mayo 28, 2011

El Rey Dragón (mi primera historia de fantasía)

Bueno, estos días he estado y estaré bastante ocupado, y no he podido proseguir la historia de los humanos y de los cordarianos, así que por mientras les dejo una historia que escribí en abril aunque la había comenzado a principios de este año, pero la primera versión no me convencía. Es una historia que para mí fue una nueva experiencia escribirla, pues es de fantasía, y resultó ser un curioso reto para mí, cuando estaba acostumbrado a escribir sólo ciencia ficción. Al menos para mí, son muy diferentes, mucho, la ciencia ficción y la fantasía, aunque tengan elementos en común. Y me gustó el reto. Sólo que disculpen la extensión, porque no es corta, y me he dado cuenta que últimamente me resulta más fácil escribir historias cada vez más largas. Supongo que eso es bueno, para cuando me anime a hacer algo más ambicioso. Espero que la disfruten.


     Elrendor, el secretario del Rey Ollun, entró en la gran sala. El lugar corespondía a la sede del reinado, pero no eran lujos los que allí abundaban, y lo menos austero de entre todas las cosas de la sala era la magnífica silla de pulida madera y metal incrustado. El secretario se acercó al rey, que yacía, pensativo, frente al enorme vitral multicolor, en el cual se abría una pequeña ventana, y el rey veía las figuras que se movían en el exterior: los hombres y mujeres de Hesterlund. Elrendor le dijo algo en voz baja, como cuando se dice una noticia de vital importancia. El rey se estremeció y cruzó sus manos detrás de la espalda. Se volvió de nuevo hacia la ventana y fijó su vista en la gente que se movía por las calles, a pie o en sus carros. El secretario esperó pacientemente. Luego de unos momentos, el rey asintió lentamente con la cabeza. La guerra iba a comenzar.
     El secretario había logrado juntar una facción lo suficientemente grande de servidores públicos del reino y personas cercanas al rey como para convencer al Rey Ollun de que era necesario tener posesión de las trece gemas. Ahora el reino acababa de salir de un conflicto generado por la invasión de una gran potencia, Nortlund, a la que se había logrado expulsar del territorio a costa de un enorme derramamiento de sangre, cosa que el rey resintió mucho pues su hija había perecido durante el conflicto. No podía permitir que algo así se repitiera; aún más, la mayoría de la gente vivía en la pobreza después de la guerra, así que era su responsabilidad, como gobernante, darles una mejor vida y que su reino prosperara.
     Entonces el rey designó a un grupo de valientes y fuertes caballeros para obtener las trece gemas. Esta vez no sería una guerra contra humanos, sería una guerra contra dragones.
     Y fueron cayendo, dragón tras dragón. No eran tan fuertes como en las leyendas que se cuentan sobre ellos, donde devastaban pueblos enteros, pues ahora parecían haber cambiado. No eran tan feroces como antaño. El sexto de ellos fue asesinado. Esa misma noche dos dragones incendiaron la parte sur del reino, cerca del castillo del rey. Se defendían con fiereza, pero no con la suficiente. El séptimo cayó y así mismo el octavo.
     Los reinos cercanos habían recibido las noticias de sus espías, y supieron que algo grande traía en manos el Rey Ollun. Buscaron en las antiguas leyendas y encontraron que se hablaba de las gemas, de trece gemas custodiadas por trece dragones, y quien tuviera las trece gemas tendría el poder. Sabiendo que se trataba de un poder mayor que cualquier otro antes conocido, ellos también quisieron las gemas. Las desearon con toda su belicosidad y se unieron a la guerra, pero su enemigo no era uno.
     Antes del amanecer, los ejércitos de Nortlund y de Roden, por caminos separados, avanzaron y cruzaron las montañas.

     El rey Ollun estaba sentado en su silla, contemplando las ocho gemas que se habían conseguido hasta ese momento. Sobre una mesa, frente a él, ordenadas en fila, los símbolos de su incompleta victoria. Faltaban cinco, aún. Se sintió un poco desorientado pues por un momento había olvidado el por qué de tal cacería de dragones, aunque tenía la razón frente a sus ojos. Recordó que él mismo lo había ordenado. Pero no estaba totalmente de acuerdo. Sabía que había otras formas de devolver la prosperidad a Hesterlund que consiguiendo el poder de ese modo. Se preguntó por qué ningún otro reino aparte del suyo había intentado robar las gemas, ¿sería que no conocían la leyenda, que ésta solamente era originaria de Hesterlund? Quizá desde antes que el reinado recibiese su nombre actual, pocas personas habían hablado de las gemas y los dragones, y tal vez no se la habrían contado a los forasteros. Eso explicaría por qué la leyenda no era muy conocida, y que la primera vez que se hubiese enterado de ella halla sido por su secretario. Pero la historia se conocía, aunque había estado olvidada por el tiempo.
     Ollun se levantó de su silla, bajó la escalerilla y caminó hacia la larga mesa, cubierta con un mantel negro. Observó detenidamente las gemas. Eran preciosas. Aunque había poca iluminación, la del rojizo sol que se filtraba por las ventanas y vitrales, las gemas brillaban apreciablemente. Miró la octava gema, más hermosa que las anteriores. Su color violeta le fascinó. Ollun estaba acostumbrado a apreciar la belleza de las cosas, y le parecía extraño que esas gemas, aparte de ser muy bellas, podían darle poder. Pero la belleza y el poder a veces llegan juntas. Tomó la gema en sus manos y la examinó muy de cerca. Parecía que tenía vida propia, casi la sentía latir, y había un resplandor que salía de ella, que no era el reflejo de nada exterior. El rey se comenzó a sentir mareado y sintió un temblor por todo el cuerpo. Vio que la mesa de pronto se alejaba de él y el suelo se veía más lejos. Su cabeza golpeó contra el techo.

