Una amiga me ha sugerido que ante historias algo largas, dé una pequeña introducción para que los lectores de este blog sepan de que va la historia, para tener criterios por si deciden pasar algunos minutos de su tiempo leyéndola, y saber si de verdad van a entretenerse y a disfrutar o si están perdiendo su tiempo. Esta sugerencia de mi amiga fue por mi negativa a presentar mis historias de manera fragmentada, pues creo que si un relato (al menos del tipo de los que me gusta escribir) se lee por partes, éste pierde mucha fuerza. Aunque el presente relato no es muy largo (bueno, son unas 10 cuartillas. Y, ¡dioses!, en uno anterior, Preservar La Colectividad, sí que me excedí porque fueron 19), les diré de lo que trata, sin darles demasiadas pistas.
Año 4055. Planeta Dreaya. Se ha descubierto una fuerza más destructiva que cualquier arma antes diseñada. El Jefe de la Fuerza de Cartógrafos Espaciales se ve de pronto encaminado por un cuasi-humano a usarla por primera vez para acabar con una guerra que ha costado la vida de demasiadas personas. Se trata de un punto decisivo en la historia de las especies humanas.
La idea la tenía rondando mi mente desde hace casi un mes, pero hasta ahora, aprovechando mis vacaciones de la universidad, la he podido escribir. Se trata del sexto relato que escribo de mi “historia del futuro”, en la misma línea temporal, y serán varios más, así que agárrense. Si les interesa, aquí tienen la historia, espero que la disfruten.
Era un planeta azul con pequeños parches marrones y verdes en su superficie. Las nubes se arremolinaban en una región de su hemisferio norte, formando un huracán que giraba a contrarreloj sobre aquel paraíso. Y el globo azul se fue haciendo cada vez más grande. Y luego hubo una segunda visión: un enorme dragón, una tira de blancura volando en el oscuro espacio. Y apareció un segundo ser, que giró en espirales en torno al primero, y ambos bailaron una danza cósmica y se alejaron, con destino hacia ningún lugar. Y después ya no importó el azul planeta, de un azul más azul que cualquier otro, lo único importante era aquel par de dragones. Y el reluciente globo se perdió de vista y el espacio estrellado lo llenó todo, y la visión viajó hasta los dragones que se alejaban y les dio alcance. Y todo era calma, pero el pasivo universo dio lugar al peligro que se escapa a los sentidos, y ambos dragones atravesaron ese peligro como si éste no existiese, siempre danzando en espirales uno en torno al otro. Y todo pareció confuso porque aquel peligro ya no existía, su presencia ya no se percibía siquiera con unos sentidos que eran más que sentidos. El universo era prístino y transparente.
Y la visión se desvaneció.
Hui Yongnian despertó. Sus ojos se abrieron y se volvieron a cerrar luego de ver que se encontraba en el mismo plácido lugar, sobre su cama. Las sábanas que lo cubrían se desintegraron en millones de partes que se incorporaron al colchón. Se sentó en la orilla de l colchón y vio llegar a su esposa.
—Buenos días —le dijo ella, y se sentó a su lado. Pasó la mano por los despeinados cabellos de Yongnian—. No he querido despertarte antes. Llegó Jorv, dijo que quería preguntarte cosas sobre su futuro trabajo. Se veía muy emocionado.
—¿Aún sigue aquí?
—No, le he dicho que se marchara, que viniera luego porque estabas dormido. Me dijo que mejor hablaría contigo antes del entrenamiento de mañana.
Yongnian suspiró y fijó su mirada en las manos de su esposa, que descansaban sobre su regazo.
—¿Otra vez ese sueño? —preguntó ella.
—Sí.
—Ya te he dicho que si te molesta podemos ir con el...
—No, no —la interrumpió—. Molestarme no. —Y luego hizo una pausa—. Me gustaría salir por mí mismo de esto. Ya sabes mi postura al respecto, querida Gelna... —Notó lo silenciosa que estaba la casa—. ¿A dónde ha ido Alicia?
—Ha salido con una amiga, —respondió Gelna—, le dije que regresara antes de las 9.
Yongnian acarició las manos de su esposa. El rostro de Hui mostraba las arrugas del paso de los siglos.
—¿Sabes? No estoy seguro de lo que haré —dijo Yongnian— luego de hoy.
—Ese chico es muy hábil —dijo ella—. Lo veo como el próximo jefe de cartógrafos, un gran jefe como lo ha sido su maestro —sonrió—. Y su maestro al fin podrá estar tranquilo en su hogar.
—Gelna, eso no... Tú sabes lo que realmente me preocupa.
Gelna puso una mano sobre su espalda y lo acarició.
Y Hui Yongnian despertó del sueño. Un sueño dentro de otro sueño. Se sentó. Vio la habitación vacía y silenciosa. Ningún sonido perturbaba la calma que reinaba en toda la casa. La pared del lado extremo del cuarto le informó la hora: eran las 6:71. Con un suspiro volvió a acostarse. Miró hacia el cielo raso y por un momento le pareció ver el rostro de Gelna, y a un lado el de la pequeña Alicia. Cerró los ojos y al abrirlos de nuevo, la imagen se había desvanecido.