh, give me a clone 
Of my own flesh and bone 
With its Y chromosome changed to X 
And after it’s grown 
Then my own little clone 
Will be of the opposite sex 

(Coro) Clone, clone of my own 
With its Y chromosome changed to X 
And when I am alone 
With my own little clone 
We will both think of nothing but sex
Oh, give me a clone 
Is my sorrowful moan, 
A clone that is wholly my own. 
And if she’s X-X 
And the feminine sex 

Oh, what fun we will have when we’re prone. 
My heart’s not of stone 
As I’ve frequently shown 
When alone with my own little X 
And after we’ve dined, 
I am sure we will find 
Better incest than Oedipus Rex. 

Why should such sex vex 
Or disturb or perplex 
Or induce a disparaging tone? 
After all, don’t you see 
Since we’re both of us me 
When we’re having sex, I’m alone. 

And after I’m done 
She will still have her fun
For I’ll clone myself twice before I die. 
And this time without fail 
They’ll be both of them male 
And they’ll each ravage her by and by.

febrero 23, 2011

Insignificantes, seres insignificantes




No tiene por qué ser deprimente. No somos tan grandes en tamaño como las estrellas pero podemos amar, ser felices con las personas a quienes queremos. Notar que realmente somos insignificantes en este universo no tiene por qué ser triste, lo verdaderamente triste sería no dar de nosotros mismos a los demás, no ser sinceros con nosotros mismos y con los demás, no dar cuando verdaderamente alguien lo necesita, no maravillarse con nuestra propia pequeñez, la que nos hace aspirar a ser grandes, no como una hipergigante roja sino como humanos capaces de grandes y hermosas cosas.

febrero 21, 2011

The Gathering - You learn about it

Bueno, como ahora no tengo mucho que decir, les dejo este video de la banda holandesa The Gathering, cuando todavía estaba la talentosa vocalista Anneke van Giersbergen, que se retiró del grupo en el 2007.

febrero 20, 2011

Modelos

La gente piensa que el problema con los modelos es que están limitados por nuestras mentes, pero el gran problema es que nuestras mentes están limitadas por nuestros modelos

    ¿Qué pensar de esto? Esto lo dijo este físico de la Universidad de Iowa.
   Cuando trabajamos dentro de un modelo establecido muchas veces exigimos rigurosidad: que nada se puede salir de dicho modelo. Mucha gente intenta hacer encajar los hechos en un modelo, cuando debería realmente a partir de los hechos formar ese modelo. El inverso no es científicamente correcto. Nos limitamos a pensar en las consecuencias del modelo sin dar cabida a nada más, lo que realmente puede ser verdadero y que no está considerado dentro de nuestro modelo.
    Creo que a eso se refiere. A veces hay que salirse del esquema pues limitamos nuestras mentes a lo que nuestro modelo está considerando, a los factores que toma en cuenta y que tal vez no sean todos los factores que tenemos que tomar en cuenta. Si nuestro modelo está mal, o no se acerca tanto a la "realidad" como podría, y nos obstinamos a que todo encaje en él entonces no dejamos espacio para lo demás, para la creación imaginativa y la posible "verdad" de las cosas.

febrero 19, 2011

Escribir Ciencia Ficción. Asimov

Texto encontrado en el libro Yo, Asimov, de Isaac Asimov.


    Larry Ashmead (mi director en Doubleday por aquel entonces) me pidió que asistiera a una reunión de la Asociación Americana de Libreros (ABA) en 1975. Era una de sus raras reuniones en Nueva York, así que podía asistir, y celebraban su septuagésimo quinto aniversario. Larry no me llamó para pasar el rato. Quería que captara el ambiente y escribiera una novela de misterio llamada Murder at the ABA (Asesinato en la reunión de la ABA).
     Me dijo que la quería para el siguiente encuentro de la 
asociación, un año después.
     Te entregaré el manuscrito mucho antes, Larry le dije.
     No estoy hablando del manuscrito me contestó, sino del libro terminado.
     Estaba asustado. Sólo tenía dos meses para escribir el libro, así que protesté.
     Larry repitió lo que he oído un millón de veces de los realizadores:
     Puedes hacerlo, Isaac.
     Asistí a la reunión de la ABA y escribí el libro en siete semanas. Comparado con los siete a nueve meses que necesitaba para una novela de ciencia ficción, ¿dónde estaba la diferencia? Para mí la respuesta es bastante sencilla. Al escribir una novela de ciencia ficción hay que inventar una estructura social futurista que sea lo bastante compleja como para resultar interesante por sí misma, aparte de la historia, y que tenga consistencia. También se tiene que configurar un argumento que sólo funcione dentro de esa estructura social. La trama tiene que desarrollarse sin oscurecer demasiado la estructura social y esta última se debe describir sin retrasar demasiado el argumento.
     Conseguir que una novela de ciencia ficción cumpla este doble propósito es difícil, incluso para alguien con experiencia y talento como yo. Cualquier otro tipo de obra literaria es más fácil que la ciencia ficción.

febrero 17, 2011

Fábrica de ideas

Bueno, como no he tenido mucho tiempo para escribir estos últimos días (y semanas) les dejo algo que escribí en enero.