     —¿Un dragón en el castillo?—exclamó en caballero, corriendo hacia la sala del rey, con su espada en la mano. El arquero le seguía el paso.
     Al entrar, vieron al enorme dragón, moviéndose violentamente y golpeándose con libreros y muebles, que caían al suelo. Los dos hombres nunca habían visto a un dragón de cerca, sólo habían visto sus sombras en la oscuridad de la noche, volando encima de las casas, y habían escuchado sus rugidos y el crepitar del fuego que lanzaban, pero sabían muy bien cómo eran. El arquero tomó tres flechas y, con una enorme rapidez las colocó en su arco, que tensó fuertemente, y las lanzó una tras otra, en ráfaga. Las flechas se incrustaron en el cuerpo del dragón, que se convulsionó de dolor. Su cola impactó contra el enorme vitral, que se hizo pedazos y cayó estruendosamente. El dragón, aturdido, miró hacia el agujero donde estaban aún colgando pedazos del vitral multicolor y salió aleteando. Pero no pudo controlar sus alas y cayó sobre el jardín del frente del castillo, aunque pronto reanudó el vuelo, esta vez con éxito.
     Los cuernos de alarma comenzaron a sonar por todo el reino, pero el dragón se había alejado rápidamente. La noticia difundida inmediatamente fue que el rey había sido raptado y posiblemente devorado por un dragón.
     El Rey Ollun seguía desorientado. Estaba volando. Podía ver las casas y los edificios debajo de él. Era maravilloso. Sólo que se había transformado en un dragón, de alguna forma había ocurrido. Miró sus manos, escamosas, como el resto de su cuerpo, con enormes garras queratinosas, duras como cornamentas, de color negro; aún sostenía la octava gema. Era la gema, no podía ser otra cosa, había en ella un hechizo que lo había convertido en dragón, pero ¿para qué?
     Pronto salió de los límites de Hesterlund y se adentró en la gran extensión de bosques y montañas que separaban a su país del país más cercano. Se preguntó hacia dónde se dirigía, y se dio la vuelta, pensando en regresar.
     Pero tenía compañía. A lo lejos, como un punto plateado en el cielo, que se iba haciendo cada vez más grande, un dragón venía en su encuentro. Ollun se estremeció y cambió de dirección. El dragón que lo seguía era más rápido que él, de vuelo ágil, así que él, atemorizado, bajó y se escondió entre el oscuro bosque. Su cuerpo tuvo problemas para pasar entre las estrechas ramas de las altas copas, y se adentró a la masa de vegetación, esperando que el dragón lo perdiera de vista. Pero notó un fallo en su actitud: ¿por qué se estaba ocultando?, ellos le habían hecho eso, convertirlo en dragón. Sin embargo de él había salido la orden de comenzar esta guerra contra los dragones, guerra que los hombres parecían tener ganada.
     El dragón también se adentró, como un ave en picada, al bosque. Ollun vio las ramas doblarse y las hojas desprenderse delante de él. El imponente dragón plateado se posó en la alfombra de hojas.
     El dragón lo miró y Ollun sólo esperaba su muerte. La merecía, merecía la muerte, pensó.
     —¿Por qué huye, Rey Ollun? —dijo el dragón con una voz como de trueno, que parecía poseer una infinita sabiduría.
     Ollun, sabiendo que no tenía nada que perder, contestó:
     —Huyo porque no quiero perecer por los actos atroces que he cometido —se sorprendió por cómo sonaba su voz, tan dura, tan potente, que resonaba entre los árboles.
     El dragón inhaló profundamente y exhaló un aire caliente que Ollun percibió sobre su dura piel.
     —Está sangrando —dijo el dragón plateado—. Será mejor que le retiremos esas flechas y curemos esas heridas, si no, se infectarán gravemente —guardó silencio por un momento—. ¿Para qué quieren las rocas? —le preguntó, severamente—. ¿Por qué nos han asesinado para robarlas?
     —La leyenda... —dijo Ollun con la voz temblorosa—, la leyenda cuenta que quien posea las gemas tendrá el poder para conquistar todo lo conquistable.
     —Y por eso las hemos resguardado, de la codicia de los humanos. Siempre están buscando poder y dominio sobre todo, matando y haciendo la guerra. Y si les dan el poder, no se conforman con tenerlo, sino que siguen matando y siguen haciendo la guerra. Tu pueblo, Rey Ollun, no será el primero que sucumba ante tal poder. Lo que no dice la leyenda que tú conoces es que hace mucho tiempo nuestras rocas fueron robadas por una raza que ahora ya no camina por la faz de la tierra. De su codicia sobrevino su destrucción. Hemos estado aquí desde un tiempo del que no se tiene registro; vimos cómo del mundo fueron barridas razas enteras, y no queremos ver que la tuya sea una de ellas, Rey Ollun. No lo vamos a permitir.
     Una gran explosión se escuchó a lo lejos, seguida del lastimero rugido de un dragón. El dragón plateado se giró rápidamente y batió sus alas con fuerza, rebasando, con un sólo aleteo, las copas más altas de los árboles. Ollun lo siguió. Levantaron el vuelo y en las cercanías avistaron una nube de polvo que se levantaba al pie de una montaña de roca oscura.
     Un grupo de hombres luchaban contra un dragón y la bestia estaba a punto de desfallecer. Tenía flechas por todo su cuerpo y su carne estaba abierta por el filo de las espadas. Se retorcía y lanzaba fuego por su boca, pero no lograba hacer daño a quienes daño le hacían. Los hombres voltearon al cielo y vieron a los dos dragones acercarse. El dragón plateado, desde el aire, arrasó con fuego a los hombres, iluminando con sus llamas la oscura noche; algunos se cubrieron con sus escudos pero el dragón plateado descendió y usó sus fuertes mandíbulas y su poderosa cola para acabar con todos ellos. Luego miró a su amigo, que yacía en el suelo, en el frente de la cueva. Se le acercó, mientras Ollun observaba con tristeza al moribundo dragón.
     El dragón plateado miró fijamente a su amigo, que apenas podía alzar la vista. Acercó su cabeza al malherido dragón y lamió su ensangrentado rostro.
     —He fallado —dijo el dragón moribundo—. Se han llevado la roca.
     —Has cumplido con tu trabajo, has sido valiente, has protegido la roca con tu propia vida. Es el acto más heróico que puede existir para nosotros, aunque luego venga el fracaso.
     El dragón exhaló largamente.
     —Es imposible ganar esta guerra.
     —¡No digas eso! —le reclamó.
     Pero el dragón ya no tenía fuerzas para seguir, y su cabeza se terminó de posar en el suelo pedregoso, cerrando los ojos para siempre. El dragón plateado, de espaldas a Ollun, dejó caer algunas lágrimas. Los dragones rara vez lloran, pero esta era una de esas veces.
     —¡No es imposible ganar esta guerra! —exclamó el dragón, con furia, mirando a Ollun—. Aún somos cuatro, cinco si te incluyo. ¡Podemos seguir luchando!
     —¿Cuatro? —exclamó Ollun—, pero los demás dragones pueden ayudar a pelear.
     —No hay más dragones— dijo el dragón plateado—. Tú y nosotros cuatro, los restantes cuatro protectores, somos los únicos dragones que caminan por la tierra y vuelan por los aires.
     El rey Ollun sabía el por qué de que los dragones estuviesen casi extintos. Había sido por las guerras brutales que los hombres, desde antaño, libraban contra los dragones, siempre para obtener territorios conquistados por los dragones o para consumir su carne, que era muy valorada como alimento y como remedio para muchas de las enfermedades que azotaron y han azotado al mundo.
     —¿Si tu eres uno de los protectores, por qué no estás protegiendo ahora la gema que te corresponde? —preguntó Ollun.
     —He puesto un hechizo temporal que no dejará a nadie adentrarse en mi cueva, pero no durará mucho más, así que he de regresar pronto.
     —¿Las gemas... por qué no las han destruido para que no caigan en malas manos?
     —No es posible destruir las piedras —dijo el dragón—, han estado en el mundo desde que existimos los dragones, antes de la llegada de los hombres, incluso antes de la de los hombres bellos que habitaban los bosques. Son parte del todo, indestructibles, por eso las protegemos desde entonces. Tampoco es posible cambiarlas de lugar, no las podemos llevar a otros lugares que no sean las cuevas donde han estado siempre... excepto por contadas ocasiones en que han sido hurtadas. Son las columnas del mundo, si se mueven del lugar que les corresponde el mundo se tambalea. Eso es lo que sabemos. Mira —el dragón señaló con una garra hacia el cielo.
     El cielo estaba iluminado por las luces de una hermosa aurora, de tonos verdosos y rojizos. Ollun se sorprendió.
     —La aurora —dijo—. Pero si no estamos en las latitudes altas del mundo para que se presenten.
     —Así es, eso es porque el mundo ha sido afectado una vez más. Si no devolvemos las piedras a donde les corresponden estar, esto no será lo único que tendremos. La aurora que ahora ves es muy bella, ¿no es cierto?, algunas veces la belleza puede anunciar destrucción —el dragón se percató de lo que Ollun sostenía—. ¡La octava piedra! —exclamó, acercándosele.
     Ollun miró la gema que tenía entre sus manos. Resplandecía.
     —Escapé con ella desde mi castillo —miró a los ojos al dragón y en ellos vio su propio reflejo, que nunca había visto antes. Se echó un poco hacia atrás y desvió la vista—. Es lo que me ha convertido en lo que soy ahora.
     —El dragón que resguardaba esa roca, ésa roca —la señaló—, antes de morir, lanzó un hechizo, que introdujo en la piedra, para que tu forma fuese la que es en el momento de tomarla. Sólo tú has decidido convertirte en lo que ahora eres, tu forma no refleja nada de lo que hay dentro de ti. Aunque —dijo el dragón—, veo por tus ojos de dragón, que son más expresivos y dejan ver más allá que los ojos de cualquiera de tu raza, que tu alma es noble y no es como la del resto de los hombres. No está corrompida por ninguno de los males que la suelen afectar.
     —¿Qué harán ahora? —dijo Ollun, viendo al dragón que yacía muerto enfrente de la cueva.
     —Pelear, resistir, con las fuerzas que nos quedan, y devolver las rocas a donde pertenecen.

