Bueno, estos días he estado y estaré bastante ocupado, y no he podido proseguir la historia de los humanos y de los cordarianos, así que por mientras les dejo una historia que escribí en abril aunque la había comenzado a principios de este año, pero la primera versión no me convencía. Es una historia que para mí fue una nueva experiencia escribirla, pues es de fantasía, y resultó ser un curioso reto para mí, cuando estaba acostumbrado a escribir sólo ciencia ficción. Al menos para mí, son muy diferentes, mucho, la ciencia ficción y la fantasía, aunque tengan elementos en común. Y me gustó el reto. Sólo que disculpen la extensión, porque no es corta, y me he dado cuenta que últimamente me resulta más fácil escribir historias cada vez más largas. Supongo que eso es bueno, para cuando me anime a hacer algo más ambicioso. Espero que la disfruten.
Elrendor, el secretario del Rey Ollun, entró en la gran sala. El lugar corespondía a la sede del reinado, pero no eran lujos los que allí abundaban, y lo menos austero de entre todas las cosas de la sala era la magnífica silla de pulida madera y metal incrustado. El secretario se acercó al rey, que yacía, pensativo, frente al enorme vitral multicolor, en el cual se abría una pequeña ventana, y el rey veía las figuras que se movían en el exterior: los hombres y mujeres de Hesterlund. Elrendor le dijo algo en voz baja, como cuando se dice una noticia de vital importancia. El rey se estremeció y cruzó sus manos detrás de la espalda. Se volvió de nuevo hacia la ventana y fijó su vista en la gente que se movía por las calles, a pie o en sus carros. El secretario esperó pacientemente. Luego de unos momentos, el rey asintió lentamente con la cabeza. La guerra iba a comenzar.
El secretario había logrado juntar una facción lo suficientemente grande de servidores públicos del reino y personas cercanas al rey como para convencer al Rey Ollun de que era necesario tener posesión de las trece gemas. Ahora el reino acababa de salir de un conflicto generado por la invasión de una gran potencia, Nortlund, a la que se había logrado expulsar del territorio a costa de un enorme derramamiento de sangre, cosa que el rey resintió mucho pues su hija había perecido durante el conflicto. No podía permitir que algo así se repitiera; aún más, la mayoría de la gente vivía en la pobreza después de la guerra, así que era su responsabilidad, como gobernante, darles una mejor vida y que su reino prosperara.
Entonces el rey designó a un grupo de valientes y fuertes caballeros para obtener las trece gemas. Esta vez no sería una guerra contra humanos, sería una guerra contra dragones.
Y fueron cayendo, dragón tras dragón. No eran tan fuertes como en las leyendas que se cuentan sobre ellos, donde devastaban pueblos enteros, pues ahora parecían haber cambiado. No eran tan feroces como antaño. El sexto de ellos fue asesinado. Esa misma noche dos dragones incendiaron la parte sur del reino, cerca del castillo del rey. Se defendían con fiereza, pero no con la suficiente. El séptimo cayó y así mismo el octavo.
Los reinos cercanos habían recibido las noticias de sus espías, y supieron que algo grande traía en manos el Rey Ollun. Buscaron en las antiguas leyendas y encontraron que se hablaba de las gemas, de trece gemas custodiadas por trece dragones, y quien tuviera las trece gemas tendría el poder. Sabiendo que se trataba de un poder mayor que cualquier otro antes conocido, ellos también quisieron las gemas. Las desearon con toda su belicosidad y se unieron a la guerra, pero su enemigo no era uno.
Antes del amanecer, los ejércitos de Nortlund y de Roden, por caminos separados, avanzaron y cruzaron las montañas.
El rey Ollun estaba sentado en su silla, contemplando las ocho gemas que se habían conseguido hasta ese momento. Sobre una mesa, frente a él, ordenadas en fila, los símbolos de su incompleta victoria. Faltaban cinco, aún. Se sintió un poco desorientado pues por un momento había olvidado el por qué de tal cacería de dragones, aunque tenía la razón frente a sus ojos. Recordó que él mismo lo había ordenado. Pero no estaba totalmente de acuerdo. Sabía que había otras formas de devolver la prosperidad a Hesterlund que consiguiendo el poder de ese modo. Se preguntó por qué ningún otro reino aparte del suyo había intentado robar las gemas, ¿sería que no conocían la leyenda, que ésta solamente era originaria de Hesterlund? Quizá desde antes que el reinado recibiese su nombre actual, pocas personas habían hablado de las gemas y los dragones, y tal vez no se la habrían contado a los forasteros. Eso explicaría por qué la leyenda no era muy conocida, y que la primera vez que se hubiese enterado de ella halla sido por su secretario. Pero la historia se conocía, aunque había estado olvidada por el tiempo.
