junio 25, 2012

El milagro de la vida y la muerte


La pequeña ardilla se detuvo por un momento en el césped recién cortado, a los límites del parque. Los autos pasaban a gran velocidad por la calle. La ardilla olisqueó el aire y corrió con intenciones de cruzar. Sin embargo, un auto pasó sobre ella y dejó su pequeño cuerpo aplastado en el ardiente asfalto calentado por el sol del medio día.
    Un ángel que volaba por el lugar compactó su cuerpo disperso y planeó sobre los autos que pasaban zumbando. Los neumáticos pasaron al menos diez veces sobre la ardilla hasta que el ángel despegó el café y aplanado cuerpecito del suelo. Lo que había sido la ardilla se levantó por los aires y fue a parar al césped y, allí, volvió a ser ardilla. El pequeño animal, confundido, olisqueó de nuevo el aire como lo había hecho segundos antes de su muerte, se rascó detrás de la oreja con su patita y salió corriendo hacia un árbol, que trepó con agilidad.
    El ángel se volvió a dispersar en el aire y sus partículas viajaron con el viento.
    Uno de los autos que había pasado sobre el cadáver del animalito era el de Félix. En ese momento se dirigía a la primera sesión del grupo de apoyo al que había elegido asistir, sentía que no tenía muchas opciones y que esa era la mejor.
    Cuando llegó al lugar, Félix encontró caras vacías e inexpresivas, algunos de los allí presentes ya habían formado grupos y hablaban entre sí, aunque siempre con la misma expresión que nada parecía decir. Había llegado algo temprano, aunque el organizador ya se encontraba platicando con algunos de ellos. Era una veintena, todos habían tenido problemas similares a los de él y estaban allí para escuchar y, sobre todo, para ser escuchados.
    Se sentaron en un amplio círculo en el suelo. Para sorpresa de Félix, a él le tocó presentarse primero y contar su caso. Se secó las manos en el pantalón y se aclaró la garganta, intentó ignorar al hombre que, sentado casi diametralmente opuesto a él, había sacado un insectoide de video que comenzó a revolotear hasta quedarse estático encima de su dueño, filmándolo todo.
    Se presentó y comenzó a contar lo que le había ocurrido hacía diez años. Félix y su esposa deseaban tener un hijo, así que le habían pedido a Dios que les concediera ese milagro. Rezaron todos los días, a veces se tornaba frustrante y cansado, pero rezaron durante ciento quince años, hasta que un día un ángel se apareció en su casa y se detuvo unos momentos frente a su esposa, para luego marcharse; unos días después, descubrieron que ella estaba embarazada.
    El embarazo de su esposa había sido el periodo más feliz de sus vidas y vio su punto más álgido con el nacimiento del bebé, incluso habían elegido el nombre desde hacía más de un siglo. Sin embargo, un día, cuando su esposa se hallaba amamantando al pequeño, un ángel se hizo presente. Félix fue testigo de cuando el cuerpo del bebé se desintegró en el aire y, de un momento a otro, ya no estaba. La visitación había cobrado doble. El ángel siempre acompañó a su inerte esposa; ella no estaba muerta, pero no reaccionaba a los estímulos externos, y sus órganos se encontraban muy deteriorados. El ángel, con su presencia, había provocado ese estado de semi-vida a su esposa y, además, evitaba que ella muriera.
    Se suponía que esas cosas no debían de pasar, pero pasaban; los ángeles no solían dejar algo a medias, y cuando eso ocurría, resultaba en un error como este; la visitación debió de haber afectado a su esposa o al bebé, pero no a ambos.
    Félix decidió mudarse a un nuevo edificio de departamentos.
    Desde ese día, hacía ya una década, su esposa se encontraba en cama, recibiendo el cuidado de su esposo y de los médicos que la visitaban algunas veces por semana; y siempre había un ángel presente que impedía que muriese.
    Había rezado por más de un siglo y, al final, Dios terminó arrebatándole las dos cosas más valiosas que tenía.
    Al terminar de hablar, Félix alzó la mirada y notó las expresiones en los rostros de los presentes, expresiones llenas de indignación que luego fueron seguidas por palabras de comprensión. Félix se sintió un poco mejor, esas personas extrañas parecían entender por lo que había pasado. Uno por uno tocó el turno de todos ellos, y Félix encontró casos similares al suyo, cuando siempre había pensado que lo que le había sucedido era la excepción.
    Uno de los presentes expuso su caso. Al terminar, habló de cuando él y otras personas capturaron a un ángel durante una de sus visitaciones. Describió el método por el cual lo habían atrapado.
    —Al principio el ángel resplandecía, como siempre lo hacen —dijo el hombre—, luego lo capturamos y pareció no darse cuenta de su situación. Notamos que el ángel brillaba cada vez menos, hasta que... hasta que murió.
    Félix ya había escuchado antes un caso de un ángel muerto, aunque parecía más un rumor que una noticia. El hombre que dijo haber matado al ángel les mostró algunas fotografías de lo sucedido.
    —Los ángeles son más dependientes de Dios que nosotros —dijo alguien—, tiene lógica pensarlo, ellos están más cerca del Creador. Tal vez Dios no esté en todas partes sino en algún lugar en específico y, por eso, cuando ellos se alejan de Dios se ven debilitados y mueren.
    Por supuesto, era teoría sobre teoría. Nadie había visto a Dios, nadie sabía si era un ser físico como sus creaciones, tampoco si habitaba en la Tierra.

