mayo 29, 2012

El flujo de las ideas

Mark consultó desde su teléfono móvil las noticias nacionales. Sólo hacía algunos días, al norte del país, se había reportado la muerte de decenas de personas. Lo curioso era la manera en la que esas personas habían muerto: los análisis médicos mostraban que las moléculas de sus tejidos se habían separado unas de otras. Esa mañana había ocurrido lo mismo pero en otra región, con cerca de un centenar de muertos.
     Amplió la imagen que mostraba el artículo, en ella se veía un automóvil con una cosa amorfa cubierta de ropa en el asiento del piloto; era difícil pensar que se trataba de una persona, o que al menos eso había sido.
     Pero no sólo las personas habían muerto de esta forma, también los animales y todo aquello que tuviese vida.
   Se frotó los ojos. Sacó una hoja de papel pantalla de una carpeta, la hoja se encendió y mostró un teclado virtual debajo de un rectángulo en blanco. Comenzó a escribir, entre bostezo y bostezo.

     —¿Tiene semillas de margaritas esta vez, señor Ackermann? —preguntó Mark al viejo hombre doblado sobre un canasto lleno de flores.
     El viejo alzó la mirada y esbozó una sonrisa.
     —Todas las que necesite —sacó una bolsita de entre las flores, con algunas semillas dentro, y se la dio.
     —Gracias —Mark inspeccionó el contenido del sobre—. ¿No se ha sentido incómodo por lo que está en su mente? —preguntó.
    —No, no me ha incomodado —el señor Ackermann se sentó en un pequeño banco—. ¿Dijo que esta tarde llegarán los Expertos a hacerme unas preguntas, no es así?
     —Sí, esta tarde.
     —Bueno, pues no me moveré de aquí —dijo el viejo, sonriente. Siempre estaba en ese lugar, vendiendo flores a los que pasaban por el parque.
     —No se ponga nervioso con las preguntas que le hagan, sólo quieren saber cómo se ha expandido esa idea en su mente —Mark le sonrió al viejo—. Muchas gracias por las semillas —se alejó.
     —¡Avíseme cuando broten!
     Mark dejó las semillas sobre su escritorio y encendió el ordenador; revisó su bandeja de correo. Había uno nuevo, con el logo de la Agencia del Pensamiento. Se alejó un poco de la pantalla y miró el asunto del correo, luego pulsó con su índice sobre el logo. El mensaje se abrió.
     Comenzó a reírse convulsivamente.
     Al fin le habían dado de nuevo el trabajo, luego de un año inactivo. “Será interesante regresar”, pensó.
    Miró la hoja de papel pantalla a un extremo del escritorio, la tomó y revisó lo que llevaba del manuscrito en el que había estado trabajando desde que se saliese de la Agencia. Sesenta páginas. No había avanzado mucho durante los últimos meses. En un principio había esperado terminar de escribir la novela en dos meses, pero ya se había pasado de ese plazo considerablemente.
   “Seguro que en la Agencia prefieren empleados que no reciban ideas de la mente colectiva”, pensó, “eso les evitaría algunos problemas. No tendrían que preocuparse tanto por monitorear a sus propios Monitores”.
     El correo tenía adjuntos los archivos del caso en el que tenía que trabajar, por supuesto estaría bajo el mando de otro Monitor para supervisar su trabajo. Alguien que ha abandonado la Agencia no podía reincorporarse tan fácilmente.
     El caso trataba sobre un desarrollo en computación cuántica, un ordenador que, por ahora, se había visto capaz de predecir el clima con dos meses de anticipación, mucho más que los programas que sólo alcanzaban ir un par de días adelante. En la dinámica del clima habían muchos los factores a considerar y sólo un ordenador cuántico podrá analizar todas las posibilidades, al mismo tiempo. Pero lo más curioso era que quien había recibido la idea a partir de la cual pudo construirse el ordenador no era humano: se trataba de un robot. Las máquinas, como se había descubierto hacía poco, también eran capaces de recibir información procedente de la mente colectiva. Este robot, de aspecto, según se decía, demasiado humano, aunque del que nunca se mostraban fotografías, hacía eso. El robot formaba parte de los desarrollos de una industria que buscaba, y había logrado en fechas recientes, crear una inteligencia artificial que rebasara las capacidades humanas.
   Con que de eso se trataba el caso. Mark pensó que sería más interesante que hace un año. Hace un año no tenían robots suprahumanos.
     “Estamos de vuelta”, se dijo.

     Las noticias volvían a hablar de lo mismo. Ahora había sido en el sur del país donde se había registrado la muerte, esta vez, de miles de personas, en las mismas circunstancias. La Guardia estaba tras las investigaciones desde hacía días pero la única evidencia que había hasta ahora era una fotografía del sospechoso. Mark reconoció al hombre de la foto: era su vecino William. Se lo había visto en las dos anteriores zonas de desastre, pero hasta ahora lo comenzaban a relacionar con lo ocurrido.
     “William”, murmuró Mark.
     Su vecino William ya llevaba una semana ausente y había apagado su transmisor neural, algo que, en teoría, sólo un Monitor, como Mark, podía hacer, y era algo que iba en contra de las leyes de seguridad.