Ollun se levantó de su silla, bajó la escalerilla y caminó hacia la larga mesa, cubierta con un mantel negro. Observó detenidamente las gemas. Eran preciosas. Aunque había poca iluminación, la del rojizo sol que se filtraba por las ventanas y vitrales, las gemas brillaban apreciablemente. Miró la octava gema, más hermosa que las anteriores. Su color violeta le fascinó. Ollun estaba acostumbrado a apreciar la belleza de las cosas, y le parecía extraño que esas gemas, aparte de ser muy bellas, podían darle poder. Pero la belleza y el poder a veces llegan juntas. Tomó la gema en sus manos y la examinó muy de cerca. Parecía que tenía vida propia, casi la sentía latir, y había un resplandor que salía de ella, que no era el reflejo de nada exterior. El rey se comenzó a sentir mareado y sintió un temblor por todo el cuerpo. Vio que la mesa de pronto se alejaba de él y el suelo se veía más lejos. Su cabeza golpeó contra el techo.
—¿Un dragón en el castillo?—exclamó en caballero, corriendo hacia la sala del rey, con su espada en la mano. El arquero le seguía el paso.
Al entrar, vieron al enorme dragón, moviéndose violentamente y golpeándose con libreros y muebles, que caían al suelo. Los dos hombres nunca habían visto a un dragón de cerca, sólo habían visto sus sombras en la oscuridad de la noche, volando encima de las casas, y habían escuchado sus rugidos y el crepitar del fuego que lanzaban, pero sabían muy bien cómo eran. El arquero tomó tres flechas y, con una enorme rapidez las colocó en su arco, que tensó fuertemente, y las lanzó una tras otra, en ráfaga. Las flechas se incrustaron en el cuerpo del dragón, que se convulsionó de dolor. Su cola impactó contra el enorme vitral, que se hizo pedazos y cayó estruendosamente. El dragón, aturdido, miró hacia el agujero donde estaban aún colgando pedazos del vitral multicolor y salió aleteando. Pero no pudo controlar sus alas y cayó sobre el jardín del frente del castillo, aunque pronto reanudó el vuelo, esta vez con éxito.
Los cuernos de alarma comenzaron a sonar por todo el reino, pero el dragón se había alejado rápidamente. La noticia difundida inmediatamente fue que el rey había sido raptado y posiblemente devorado por un dragón.
El Rey Ollun seguía desorientado. Estaba volando. Podía ver las casas y los edificios debajo de él. Era maravilloso. Sólo que se había transformado en un dragón, de alguna forma había ocurrido. Miró sus manos, escamosas, como el resto de su cuerpo, con enormes garras queratinosas, duras como cornamentas, de color negro; aún sostenía la octava gema. Era la gema, no podía ser otra cosa, había en ella un hechizo que lo había convertido en dragón, pero ¿para qué?
Pronto salió de los límites de Hesterlund y se adentró en la gran extensión de bosques y montañas que separaban a su país del país más cercano. Se preguntó hacia dónde se dirigía, y se dio la vuelta, pensando en regresar.
Pero tenía compañía. A lo lejos, como un punto plateado en el cielo, que se iba haciendo cada vez más grande, un dragón venía en su encuentro. Ollun se estremeció y cambió de dirección. El dragón que lo seguía era más rápido que él, de vuelo ágil, así que él, atemorizado, bajó y se escondió entre el oscuro bosque. Su cuerpo tuvo problemas para pasar entre las estrechas ramas de las altas copas, y se adentró a la masa de vegetación, esperando que el dragón lo perdiera de vista. Pero notó un fallo en su actitud: ¿por qué se estaba ocultando?, ellos le habían hecho eso, convertirlo en dragón. Sin embargo de él había salido la orden de comenzar esta guerra contra los dragones, guerra que los hombres parecían tener ganada.
El dragón también se adentró, como un ave en picada, al bosque. Ollun vio las ramas doblarse y las hojas desprenderse delante de él. El imponente dragón plateado se posó en la alfombra de hojas.
El dragón lo miró y Ollun sólo esperaba su muerte. La merecía, merecía la muerte, pensó.
—¿Por qué huye, Rey Ollun? —dijo el dragón con una voz como de trueno, que parecía poseer una infinita sabiduría.
Ollun, sabiendo que no tenía nada que perder, contestó:
—Huyo porque no quiero perecer por los actos atroces que he cometido —se sorprendió por cómo sonaba su voz, tan dura, tan potente, que resonaba entre los árboles.
El dragón inhaló profundamente y exhaló un aire caliente que Ollun percibió sobre su dura piel.
—Está sangrando —dijo el dragón plateado—. Será mejor que le retiremos esas flechas y curemos esas heridas, si no, se infectarán gravemente —guardó silencio por un momento—. ¿Para qué quieren las rocas? —le preguntó, severamente—. ¿Por qué nos han asesinado para robarlas?
