enero 23, 2012

Proceso inverso

Zigrama de telecomunicaciones del Distrito Y de Lambert:

     Ingenieros de Lambert, planeta conocido por sus famosos y colosales árboles-detectores-de-neutrinos, luego de ciclos de trabajo, han desarrollado algo que de ahora en adelante será de gran ayuda para los ciudadanos robots que hayan perdido alguna extremidad mecánica: se trata de un brazo artificial que puede instalarse en el organismo mecánico. Este brazo está constituido por lo que el ingeniero Uiban Pal ha llamado "células", término acuñado por él durante el comienzo de sus investigaciones. Las células, explica Pal, son micromáquinas organizadas capaces de generar energía a partir de materias primas inorgánicas; están constituidas básicamente por agua, particularmente traída desde la nube cometaria exterior. El brazo de células posee el equivalente a los cables, retroexpansores, junturas y bisagras normales, lo que el mismo Pal llama "nervios", "músculos" y "articulaciones", formados por diferentes tipos de células.
     Uiban Pal y su equipo han dicho que los trabajos -así como sus posibles aplicaciones- son revolucionarios, pues además de brazos artificiales podrán construirse piernas y otras extremidades que en un 100% de los casos podrían ser instaladas en el organismo robot. Y eso no es todo. Pal declara: "Las nuevas células son un campo fértil para experimentar. Creemos que podemos añadir algunas capas de recubrimiento a los miembros artificiales que contengan sensores de todo tipo: presión, temperatura... Y la información recibida irá directamente al ordenador central de cada quien. Tendremos la oportunidad de sentir, similar a como sabemos que sienten los árboles, cosa que sólo medimos con nuestros aparatos; incluso, si somos optimistas, seremos capaces de experimentar cosas que ningún sensor ha medido ni que ningún robot ha imaginado".
     Sin duda, una noticia más que emocionante.
     Sintonice su antena personal de telecomunicaciones. En el sistema de noticias megadistrital, lo estamos informando.

enero 16, 2012

La Luna tiene miedo

            Munt Karlig se arrastró entre la escoria que cubría el suelo. Su barbilla rozaba los desechos provenientes de mil fuentes. El viento sopló entre las bajas colinas y levantó una gran nube de polvo; la arena se confundía con los restos de los cuerpos calcinados. Levantó la vista y estimó la distancia hasta el refugio: 200 metros. Se siguió arrastrando y aumentó la marcha cuando sintió las vibraciones de la tierra debajo de él.
            "Esos bastardos", pensó, raspándose los codos ya ensangrentados e infectos, "creen que pueden darme caza".
            Hacia el lugar donde se dirigía, una neblina ocultaba lo que había delante; la neblina misma era el remanente del gas que habían rociado los marcianos hacía dos semanas.
            "Todos me quieren", se dijo, "matan por tenerme". Rió, pero la risa se le escapó rápidamente. Entre la bruma, a su derecha vio avanzar hacia él algunas formas vagas. Las formas se fueron destacando nítidamente conforme se acercaban. Al frente marchaban dos hombres, los únicos que parecían estar realmente vivos.
            Una orden mental subconsciente hizo que un pequeño artefacto saltase de la nuca de Karlig hacia el suelo. El artefacto desplegó unas patas y cavó hasta perderse.
            Los dos que marchaban al frente se le acercaron.
            —Hola Munt —dijo una voz, pero Munt Karlig no pudo ver de cuál de los dos hombres provenía. De pronto se dio cuenta de que eran los dos los que hablaban. Sin saber cómo, en menos de un segundo ya era sometido por ambos sujetos.
            Karlig se retorció como un gusano. Los dos rostros idénticos y de ojos ámbar hablaron al mismo tiempo:
            —No —dijeron. Uno de los gemelos se hizo hacia atrás mientras el otro seguía reteniendo a Karlig.
            —Yo te conozco —dijo Karlig, y se dio cuenta de que el rostro que ahora miraba era el que no tenía masa encefálica dentro del cráneo. Miró al otro, el que estaba de pie—, eres Brillouin. Tu caso apareció en la prensa médica. Nacen gemelos en Titán, compartiendo cerebro. Se hace una arriesgada cirugía de separación y es un éxito, el cuerpo sin cerebro es aún controlado por el cerebro del otro individuo y se comunica con el cuerpo con cerebro a través de un tubo de fibras nerviosas y médula. Dos décadas después otra cirugía: un médico construye el primer cerebrorreceptor y lo implanta en el cuerpo sin cerebro. Sin necesidad de que el cerebro esté conectado a los dos cuerpos al mismo tiempo, ambos son controlados por...
            —Hablas mucho —dijo Brillouin—. Y no eres Munt.
            Munt Karlig miró sobre el hombro de Brillouin y vio al ejército de cadáveres vivientes controlados por cerebrorreceptores.
            —¿Qué?
            —No me mataste —dijo Brillouin—. El verdadero Munt hubiese estrujado mi corazón con su puño telequinético.
            Karlig se sintió mareado. Pensó que vomitaría pero tenía el estómago vacío. Intentó recordar la última vez que había ingerido comida pero no pudo.
            —Detonarías en el momento en que intentara asesinarte —dijo Karlig con una ligera sonrisa.
            —¿Sabes por qué he venido?
            —Has venido a secuestrarme.
            Los gemelos Brillouin menearon la cabeza.
            —No, Munt —dijeron—, vine para acabar con esto. Todos los demás te buscan porque quieren la inmortalidad. Quieren el don que puedes otorgarles. Eres el último de una especie que debe desaparecer. Sé que no es tu culpa.

