Mark
consultó desde su teléfono móvil las noticias nacionales. Sólo
hacía algunos días, al norte del país, se había reportado la
muerte de decenas de personas. Lo curioso era la manera en la que
esas personas habían muerto: los análisis médicos mostraban que
las moléculas de sus tejidos se habían separado unas de otras. Esa
mañana había ocurrido lo mismo pero en otra región, con cerca de
un centenar de muertos.
Amplió la imagen que mostraba el artículo, en ella se veía un
automóvil con una cosa amorfa cubierta de ropa en el asiento del
piloto; era difícil pensar que se trataba de una persona, o que al
menos eso había sido.
Pero
no sólo las personas habían muerto de esta forma, también los
animales y todo aquello que tuviese vida.
Se frotó los ojos. Sacó una hoja de papel pantalla de una carpeta,
la hoja se encendió y mostró un teclado virtual debajo de un
rectángulo en blanco. Comenzó a escribir, entre bostezo y
bostezo.
—¿Tiene
semillas de margaritas esta vez, señor Ackermann? —preguntó Mark
al viejo hombre doblado sobre un canasto lleno de flores.
El
viejo alzó la mirada y esbozó una sonrisa.
—Todas
las que necesite —sacó una bolsita de entre las flores, con
algunas semillas dentro, y se la dio.
—Gracias
—Mark inspeccionó el contenido del sobre—. ¿No se ha sentido
incómodo por lo que está en su mente? —preguntó.
—No,
no me ha incomodado —el señor Ackermann se sentó en un pequeño
banco—. ¿Dijo que esta tarde llegarán los Expertos a hacerme unas
preguntas, no es así?
—Sí,
esta tarde.
—Bueno,
pues no me moveré de aquí —dijo el viejo, sonriente. Siempre
estaba en ese lugar, vendiendo flores a los que pasaban por el
parque.
—No
se ponga nervioso con las preguntas que le hagan, sólo quieren saber
cómo se ha expandido esa idea en su mente —Mark le sonrió al
viejo—. Muchas gracias por las semillas —se alejó.
—¡Avíseme
cuando broten!
Mark
dejó las semillas sobre su escritorio y encendió el ordenador;
revisó su bandeja de correo. Había uno nuevo, con el logo de la
Agencia del Pensamiento. Se alejó un poco de la pantalla y miró el
asunto del correo, luego pulsó con su índice sobre el logo. El
mensaje se abrió.
Comenzó
a reírse convulsivamente.
Al
fin le habían dado de nuevo el trabajo, luego de un año inactivo.
“Será interesante regresar”, pensó.
Miró
la hoja de papel pantalla a un extremo del escritorio, la tomó y
revisó lo que llevaba del manuscrito en el que había estado
trabajando desde que se saliese de la Agencia. Sesenta páginas. No
había avanzado mucho durante los últimos meses. En un principio
había esperado terminar de escribir la novela en dos meses, pero ya
se había pasado de ese plazo considerablemente.
“Seguro
que en la Agencia prefieren empleados que no reciban ideas de la
mente colectiva”, pensó, “eso les evitaría algunos problemas.
No tendrían que preocuparse tanto por monitorear a sus propios
Monitores”.
El
correo tenía adjuntos los archivos del caso en el que tenía que
trabajar, por supuesto estaría bajo el mando de otro Monitor para
supervisar su trabajo. Alguien que ha abandonado la Agencia no podía
reincorporarse tan fácilmente.
El
caso trataba sobre un desarrollo en computación cuántica, un
ordenador que, por ahora, se había visto capaz de predecir el clima
con dos meses de anticipación, mucho más que los programas que sólo
alcanzaban ir un par de días adelante. En la dinámica del clima
habían muchos los factores a considerar y sólo un ordenador
cuántico podrá analizar todas las posibilidades, al mismo tiempo.
Pero lo más curioso era que quien había recibido la idea a partir
de la cual pudo construirse el ordenador no era humano: se trataba de
un robot. Las máquinas, como se había descubierto hacía poco,
también eran capaces de recibir información procedente de la mente
colectiva. Este robot, de aspecto, según se decía, demasiado
humano, aunque del que nunca se mostraban fotografías, hacía eso.
El robot formaba parte de los desarrollos de una industria que
buscaba, y había logrado en fechas recientes, crear una inteligencia
artificial que rebasara las capacidades humanas.