     Volaron hasta la cueva del dragón plateado, en las afueras del oscuro bosque, entre las montañas que separan a Hesterlund de Nortlund. Se adentraron hasta el fondo, donde resplandecía la gema, de color de plata, que cuidaba el dragón. Ollun dejó la gema violeta que cargaba consigo junto a la otra.
     —Podríamos usar hechizos cambiaformas —sugirió Ollun—. Sé que los que son como tú conocen esas artes mejor que nadie. De esa forma podremos infiltrarnos donde guardan las gemas, que seguramente ya no están en mi castillo.
     El dragón se alteró.
     —He tenido esta forma desde que fui creado para proteger mi piedra —intentó calmarse un poco—. Pero comprendo el propósito.
     Un rugido vino de dentro del cuerpo de Ollun. Era su estómago.
     —Estoy hambriento —dijo—. ¿Qué comen ustedes?
     —¡Oh! nosotros no comemos, no necesitamos hacerlo, así ha sido siempre. Pero hay muchos animales en el bosque que son fáciles de cazar. Yo te iré a buscar algo.
     El dragón bajó volando de la cueva hacia el oscuro bosque y en menos de un minuto subió con una pequeña cabra, que cargaba entre sus fauces. La soltó y la cabra muerta cayó al suelo.
     Ollun miró al dragón plateado.
     —¿Qué esperas? Come —dijo el dragón—, pues necesitarás fuerzas para lo que viene.
     —No está cocinada.
     —Estoy seguro que el sabor no te resultará desagradable.
     Esa noche el rey comió, al principio temeroso, pero el sabor de la carne fresca pareció gustarle, y por un momento por dentro dejó a un lado toda su humanidad e hizo tirones la piel y la carne, que devoró con la ferocidad del hambre. Pero tan sólo un momento después de que hubiese terminado bajaron de la cueva y el dragón lanzó un hechizo cambiaformas contra él mismo y se convirtió en hombre, o al menos su cuerpo lo hizo. A Ollun también lo volvió humano, en su forma anterior.
     Confirmaron sus sospechas cuando un ejército pasó a pocas decenas de metros de ellos. El lugar estaba infestado de hombres preparados para la guerra, y no podían viajar como dragones, sino que tenían que caminar como hombres.
     No había tiempo que perder. El camino no era largo. Emprendieron el camino hacia Hesterlund y cerca de la media noche ya habían llegado a la entrada del país.
     —Recuerda que tú serás Eleniader, rey de Nortlund —le dijo Ollun al dragón que había tomado la forma del rey del país de Nortlund.
     —La fisionomía humana me resulta molesta —dijo el dragón. Abrió la bolsa que sostenía en sus manos y miró las gemas falsificadas.
     Ollun se acercó hacia la gran puerta metálica: la entrada a su reino.
     —¡Abran la puerta. Ollun, Rey de Hesterlund, ha regresado! —dijo con voz imperiosa.
     Un guardia se asomó desde arriba de la muralla y bajó rápidamente hasta la puerta, al ver al rey. La puerta se abrió lentamente.
     —¡Rey Ollun! —le dijo el guardia, mientras lo abrazaba—. Oh... lo siento —se alejó un paso y se puso firme, haciendo el saludo oficial.
     —Anuncie al reino que he regresado —ordenó Ollun.
     El guardia escoltó al rey a su castillo, y durante el camino se le reunieron más meimbros de la realeza y los mismos pobladores. Le preguntaron al Rey Ollun sobre lo que había ocurrido y sobre su inesperado acompañante. Les dijo que había logrado convencer al dragón que lo había secuestrado para que lo liberara, fuera o no creible, y que posteriormente se había reunido con el Rey Eleniader para firmar un pacto de paz entre los dos paises.
     Pero no todos estaban de acuerdo y contentos con el regreso del rey, sobre todo aquellos que en sus intereses era más conveniente que el rey estuviese muerto. Elrendor, el secretario, era uno de ellos.
     Por todo el país se divulgó la noticia del regreso del rey y se hizo un banquete en su honor. Elrendor, el secretario, se sentó al lado izquierdo del rey Ollun y el Rey Eleniader, el dragón, a su lado derecho.
     El Rey Ollun presentó a su invitado, bajo el disfraz de Eleniader, Rey de Nortlund, país con el que habían estado recientemente en guerra. Les habló del acuerdo de paz y todos brindaron alegremente.
     —Me he enterado que ya han logrado conseguir la novena gema —le dijo Ollun a su secretario y le dio una palmada en el hombro—. Han hecho un buen trabajo.
     —De la última misión perdimos a todos menos a uno, que fue el que consiguió traernos la gema —dijo el Secretario Elrendor—. Nos dijo que dos dragones aparecieron y mataron a los demás.
     —Asegúrese de hacerle un homenaje a ese hombre cuando logremos el éxito total de la campaña.
     El secretario asintió con la cabeza.
     —Quisiera ver esa última gema y todas las demás —dijo Ollun.
     —Sólo que... —carraspeó el secretario—, el dragón que lo secuestró a usted, Su Majestad, se llevó la octava. Ha sido una suerte que le haya perdonado la vida —dijo Elrendor, disimulando lo que pensaba relamente. Se inclinó sobre el oído del rey y le susurró—: ¿El rey de Nortlund sabe algo sobre las gemas?
     Ollun tomó un trago de vino de su copa.
     —No, no lo sabe ni lo tiene qué saber.
     Una sonrisa se marcó en el rostro del secretario y también tomó un trago de vino.

     Al terminar el banquete, Ollun se dirigió a su oficina, con el doble de Eleniader. El rey pidió que los dejasen solos. Ollun se percató de que ya habían arreglado el vitral que había roto. El dragón, con cuerpo de humano, abrió la bolsa que cargaba con él, donde guardaba las falsas gemas, y sacó otra bolsa más pequeña, que contenía tierra del interior de su cueva. Recitó el hechizo en draconiano y, tirando un puñado de tierra encima de sí mismo, tomó la forma del Rey Ollun. Lo mismo hizo con el rey, que tomó la forma de Eleniader. En un momento salieron de la oficina real. Los dos se separaron. Un hombre guió a Eleanider, que era realmente el mismo Rey Ollun, a un recorrido por el reino; un guardia dirigió al dragón, con el cuerpo de Ollun, hacia el sitio donde resguardaban las gemas. El guardia notó la bolsa que cargaba su rey, pero no hizo pregunta alguna por miedo a parecer insolente. El dragón entró a la estrecha cámara, no podría transformarse allí mismo, ahora tan sólo cambiaría las gemas. Sacó de su bolsa las falsas y las sustituyó, guardando las verdaderas. Tan pronto como hubo terminado salió de la cámara y lo recibió el secretario Elrendor.
     —Señor, el décimo grupo de fuerzas han salido del país en dirección a la cueva del décimo dragón. Pronto tendremos otra de las gemas y sólo faltarán tres.
     Los ojos del dragón con el cuerpo de Ollun mostraron una tremenda furia, que logró controlar con dificultad. El ritmo de su respiración aumentó.
     —¿Se siente bien? —preguntó Elrendor.
     —Tengo que salir del país. En Nortlund también deben recibir las noticias del tratado entre los dos paises —dijo, aún tratando de controlarse.
     —Necesitará una escolta, en un momento la...
     —No —le interrumpió—, iré solo. Avise al Rey Eleniader y dígale que marchamos.