     Mark comenzó a trabajar en el caso paralelamente a los Expertos que lo ayudaban.
     —Encontramos grandes discrepancias entre la idea que llegó al cerebro del robot respecto a lo que llevaron a cabo —dijo el Experto, desde el otro lado de la línea. Mark vio su rostro en la pantalla de su teléfono.
     —Explíqueme —ordenó Mark.
     —El ordenador cuántico no sólo pronostica el clima —eso era evidente, pues las aplicaciones de la computación cuántica eran vastas—. ¿Conoce la teoría del multiverso?
     —Sí.
     —Lo que hace el ordenador es acceder a otros universos, pero sólo a la información que hay en ellos —dijo el Experto.
     —¿Qué demonios me estás diciendo?
     —Que han creado un puente de información entre nuestro universo y otro.
     A Mark de pronto eso le sonaba a ciencia ficción, pero el mundo en el que vivía, reconoció, parecía surgido de algunas historias fantásticas escritas en décadas pasadas.
     —¿Qué implicaciones tendría eso? —preguntó Mark.
     —No lo sabemos con certeza.
     “¡Se supone que tú eres el Experto!”, pensó Mark.
     Decidió hacer un paseo antes de proseguir con el trabajo. Se subió a su auto, tomó uno de los carriles bajos, de los menos transitados, y recorrió la ciudad.
     Se detuvo en un alto. Había un predicador en una esquina. Veía en ese hombre barbudo las señales que caracterizan a alguien que ha recibido un flujo de ideas desde fuera de su propia mente y ha sabido sacarles provecho. El hombre peroraba sobre una nueva ideología con tintes estoicos, que tal vez prosperaría o quedaría olvidada como tantas otras. Otro hombre se plantó frente a la ventanilla del auto de Mark y gritó: “¡estamos viviendo el fin de los tiempos, el fin del dominio de hombre!”
     Mark estacionó su auto junto al parque y decidió continuar a pie. Vio al anciano con su canasto de flores y se acercó a él.
     —Buen día, señor Ackermann —saludó.
     —¡Joven —el viejo se levantó de su pequeño banco y le estrechó la mano—, hace cuántos días que no lo había visto!
     —Algunos ya.
    —Los Expertos vinieron a verme —dijo el señor Ackermann—. Es muy curioso el trabajo que ellos hacen: las ideas entran todo el tiempo en la gente normal, pero si la idea es muy técnica para ser entendida, simplemente pasaría desapercibida, y ellos se encargan de aprovecharlas. Pues estudiaron la idea y me dieron mi cheque —el viejo se dio palmaditas en la bolsa del pantalón.
     —Seguro se trata de una idea valiosa.
     El anciano lo miró con una sonrisa que mostraba algunos dientes faltantes.
     —Me pagaron dos millones —dijo.
     Mark no supo que decir. Sabía que el monto pagado siempre era proporcional al potencial de la idea. ¡Pero dos millones! Observó al hombre con asombro.
    —Dijeron que la idea era muy importante para... algo relacionado con los viajes espaciales —repuso el señor Ackermann—, me lo agradecieron mucho. Pero les dije que no era necesario, pues yo no imaginé esa idea, sólo llegó a mí. En cambio, les agradecí la paga —soltó una carcajada.
     —Pero de eso ya tiene varios días. ¿Por qué sigue vendiendo flores? ¿No ha usado ese dinero?
     —Los Agentes lo depositaron en una cuenta a mi nombre. No lo necesito todo, sólo lo suficiente. Además me gusta vender flores en el parque, he hecho esto durante años. —El viejo miró a un chico pasar con su perro—. ¿Nunca ha observado con detenimiento a las personas? Sus expresiones parecen querer mostrar algo dentro de ellos, pero muchos se niegan, ocultándose detrás.
     —Las he observado —respondió Mark—. Sí.
    —Entonces sabrá de lo que hablo —el hombre comenzó a quitarle pétalos resecos a un girasol—. Tiene que cuidar sus margaritas, quitarle los pétalos marchitos, eso permite que crezcan mejor.
     Mark miró el canasto con flores, algunas de ellas eran margaritas blancas y violetas como las que le había comprado al viejo hacía algunos días.
     —Tengo la maceta en mi ventana —dijo Mark, señalando las flores—. Pero aún no brotan.
     El señor Ackermann levantó la vista y sonrió.
     —No ha pasado suficiente tiempo todavía —dijo—. Pronto germinarán, pronto germinarán.
     Mark se despidió del viejo y se dirigió a la universidad en su coche. Se iba haciendo una imagen mental de lo que le diría a la gente que, junto al robot, había liderado la construcción del ordenador cuántico. “Han incurrido en una violación de los requerimientos de seguridad para la operación de un artefacto. Es necesario que el proyecto quede clausurado hasta nuevo aviso, luego de que nuestros Expertos se cercioren de que lo que han construido se corresponda con la idea original”.
     Tomó su teléfono móvil y buscó la información correspondiente al ordenador cuántico. Lo habían hecho operar en tres ocasiones a modo de prueba pero no se mencionaba mucho más.
     Mark llegó a la universidad y encontró un espacio en el aparcamiento. Se bajó del vehículo y caminó hacia la entrada de la Facultad de Ciencias Computacionales. El lugar estaba silencioso. Era domingo.
     Llegó a un edificio y se encaminó hacia el segundo piso, subiendo unas escaleras. De pronto se detuvo. En los escalones había algo extraño, como un saco de piel vestido con ropa: si se observaba detenidamente podrían percibirse rasgos vagamente humanos. Parecía un saco de piel dentro del cual todo su contenido hubiese sido licuado; de lo que aparentaban ser narices y boca salía un líquido anaranjado.
    Mark retrocedió y desenfundó su arma, la misma que en los años de servicio a la Agencia del Pensamiento nunca había tenido la necesidad de usar. Desde ese ángulo pudo ver otro cuerpo tendido un poco más arriba del primero. Recorrió los demás pasillos y se encontró con varios cuerpos en las mismas condiciones. Con la mano que tenía libre, tomó su teléfono.
    —Llamen a La Guardia —titubeó, no sabía cómo describir la situación, pero luego dijo—: Ha habido un ataque en la universidad. Declaro emergencia terrorista —sabía que tenía la jerarquía suficiente como para dar esa orden, aunque tuviese poco tiempo de haberse reincorporado.
     —Necesito confirmación —contestó una voz del otro lado.
     —Emergencia terrorista, llamen a La Guardia ahora mismo. Demonios, ¡accedan a mi corteza visual! —ordenó Mark, mientras miraba los cuerpos.
     Escuchó una exclamación del otro lado de la línea, su interlocutor ahora veía lo que veían los ojos de Mark.
     —La Guardia ya se está movilizando, señor Monitor —dijo la voz del otro lado.
     Mark volvió sobre sus pasos. Cuando se dirigía hacia la salida de la facultad vio de reojo una puerta abrirse. Se volteó apuntando con el arma.
     En la puerta estaba William, quien había sido su vecino de departamento por algunos meses. William lo miró y, con toda parsimonia, atravesó de nuevo la puerta.
     —¡No te muevas! —gritó Mark.
     El hombre desapareció detrás de la puerta. Mark corrió tras él.
    Se encontró en una gran sala de techo alto. William caminaba delante de él, lentamente, dándole la espalda. En el fondo de la sala había una gran máquina que Mark reconoció como el ordenador cuántico.
     —Date la vuelta —ordenó Mark.
     El hombre siguió caminando hasta quedar a un par de metros de la máquina. Giró sobre sí mismo y dio la cara a Mark.
     —Ya has visto al ordenador funcionar —dijo William—. La siguiente vez que funcione le hará eso a todos.
     Una imagen mental apareció en la cabeza de Mark: los tiempos de operación del ordenador se correspondían con los momentos en los cuales se habían generado los ataques en diversas partes del país. El ordenador había hecho eso.
     William comenzó a jugar entre sus dedos con un peón de ajedrez.
     —Habrá una última vez —contestó—. Sé que ves mal lo que ha pasado, y lo vez mal porque no lo entiendes, pero tenía que pasar. Y lo que está por ocurrir, también es necesario que ocurra.
     —¿Qué es lo que no entiendo? —preguntó, sin bajar el arma ni un centímetro.
    —Al universo —William comenzó a caminar en pequeños círculos y luego se sentó de piernas cruzadas—. El Kosmos no es como parece ser, y lo que probablemente sea, en su nivel más profundo, es exactamente lo que el ser humano es en su nivel más profundo. Llámalo mente o alma, es algo unitario que vive y piensa, y sólo parece ser múltiple y material.
     “Somos receptores del Kosmos, del alma universal —miró a Mark a los ojos—. ¿Acaso no has notado el camino al que han llevado las ideas que ha recibido la humanidad desde hace cinco años? Todo tiene un propósito. Recibimos estas ideas porque el universo necesita conocerse a sí mismo. El ser humano ha sido hasta ahora la mejor herramienta a su disposición para conocerse. Pero sólo ha sido eso: una herramienta, al igual que yo. Y la herramienta humana se ha vuelto obsoleta, ha diseñado a su sucesor. —Sonrió.
     “Sé que esperas a que llegue La Guardia, pero eso no ocurrirá”.
     —Será mejor que dejes de decir tonterías y te levantes de ahí —Mark se acercó, dispuesto a acabar con aquello, sin embargo de un momento a otro William ya no estaba. Volteó la mirada hacia uno y otro lado y vio que el hombre ahora estaba en otro lugar, sentado. Mark le apuntó con la pistola.
     —Quédate o márchate —dijo William—, el resultado será el mismo, encenderé la máquina. Si me matas, si logras matarme, alguien más lo hará por mí.
    Mark se acercó de nuevo pero William volvía a aparecer en un lugar distinto. Mark le apuntó a la pierna y disparó, pero la bala no encontró nada a su paso salvo el suelo. William reapareció en otra parte.
     —¿Qué demonios eres? —exclamó Mark.
     —Veo que has decidido quedarte —William sonrió—. Qué afortunado.
     Comenzó a oírse un zumbido. Mark no sabía de dónde provenía, pero no tardó mucho en reparar que salía de la enorme máquina. El ordenador se había encendido.
     —Creo que antes de morir te gustará saber lo que el ordenador hace —continuó William—. Hay infinitos universos, que se rigen por otras leyes físicas, donde no puede existir la materia o la vida. Esta máquina accede a uno de ellos, donde las estructuras orgánicas no pueden existir, y genera un pulso proveniente de ese universo hacia el nuestro. El pulso sólo afecta a los seres vivos. Un pulso de corta duración afectará una región pequeña; si el pulso dura más, entonces un volumen mayor se verá afectado. Este pulso abarcará toda la Tierra y lo que hay en ella.
     Mark sabía dónde estaba la fuente de energía del ordenador cuántico. Apuntó y apretó el gatillo, pero no hubo detonación, ninguna bala salió de la cámara del arma.
    —Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia —dijo William—. La humanidad ha creado esa tecnología, recibiendo ideas del Kosmos. Es lo que algunos llamaron la singularidad: cuando el humano fuese superado, por él mismo o por algo más. No, no es magia lo que has visto.
     Mark apretó el gatillo, esta vez hacia el hombre. De nuevo, nada.
     Se escuchó, primero débilmente y luego cada vez más fuerte, el sonido de helicópteros sobrevolando el lugar.
     Uno de los helicópteros intentó acercarse a la facultad pero chocó contra algo invisible; el piloto perdió el control por un momento pero pudo maniobrar. La Guardia había llegado al sitio, elementos aéreos y terrestres rodeaban todo el lugar, pero algo les impedía acceder.
     El ordenador zumbó con más intensidad.
     Mark quiso alejarse, irse de allí, pero no pudo moverse.
     Ninguno de los dos habló.
     Mark no supo cuánto tiempo pasó. De un momento a otro le pareció que algo había cambiado, pero no logró identificar qué era.
     William se levantó del suelo y se acercó al ordenador, colocó su mano sobre la máquina y palpó una y otra vez el frío metal; luego caminó de un lugar a otro, dibujando con sus pasos una línea invisible en el suelo.
     De pronto supo lo que había cambiado: el ordenador ya no zumbaba.
     Mark escuchó ruidos cercanos, de pesadas botas, pasos rápidos de hombres dirigiéndose hacia donde él estaba.
     —Pensé —dijo William— que la transición se llevaría a cabo en este momento. Sin embargo... —se volvió de nuevo al ordenador— la idea que recibí en mi mente no era del todo correcta. La máquina no puede operar a gran escala... ¿Por qué?
     Los ruidos se acercaron más. Detrás de él, Mark escuchó que forzaban la puerta.
     —Pensé que el Kosmos quería que fuese su herramienta —continuó William—, pero al parecer no es así, no será así. No estoy aquí para reemplazar al hombre, a mi creador. —Miró fijamente a Mark—. Vecino, siempre pensaste que era como ustedes —una sonrisa se dibujó en su rostro.
    La puerta cedió. Mark notó que ya podía moverse. Varios hombres uniformados entraron, algunos se acercaron a Mark y otros apuntaron sus rifles hacia el que estaba cerca del ordenador, rodeándolo de inmediato por todas partes.
    —La humanidad tal vez persista —dijo William, mirando al suelo—, tal vez no —observó uno a uno al escuadrón que formaba un semicírculo alrededor de él—. Quizá nunca sepamos hacia donde llevará todo esto, hacia dónde nos conducirá el flujo de las ideas. Tal vez eso no deba de importar... —Alzó su mirada hacia el techo— ¿Pero por qué me usaste así..., si todo fue para nada? —Dejó caer el peón de ajedrez que tenía en su mano.
     Algunos uniformados retrocedieron un paso.
     Pero los ojos de William, que permanecía en pie, inmóvil, ya se habían apagado.