—La leyenda... —dijo Ollun con la voz temblorosa—, la leyenda cuenta que quien posea las gemas tendrá el poder para conquistar todo lo conquistable.
—Y por eso las hemos resguardado, de la codicia de los humanos. Siempre están buscando poder y dominio sobre todo, matando y haciendo la guerra. Y si les dan el poder, no se conforman con tenerlo, sino que siguen matando y siguen haciendo la guerra. Tu pueblo, Rey Ollun, no será el primero que sucumba ante tal poder. Lo que no dice la leyenda que tú conoces es que hace mucho tiempo nuestras rocas fueron robadas por una raza que ahora ya no camina por la faz de la tierra. De su codicia sobrevino su destrucción. Hemos estado aquí desde un tiempo del que no se tiene registro; vimos cómo del mundo fueron barridas razas enteras, y no queremos ver que la tuya sea una de ellas, Rey Ollun. No lo vamos a permitir.
Una gran explosión se escuchó a lo lejos, seguida del lastimero rugido de un dragón. El dragón plateado se giró rápidamente y batió sus alas con fuerza, rebasando, con un sólo aleteo, las copas más altas de los árboles. Ollun lo siguió. Levantaron el vuelo y en las cercanías avistaron una nube de polvo que se levantaba al pie de una montaña de roca oscura.
Un grupo de hombres luchaban contra un dragón y la bestia estaba a punto de desfallecer. Tenía flechas por todo su cuerpo y su carne estaba abierta por el filo de las espadas. Se retorcía y lanzaba fuego por su boca, pero no lograba hacer daño a quienes daño le hacían. Los hombres voltearon al cielo y vieron a los dos dragones acercarse. El dragón plateado, desde el aire, arrasó con fuego a los hombres, iluminando con sus llamas la oscura noche; algunos se cubrieron con sus escudos pero el dragón plateado descendió y usó sus fuertes mandíbulas y su poderosa cola para acabar con todos ellos. Luego miró a su amigo, que yacía en el suelo, en el frente de la cueva. Se le acercó, mientras Ollun observaba con tristeza al moribundo dragón.
El dragón plateado miró fijamente a su amigo, que apenas podía alzar la vista. Acercó su cabeza al malherido dragón y lamió su ensangrentado rostro.
—He fallado —dijo el dragón moribundo—. Se han llevado la roca.
—Has cumplido con tu trabajo, has sido valiente, has protegido la roca con tu propia vida. Es el acto más heróico que puede existir para nosotros, aunque luego venga el fracaso.
El dragón exhaló largamente.
—Es imposible ganar esta guerra.
—¡No digas eso! —le reclamó.
Pero el dragón ya no tenía fuerzas para seguir, y su cabeza se terminó de posar en el suelo pedregoso, cerrando los ojos para siempre. El dragón plateado, de espaldas a Ollun, dejó caer algunas lágrimas. Los dragones rara vez lloran, pero esta era una de esas veces.
—¡No es imposible ganar esta guerra! —exclamó el dragón, con furia, mirando a Ollun—. Aún somos cuatro, cinco si te incluyo. ¡Podemos seguir luchando!
—¿Cuatro? —exclamó Ollun—, pero los demás dragones pueden ayudar a pelear.
—No hay más dragones— dijo el dragón plateado—. Tú y nosotros cuatro, los restantes cuatro protectores, somos los únicos dragones que caminan por la tierra y vuelan por los aires.
El rey Ollun sabía el por qué de que los dragones estuviesen casi extintos. Había sido por las guerras brutales que los hombres, desde antaño, libraban contra los dragones, siempre para obtener territorios conquistados por los dragones o para consumir su carne, que era muy valorada como alimento y como remedio para muchas de las enfermedades que azotaron y han azotado al mundo.
—¿Si tu eres uno de los protectores, por qué no estás protegiendo ahora la gema que te corresponde? —preguntó Ollun.
—He puesto un hechizo temporal que no dejará a nadie adentrarse en mi cueva, pero no durará mucho más, así que he de regresar pronto.
—¿Las gemas... por qué no las han destruido para que no caigan en malas manos?
—No es posible destruir las piedras —dijo el dragón—, han estado en el mundo desde que existimos los dragones, antes de la llegada de los hombres, incluso antes de la de los hombres bellos que habitaban los bosques. Son parte del todo, indestructibles, por eso las protegemos desde entonces. Tampoco es posible cambiarlas de lugar, no las podemos llevar a otros lugares que no sean las cuevas donde han estado siempre... excepto por contadas ocasiones en que han sido hurtadas. Son las columnas del mundo, si se mueven del lugar que les corresponde el mundo se tambalea. Eso es lo que sabemos. Mira —el dragón señaló con una garra hacia el cielo.