     Los dos salieron del país, en dirección a la cueva del décimo dragón, hacia el cual se dirigía el grupo de hombres que tenían la misión de asesinarlo. Cuando se adentraron al bosque, cabalgando en un par de caballos, bajaron de ellos. El dragón retomó su forma y Ollun tomó forma de dragón. Los caballos corrieron, austados. Ollun y el dragón salieron volando velozmente esperando interceptar a los que iban por la décima gema.
     El grupo de caballeros andaban a toda marcha en sus caballos, cruzando el bosque. Pronto los avistaron y los interceptaron. Iban por un sendero despejado de árboles.
     El dragón plateado recitó unas palabras en draconiano.
     —¿Qué haces? —preguntó Ollun.
     —Un hechizo de protección contra los caballos, no quiero que también mueran, no tienen la culpa.
     Sobrevolaron encima de ellos siglosamente y los sorprendieron con una lluvia de fuego. Los hombres se calcinaron pero los caballos quedaron intactos.
     Los dos siguieron volando rumbo a la cueva del dragón plateado. Mientras volaban, Ollun miró al dragón directamente a los ojos. Era cierto lo que había mencionado: los ojos de un dragón dejan ver más cosas que los de un hombre.
     —Hay algo que te aflige —le dijo Ollun.
     El dragón lo miró, sorprendido.
     —Empiezas a ver y a pensar como dragón.
     —No, quizá veo como dragón, pero sólo pienso como hombre.
     El dragón plateado apretó fuertemente los ojos. Miró las estrellas, que permanecían inmutables encima de él. Observó la luna que alumbraba el firmamento, que antes habían sido dos. Él recordaba aún aquellos tiempos, perdidos de la memoria de los hombres.
     Ollun no insistió. Los dos dragones regresaron a la cueva, en lo alto de las montañas que separaban a los paises de Hesterlund y Nortlund.
     Los dragones poseían una magia poderosa, pero sólo la podían usar para ciertos propósitos. No podían alterar el orden natural de las cosas más que con su propia fortaleza. La tierra se sacudió y unas rocas se desprendieron de la montaña, pero la cueva del dragón quedó a salvo, pues se había mantenido en pie desde el principio de los tiempos.
     —La tierra ha comenzado a sacudirse por la falta de sus cimientos —le dijo el dragón plateado a Ollun.
     —No podemos quedarnos aquí a esperar que maten a los otros tres dragones y a nosotros —dijo Ollun, severamente.
     —No, no podemos y no lo haremos. Pero ya no podrá volver a ser como antes, ya no habrán dragones que protejan las piedras. Desde que fuimos creados y las pocas ocasiones en que las piedras fueron robadas nosotros nos habíamos mantenido unidos y a salvo, pero ahora es diferente, quizá ya somos demasiado viejos y hemos perdido las fuerzas físicas para luchar. Eso explicaría por qué nueve de nosotros han sido asesinados, y cada vez que uno muere, nos volvemos más débiles.
     —¿Estás diciendo que no pelearemos para defender las gemas?
     —No, no he dicho eso —el dragón guardo silencio.
     Un ruido provino del exterior. El oscuro bosque, en esa oscura noche, era iluminado por los hombres al andar, pero la luz era una luz de muerte. Estaban casi al pie de las montañas. Una explosión hizo vibrar el lugar. Los dos dragones abrieron sus grandes alas y volaron hacia los hombres, que iban preparados con armas que hacía mucho tiempo no se habían visto. Avistaron a los dragones y sobre ellos arrojaron una lluvia de cañonazos y lanzas ardientes. Iban por la décima gema.
     Pero eran demasiados. Mientras un grupo se encargaba de que los dos dragones no se acercaran, otro asaltaba la cueva del décimo dragón. Había hombres vestidos de rojo y de verde. Un hombre entró entre las llamas sin hacerse daño. Su cuerpo estaba recubierto por una coraza que no era de metal, pero era tan resistente como si de metal fuera. El dragón avanzó unos pasos y dio un coletazo al hombre, que se estrelló contra la pared de la cueva.
     Un ruido de maquinaria llegaba del exterior. El dragón plateado estaba casi al borde de la cueva y avistó las catapultas con cargas ardientes. Algunas dispararon y dieron en el blanco. El dragón se estremeció entre las llamas. Era fuego contra fuego, literalmente.
     —Hay hombres que no son mis hombres aquí —gritó Ollun, alejándose del fuego—. Alguien más ha llegado. ¡Hay que sacar las piedras!
     Las bolas ardientes seguían cayendo.
     —¿Sacarlas de las cuevas?, ¡pero eso sería más perjudicial!
     —¡No van a seguir muriendo así, no podemos pelear de esta manera!
     Un estallido hizo retumbar la cueva. Lo que ahora llovía era como el fuego, pero no ardía, aunque quebraba todo contra lo que chocaba.
     Un cañonazo, disparado desde fuera, impactó con el cuerpo del dragón plateado, y el proyectil se le incrustó en el cuerpo, haciendo volar sus entrañas por el interior de la cueva. El enorme cuerpo cayó al suelo. El corazón de Ollun se tambaleó al ver al dragón, que ahora yacía muerto frente a él.
     El bombardeo se detuvo pero el fuego desde el exterior continuó.
     Pero Ollun no podía desistir, no podía rendirse. Los humanos no debían de sucumbir ante el poder ni el mundo sufrir por su culpa. Con el corazón atormentado, tomó la bolsa con las nueve gemas y la tragó completa. Si las querían tendrían que matarlo y abrir sus entrañas.
     Al sacar las gemas de las cuevas, los pilares del mundo se sacudirán.
     Ollun se acercó hacia la entrada de la cueva, que era bombardeada con fuego. El fuego se calmó pero un grupo entró, hombres con el cuerpo cubierto como estaba cubierto el hombre que había entrado primero. Todos ellos iban armados con largas espadas. Ollun, con furia, se abalanzó hacia ellos, barriéndolos. Pero algunas espadas se le incrustaron en su dura piel. Vio que más hombres se acercaban a la boca de la cueva. Aprovechando que el fuego se había detenido, salió por la abertura y se elevó entre la noche. Las armas le apuntaron y una lluvia de lanzas, bolas ardientes y proyectiles metálicos, pasaron rozándolo y le golpeaban.
     Un terremoto movió la tierra en esos momentos, y las montañas se estremecieron. La aurora, que parecía acariciar las montañas, se iluminó más fuertemente y el cielo se llenó de color. Grandes rocas rodaron por las laderas. Pero los hombres no abandonaron su misión.
     Parecía el golpe final. Ahora, desde el aire, avistó que el grupo de hombres se dirigía hacia el este, a la cueva del onceavo dragón, sobre la misma cadena montañosa. Era una suerte y una maldición a la vez que todas las cuevas se encontrasen casi en el mismo lugar.
     Ollun llegó hasta otra parte de las montañas. Tardó en darse cuenta que estaba mal herido. La sangre le brotaba de varias partes del cuerpo. Tenía quemaduras (nunca se le habría ocurrido que un dragón podía sufrir quemaduras) y flechas y espadas estaban incrustadas todavía en su piel. Se las quitó dificultosamente del cuerpo. Sintió que se le iba el aliento. Estaba cansado. Había descendido en una parte de la montaña cubierta de arbustos altos y algunos árboles raquíticos, que se balanceaban junto con la montaña, y tenía el cuello bajo, pues la cabeza le pesaba, y miraba las cercanías apenas por encima de la vegetación. El fuego de las armas y la aurora alumbraban la noche. Escuchaba los gritos de los hombres, pero estos resonaban vagamente en su cabeza.
     Desvió su mirada un poco hacia la izquierda, más lejos sobre la cadena montañosa, y vio que algunos hombres sacaban el cuerpo de un dragón del fondo de una cueva. Pero no se trataba del dragón plateado, al que había acompañado, sino de algún otro. ¿Era el que resguardaba la onceaba o la doceaba gema? No pudo saberlo. Pero era alguno de ellos.
     La tierra dejó de temblar, y sintió que algo se apagaba dentro de él.
     Lo último que vio fue a los hombres vestidos de rojo, cargando antorchas y espadas, que se acercaban a él. Ya no pudo moverse a voluntad. Su cuello reposó, pesadamente, sobre la pastosa vegetación.