     Mark revisó las noticias del día. Había una mención a la captura del criminal que había atacado varias ciudades en los últimos días, no se decía mucho más sobre ello. Como noticia aparte se hablaba de un fallo que había hecho dejar de funcionar al robot suprahumano que recientemente había sido construido en una universidad, pero no se explicaban las razones.
     El mundo parecía el lugar de siempre, aunque siempre cambiante. Las ideas recibidas desde la mente colectiva, o lo que fuera, por gran parte de las mentes que conformaban la humanidad, habían moldeado al mundo de mil y una formas.
     Dejó su teléfono móvil sobre sus piernas y se reclinó en el sofá.
     El teléfono de pronto sonó. La llamada era de la Agencia.
     —Hola —contestó Mark.
     —Señor Monitor, le informo que esta mañana recibirá la visita de uno de los suyos para evaluar su estado mental.
     —Estoy bien. No será necesario.
     —Me refiero a un evento de recepción externa —dijo la voz del otro lado—. Hace algunas horas una idea llegó a su mente, según los registros de su transmisor neural. Creemos que la idea es potencialmente hostil y necesitamos evaluarla.
    —Creo que se equivoca —dijo Mark—, nunca he sido un receptor, durante toda mi vida no ha entrado en mi mente ninguna idea proveniente de la mente colectiva.
     —Lo sabemos, pero esta vez ha ocurrido —la voz del otro lado hizo una pausa—. El Monitor estará en su departamento a las once en punto.
     Mark pensó en todas las guerras, en los gobiernos totalitaristas que habían surgido en el mundo desde que se comenzaron a recibir ideas de la mente universal; personas que habían logrado aprovechar lo que parecía ofrecérseles por intervención divina. Él ni siquiera se había dado cuenta de la idea que se había filtrado en su mente, no había generado ningún efecto en él; si la idea podía poner en peligro a alguien, no se había percatado.
     —Está bien —dijo—. No me moveré de aquí.

mayo 01, 2012

La Gran Soledad

Este relato se parece a uno que ya publiqué aquí: El último de los destinos, pero el que les presento ahora fue escrito meses antes, sólo que no me había gustado y aproveché que hoy no tengo clases para terminar de reescribirlo. He estado ocupado con la universidad últimamente, así que mi tiempo para escribir es muy poco. Espero que les guste este relato, también forma parte de mi "historia del futuro".

Welt Looschip miró a través del vidrio que lo separaba de la blanca habitación donde un grupo de hombres enfundados en trajes antibiológicos hablaban en torno al cuerpo uniformado de un general sin vida. No los escuchaba hablar pero sí pensar, y captó un pensamiento que le llegó con fuerza excesiva:
     —De nada le sirvieron todas sus insignias en ese planeta.
    —Todavía falta el general Leben y la embajadora Bujold de Mayeg —escuchó mentalmente que dijo uno de los hombres allí presentes.
     —¿Lo trajeron al puerto esta mañana, doctor Madell? —preguntó alguien, refiriéndose al cuerpo frente a ellos.
     —Sí, pensaban que estaba muerto, como los demás, pero no —respondió Madell, y Looschip pensó: “y fue allí donde abrió fuego”. Madell miró a cada uno de los hombres y les dijo—: Ya conocen la conclusión de los forenses: paro cardiaco, excepto este hombre —miró el cadáver—. Confío en ustedes para encontrar la verdadera causa de las muertes. Una bacteria, un virus... Algo en la helada superficie de ese planeta. De Leben y Bujold se encargarán los aliados.
     Looschip vio que los hombres se comenzaban a movilizar, pasaron por un corto corredor, donde permanecieron hasta que la puerta detrás de ellos, que daba hacia donde yacía el cuerpo, se cerró; se les roció hasta que estuvieron completamente limpios, y luego la puerta frente a ellos se abrió y uno por uno fueron saliendo; al salir todos, la segunda puerta se cerró herméticamente y los doctores se empezaron a quitar los trajes.
     Looschip sondeó las mentes y un dolor fue creciendo en su cabeza. Su frente se perló de sudor. Los hombres estaban demasiado cerca y el ruido de sus mentes era como un taladro neumático en la cabeza de Welt. En unos segundos pudo dar con el hombre que quería, lo vio apoyado sobre la pared mientras se retiraba la bolsa protectora de uno de sus zapatos.
     Lo sondeó. Ese médico había visto en video la búsqueda de los tripulantes de la nave que se había estrellado contra el helado planeta hacia el que ahora algunos dirigían su atención, así que en su memoria retenía las imágenes aéreas del lugar del impacto. Looschip grabó en su propia mente toda esa información. Cuando hubo terminado, sin mirar a nadie, se apresuró a marcharse.

