marzo 30, 2011

Números enteros

La fuente primordial de todas las matemáticas son los números enteros
Herman Minkowski

Dios hizo los números enteros. Los demás son cosa del hombre
Leopold Kronecker

Coincido con ello. A los humanos en general nos resulta ligeramente poco intuitivo pensar en fracciones o, menos intuitivo aún, en números irracionales como Pi o raíz de 2. Recuerdo cuando una tía le intentaba enseñar a su hija el resultado de dividir 5 entre 2. Luego mi tía comenzó a desesperarse porque mi primita no daba con el resultado. Tal vez mi primita hubiese dado sencillamente con el resultado de no haberse presentado la presión de su madre, pero ello no cambia que lo más natural del mundo sea ver las cosas con enteros. Hay un libro, dos libros... no decimos: hay medio libro, tres cuartos de libro o Pi libros, excepto que cortemos el libro, lo cuál sería una tragedia (excepto si el libro es de astrología o de alguna magufería afín).

Pero en sí, de lo anterior vemos que un libro no se puede presentar en forma fraccionaria, aunque sí es así si analizamos una de las páginas de un libro. Aunque no consideramos, si el libro tiene un total de 237 páginas, que una página es 1/237 del libro; pensamos la página como una unidad en sí.

marzo 26, 2011

El evento Neandertal

      Pohl Oakman se inclinó para atarse las agujetas de las botas. Fuera de la pequeña habitación se escucharon un par de voces, que estaban platicando; eran la del guardia y la de alguien más. Luego tocaron.
      —¡Pohl! —dijo una voz apagada pero clara, del otro lado de la puerta—. Pohl, ya es hora.
Pohl Oakman se levantó de la cama y tomó una carpeta que estaba sobre ella. La carpeta tenía el símbolo de la agencia: una corona de laureles encerrando las letras OSA: Occidental Space Agency, junto a dos estrellas. Abrió la puerta y del otro lado se encontró con un hombre joven, delgado y bajo, aunque sus ropas le hacían aparentar más edad.
      —Larsson te está buscando —dijo el hombre pequeño—. El resto del equipo ya está reunido y no hay que retrasarnos.
      Pohl se volvió a la cama, tomó su camisa blanca y se la colocó. También era la camisa de la Agencia. Cerró la puerta tras de él y el guardia que resguardaba la habitación los acompañó por un camino arcilloso. Estaban en una zona rodeada de edificios bajos y grandes, de color gris, y a lo lejos se veían los cercos que delimitaban el perímetro de la zona de la Agencia. Sobre el camino arcilloso, hacia donde se dirigían, se levantaba un gran edificio, el más grande de los que se encontraban en las cercanías, de más de quince metros de alto y bastante ancho: el Hangar-A. Los guardias del edificio les abrieron las puertas, muy pequeñas en comparación con el resto de la estructura. Su acompañante les abandonó al entrar al lugar. Dentro, vieron a decenas de personas reunidas y charlando en un gran grupo. Todos eran científicos que allí trabajaban. Los saludaron al advertir su presencia.
      —Hola señor van Vliet y señor Oakman —dijo un hombre canoso y de lentes, que sostenía una copa con vino. Los invitó a que se acercaran.
      Los dos hombres no pudieron desviar su mirada de lo que estaba al otro lado del hangar, aunque estaban acostumbrados a ver lo mismo día tras días durante lo últimos meses, la presencia de ese coloso no dejaba de sorprenderlos: una nave del tamaño del área grande de un campo de football soccer. Era como un ser vivo y casi lo sentían respirar. Las formas de la nave la hacían ver como un gigantesco insecto, con las seis patas apoyadas en el suelo de tierra, enterradas por el enorme peso de la nave. Al costado, la reluciente masa de metal tenía la bandera de la Zona Occidental y el escudo de la Agencia.
      Se acercaron al grupo de científicos, la mayoría vestidos con camisas blancas, al igual que ellos.
      —¡El gran día ha llegado! —dijo el hombre canoso y de lentes. En la bata que vestía portaba un gafete que dejaba ver su nombre: Linus Larsson, jefe de la Misión Albatros—. ¿Cómo se sienten? ¿De ánimos para lo que sigue?
      —Claro que sí —respondió Oakman y le brillaron los ojos, mientras no apartaba su mirada de la nave—. Si ánimos es una palabra que baste para describir lo que siento.
      —¡No sea romántico, señor Oakman! —dijo Larsson, riendo.
      Daan van Vliet, el acompañante de Pohl, que también era parte de la tripulación, miraba la nave con recelo.
      —Tiene usted un extraño equipo de ingenieros —dijo Daan, pero lo decía medio en broma—. Han diseñado una nave muy curiosa. No me imagino qué mentes harían una cosa como esta.
      Larsson sonrió.
      —Y nada se desperdicia —contestó, con un aire orgulloso. Señaló uno de los seis soportes a modo de patas que sostenían la nave—. Y esos que se meten dentro de la nave y salen cuando la aterriza... un punto extra para mis muchachos. ¡Toda una maravilla! —dio un sorbo al vino.
      El resto de los científicos se comenzó a movilizar.
      Larsson dio un par de aplausos, dando la orden de que empezaran.
      —Bien —dijo a los dos hombres—. Hagamos historia.
      Había llegado el resto de la tripulación: ocho hombres y diez mujeres, mas Daan, Pohl y el capitán Toffler. Veintiún personas conformaban la tripulación de la primera nave capaz de viajar a las estrellas, más precisamente a la estrella Capella, a 42.2 años luz de la Tierra, y orbitando esta estrella amarilla estaba Capella c, un planeta en el que se había encontrado vida y un clima favorable. Esa era el objetivo de la misión: llegar a ese planeta. La humanidad por primera vez veía la posibilidad de expandir su semilla por el cosmos. El nombre con el que habían bautizado a la nave: Albatros.

