—Saturno... —chilló Carlos, viendo al perro muerto en la acera. Tenía la pistola de salvas de su padre en la mano; la dejó caer. Se agachó y abrazó al perro muerto, sollozando junto a él. Miró a Daniel, de pie, que observaba atentamente, sin decir nada—. Saturno está muerto.
Daniel asintió y dijo:
—Tú lo mataste.
—¡Fue un accidente! —gritó Carlos. Puso su rostro sobre el pelaje del animal—. Siempre me agradó Saturno, aunque fuese tu perro. Papá nunca me dejó tener perro.
—Yo también lo quería mucho —dijo Daniel.
—¡Pues no lo parece! Sólo estás allí parado y viendo, ni siquiera estás llorando porque Saturno ha muerto. ¡Es tu perro! ¡Pareces un robot!
Daniel se estremeció al escuchar la palabra robot. Se enfureció.
—¡No soy un robot! —se cruzó de brazos y se metió a su casa.
—Ya sabes cómo son los niños, Jorge —dijo Angélica—, pero sólo son simples bromas. No dejemos que eso nos afecte.
Estaban sentados en la cama en su habitación a oscuras.
—Daniel aún no se acostumbra a tener este tipo de eventos —dijo Jorge—. La muerte de su perro le afectó pero no supo como expresarlo emocionalmente. Sus respuestas son demasiado frías aún, no ha creado las rutas de asignación suficientes —hizo una pausa—. ¿Y si ese niño se lo cuenta a su padre, a Roger? Seguro que lo hará, y ya conoces al padre. Se meterá en esto. Entonces tendremos que regresar a ese infierno.
—No podemos regresar. No podemos dejar que Dani esté allí, no lo soportaría.
—Su cuerpo sí pero su mente no.
—No es como los demás y tú lo sabes.
Jorge meditó un poco.
—Es diferente, pero quizá no es tan diferente. Y ese “tan” podría ser lo que le dicte su condición y su destino —hizo una pausa y comenzó a llorar en silencio.
—Hoy veré de nuevo a Alejandro —dijo Daniel, llevando una cucharada de leche con cereal a su boca—, es mi nuevo amigo en el colegio —dijo mientras masticaba.
Angélica sonrió. Se alegraba de que su hijo hiciese un amigo a la primera semana de clases. Se estaba logrando adaptar mejor que lo que habían esperado.
Llamaron a la puerta. Jorge se levantó de la mesa y abrió. Era Roger, el padre de Carlos. Cargaba una maleta, que estaba abierta en el piso.
—Buenos días —dijo Jorge, nervioso.
—Buenos días. Vengo a dejarte una invitación —sacó un papel de la maleta. Se lo mostró a Jorge—. Ya estarás bien informado que los Satélites Exteriores usan robots como soldados para pelear contra las fuerzas de los Planetas Interiores. Posiblemente muchos de esos robots estén refugiados aquí en la Tierra. Lo que queremos hacer, como miembros activos de este gran gobierno, es aplicar un test para saber quién es humano y quién es robot. Así saldremos de grandes problemas y tendremos a esas chatarras lejos de aquí.
Jorge miró el folleto de propaganda.
—Se trata de una propuesta ciudadana de nuestro grupo —añadió Roger.
Como vio que no decía nada, continuó:
—En mi casa se hará una reunión hoy, a las ocho de la noche. Estás invitado. ¿Qué dices?
—Gracias, veré si puedo ir —tomó el folleto y cerró la puerta.
Jorge supo que no tendrían oportunidad contra eso. Las personas se unirían a favor de la propuesta y la aprobarían. Entonces deportarían a los Satélites Exteriores a todos los robots, si es que no los destruían por considerarlos enemigos.
Angélica había escuchado la conversación. Jorge se sentó de nuevo ante la mesa y dejó el folleto a un lado de su plato. El pequeño Daniel había dejado de comer; él también había escuchado y miraba el papel que había dejado el vecino.