     Nick Harlan se sentó frente a su ordenador y comezó a escribir su tercera novela. La primera había sido un éxito y la segunda, dado que se había vuelto un escritor medianamente reconocido, se vendió por inercia.
     Las condiciones de su pequeña habitación eran las deseables para él: la iluminación que recibía de su lámpara de techo de luz blanca, ventanas cerradas y con las cortinas corridas, sobre todo, aunque afuera había un hermoso día, y él frente a su escritorio y su ordenador, y si levantaba la vista: una pared blanca.
     Siguió tecleando y la pantalla pronto se llenó de palabras.
     De pronto se quedó bloqueado. Se había detenido solamente a tres páginas del comienzo. ¿Qué había pasado? Seguramente esto se acabaría rápido y podría volver pronto a lo que estaba haciendo. Sintió un poco de frío y fue a su armario por un suéter. Quizá se le habían acabado las ideas. Consideró eso, pero como estaba falto de ideas no pudo pensarlo a profundidad.
     No llevaba un buen conteo de los días y para él era lo mismo un lunes que un sábado. Miró en su ordenador el calendario y se dio cuenta que ya habían pasado tres meses desde que había recibido su último paquete de ideas.
     "¡Cielos, tanto tiempo y ni cuenta me dí!", pensó.
     Cerró el ordenador y bajó el interruptor de luz. Abrió la puerta. Su pequeña hija Jane caminaba con una taza de té. A Jane le gustaba tomar té, y a su padre el café, pero ya no lo necesitaba últimamente desde que había recibido ese paquete de ideas.
     Caminó hacia la habitación de su esposa. La vio tendida en la cama leyendo un libro.
     —Hola Janet —saludó él.
     —Hola —respondió su esposa, sin despegar la vista del libro.
     —Iré a la fábrica, regreso en unos momentos
     Janet lo miró y notó a su esposo muy relajado. La última vez la falta de ideas le había hecho desesperarse tanto que le afectó en su salud y tenía unas enormes ojeras. Ahora Nick tenía sus ojeras de siempre.
     —La comida estará lista en cuanto llegues —respondió Janet, y siguió leyendo.
     Notó que su esposa estaba leyendo una novela de Asimov. Cómo admiraba a Asimov, le gustaría ser un escritor tan prolífico como él, pero él, Nick Harlan, no era un genio y lo aceptaba con molestia. Se subió a su coche y condujo hacia la fábrica, en la avenida Schenectady, un lugar en medio de casas abandonadas y otras en construcción. Se bajó del vehículo y entró en el edificio, que tenía como puerta principal una puerta giratoria. Las puertas giratorias le mareaban, pero había llegado.
     —Hola señor Harlan —saludó la recepcionista, en el mostrador—. Ya se estaba retrasando.
     A Nick le molestaba la palabra retrasado y cualquier conjugación y uso en modo adverbial o gerundial de la misma. Recordó sus años de infancia cuando le llamaban retrasado. Por supuesto que no lo era, pero tampoco destacaba en muchas cosas, así que decidió convertirse en escritor, y así le haría ver al mundo, sobre todo a los que lo tomaban como menos, que podía triunfar.
     —Pase —dijo la señorita, señalando con la mano abierta el consultorio del Doctor Jenkees.
     Nick se dirigió a la puerta y tocó.
     —Adelante —contestó desde dentro la voz del doctor.
     Abrió al puerta.
     —Buena tarde, doctor.
     En ese momento el doctor Jenkees atendía a otro paciente. Era a una joven que estaba recostada en una especie de silla inclinada y el doctor observaba la cabeza de la paciente.
     —Creo que llego en mal momento —dijo Nick.
     —Oh, no no no, nada de eso, ya he terminado con ella.
     La mujer, con una sonrisa de satisfacción en el rostro, se levantó de la silla. Estrechó la mano del doctor.
     —No olvide volver exactamente en ochenta días —le dijo el doctor a la mujer.
     La mujer asintió y salió por la puerta.
     —Siéntese —ordenó el doctor Jenkees.
     Nick se acercó a la silla y se recostó. El doctor, un hombre que ya rozaba los sesenta años, tomó una pequeña caja metálica de una mesa, y un objeto alargado, un tubo, del cual salía un cable, y se dirigió hacia Nick:
     —Veo que su libro ha tenido éxito.
     —Así es, y quiero que eso vuelva a repetirse.
     —¡Oh!, no lo defraudaremos, señor Harlan.
     El doctor se acercó a la cabeza de Nick. Encendió la pequeña caja y buscó algo en la región prefrontal, en la frente. Al fin encontró el orificio. Introdujo el tubo metálico en la cabeza de Nick, y lo atornilló al cráneo, girándolo. Parecía una antena con un cable saliendo de la antena. Conectó el extremo libre del cable al cubito metálico.
     Nick no sintió dolor. El cubito transmitía información que se almacenaba directamente en el cerebro de Nick. El doctor puso el cubito en un sitio estable y miró una pantalla que mostraba los parámetros de la transmisión al cerebro de Nick.
     —Esta vez serán diez minutos —dijo el doctor, y se sentó en su escritorio, a revisar unos expedientes.
     Después de transcurrido ese tiempo le retiró el tubito y se despidió del doctor. Al salir, Nick se sintió totalmente rejuvenecido. Las ideas habían vuelto a su cabeza y ya sentía su cerebro trabajar con mayor rapidez y creatividad. Se apuró para llegar a su casa, donde le esperaba su ordenador y sólo su ordenador.