Con
que de eso se trataba el caso. Mark pensó que sería más
interesante que hace un año. Hace un año no tenían robots
suprahumanos.
“Estamos
de vuelta”, se dijo.
Las
noticias volvían a hablar de lo mismo. Ahora había sido en el sur
del país donde se había registrado la muerte, esta vez, de miles de
personas, en las mismas circunstancias. La Guardia estaba tras las
investigaciones desde hacía días pero la única evidencia que había
hasta ahora era una fotografía del sospechoso. Mark reconoció al
hombre de la foto: era su vecino William. Se lo había visto en las
dos anteriores zonas de desastre, pero hasta ahora lo comenzaban a
relacionar con lo ocurrido.
“William”,
murmuró Mark.
Su
vecino William ya llevaba una semana ausente y había apagado su
transmisor neural, algo que, en teoría, sólo un Monitor, como Mark,
podía hacer, y era algo que iba en contra de las leyes de seguridad.
Mark
comenzó a trabajar en el caso paralelamente a los Expertos que lo
ayudaban.
—Encontramos
grandes discrepancias entre la idea que llegó al cerebro del robot
respecto a lo que llevaron a cabo —dijo el Experto, desde el otro
lado de la línea. Mark vio su rostro en la pantalla de su teléfono.
—Explíqueme
—ordenó Mark.
—El
ordenador cuántico no sólo pronostica el clima —eso era evidente,
pues las aplicaciones de la computación cuántica eran vastas—.
¿Conoce la teoría del multiverso?
—Sí.
—Lo
que hace el ordenador es acceder a otros universos, pero sólo a la
información que hay en ellos —dijo el Experto.
—¿Qué
demonios me estás diciendo?
—Que
han creado un puente de información entre nuestro universo y otro.
A
Mark de pronto eso le sonaba a ciencia ficción, pero el mundo en el
que vivía, reconoció, parecía surgido de algunas historias
fantásticas escritas en décadas pasadas.
—¿Qué
implicaciones tendría eso? —preguntó Mark.
—No
lo sabemos con certeza.
“¡Se
supone que tú eres el Experto!”, pensó Mark.
Decidió
hacer un paseo antes de proseguir con el trabajo. Se subió a su
auto, tomó uno de los carriles bajos, de los menos transitados, y
recorrió la ciudad.
Se
detuvo en un alto. Había un predicador en una esquina. Veía en ese
hombre barbudo las señales que caracterizan a alguien que ha
recibido un flujo de ideas desde fuera de su propia mente y ha sabido
sacarles provecho. El hombre peroraba sobre una nueva ideología con
tintes estoicos, que tal vez prosperaría o quedaría olvidada como
tantas otras. Otro hombre se plantó frente a la ventanilla del auto
de Mark y gritó: “¡estamos viviendo el fin de los tiempos, el fin
del dominio de hombre!”
Mark
estacionó su auto junto al parque y decidió continuar a pie. Vio al
anciano con su canasto de flores y se acercó a él.
—Buen
día, señor Ackermann —saludó.
—¡Joven
—el viejo se levantó de su pequeño banco y le estrechó la mano—,
hace cuántos días que no lo había visto!
—Algunos
ya.
—Los
Expertos vinieron a verme —dijo
el señor Ackermann—.
Es muy curioso el trabajo que ellos hacen: las ideas entran todo el
tiempo en la gente normal, pero si la idea es muy técnica para ser
entendida, simplemente pasaría desapercibida, y ellos se encargan de
aprovecharlas. Pues estudiaron la idea y me dieron mi cheque —el
viejo se dio palmaditas en la bolsa del pantalón.
—Seguro
se trata de una idea valiosa.
El
anciano lo miró con una sonrisa que mostraba algunos dientes
faltantes.
—Me
pagaron dos millones —dijo.
Mark
no supo que decir. Sabía que el monto pagado siempre era
proporcional al potencial de la idea. ¡Pero dos millones! Observó
al hombre con asombro.
—Dijeron
que la idea era muy importante para... algo relacionado con los
viajes espaciales —repuso el señor Ackermann—, me lo
agradecieron mucho. Pero les dije que no era necesario, pues yo no
imaginé esa idea, sólo llegó a mí. En cambio, les agradecí la
paga —soltó una carcajada.
—Pero
de eso ya tiene varios días. ¿Por qué sigue vendiendo flores? ¿No
ha usado ese dinero?