—¿No me llevarán a mí, verdad? —preguntó Daniel.
Los padres se angustiaron por la pregunta.
—Claro que no —respondió Angélica inmediatamente—. Tú eres humano, no robot, y sólo se llevarán a los robots.
Sonó la alarma del reloj de pulsera del pequeño. Se terminó rápido su cereal y se levantó.
—Me voy —dijo. Le dio un abrazo a su madre y luego a su padre, y tomó su mochila. Corrió hacia la puerta, rumbo al colegio, que estaba a dos cuadras de distancia.
Jorge y Angélica se miraron por largo tiempo, como si se comunicaran por medio de ondas radiales, pero sus transmisores estaban apagados. Angélica interpretó la mirada de su esposo.
—No, Jorge —dijo ella, moviendo negativamente la cabeza.
—Creo que no hay alternativa. Nos matarán. Lo matarán. Y no podemos estar huyendo, tarde o temprano darán con nosotros. Tampoco darlo en adopción es un plan a considerar; eso no servirá. Harán las pruebas a todas las personas, si alguien no las pasa entonces significa que es un robot. Nos han atrapado. Ni siquiera el hecho de que Dani crece como un humano lo salvará. No importa que sea un robot de última generación, sigue siendo un robot.
—No...
—¿Dime qué es mejor para él, que lo traten como un esclavo en Ganímedes o que lo maten aquí en la Tierra? Allá estaremos juntos al menos. Y tenemos la nave para regresar.
—Jorge, ¿recuerdas por qué vinimos aquí a este planeta?
—Claro que recuerdo. No soportamos la política de los humanos. Para ellos toda máquina sirve o para ser esclavizada o para combatir entre los de la especie humana. Además queríamos formar una familia.
—Una familia, Jorge, eso es lo que hemos logrado. El anciano Jared nos fabricó a Dani. Jared era un buen hombre, el mejor fabricante de robots del sistema, antes de que ese bombardeo proveniente de las fuerzas de los Planetas Interiores lo matara. Nuestro hijo era apenas un bebé cuando nos lo entregó. Ha crecido junto con nosotros y nosotros con él, como una familia.
Jorge clavó la mirada en su plato de avena.
—Tendré listas las cosas para cuando regrese Dani.
Habría sido preferible tomar una nave de pasajeros —en las pocas naves que salían de la Tierra rumbo a Ganímedes, por cuestión de la guerra—, pero eso sólo era opción para un humano, ya que no se permitía el abordaje de una máquina. Tenían que huir en un transporte propio.
La nave estaba guardada en el sótano de la casa. Había sido escondida allí cuando habían llegado a la Tierra, y después de ello construyeron la casa encima de la nave. Tenían viviendo más de cinco años en ese lugar, pero ahora debían irse.
Jorge metió en la nave las provisiones para el viaje de dos semanas.
¿Y qué le diría a su hijo, que él era también un robot y que si no huían de la Tierra los matarían? Dani había crecido viendo en el televisor las noticias de que el enemigo usaba robots para asesinar, así que a los ojos del pequeño los robots eran malvados, máquinas que asesinaban humanos. No. No se lo diría.
Cuando Daniel regresó, le ordenaron que se cambiara.
—¿A dónde nos vamos? —preguntó el niño, mientras se quitaba la camisa del colegio y se ponía otra.
—No podemos estar aquí —le contestó su padre—. Tenemos que irnos, por la guerra.
Daniel sabía lo que era la guerra, había visto guerra cada vez que encendía el televisor. Desde que él tenía memoria siempre había habido guerra.
—¿También los demás se irán? ¿Carlos y Alejandro y...?
—Tal vez.
Daniel vio la nave. Se quedó impresionado, aunque el vehículo sólo medía cinco metros de largo y cuatro de ancho, era una maravilla para el pequeño. Se introdujo en ella.
—¿En esto nos iremos?
—Sí —Jorge caminaba rápido y pronto se metió, seguido por Angélica. Se cerró la compuerta—. Tápate los oídos y cierra los ojos —le dijo a Daniel.