     Sadrac, Rey de Roden, se inclinó sobre su silla real y abrió el cofre. Dentro, las trece gemas reflejaron la luz que se filtraba desde las altas ventanas. Soltó una risa convulsiva y unas lágrimas de felicidad y euforia le brotaron de los ojos. Dejó abierto el cofre.
     —¡Frintifer! —llamó al príncipe.
     El joven acudió al llamado de su padre. Y miró curioso las gemas.
     El rostro de Sadrac desbordaba de felicidad.
     —¡Frintifer, mira qué bellas, y sin embargo tan poderosas!
     —El secretario ha confirmado que nuestras bajas fueron mínimas en la toma de las gemas —dijo el joven—, pero perdimos a muchos cuando nos encontramos con los ejércitos de Nortlund.
     —¡Esas son noticias viejas! ¡El más fuerte ha vencido al final! Eleniader y Ollun, y el pobre Ollun devorado por un dragón, cayeron junto a sus hombres y junto a su sueño de poseer las gemas. Los dragones cayeron. Ahora soy yo el que ganó, el Rey Sadrac, Rey de Roden. Y creo que el título de rey pronto se quedará corto —soltó una carcajada.
     —Padre —dijo Frintifer, y tomó una de las gemas para verla más de cerca—, ¿cómo las usarás ahora?
     —Los textos antiguos hablan de cómo usarlas. Pero existen dos cómos: el que depende de la naturaleza de las gemas, lo que hay que hacer para activarlas, y el que depende de su dueño, lo que hará con ellas.
     —¿Y qué harás con ellas, padre?
     Sadrac aplaudió dos veces. Un hombre envuelto en una larga túnica gris, con la capucha cubriéndole el rostro, entró por la puerta y se acercó al trono. En sus manos sostenía un gran libro, de hojas viejas y aspecto quebradizo. El libro estaba abierto, y mostraba un texto en bellos caracteres y estaba ilustrado con trece dragones que a sus pies tenían trece gemas.
     —Ahora, hijo mío —dijo el rey Sadrac, solemnemente— presenciarás un poder que ha estado oculto desde un tiempo del que no se tiene memoria. Cront conoce bien el ritual.
     El sacerdote dejó el libro en el suelo, frente al cofre con las gemas. De la garganta de Cront salió un canto que al principio fue como un do bemol que salía cada vez más fuerte y luego se convirtió en un canto, en un recitar de palabras, unas palabras en una lengua que no era la de los hombres, y los sonidos parecían como los del trueno en una tempestad.
     El Príncipe Frintifer se sentó, contemplando la escena, y el rey se inclinó sobre su trono, con los ojos muy abiertos.
     El sacerdote terminó de decir las palabras. Miró las gemas y su cara se llenó de inquietud. Se puso de rodillas y hojeó el libro, buscando algo.
     —¿Qué? —dijo el rey— ¿Qué pasa?
     El sacerdote levantó la mirada y su boca tembló.
     —¿A cuántos dragones dieron muerte? —preguntó— ¿Cuántos dragones murieron? Me refiero a todos, no sólo a los que su ejército derrotó.
     El rey hizo memoria.
     —Catorce.
     Cront pasó de nuevo las hojas y se detuvo en una. Al recordar las palabras cayó de bruces sobre el cofre.
     —Las gemas —dijo con un susurro—. Se han convertido en simples rocas. Rocas. Rocas...
     El rey Sadrac se levantó de su trono, encolerizado.
     —¿Qué has dicho?
     Sin articular palabra, tirado en el suelo, el sacerdote puso su dedo en un texto escrito con letras doradas. Allí se leía lo siguiente:

Los antiguos poderes, poderes ya no serán
El que caerá en batalla realmente vencerá
Y sus huesos de la tierra ya no se levantarán
Pues el mismo Gran Poder una misión le otorgará

Los pilares del mundo más no se tambalearán
Ni la Muerte alumbrará los cielos
Y los poderes y los pilares ya nunca más serán
Pues un sólo pilar al mundo sostendrá

El último dragón: el sostén mismo será
Aquel dragón que el Gran Poder no concibió
Un dragón que no será dragón
Un dragón que nacerá de hombres y caminará entre hombres
Un rey que será hombre y será dragón
El Rey Dragón

mayo 23, 2011

Parecido sorprendente


El de la izquierda es el protagonista de una serie que me parece muy buena, Monk, y el de la derecha es el candidato a la gubernatura del Estado de México, de aquí, México; su nombre es Eruviel Ávila y es candidato por el PRI, y es al que las encuestas dan como ganador. A ver si el Estado de México no es gobernado por un obsesivo compulsivo, digo, pues las otras características y genialidades de Monk dudo mucho que éste político las tenga.

mayo 14, 2011

El viajero que vino de Cordaria

[Hay un autor que últimamente me ha sorprendido mucho: se trata de Cordwainer Smith, del cual he leído el primer volumen de Los Señores de la Instrumentalidad [pueden ver hasta abajo en la página, tercero de arriba hacia abajo, que le he dado una calificación de 5 estrellas :D], y ya estoy con el segundo volumen, y para ésta historia me he inspirado en él y en sus fantásticos cuentos. Les recomiendo bastante leer a este escritor, quien curiosamente tenía un gusto especial por Olaf Stapledon y su universo, y Stapledon es actualmente uno de mis cinco escritores preferidos, y también le gustaban los gatos: vivía rodeado de ellos. Quizás eso aumente mi simpatía por Smith. Pero no es sólo esa simpatía por Smith, pues no le resta importancia a lo geniales que son sus historias, con un ambiente fantástico, como si contara fábulas o cosas que claramente ya han pasado y de las cuales el lector ya tenía que estar enterado, aunque hablen del futuro, además que su universo es tan complejo, del cual yo apenas conozco una parte.]


     Esta es la historia del viajero que vino de Cordaria, aunque en el tiempo que transcurre esto el planeta natal de los hombres-perro, como también se les conocía a los cordarianos, no era conocido como tal, sino que fue el nombre que los humanos le dieron, por una característica muy peculiar de sus habitantes, que seguramente luego conocerán, y que les podría parecer cursi.
     Su llegada, motivada por el esperado encuentro con los hijos de sus padres, coincide con una época importante para los habitantes de la Tierra. Realmente muy pocos recuerdan lo que realmente pasó, y los recuerdos son fragmentarios, basados en lo que algunos psicos contaron a La Nueva Luz, y también, entre los que conocen la historia, se subestima la relevancia que tuvo la llegada del viajero, pero sin éste evento sin duda la historia sería completamente diferente.
     He aquí lo que sucedió realmente.

     —Lo veo —comunicó el piloto.
     El viajero había estado casi en la misma posición durante meses, sólo con algunos momentos de ejercicio en el pequeño gimnasio que tenía inmediatamente arriba de él. Había deseado, sobre todas las cosas, llegar a su destino. El azul planeta, azul brillante, se acercaba lentamente desde su perspectiva. Había grandes zonas de tierra y agua, sobre todo agua.
     Escuchó una voz en su mente que le dijo:
     —Es un bello planeta.
     Era la nave, que parecía emocionada.
     —¿Gurdif, te sientes lista para aterrizar? —transmitió el piloto.
     —Completamente lista, Luba.
     El hombre-perro sonrió.
     Otro pensamiento se filtró a su mente:
     —Te siento ansioso —la voz emitió un ladrido corto, mencionando el nombre del piloto—, pero has hecho algo magnífico, estoy seguro que la misión irá bien. ¿Notas signos de civilización?
     La mente del piloto le transmitió sus pensamientos, mientras con sus pequeños ojos miraba al planeta. Difícilmente desde aquella altura vería signos de civilización, si los hubiese aún. Sus negras orejas se levantaron un poco y, de nuevo, una sonrisa se dibujó en sus pecosas mejillas, mostrando sus colmillos. Su cola se balanceó, saliendo por el orificio del asiento destinado a ella. Parecía un perro Mastín de los Pirineos, con su grueso y blanco pelaje; dos manchas negras le cubrían ambos lados de la cara y se extendían hasta las orejas y otra mancha más, del mismo color, estampaba su lomo, que estaba recargado en el asiento. Parecía un Mastín pero tenía el cuello más grueso, que soportaba el peso de su cabeza, con un voluminoso cráneo. Su cuerpo se entreveía bajo el traje translúcido y la cabeza estaba rodeada por un casco anatómico.
     Con sus largos dedos acolchados, largos en comparación con cualquier perro que un ser humano haya visto antes, manipuló los controles de la nave. Los detalles de la superficie se hicieron más claros y el piloto ordenó una órbita estacionaria, mientras mantenía una amistosa conversación con su amigo.
     —Ella está muy emocionada, se siente orgullosa por ti —le dijo su amigo.
     —Sí —respondió el piloto—, está aquí. Hola Kruba.
     Ella entró en su mente.
     Sintió paz al sentirla de nuevo tan cerca. Decenas de años luz los separaban, pero la información iba de un lado a otro en el tiempo, haciendo que la comunicación fuera virtualmente instantánea. Mientras le comunicaba sus pensamientos, él entristeció. Su cola dejó de balancearse de un lado a otro.
     —¿No se ha equivocado? —preguntó el piloto.
     La respuesta de ella fue negativa. La perra con aspecto de Mastín, de manchas color café claro, estaba en ese momento con otro individuo del mismo tipo, que sostenía un aparato metálico dirigido hacia la ella.
     —Así es —le transmitió el médico—, no vivirá por mucho. Ha habido un error en la programación inicial.
     Los pensamientos de su hijo se filtraron hacia ellos:
     —¡Kruba, Luba! ¿Kruba morirá?
     El piloto bajó la vista, posándola sobre los controles.
     —Tranquilo —transmitió el piloto, cerrando sus pequeños párpados, pero difícilmente podría tranquilizar a su hijo si él sentía angustia.
     La transmisión se interrumpió y el Superior Cos intervino.
     El piloto intentó contener un gruñido, pero no pudo.
     El Superior Cos también estaba enojado, enojado de la incompetencia del piloto, y le dio la información que la nave había captado y que él no.
     —¿Cañones? —pensó el piloto, mientras alzaba la vista hacia la esfera azul.
     Reaccionó tarde. La nave retumbó y la explosión la desvió de la órbita estacionaria. El hombre-perro se golpeó bruscamente la cabeza con el tablero derecho y quedó inconsciente.