     Pasó por el pasillo y su esposa, desde su habitación y con la puerta abierta, lo vio.
     —¿Comerás esta vez? —preguntó Janet.
     Pero Nick no respondió y se metió directamente a su habitación. Encendió la luz, blanca como la leche ultrapasteurizada, y se sentó en su silla. Notó que la silla era más cómoda, pero eso, obviamente, sólo era una ilusión.
     Las palabras le salían de nuevo. Cierto es que nunca sería como Asimov, pues en sus seis años de escritor, desde que se propuso que a eso se dedicaría, sólo había publicado dos novelas. Cierto es que Asimov no obró de este modo ni remotamente poco productivo.

     —¿Cómo va tu nueva novela? —le preguntó Janet, mientras desayunaban.
     —Muy bien —contestó Nick—, la nueva descarga de ideas ha sido muy benéfica.
     Janet torció la boca.
     —Jane asistirá esta semana a un torneo de ajedrez, representará a su escuela.
     Nick la miró detenidamente, por un momento pensó que su cabello había cambiado de color desde la noche anterior.
     —Ella quieres que vayas —añadió.
     —La novela no se escribirá sola —respondió él—. Necesito tiempo.
     —Sabes que nunca serás como a ese escritor que tanto admiras —dijo Janet, enfadada—. No digo que no seas un buen escritor de ciencia ficción, pero deberías de estar más tiempo con tu familia —dijo para suavizar la impresión que había causado a Nick.
     Nick bufó.
     —Esto es lo que mejor hago —repuso—. Sabes, Isaac también tuvo una esposa que no valoraba su trabajo como escritor. Se divorció de ella.
     —Pediré permiso en el trabajo para llevar a Jane —dijo Janet, como no escuchando las palabras de su esposo.     Su hija Jane ya iba a dormirse y le pidió a su padre que le contara un cuento. Nick se sintió halagado, pues era lo que le gustaba hacer: contar historias..
     —Claro —dijo seguro de sí mismo—, ¿qué clase de cuento quieres esta noche?
     —¡Piratas! —contestó inmediatamente la niña.
     Nick titubeó. No sabía nada sobre piratas, excepto el hecho de que acostumbraban a decir “arrrggg” en repetidas ocasiones. Se inclinó hacia la pequeña.
     —Puedo contarte uno de ciencia ficción —dijo suavemente.
     —¡Yo quiero uno de piratas! —protestó la pequeña.
     —Escucha, Jane, papi sólo tiene ideas de ciencia ficción, el doctor no le ha administrado nada relativo a los piratas, así que no se me ocurre ninguna historia de piratas.
     La niña se cruzó de brazos y frunció los labios, como su madre.
     —Entonces, ¿qué tal si inventamos una? —sugirió la pequeña.
     —No sabría cómo comenzar.
     —Podría comenzar con: “Barba Verde dio la orden de disparar los cañones. El barco enemigo pronto sucumbiría entre la lluvia de fuego y sus tripulantes preparaban el escaso armamento para ejercer resistencia...”
     —¿Qué clase de nombre es Barba Verde? —interrumpió Nick, atónito.
     —Un nombre de pirata —respondió la niña.
Nick guardó silencio por unos segundos y, confundido, preguntó:
     —¿De dónde sacas estas ideas? —sospechaba de que posiblemente su hija había ido sin su permiso a la Fábrica de Ideas.
     Jane se rió escandalosamente de la ingenua pregunta de su padre.
     "Estos niños de ahora...", pensó Nick.
     "Estos padres de ahora...", pensó Jane.

febrero 14, 2011

Las simetrías del universo

Es una entrevista que Eduardo Punset, del programa Redes de RTVE, le hizo al matemático Marcus du Sautoy, de la Universidad de Oxford. Trata sobre la naturaleza y su relación con las matemáticas. Por ejemplo, tomen una margarita o un girasol. Pueden ver que hay líneas curvas que van en un sentido y en el contrario. Si cuentan cuantas líneas son, en ambos sentidos, los dos números serán números de la Sucesión de Fibonacci, que comienza con 1, 1, y sigue con 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34... donde un miembro de la sucesión es la suma de los dos anteriores. Y es maravilloso de verdad ver la matemática que vive en todas las cosas. Por ejemplo, en esta margarita, las líneas que se curvan hacia la izquierda son 21, y las que van hacia la derecha son 34, dos números consecutivos de la sucesión.


El video lo encuentran aquí. Se ve muy bien en pantalla completa.