      Los hombres abordaron la nave con forma de insecto. Sus dimensiones eran enormes y las instalaciones eran las necesarias para un viaje de la duración que esta misión tendría. El primer nivel de la nave estaba ocupado por las máquinarias y los motores, aunque parte de la maquinaria se extendía hasta el tercer nivel; el segundo nivel tenía un teatro, un invernadero en el que habían varias clases de plantas y árboles de no más de tres metros de alto, y había salas de recreación, ejercitamiento y aseo; el tercer nivel albergaba la sala de control, la enfermería, la sala de rehabilitación y los dormitorios, estos últimos pequeños espacios pero suficientemente cómodos.
      El Hangar-A se fue moviendo lentamente, desplazado por potentes motores eléctricos, hasta dejar a la nave a cielo abierto. Era un hermoso día, azul y sin nubes a la vista.

      Carlson Poterba se acomodó en una de las dos sillas de mando y Ricardo dos Santos en la otra. Ellos se encargarían de pilotar la nave. Hombres y mujeres estaban vestidos con los uniformes especiales para la misión, color naranja, con las insignias de la Agencia.
      —Motores B y D en operación —dijo Poterba, mirando el panel de luces intermitentes.
      —A y C también listos —respondió dos Santos—. Esperando cuenta regresiva.
      El resto de los tripulantes se sentaron en de los asientos dispuestos en la sala de mandos. Daan fue el último en ajustarse a su silla. Se abrochó los cinturones. Sentía las vibraciones de la nave debajo de él. Pohl estaba a su lado.
      Una voz salió de las vocinas, anunciando la cuenta regresiva para que la nave despegara. De pronto la cuenta llegó a uno. La nave se estremeció y comenzó a moverse, muy lentamente al principio pero con dirección ascensorial. Estaba despegando verticalmente. Ganaba altura rápidamente. Dos Santos activó la ventana virtual, y un gran agujero pareció abrirse encima de los mandos. Era una enorme pantalla que mostraba lo que estaba afuera. Las instalaciones de la Agencia Espacial Occidental, los hangares y las torres, se hicieron cada vez más pequeñas, hasta ser sólo trazas sobre un fondo rojizo y pardo.
      Daan van Vliet soltó un suspiro y se relajó en su silla.

      El viaje duró tres años.