El cielo estaba iluminado por las luces de una hermosa aurora, de tonos verdosos y rojizos. Ollun se sorprendió.
—La aurora —dijo—. Pero si no estamos en las latitudes altas del mundo para que se presenten.
—Así es, eso es porque el mundo ha sido afectado una vez más. Si no devolvemos las piedras a donde les corresponden estar, esto no será lo único que tendremos. La aurora que ahora ves es muy bella, ¿no es cierto?, algunas veces la belleza puede anunciar destrucción —el dragón se percató de lo que Ollun sostenía—. ¡La octava piedra! —exclamó, acercándosele.
Ollun miró la gema que tenía entre sus manos. Resplandecía.
—Escapé con ella desde mi castillo —miró a los ojos al dragón y en ellos vio su propio reflejo, que nunca había visto antes. Se echó un poco hacia atrás y desvió la vista—. Es lo que me ha convertido en lo que soy ahora.
—El dragón que resguardaba esa roca, ésa roca —la señaló—, antes de morir, lanzó un hechizo, que introdujo en la piedra, para que tu forma fuese la que es en el momento de tomarla. Sólo tú has decidido convertirte en lo que ahora eres, tu forma no refleja nada de lo que hay dentro de ti. Aunque —dijo el dragón—, veo por tus ojos de dragón, que son más expresivos y dejan ver más allá que los ojos de cualquiera de tu raza, que tu alma es noble y no es como la del resto de los hombres. No está corrompida por ninguno de los males que la suelen afectar.
—¿Qué harán ahora? —dijo Ollun, viendo al dragón que yacía muerto enfrente de la cueva.
—Pelear, resistir, con las fuerzas que nos quedan, y devolver las rocas a donde pertenecen.
Volaron hasta la cueva del dragón plateado, en las afueras del oscuro bosque, entre las montañas que separan a Hesterlund de Nortlund. Se adentraron hasta el fondo, donde resplandecía la gema, de color de plata, que cuidaba el dragón. Ollun dejó la gema violeta que cargaba consigo junto a la otra.
—Podríamos usar hechizos cambiaformas —sugirió Ollun—. Sé que los que son como tú conocen esas artes mejor que nadie. De esa forma podremos infiltrarnos donde guardan las gemas, que seguramente ya no están en mi castillo.
El dragón se alteró.
—He tenido esta forma desde que fui creado para proteger mi piedra —intentó calmarse un poco—. Pero comprendo el propósito.
Un rugido vino de dentro del cuerpo de Ollun. Era su estómago.
—Estoy hambriento —dijo—. ¿Qué comen ustedes?
—¡Oh! nosotros no comemos, no necesitamos hacerlo, así ha sido siempre. Pero hay muchos animales en el bosque que son fáciles de cazar. Yo te iré a buscar algo.
El dragón bajó volando de la cueva hacia el oscuro bosque y en menos de un minuto subió con una pequeña cabra, que cargaba entre sus fauces. La soltó y la cabra muerta cayó al suelo.
Ollun miró al dragón plateado.
—¿Qué esperas? Come —dijo el dragón—, pues necesitarás fuerzas para lo que viene.
—No está cocinada.
—Estoy seguro que el sabor no te resultará desagradable.
Esa noche el rey comió, al principio temeroso, pero el sabor de la carne fresca pareció gustarle, y por un momento por dentro dejó a un lado toda su humanidad e hizo tirones la piel y la carne, que devoró con la ferocidad del hambre. Pero tan sólo un momento después de que hubiese terminado bajaron de la cueva y el dragón lanzó un hechizo cambiaformas contra él mismo y se convirtió en hombre, o al menos su cuerpo lo hizo. A Ollun también lo volvió humano, en su forma anterior.
Confirmaron sus sospechas cuando un ejército pasó a pocas decenas de metros de ellos. El lugar estaba infestado de hombres preparados para la guerra, y no podían viajar como dragones, sino que tenían que caminar como hombres.
No había tiempo que perder. El camino no era largo. Emprendieron el camino hacia Hesterlund y cerca de la media noche ya habían llegado a la entrada del país.
—Recuerda que tú serás Eleniader, rey de Nortlund —le dijo Ollun al dragón que había tomado la forma del rey del país de Nortlund.
—La fisionomía humana me resulta molesta —dijo el dragón. Abrió la bolsa que sostenía en sus manos y miró las gemas falsificadas.
Ollun se acercó hacia la gran puerta metálica: la entrada a su reino.
—¡Abran la puerta. Ollun, Rey de Hesterlund, ha regresado! —dijo con voz imperiosa.
Un guardia se asomó desde arriba de la muralla y bajó rápidamente hasta la puerta, al ver al rey. La puerta se abrió lentamente.