    Ese día, el ángel que cuidaba de su esposa no era el mismo que antes. No pudo ver cuando se había marchado el anterior y había llegado el nuevo. Félix se sentó en la orilla de la cama donde yacía su esposa y miró al ángel.
    La habitación estaba iluminada por el brillo azulado y cálido que venía del ser. Éste miraba a un lugar frente a él, como un soldado inamovible que custodiara la entrada de un palacio. Su forma era humanoide, pero distaba mucho de la de un humano: sus ojos parecían estar en la frente, no tenían párpados; su boca era una línea recta sin labios; sus orejas eran apenas unos pequeños cartílagos redondos, que se dejaban ver debajo del blanco cabello que caía hacia los lados; las blancas alas, que extendidas tendrían cuatro metros de largo, ahora estaban plegadas en su espalda; el pecho era ancho, pues se necesitaban grandes músculos para mover esas alas.
    Félix reguló el aparato que alimentaba a su esposa y éste hizo fluir más nutrientes. Tomó el control remoto y encendió el televisor:
    Las noticias informaban sobre el ataque de un hombre que se había hecho detonar en un centro comercial, matando a más de cuarenta personas. Las imágenes no enfocaron los cuerpos destrozados, por consideración de la teleaudiencia, sólo al grupo de ángeles que de pronto aparecía y reunía los restos para reconstruir a las personas, luego se veía al suicida ser detenido por un par de policías apenas formados; todos estaban desnudos. Esta clase de ataques no iban dirigidos a personas sino a cosas. La gente no podía morir para siempre, al menos que Dios así lo decidiese. Se puede destruir un cuerpo humano, y éste vuelve a la vida, pero objetos o cosas no vivas... los ángeles no reconstruyen eso.
    Al cambiar de canal, encontró una entrevista que le estaban haciendo a Nikola Tesla, el inventor de los atrapa ángeles, como muchas personas habían bautizado al artefacto.
    —Mi interés inicial fue sólo de estudio —dijo Tesla—, necesitaba retener a un ángel para poder estudiarlo. Es la primera vez que lo pudimos lograr, y los avances que hemos logrado son importantes. Sin embargo nunca imaginé que los ángeles pudiesen morir.
    —Aún así, su invento se encuentra al alcance de quien lo quiera adquirir —dijo el entrevistador.
    —Así es —respondió Tesla.

    El satélite geoestacionario enfocó y captó las formas nubosas moviéndose desperdigadas a nivel de las nubes. La visión térmica permitió distinguir tres grupos diferenciados, tres ángeles que volaban, como bolas de gas, entre las nubes. El satélite siguió su recorrido e identificó a los seres por su código.
    El catálogo de ángeles incluía a poco más de cien millones de ellos, que revoloteaban como pequeñas nubes por toda la superficie de la Tierra, evitando la muerte última de los hijos de Dios.
    Uno de ellos se separó del grupo y bajó hasta el nivel de las casas, entrando a una de ellas, compactando su cuerpo y tomando forma definida. En el interior, un hombre sostenía una escopeta que acababa de descargar sobre su amigo. El hombre sonrió al ver llegar al ser alado y encendió un pequeño aparato que estaba en el suelo. El ángel no pudo moverse, por su mente pasaba una sola cosa: revivir al hombre que se encontraba tirado con el cráneo abierto, encima de un charco de sangre y sesos, y así cumplir la voluntad del Padre.
    El hombre puso un cartucho en la cámara de la escopeta y la apuntó al ángel, disparándole en el rostro. La cabeza del ángel se dispersó y luego volvió a formarse. Los ojos negro sobre negro del ser miraron a un punto por arriba de la cabeza del hombre. El sujeto dejó su escopeta en una mesa y fue a prepararse un emparedado, luego regresó y movió un sillón para observar de frente a su presa. Cuando se terminó el emparedado, el brillo del ángel ya era menor. Permaneció sentado mientras el ángel se apagaba. Un par de horas después, el ser ya no despedía luz y, de un momento a otro, su cuerpo se desmoronó y cayó al suelo como una estatua de polvo, junto al cadáver de su amigo.
    Luego llegó otro ángel, pues el humano no había sido revivido aún. El hombre acomodó el aparato y limpió el polvo de encima. El ángel se acercó lo suficiente al atrapa ángeles, el hombre lo encendió de nuevo.