      La tripulación salió de su último tratamiento de rehabilitación física antes del descenso, y todos subieron al tercer nivel y se dirigieron hacia la sala de mandos. Ni parecía que hubiesen envejecido nada durante los tres años. Todos se veían renovados y con mayores fuerzas, aunque algunos habían tenido problemas durante el viaje, como uno de los dos ingenieros en robótica, que había tenido un ataque de pánico antes de que pasara el primer año. Le habían diagnosticado esquizofrenia pero estaba bajo medicación. Además de ese episodio no habían tenido mayores problemas. Todas las labores pertinentes a la alimentación y a la salud mental habían salido bien.
      Poterba activó todas las pantallas panorámicas de la nave. Las paredes metálicas se transparentaron y la tripulación admiró, maravillada, la estrella amarilla que resaltaba entre todas las demás estrellas. Abarcaba casi medio minuto de arco en el negro cielo estrellado. Las galaxias M31 y M33 estaban a la izquierda del disco brillante. Era una vista fabulosa.
      —A esta distancia no se nota que realmente son dos estrellas —dijo dos Santos.
      Jack Millensburg, oficial de la nave, se incorporó y se pegó a una de las pantallas.
      —¿Qué clase de vida puede desarrollarse en estas condiciones? —preguntó Millensburg— Las órbitas deben imponer condiciones realmente extremas. Dudo que un humano pueda adaptarse bien a esos cambios.
      El capitán Leon Toffler, hombre alto e imponente, se acomodó su gorro negro con la insignia de la Albatros: un albatros, precisamente, con el largo pico apuntando hacia arriba y las grandes alas extendidas. En su traje relucían sus insignias, que le hacían ver un hombre muy importante. Se acercó a Millensburg y le susurró algo al oído.
      —El planeta orbita una estrella doble —respondió Daan—, y uno esperaría que en el trayecto de la órbita el clima y otros factores variaran drásticamente, pero la sonda exoploradora no arrojó datos de condiciones extremas. Es un sistema bastante singular.
      La nave aún no había desacelerado y avanzaba a una velocidad cercana a la de la luz. Pasaron un par de días y el disco se hacía cada vez mayor. Ya se distinguían claramente los dos discos estelares, que ahora ocupaban medio grado de arco en el firmamento, como la Luna en el cielo terrestre, salvo que eran dos pequeños soles muy brillantes, uno más grande que el otro. La Albatros fue disminuyendo su velocidad. La nave se fue acercando a la más grande de las dos estrellas: Capella A. A una Unidad Astronómica de ella se desplazaba en una órbita poco común Capella c, un planeta de un diámetro como el de la Tierra, según los datos disponibles. Ahora era este planeta el que cada vez se hacía más grande a la vista de los observadores.
      —¡Qué azul! —exclamó un miembro de la tripulación.
      El capitán Toffler pareció inquietarse. En sus manos sostenía una computadora plegable y analizaba algunos datos de la sonda que hacía un siglo había descendido en el planeta.
      El disco planetario adquirió nitidez y dejó ver unos pocos detalles. Un escalofrío recorrió la espalda de todos los que observaban. Samuel Bergsen, el ingeniero en robótica que había tenido la crisis de pánico, hacía ya cerca de dos años, rompió en un llanto desesperado. Nadie habló en los siguientes minutos. Luego, el oficial Millensburg quebró el silencio:
      —Eeeese esss... Áfff...frica.
      El continente africano se destacaba claramente entre el oscuro océano. Arriba de él había una parte blanca, muy blanca, brillante ante los reflejos de sus dos estrellas: una cubierta de nieve que abarcaba gran parte de lo que debería ser Europa. Asia también se veía claramente.
      Pohl Oakman, desconcertado, volteó a ver a las dos estrellas, y allí seguían.
      —No puede ser la Tierra —dijo—. Nuestra Tierra, quiero decir.
      —Es exactamente igual —dijo dos Santos, que se había levantado de su silla dejando que Poterba se encargara de los controles de la nave—. ¿Cómo es posible que otra Tierra...? —se interrumpió, pues no podía articular más palabras. Sus labios temblaban.
      —Señor —dijo el oficial Millensburg al capitán—. ¿Qué procede ahora? No podemos descender.
      Leon Toffler no respondió, y permaneció mirando al planeta. El asombro y el terror parecía invadirlo, como a casi todo el resto de la tripulación.
      —¿Cuál es la probabilidad de encontrar un planeta idéntico a la Tierra? —preguntó Tada Wang, uno de los dos médicos.
      —Buena pregunta —respondió el capitán—. Y la respuesta es, en un universo infinito, de un 100%, pero me temo que el universo es finito, así que es virtualmente imposible.
      —¿Regresaremos entonces? —preguntó Millensburg, a quien le temblaban un poco las manos.
      —No —dijo el capitán—. El viaje ha llegado casi a su conclusión, y hemos estado viajando en el espacio por más de tres años. Las cosas improbables también son posibles. Este planeta no puede ser la Tierra, así que descenderemos en él. Queríamos un planeta con buenas condiciones para la vida humana y lo hemos encontrado.

      Los pilotos regresaron a sus asientos y ejecutaron la maniobra de aterrizaje. Entraron a la parte superior de la atmósfera y el casco de la nave golpeó el aire enrarecido, pero el metal no se calentó demasiado. La nave insecto fue bajando, acercándose cada vez más a la superficie del planeta, en la parte que debería ser el continente europeo.
      —Pohl —dijo Daan, que miraba cómo las nubes pasaban rozando la nave—, ¿qué piensas de la posibilidad de haber viajado en el tiempo? ¿Qué tal si esta es la Tierra de alguna otra época, pasada o futura?
      —No tiene sentido —respondió—, nuestro planeta nunca ha orbitado ni orbitará a dos estrellas.
      —¿Entonces qué crees que sea? ¿Por qué Capella c se parece tanto a la Tierra? La sonda no había mostrado eso.
      —La sonda dejó de transmitir y reanudó su transmisión una vez que llegó a la superficie. No sabemos si...
      Se escuchó un ruido fuerte y la nave vibró y resonó.
      —¿Qué fue eso? —preguntó Daan, mirando de un lugar a otro.
      Poterba y dos Santos vieron que aparecían luces rojas intermitentes en los paneles.
      —¡Un motor ha estallado! ¡Rayos! —respondió Poterba, haciendo algunos ajustes en los controles—. No es nada grave, por ahora ha sido compensado con los otros motores, pero tendremos que repararlo cuando estemos en tierra.
      Daan, que se había levantado de su asiento, volvió a él e intentó calmarse.
      La Albatros siguió su descenso. La capa de hielo que cubría Europa, pues eso es lo que era al menos en su equivalente terrestre, se fue haciendo cada vez más grande. Se dirigían a una zona que correspondería a Alemania, y en esa zona había menos hielo que en otras partes. Las islas británicas estaban todas cubiertas bajo la nieve y el hielo, y todo era hielo hasta más al norte, hasta Islandia y Escandinavia.
      La nave llegó casi a nivel del suelo, a unos cincuenta metros sobre la superficie y allí se detuvo. Daan le había sugerido al capitán Toffler la posibilidad de que hubiesen viajado al pasado. Aún contra toda posibilidad realista, el capitán consideró la sugerencia seriamente. Después de todo ese planeta era igual a la Tierra, así que cualquier cosa por más improbable que pareciera, era tomada en cuenta.
      —¿La nave no tocará tierra? —preguntó Oakman.
      —¿No escuchó a su colega? —respondió el capitán, refiriéndose al joven físico Daan van Vliet— No nos arriesgaremos a interactuar con este medio, tan sólo nos limitaremos a recoger datos y nadie saldrá de la nave. Pero no podemos mantener permanentemente la nave a flote, así que estamos forzados a aterrizar.
      De los costados de la nave salieron seis patas como las de un insecto; las patas eran increiblemente resistentes pues, a pesar de su pequeña sección transversal, soportaban el gigantesco peso de la nave. El insecto se posó en la superficie. Las patas se enterraron en la tierra, aplastando algunas hierbas.
      Daan contempló el descenso con horror, pues si estaban realmente en el pasado, esas hierbas muertas podrían dedencadenar grandes cambios en una época posterior. Recordó el cuento de Ray Bradbury, El ruido de un trueno, donde simplemente con matar a una mariposa de finales del jurásico se generaron enormes cambios. Intentó consolarse con la evidencia que tenían, que se trataba de un planeta que orbitaba a dos estrellas, y que no podía tratarse de la Tierra.
      De la parte superior de la nave salieron un gran número de detectores y medidores. Estaban registrando las concentraciones de gases, la temperatura, la humedad del aire...
      Tada Wang estaba comparando algunos datos registrados, en una computadora plegable. Las coincidencias lo horrorizaban. Las concentraciones de CO2 y metano daban datos sorprendentes. Wang las comparó con los datos prehistóricos y vio que coincidían con los del Würm II, en el Paleolítico Superior: unos 32 000 años antes de la Era Moderna.
      Otros dos científicos analizaron los demás datos, y todos señalaban lo mismo.