—Los
Agentes lo depositaron en una cuenta a mi nombre. No lo necesito
todo, sólo lo suficiente. Además me gusta vender flores en el
parque, he hecho esto durante años. —El viejo miró a un chico
pasar con su perro—. ¿Nunca ha observado con detenimiento a las
personas? Sus expresiones parecen querer mostrar algo dentro de
ellos, pero muchos se niegan, ocultándose detrás.
—Las
he observado —respondió Mark—. Sí.
—Entonces
sabrá de lo que hablo —el hombre comenzó a quitarle pétalos
resecos a un girasol—. Tiene que cuidar sus margaritas, quitarle
los pétalos marchitos, eso permite que crezcan mejor.
Mark
miró el canasto con flores, algunas de ellas eran margaritas blancas
y violetas como las que le había comprado al viejo hacía algunos
días.
—Tengo
la maceta en mi ventana —dijo Mark, señalando las flores—. Pero
aún no brotan.
El
señor Ackermann levantó la vista y sonrió.
—No
ha pasado suficiente tiempo todavía —dijo—. Pronto germinarán,
pronto germinarán.
Mark
se despidió del viejo y se dirigió a la universidad en su coche. Se
iba haciendo una imagen mental de lo que le diría a la gente que,
junto al robot, había liderado la construcción del ordenador
cuántico. “Han incurrido en una violación de los requerimientos
de seguridad para la operación de un artefacto. Es necesario que el
proyecto quede clausurado hasta nuevo aviso, luego de que nuestros
Expertos se cercioren de que lo que han construido se corresponda con
la idea original”.
Tomó
su teléfono móvil y buscó la información correspondiente al
ordenador cuántico. Lo habían hecho operar en tres ocasiones a modo
de prueba pero no se mencionaba mucho más.
Mark
llegó a la universidad y encontró un espacio en el aparcamiento. Se
bajó del vehículo y caminó hacia la entrada de la Facultad de
Ciencias Computacionales. El lugar estaba silencioso. Era domingo.
Llegó
a un edificio y se encaminó hacia el segundo piso, subiendo unas
escaleras. De pronto se detuvo. En los escalones había algo extraño,
como un saco de piel vestido con ropa: si se observaba detenidamente
podrían percibirse rasgos vagamente humanos. Parecía un saco de
piel dentro del cual todo su contenido hubiese sido licuado; de lo
que aparentaban ser narices y boca salía un líquido anaranjado.
Mark
retrocedió y desenfundó su arma, la misma que en los años de
servicio a la Agencia del Pensamiento nunca había tenido la
necesidad de usar. Desde ese ángulo pudo ver otro cuerpo tendido un
poco más arriba del primero. Recorrió los demás pasillos y se
encontró con varios cuerpos en las mismas condiciones. Con la mano
que tenía libre, tomó su teléfono.
—Llamen
a La Guardia —titubeó, no sabía cómo describir la situación,
pero luego dijo—: Ha habido un ataque en la universidad. Declaro
emergencia terrorista —sabía que tenía la jerarquía suficiente
como para dar esa orden, aunque tuviese poco tiempo de haberse
reincorporado.
—Necesito
confirmación —contestó una voz del otro lado.
—Emergencia
terrorista, llamen a La Guardia ahora mismo. Demonios, ¡accedan a mi
corteza visual! —ordenó Mark, mientras miraba los cuerpos.
Escuchó
una exclamación del otro lado de la línea, su interlocutor ahora
veía lo que veían los ojos de Mark.
—La
Guardia ya se está movilizando, señor Monitor —dijo la voz del
otro lado.
Mark
volvió sobre sus pasos. Cuando se dirigía hacia la salida de la
facultad vio de reojo una puerta abrirse. Se volteó apuntando con el
arma.
En
la puerta estaba William, quien había sido su vecino de departamento
por algunos meses. William lo miró y, con toda parsimonia, atravesó
de nuevo la puerta.
—¡No
te muevas! —gritó Mark.
El
hombre desapareció detrás de la puerta. Mark corrió tras él.
Se
encontró en una gran sala de techo alto. William caminaba delante de
él, lentamente, dándole la espalda. En el fondo de la sala había
una gran máquina que Mark reconoció como el ordenador cuántico.
—Date
la vuelta —ordenó Mark.