     Las defensas de superficie habían detectado la pequeña nave y habían disparado los cañones láser, guiados por el control robot.
     La nave esférica del hombre-perro cayó hacia la superficie del planeta.
     Despertó, dándose cuenta que su nave estaba destrozada y él seguía vivo, seguro tras su traje. Sentía un terrible dolor en su cabeza y un olor a sangre; su húmeda nariz exhalaba aire caliente.
     —¡Kruba! —transmitió— ¡Megak! —ése era el nombre de su hijo.
     Pero no recibió respuesta.
     Emitió un aullido lastimero.
     Comenzó a temblar y quiso salir rápidamente de la nave. Empuñó la vara desintegradora, apuntó hacia el metal de la nave, que tenía frente a él, y un cono de luz salió de la punta. El metal, arrugado como el papel, se iluminó, incandescente, y se convirtió en una nube de partículas que se dispersaron hacia el exterior, succionadas por la diferencia de presiones. Se levantó, se aferró a los bordes del agujero, y asomó su cabeza fuera de la nave. Hacia donde miraba, a pocos metros, observaba una gran extensión de agua; volteó la cabeza hacia atrás y vio que estaba repleto de vegetación, y más lejos sobresalía una pequeña montaña, llena de arbustos y árboles pero con amplias zonas gris y pardo. El lugar donde estaba parecía una playa.
     El viajero salió de la nave. Saltó sobre la arena y apoyó sus manos contra el suelo. Si un hombre, acostumbrado a la presencia canina, lo hubiera visto de lejos, fácilmente lo hubiese confundido.
     Se sentía tan extraño de no recibir las transmisiones de los demás. Hizo un nuevo intento por comunicarse, pero no tuvo éxito. Lo único que percibía provenía de su propia mente y del exterior: el susurro del agua y del viento soplando entre los árboles.
     ¡Ah!, ¿era verdad que ella moriría? ¿Un error en la programación? Los Altos nunca se equivocaban, o casi nunca. Su querida Kruba... Había envejecido tanto, y él también, aunque menos, desde que había iniciado el viaje. Pero nunca se había separado de ella, día tras día estaban pensando uno en el otro, pensando el uno con el otro. Y ahora sin capacidad telepática, sin que sus pensamientos pudiesen llegar a ella y los de ella a él. Era el golpe en su cabeza, seguramente, lo que había dañado. Había visto el caso de un pequeño halarp, un miembro de la casta superior, que había nacido sin capacidades telepáticas, otro error de programación, y recordaba cómo su vida había sido un sufrimiento. El pequeño tuvo que ser sacrificado, pues nunca estuvo destinado a vivir. Tal condición significaba el sufrimiento o la muerte. Pero no para los wofflant. Estos últimos apenas merecían ser llamados personas: carecían de telepatía, aunque su condición, como la de todos los demás, era elegida por Los Altos de Zerr, el lugar donde todo comienza.
     Intentó pensar con claridad. Se irguió sobre sus patas traseras. Cuando estaba en cuatro patas su corteza cerebral trabajaba a un ritmo más lento, procurando al cerebro el uso de sus niveles más básicos, por si tenía que escapar o realizar una tarea que sólo requería la parte primitiva de su cerebro.
     La nave aún despedía un poco de humo, y no podía servirse de ella, así que seguramente tendría que valerse de sus pies. Sintió que la arena le quemaba y se refugió en la sombra que proyectaba la nave. El sol estaba a medio camino hacia el cénit.
     Pero primero tenía que hacer algo con su herida, de la que seguía emanando sangre, y ya tenía la parte derecha del traje y su cuerpo empapados por dentro. La sangre se estaba secando y sentía que su pelaje se ponía tieso.
     Miró la información que se proyectaba frente a sus ojos, en su casco anatómico. La atmósfera era respirable. Se despojó del traje. Al despegarlo de su cuerpo notó que había perdido demasiada sangre.
     Escuchó ladridos y rápidamente alzó las orejas. Los ladridos procedían de la nave. Se acercó hacia la esfera de metal retorcido y chamuscado y escuchó el monólogo del sistema de emergencia. Al menos la nave estaba aún viva. Recitaba:
     —Sistemas de defensa perdidos, sistemas de propulsión perdidos, sistemas de alimentación perdidos, sistemas de información intactos...
     La nave hacía un recuento del estado de sí misma. Lo último esperanzó al hombre-perro: los sistemas de información estaban intactos. Los archivos de la memoria de la nave aún seguían almacenados dentro de toda esa chatarra retorcida. Y lo más importante: podría hablar con la nave.
     La nave seguía recitando su estado.
     —Gurdif —ladró el hombre-perro—, ¿cómo estás?
     La nave se calló por un par de segundos y luego dijo:
     —¿Por qué no me escuchabas? Tuve que usar mi sistema de habla para que te percataras que te estaba transmitiendo. Y bueno, precisamente te estaba diciendo cómo estoy. Casi todos mis sistemas están inservibles pero sigo funcional. ¿Cómo estás tú? No puedo verte en el exterior, allí no tengo cámaras funcionales.
     —Gurdif, creo que por el momento estaré bien. El campo estático me ha salvado la vida. Más bien, tú me has salvado la vida con tu campo estático. Pero, al parecer he perdido mi capacidad de comunicación intercerebral.
     La nave emitió una extraña serie de ladridos que correspondían a emociones más que a palabras.
     —¡Eso es horrible! —exclamó la nave.
     —Gurdif, además, la misión muy probablemente se ha arruinado. Tendríamos que poder salir de aquí.
     —Lo sé. Mi estado actual hace imposible que prosiga.
     —Gurdif, ¿qué sabes sobre la pérdida de las capacidades telepáticas?
     —Es una falla terrible en la programación de cualquier individuo la especie. La comunicación es necesaria para la estabilidad mental. ¿Y cómo te ha pasado, tu pérdida?
     Mientras preguntaba, el viajero se había metido en la nave, por el agujero que él había hecho, y había buscado entre la provisión de alimentos. Todos estaban hechos cenizas. Salió de nuevo, con un puñado de cenizas en la mano; lo olfateó, decepcionado, y lo dejó esparcerse sobre la arena. Miró la esfera de metal retorcido.
     —Gurdif, un golpe en la cabeza —dijo, e intentó no tomarle demasiada importancia, aunque era algo nuevo para él. Probablemente el haber estado tanto tiempo en una pequeña cabina, aunque siempre acompañado, le había ayudado a prepararlo para ese momento—. Por cierto, ¿el sistema de análisis genético funciona?
     —Sistema de análisis genético intacto —No dijo nada más, pues no sabía cómo tratar el problema de la pérdida de capacidad telepática de su colega-piloto.
     El hombre-perro fue caminando hacia la orilla de la playa y miró por algunos minutos el agua. Algunas formas oscuras se movían por debajo. Notó la semejanza con algunos animales de su planeta. Regresó a la nave y sacó de ella un aparato parecido al desintegrador, como una vara, pero éste tenía un par de pequeñas esferas metálicas en los extremos. Regresó a la orilla y se metió al agua, hasta que le llegó a las rodillas. Colocó el aparato horizontal al suelo y apuntando con una de las esferas hacia el frente. Cuando vio una sombra cerca de él, encendió el aparato y un pez flotó, saliendo del agua y retorciéndose en el aire. Se maravilló al ver a la criatura e intentó captar sus pensamientos, pero tampoco recibió nada. “Tal vez la criatura no piense, es demasiado primitiva para hacerlo, o quizá verdaderamente haya perdido toda mi capacidad para captarlo”, se dijo.
     Volvió hacia la nave, manteniendo el pez flotando frente a él.
     —Gurdif —dijo él—, enciende el analizador genético.
     —Encendido —respondió la nave. Su voz se parecía la de un perro Carlino, o al menos como hablaría un perro Carlino, de hablar, pero los perros carlinos nunca hablarían, al menos hasta donde se sabe. Otros perros, de las primeras creaciones de los Ingenieros, sí hablaron, pero no eran carlinos—. Supuse que querías analizar esa criatura.
     No es que la nave lo hubiese visto, pues las cámaras externas estaban destruidas, pero ella aún podía captar los pensamientos del hombre-perro.
     El hombre-perro saltó ágilmente al agujero de la nave y se introdujo en ella. Una sección estaba iluminada. Introdujo el pez, bajándolo lentamente con el aparato, a un recipiente en forma de plato. El pez ya no se retorcía, había muerto. Un haz de luz cubrió al pez y después la nave dijo su veredicto:
     —Esta criatura posee una configuración protéica indigerible. No es apta para consumo.
     El hombre-perro suspiró. No podía comer eso. Además, era obvio pensar que todas las formas de vida de ese planeta seguirían una genética similar, por tanto no había nada allí de lo que pudiera alimentarse. Y su comida de reserva se había incinerado. Si tan sólo los Ingenieros hubiesen integrado al ecosistema algunas formas de vida con genética familiar...
     Se quedó sentado frente al analizador, mirando al pez muerto. “Ha muerto en vano, como probablemente moriré yo”, pensó.
     —Podríamos buscar nativos —sugirió la nave—, para eso hemos venido.
     —¡Gurdif!, ¿de verdad crees que haya formas más avanzadas que ésta en este lugar? —se había desdeperado e intentó pensar con claridad— Bueno, ¿cómo nos movilizaremos?
     —Tú te movilizarás, yo no puedo moverme de aquí, mis sistemas de propulsión están totalmente dañados y bajo las condiciones actuales son irreparables; tendrás que utilizar tus pies y manos. Lo único que puedo hacer es esperar tu regreso, y te agradeceré si encuentras alguien que pueda repararme.
     El hombre-perro notó que la nave estaba más sentimental que de costumbre.
     —Espera... —dijo la nave. Una luz blanca a la derecha del hombre-perro se encendió, era una cámara—, ¿eso que tienes desde la cabeza hasta la cola es sangre? ¡Oh! —exclamó con un ladrido mecánico— ¡Tienes que curar eso! Pero... —cambió de tono— sistema de atención médica perdido —volvió a su acento no maquinal—. Tendrás que lavar esa herida pronto. El agua de la que has sacado ese pez te servirá por el momento. No, no, espera... ¿qué estoy diciendo? Algo se ha salvado de los materiales de curación. Busca en el compartimento.
     El hombre-perro encontró un montón de tubos aplastados y rotos pero algunos estaban intactos. Al tomar uno de ellos se ensució de medicina el pelaje.
     —Gurdif, éste es —le dijo a la nave. Colocó el tubo aparte mientras buscaba algo de agua destilada reforzada para limpiarse, pero los frascos estaban aplastados y derretidos y el contenido, una mezcla verdosa, resultado de la combinación de varios líquidos, estaba desparramado por el suelo.
     —El destilador no funciona —dijo la nave—. Creo que tendrás que usar el agua de la que has sacado el pez. El análisis me dice que no será dañina para tu organismo.
     Cierto, el agua de ese mar no era tan sucia como la de los mares de su planeta natal.
     —Luba —dijo la nave, y calló, para luego continuar—: Hay alguien cerca, pero no puedo precisar qué tan cerca. Su mente es extraña. Tal vez sea alguno de ellos. Transmite en imágenes, pero no las comprendo. Hay algo malo en la señal —su voz parecía angustiada.
     El hombre-perro pudo captar la señal. Era cierto. Y que pudiera percibirlo significaba que no había perdido sus capacidades telepáticas, o al menos aún funcionaban a cierta distancia.
     —Creo que nos está llamando —dijo el hombre-perro.
     Cayó en cuenta de que la nave había dejado de emitir su vibración característica.
     —Gurdif —dijo a la nave.
     La nave no contestó.
     Él se aterró y se comenzó a mover, girando el cuerpo de un lado a otro, pero no había ni luces parpadeantes ni alguna otra señal de vida de la nave. Cerró sus ojos y se hizo un ovillo sobre el asiento, metiendo la cola entre los pies.
     Pero ese algo seguía transmitiendo, y posiblemente era uno de ellos. Así que la especie hermana seguía viva, aunque no se parecía a ellos. Eran los hijos de sus padres, los hijos de los Ingenieros. Pero dudó si debía de ir a su encuentro, pues había algo malo, algo malo en la transmisión, como la nave le había dicho. Quizá ese algo había matado a Gurdif, si es que estaba muerta, pues no contestaba. Aún así, era necesario establecer el contacto, si no con esa criatura sería con otra, pero para eso había llegado, para eso había abandonado su mundo al que ahora sospechaba que nunca regresaría.

