La
pequeña ardilla se detuvo por un momento en el césped recién
cortado, a los límites del parque. Los autos pasaban a gran
velocidad por la calle. La ardilla olisqueó el aire y corrió con
intenciones de cruzar. Sin embargo, un auto pasó sobre ella y dejó
su pequeño cuerpo aplastado en el ardiente asfalto calentado por el
sol del medio día.
Un
ángel que volaba por el lugar compactó su cuerpo disperso y planeó
sobre los autos que pasaban zumbando. Los neumáticos pasaron al
menos diez veces sobre la ardilla hasta que el ángel despegó el
café y aplanado cuerpecito del suelo. Lo que había sido la ardilla
se levantó por los aires y fue a parar al césped y, allí, volvió
a ser ardilla. El pequeño animal, confundido, olisqueó de nuevo el
aire como lo había hecho segundos antes de su muerte, se rascó
detrás de la oreja con su patita y salió corriendo hacia un árbol,
que trepó con agilidad.
El
ángel se volvió a dispersar en el aire y sus partículas viajaron
con el viento.
Uno
de los autos que había pasado sobre el cadáver del animalito era el
de Félix. En ese momento se dirigía a la primera sesión del grupo
de apoyo al que había elegido asistir, sentía que no tenía muchas
opciones y que esa era la mejor.
Cuando
llegó al lugar, Félix encontró caras vacías e inexpresivas,
algunos de los allí presentes ya habían formado grupos y hablaban
entre sí, aunque siempre con la misma expresión que nada parecía
decir. Había llegado algo temprano, aunque el organizador ya se
encontraba platicando con algunos de ellos. Era una veintena, todos
habían tenido problemas similares a los de él y estaban allí para
escuchar y, sobre todo, para ser escuchados.
Se
sentaron en un amplio círculo en el suelo. Para sorpresa de Félix,
a él le tocó presentarse primero y contar su caso. Se secó las
manos en el pantalón y se aclaró la garganta, intentó ignorar al
hombre que, sentado casi diametralmente opuesto a él, había sacado
un insectoide de video que comenzó a revolotear hasta quedarse
estático encima de su dueño, filmándolo todo.
Se
presentó y comenzó a contar lo que le había ocurrido hacía diez
años. Félix y su esposa deseaban tener un hijo, así que le habían
pedido a Dios que les concediera ese milagro. Rezaron todos los días,
a veces se tornaba frustrante y cansado, pero rezaron durante ciento
quince años, hasta que un día un ángel se apareció en su casa y
se detuvo unos momentos frente a su esposa, para luego marcharse;
unos días después, descubrieron que ella estaba embarazada.
El
embarazo de su esposa había sido el periodo más feliz de sus vidas
y vio su punto más álgido con el nacimiento del bebé, incluso
habían elegido el nombre desde hacía más de un siglo. Sin embargo,
un día, cuando su esposa se hallaba amamantando al pequeño, un
ángel se hizo presente. Félix fue testigo de cuando el cuerpo del
bebé se desintegró en el aire y, de un momento a otro, ya no
estaba. La visitación había cobrado doble. El ángel siempre
acompañó a su inerte esposa; ella no estaba muerta, pero no
reaccionaba a los estímulos externos, y sus órganos se encontraban
muy deteriorados. El ángel, con su presencia, había provocado ese
estado de semi-vida a su esposa y, además, evitaba que ella muriera.
Se
suponía que esas cosas no debían de pasar, pero pasaban; los
ángeles no solían dejar algo a medias, y cuando eso ocurría,
resultaba en un error como este; la visitación debió de haber
afectado a su esposa o al bebé, pero no a ambos.
Félix
decidió mudarse a un nuevo edificio de departamentos.
Desde
ese día, hacía ya una década, su esposa se encontraba en cama,
recibiendo el cuidado de su esposo y de los médicos que la visitaban
algunas veces por semana; y siempre había un ángel presente que
impedía que muriese.
Había
rezado por más de un siglo y, al final, Dios terminó arrebatándole
las dos cosas más valiosas que tenía.