Las matemáticas nos ayudan a descubrir la lógica
que subyace al mundo tan complejo y caótico en el que vivimos.
Marcus du Sautoy

¿Dios juega a los dados?

Es bien conocida la frase "God does not play dice with the universe" (Dios no juega a los dados con el universo), que se le atribuye a Albert Einstein. Él consideraba a la Mecánica Cuántica como una explicación "fea" del universo, con cosas indeterminadas y meramente probabilísticas. En 1944 Einstein le escribió una carta a Max Born en donde le decía:

Tú crees en el Dios que juega a los dados, y yo en la ley y el orden completos en un mundo que existe objetivamente (...) Ni tan sólo el gran éxito inicial de la Teoría Cuántica me hace creer el juego de dados fundamental, aunque soy bien consciente de que nuestros colegas más jóvenes lo interpretan como una consecuencia de la senilidad. No hay duda que llegará el día en que veremos cuál de estas actitudes instintivas era la correcta

Sin embargo, el mundo de lo muy pequeño, el mundo de los átomos, es cuántico. Pero aún hay detalles qué descubrir, sorpresas que el universo nos seguirá dando, pues aún somos unos niños que estamos descubriendo como funcionan las cosas.

febrero 08, 2011

Julio Verne, el profeta.

(Esta entrada contiene expresiones matemáticas que no son visibles por el momento. Disculpen las molestias. Espero arreglar este detalle pronto.)


Jules Gabriel Verne (1828 - 1925) fue y ha sido uno de los mayores exponentes de la Ciencia Ficción de toda la historia. Sus historias fueron proféticas, hablando sobre los viajes espaciales, los submarinos, el fax, el helicóptero y otras cosas. Para leer más sobre Verne en su día, pueden leer esta entrada del blog Historias de Paula, un blog que les recomiendo.

No conozco mucho de Verne. Conozco de él lo que la lectura de dos de sus novelas puede significar: "Cinco semanas en globo" y "La vuelta al mundo en 80 días". No me olvido mientras leía estas novelas. Recuerdo sobre todo "Cinco semanas en globo".

De lo que quiero hablar aquí es sobre la forma en que en su novela "De la Tierra a la Luna" describe el viaje espacial. Verne se imaginó que un cañón lo suficientemente grande podía lanzar una esfera con tripulantes dentro. Parte de la información que presentaré la extraigo de los libros Física Recreativa, 1 y 2 de Yakov Perelman.

Allá por los años 1865-1870 apareció en Francia la novela fantástica de Julio Verne "De la Tierra a la Luna", en la cual se expone una idea extraordinaria: la de enviar a la Luna un gigantesco proyectil tripulado, disparándolo con un cañón. Julio Verne describe su proyecto de una forma tan verosímil, que la mayoría de sus lectores se harían seguramente la pregunta: ¿no se podría realizar esta idea?

La Tierra presenta una atracción gravitatoria a todo lo que intente escapar de ella. Para huir de esta fuerza hay que ser lo suficientemente rápidos. ¿A qué velocidad se imaginan que tiene que volar un cohete para dejar la Tierra? Hablando en abstracto: la velocidad de escape es aquella velocidad que hay que darle a un cuerpo para que llegue al infinito con velocidad nula. Más físicamente hablando: es la velocidad que tiene que tener para salir de la atracción gravitatoria de un cuerpo celeste. Este valor, para la Tierra, corresponde a 11.2 km/s. ¡Zum! Eso es muy rápido.

En "De la tierra a la Luna" Verne describe su ingeniosa máquina: un cañón que mide 250 metros de largo y que está enterrado verticalmente. En el interior se encuentra el proyectil: una esfera de 8 toneladas. Para dispararlo se necesitan 160 toneladas de nitrocelulosa. Verne describe que el proyectil sale lanzado a 16 km/s, aunque es relentizado hasta 11 km/s debido a la fricción con la atmósfera.

Perelman dice que demostró, en un libro llamado "Viajes Interplanetarios" que ningún cañón a base de pólvora puede disparar un proyectil a más de 3 km/s. Así también un cuerpo que está sumergido en un fluido suele ser frenado por el mismo, y la fuerza que lo frena es proporcional a la velocidad. Se sabe que a muy altas velocidades este freno suele ser proporcional al cuadrado de la velocidad (o similar), es decir, la fricción crece muy rápido al aumentar la velocidad. Pero supongamos que omitimos esto. Vamos a creerle a Verne.

¿Ahora, qué pasa con los pasajeros? ¿Resistirán la velocidad a la que es lanzada el proyectil que los enviará a la Luna, resistirán la aceleración? Voy a introducir algunas ecuaciones sólo para ilustrar lo que pasa.