—¡Rey Ollun! —le dijo el guardia, mientras lo abrazaba—. Oh... lo siento —se alejó un paso y se puso firme, haciendo el saludo oficial.
—Anuncie al reino que he regresado —ordenó Ollun.
El guardia escoltó al rey a su castillo, y durante el camino se le reunieron más meimbros de la realeza y los mismos pobladores. Le preguntaron al Rey Ollun sobre lo que había ocurrido y sobre su inesperado acompañante. Les dijo que había logrado convencer al dragón que lo había secuestrado para que lo liberara, fuera o no creible, y que posteriormente se había reunido con el Rey Eleniader para firmar un pacto de paz entre los dos paises.
Pero no todos estaban de acuerdo y contentos con el regreso del rey, sobre todo aquellos que en sus intereses era más conveniente que el rey estuviese muerto. Elrendor, el secretario, era uno de ellos.
Por todo el país se divulgó la noticia del regreso del rey y se hizo un banquete en su honor. Elrendor, el secretario, se sentó al lado izquierdo del rey Ollun y el Rey Eleniader, el dragón, a su lado derecho.
El Rey Ollun presentó a su invitado, bajo el disfraz de Eleniader, Rey de Nortlund, país con el que habían estado recientemente en guerra. Les habló del acuerdo de paz y todos brindaron alegremente.
—Me he enterado que ya han logrado conseguir la novena gema —le dijo Ollun a su secretario y le dio una palmada en el hombro—. Han hecho un buen trabajo.
—De la última misión perdimos a todos menos a uno, que fue el que consiguió traernos la gema —dijo el Secretario Elrendor—. Nos dijo que dos dragones aparecieron y mataron a los demás.
—Asegúrese de hacerle un homenaje a ese hombre cuando logremos el éxito total de la campaña.
El secretario asintió con la cabeza.
—Quisiera ver esa última gema y todas las demás —dijo Ollun.
—Sólo que... —carraspeó el secretario—, el dragón que lo secuestró a usted, Su Majestad, se llevó la octava. Ha sido una suerte que le haya perdonado la vida —dijo Elrendor, disimulando lo que pensaba relamente. Se inclinó sobre el oído del rey y le susurró—: ¿El rey de Nortlund sabe algo sobre las gemas?
Ollun tomó un trago de vino de su copa.
—No, no lo sabe ni lo tiene qué saber.
Una sonrisa se marcó en el rostro del secretario y también tomó un trago de vino.
Al terminar el banquete, Ollun se dirigió a su oficina, con el doble de Eleniader. El rey pidió que los dejasen solos. Ollun se percató de que ya habían arreglado el vitral que había roto. El dragón, con cuerpo de humano, abrió la bolsa que cargaba con él, donde guardaba las falsas gemas, y sacó otra bolsa más pequeña, que contenía tierra del interior de su cueva. Recitó el hechizo en draconiano y, tirando un puñado de tierra encima de sí mismo, tomó la forma del Rey Ollun. Lo mismo hizo con el rey, que tomó la forma de Eleniader. En un momento salieron de la oficina real. Los dos se separaron. Un hombre guió a Eleanider, que era realmente el mismo Rey Ollun, a un recorrido por el reino; un guardia dirigió al dragón, con el cuerpo de Ollun, hacia el sitio donde resguardaban las gemas. El guardia notó la bolsa que cargaba su rey, pero no hizo pregunta alguna por miedo a parecer insolente. El dragón entró a la estrecha cámara, no podría transformarse allí mismo, ahora tan sólo cambiaría las gemas. Sacó de su bolsa las falsas y las sustituyó, guardando las verdaderas. Tan pronto como hubo terminado salió de la cámara y lo recibió el secretario Elrendor.
—Señor, el décimo grupo de fuerzas han salido del país en dirección a la cueva del décimo dragón. Pronto tendremos otra de las gemas y sólo faltarán tres.
Los ojos del dragón con el cuerpo de Ollun mostraron una tremenda furia, que logró controlar con dificultad. El ritmo de su respiración aumentó.
—¿Se siente bien? —preguntó Elrendor.
—Tengo que salir del país. En Nortlund también deben recibir las noticias del tratado entre los dos paises —dijo, aún tratando de controlarse.
—Necesitará una escolta, en un momento la...
—No —le interrumpió—, iré solo. Avise al Rey Eleniader y dígale que marchamos.
Los dos salieron del país, en dirección a la cueva del décimo dragón, hacia el cual se dirigía el grupo de hombres que tenían la misión de asesinarlo. Cuando se adentraron al bosque, cabalgando en un par de caballos, bajaron de ellos. El dragón retomó su forma y Ollun tomó forma de dragón. Los caballos corrieron, austados. Ollun y el dragón salieron volando velozmente esperando interceptar a los que iban por la décima gema.