    Llamaron a Félix por teléfono con una invitación para que se presentara en un programa de televisión exponiendo su caso. Los de la televisora habían visto el video de la sesión del grupo de apoyo y de inmediato se pusieron en contacto con él. Félix aceptó la invitación y se presentó al día siguiente.
    Entre los otros invitados, Félix vio a un Hombre de Neanderthal, sentado a su derecha. Era pelirrojo y vestía de traje, podría haber pasado por un Homo Sapiens, de no ser por su llamativo arco ciliar, su ausencia de mentón y su ancha nariz.
    —Quiero morir —declaró el Neanderthal ante las cámaras, en un español casi perfecto—, he hecho todo lo que quería hacer con mi vida, he vivido durante más de sesenta y tres mil años. Presencié las migraciones de Homo Sapiens a Europa cuando tenía treinta mil años de edad. Mis padres vivieron al tiempo que su especie apenas surgía —miró a los presentes—, y he visto más que la mayoría de la gente. Lo único que quiero es irme en paz.
    Luego tocó el turno de Félix, quien básicamente repitió lo que antes había dicho en el grupo.
    —Si tuviera a Dios de frente —le dijo el reportero—, ¿qué le diría?
    Félix se miró las manos.
    —Le diría... que hiciera algo por mi esposa.
    —Yo lo mataría —respondió otro de los presentes—, mataría a Dios.
    Al programa le siguió un análisis a cargo de Platón y Arquímedes acerca de la mortalidad de los ángeles y la inmortalidad de los humanos, esta última debido a la intervención angelical.
    —La naturaleza de las cosas vivas es dejar de vivir —dijo Arquímedes—, por tanto, los ángeles cometen actos antinaturales al preservar la vida de esta forma.
    —¿Dices que Dios obra de manera antinatural? —preguntó Platón.
    Arquímedes se encogió de hombros.
    —Allí están los hechos —dijo.

    —Acaban de atrapar a un ángel —dijo el vecino—. Estamos en el 305, por si quieres ir a ver. —El hombre miró a Félix y le dio una palmada en el hombro—. Muchos vieron el programa, gracias por contar tu caso, nos has motivado. Todos querían hacer esto pero necesitaban que alguien les dijera lo mal que están las cosas.
    Félix vio el rostro del hombre, que tenía un hilo de saliva entre los labios semiabiertos. Cerró de un portazo y vio que en el suelo había un folleto que anunciaba los nuevos atrapa ángeles, lo arrugó y lo tiró a un bote de basura.
    Un médico llegó al departamento de Félix para revisar el estado de su esposa. Ya se habían acostumbrado a la presencia de un ángel dentro de la habitación. El médico leyó, bajo la luz del ser, los registros de los últimos días, que se habían recogido en la memoria del ordenador que mantenía funcionando los aparatos de observación.
    El médico tomó asiento mientras interpretaba los datos, tallándose los ojos con expresión cansada, luego revisó a la mujer y los aparatos de chequeo.
    El estado de su esposa se había deteriorado. Antes, al menos sus órganos funcionaban de manera no tan deficiente, aunque su cerebro no respondiera a los estímulos externos; ahora, sus órganos mantenían con vida el cuerpo sólo justo por encima del límite donde sobrevendría la muerte. El ángel impedía que bajara hasta ese límite. En esas condiciones, ya no podía esperarse una recuperación, sólo un milagro podría salvarla.
    Un milagro.