Al
terminar de hablar, Félix alzó la mirada y notó las expresiones en
los rostros de los presentes, expresiones llenas de indignación que
luego fueron seguidas por palabras de comprensión. Félix se sintió
un poco mejor, esas personas extrañas parecían entender por lo que
había pasado. Uno por uno tocó el turno de todos ellos, y Félix
encontró casos similares al suyo, cuando siempre había pensado que
lo que le había sucedido era la excepción.
Uno
de los presentes expuso su caso. Al terminar, habló de cuando él y
otras personas capturaron a un ángel durante una de sus
visitaciones. Describió el método por el cual lo habían atrapado.
—Al
principio el ángel resplandecía, como siempre lo hacen —dijo el
hombre—, luego lo capturamos y pareció no darse cuenta de su
situación. Notamos que el ángel brillaba cada vez menos, hasta
que... hasta que murió.
Félix
ya había escuchado antes un caso de un ángel muerto, aunque parecía
más un rumor que una noticia. El hombre que dijo haber matado al
ángel les mostró algunas fotografías de lo sucedido.
—Los
ángeles son más dependientes de Dios que nosotros —dijo alguien—,
tiene lógica pensarlo, ellos están más cerca del Creador. Tal vez
Dios no esté en todas partes sino en algún lugar en específico y,
por eso, cuando ellos se alejan de Dios se ven debilitados y mueren.
Por
supuesto, era teoría sobre teoría. Nadie había visto a Dios, nadie
sabía si era un ser físico como sus creaciones, tampoco si habitaba
en la Tierra.
Ese
día, el ángel que cuidaba de su esposa no era el mismo que antes. No
pudo ver cuando se había marchado el anterior y había llegado el
nuevo. Félix se sentó en la orilla de la cama donde yacía su
esposa y miró al ángel.
La
habitación estaba iluminada por el brillo azulado y cálido que
venía del ser. Éste miraba a un lugar frente a él, como un soldado
inamovible que custodiara la entrada de un palacio. Su forma era
humanoide, pero distaba mucho de la de un humano: sus ojos parecían
estar en la frente, no tenían párpados; su boca era una línea
recta sin labios; sus orejas eran apenas unos pequeños cartílagos
redondos, que se dejaban ver debajo del blanco cabello que caía
hacia los lados; las blancas alas, que extendidas tendrían cuatro
metros de largo, ahora estaban plegadas en su espalda; el pecho era
ancho, pues se necesitaban grandes músculos para mover esas alas.
Félix
reguló el aparato que alimentaba a su esposa y éste hizo fluir más
nutrientes. Tomó el control remoto y encendió el televisor:
Las
noticias informaban sobre el ataque de un hombre que se había hecho
detonar en un centro comercial, matando a más de cuarenta personas.
Las imágenes no enfocaron los cuerpos destrozados, por consideración
de la teleaudiencia, sólo al grupo de ángeles que de pronto
aparecía y reunía los restos para reconstruir a las personas, luego
se veía al suicida ser detenido por un par de policías apenas
formados; todos estaban desnudos. Esta clase de ataques no iban
dirigidos a personas sino a cosas. La gente no podía morir para
siempre, al menos que Dios así lo decidiese. Se puede destruir un
cuerpo humano, y éste vuelve a la vida, pero objetos o cosas no
vivas... los ángeles no reconstruyen eso.
Al
cambiar de canal, encontró una entrevista que le estaban haciendo a
Nikola Tesla, el inventor de los atrapa ángeles, como muchas
personas habían bautizado al artefacto.
—Mi
interés inicial fue sólo de estudio —dijo Tesla—, necesitaba
retener a un ángel para poder estudiarlo. Es la primera vez que lo
pudimos lograr, y los avances que hemos logrado son importantes. Sin
embargo nunca imaginé que los ángeles pudiesen morir.
—Aún
así, su invento se encuentra al alcance de quien lo quiera adquirir
—dijo el entrevistador.
—Así
es —respondió Tesla.
El
satélite geoestacionario enfocó y captó las formas nubosas
moviéndose desperdigadas a nivel de las nubes. La visión térmica
permitió distinguir tres grupos diferenciados, tres ángeles que
volaban, como bolas de gas, entre las nubes. El satélite siguió su
recorrido e identificó a los seres por su código.