enero 12, 2012

Infinitos dioses

            El dios que estaba más allá del tiempo, observó pasado, presente y futuro a la vez, y admiró su obra. En un punto de su creación percibió un evento extraño, muy improbable, que casi se salía de las leyes del azar. Se concentró en ese punto.
            Un pensamiento que había estado flotando durante un periodo atemporal en su mente le pareció como si llegara de pronto. Sólo fue una teoría del hombre, pensó.
            Decidió que aprendería todo sobre el extraño evento que había encontrado. Cuando terminó de asimilar la información que captó su insaciable mente, se dijo a sí mismo: este evento resultó en un gran cambio en la evolución de mi obra. Es más, razonó, cada pequeño cambio representa en realidad un gran cambio. En cada unidad de tiempo básica que transcurrió, ha transcurrido y transcurrirá en mi creación el estado posible de las cosas puede tomar casi infinitas posibilidades, y a la unidad de tiempo siguiente tiene otro número casi infinito de posibilidades. Cada evento toma sólo un estado posible. ¿Pero qué ocurre con las posibilidades no elegidas por el azar?
            Y entonces el dios experimentó algo que nunca había experimentado: temor. Y el temor permaneció hasta que no hubo comprendido lo que había descubierto.
            El dios volvió a concentrarse en el punto extraño que había detectado, e imaginó la evolución de su obra como si hubiese acontecido un evento cualquiera en vez del tal evento.
            El universo danzó frente a él, siguiendo las leyes que el dios había elegido, y a la mente del dios apareció una creación distinta a la suya. Y el dios supo que en ese momento no estaba solo. En ese lugar que no era lugar, y que se encontraba fuera del tiempo, el dios observó a otro dios, que se parecía a él pero que era el dios de una creación diferente a la suya. Pues cada universo diferente tenía su propio dios. Y entonces las mentes de los dos dioses tuvieron contacto, y dijeron:
            Creador de otra creación, tus conocimientos son distintos de los míos. Aprendamos el uno del otro todo lo que sabemos.
            Y las mentes de ambos dioses absorbieron los conocimientos de una obra distinta.
            Creador, dijo uno de ellos, en tu creación existió, existe y existirá el hombre.
            Es cierto, dijo el primero, el que había observado el evento extraño en su obra, y es del hombre, precisamente, que he aprendido que a partir de la misma creación inicial hubieron, hay y habrán casi infinitos universos.
            Y de igual manera, dijo el otro, casi infinitos dioses.
            Aprendamos de los demás dioses, entonces.
            Y el primer dios, que hubo experimentado temor, ahora estaba regocijado.
            Pero si cambiamos las condiciones iniciales de la creación, añadió el primer dios, tendremos ahora infinitas posibilidades.
            Que así sea, dijo el otro.
            Y los infinitos dioses se reunieron, dioses de infinitos universos, y sus mentes bailaron aprendiendo de todos los demás. Y conocieron las posibles creaciones: universos sin materia, habitados por el hombre o no, universos dentro de universos, islas de sonido o de silencio, de trece dimensiones espaciales y dos temporales...
            Todos los dioses habían aprendido de su obra particular, siempre distinta a la de otro, y todos tenían algo que aportar.
            Y así fue, durante un tiempo sin tiempo.