    Félix hojeaba una revista cuando vio otro de esos anuncios de atrapa ángeles. Permaneció en la cama unos minutos, luego fue al teléfono y marcó el número para pedidos, mientras miraba al ángel junto a su esposa. Escuchó el tono de llamada y de inmediato colgó. Su respiración estaba agitada. Regresó a la cama y alejó de sí la revista.
    Desde el día de la entrevista a Félix y a las otras personas, las ventas de atrapa ángeles Tesla se dispararon. Incluso la compañía Newton-Pascal, presidida por estos dos grandes hombres de ciencia, lanzó una versión mejorada del artefacto, que mataba a los ángeles en cuestión de minutos.
    —Los ángeles muestran claros comportamientos de autómata —dijo Alan Turing—, parece que sus mentes están programadas con el solo objetivo de revivir lo que ha muerto. Ni siquiera se defienden ante los ataques.
    —¿No podríamos esperar que los siervos de Dios fuesen más que autómatas? —preguntó Amenhotep—. Me parece insultante. Decir eso sería menospreciar al Creador.
    —Nunca hemos podido presuponer cosas respecto a Dios —contestó Turing—. Tú construiste aquella estatua hidráulica cantante para el rey Memon de Etiopía, si quisieras que tu creación tuviese un solo objetivo, ¿lo dotarías de algún tipo de consciencia o sólo de lo estrictamente necesario para cumplir su única tarea?
    No importaba tanto lo que los ángeles fueran o no fueran, la gente los comenzó a asesinar. Internet se llenó de videos de personas que capturaban un ángel y lo dejaban morir. Las redes sociales se saturaron de recomendaciones para usar y optimizar los atrapa ángeles.
    No era posible saber cuántas personas practicaban el asesinato de ángeles, lo que sí se podía afirmar es que eran muchos, millones. Matar a un ángel comenzaba a ser cuestión de orgullo y competencia, incluso algunos presumían de haber asesinado a más de un centenar.
    Lo peor era la facilidad con que se podía llevar a cabo. Sólo era necesario que alguien cometiese asesinato, ya fuera de un humano, de algún otro animal, o incluso de una planta, sin fines alimenticios. Entonces un ángel llegaba y era susceptible de ser capturado y asesinado y, cuando éste moría, llegaba otro para reparar el daño que se había hecho y no había sido arreglado, así que también se convertía en un blanco perfecto.

    Los satélites en órbita terrestre monitoreaban cada centímetro debajo de ellos. Muchos ángeles ya no habían sido vistos. Los bancos de datos incluían a más de cincuenta millones de ellos, pero en los últimos días sólo se habían captado, caminando en la tierra o volando en el aire, en su forma humanoide o como una nube, a tan sólo un par de millones de ellos.
    Los que quedaban, se desplazaban de un lugar a otro, expandiendo cada vez más sus cuerpos para abarcar áreas mayores, haciendo el trabajo que sus hermanos ya no podrían hacer más. Cada pocas horas, los ángeles se juntaban en pequeños núcleos en varias partes del mundo. Algunos decían que Dios no estaba en todas partes, pero tampoco en un solo lugar sino en varios, en aquellos lugares donde los ángeles se reunían en grandes cantidades, aunque estos sitios no siempre eran los mismos.
    Félix besó la frente de su esposa y se sentó a su lado. La luz de la habitación estaba apagada pero el resplandor del ángel era casi tan intenso como si estuviese encendida. El ser era diferente al del día anterior, y también al del ante-anterior, como lo había sido durante los últimos diez años. Así que Félix había visto a casi cuatro mil ángeles, en total, permanecer a un lado de la cama, en completo silencio e inmóviles.
    Félix siempre le había rezado a Dios, nunca le había dirigido palabra alguna a un ángel, además de insultos. Sin embargo ya se había cansado de pedirle a Dios. Ese día le rezó al ángel. Miró los ojos oscuros del ser, todo pupilas, quizá para captar lo más posible la luz del Creador, con la mirada siempre fija en el vacío.
    Félix no esperaba que le respondiera.