El
catálogo de ángeles incluía a poco más de cien millones de ellos,
que revoloteaban como pequeñas nubes por toda la superficie de la
Tierra, evitando la muerte última de los hijos de Dios.
Uno
de ellos se separó del grupo y bajó hasta el nivel de las casas,
entrando a una de ellas, compactando su cuerpo y tomando forma
definida. En el interior, un hombre sostenía una escopeta que
acababa de descargar sobre su amigo. El hombre sonrió al ver llegar
al ser alado y encendió un pequeño aparato que estaba en el suelo.
El ángel no pudo moverse, por su mente pasaba una sola cosa: revivir
al hombre que se encontraba tirado con el cráneo abierto, encima de
un charco de sangre y sesos, y así cumplir la voluntad del Padre.
El
hombre puso un cartucho en la cámara de la escopeta y la apuntó al
ángel, disparándole en el rostro. La cabeza del ángel se dispersó
y luego volvió a formarse. Los ojos negro sobre negro del ser
miraron a un punto por arriba de la cabeza del hombre. El sujeto dejó
su escopeta en una mesa y fue a prepararse un emparedado, luego
regresó y movió un sillón para observar de frente a su presa.
Cuando se terminó el emparedado, el brillo del ángel ya era menor.
Permaneció sentado mientras el ángel se apagaba. Un par de horas
después, el ser ya no despedía luz y, de un momento a otro, su
cuerpo se desmoronó y cayó al suelo como una estatua de polvo,
junto al cadáver de su amigo.
Luego
llegó otro ángel, pues el humano no había sido revivido aún. El
hombre acomodó el aparato y limpió el polvo de encima. El ángel se
acercó lo suficiente al atrapa ángeles, el hombre lo encendió de
nuevo.
Llamaron
a Félix por teléfono con una invitación para que se presentara en
un programa de televisión exponiendo su caso. Los de la televisora
habían visto el video de la sesión del grupo de apoyo y de
inmediato se pusieron en contacto con él. Félix aceptó la
invitación y se presentó al día siguiente.
Entre
los otros invitados, Félix vio a un Hombre de Neanderthal, sentado a
su derecha. Era pelirrojo y vestía de traje, podría haber pasado
por un Homo Sapiens, de no ser por su llamativo arco ciliar, su
ausencia de mentón y su ancha nariz.
—Quiero
morir —declaró el Neanderthal ante las cámaras, en un español
casi perfecto—, he hecho todo lo que quería hacer con mi vida, he
vivido durante más de sesenta y tres mil años. Presencié las
migraciones de Homo Sapiens a Europa cuando tenía treinta mil años
de edad. Mis padres vivieron al tiempo que su especie apenas surgía
—miró a los presentes—, y he visto más que la mayoría de la
gente. Lo único que quiero es irme en paz.
Luego
tocó el turno de Félix, quien básicamente repitió lo que antes
había dicho en el grupo.
—Si
tuviera a Dios de frente —le dijo el reportero—, ¿qué le diría?
Félix
se miró las manos.
—Le
diría... que hiciera algo por mi esposa.
—Yo
lo mataría —respondió otro de los presentes—, mataría a Dios.
Al
programa le siguió un análisis a cargo de Platón y Arquímedes
acerca de la mortalidad de los ángeles y la inmortalidad de los
humanos, esta última debido a la intervención angelical.
—La
naturaleza de las cosas vivas es dejar de vivir —dijo Arquímedes—,
por tanto, los ángeles cometen actos antinaturales al preservar la
vida de esta forma.
—¿Dices
que Dios obra de manera antinatural? —preguntó Platón.
Arquímedes
se encogió de hombros.
—Allí
están los hechos —dijo.
—Acaban
de atrapar a un ángel —dijo el vecino—. Estamos en el 305, por
si quieres ir a ver. —El hombre miró a Félix y le dio una palmada
en el hombro—. Muchos vieron el programa, gracias por contar tu
caso, nos has motivado. Todos querían hacer esto pero necesitaban
que alguien les dijera lo mal que están las cosas.
Félix
vio el rostro del hombre, que tenía un hilo de saliva entre los
labios semiabiertos. Cerró de un portazo y vio que en el suelo había
un folleto que anunciaba los nuevos atrapa ángeles, lo arrugó y lo
tiró a un bote de basura.