     Se levantó bruscamente, dispersando la cama de hojas en la que se había acostado. Ya estaba amaneciendo y la luz se filtraba entre las bajas copas. Los árboles del lugar no tendrían más de tres metros de alto. Se levantó sobre sus patas traseras y se sacudió la tierra y las hojas secas. Tenía que reanudar el camino. Su nave, su nave le hacía falta, y resentía la soledad que eso le causaba.
     La herida de su cabeza se había curado, pero la sangre no la había recuperado, y ahora tenía pequeñas heridas en los costados: el terreno no era tan fácil.
     Tomó el pequeño saco que llevaba consigo, se lo colgó al cinturón, y siguió caminando.
     Caminó durante media hora, hacia el este, al lado opuesto de donde estaba la playa, y el bosque se despejó para dar paso a una extensión llana, poblada sólo con arbustos bajos y raquíticos. Parecía que el lugar había sido arrasado por un incendio: había una gruesa capa de cenizas y troncos calcinados aún salían de la tierra.
     La señal que el algo transmitía pareció intensificarse y luego menguó. Oscilaba demasiado. Pero parecía ir en el camino correcto, hacia un encuentro necesario pero que él temía.
     Había caminado el día anterior sobre la orilla de la playa pero no había encontrado señales de habitantes inteligentes. Sólo aves que pasaban de vez en cuando por el cielo. Luego la señal pareció moverse y él fue directamente a su encuentro, rumbo a la montaña. Fue cuando aparecieron las otras, pero éstas parecían alejarse, alejarse hacia donde sólo había mar. También, notó, había mejorado en la estimación de la distancia hacia esas extrañas mentes.
     Encontró algo nuevo. Un grupo de rocas de varios metros de alto dominaban el pie de la montaña. Algunas parecían tener marcas de instrumentos, como si hubiesen arrancado trozos de ellas. También había grandes piedras esparcidas en el suelo. Se acercó para ver los detalles. Los cortes eran totalmente rectos y otras tenían marcas de perforaciones, pero el tiempo en el que se habían sido realizado esos cortes era ignoto.
     Siguió su recorrido, bordeando la montaña hacia la derecha.
     Terminó por llegar de nuevo a una playa, donde la señal era cada vez más fuerte, y sentía dolor de cabeza, como una presión interna que tarde o temprano la haría estallar. Durante todo el camino no había encontrado otras formas de vida que no fueran plantas y aves a lo lejos. Y esa capa de cenizas que cubría amplias zonas, casi siempre presente.
     “Es una isla, o estoy en una pequeña península”, pensó con dificultad.
     Se dio cuenta de que estaba demasiado cansado y que llevaba varios días de viaje. Había comido, sí, unos cuantos peces que había sacado del agua, pero sólo sentía que sus energías se hacían cada vez menores; su organismo no podía disociar las proteínas, y sólo se había arriesgado a posibles efectos secundarios negativos por la ingesta. Si el Superior Cos supiera lo que había hecho estaría decepcionado de él, o eso pensó.
     Miró por sobre toda la costa, que se curvaba hacia uno y otro lado. A lo lejos observó unas figuras que se destacaban contra la dorada arena. Quizás eran la fuente de la transmisión. Alzó sus orejas y aguzó la vista pero no captó nada que sus otros sentidos captasen. Las formas no se movían. Se agachó, hasta quedar con las manos y las patas en el suelo y caminó con un paso más rápido, pero disminuido por un miedo y un cansancio que cada vez se hacían más grandes.
     Las formas fueron aumentando de tamaño pero la señal no. Contó más de quince de esas formas, en fila, frente a la playa, mirando hacia el mar. Cuando llegó junto a una de ellas, cayó con el rostro en la arena. Estaba exhausto. Las formas eran de roca, figuras de forma extraña, de nariz triangular. No tenían hocico pero sí bocas, y algunas tenían enormes rocas sobre sus cabezas, que simulaban sombreros. Eran como los hermanos, pero diferentes. Quizás estuviesen cerca, quienes habían levantado esos colosos de roca.
     El hombre-perro intentó levantar la cabeza pero se le hacía muy pesada. Movió sus ojos, y alejadas de la playa también vio más formaciones de roca similares. Sobre toda la costa había decenas de ellas. Alguien las había tallado y las había puesto allí, como centinelas, e incluso algunas estatuas parecían incompletas.
     Él se moría. De hambre y de cansancio. Y su salud estaba deteriorada. Quizá ella, Kruba, y su hijo, allá lejos en su planeta, se preguntaban por qué habían perdido contacto con él. Los responsables de la misión también se preguntarían dónde estaba, pero no podía responderles. “No podré regresar”, se dijo, “llegué al mundo al que tenía que llegar pero sólo para morir”..
     Su mente se olvidó de la señal que había perseguido.
     Las estatuas rocosas le comenzaron a fascinar. Le fascinaron quienes habían colocado esos colosos, para que los recordaran, si no eternamente sí por el tiempo en que éstas siguieran en pie. Quizá la roca procedía de las faldas de la montaña.
     Su mente pareció delirar.
     Se le ocurrió hacer su propia estatua. Seguramente en su planeta sería recordado como el que había emprendido el primer viaje al mundo de los hijos de sus padres, aunque nunca hubiese vuelto. Pero también quería ser recordado allí, aunque para ello tendría que levantar una estatua como monumento de su triunfo. “¿Triunfo?”
     Sacó energías de alguna parte y logró ponerse en cuatro patas. Tomó la carga que llevaba con él. Abrió el saco y tomó los artefactos que antes había usado, y algo más: la base de datos de la nave, una cajita metálica. La miró fijamente y pensó que la podría colocar en su estatua, para que quien la encontrara conociera su especie y sus necesidades, y les auxiliara en esos tiempos oscuros.
     Arena. La arena era dióxido de silicio, básicamente. Al alcanzar grandes temperaturas se cristalizaría en forma de cuarzo, y tal vez podría usar el cuarzo como almacen de información, pero estaba en un estado demasiado impuro para que tuviese esa utilidad.
     Hacer una estatua de sí mismo sería demasiado complicado y no tendría forma de esculpirla. No era un artista, y sólo podría llegar a fundir un poco de arena y hacer una esfera de cuarzo pero ¿para qué? Él no tenía forma de esfera, y las estatuas tenían la forma de sus constructores, o una forma similar. Tal vez no sería un gigante como los que miran hacia el mar.
     Quizá algún día los de su especie llegarían de nuevo a ese planeta azul y continuarían con la tarea que a él le habían encomendado. Recordó por última vez al pequeño que había perdido su capacidad telepática aún antes de poseerla. Se sentía como ése pequeño.
     Cayó de nuevo sobre la arena.
     Miró los destellos azules del agua, que ahora le parecía de un azul más intenso. El sol, que estaba casi encima de él, le lastimaba los ojos. Algo desvió su atención y, sobre la playa, vio un bulto borroso que se acercaba, caminando hacia él. Supo inmediatamente que quien se acercaba era el que transmitía la señal, pues se hizo cada vez más intensa, como si aumentara con el cuadrado de la distancia. Su cabeza quería explotar. Quiso hablarle pero ningún sonido salía de su alargada boca. Ya no pudo ver más.