En la novela se menciona que parte del cañón está lleno de nitrocelulosa, y que la parte libre, por la cuál se moverá el proyectil, tiene una longitud, que llamaremos S, de 210 metros. Conocemos la velocidad final: = 16,000 m/s. Sabemos que la distancia, S, viene dada por la siguiente ecuación
$S=\dfrac{at^{2}}{2}$

Donde a es la aceleración del proyectil y t el tiempo en que éste recorre el interior del cañón. Y que la velocidad, la podemos ver como

$v=at$

Supongamos que el proyectil se mueve dentro del cañón con una aceleración constante, para simplificar, porque de otra forma tendríamos una variación de fuerzas, y no queremos complicar los cálculos. Entonces ya tenemos los datos necesarios para saber en cuánto tiempo salió el proyectil después de ser detonada la nitrocelulosa.

$v=at=16000\, m/s$, y también $210\, m=S=\dfrac{at\cdot t}{2}=\dfrac{(16000\, m/s)\cdot t}{2}=(8000\, m/s)\cdot t$


De aquí tan sólo despejamos la t, y nos queda


$t=\dfrac{210\, m}{8000\, m/s}=\dfrac{1}{40}s$

¡Un cuarentavo de segundo! Eso es lo que tarda el proyectil en recorrer el largo del cañón.

Entonces si alcanza 16 mil metros por segundo en tan sólo un cuarentavo de segundo, la aceleración (velocidad entre tiempo) debe ser aterradoramente grande. Si sustituimos los datos de velocidad y tiempo que tenemos, entonces

$a=\dfrac{v}{t}=\dfrac{16000\, m/s}{\dfrac{1}{40}\, s}=640000\, m/s^{2}$

Eso son más de 640,000 veces la aceleración de la gravedad. En la pruebas de los pilotos se llegan a experimentar unos 7 G (1 G es igual a la aceleración gravitacional terrestre), cuando estos se dejan caer en picada (que es en donde alcanzan una mayor aceleración). Y si el organismo humano ya tiene ligeros problemas con soportar 7 G (organismo humano, no saiyajin, como Gokú, de Dragon Ball, que soportaba hasta 100 G en la máquina del Dr. Brief, papá de Bulma, de la Capsule Corp). Nuestros protagonistas necesitan al menos estar en supersaiyajin fase 4 para soportar tal atrocidad. Y ni así.

Bueno, no es posible soportar tal aceleración. Pero y ¿qué podemos hacer para que sea factible, con una aceleración 10 veces la de la Tierra (para que los viajeros no sufran tanto), disparar el proyectil a la velocidad necesaria para que salga de la atmósfera? Respuesta: tenemos que alargar el cañón. Al hacerlo más grande, el proyectil irá acelerando paulatinamente y tendrá más tiempo para alcanzar la velocidad de escape.

Pongamos que la aceleración fuese 100 m/s^2 (unos 10G) y que la velocidad terminal sea de 11,000 m/s (estamos considerando, como lo hace Perelman, que no hay fricción del aire, y por tanto hace falta dicha velocidad para escapar de la Tierra).

Entonces, por 
$v=at$
tenemos que
$t=\dfrac{v}{a}=\dfrac{11000\, m/s}{100\, m/s^{2}}=110\, s$

Esto nos dice que con la nueva aceleración tardaría 110 segundos en alcanzar la velocidad de escape. ¿Y cuánta distancia recorre en ese tiempo?

Por la fórmula
$S=\dfrac{at^{2}}{2}=\dfrac{at\cdot t}{2}=\dfrac{(11000\, m/s)\cdot110\, s}{2}=605000\, m$




tenemos que recorrerá una distancia de 605 mil metros, 605 kilómetros. Es lo que debe medir realmente el cañón para que a los 110 segundos el proyectil tenga la velocidad de escape. Entonces así, y sólo así, el viaje resultaría factible.

Señor Verne, creo que no ha acertado en esta novela. Su método para viajar a la Luna ha resultado ser bastante malo, y sólo logrará hacer que los cuerpos de los viajeros exploten por la alta aceleración.

Que Verne se haya equivocado rotundamente en la física involucrada es esto es aceptable desde el punto de vista del gran escritor que fue. Cierto, no hay que deidificar a nadie, pero Verne fue uno de los que hizo posible que la ciencia ficción saliese disparada como bala de cañón.

¡Felicidades, Julio!, donde quiera que estés (en la Luna, tal vez. Pero esta vez llegó allí por medios factibles).

febrero 07, 2011

Justicia

Si los ciudadanos practicasen entre sí la amistad, no tendrían necesidad de la justicia