Un
médico llegó al departamento de Félix para revisar el estado de su
esposa. Ya se habían acostumbrado a la presencia de un ángel dentro
de la habitación. El médico leyó, bajo la luz del ser, los
registros de los últimos días, que se habían recogido en la
memoria del ordenador que mantenía funcionando los aparatos de
observación.
El
médico tomó asiento mientras interpretaba los datos, tallándose
los ojos con expresión cansada, luego revisó a la mujer y los
aparatos de chequeo.
El
estado de su esposa se había deteriorado. Antes, al menos sus
órganos funcionaban de manera no tan deficiente, aunque su cerebro
no respondiera a los estímulos externos; ahora, sus órganos
mantenían con vida el cuerpo sólo justo por encima del límite
donde sobrevendría la muerte. El ángel impedía que bajara hasta
ese límite. En esas condiciones, ya no podía esperarse una
recuperación, sólo un milagro podría salvarla.
Un
milagro.
Félix
hojeaba una revista cuando vio otro de esos anuncios de atrapa
ángeles. Permaneció en la cama unos minutos, luego fue al teléfono
y marcó el número para pedidos, mientras miraba al ángel junto a
su esposa. Escuchó el tono de llamada y de inmediato colgó. Su
respiración estaba agitada. Regresó a la cama y alejó de sí la
revista.
Desde
el día de la entrevista a Félix y a las otras personas, las ventas
de atrapa ángeles Tesla se dispararon. Incluso la compañía
Newton-Pascal, presidida por estos dos grandes hombres de ciencia,
lanzó una versión mejorada del artefacto, que mataba a los ángeles
en cuestión de minutos.
—Los
ángeles muestran claros comportamientos de autómata —dijo Alan
Turing—, parece que sus mentes están programadas con el solo
objetivo de revivir lo que ha muerto. Ni siquiera se defienden ante
los ataques.
—¿No
podríamos esperar que los siervos de Dios fuesen más que autómatas?
—preguntó Amenhotep—. Me parece insultante. Decir
eso sería menospreciar al Creador.
—Nunca
hemos podido presuponer cosas respecto a Dios —contestó Turing—.
Tú construiste aquella estatua hidráulica cantante para el rey
Memon de Etiopía, si quisieras que tu creación tuviese un solo
objetivo, ¿lo dotarías de algún tipo de consciencia o sólo de lo
estrictamente necesario para cumplir su única tarea?
No
importaba tanto lo que los ángeles fueran o no fueran, la gente los
comenzó a asesinar. Internet se llenó de videos de personas que
capturaban un ángel y lo dejaban morir. Las redes sociales se
saturaron de recomendaciones para usar y optimizar los atrapa
ángeles.
No
era posible saber cuántas personas practicaban el asesinato de
ángeles, lo que sí se podía afirmar es que eran muchos, millones.
Matar a un ángel comenzaba a ser cuestión de orgullo y competencia,
incluso algunos presumían de haber asesinado a más de un centenar.
Lo
peor era la facilidad con que se podía llevar a cabo. Sólo era
necesario que alguien cometiese asesinato, ya fuera de un humano, de
algún otro animal, o incluso de una planta, sin fines alimenticios.
Entonces un ángel llegaba y era susceptible de ser capturado y
asesinado y, cuando éste moría, llegaba otro para reparar el daño
que se había hecho y no había sido arreglado, así que también se
convertía en un blanco perfecto.
Los
satélites en órbita terrestre monitoreaban cada centímetro debajo
de ellos. Muchos ángeles ya no habían sido vistos. Los bancos de
datos incluían a más de cincuenta millones de ellos, pero en los
últimos días sólo se habían captado, caminando en la tierra o
volando en el aire, en su forma humanoide o como una nube, a tan sólo
un par de millones de ellos.