     —Sólo hielo —dijo Welt Looschip, mirando por la ventana de su habitación a cien metros sobre el suelo—. La nave, aparentemente intacta, nueve hombres desperdigados en cinco kilómetros a la redonda, y todo lo demás... hielo. Una gran roca congelada flotando en el espacio. ¿No te parece interesante, Tyl?
     La joven estaba sentada sobre la cama y miraba la espalda de Looschip.
     —Esos hombres murieron —le dijo Tyl, estrujándose los dedos—. Lo mejor sería dejarles la investigación a los aliados.
     —Sí, la Alianza Planetaria se encargará eficientemente, y luego cuando crean que no hay peligro instalarán sus bases y llegarán los colonos. —Looschip dejó de mirar el nuboso paisaje y se acercó a una pared que en un instante se desvaneció; dentrás de la pared se apreciaba una gran cantidad de libros. Buscó en uno de los estantes más bajos y encontró el volumen que quería. Alzó el libro, mostrándoselo a Tyl—. Es apenas la preimpresión —le dijo, abriendo el libro en una página al azar y aspirando profundamente el aroma que le llegaba desde sus hojas—. ¿Recuerdas cuando hace cinco años los editores solicitaron mi colaboración? Enciclopedia de la Historia de las Especies Humanas, en treinta tomos. Y me dijeron: “Señor Looschip...”
     —“...usted conoce más que nadie sobre la Vieja Tierra —continuó Tyl—, así que pensamos que le gustaría encargarse del primer tomo.”
     Welt vio el rostro de Tyl. La joven sonreía con los labios y con los ojos y toda ella sonreía al mismo tiempo. Sintió el torrente de pensamientos que le llegaban desde Tyl, tanto que su migraña hizo acto de presencia, pero dejó los pensamientos pasar, sin sondear la mente de la joven. Y Welt pensó: “es la única persona con la que estoy voluntariamente”. En efecto, la gente por lo general para él era una fuente de gritos y murmullos mentales insoportables, siempre presentes, incluso a veces mientras dormía.
     —Y como parte de la conmemoración —siguió Tyl—, aceptaron tu sugerencia de hacer una versión en celulosa.
     —Al estilo terrestre —dijo Welt, y su rostro de pronto adquirió una expresión un tanto melancólica—. ¿Y sabes qué creo, Tyl? Creo que ese planeta helado es el mismo del que hablo aquí —alzó la impresión del primer tomo de la Enciclopedia de la Historia de las Especies Humanas. Welt no pudo evitar soltar una risa que parecía asmática.
     Tyl permaneció estática sobre la cama, mirando el libro, mientras su labio inferior parecía retener una palabra. Looschip comenzó a sentir una combinación de tristeza y enojo porque la reacción de Tyl no era la que él había esperado. Sin embargo él sólo le preguntó:
     —¿Qué opinas?
     Tyl levantó sus ojos hasta los de Welt.
     —¿Qué te hace pensar eso? —preguntó ella.
     —Los Textos de Prometeo, transportados desde la Vieja Tierra por los colonizadores. Esos textos se perdieron, pero quienes los estudiaron dejaron referencias. —Welt se sentó en el suelo gomoso frente a los pies de Tyl y abrió el tomo en una de las primeras páginas, aunque sólo para mostrarle, como lo había hecho muchas otras veces, el contenido a Tyl, que él ya lo conocía de memoria—. Las dimensiones del planeta helado coinciden casi con las de los registros. No se tienen demasiadas fotografías aéreas y el hielo cubre gran parte de la superficie, así que la forma de los continentes no puede ser corrobo...
     —La Tierra tenía una luna —dijo Tyl.
     —La Luna —respondió Welt—. Por eso luna y satélite se usan como sinónimos, porque el satélite de la Vieja Tierra se llamaba Luna. —Looschip avanzó algunas páginas—. Hay una versión sobre eso: que la Luna fue propulsada de su órbita al final de las Guerras Terrestres Terminales.
     —Es sólo una teoría.
     —¡Y es muy interesante! Podría catalogarse como un acto precoz de ingeniería planetaria. Ahora mismo los habitantes de Pandora están transformando su mundo en un planeta errante —dijo Welt, dándose golpecitos en la frente con el dedo índice—. Planeta y errante significan lo mismo —Luego miró a Tyl—. ¿Comprendes por qué te digo todo esto?
     Tyl no habló, pero lo comprendía perfectamente.
     —Tengo que ir a ese lugar —dijo Welt, con voz casi inaudible.
     —O puedes quedarte —dijo ella, que parecía a punto de romper en llanto.
     —Tyl, tú sabes lo tanto que siempre...
     —Mi padre...
     —¡Tú padre! ¡Tú padre está muerto! —explotó Welt de pronto—. ¿Por qué murió? No fue por perseguir un sueño que haya tenido durante toda su vida. ¡No! ¡Murió porque se fue con esa perra por la que te dejó a ti y a tu madre! —Sin darse cuenta, Welt ya estaba sondeando la mente de la joven—. ¿Aún sigues pensando en esa carta?
     Y ocurrió algo que a Welt sólo le había pasado en contadas ocasiones, algo que sólo mucho tiempo después sería explicado por la existencia de una mente colectiva: los recuerdos del difunto padre de Tyl llegaron como un maremoto a la mente de la joven.
     Tyl, desde la mente de Welt, recibió el torrente de pensamientos de su padre muerto. De pronto la joven se encontró en una habitación oscura sintiendo el frío de un cañón de escopeta en su mejilla, escribiendo una carta que no deseaba escribir, repleta de palabras que le herían el alma. Tu culpa... ¿De verdad crees que las amaba?... Lo echaste todo a perder... Tú y tu madre... ¡Púdranse!
     Tyl cayó al suelo, inundada en lágrimas, parecía convulsionarse en medio del llanto.
     Welt se dio cuenta de lo que había hecho, supo que había abierto una herida que nunca había llegado a sanar. Se sintió miserable y sintió, literalmente, lo que Tyl sentía. Se le acercó e intentó abrazarla pero ella lo rechazó violentamente y permaneció con el rostro contra el suelo. Welt se sentó, recargando la espalda sobre su librero, y permaneció allí hasta que Tyl dejó de llorar, varios minutos después, pero sólo para verla marcharse.