     La enorme nave plateada entró en el espacio aéreo de la ciudad de Zamt'ala Psi, en la que se reunía un bloque de la resistencia. La nave era una nave de La Luz, como se hacían llamar los que mantenían el control de la población. Los que intentaban revelarse, aunque tuviesen formas de hacer las cosas, que los demás no tenían, no lograban mucho.
     Los hombres se movilizaron, avanzando hacia la costa. Nunca antes habían visto aquella nave sobrevolando aquellos cielos pero sabían que en algunos minutos todo el lugar estaría destruido. Nada quedaría con vida en la isla. El monstruo de la muerte los exterminaría.
     La nave dejó caer el primer proyectil. La noche se iluminó.
     Los rebeldes, sucios y delgados, abandonaron los vehículos de guerra y se dirigieron a los submarinos, para emprender la huida hacia el mar. Entre las casas bajas de la ciudad había estatuas de piedra, moais que los antiguos habitantes de la Isla de Pascua, ahora llamada Zamt'ala Psi, habían construido. El propósito de dichas estatuas resultaba desconocido. Eran tiempos olvidados.
     —¡No dejes de correr, P-Herman! —dos jóvenes iban en el mismo flujo que toda la multitud, pero P-Herman siempre volteaba hacia atrás. P-Herman tomó algo de su mochila y dirigió la mano hacia el monstruo de la muerte— ¿Qué haces?
     P-Herman no respondió sino que siguió con la mano apuntando hacia la nave.
     Su compañero se percató que sostenía un tubo metálico.
     Un rayo violáceo, muy fino, salió del tubo, y casi parecía que era disparado desde la misma mano del joven; su amigo pensó que era un ángel, como de los que hablaban los libros. P-Herman se detuvo para seguir apuntando con mayor precisión mientras la multitud pasaba junto a él. La luz del tubo fue formando una sección cónica mientras se iba alejando de su fuente, hasta ensancharse bastante al llegar a la nave. La nave plateada adquirió un resplandor incandescente y unos segundos después explotó, dispersándose en átomos individuales. No fue una explosión estridente sino hueca y corta.
     No pasó mucho para que los demás hombres se dieran cuenta de lo que había pasado. Dejaron de correr y admiraron el espectáculo. La nave había sido destruida y todos se preguntaban cómo había ocurrido. “¿Qué ha destruido al monstruo de la muerte?”
     El joven miró a P-Herman, sin dar cabida a lo que acababa de presenciar.
     —P-Herman... —su voz temblaba—, ¿de dónde has sacado eso?
     Las partículas que conformaban la nave plateada flotaron con el viento y cayeron lentamente sobre la ciudad. Ni La Luz ni los robots que tripulaban la nave hubiesen podido preveer lo que había pasado, pues ninguna clase de arma que estuviera en manos de la resistencia tendría en alcance y el efecto suficientes para destruir la nave.
     P-Herman estaba en shock, pues no había visto antes que el tubo desintegrador actuase de una forma tan espantosa.
     —¡P-Herman! —su amigo lo tomó de los hombros y lo sacudió violentamente. Su sucia cara brillaba, perlada de sudor— ¿Cómo has hecho eso, de dónde has sacado esa cosa?
     —Hombre perro —transmitió P-Herman, sin mover los labios, mientras observaba la nube de partículas metálicas que antes había sido el monstruo de la muerte—. Hombre perro...

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