Los
que quedaban, se desplazaban de un lugar a otro, expandiendo cada vez
más sus cuerpos para abarcar áreas mayores, haciendo el trabajo que
sus hermanos ya no podrían hacer más. Cada pocas horas, los ángeles
se juntaban en pequeños núcleos en varias partes del mundo. Algunos
decían que Dios no estaba en todas partes, pero tampoco en un solo
lugar sino en varios, en aquellos lugares donde los ángeles se
reunían en grandes cantidades, aunque estos sitios no siempre eran
los mismos.
Félix
besó la frente de su esposa y se sentó a su lado. La luz de la
habitación estaba apagada pero el resplandor del ángel era casi tan
intenso como si estuviese encendida. El ser era diferente al del día
anterior, y también al del ante-anterior, como lo había sido
durante los últimos diez años. Así que Félix había visto a casi
cuatro mil ángeles, en total, permanecer a un lado de la cama, en
completo silencio e inmóviles.
Félix
siempre le había rezado a Dios, nunca le había dirigido palabra
alguna a un ángel, además de insultos. Sin embargo ya se había
cansado de pedirle a Dios. Ese día le rezó al ángel. Miró los
ojos oscuros del ser, todo pupilas, quizá para captar lo más
posible la luz del Creador, con la mirada siempre fija en el vacío.
Félix
no esperaba que le respondiera.
Cuando
Félix despertó, el ángel aún seguía allí, aunque notó que era
diferente al anterior. Los gritos que venían de no tan lejos lo
despertaron. Se levantó y salió de su departamento. En el pasillo
vio a varias personas gritando, parecían felices. Cuando Félix
llegó, lo abrazaron e hicieron que se les uniera, sin embargo él no
tenía idea de qué se trataba. Las personas del edificio siempre le
habían parecido muy empáticas pero sólo en pocas ocasiones había
sido partícipe de esa empatía.
—Está
embarazada —le dijo un hombrecillo algo calvo y de ojos vidriosos,
mientras lo abrazaba—, ¡mi esposa está embarazada! ¡Mi esposa se
hizo la prueba y está embarazada!
Félix
lo miró perplejo, con la mirada de quien se acaba de levantar y
recibe una noticia importante.
—No
ha habido ningún embarazo en este lugar desde... —comenzó a decir
Félix.
—Desde
hace dos siglos —terminó de decir el hombrecillo—, sí, lo sé,
y ahora mi esposa se embarazó. Y, ¿sabe qué es lo más raro?, que
no vimos a ningún ángel.
Félix
se imaginó a la mujer de ese hombre teniendo un hijo y después el
pequeño siendo arrebatado, como su propio hijo. Se alejó de allí.
A
la mañana siguiente seguía sin reportarse ninguna novedad, lo que
no era normal, pues los milagros siempre se presentaban en pares: una
muerte y la gestación de una nueva vida. Fue a medio día cuando se
registró una muerte.
Félix
miró al ángel y se apresuró a vestirse, subió algunos pisos y se
encontró con un grupo de gente en el pasillo, reunidos alrededor de
una mujer que sollozaba en el marco de su puerta.
—Ha
muerto, ha muerto —dijo la mujer—, mi madre ha muerto.
Félix
se sintió desorientado, automáticamente se dirigió hacia el
departamento de aquella mujer, entre las otras personas que momentos
antes estaban festejando. En el interior, una mujer de ojos rasgados
que había vivido al menos cinco mil años estaba sentada en su
sillón, con los párpados y la cabeza caída.
—Dicen
que no vino ningún ángel —comentó alguien—, que tan sólo...
murió.
Luego
de eso, nadie habló. Félix no quería estar allí, así que regresó
con paso lento a su departamento. Dos milagros acababan de ocurrir
después de muchos años sin que pasara alguno en aquel lugar. Sin
embargo, en ninguno de los casos de había visto a un ángel, lo cual
evidentemente no podía ser posible, pues sólo Dios, por medio de
sus siervos, podía dar vida o arrebatarla.
Entró
al cuarto donde se encontraba su esposa. El ángel, que ya casi no
brillaba, giró su cabeza hacia Félix y parpadeó. Félix se quedó
petrificado junto a la puerta, vio al ángel desplegar sus alas y
mantenerlas extendidas por unos segundos. Luego, el cuerpo del
visitante se dispersó en millones de partículas, que se fueron,
como una nube, por el conducto de aire.