febrero 05, 2011

La máquina que hizo la realidad

      —¿Qué crees que sea? —dijo Harry, inspeccionando la enorme maquinaria que llenaba el sótano. El lugar estaba todo empolvado. Nunca habían entrado allí, aunque estaba debajo de su propia casa.
      —No lo sé —respondió Alice, que se sacudía una telaraña de su blusa—. Esta cosa debe de haber estado aquí durante años. Mis padres nunca me dijeron nada de esto en el testamento.
      —Mira —dijo Harry, quitando una gruesa capa de polvo de encima de la maquinaria—. Hay botones.
      Alice se acercó y vio botones, palancas, luces parpadeantes y un botón de color rojo y más grande que los demás.
      —¿Para qué servirá éste?
      —Será mejor que no toquemos nada hasta que... —Harry se interrumpió al ver que su esposa oprimía el botón rojo. Le retiró la mano inmediatamente—. ¡Dije que no había que tocar nada!
      La máquina empezó a zumbar, y algunas luces cambiaron de color verde a rojo. El sótano vibró y el polvo acumulado cayó del techo, haciendo toser fuertemente a Harry.
      —¡Mira lo que has hecho! —articuló Harry con dificultad mientras tenía un acceso de tos.
      —¡Yo! ¡Hecho! ¡Ah!, pero si siempre eres tú el que causa los problemas. No sé por qué no me he divorciado de ti. ¡Primero dejas a tu madre que se entrometa en lo nuestro; después: le das más importancia al televisor que a mi! ¿Estás casado con el televisor? ¡No, verdad!
      —¡Por el amor de Dios, cierra la boca, Alice!
      La máquina dejó de zumbar y pareció que la enorme masa de metal exhalaba. Todas las luces parpadeantes se apagaron. De pronto los ojos de Harry se abrieron mucho. Miraba con horror a su esposa.
      —¡Qué! —dijo furiosamente Alice.
      —Tú no eres mi esposa.
      —¿Qué? Ah, ya entiendo, ¡ahora me niegas como tu esposa! ¡Sólo eso faltaba! ¿Sabes qué?, ya me cansé de todo esto. Mañana pido el divorcio.
      Harry aún observaba con ojos desorbitados.
      Alice, entre todo el polvo que aún flotaba en el aire, pudo ver mejor la figura de Harry. No parecía él. Tenía cabello largo y rubio y lo que parecían ser un par de pechos.
      —Santo cielo, ¿pero qué te ha ocurrido? —Alice estaba asustada.
      Se acercó a él y lo examinó más de cerca.
      —Eres... —dijeron los dos al mismo tiempo.
      —... un hombre —terminó Harry.
      —¡Y tú una mujer!
      Durante algunos minutos se siguieron mirando. Examinando sus extraños y nuevos cuerpos.
      —¿Qué crees que haya pasado? —preguntó Alice, mirando sus propios brazos, cubiertos de vello.
      —No sé. Pero probablemente tenga algo que ver con esta extraña máquina.
      Guardaron silencio.
      —¿Y... ahora qué haremos? —preguntó Harry, pasándose los dedos por su largo y rubio cabello.
      —Creo que habrá que acostumbrarse a esta nueva condición.
      —¿Aún estás pensando en el divorcio?
      Alice acarició los hombros descubiertos de su esposo, o mejor dicho esposa.
      —No —dijo—. Hay que darnos una segunda oportunidad. Tal vez esta vez sí funcione.

febrero 04, 2011

Tickle monsters are robots

Tickle monsters are robots es un video sobre una historia creada por un niño de cinco años llmado Alexander Abel. Unos monstruos robots invaden la Tierra y disparan a las personas con "tickle lasers" (lasers de cosquillas). ¿Se supone que algo así debería ser malo, no? Pues no. Todo resulta mejor después.


Everyone is a tickle monster, but everyone is happy now...

febrero 01, 2011

Robot de última generación

     —Saturno... —chilló Carlos, viendo al perro muerto en la acera. Tenía la pistola de salvas de su padre en la mano; la dejó caer. Se agachó y abrazó al perro muerto, sollozando junto a él. Miró a Daniel, de pie, que observaba atentamente, sin decir nada—. Saturno está muerto.
Daniel asintió y dijo:
     —Tú lo mataste.
     —¡Fue un accidente! —gritó Carlos. Puso su rostro sobre el pelaje del animal—. Siempre me agradó Saturno, aunque fuese tu perro. Papá nunca me dejó tener perro.
     —Yo también lo quería mucho —dijo Daniel.
     —¡Pues no lo parece! Sólo estás allí parado y viendo, ni siquiera estás llorando porque Saturno ha muerto. ¡Es tu perro! ¡Pareces un robot!
     Daniel se estremeció al escuchar la palabra robot. Se enfureció.
     —¡No soy un robot! —se cruzó de brazos y se metió a su casa.

     —Ya sabes cómo son los niños, Jorge —dijo Angélica—, pero sólo son simples bromas. No dejemos que eso nos afecte.
     Estaban sentados en la cama en su habitación a oscuras.
     —Daniel aún no se acostumbra a tener este tipo de eventos —dijo Jorge—. La muerte de su perro le afectó pero no supo como expresarlo emocionalmente. Sus respuestas son demasiado frías aún, no ha creado las rutas de asignación suficientes —hizo una pausa—. ¿Y si ese niño se lo cuenta a su padre, a Roger? Seguro que lo hará, y ya conoces al padre. Se meterá en esto. Entonces tendremos que regresar a ese infierno.
     —No podemos regresar. No podemos dejar que Dani esté allí, no lo soportaría.
     —Su cuerpo sí pero su mente no.
     —No es como los demás y tú lo sabes.
     Jorge meditó un poco.
     —Es diferente, pero quizá no es tan diferente. Y ese “tan” podría ser lo que le dicte su condición y su destino —hizo una pausa y comenzó a llorar en silencio.