enero 09, 2012

Animal

            Múib, con un movimiento de la mano, manipuló los datos de la pantalla. La pequeña Alis flotó atravesando por un agujero en el techo hasta posarse en el suelo y, alisándose la falda, le preguntó a su padre:
            —Papá, ¿cómo nacen los niños?
            El padre, atendiendo a la pantalla, dijo:
            —Se forman a partir de una masa de células madres que se coloca en una cápsula de gestación, y sobre ésta masa de células se proyecta un holograma con la forma del bebé. Ese holograma está dividido en zonas de especialización, cerebro, páncreas, etc., y las células madres crecen y se especializan y crean tejidos diferentes en zonas diferentes. —¿Me habré explicado bien?, pensó Múib. ¡Pero claro que sí!, y su IQ de 350 le hace comprender fácilmente—. ¿Quieres que te acompañe al centro de nacimientos de la ciudad?
            La pequeña frunció el rostro y cruzó los bracitos.
            —Eso es parecido a lo que me dijo mi robot educador. Es que Ýlnis dice que los niños nacen luego de un periodo de gestación dentro del cuerpo de una mujer generado por una unión entre un óvulo y un espermatozoide debido a su apareamiento con un hombre.
            Múib, alarmado, se giró bruscamente hacia la pequeña. La pantalla se tornó opaca.
            —Pero qué demo... —se interrumpió—. ¿Quién es ese Ýlnis?
            —Es un amigo —dijo la niña—, su robot educador está en reparación y vino conmigo porque quería saber algo sobre la reproducción de los mamíferos. Tú le abriste la puerta...
            —Ah... Ése es Ýlnis... —Ya no le dejaré estar con mi muchachita, pensó. Se inclinó hacia la pequeña—. Escucha, Alis, los humanos no somos animales, no tenemos descendencia como ellos. Somos superiores. Los animales son obscenos, imprácticos y nada higiénicos, pero en eso y muchas otras cosas nos diferenciamos de ellos, sobre todo aquí —y se tocó la frente con el dedo índice.
            —Le diré a Ýlnis que me mintió —dijo la pequeña, indignada, dio un pasito, se elevó hacia una abertura que se expandía en el techo y desapareció.
            Múib parecía turbado. La pantalla volvió a encenderse. Acomodó un par de datos por aquí y por allá y decidió dejar para después el resto del trabajo.
            Su esposa estacionó el aeromóvil en la cochera del sótano y llegó emergiendo del suelo.
            —Hola Múib —lo saludó ella.
            —Hola, Jessý —dijo Múib. ¡Es estúpido, pensó, los humanos no pueden reproducirse de tal forma! Era inconcebible. Nadie hacía esa clase de cosas. Era obsceno, impráctico y nada higiénico. Pero en su interior sentía que algo había de razón en ello. Me siento sucio, muy sucio, pensó, como un animal.
            —¿En qué piensas, cariño? —le preguntó Jessý.
            —¿Quieres jugar a que somos animales?

¡Que tengan un bonito año 2012!

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