diciembre 21, 2011

Y ahora los errantes seremos nosotros

Una amiga me ha sugerido que ante historias algo largas, dé una pequeña introducción para que los lectores de este blog sepan de que va la historia, para tener criterios por si deciden pasar algunos minutos de su tiempo leyéndola, y saber si de verdad van a entretenerse y a disfrutar o si están perdiendo su tiempo. Esta sugerencia de mi amiga fue por mi negativa a presentar mis historias de manera fragmentada, pues creo que si un relato (al menos del tipo de los que me gusta escribir) se lee por partes, éste pierde mucha fuerza. Aunque el presente relato no es muy largo (bueno, son unas 10 cuartillas. Y, ¡dioses!, en uno anterior, Preservar La Colectividad, sí que me excedí porque fueron 19), les diré de lo que trata, sin darles demasiadas pistas.

Año 4055. Planeta Dreaya. Se ha descubierto una fuerza más destructiva que cualquier arma antes diseñada. El Jefe de la Fuerza de Cartógrafos Espaciales se ve de pronto encaminado por un cuasi-humano a usarla por primera vez para acabar con una guerra que ha costado la vida de demasiadas personas. Se trata de un punto decisivo en la historia de las especies humanas.

La idea la tenía rondando mi mente desde hace casi un mes, pero hasta ahora, aprovechando mis vacaciones de la universidad, la he podido escribir. Se trata del sexto relato que escribo de mi “historia del futuro”, en la misma línea temporal, y serán varios más, así que agárrense. Si les interesa, aquí tienen la historia, espero que la disfruten.


            Era un planeta azul con pequeños parches marrones y verdes en su superficie. Las nubes se arremolinaban en una región de su hemisferio norte, formando un huracán que giraba a contrarreloj sobre aquel paraíso. Y el globo azul se fue haciendo cada vez más grande. Y luego hubo una segunda visión: un enorme dragón, una tira de blancura volando en el oscuro espacio. Y apareció un segundo ser, que giró en espirales en torno al primero, y ambos bailaron una danza cósmica y se alejaron, con destino hacia ningún lugar. Y después ya no importó el azul planeta, de un azul más azul que cualquier otro, lo único importante era aquel par de dragones. Y el reluciente globo se perdió de vista y el espacio estrellado lo llenó todo, y la visión viajó hasta los dragones que se alejaban y les dio alcance. Y todo era calma, pero el pasivo universo dio lugar al peligro que se escapa a los sentidos, y ambos dragones atravesaron ese peligro como si éste no existiese, siempre danzando en espirales uno en torno al otro. Y todo pareció confuso porque aquel peligro ya no existía, su presencia ya no se percibía siquiera con unos sentidos que eran más que sentidos. El universo era prístino y transparente.
            Y la visión se desvaneció.
            Hui Yongnian despertó. Sus ojos se abrieron y se volvieron a cerrar luego de ver que se encontraba en el mismo plácido lugar, sobre su cama. Las sábanas que lo cubrían se desintegraron en millones de partes que se incorporaron al colchón. Se sentó en la orilla de l colchón y vio llegar a su esposa.
            —Buenos días —le dijo ella, y se sentó a su lado. Pasó la mano por los despeinados cabellos de Yongnian—. No he querido despertarte antes. Llegó Jorv, dijo que quería preguntarte cosas sobre su futuro trabajo. Se veía muy emocionado.
            —¿Aún sigue aquí?
            —No, le he dicho que se marchara, que viniera luego porque estabas dormido. Me dijo que mejor hablaría contigo antes del entrenamiento de mañana.
            Yongnian suspiró y fijó su mirada en las manos de su esposa, que descansaban sobre su regazo.
            —¿Otra vez ese sueño? —preguntó ella.
            —Sí.
            —Ya te he dicho que si te molesta podemos ir con el...
            —No, no —la interrumpió—. Molestarme no. —Y luego hizo una pausa—. Me gustaría salir por mí mismo de esto. Ya sabes mi postura al respecto, querida Gelna... —Notó lo silenciosa que estaba la casa—. ¿A dónde ha ido Alicia?
            —Ha salido con una amiga, —respondió Gelna—, le dije que regresara antes de las 9.
            Yongnian acarició las manos de su esposa. El rostro de Hui mostraba las arrugas del paso de los siglos.
            —¿Sabes? No estoy seguro de lo que haré —dijo Yongnian— luego de hoy.
            —Ese chico es muy hábil —dijo ella—. Lo veo como el próximo jefe de cartógrafos, un gran jefe como lo ha sido su maestro —sonrió—. Y su maestro al fin podrá estar tranquilo en su hogar.
            —Gelna, eso no... Tú sabes lo que realmente me preocupa.
            Gelna puso una mano sobre su espalda y lo acarició.
            Y Hui Yongnian despertó del sueño. Un sueño dentro de otro sueño. Se sentó. Vio la habitación vacía y silenciosa. Ningún sonido perturbaba la calma que reinaba en toda la casa. La pared del lado extremo del cuarto le informó la hora: eran las 6:71. Con un suspiro volvió a acostarse. Miró hacia el cielo raso y por un momento le pareció ver el rostro de Gelna, y a un lado el de la pequeña Alicia. Cerró los ojos y al abrirlos de nuevo, la imagen se había desvanecido.