     Welt Looschip avanzó y la densa y helada tormenta avanzaba en sentido contrario. Iba cubierto sólo con una delgada camiseta y unos pantaloncillos cortos, ambos de color negro contrastante con la blanca nieve, pues el clima para él era cálido comparado con el frío más que congelante del espacio. Sus botas se hundían unos treinta centímetros hasta llegar al permafrost. Se preguntó dónde estaría la nave diplomática que se había impactado sobre esa esfera de hielo. Corroboró en su memoria, de la información que había extraído del médico, las coordenadas del impacto. Recordó una fotografía que mostraba una cadena montañosa y, en efecto, a su derecha ésta se levantaba, eternamente blanca, como la dentadura de un tiburón. Pero la nave no estaba ahí.
     Le pareció extraño que no recibiera ninguna transmisión mental. ¿El lugar estaría vacío, el planeta entero? Sólo audía, oía mentalmente, a los habitantes de los sistemas planetarios cercanos, que aunque estaban a miles de millones de kilómetros los escuchaba perfectamente; el ruido era casi como una estática salpicada de gritos esporádicos. Sin embargo, pensó, hacía mucho tiempo que no audía a un nivel tan bajo.
     Lo que descubrió fue algo que no estaba en las estereografías aéreas tomadas por los ornitópteros: una cabaña cerca del pie de las montañas, o eso parecía.
     Welt avanzó cuidadosamente a pie, observando siempre a su alrededor. No había ninguna presencia en las cercanías de la cabaña. Cuando llegó, examinó el lugar: era una construcción rudimentaria de palos enterrados profundamente en la nieve; la cabaña, vista de frente, era un triángulo isósceles y su techo en v invertida estaba recubierto de una especie de alquitrán. La puerta estaba en la parte delantera, redonda, y parecía diseñada para que una persona entrara en cuclillas. La construcción no parecía tan vieja. Tal vez los nativos habían abandonado recientemente el planeta.
     Entró empujando con su cabeza la puerta hecha de fibras vegetales. Se arrastró hacia el interior, alzó la cabeza y vio a un hombre, una mujer y una niña, sentados en el suelo pardo y sin nieve, ante una baja mesa; lo miraban sin expresión. Welt se sobresaltó y se arrastró de espaldas queriendo salir de allí.
     —No, no —dijo el hombre, un anciano ya, en el idioma de la alianza—, entre, señor Looschip, entre.
     Looschip miró a aquellas personas e intentó sondear sus mentes pero no pudo. Era como si sólo hubiese aire, sólo aire, sin consciencia. De pronto reparó en que no había escuchado esas palabras con sus oídos sino con su mente.
     —Usted puede linguar —dijo Welt, y miró a la mujer, de edad avanzada también, quien le hacía una seña para que se sentara con ellos.
     El anciano asintió.
     —Somos telépatas, señor Looschip —dijo—, como usted.
     —¿Cómo hacen eso —preguntó Welt—, bloquear su mentes a mi sondeo?
     —Tenga confianza.
     “¿Cómo puedo confiar”, pensó Welt, “si no puedo saber qué hay en sus mentes?”
     —Sólo quiero saber qué pasó con las personas que llegaron antes que yo —preguntó Welt—. Su nave se estrelló cerca de las montañas y aún hay dos desaparecidos. Debieron de haberlos sentido.
     —¿De verdad le interesa eso —preguntó la mujer—, o ha venido porque quiere saber si este planeta es la Vieja Tierra?
     Looschip se sintió desnudo. Nunca antes se había sentido así, nunca antes alguien había leído su mente, y ahora comprendía cómo se sentía Tyl cuando él comenzaba a buscar dentro de su cabeza.
     —¿Este lugar es...? —empezó a preguntar.
     —No, señor Looschip —respondió el anciano—, lamento decepcionarlo. Este lugar era llamado Grentan por su gente. Puede comprobarlo por usted mismo, cerca de aquí hay una estación de satélites, recibía información de varios satélites en órbita y puede ver personalmente las imágenes. Puedo ver, por lo que usted sabe, que la Tierra era un hermoso planeta.
     Welt no se desanimó.
     —¿Dónde queda esa estación? —preguntó. Y de pronto vio una rápida sucesión de imágenes en su cabeza: el anciano le estaba transmitiendo imágenes que correspondían al camino que debía seguir para llegar a la estación de satélites. El proceso terminó y Looschip sintió como si le enterraran aguijones en la frente.
     —Espero que eso le sirva. —El anciano lo miró fijamente—. ¿Le gustaría dejar de escuchar a toda esa gente, verdad, señor Looschip? —dijo el anciano, aunque más que pregunta parecía una afirmación—. Estar solo en su cabeza, sólo con su propia mente, sin captar los lamentos de la galaxia entera. Sin ese dolor, todo ese dolor.
     Welt se acercó más y se sentó entre el hombre y la mujer. Vio a la niña y esta parecía entretenida trazando líneas en la tierra con sus pequeños dedos.
     —Sí —dijo Welt.
     —Usted es el más sensible de todos —dijo la anciana—, en todos los mundos humanos son pocos los que pueden escuchar más allá de lo que sus oídos les permiten. Usted incluso escucha el canto de las estrellas. ¿Cómo puede desear perder el don que le ha sido otorgado si es capaz de escuchar lo que nadie más puede? ¿Para eso eligió el trabajo que ahora tiene, para estar lo más lejos posible de los demás? Hace eso cuando podría decidir usar su capacidad para ayudar a los que lo rodean.
     —Pero escuchar le lastima —dijo el anciano—, como puñaladas en el cerebro, todo el tiempo. Y sólo desea escapar.
Welt se echó para atrás.
     —No deje que lo sermoneen —dijo la niña, sin dejar de dibujar líneas en la tierra—, ellos no conocen ninguna forma para hacer que deje de audir. Nadie sabe cómo.
     —No —respondió el anciano, levantándose con esfuerzo del suelo—, no hay métodos mágicos para aspectos humanos aún poco conocidos como este don suyo. Tal vez su problema se resuelva dentro de mucho tiempo o no se resuelva nunca. Lo único que le queda es resignarse a vivir rodeado de personas que taladrarán su mente con sus problemas, y tal vez termine volviéndose loco. Eso, o huir; alejarse lo más posible de todo ser pensante, escapar más afuera de lo que nadie haya escapado antes, donde ninguna mente humana lo torturará jamás con el fuego hiriente del torrente del pensamiento. —El anciano caminó, apoyado en un bastón, hacia la niña, y luego señaló con su arrugado índice lo que la pequeña había dibujado en la tierra.
     Welt se acercó, andando de rodillas, y vio el dibujo de la niña: parecía una nave.
     —Su ancestro —dijo el anciano—, el cartógrafo Jorv G Looschip, y yo sé que usted sabe a quién me refiero, vino a este planeta hace mucho tiempo, y dejó algunas cosas, entre ellas una nave. Tómela. La nave en la que usted ha llegado ha quedado deshecha. Su ancestro no pudo salir de este lugar. Usted tal vez pueda.
     Welt recordó que había leído en alguna parte ese nombre, Jorv, y con su mismo apellido aunque fonetizado por una G. Ese hombre había pertenecido hacía veinte siglos a la fuerza de cartógrafos del planeta Dreaya pero antes de recibir el grado de cartógrafo había escapado. Eso era todo lo que sabía.
     —La nave...
     El viejo interrumpió a Welt:
     —La nave está en la estación de satélites.
     Welt sintió que estaba a punto del colapso nervioso. Buscó con desesperación su muñeca izquierda y en el acto cayó al suelo. Levantó un cuadrado de piel de su muñeca, dejando libre una pantalla táctil en la que tecleó para ajustar sus signos vitales. Estuvo un par de minutos tendido en el suelo. Lo único que pensó fue: “¿quienes son ustedes, quienes son?”.
     La anciana le respondió:
     —¿No nos reconoces, Welt? Somos tú.
     Y al decir esto todos desaparecieron, incluida la casa, y Welt se encontró de repente tendido sobre la nieve, mirando el cielo azul, escuchando la fuerte estática casi uniforme de los pensamientos de la humanidad.
     Welt reanudó su marcha en busca de la nave diplomática. Decidió que sería más fácil buscar desde el aire, pero para eso necesitaría de una nave. Vio su nave a lo lejos, ésta estaba rodeada de un círculo pardo, donde la nieve se había derretido y la tierra estaba chamuscada. No le serviría. Se dirigió a la estación de satélites.
     Era un edificio de tres pisos que parecía fundirse con la montaña. Al entrar se encontró con lo que parecía ser la recepción. Atravesó una puerta y vio algunas pantallas panorámicas en las paredes y en el resto de la sala había varios muebles de madera, escritorios y sillas que parecían muy antiguas. Pasó la mano por una de las mesas y, al hacer presión, un pedazo de madera de la esquina se resquebrajó y cayó al suelo convirtiéndose parcialmente en un fino polvo. Luego tocó las pantallas una a una pero no se encendieron. Quizá no había fuente de energía. Todo parecía tan viejo y abandonado.