El grupo de caballeros andaban a toda marcha en sus caballos, cruzando el bosque. Pronto los avistaron y los interceptaron. Iban por un sendero despejado de árboles.
El dragón plateado recitó unas palabras en draconiano.
—¿Qué haces? —preguntó Ollun.
—Un hechizo de protección contra los caballos, no quiero que también mueran, no tienen la culpa.
Sobrevolaron encima de ellos siglosamente y los sorprendieron con una lluvia de fuego. Los hombres se calcinaron pero los caballos quedaron intactos.
Los dos siguieron volando rumbo a la cueva del dragón plateado. Mientras volaban, Ollun miró al dragón directamente a los ojos. Era cierto lo que había mencionado: los ojos de un dragón dejan ver más cosas que los de un hombre.
—Hay algo que te aflige —le dijo Ollun.
El dragón lo miró, sorprendido.
—Empiezas a ver y a pensar como dragón.
—No, quizá veo como dragón, pero sólo pienso como hombre.
El dragón plateado apretó fuertemente los ojos. Miró las estrellas, que permanecían inmutables encima de él. Observó la luna que alumbraba el firmamento, que antes habían sido dos. Él recordaba aún aquellos tiempos, perdidos de la memoria de los hombres.
Ollun no insistió. Los dos dragones regresaron a la cueva, en lo alto de las montañas que separaban a los paises de Hesterlund y Nortlund.
Los dragones poseían una magia poderosa, pero sólo la podían usar para ciertos propósitos. No podían alterar el orden natural de las cosas más que con su propia fortaleza. La tierra se sacudió y unas rocas se desprendieron de la montaña, pero la cueva del dragón quedó a salvo, pues se había mantenido en pie desde el principio de los tiempos.
—La tierra ha comenzado a sacudirse por la falta de sus cimientos —le dijo el dragón plateado a Ollun.
—No podemos quedarnos aquí a esperar que maten a los otros tres dragones y a nosotros —dijo Ollun, severamente.
—No, no podemos y no lo haremos. Pero ya no podrá volver a ser como antes, ya no habrán dragones que protejan las piedras. Desde que fuimos creados y las pocas ocasiones en que las piedras fueron robadas nosotros nos habíamos mantenido unidos y a salvo, pero ahora es diferente, quizá ya somos demasiado viejos y hemos perdido las fuerzas físicas para luchar. Eso explicaría por qué nueve de nosotros han sido asesinados, y cada vez que uno muere, nos volvemos más débiles.
—¿Estás diciendo que no pelearemos para defender las gemas?
—No, no he dicho eso —el dragón guardo silencio.
Un ruido provino del exterior. El oscuro bosque, en esa oscura noche, era iluminado por los hombres al andar, pero la luz era una luz de muerte. Estaban casi al pie de las montañas. Una explosión hizo vibrar el lugar. Los dos dragones abrieron sus grandes alas y volaron hacia los hombres, que iban preparados con armas que hacía mucho tiempo no se habían visto. Avistaron a los dragones y sobre ellos arrojaron una lluvia de cañonazos y lanzas ardientes. Iban por la décima gema.
Pero eran demasiados. Mientras un grupo se encargaba de que los dos dragones no se acercaran, otro asaltaba la cueva del décimo dragón. Había hombres vestidos de rojo y de verde. Un hombre entró entre las llamas sin hacerse daño. Su cuerpo estaba recubierto por una coraza que no era de metal, pero era tan resistente como si de metal fuera. El dragón avanzó unos pasos y dio un coletazo al hombre, que se estrelló contra la pared de la cueva.
Un ruido de maquinaria llegaba del exterior. El dragón plateado estaba casi al borde de la cueva y avistó las catapultas con cargas ardientes. Algunas dispararon y dieron en el blanco. El dragón se estremeció entre las llamas. Era fuego contra fuego, literalmente.
—Hay hombres que no son mis hombres aquí —gritó Ollun, alejándose del fuego—. Alguien más ha llegado. ¡Hay que sacar las piedras!
Las bolas ardientes seguían cayendo.
—¿Sacarlas de las cuevas?, ¡pero eso sería más perjudicial!
—¡No van a seguir muriendo así, no podemos pelear de esta manera!
Un estallido hizo retumbar la cueva. Lo que ahora llovía era como el fuego, pero no ardía, aunque quebraba todo contra lo que chocaba.
Un cañonazo, disparado desde fuera, impactó con el cuerpo del dragón plateado, y el proyectil se le incrustó en el cuerpo, haciendo volar sus entrañas por el interior de la cueva. El enorme cuerpo cayó al suelo. El corazón de Ollun se tambaleó al ver al dragón, que ahora yacía muerto frente a él.
El bombardeo se detuvo pero el fuego desde el exterior continuó.