La
habitación quedó a oscuras, sólo iluminada por el débil brillo de
los monitores vitales.
Con
paso lento, Félix se acercó a su esposa y se inclinó sobre ella.
No vio ese subir y bajar de su pecho al respirar. Con una mano
temblorosa, le tomó el pulso. Los aparatos que la monitoreaban
indicaban lo mismo. Félix se sentó en la cama y, con una sonrisa
triste, pasó los dedos a través del largo cabello de su esposa
muerta, dejando escapar un “gracias” que se perdió entre el
silencio.
Los
satélites que orbitaban la Tierra vieron pequeñas nubes, grupos de
ángeles, dejar la atmósfera para internarse en el espacio. Ese día,
un presentador de televisión dijo:
—Parece
que Dios y sus ángeles nos han abandonado luego de lo que les
hicimos. Pueden llamarlo castigo divino o recompensa. Creo que muchos
han conseguido lo que querían. Yo he conseguido lo que quería.
Ahora la vida y la muerte dependerán únicamente de los seres vivos
y de su condición. —El hombre hizo una pausa—. Este será
nuestro último programa, damas y caballeros, sólo tengo una cosa
más qué decirles: ha sido un placer. —El presentador tomó un
revólver y se disparó en la boca.
Ningún
ángel apareció para revivirlo.
Uf, que mezcla de realidad, CF, ángeles y ardillas.
ResponderEliminarDemasiado "Jolivudiense" para mi.
Jajajaja. Gracias (?). Sí, creo que es bastante de ese estilo, y eso que no he estado viendo películas.
Eliminar¡Saludos!
A mi me parece muy original. Y la verdad es que las neuronas las tengo revolucionadas pensando en las posibilidades que ofrecen tus ángeles mortales.
ResponderEliminarGracias. Me inspiré en "El infierno es la ausencia de Dios", de Ted Chiang, un magnífico cuento, que también revolucionó mis neuronas. Qué genial que la historia te haya hecho pensar al respecto. Quienes lo han leído me han hecho ver los puntos débiles y los que pude desarrollar más, así que extenderé y cambiaré algunas cositas de la historia dentro de unos días.
Eliminar¡Saludos!
Bravo, bravo, bravo
ResponderEliminarAqui bravo 1, ¿me copias alfa? bravo, alfa, charlie, te copiamos
Este relato es lo mejor que has hecho y con gran diferencia, no le veo puntos flacos excepto por el que si fuese mi caso mataria a la esposa en la esperanza de que reviviese saludable, por lo demas esta muy bien llevado y la aparicion de personajes historicos sin que eso lo saturase todo fue un toque agradable
Volviendo a Tesla no se si lo sepas pero aparece en los comics de Marvel como The Night Machine peleando con los abuelos de Ironman y el Hombre Elastico
http://www.blogcdn.com/www.comicsalliance.com/media/2010/04/night-machine.jpg
http://images.cryhavok.org/d/20638-1/Bitch+Please+I_m+Tesla.jpg
Es en este comic, esta bueno y salen otros personajes historicos
http://howtoarsenio.blogspot.mx/2012/03/shield-vol1.html
Buen cuento, Damián. A pesar de que no es un relato perfecto (la puntuación necesita revisarse), la historia está muy bien lograda y el concepto de fondo es de una profundidad poco común en estos textos de blog. Ya me imagino como quedarían estos cuentos después de un buen trabajo de edición. Esto tiene que publicarse algún día pues el talento está,
ResponderEliminarSaludos.
Historia original y bien planteada. De hecho, me sentí un poco descolocado cuando leí "Tesla"... hasta que explicaste que, claro, nadie podía morir.
ResponderEliminarSin embargo, aunque lo puedo entender, no llego a comprender profundamente por qué la gente no quiere a los ángeles. ¿Quién no ha soñado con la inmortalidad? Además, la tecnología/cultura avanzaría más rápida con todas las personas influyentes viviendo juntas.
Y, por último, comparto la idea de Hindew. Yo habría intentado matar a mi esposa (no al poco de sucederle eso, claro) para intentar que reviviese sana. Tampoco entiendo mucho como el ángel les dejó tener un bebé... ¿Será que lo he leído solo una vez?