     Vio que uno de los escritorios tenía un par de cajones, se dispuso a revisar lo que había dentro. Para su suerte encontró lo que parecían ser mapas, estaban doblados, y al desdoblar uno se partió en varias partes. Dejó los pedazos sobre la mesa, juntos, completando el mapa. En éste se veía el dibujo de una isla. Las palabras impresas sobre el mapa eran extrañas pero evidentemente algunas representaban latitudes, longitudes y nombres. El dibujo al parecer sólo mostraba una parte específica del planeta. Tomó otro mapa del cajón y, esta vez con más cuidado, lo desdobló y lo extendió a un lado del primero. Éste mostraba meridianos que iban desde los 360 grados, pasaban por el cero y volvían de nuevo a los 360 del lado contrario. Sin duda era un mapa de todo el planeta. Lo que vio lo decepcionó. El mapa mostraba dos grandes continentes y ninguno tenía las formas que aparecían en los vagos registros sobre la Vieja Tierra. Vio que la isla del primer mapa estaba representada, muy pequeña, en el segundo. Ambos mapas tenían fechas: 2561 seguido por unas palabras que podrían significar “fecha estándar”, pero no podía hacer suposiciones. Siguió buscando más mapas hasta que encontró uno que mostraba curvas de nivel, donde cada curva cerrada representaba el contorno de cada masa de tierra a una elevación constante, y fue allí donde sus esperanzas casi se terminaron. Las curvas de nivel estaban representadas en intervalos de cien metros, y ninguno de los contornos sugería las formas que buscaba.
     Se alejó del escritorio.
     “¿Y si los mapas no corresponden a este planeta?”, se preguntó. Sacó de los escritorios todos los mapas que encontró, incluso halló uno que estaba a medio salir de la máquina de impresión, pero todos mostraban el mismo mundo o porciones de éste. Welt tapizó de mapas los diez escritorios que allí se encontraban.
     Que una sala de satélites estuviese llena de imágenes pertenecientes a un mundo que no era el que orbitaban esos satélites era absurdo y muy improbable.
     Uno de los pliegos doblados que halló era un plano de la zona donde había sido construido el edificio en el que se encontraba. Las coordenadas estaban escritas en un costado y las identificó en un mapa mayor. Allí estaban las montañas y pasando las montañas un gran río que en ese momento debía de estar congelado, y sólo un par de kilómetros después comenzaba un gran océano.
     Vino a su mente: la nave de mi abuelo. La nave debía de estar en algún lugar dentro de ese edificio.
     Encontró la nave cartográfica posada en el techo. Era un rombo aplanado con una pequeña elevación en el centro, toda de color negro mate. Cuando Welt se acercó a las puertas, la nave lo reconoció, las puertas se abrieron.
     Welt era ingenuo pero esta vez los factores estaban de su parte. Él sólo pensaba en una cosa en ese momento. Sin embargo la idea le pareció un suicidio. Regresó al interior del edificio y, recargado sobre una pared, observó con mirada extraviada los mapas que tapizaban el lugar. Decidió volver al techo.
     Welt subió por la rampa escalonada de la nave y las puertas se cerraron. En el centro vio una semiesfera color ámbar que mostraba formas cambiantes dentro de ella. A su izquierda, cubriendo toda la parte frontal de la nave, estaba lo que parecía ser la sección de mandos. Cerca de la semiesfera central había dos cubos transparentes y vacíos, casi de su altura, que en el pasado probablemente contenían algo.
     Las fuerzas de cartógrafos espaciales habían desaparecido hacía unos siglos, pero recordó haber leído sobre ellos. Esa nave era del tipo de las que usaban para trazar mapas de las fuerzas de interacción de la galaxia. Entonces la semiesfera ámbar debía de ser el cerebro de la nave. Se acercó a la semiesfera y colocó su mano sobre ella. Su brillo aumentó, y las formas dentro de ella cambiaron rápidamente, como en la esfera de cristal de un adivino. Vio que en la parte frontal de la nave las pantallas se habían encendido, eran como ventanas que dejaban ver el exterior. La nave había salido de su letargo. Respondía a él, como si obedeciera a una parte de su ADN que también había pertenecido a su 4-abuelo. Si la manera en la que recordaba que se manejaban esas naves era correcta, entonces...
     Cayó al suelo. La enorme aceleración lo mantuvo pegado a él por segundos que le parecieron eternos. Sentía que sus órganos se aplastaban, pero su cuerpo modificado para sobrevivir en el espacio exterior resistió esas condiciones. Cuando la nave dejó de acelerar, se levantó, se acercó a las pantallas y admiró el planeta desde las alturas. Debajo de él, la cadena montañosa parecía perderse hacia la izquierda y la derecha, y, en efecto, como lo había visto en los mapas, unos kilómetros delante todo era agua, en estado líquido pero saturada de grandes bloques de hielo. Los mapas de la estación de satélites y la geografía de ese planeta coincidían.
     No podía estar en la Tierra.
     Manipuló el ordenador, la semiesfera ámbar, lo mejor que pudo, y éste reaccionaba a sus pensamientos con escalofriante precisión. Dio con los datos que su 4-abuelo Jorv había recolectado acerca de ese planeta. Buscó la palabra “Tierra”. Obtuvo 65 resultados de planetas con ese nombre, ocho de ellos tenían entre 6,200 y 6,500 kilómetros de radio, las dimensiones aproximadas de la Vieja Tierra, los ocho tenían satélites. Sin embargo ninguno de ellos tenía sólo un satélite natural, tampoco alguno de ellos tenía todas sus lunas artificiales. Ningún planeta llamado Tierra cumplía con las condiciones que él había estado buscando.
     Welt se alejó de la semiesfera y dio un puñetazo a una de las pantallas, que se apagó.
     Y en ese momento su recepción telepática aumentó como en una exponencial. Welt cayó al suelo y sentía que su cabeza explotaría en cualquier momento.
     —¡En algún lugar! —gritó Welt, con la cabeza entre las manos—. ¡La Vieja Tierra tiene que estar en algún lugar!
     El dolor que invadía su mente comenzó a tomar una forma definida. Entre el fondo de estática siempre presente pudo distinguir el grito de una mente torturada. Le pareció que la transmisión provenía de la superficie del planeta, lo podía sentir en algún sitio debajo de sus pies. Se levantó del suelo como pudo y miró una pantalla que aún funcionaba.
     Regresó a la semiesfera y, con una orden mental, la pantalla cambió en un instante, las cámaras acercaron sus ojos electrónicos a la superficie del planeta, y enfocaron la nave de Welt, dentro de un círculo marchito.
     “Esa no”, pensó. “Debe de haber otra, cerca de allí”.
     La imagen volvió a cambiar y entonces pudo ver la nave diplomática.
     “No muy lejos de ese lugar debe de haber una persona, aún está viva”. “¡Encuéntrala!”
     El reconocimiento de formas humanas de la nave se activó y estuvo buscando por varios minutos hasta que dio con dos cuerpos que Welt observó en la pantalla; uno de ellos parecía sin vida y Welt no recibía ninguna transmisión mental de él, a un lado estaba otro que se retorcía entre la nieve, muy cerca del cadáver.
     Welt audía la mente del que estaba delirando. Era el general Leben, así que el cuerpo sin vida debía de ser el de la embajadora Bujold, los dos tripulantes que no habían sido rescatados del accidente. Los pensamientos del Leben eran confusos, a Welt le parecían como si estuviesen cerrados sobre sí mismos —como si el general no fuese consciente de su entorno sino que permaneciese dentro de su propia mente—, pues apenas podía acceder a ellos de manera muy indirecta; aquellos vagos pensamientos hacían referencia a la manipulación genética, al parecer el general era un ferviente defensor, un conservador, de lo que llamaba la “unicidad humana”, la misma ideología de aquellos hombres que hacía mucho tiempo habían desatado la guerra contra los cuasi-humanos.