      Se convocó a una reunión en el teatro, en el segundo nivel de la nave. El capitán habló sobre la información que tenían disponible. Estaba en el estrado, y la tripulación escuchaba debajo.
      —¿De verdad es posible que estemos en el pasado de la Tierra? —preguntó el médico.
      —Los datos que arrojan esas evidencias, pero no necesariamente. Tan sólo significa que las condiciones climáticas de este lugar son como las de la Tierra del pasado. —respondió Toffler—. Ni siquiera el doctor Oakman, que es astrofísico, puede responderle esa pregunta —miró a Pohl e hizo una pausa—. No interactuaremos con este ambiente más de lo que ya hemos hecho, pues no podemos saber, si realmente estamos en el pasado, los cambios que esto podría ocasionar. Pero hay inconsistencias con la hipótesis del viaje al pasado, pues dentro de la misma no entra la presencia de dos estrellas en vez de nuestro Sol.
      Toffler contó a los tripulantes presentes, y sólo vio diecinueve. Le hizo una seña al oficia Millensburg, que se acercó al estrado. Toffler se inclinó.
      —¿Dónde está el doctor Bergsen?
      Samuel Bergsen corrió hacia la sala de controles. La cabeza le daba vueltas e intentó recordar cuál era el comando para abrir las puertas. ¡41P108311! Tecleó temblorosamente e introdujo la orden en la computadora central. Se escuchó un siseo de algo lejano. La puerta se había abierto. Una alarma sonó y Bergsen corrió hacia la puerta, corriendo por el pasillo. Jack Millensburg corrió hacia él pero fue recibido por un golpe en el rostro, que lo derribó. Bergsen se detuvo un segundo sobre la salida y luego escapó, corriendo. Millensburg se incorporó y llegó al borde de la puerta. Respiró el fresco aire, pero no era tiempo para ello. Vio que Bergsen se alejaba de la nave, y se dirigía hacia un lugar densamente poblado de árboles. Sacó su pistola y apuntó. Un haz salió del arma y derribó a Samuel. El resto de la tripulación llegó corriendo.
      —Hay que ir por él —dijo Millensburg, dando fuertes bocanadas mientras de su nariz brotaba sangre.
      —No podemos salir, así que manden un robot para que lo traiga de vuelta —ordenó el capitán Toffler—. ¿No lo has matado, verdad, Jack?
      —No, sólo lo he aturdido —Millensburg guardó la pistola en su cinturón.
      Daan, que era más bajo que el resto, se asomó con dificultad para ver lo que había pasado. Vio al hombre tendido a unos quince metros afuera de la nave.
      Takeshi Genda, segundo ingeniero en robótica, preparó el robot que iría al exterior y traería a Samuel Bergsen. El robot era de tipo flotante y de gran tamaño; tenía la capacidad para cargar hasta doscientos kilogramos. El aparato se elevó y voló hasta donde se encontraba Samuel, tendido. Se giró sobre su eje y desplegó unos largos y gruesos brazos, cinco en total. Tomó a Samuel por los costados, cuello y piernas con delicadeza y lo levantó del suelo. Fue avanzando lentamente hasta la nave. Pero algo golpeó al robot y sacó chispas. El artefacto siguió avanzando sin interrupción, con la parsimonía del principio.
      —¡Una flecha! —dijo alguien, aunque lo que había visto no era precisamente una flecha.
      Una lanza rebotó contra el metal del robot, sin causarle daño alguno.
      De entre los árboles apareció una figura algo baja pero ancha. Parecía una persona deforme e iba vestido con pieles de animales. El extraño hombre se acercó corriendo al robot y lo golpeó repetidamente, intentando quitarle a quien llevaba cargando, jaloneando las ropas de Bergsen e inspeccionándolo. Parecía moverle más su curiosidad que una posible furia.
      Los que estaban dentro de la nave se alarmaron. Era una escena extraña. El hombre vestido de pieles se percató de la presencia de los tripulantes y abandonó su intento de quitarle al hombre de los cinco brazos del robot. Los miró con interés y se detuvo, plantado firmemente en el suelo. El robot llegó hasta la nave y dejó a Samuel en el piso. Tardaron en reaccionar sobre lo que estaba pasando.
      —¡Pero si es un hombre de Neandertal! —dijo Tada Wang, emocionado pero conmocionado al mismo tiempo.
      —Eso significa que realmente estamos en la Tierra —dijo alguien.
      —No sólo eso —respondió Daan van Vliet, con voz lenta ahogada—. Estamos en el pasado, y lo hemos alterado con nuestra presencia.
      Dos Santos tecleó algo en una pantalla a un lado de la puerta y esta se cerró, siseando.