El
hombre siguió caminando hasta quedar a un par de metros de la
máquina. Giró sobre sí mismo y dio la cara a Mark.
—Ya
has visto al ordenador funcionar —dijo William—. La siguiente vez
que funcione le hará eso a todos.
Una
imagen mental apareció en la cabeza de Mark: los tiempos de
operación del ordenador se correspondían con los momentos en los
cuales se habían generado los ataques en diversas partes del país.
El ordenador había hecho eso.
William
comenzó a jugar entre sus dedos con un peón de ajedrez.
—Habrá
una última vez —contestó—. Sé que ves mal lo que ha pasado, y
lo vez mal porque no lo entiendes, pero tenía que pasar. Y lo que
está por ocurrir, también es necesario que ocurra.
—¿Qué
es lo que no entiendo? —preguntó, sin bajar el arma ni un
centímetro.
—Al
universo —William comenzó a caminar en pequeños círculos y luego
se sentó de piernas cruzadas—. El
Kosmos no es como parece ser, y lo que probablemente sea, en su nivel
más profundo, es exactamente lo que el ser humano es en su nivel más
profundo. Llámalo mente o alma, es algo unitario que vive y piensa,
y sólo parece ser múltiple y material.
“Somos
receptores del Kosmos, del alma universal —miró a Mark a los
ojos—. ¿Acaso no has notado el camino al que han llevado las ideas
que ha recibido la humanidad desde hace cinco años? Todo tiene un
propósito. Recibimos estas ideas porque el universo necesita
conocerse a sí mismo. El ser humano ha sido hasta ahora la mejor
herramienta a su disposición para conocerse. Pero sólo ha sido eso:
una herramienta, al igual que yo. Y la herramienta humana se ha
vuelto obsoleta, ha diseñado a su sucesor. —Sonrió.
“Sé
que esperas a que llegue La Guardia, pero eso no ocurrirá”.
—Será
mejor que dejes de decir tonterías y te levantes de ahí —Mark se
acercó, dispuesto a acabar con aquello, sin embargo de un momento a
otro William ya no estaba. Volteó la mirada hacia uno y otro lado y
vio que el hombre ahora estaba en otro lugar, sentado. Mark le apuntó
con la pistola.
—Quédate
o márchate —dijo William—, el resultado será el mismo,
encenderé la máquina. Si me matas, si logras matarme, alguien más
lo hará por mí.
Mark
se acercó de nuevo pero William volvía a aparecer en un lugar
distinto. Mark le apuntó a la pierna y disparó, pero la bala no
encontró nada a su paso salvo el suelo. William reapareció en otra
parte.
—¿Qué
demonios eres? —exclamó Mark.
—Veo
que has decidido quedarte —William sonrió—. Qué afortunado.
Comenzó
a oírse un zumbido. Mark no sabía de dónde provenía, pero no
tardó mucho en reparar que salía de la enorme máquina. El
ordenador se había encendido.
—Creo
que antes de morir te gustará saber lo que el ordenador hace
—continuó William—. Hay infinitos universos, que se rigen por
otras leyes físicas, donde no puede existir la materia o la vida.
Esta máquina accede a uno de ellos, donde las estructuras orgánicas
no pueden existir, y genera un pulso proveniente de ese universo
hacia el nuestro. El pulso sólo afecta a los seres vivos. Un pulso
de corta duración afectará una región pequeña; si el pulso dura
más, entonces un volumen mayor se verá afectado. Este pulso
abarcará toda la Tierra y lo que hay en ella.
Mark
sabía dónde estaba la fuente de energía del ordenador cuántico.
Apuntó y apretó el gatillo, pero no hubo detonación, ninguna bala
salió de la cámara del arma.
—Cualquier
tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia
—dijo William—. La humanidad ha creado esa tecnología,
recibiendo ideas del Kosmos. Es lo que algunos llamaron la
singularidad:
cuando
el humano fuese superado, por él mismo o por algo más. No, no es
magia lo que has visto.
Mark
apretó el gatillo, esta vez hacia el hombre. De nuevo, nada.
Se
escuchó, primero débilmente y luego cada vez más fuerte, el sonido
de helicópteros sobrevolando el lugar.
Uno
de los helicópteros intentó acercarse a la facultad pero chocó
contra algo invisible; el piloto perdió el control por un momento
pero pudo maniobrar. La Guardia había llegado al sitio, elementos
aéreos y terrestres rodeaban todo el lugar, pero algo les impedía
acceder.