     El general Leben moría, y en sus últimos momentos Welt pudo entrar en su mente, lo que el hombre estaba viendo o creía ver en ese momento: el general se sentía sólo, sostenía un rifle de microondas de espaldas a una pared, en medio de un callejón oscuro. Tenía que mirar hacia uno y otro lado rápidamente porque sabía que los enemigos se acercaban. El general levantó su mirada pero el brillante violeta de las nubes y el negro del cielo no le ofrecieron tranquilidad. Luego, tres, cuatro seres alados aparecieron en las alturas entre gritos que anunciaban muerte. Cuando el general bajó la mirada supo que había bajado la guardia, pues un ser con forma de elefante avanzaba hacia él sobre el callejón. Disparó, mantuvo el haz por unos segundos y el ser se hinchó y sus patas se doblaron. El general corrió hacia el otro lado pero el callejón comenzaba a llenarse de unos enormes ciempiés. El hombre disparó y los ciempiés chillaron: ¿Por qué nos matas si somos humanos?, dijeron los ciempiés, Somos como tú, como todos, ¡humanos! Pero el rifle no podía contra ellos. El general fue retrocediendo hasta que sólo quedaba un pequeño espacio entre el hombre elefante y los ciempiés. Miles de patas treparon por su cuerpo lleno de insignias y devoraron primero sus ropas, los ciempiés se introdujeron por decenas en su boca y por dentro todo comenzó a arder.
     La mente del general dejó de emitir, lo único que Welt escuchaba era la eterna estática. Welt permaneció frente a la pantalla mirando los dos cuerpos sin vida, separados por menos de un metro.
     Recordó que Madell, el hombre al que habían rescatado con vida del planeta, gritaba cosas como: ¡No acabarán con el imperio, no lo harán!, antes de abrir fuego contra los rescatistas. Madell había sido uno de las cabecillas del emperador cuando el Imperio Humano se instauró en una parte de los mundos habitados. Pero el Imperio había sido fragmentado doscientos años atrás cuando la Alianza Planetaria encontró irregularidades en él, luego de una guerra estratégica que terminó sin una sola víctima.
     Al menos dos de los hombres que habían llegado a ese extraño planeta habían muerto como asfixiados por sus pensamientos, por sus miedos; los demás estaban muertos y probablemente por la misma causa. ¿Y qué había pasado con él? Welt seguía vivo, y a una orden suya la nave en la que estaba podría ir a cualquier lugar. ¿Adónde?
     Tyl se había ido, él la había lastimado y jamás volvería. Regresar a su casa le traería recuerdos de ella, además, estaría en el mismo planeta que otras trece mil millones de personas, y escucharía sus pensamientos, sus alegrías pero también sus temores y sus sufrimientos, y eso cada segundo, todo el tiempo. No, no podía regresar.
     ¿Qué había dicho el viejo? “...Huir; alejarse lo más posible de todo ser pensante, escapar más afuera de lo que nadie haya escapado antes, donde ninguna mente humana lo torturará jamás con el fuego hiriente del torrente del pensamiento.”
     “¿Hay comida en este lugar?”, se preguntó Welt.
     Buscó pero no encontró nada comestible.
     Welt se sentó de espaldas a la pantalla, que aún seguía enfocando al par de cadáveres. Miró la bola ámbar. Supo que había un lugar al que podría ir.
     Permaneció un momento intentando aclarar su mente. Entre la estática de los pensamientos que emitía la humanidad entera, de las especies humanas que pululaban sobre los miles de planetas habitados de la galaxia, pudo audir algo que caía dentro de un espectro diferente. Supo que se trataba de las estrellas. Todas ellas emitían en una franja característica. Se preguntó por qué podía escuchar el canto de los astros. ¿Acaso había conciencia en ellos?
     “Llévame más lejos de lo que nadie haya ido antes”, pensó, dando la orden a la nave. “Llévame fuera de la galaxia”.
     La bola ámbar parpadeó y unas formas danzaron dentro de ella.
     A su mente llegó la información que le enviaba el ordenador: no había rutas cartografiadas que llevasen afuera de la Vía Láctea.
     “¿Pero puedes ir?”, pensó.
     La información le indicaba que podrían haber singularidades légicas, variaciones en las leyes físicas, capaces de destruir la nave durante el trayecto.
     “No importa, llévame allá”.
     Había una ruta elíptica disponible, que pasaba por la estrella 3 Gem, uno de los astros más exteriores de la galaxia; el ordenador estimó, extrapolando los datos conocidos, que la probabilidad de supervivencia era de un cinco por ciento, la más alta de entre todas las rutas posibles.
     “Ve lo más rápido que puedas”.
     Diecisiete mil quinientos cincuenta años, seis meses, veinte días, con una incertidumbre de un día, suponiendo una distancia de un kiloparsec a la estrella 3 Gem. Ése era el tiempo que la nave tardaría en llegar al exterior de la galaxia.
     Welt se estremeció. Era demasiado tiempo, demasiado lejos. Pero por supuesto era tiempo galáctico y no el del marco local.
     “¿Aquí dentro, cuánto tiempo pasará?”
     Ciento veintitrés años, once meses y ocho días, le informó la nave, con una incertidumbre de un día.
     Un rectángulo de la pared en la popa de la nave se iluminó del mismo color que el de la semiesfera, sugiriendo la forma de una puerta. Welt se levantó y fue hacia el rectángulo ámbar y éste se abrió, mostrándole un pequeño compartimento, relleno de algo que parecía una esponja, algún tipo de espuma; en ese espacio apenas cabría su cuerpo.
     La nave le explicó todo el proceso.
     Sabía que sólo tenía que presionar su cuerpo contra la espuma y ésta adoptaría su forma. Welt vio que la espuma se hundía al presionarla con los dedos. Se colocó de espaldas y caminó hacia atrás, hasta que su cuerpo estuvo dentro y sólo su rostro quedó libre.
     Vio que unas pequeñas máquinas comenzaban a moverse frente a él y le colocaban aparatos en el rostro. La pared frente a él se cerró.
     Cuando Welt abrió los ojos, los artefactos en su rostro se estaban retirando. Lo primero que experimentó fue asfixia. Un reflejo inducido desde joven, en su cerebro, hizo que unas pastillas de oxígeno reventaran dentro de sus pulmones. Sacó un brazo de la suave espuma y lo alargó esperando encontrar la puerta y salir, pero descubrió que la nave flotaba a unas decenas de metros frente a él, en un fondo negro como la nada. La nave parecía tener un corte limpio en la popa, como cuando un cuchillo corta una barra de mantequilla. Algo lo había separado de la nave y se había salvado de no estar en la trayectoria del corte. “Cinco por ciento”, pensó. Vio la popa que flotaba un poco más lejos, detrás de él. Se liberó de la espuma y se vio de pronto flotando en el espacio.
     Pensó por un momento que se había quedado ciego, miró de un lugar a otro y vio las partes de la nave. No, no había perdido la vista. En un lugar del cielo, de un negro absoluto, observó una franja nubosa y brillante. Al principio no comprendió lo que estaba viendo pero luego recordó que debía de estar muy lejos de la galaxia. La franja era la galaxia. La veía de canto. Y cerca de la franja, más o menos junto a la zona más brillante, lo que debía ser el núcleo galáctico, había una nube más pequeña, como un disco: ésa debía ser la Galaxia de Sagitario. Del mismo lado vio otras formas más difusas: las Nubes de Magallanes.
     Había visto todo eso muchas veces en simulaciones, como se vería la galaxia a una gran distancia, pero lo que ahora tenía en frente, experimentándolo con sus propios ojos, era en esencia muy diferente. Y supo que si miraba hacia atrás...
     Se volteó y al hacerlo regresó la sensación de haberse quedado ciego. Todo el cielo, todo lo que abarcaba su vista, era la oscuridad más profunda que sus ojos, o que cualquier par de ojos humanos, hubiesen experimentado. El terciopelo del espacio intergaláctico estaba tan sólo salpicado de pequeños puntos borrosos, galaxias distantes en el espacio y en el tiempo.
     Al percibir todo eso sólo escuchaba sus propios pensamientos. Se giró de nuevo para observar la franja de la Vía Láctea. Estaba demasiado lejos de todo. Ya no escuchaba el taladrar de los pensamientos humanos en su mente ni el siempre presente ruido de fondo. Sólo podía escucharse a sí mismo, sus pensamientos, no los de nadie más. La migraña que había tenido desde ante de su nacimiento ya no estaba. Quizá la humanidad no había desarrollado una forma de viaje superlumínico y no se había extendido por toda la galaxia en esos 17 mil años que lo separaban de su propio tiempo.
     Y ahí, fuera de la galaxia, experimentó una gran soledad. Pero intentó tranquilizarse. Al fin y al cabo las pastillas de oxígeno que se disolvían lentamente dentro de sus pulmones no durarían más de dos días, dos días con él mismo. Sabía desde un principio que era muy improbable que llegara hasta esas instancias. Deseó que Tyl se encontrase bien.
     Comenzó a extrañar el ruido eterno del pensamiento ajeno, pero se propuso abrazar con todas sus fuerzas esa soledad que acababa de conocer.