      Bergsen había sido trasladado a la sala de rehabilitación mental, donde estaba recibiendo unas fuertes dosis de medicamentos.
      —¿Aún sigue allí? —preguntó Tada Wang, que buscaba hacia afuera viendo desde las pantallas panorámicas de la sala de mandos.
      —Está justo detrás de la nave —respondió Poterba, piloto, que miraba el radar biológico.
      —¡Esto es una pesadilla! —dijo Genda, que estaba detrás de Wang, llevándose las manos al rostro—. Es decir, siempre quise ver a un hombre de hace treinta milenios, pero no de esta forma.

      Se tomaron decisiones: se pondría una burbuja de camuflaje alrededor de la nave, mientras reparaban el motor dañado. Se enviaron robots al exterior para que instalaran la burbuja. Los robots propulsados la desplegaron y extendieron y la nave quedó oculta e invisible. Se temía que pudiese haber sido vista por las posibles poblaciones humanas cercanas, además del ya conocido visitante inesperado.
      En el transcurso de algunas horas llegaron más neandertales, que revisaban la zona y palpaban la burbuja de camuflaje. Los tripulantes los veían con gran curiosodad. Luego llegaron más y trataron de romper la burbuja con sus armas rudimentarias pero no lo lograron. Un par de horas más tarde todos se habían marchado.
      —No hay dudas —dijo el capitán Toffler—, estamos en la Tierra, en una época pasada.
      —¡Pero no puede ser así! —dijo Oakman— ¿Cómo explicarían los dos soles? ¡No es la Tierra, es Capella c, y orbita un sistema doble!
      Dos Santos miró por las pantallas panorámicas al exterior.
      —¿Dónde está la otra estrella? —preguntó.
      —¿Qué? —dijo Oakman.
      —Capella B —balbució dos Santos, y corrió hacia los controles. Leyó algunas cifras y se quedó con la mirada fija hacia abajo.
      —¿Qué estás buscando? —preguntó el capitán Toffler.
      —¡Capella B! —dijo de nuevo, con los ojos muy abiertos— Eso explica la extraña forma del campo gravitacional. Tan uniforme. ¡Lo consulté con Carlson pero supusimos que era una falla del sistema!
      —¿Qué estás diciendo? —preguntó el capitán.
      —¡Que la maldita estrella no está! —corrió a una de las pantallas y miró al cielo. En él brillaba un único sol y no se advertía la presencia del otro, que según los cálculos debería de estar a treinta grados a la derecha de él.
      La ilusión se había desvanecido y el cielo había adoptado un tono ligeramente diferente.
      Larissa García, doctora, también se acercó a una pantalla y miró al cielo.
      —Se parece tanto a nuestro Sol —dijo.
      —Esto debe ser una alucinación colectiva —dijo Takeshi Genda.
      Se reparó el motor, mandando al exterior a un grupo de robots flotantes que se encargaron de la tarea. La salud mental de la tripulación había decaído bastante desde ese momento. El capitán Leon Toffler había sugerido que abandonaran la misión y volvieran, pues corrían un grave riesgo quedándose allí. La doctora García enloqueció y terminó suicidándose.
      La nave partió a la semana de que hubiesen llegado. Esperaban que cuando regresaran las cosas fueran como las habían dejado, tan sólo ochenta y dos años más envejecidas. Lamentaron perder tantas cosas por haber partido de su planeta. Su familia, sus amigos, todos estarían muertos, y una nueva generación de científicos esperarían su regreso, si aún no se había abandonado la misión por diversas causas. ¿Y si en la Tierra había estallado una guerra que hubiese acabado con todo? De la emoción del principio no quedaba nada, tan sólo estaba el terror y la pérdida con la que se habían encontrado en ese extraño planeta que sin embargo era el suyo.
      El viaje de regreso también duró tres años. No volvieron los veintiuno que habían partido, pues además de la doctora, otro hombre y otra mujer se habían suicidado; el hombre era Samuel Bergsen. Todo esto ocurrió durante el viaje de regreso.
      Para evitar que siguieran ocurriendo desgracias, la tripulación decidió hibernar, y prepararon el equipo necesario para el proceso. Uno por uno se metieron en las cápsulas de sueño. La nave se colocó en conducción automática, pues estaba preparada para ser pilotada por la computadora, y no se esperaba que hubiera problemas en el proceso de reingreso a la atmósfera. Todos, incluido el capitán, que aún no había perdido las fuerzas por lo ocurrido, durmieron. Durmieron por más de dos años.