    Cuando Félix despertó, el ángel aún seguía allí, aunque notó que era diferente al anterior. Los gritos que venían de no tan lejos lo despertaron. Se levantó y salió de su departamento. En el pasillo vio a varias personas gritando, parecían felices. Cuando Félix llegó, lo abrazaron e hicieron que se les uniera, sin embargo él no tenía idea de qué se trataba. Las personas del edificio siempre le habían parecido muy empáticas pero sólo en pocas ocasiones había sido partícipe de esa empatía.
    —Está embarazada —le dijo un hombrecillo algo calvo y de ojos vidriosos, mientras lo abrazaba—, ¡mi esposa está embarazada! ¡Mi esposa se hizo la prueba y está embarazada!
Félix lo miró perplejo, con la mirada de quien se acaba de levantar y recibe una noticia importante.
    —No ha habido ningún embarazo en este lugar desde... —comenzó a decir Félix.
    —Desde hace dos siglos —terminó de decir el hombrecillo—, sí, lo sé, y ahora mi esposa se embarazó. Y, ¿sabe qué es lo más raro?, que no vimos a ningún ángel.
    Félix se imaginó a la mujer de ese hombre teniendo un hijo y después el pequeño siendo arrebatado, como su propio hijo. Se alejó de allí.
    A la mañana siguiente seguía sin reportarse ninguna novedad, lo que no era normal, pues los milagros siempre se presentaban en pares: una muerte y la gestación de una nueva vida. Fue a medio día cuando se registró una muerte.
    Félix miró al ángel y se apresuró a vestirse, subió algunos pisos y se encontró con un grupo de gente en el pasillo, reunidos alrededor de una mujer que sollozaba en el marco de su puerta.
    —Ha muerto, ha muerto —dijo la mujer—, mi madre ha muerto.
    Félix se sintió desorientado, automáticamente se dirigió hacia el departamento de aquella mujer, entre las otras personas que momentos antes estaban festejando. En el interior, una mujer de ojos rasgados que había vivido al menos cinco mil años estaba sentada en su sillón, con los párpados y la cabeza caída.
    —Dicen que no vino ningún ángel —comentó alguien—, que tan sólo... murió.
    Luego de eso, nadie habló. Félix no quería estar allí, así que regresó con paso lento a su departamento. Dos milagros acababan de ocurrir después de muchos años sin que pasara alguno en aquel lugar. Sin embargo, en ninguno de los casos de había visto a un ángel, lo cual evidentemente no podía ser posible, pues sólo Dios, por medio de sus siervos, podía dar vida o arrebatarla.
    Entró al cuarto donde se encontraba su esposa. El ángel, que ya casi no brillaba, giró su cabeza hacia Félix y parpadeó. Félix se quedó petrificado junto a la puerta, vio al ángel desplegar sus alas y mantenerlas extendidas por unos segundos. Luego, el cuerpo del visitante se dispersó en millones de partículas, que se fueron, como una nube, por el conducto de aire.
    La habitación quedó a oscuras, sólo iluminada por el débil brillo de los monitores vitales.
    Con paso lento, Félix se acercó a su esposa y se inclinó sobre ella. No vio ese subir y bajar de su pecho al respirar. Con una mano temblorosa, le tomó el pulso. Los aparatos que la monitoreaban indicaban lo mismo. Félix se sentó en la cama y, con una sonrisa triste, pasó los dedos a través del largo cabello de su esposa muerta, dejando escapar un “gracias” que se perdió entre el silencio.

    Los satélites que orbitaban la Tierra vieron pequeñas nubes, grupos de ángeles, dejar la atmósfera para internarse en el espacio. Ese día, un presentador de televisión dijo:
    —Parece que Dios y sus ángeles nos han abandonado luego de lo que les hicimos. Pueden llamarlo castigo divino o recompensa. Creo que muchos han conseguido lo que querían. Yo he conseguido lo que quería. Ahora la vida y la muerte dependerán únicamente de los seres vivos y de su condición. —El hombre hizo una pausa—. Este será nuestro último programa, damas y caballeros, sólo tengo una cosa más qué decirles: ha sido un placer. —El presentador tomó un revólver y se disparó en la boca.
    Ningún ángel apareció para revivirlo.

junio 02, 2012

Un par de mini-relatos

LOS ÁRBOLES DANZARINES

La leyenda cuenta que cada 127 años los árboles de un pequeño bosque de Berlín mueven sus ramas al ritmo de una canción de la que ya no se tiene recuerdo, como lo habían venido haciendo desde antes de que el hombre caminara por aquel lugar.
      Sin embargo, un día todo el bosque fue talado, y de los árboles danzarines ya no se volvió a saber más.
     Se sabe que su madera fue usada para construir cajas que, cuando se le daba la vuelta a una manivela, dejaban salir una suave música que se escuchaba en los días alegres y en los días tristes —que dejaban de ser tristes gracias a los que tocaban esas cajas—, en las plazas y lugares concurridos de Berlín.
     Algunas de esas cajas cruzaron el Atlántico y llegaron a la capital de un joven país del Nuevo Continente. Los lugareños quedaron maravillados por estas cajas, y el mismo sonido que había llenado el frío aire de las calles de Berlín ahora se extendía por el viento cálido de esa ciudad, impregnándolo de vitalidad.
     Y por muchos años esa música no cesaba, y se seguía escuchando alegre en las plazas y en los parques. Los que poseían una de esas cajas, gente respetada y admirada, las cuidaban como si de un hijo se tratase, reparándolas cada vez que la manivela se aflojaba o de cuando en cuando, cuando era necesario.