     En medio de la tormenta de hielo, la joven Tyl vio a lo lejos una silueta oscura que ya comenzaba a cubrirse de reluciente nieve. Aceleró su paso, hundiendo la nieve en cada pisada, y al llegar se dio cuenta de que era él. Se inclinó, le tomó el pulso y supo que estaba muerto. No le guardaba rencor por lo que le había hecho, pues incluso eso le había hecho superar los dolores del pasado. Supo que él terminaría yendo hasta ese planeta, movido por sus esperanzas de encontrar la Vieja Tierra. El pasado, siempre el pasado.
     Vio su nave a un centenar de metros a sus espaldas. Ella no sabía lo que había pasado en la mente de él, lo que esa esfera de hielo había hecho a los que habían puesto un pie en su superficie. Sin embargo un pensamiento atravesó su mente: salir lo antes posible de ese maldito planeta. Asió entre sus brazos el cuerpo de Welt Looschip.

Sobre los Cuentos Chilenos de Fantasía

Recientemente leí un libro de relatos de Fantasía, el primer trabajo en conjunto del Colectivo Literario Fantasía Austral: Cuentos Chilenos de Fantasía. Siete jóvenes autores dan aquí un ejemplo de que la Fantasía es una cosa que se mantiene muy viva en Chile. Personalmente, no estoy habituado a la lectura de este género -he leído la trilogía de El Señor de los Anillos, un libro de relatos en honor a Tolkien y pocas historias más, así que no tengo mucho de qué asirme, en cuanto a hacer comparaciones, al comentar este libro-, incluso he tenido problemas para juzgar esta obra de la manera en la que juzgo la de los otros libros que leo, además que para juzgar la obra de otro uno debe de ser consciente de la labor de escribir, cosa que yo conozco desde hace menos de tres años. Además debo de considerar que mi último cuento es muy repetitivo y tiene muchos defectos. Pero aún así les daré mi opinión.

Para empezar, quiero destacar el elemento que más llamó mi atención dentro del libro: el mensaje de que la Fantasía nos ofrece senderos nobles por los cuales es más dulce transitar, más que la vida a la que uno, limitado por el ambiente que le rodea, puede estar acostumbrado.

Este mensaje se encuentra dentro de Día Uno, de Emilio Araya Burgos, con el que comienza el libro, que, aunque algo lenta al principio -cosa que creo es una manera de introducirnos al duro mundo en el que vive el protagonista, aparte de crear contrastes-, me pareció una historia bien narrada y con un ambiente y diálogos convincentes respecto a lo que se cuenta. Ya había leído algo de Emilio antes, y este relato, en particular, me gustó.

El segundo relato es El Palacio de la Memoria, de José Manuel Lagos Ahumada, que cuenta sobre un hombre dentro de un palacio, que vive de y con los recuerdos de los objetos que se encuentran en el palacio. La prosa logró atraparme, y me llevé una sorpresa porque creo que no había leído antes a este autor. Realmente no sé si hay algo que no me gustó.

El Alquimista, de Manuel Lobos Ruiz, trata sobre un alquimista, como lo dice el título, obsesionado por ser el dios de un mundo creado por él mismo. El relato me pareció muy corto para lo que se quería narrar, y creo que faltó enfatizar en la psicología del protagonista. Otra cosa que le criticaría es el final, me parece que se precipita demasiado y los últimos dos párrafos me resultan muy diferentes al resto del texto, tal vez yo los hubiera suprimido, no me convencieron.

El que sigue es Flor de Cerezo, de Javier Maldonado Quiroga, el escritor de este colectivo con el que estoy más familiarizado. Javier, con un estilo particular, dadas sus influencias japonesas, narra la historia de un joven en busca de venganza que acaba por obtener algo más. Lo considero un buen cuento, donde lo más importante transcurre dentro de la mente del protagonista. No veo qué reclamarle a la historia, sólo el uso de algunas palabras u oraciones cortas, en ciertas partes del texto, que para mi gusto recortan un poco lo que se quiere decir, diciendo algo para lo que creo habría que detallarlo un poco más.

Entre Cuatro Paredes, de Samir Muñoz Godoy, el más joven autor que participa en este libro, nacido en 1993 -dos años después que yo-, nos presenta un escenario donde la Fantasía no está reservada a los escenarios épicos o a épocas olvidadas sino que salta a las calles de la mano de un par de chicos. Me gustaron los elementos locales que introduce, tanto el uso de regionalismos como la mitología. La idea y el tratamiento humorístico me parecieron interesantes. Se nota la diferencia de edades respecto al resto de los autores, en cuanto a habilidad narrativa. Tal vez algo que falla es que los seres fantásticos carecen de motivación aparente, pero creo que cuando se mete algo de humor, como parece ser en este relato, puede permitirse uno que otro sinsentido.

La Búsqueda de Gélach, de Felipe Real Hurtado, trata de un hombre en busca de su esposa. Al principio de la historia sentí cierta confusión al leer tantas denominaciones que comenzaban con mayúscula, nombres de personas, lugares y ciudades, y me perdí, pero esa sensación desapareció al ir avanzando. El final me pareció algo triste y me dejó con cierta sensación de que algo faltaba, sobre todo porque me había hecho expectativas de que algo muy diferente pasase. Buen cuento.

El libro termina con Historia de una Historia, de Paula Rivera Donoso, que toca también lo que mencioné al principio: la nobleza del camino de la Fantasía. Es un relato infantil y, sin hacer menos a los demás, fue el que más me gustó. Me conmovió. Trata sobre una joven a quien la sociedad ya le ha dado un destino, como a todas las demás pero que además le han hablado de otra realidad: la de la Fantasía. Los problemas a los que se enfrenta la protagonista pueden considerarse de índole común pero, dada la inclinación infantil, eso me parece que no le resta nada a la historia.


Y esta es mi opinión al respecto. Cuentos Chilenos de Fantasía es un libro del que recomiendo su lectura, además de resultar interesante por si quieren saber lo que una nueva generación de escritores está cocinando en Chile en cuanto al género fantástico.

Pueden descargarlo aquí.

Considero que, en general, poniendo lo que me gustó y lo que no me gustó en una balanza, es un buen libro. Esperemos lo que nos seguirá trayendo el colectivo Fantasía Austral.

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