Pero Ollun no podía desistir, no podía rendirse. Los humanos no debían de sucumbir ante el poder ni el mundo sufrir por su culpa. Con el corazón atormentado, tomó la bolsa con las nueve gemas y la tragó completa. Si las querían tendrían que matarlo y abrir sus entrañas.
Al sacar las gemas de las cuevas, los pilares del mundo se sacudirán.
Ollun se acercó hacia la entrada de la cueva, que era bombardeada con fuego. El fuego se calmó pero un grupo entró, hombres con el cuerpo cubierto como estaba cubierto el hombre que había entrado primero. Todos ellos iban armados con largas espadas. Ollun, con furia, se abalanzó hacia ellos, barriéndolos. Pero algunas espadas se le incrustaron en su dura piel. Vio que más hombres se acercaban a la boca de la cueva. Aprovechando que el fuego se había detenido, salió por la abertura y se elevó entre la noche. Las armas le apuntaron y una lluvia de lanzas, bolas ardientes y proyectiles metálicos, pasaron rozándolo y le golpeaban.
Un terremoto movió la tierra en esos momentos, y las montañas se estremecieron. La aurora, que parecía acariciar las montañas, se iluminó más fuertemente y el cielo se llenó de color. Grandes rocas rodaron por las laderas. Pero los hombres no abandonaron su misión.
Parecía el golpe final. Ahora, desde el aire, avistó que el grupo de hombres se dirigía hacia el este, a la cueva del onceavo dragón, sobre la misma cadena montañosa. Era una suerte y una maldición a la vez que todas las cuevas se encontrasen casi en el mismo lugar.
Ollun llegó hasta otra parte de las montañas. Tardó en darse cuenta que estaba mal herido. La sangre le brotaba de varias partes del cuerpo. Tenía quemaduras (nunca se le habría ocurrido que un dragón podía sufrir quemaduras) y flechas y espadas estaban incrustadas todavía en su piel. Se las quitó dificultosamente del cuerpo. Sintió que se le iba el aliento. Estaba cansado. Había descendido en una parte de la montaña cubierta de arbustos altos y algunos árboles raquíticos, que se balanceaban junto con la montaña, y tenía el cuello bajo, pues la cabeza le pesaba, y miraba las cercanías apenas por encima de la vegetación. El fuego de las armas y la aurora alumbraban la noche. Escuchaba los gritos de los hombres, pero estos resonaban vagamente en su cabeza.
Desvió su mirada un poco hacia la izquierda, más lejos sobre la cadena montañosa, y vio que algunos hombres sacaban el cuerpo de un dragón del fondo de una cueva. Pero no se trataba del dragón plateado, al que había acompañado, sino de algún otro. ¿Era el que resguardaba la onceaba o la doceaba gema? No pudo saberlo. Pero era alguno de ellos.
La tierra dejó de temblar, y sintió que algo se apagaba dentro de él.
Lo último que vio fue a los hombres vestidos de rojo, cargando antorchas y espadas, que se acercaban a él. Ya no pudo moverse a voluntad. Su cuello reposó, pesadamente, sobre la pastosa vegetación.
Sadrac, Rey de Roden, se inclinó sobre su silla real y abrió el cofre. Dentro, las trece gemas reflejaron la luz que se filtraba desde las altas ventanas. Soltó una risa convulsiva y unas lágrimas de felicidad y euforia le brotaron de los ojos. Dejó abierto el cofre.
—¡Frintifer! —llamó al príncipe.
El joven acudió al llamado de su padre. Y miró curioso las gemas.
El rostro de Sadrac desbordaba de felicidad.
—¡Frintifer, mira qué bellas, y sin embargo tan poderosas!
—El secretario ha confirmado que nuestras bajas fueron mínimas en la toma de las gemas —dijo el joven—, pero perdimos a muchos cuando nos encontramos con los ejércitos de Nortlund.
—¡Esas son noticias viejas! ¡El más fuerte ha vencido al final! Eleniader y Ollun, y el pobre Ollun devorado por un dragón, cayeron junto a sus hombres y junto a su sueño de poseer las gemas. Los dragones cayeron. Ahora soy yo el que ganó, el Rey Sadrac, Rey de Roden. Y creo que el título de rey pronto se quedará corto —soltó una carcajada.
—Padre —dijo Frintifer, y tomó una de las gemas para verla más de cerca—, ¿cómo las usarás ahora?
—Los textos antiguos hablan de cómo usarlas. Pero existen dos cómos: el que depende de la naturaleza de las gemas, lo que hay que hacer para activarlas, y el que depende de su dueño, lo que hará con ellas.
—¿Y qué harás con ellas, padre?