      —¿Qué es lo que ocurre? —preguntó el ingeniero con bata blanca, que miraba ansiosamente su reloj una y otra vez— La cuenta ha terminado y la nave ni se ha movido.
      Los científicos se amontonaron junto a la nave, en la que ya no se escuchaban las vibraciones de los motores. Había un silencio sólo roto por los murmullos de los hombres allí presentes.
      Ante el asombro de todos, la puerta se comenzó a abrir y la rampa tocó suelo. Del interior salió primero el capitán Leon Toffler y detrás de él Jack Millensburg y el resto de la tripulación. Caminaban lentamente. Eran dieciocho en total. La tripulación advirtió la presencia de los hombres. Oakman vio entre ellos a Linus Larsson, el jefe de la misión Albatros. ¿Qué ocurría? No podían haber permanecido allí ochenta y dos años, el tiempo que había tanscurrido en la Tierra desde que habían partido. ¡No podía ser posible!
      Larsson se separó del resto y se acercó a los que habían bajado de la nave. Los miró con gravedad. Su expresión pronto se convirtió en colérica.
      —¿Alguien podría decirme qué demonios ha pasado? —gritó Larsson, alzando los brazos y cerrando los puños— ¿Por qué han abortado la misión?
      Nadie de los que habían estado en la nave dijo nada, sólo observaban, trastornados. Dos de los tripulantes salieron corriendo pero fueron detenidos por el grupo de hombres con bata. Al fin, el capitán fue el primero en hablar.
      —¿Nunca partimos? —preguntó Leon Toffler.
      Los científicos e ingenieros de la misión se miraron entre sí. Larsson arrugó la frente.
      —¿Qué intenta hacer, señor Toffler?
      —Han pasado seis años desde que partimos —dijo el capitán—. Y más de ochenta años pasaron aquí en la Tierra. ¿Por qué siguen ustedes aquí?
      —Han pasado —Larsson miró su reloj— cuatro minutos desde que la nave debió de haber despegado. Hemos perdido un tiempo muy valioso y ahora seremos la gran noticia de todos los encabezados de los diarios del mundo. No han pasado ochenta años porque nosotros aquí seguimos —Larsson vio la expresión ausente del capitán. Los demás hombres se veían igual de sombríos y otros estaban ansiosos—. No han ido a ninguna parte, ese es el problema.
      —Llegamos a ese planeta —dijo Pohl Oakman, recobrándose ligeramente—, y era exactamente como la Tierra. Claro que hemos estado allí. ¡Tres de nuestros miembros han muerto!
      Larsson sonrió.
      —¿Te refieres a los que van bajando de la nave?
      Samuel Bergsen, la doctora Larissa García y la otra tripulante que se había suicidado, estaban bajando por la rampa. Parecían menos afectados que el resto, y se movían rápidamente. Llegaron al suelo. Tada Wang se acercó a los tres y los examinó.
      —No es posible —susurró—. Ustedes están muertos.
      El oficial Millensburg desenfundó su arma y apuntó a los tres que se habían incorporado. Las dos mujeres y el hombre le miraron sorprendidos.
      —Por Dios, Jack —dijo Samuel Bergsen, en voz baja—, ya me disparaste una vez, no lo hagas de nuevo.
      Los ojos de Jack buscaron en el aire. Su mirada parecía la de un loco.
      —¿Escucharon? —dijo, y luego gritó—: ¿Han escuchado eso? Bergsen ha dicho que le he disparado. Y eso pasó porque luego que aterrizamos en ese maldito planeta, él se escapó de la nave. Y luego... luego... ¡el muy imbécil terminó suicidándose! Este no es Bergsen. Parece Bergsen pero no es él. Hay cambios. Sutiles cambios pero perceptibles. ¡Han alterado todo!
      Varios de los científicos que estaban con Larsson, allí presentes, sacaron sus armas y las apuntaron contra Jack.
      —Baje su arma, porfavor, señor Millensburg —dijo Larsson—. Esto no tiene por qué terminar mal.
      —¿Terminar mal? —balanceó el arma, sin dejar de apuntar— ¡Algo nos ha hecho usted, algo muy malo! ¡Y no sé qué es pero lo averiguaré!
      Los mismos miembros de la tripulación se habían puesto nerviosos por la reacción de Jack. Pero estaban casi tan confundidos como él.
      Luego, Millensburg apuntó a Larsson.
      Un disparo salió de un arma cercana e impactó a Millensburg, que cayó fulminado al suelo. Varios hombres se les echaron encima para intentar contener cualquier otra reacción.
      