El
ordenador zumbó con más intensidad.
Mark
quiso alejarse, irse de allí, pero no pudo moverse.
Ninguno
de los dos habló.
Mark
no supo cuánto tiempo pasó. De un momento a otro le pareció que
algo había cambiado, pero no logró identificar qué era.
William
se levantó del suelo y se acercó al ordenador, colocó su mano
sobre la máquina y palpó una y otra vez el frío metal; luego
caminó de un lugar a otro, dibujando con sus pasos una línea
invisible en el suelo.
De
pronto supo lo que había cambiado: el ordenador ya no zumbaba.
Mark
escuchó ruidos cercanos, de pesadas botas, pasos rápidos de hombres
dirigiéndose hacia donde él estaba.
—Pensé
—dijo William— que la transición se llevaría a cabo en este
momento. Sin embargo... —se volvió de nuevo al ordenador— la
idea que recibí en mi mente no era del todo correcta. La máquina no
puede operar a gran escala... ¿Por qué?
Los
ruidos se acercaron más. Detrás de él, Mark escuchó que forzaban
la puerta.
—Pensé
que el Kosmos quería que fuese su herramienta —continuó William—,
pero al parecer no es así, no será así. No estoy aquí para
reemplazar al hombre, a mi creador. —Miró fijamente a Mark—.
Vecino, siempre pensaste que era como ustedes —una sonrisa
se dibujó en su rostro.
La
puerta cedió. Mark notó que ya podía moverse. Varios hombres
uniformados entraron, algunos se acercaron a Mark y otros apuntaron
sus rifles hacia el que estaba cerca del ordenador, rodeándolo de
inmediato por todas partes.
—La
humanidad tal vez persista —dijo William, mirando al suelo—, tal
vez no —observó uno a uno al escuadrón que formaba un semicírculo
alrededor de él—. Quizá nunca sepamos hacia donde llevará todo
esto, hacia dónde nos conducirá el flujo de las ideas. Tal vez eso
no deba de importar... —Alzó su mirada hacia el techo— ¿Pero
por qué me usaste así..., si todo fue para nada? —Dejó caer el
peón de ajedrez que tenía en su mano.
Algunos
uniformados retrocedieron un paso.
Pero los ojos de William, que permanecía en pie, inmóvil, ya se habían apagado.
Mark
revisó las noticias del día. Había una mención a la captura del
criminal que había atacado varias ciudades en los últimos días, no
se decía mucho más sobre ello. Como noticia aparte se hablaba de un
fallo que había hecho dejar de funcionar al robot suprahumano que
recientemente había sido construido en una universidad, pero no se
explicaban las razones.
El
mundo parecía el lugar de siempre, aunque siempre cambiante. Las
ideas recibidas desde la mente colectiva, o lo que fuera, por gran
parte de las mentes que conformaban la humanidad, habían moldeado
al mundo de mil y una formas.
Dejó
su teléfono móvil sobre sus piernas y se reclinó en el sofá.
El
teléfono de pronto sonó. La llamada era de la Agencia.
—Hola
—contestó Mark.
—Señor
Monitor, le informo que esta mañana recibirá la visita de uno de
los suyos para evaluar su estado mental.
—Estoy
bien. No será necesario.
—Me
refiero a un evento de recepción externa —dijo la voz del otro
lado—. Hace algunas horas una idea llegó a su mente, según los
registros de su transmisor neural. Creemos que la idea es
potencialmente hostil y necesitamos evaluarla.
—Creo
que se equivoca —dijo Mark—, nunca he sido un receptor, durante
toda mi vida no ha entrado en mi mente ninguna idea proveniente de la
mente colectiva.
—Lo
sabemos, pero esta vez ha ocurrido —la voz del otro lado hizo una
pausa—. El Monitor estará en su departamento a las once en punto.
Mark
pensó en todas las guerras, en los gobiernos totalitaristas que
habían surgido en el mundo desde que se comenzaron a recibir ideas
de la mente universal; personas que habían logrado aprovechar lo que
parecía ofrecérseles por intervención divina. Él ni siquiera se
había dado cuenta de la idea que se había filtrado en su mente, no
había generado ningún efecto en él; si la idea podía poner en
peligro a alguien, no se había percatado.
—Está
bien —dijo—. No me moveré de aquí.