     —Hoy veré de nuevo a Alejandro —dijo Daniel, llevando una cucharada de leche con cereal a su boca—, es mi nuevo amigo en el colegio —dijo mientras masticaba.
     Angélica sonrió. Se alegraba de que su hijo hiciese un amigo a la primera semana de clases. Se estaba logrando adaptar mejor que lo que habían esperado.
     Llamaron a la puerta. Jorge se levantó de la mesa y abrió. Era Roger, el padre de Carlos. Cargaba una maleta, que estaba abierta en el piso.
     —Buenos días —dijo Jorge, nervioso.
     —Buenos días. Vengo a dejarte una invitación —sacó un papel de la maleta. Se lo mostró a Jorge—. Ya estarás bien informado que los Satélites Exteriores usan robots como soldados para pelear contra las fuerzas de los Planetas Interiores. Posiblemente muchos de esos robots estén refugiados aquí en la Tierra. Lo que queremos hacer, como miembros activos de este gran gobierno, es aplicar un test para saber quién es humano y quién es robot. Así saldremos de grandes problemas y tendremos a esas chatarras lejos de aquí.
     Jorge miró el folleto de propaganda.
     —Se trata de una propuesta ciudadana de nuestro grupo —añadió Roger.
     Como vio que no decía nada, continuó:
     —En mi casa se hará una reunión hoy, a las ocho de la noche. Estás invitado. ¿Qué dices?
     —Gracias, veré si puedo ir —tomó el folleto y cerró la puerta.
Jorge supo que no tendrían oportunidad contra eso. Las personas se unirían a favor de la propuesta y la aprobarían. Entonces deportarían a los Satélites Exteriores a todos los robots, si es que no los destruían por considerarlos enemigos.
     Angélica había escuchado la conversación. Jorge se sentó de nuevo ante la mesa y dejó el folleto a un lado de su plato. El pequeño Daniel había dejado de comer; él también había escuchado y miraba el papel que había dejado el vecino.
     —¿No me llevarán a mí, verdad? —preguntó Daniel.
     Los padres se angustiaron por la pregunta.
     —Claro que no —respondió Angélica inmediatamente—. Tú eres humano, no robot, y sólo se llevarán a los robots.
     Sonó la alarma del reloj de pulsera del pequeño. Se terminó rápido su cereal y se levantó.
     —Me voy —dijo. Le dio un abrazo a su madre y luego a su padre, y tomó su mochila. Corrió hacia la puerta, rumbo al colegio, que estaba a dos cuadras de distancia.
     Jorge y Angélica se miraron por largo tiempo, como si se comunicaran por medio de ondas radiales, pero sus transmisores estaban apagados. Angélica interpretó la mirada de su esposo.
     —No, Jorge —dijo ella, moviendo negativamente la cabeza.
     —Creo que no hay alternativa. Nos matarán. Lo matarán. Y no podemos estar huyendo, tarde o temprano darán con nosotros. Tampoco darlo en adopción es un plan a considerar; eso no servirá. Harán las pruebas a todas las personas, si alguien no las pasa entonces significa que es un robot. Nos han atrapado. Ni siquiera el hecho de que Dani crece como un humano lo salvará. No importa que sea un robot de última generación, sigue siendo un robot.
     —No...
     —¿Dime qué es mejor para él, que lo traten como un esclavo en Ganímedes o que lo maten aquí en la Tierra? Allá estaremos juntos al menos. Y tenemos la nave para regresar.
     —Jorge, ¿recuerdas por qué vinimos aquí a este planeta?
     —Claro que recuerdo. No soportamos la política de los humanos. Para ellos toda máquina sirve o para ser esclavizada o para combatir entre los de la especie humana. Además queríamos formar una familia.
     —Una familia, Jorge, eso es lo que hemos logrado. El anciano Jared nos fabricó a Dani. Jared era un buen hombre, el mejor fabricante de robots del sistema, antes de que ese bombardeo proveniente de las fuerzas de los Planetas Interiores lo matara. Nuestro hijo era apenas un bebé cuando nos lo entregó. Ha crecido junto con nosotros y nosotros con él, como una familia.
     Jorge clavó la mirada en su plato de avena.
     —Tendré listas las cosas para cuando regrese Dani.