     —Locos —dijo Samuel Bergsen, mostrando el encabezado de un diario, que daba la noticia—. Clínicamente locos. ¡Te ha quedado magnífico! Y la alucinación colectiva, ¡fenomenal!
      Larissa García y Carmen Reeves, aunque no eran las mismas que se habían suicidado dentro de la nave, también estaban allí presentes.
      Larsson se levantó de la silla giratoria y apoyó sus palmas en el escritorio de madera dentro de la amplia oficina. Ya no tenía los lentes que siempre solía usar, y su cabello ya no mostraba las canas de antes. Esbozó una sonrisa que no parecía natural.
      —Y no tuvimos que hacer nada más que estrellar esa máquina del tiempo en el desierto de Libia, luego recogerla y arreglar algunas cosas para hacerla utilizable por inteligencias humanas y disponer de un grupo adecuado para hacer la tarea, engañándolos con la idea de extender la especie por el cosmos. El viejo sueño humano. Y no hemos tenido qué hacer más que eso. Ellos han hecho nuestro trabajo.
      —Lo mejor es que si alguno de ellos dice algo, nadie les creerá. Nadie le cree a los locos —dijo Larissa.
      Bergsen asintió. Larsson emitió una macabra risa. Parecía la risa de algún animal no clasificado resonando en el interior de una profunda cueva. Los demás también se rieron de la misma forma. Cuando dejaron de resonar esas terribles risas en el interior de la oficina, Larsson siguió sonriendo.
      —Como dijo el hombre que permitió que mataran a Jesús: “me lavo las manos”.

      El hombre de Neandertal regresó con su grupo. Traía noticias de su nuevo e interesante descubrimiento. Atravesó el oscuro bosque y llegó al espacio abierto donde su mujer y sus dos hijos, una pequeña niña y un fuerte y musculoso joven, estaban cocinando un oso cavernario, que su orgulloso hijo mayor había cazado esa mañana, y éste ahora estaba limpiando las pieles para volverlas sus nuevos abrigos, y que los demás supieran de su gran victoria.
      El hombre les llamó con palabras articuladas y su familia se acercó a él. Él se sentó en un tronco, a un lado del fuego que cocinaba al enorme oso, y les contó lo que había visto del otro lado del bosque: la enorme bestia reluciente de seis patas. Su hijo mayor dijo que él sería lo suficiente fuerte para matarlo, que ninguna presa era tan grande ni fuerte para él, y que utilizaría sus pieles y con las pieles sobrantes tendrían beneficios por muchos ciclos, pues las cambiarían por toda clase de cosas necesarias. Pero su padre le contó que contra una criatura así nadie podría. Les dijo sobre el hombre extraño y el animal brillante que lo cargaba, y sobre los hombres blancos que estaban en la boca de la gran bestia. La mujer Neandertal y la pequeña se impresionaron; el joven sugirió que volvieran, para ver la enorme presa, y también dijo que podrían reunir a todo el clan y a los clanes cercanos para organizar la cacería.
      Se juntaron a unos treinta hombres y fueron al sitio donde el primero había visto a la bestia, pero ya no estaba. Aunque se encontraron con una pared, que nadie podía ver pero sí sentir, y de la que nadie supo dar explicación. Luego comenzaron a llegar más y más, tocando la superficie invisible, lisa y cálida al tacto. Intentaron romperla con cuchillos y con lanzas, pero todos los esfuerzos fueron en vano. Los hombres terminaron por disiparse y regresaron a sus hogares.
      Lo que no sabían era que pronto enfermarían y morirían un gran número de ellos, y los que habían ido más lejos estaban disipando entre las poblaciones una extraña enfermedad, una enfermedad que nunca había atacado a los de su especie, y que era a causa del contacto del primer Neandertal con el hombre que era cargado por la bestia. Y tampoco sabían que su población estaría demasiado debilitada y no sería lo suficientemente fuerte como para competir contra los nuevos hombres que venían del sur, más fuertes, altos, y más inteligentes, y que tenían mejores armas. Sería un proceso lento pero que actuaría con gran efectividad, y al no poder siquiera rebasar en número a los hombres que venían del sur, e incapaces de suplir sus deficiencias en capacidad, serían desplazados y exterminados, y el mundo tendría a un nuevo rey, que sometería a todas las demás especies: el Homo Sapiens. 

marzo 15, 2011

Mark Twain Twin


Entrevistado por un periodista acerca de su infancia, Mark Twain le había hablado al entrevistador sobre Bill, su hermano mellizo. De niños, Bill y Mark se parecían tanto que para distinguirlos les ataban en las muñecas unas cintas de diferentes colores. Un día, los dejaron solos en la bañera y uno de ellos se ahogó. Las cintas se habían desatado. «De modo que —concluyó Mark Twain— nunca se supo quién de los dos había muerto, si Bill o yo.»

marzo 14, 2011

Haπ π day 2011!

¡Otro día π para celebrar! Pues que hoy es 14 de marzo, es decir, 3/14. Se celebra este bonito número irracional. Para celebrarlo, esta vez tenemos dos piezas del músico Clint Mansell, que ha hecho los soundtracks de las películas Requiem for a Dream, DoomPi, entre otras. Esta vez son de la película Pi, de Darren Aronofsky.