diciembre 04, 2011

Viejos enemigos

    Robert Arctor sacó las bolsas del supermercado del auto y entró a su casa. Su familia: su hija Mary de diez años, Peter de doce y su esposa Beth, estaba reunida en la mesa del comedor con la vista puesta en el televisor. Una escena normal en un pequeño poblado rural a las afueras de Salt Lake City.
     Dejó las bolsas en el suelo.
     —Bob —le dijo su esposa, que lo tomó por el brazo y lo hizo sentarse en una silla. La mujer no quitaba la vista del televisor, los rizos le caían en su bello rostro oscuro—, mira las noticias.
Robert pensó que el noticiero no podría informar de algo peor que lo de ayer.
     La chica del noticiero daba el reporte mientras las imágenes iban pasando en la pantalla. No sólo Nueva York había sido atacada, como lo habían dicho en el noticiero de la noche anterior, ahora también había caído una bomba H en Seattle.
     —Todavía no dicen quién atacó —mencionó Beth.
    Ese mismo día cayó otra en Chicago, y después una más en San Francisco pero ésta última no explotó. Un hombre presumiblemente afectado tomó la bomba, que con su peso había destruido parte de su casa al caer, y la subió a su camioneta con la ayuda de una pequeña grúa. Condujo por la carretera interestatal con rumbo hacia Santa Mónica pero una patrulla lo detuvo al ver el enorme artefacto en la batea de la camioneta. El hombre de la patrulla supo de qué se trataba y los servicios de inteligencia hicieron presencia.
     Los cuatro agentes de traje y lentes oscuros observaban el artefacto en la parte trasera de la camioneta.
     —El policía no mentía —dijo uno, sorprendido. Sin duda era lo más bizarro que había visto en su vida.
     Al poco tiempo llegaron varias patrullas. Un hombre del Departamento de Estado y un ingeniero nuclear bajaron de un vehículo.
     —¿Hay un protocolo para esto? —preguntó uno de los agentes.
    —Transportar la bomba en un avión —respondió el ingeniero nuclear— que la eleve lo suficiente en el aire para que, si explota, no represente un peligro para la población.
     Un helicóptero apareció a lo lejos y descendió en medio de la carretera.
     —¡Súbanla, la llevaremos a un pequeño aeropuerto cercano! —gritó el piloto del helicóptero, en medio del estruendo de las aspas.
     Un robot cargó delicadamente la bomba y la depositó dentro del helicóptero. Antes de que éste despegara, los hombres presentes comenzaron a escandalizarse. El hombre de la camioneta, el que había transportado la bomba, estaba esposado en el interior de una patrulla y observaba con curiosidad. Lo que causaba el escándalo no era la previa presencia misma de la bomba, sino algo que estaba dibujado en la bomba: una bandera.
     —¿Vieron esa maldita bandera? —preguntó alguien—. ¿Podemos tomar esto como prueba de que ellos fueron realmente los que nos han atacado?
     —¡Maldita sea! —dijo exasperado otro hombre—, ¿cómo duda de esto?

diciembre 01, 2011

Saludos

     “La Humanidad ha muerto”, viajaba el mensaje, repitiéndose dentro de una burbuja que iba creciendo en el tiempo y en el espacio, luego de largos miles de años, pero la batería de la sonda ya hacía mucho tiempo que se había agotado y no pudo captar la señal. Con suerte, el robot que había transmitido la noticia desde la base lunar aún seguía operativo. La sonda siguió viajando, ya fuera, mucho más allá de los confines del Sistema Solar. Del lado opuesto al pequeño Sol que dejaba atrás se veía el brillo de una distante estrella, aunque más cercana que las demás. La sonda vagaba en el frío espacio casi sin fricción.
     Una nave solitaria que iba hacia alguna parte se la encontró a su paso. Sus tripulantes guiaron la sonda hacia el interior de su nave y la examinaron. Dos pequeños seres como aves, de azules plumas, la examinaron. Sin duda eso era una antena, y todo eso otro parecía un rudimentario sistema de instrumentación.
     Uno de los seres recorrió con saltitos la sonda, luego se posó, apuntando con el pico a un rectángulo dorado. Su compañero llegó a su lado con un aleteo.
     Ambos permanecieron largo rato observando el rectángulo dorado. Sus cabezas fijas y ladeadas y sus patitas aferradas en torno a una varilla metálica de la sonda.
     La nave siguió su curso por sí sola y llegó a la estación de suministros que se encontraba en las entrañas de un cometa. Mientras los pequeños seres observaban la placa, la nave aterrizó en la superficie gélida del cometa. Unas puertas de hielo y roca se abrieron en el suelo y la nave descendió suavemente en una grande y bulliciosa plaza.
     Las puertas de la nave de abrieron con un siseo y un autómata parecido a un ratón se les acercó. “El Yter está disponible en este momento para realizar la transacción de provisiones”, comunicó el ratoncito. El aire de la nave comenzó a llenarse con el delicado aroma de los manjares de mil mundos.
     Los dos seres como aves apartaron lentamente su mirada de la placa y se miraron entre sí, como si nunca antes se hubiesen visto.
     “Así éramos antes, ¿verdad?, antes de que nuestros dos valientes padres partiesen del que fue su hogar”, transmitió uno, y volvió su mirada hacia la placa, que mostraba a una mujer y a un hombre con la mano derecha alzada, saludando.
     “Sí, así éramos”.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...