Se
despertó. Antes de abrir los ojos tanteó los alrededores. Apretó
las sábanas con sus manos y percibió el frio metal de la base de la
camilla. Sintió la molestia de los tubos dentro de sus fosas
nasales, y aspiró, el aroma era el frío y puro del oxígeno. En su
rostro sintió una briza gélida. Cuando se decidió a abrir los ojos
comprobó que estaba en un hospital. Era una habitación en la que a
su diestra había una mujer con el cabello enmarañado, sentada en
una silla, y estaba dormida. El hombre dio un tirón a los tubos de
su nariz y comenzó a respirar con dificultad. La mujer se despertó
con el sonido de su respiración, y ella estalló en lágrimas apenas
lo vio. La mujer lo miró con ternura mientras él la miraba todavía
con el horror de la primera impresión. La había reconocido.
—¡Tú!
—exclamó el hombre.
La
mujer abrió los brazos y se acercó a él. El hombre la rechazó con
violencia.
—¡Maldita
sea, tú! ¡Tú aquí, tú! —dijo de nuevo el hombre.
—¿Amor,
qué pasa? Has despertado... Amor...
—¡Carajo
—el hombre sacudió la cabeza y apretó fuertemente los ojos—, te
lloré como un loco allá! —el hombre se sentó en la camilla,
mirando de frente a la mujer. La miró fijamente. Su mueca se torció
aún más—. ¡No estabas en ese lugar y te lloré tanto!
—Mi
amor —dijo la mujer, mirando a un lado y a otro y luego al hombre
que estaba en la camilla y a quien ahora ya ni reconocía como su
esposo—, ¡pero si estuviste en coma durante siete años!
—Oh...
Siete años —el
hombre hizo una pausa—. Allá
parecieron más. —Observó con detenimiento a la mujer—. Tu
rostro... está envejecido.
—No
entiendo de...
—Clara...
¿de verdad estuve en coma? Porque... ¡Cielos! Pero estoy seguro
que...
—No
entiendo lo que me quieres decir.
—Lo
siento, Clara —el hombre se levantó de la camilla.
—¡Doctor!
—No
puedo quedarme aquí. Entiende. No, no puedes entenderlo ahora. Estoy
seguro que lo sabrás, pero quizá no me creas.
El
doctor llegó pero cuando éste abrió la puerta, el hombre salió de
la habitación. Caminó por el pasillo vestido con la ropa de
hospital. El doctor fue tras él y llegaron dos enfermeras, que lo
sujetaron por los brazos. El hombre no ofreció resistencia, estaba
demasiado débil. El doctor intentó dominar su sorpresa ante el
repentino despertar del paciente.
—Tiene
que volver a su habitación —dijo el doctor, con los ojos
desorbitados.
Su
esposa había salido y lo miraba, bañada en lágrimas. Los
ojos del hombre se encontraron con una figura familiar, pero ésta no
era su esposa, sino una mujer que yacía en una cama, detrás de una
puerta entreabierta, en la habitación contigua.
—¡Esperen!
—gritó el hombre.
Una
enfermera llegó con una silla de ruedas. Lo sentaron.
—¡Esperen!
—volvió a decir el hombre—, ¿quién es la mujer que está en
esa habitación? —dijo, señalando la puerta un poco abierta.
—Otra
paciente —dijo el doctor.
Ya
lo estaban llevando de regreso.
—¿Está
en coma, verdad? —preguntó el hombre—. ¿Se llama Alicia, Alicia
Salas, cierto, tiene treinta y seis años?
El
doctor miró a la mujer que estaba parada en el marco de la puerta,
la esposa del hombre. Le dijo:
—¿Le
ha contado algo sobre la paciente?
La
mujer negó con la cabeza.
—¿Habrá
escuchado algo sobre ella mientras estaba en coma, doctor? —preguntó
una de las enfermeras—. Tal vez de verdad los pacientes pueden
escuchar mientras...
—¡No,
no, no entienden, yo conozco a esa mujer! —gritó el hombre.
—Usted
no puede conocerla —dijo el doctor—, estaba en ese estado mucho
antes de que lo trajeran a usted, y usted nunca tuvo contacto con
ella.
—Escuche
—dijo el hombre—. Yo la conozco, la he conocido durante siete
años, al parecer, aunque allá me pareció mucho más tiempo. Quizá
realmente fue más tiempo.
—¿De
qué hablas, amor? —le preguntó su esposa.
—Lo
siento, Clara. Te amo, uno nunca deja de amar, de eso estoy seguro, pero ahora con quien
deseo estar es con ella, la amo —y señaló a la mujer que estaba
acostada en la habitación contigua.
¡Había
dicho esas palabras, las había dicho!
Su
esposa volvió a entrar a la habitación.
—¡Oh
—dijo el hombre para sí mismo—, sabía que iba a reaccionar de
ese modo!
Las
enfermeras de nuevo se dirigieron a la habitación y el hombre en la
silla de ruedas cruzó el marco de la puerta. Se encontró con su
esposa, con la mirada vuelta hacia la ventana que daba a la calle. El
hombre le dijo al doctor:
—¿Qué
tan grave es el estado de Alicia, en qué nivel de coma se encuentra?
—Lo
siento —dijo
el doctor—, esa información no le
incumbe.
El
hombre suspiró. Ya se enteraría después.
El hombre se dirigió con
la silla de ruedas hacia su esposa, venciendo la debilidad de sus brazos. Le contaría todo lo que había pasado, consciente de que no
le creería, ni ella ni nadie. ¿Cómo le iban a creer que había
estado en ese otro mundo donde había conocido a Alicia, de quien se
había enamorado? ¿Cómo le iban a creer todas las cosas que allí
había pasado, el horror y la felicidad que había vivido, cómo le
iban a creer siquiera que todo aquello no era más que una invención
de su mente, que realmente hay una vida mientras la vida permanece
latente y oculta en el mundo en el que nacimos? Quizá algún día
Alicia despertaría, y les diría a todos que todo lo que habían
vivido era verdad, y podrían volver a estar juntos. Quizá...