El niño le hizo caso.
Jorge se sentó en la silla del piloto y tomó los mandos.
La nave comenzó a tambalearse y luego se levantó lentamente. Chocó contra el techo del sótano y se escuchó un gran crujido. Siguió levantándose y salió por encima del piso de la casa. El suelo se había partido. Los objetos y los muebles se cayeron y rompieron. Era la única forma en la que la nave podría salir, ya que la casa se había construido exactamente encima de ella. Luego se elevó más y quebró el techo, haciendo que se viniera abajo. Dentro de la nave se oían leves susurros, mientras la casa se desmoronaba. Vieron su casa destrozada, abajo de ellos, excepto Daniel, que se cubría los oídos mientras apretaba los párpados. Ganaron más altura y de nuevo se tambaleó. Otro tambaleo y esta vez una explosión que sacudió violentamente la nave. Del otro lado de la calle Jorge vio a Roger, el vecino, apuntando con un cañón láser, mientras gritaba algo inaudible. Carlos, su hijo, estaba a un lado de él, con una pistola de juguete, también apuntando. Un haz salió del arma y dio en el casco de la nave. Jorge, asustado, aceleró pero la nave no respondió. Un espeso humo negro salió de la proa e inundó la cabina. Daniel gritaba y tosía, sofocándose con el humo.
A lo lejos se acercaban tres patrullas aéreas de la policía.
La nave comenzó a perder altura lentamente, cayendo como una hoja de papel en incendiada.
La nave se estrelló contra el suelo.
De una de las patrullas aéreas salieron un grupo de hombres, que se acercaron. La compuerta de la nave se abrió, dejando salir el humo contenido. Los policías vieron a una pequeña figura y a dos más grandes salir, tambaleándose. Dispararon sus redes y atraparon a los tres.
Roger, el pequeño Carlos y los demás vecinos miraban victoriosos la escena.
—Los he reconocido —le dijo Roger a un policía, orgulloso y hablando en voz alta—. Me di cuenta de que su nave tiene el emblema de las fuerzas de los Satélites Exteriores. Ellos siempre han sido gente muy rara, no me extraña que sean nuestros enemigos.
Jorge y Angélica estaban sentados en una banca de madera, con las manos sujetas con unas esposas especiales. Miraban la puerta que tenían enfrente, la habitación donde le estaban aplicando el test de personalidad a su hijo. La puerta se abrió y un hombre con traje de policía terrestre salió de allí.
El hombre los analizó un momento.
—Se les destruirá de inmediato —dijo secamente. Sacó un papel y lo leyó—. Sus cargos son: asesinato —a los robots siempre se les acusaba de asesinato, indistintamente si lo habían o no cometido—, espionaje, usurpación de identidad y secuestro.
—¿Ha dicho secuestro? —preguntó Jorge.
—¡Sucias máquinas!, y todavía lo preguntan. ¡Secuestraron a ese niño y lo criaron como si fuera hijo suyo!
Los dos robots se miraron y guardaron silencio. Sabían lo que eso significaba.
—El pequeño ha aprobado el test —dijo de nuevo el policía— aunque tiene serias deficiencias empáticas, lo que era de esperarse después de haber convivido cinco años con máquinas sin sentimientos como ustedes.
—¿Qué harán con él? —preguntó Jorge.
—Aunque es originario de Ganímedes, no consideramos a un niño nuestro enemigo, así que le encontraremos una familia adoptiva aquí en la Tierra —el oficial miró a la pareja por un momento. No parecían temer al castigo—. Vengan conmigo —ordenó.
Se levantaron y cruzaron el oscuro y largo pasillo, alejándose de la habitación donde se encontraba su hijo. Se tomaron de las manos. El policía les abrió una puerta, que dentro mostraba un sitio lleno de cuerpos robóticos inertes y algunos despedazados. Entraron a la sala de destrucción, con una gran sonrisa en el rostro.