     Un hombre, de traje y gorro cafés y zapatos negros bien lustrados, giraba una y otra vez la manivela, revolviendo el cilindro que se escondía en el interior. En un gorro, un pequeño dejó caer una moneda al pasar por la alameda. Algunos iban de largo sin detenerse a escuchar, parecían siempre llevar la prisa de mil halcones.
     El hombre se secó el sudor de la frente. Saludó a los jugadores de ajedrez que, sentados en bancas y refugiados del inclemente sol por las altas copas de los árboles, disputaban su partida como si fuese lo último que harían en sus vidas. 
     Y el hombre siguió sacando ese sonido de la caja, también, como si fuese lo último que haría en su vida. Agradeció el viento que de pronto refrescó su rostro, y vio que los árboles se mecían por la ráfaga que ahora levantaba el polvo que se había acumulado en el empedrado. 
     Al hombre le pareció que aquellos árboles se movían al ritmo de la música que producía. Giró la manivela un poco más rápido y la música se aceleró, y las ramas, atentas y precisas, siguieron el sonido que salía de aquella vieja caja que había cruzado el Atlántico hacía 127 años.
     Las ramas de aquellos viejos árboles se doblaron como si fuesen de hule y los gruesos troncos se inclinaron hacia el que hacía girar la manivela, dándole gracias por su dulce despertar, luego de tanto, tanto tiempo.


LA DETERMINACIÓN DE ELLIE EL ELECTRÓN

Ellie sabía que era un electrón, lo supo desde el momento de su nacimiento, cuando se separó de Posie el positrón, su hermano gemelo pero de carga contraria. Ellie sintió que comenzaba a girar hacia la derecha. La vida parecía divertida, te llevaba siempre hacia la derecha. Pero mirando hacia atrás pudo ver que Posie giraba hacia la izquierda, describiendo una curva como la suya, pero en sentido contrario. 
     Los científicos observaron la cámara de niebla y las trazas de las partículas dibujarse en el interior. 
     —Ese es un electrón —dijo uno de los científicos. 
     —Y ese es un positrón —dijo el otro. 
     —Pero cuando surgieron del fotón inicial era imposible saber cuál era el electrón y cuál el positrón. 
     —Eso es cierto, pues las funciones de onda de ambas partículas no estaban determinadas. Cada partícula era electrón y positrón a la vez. 
    —Y ha sido hasta que supimos que una de las partículas era un electrón que la otra forzosamente debía de ser un positrón.
     —Por conservación de la carga y del momento. 
     —Si hubiésemos detectado primero al positrón habríamos sabido que el otro era un electrón. 
    —Por conservación de la carga y del momento. Y porque la naturaleza depende del observador. Una partícula no está determinada, no es algo concreto, sino hasta el momento en que es observada. 
     Y así, los científicos siguieron con su conversación. 
    Y Ellie, que sabía que era un electrón y siempre lo había sido, seguía girando y girando hacia la derecha, ajeno a las teorías de los hombres, inmerso en el campo magnético, recibiendo golpecitos de fotones que le causaban cosquillas.

Terry Pratchett - Choosing to Die

Hoy quiero mostrarles un video documental del periodista y escritor de Fantasía Terry Pratchett, de quien actualmente leo "Dioses menores", una novela ubicada dentro de su magna saga Mundodisco. Por este trabajo, titulado Choosing to die, Pratchett ganó el Premio BAFTA (British Academy of Film and Television Arts) a mejor documental. Trata sobre el Alzheimer. Pratchett tiene Alzheimer y ha considerado la posibilidad de, en un futuro, recurrir a la muerte asistida, la eutanasia, cuando su enfermedad avance tanto que ya no pueda hacer lo que tanto ama hacer. Es un documental muy intenso, muy fuerte, conmovedor. Está subtitulado en castellano, si no ven los subtítulos, hagan click en el botón que dice CC.


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