Y terminando con una composición de Danny Perich, de Chile, con los primeros 150 decimales, en español.


Que pasen un bonito día π.

marzo 12, 2011

La otra vida de PKD

Estoy seguro de que no me creen, y de que tampoco creen que creo en lo que afirmo. Son libres de creerme o no, pero al menos crean esto: no estoy bromeando. Se trata de algo muy serio, algo muy importante. Tienen que pensar que, para mí también, el hecho de declarar algo así es una cosa terrible. Muchas personas aseguran recordar sus vidas anteriores. Yo, por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta. No conozco a nadie que haya hecho declaraciones como ésta, pero sospecho que mi experiencia no es única. Quizá lo sea el deseo de hablar de ella.
(Discurso en Metz, el 24 de septiembre de 1977)

marzo 09, 2011

Primer aniversario de Sonata Cuadrática

¿Por qué y para qué escribir en un blog?

Hoy se cumple un año mas dos días exactamente desde que comencé con éste blog.

Si se dan cuenta, en ningún lugar de este blog hay una entrada de presentación, formalmente hablando. Así que nunca he explicado el por qué abrí un blog y escribo en él.

Inicialmente buscaba poner aquí los relatos que había escrito y eso hice, puse aquí los que había escrito hasta el mes de abril del año pasado, que no eran muchos.

Había estado previamente en una página en la que subía mis relatos y luego los demás escritores, tanto novatos como veteranos, con cuenta en esa página, leían lo que escribía; yo también leía sus historias y nos hacíamos comentarios, muchas veces críticos, como debe ser un comentario que sirva de verdad. Pero me cansó. Tuve la sensación de que hacía eso sólo por sentir que alguien apreciaba lo que hacía, mis historias. Y los comentarios no me agradaban, muchas veces usaban el término “dotado” para referirse a mí por mi forma de escribir, y eso me molestaba. También comencé a tener muy pocas ideas y más presión por parte de la universidad. Entonces cerré mi cuenta en esa página. La página en cuestión es Escribe Ya y me hacía llamar Napelmanak (el nombre de un planeta inventado, que forma parte de un sistema planetario doble (como Plutón y Caronte, aunque Plutón ya no sea planeta), y orbita la estrella Capella, de la constelación de Auriga), un seudónimo que aún mantengo para ciertas cosas.

Luego de eso, como era nuevo en cuanto al Internet, comencé a visitar otros blogs y otras páginas, para darme ideas, y observé que las personas escribían sobre experiencias personales, sobre cosas que les interesaban o solamente se limitaban a copiar y pegar información de otros sitios y nunca hacían un comentario que fuera verdaderamente suyo. Y entonces fui formando un propósito para el blog. Sonata Cuadrática había nacido como el vehículo de mi necesidad de expresión, creo que como casi cualquier sitio personal en Internet.

En él podría escribir sobre cosas que me gustan y que habría personas que se podrían interesar por las cosas que escriba, y eso me llevaría a encontrar personas que compartieran mis gustos. Sobre todo eso último. La Internet y los blogs nos dan esa enorme herramienta que es la expresión, compartir nuestros pensamientos y lo que hacemos.

En los últimos dos años me han pasado las cosas que considero de las más importantes en mi vida y eso es, precisamente, porque me he abierto a la gente. Este blog, en ese aspecto, me ha servido para seguir con el proceso de compartir las cosas que hago, que aunque no sea en un contexto físico, también funciona. Este es mi espacio de expresión para los que me quieran escuchar... es decir... leer.

Y acepto que una u otra publicación aquí ha sido una simple traducción de alguna página en inglés (como ésta o ésta), sólo con ligeros aportes, pero aveces considero necesario que esa información se encuentre en idioma español (para aquellos que no leen en inglés) y me doy a la tarea de hacer la traducción.


Haré un pequeño recuento de lo que ha sido este año.

  • La primera entrada que publiqué fue un video llamado I Will Derive, el 7 de marzo del 2010. En ese momento no tenía mucha idea de a dónde iba a parar este blog.
  • Hasta ahora he escrito 37 (¡un número primo, vaya sorpresa!) relatos, entre muy cortitos, de un tercio de página, hasta algunos de 9 o 10 páginas. No me habría esperado esa cifra cuando comencé a escribir. El primero que escribí (Diciembre 2009) fue Un regalo para Sebastián, con temática navideña, aunque refleja muy poco del espíritu de la Navidad. Uno de esos 37 cuentos es realmente un sueño y otro es un episodio de mi infancia temprana. La temática es bastante variable.
  • Ésta es la entrada número 144 (¡12 al cuadrado!) que escribo.
  • Han habido un total de 293 comentarios hasta ahora (otro número primo).
Lo que yo quiero y que aún no he logrado completamente es que este blog sea original, que lo publicado aquí, venga de donde venga inicialmente la información, sea representante de lo que me interesa, de lo que soy.

Agradezco a los que han estado más tiempo aquí, casi desde el principio, que no los mencionaré pero que ellos ya saben ellos quienes son. Gracias por leer, aunque nunca los haya obligado, ¡eh!

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