     Habría sido preferible tomar una nave de pasajeros —en las pocas naves que salían de la Tierra rumbo a Ganímedes, por cuestión de la guerra—, pero eso sólo era opción para un humano, ya que no se permitía el abordaje de una máquina. Tenían que huir en un transporte propio.
     La nave estaba guardada en el sótano de la casa. Había sido escondida allí cuando habían llegado a la Tierra, y después de ello construyeron la casa encima de la nave. Tenían viviendo más de cinco años en ese lugar, pero ahora debían irse.
     Jorge metió en la nave las provisiones para el viaje de dos semanas.
     ¿Y qué le diría a su hijo, que él era también un robot y que si no huían de la Tierra los matarían? Dani había crecido viendo en el televisor las noticias de que el enemigo usaba robots para asesinar, así que a los ojos del pequeño los robots eran malvados, máquinas que asesinaban humanos. No. No se lo diría.
     Cuando Daniel regresó, le ordenaron que se cambiara.
     —¿A dónde nos vamos? —preguntó el niño, mientras se quitaba la camisa del colegio y se ponía otra.
     —No podemos estar aquí —le contestó su padre—. Tenemos que irnos, por la guerra.
     Daniel sabía lo que era la guerra, había visto guerra cada vez que encendía el televisor. Desde que él tenía memoria siempre había habido guerra.
     —¿También los demás se irán? ¿Carlos y Alejandro y...?
     —Tal vez.
     Daniel vio la nave. Se quedó impresionado, aunque el vehículo sólo medía cinco metros de largo y cuatro de ancho, era una maravilla para el pequeño. Se introdujo en ella.
     —¿En esto nos iremos?
     —Sí —Jorge caminaba rápido y pronto se metió, seguido por Angélica. Se cerró la compuerta—. Tápate los oídos y cierra los ojos —le dijo a Daniel.
     El niño le hizo caso.
     Jorge se sentó en la silla del piloto y tomó los mandos.
     La nave comenzó a tambalearse y luego se levantó lentamente. Chocó contra el techo del sótano y se escuchó un gran crujido. Siguió levantándose y salió por encima del piso de la casa. El suelo se había partido. Los objetos y los muebles se cayeron y rompieron. Era la única forma en la que la nave podría salir, ya que la casa se había construido exactamente encima de ella. Luego se elevó más y quebró el techo, haciendo que se viniera abajo. Dentro de la nave se oían leves susurros, mientras la casa se desmoronaba. Vieron su casa destrozada, abajo de ellos, excepto Daniel, que se cubría los oídos mientras apretaba los párpados. Ganaron más altura y de nuevo se tambaleó. Otro tambaleo y esta vez una explosión que sacudió violentamente la nave. Del otro lado de la calle Jorge vio a Roger, el vecino, apuntando con un cañón láser, mientras gritaba algo inaudible. Carlos, su hijo, estaba a un lado de él, con una pistola de juguete, también apuntando. Un haz salió del arma y dio en el casco de la nave. Jorge, asustado, aceleró pero la nave no respondió. Un espeso humo negro salió de la proa e inundó la cabina. Daniel gritaba y tosía, sofocándose con el humo.
     A lo lejos se acercaban tres patrullas aéreas de la policía.
     La nave comenzó a perder altura lentamente, cayendo como una hoja de papel en incendiada.
     La nave se estrelló contra el suelo.
     De una de las patrullas aéreas salieron un grupo de hombres, que se acercaron. La compuerta de la nave se abrió, dejando salir el humo contenido. Los policías vieron a una pequeña figura y a dos más grandes salir, tambaleándose. Dispararon sus redes y atraparon a los tres.
     Roger, el pequeño Carlos y los demás vecinos miraban victoriosos la escena.
     —Los he reconocido —le dijo Roger a un policía, orgulloso y hablando en voz alta—. Me di cuenta de que su nave tiene el emblema de las fuerzas de los Satélites Exteriores. Ellos siempre han sido gente muy rara, no me extraña que sean nuestros enemigos.

     Jorge y Angélica estaban sentados en una banca de madera, con las manos sujetas con unas esposas especiales. Miraban la puerta que tenían enfrente, la habitación donde le estaban aplicando el test de personalidad a su hijo. La puerta se abrió y un hombre con traje de policía terrestre salió de allí.
     El hombre los analizó un momento.
     —Se les destruirá de inmediato —dijo secamente. Sacó un papel y lo leyó—. Sus cargos son: asesinato —a los robots siempre se les acusaba de asesinato, indistintamente si lo habían o no cometido—, espionaje, usurpación de identidad y secuestro.
     —¿Ha dicho secuestro? —preguntó Jorge.
     —¡Sucias máquinas!, y todavía lo preguntan. ¡Secuestraron a ese niño y lo criaron como si fuera hijo suyo!
     Los dos robots se miraron y guardaron silencio. Sabían lo que eso significaba.
     —El pequeño ha aprobado el test —dijo de nuevo el policía— aunque tiene serias deficiencias empáticas, lo que era de esperarse después de haber convivido cinco años con máquinas sin sentimientos como ustedes.
     —¿Qué harán con él? —preguntó Jorge.
     —Aunque es originario de Ganímedes, no consideramos a un niño nuestro enemigo, así que le encontraremos una familia adoptiva aquí en la Tierra —el oficial miró a la pareja por un momento. No parecían temer al castigo—. Vengan conmigo —ordenó.
     Se levantaron y cruzaron el oscuro y largo pasillo, alejándose de la habitación donde se encontraba su hijo. Se tomaron de las manos. El policía les abrió una puerta, que dentro mostraba un sitio lleno de cuerpos robóticos inertes y algunos despedazados. Entraron a la sala de destrucción, con una gran sonrisa en el rostro.

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