Sadrac aplaudió dos veces. Un hombre envuelto en una larga túnica gris, con la capucha cubriéndole el rostro, entró por la puerta y se acercó al trono. En sus manos sostenía un gran libro, de hojas viejas y aspecto quebradizo. El libro estaba abierto, y mostraba un texto en bellos caracteres y estaba ilustrado con trece dragones que a sus pies tenían trece gemas.
—Ahora, hijo mío —dijo el rey Sadrac, solemnemente— presenciarás un poder que ha estado oculto desde un tiempo del que no se tiene memoria. Cront conoce bien el ritual.
El sacerdote dejó el libro en el suelo, frente al cofre con las gemas. De la garganta de Cront salió un canto que al principio fue como un do bemol que salía cada vez más fuerte y luego se convirtió en un canto, en un recitar de palabras, unas palabras en una lengua que no era la de los hombres, y los sonidos parecían como los del trueno en una tempestad.
El Príncipe Frintifer se sentó, contemplando la escena, y el rey se inclinó sobre su trono, con los ojos muy abiertos.
El sacerdote terminó de decir las palabras. Miró las gemas y su cara se llenó de inquietud. Se puso de rodillas y hojeó el libro, buscando algo.
—¿Qué? —dijo el rey— ¿Qué pasa?
El sacerdote levantó la mirada y su boca tembló.
—¿A cuántos dragones dieron muerte? —preguntó— ¿Cuántos dragones murieron? Me refiero a todos, no sólo a los que su ejército derrotó.
El rey hizo memoria.
—Catorce.
Cront pasó de nuevo las hojas y se detuvo en una. Al recordar las palabras cayó de bruces sobre el cofre.
—Las gemas —dijo con un susurro—. Se han convertido en simples rocas. Rocas. Rocas...
El rey Sadrac se levantó de su trono, encolerizado.
—¿Qué has dicho?
Sin articular palabra, tirado en el suelo, el sacerdote puso su dedo en un texto escrito con letras doradas. Allí se leía lo siguiente:
Los antiguos poderes, poderes ya no serán
El que caerá en batalla realmente vencerá
Y sus huesos de la tierra ya no se levantarán
Pues el mismo Gran Poder una misión le otorgará
Los pilares del mundo más no se tambalearán
Ni la Muerte alumbrará los cielos
Y los poderes y los pilares ya nunca más serán
Pues un sólo pilar al mundo sostendrá
El último dragón: el sostén mismo será
Aquel dragón que el Gran Poder no concibió
Un dragón que no será dragón
Un dragón que nacerá de hombres y caminará entre hombres
Un rey que será hombre y será dragón
El Rey Dragón

Bueno, verdaderamente te salió larga la historia. El problema que veo cuando una historia es larga (en una sola entrega o en varias, como la que estoy escribiendo yo) es que el posible lector de blogs no se decida a leerla o se canse pronto de ella. Tengo la impresión de que los blogeros somos, en general, más adictos a las píldoras que a una buena comida.
ResponderEliminar(Son como 10 páginas Arial 12 interlineado 1) Sí, comprendo, es cuestión de tiempo disponible para leer en Internet, y por lo general no se está dispuesto a leer algo así de largo. Tomaré eso y haré algo como lo que haces: dividiré una historia larga en tres o cuatro fracciones para que así el lector no se asuste y además espere la próxima parte.
ResponderEliminarSaludos!
leyendo......
ResponderEliminarSi, bastante largo, pero lo he leído igual. Para futuros cuentos de este tipo (y así de largos) podrías usar Scribd, que te permite leer en un formato similar al pdf y en pantalla completa, sin abandonar el blog.
ResponderEliminarAlgo como esto: http://lastierrasdestrozadas.blogspot.com/2011/05/ecos.html
Sobre el cuento en si, pues me parece muy bueno. Para ser la primera vez, está muy bien. En mi opinión, sea fantasía épica o ciencia ficción, estas historias siempre son protagonizadas por hombres, y en ese sentido, la base de las mismas siempre será similar.
Hubo un detalle, cuando dices que el dragón se deslizó como una aeronave (algo así). En los relatos fantásticos se debe evitar hacer referencia a cualquier elemento del mundo moderno: unidades de medida, objetos, palabras, etc.
Si algún día escribes algo en la misma línea, y no tan extenso, podrías enviarlo a FA. Felices lo publicaríamos :)
Saludos!
Piedra: Tomaos vuestro tiempo :D Saludos!
ResponderEliminarKensan: Sí, ya había visto que F. A. Real H. así lo hace, aunque siento un no sé qué... Pero para la siguiente así lo haré, porque es tedioso ver tanto texto en una entrada de blog.
Ya corregí lo de la aeronave. Había leído, creo que en FA, lo importante que es no usar términos que salieran del contexto de la historia, además que "aeronave" es bastante anacrónico XD
Te digo que hubo una gran diferencia al escribirlo, respecto a los demás cuentos, y siento que me costó mucho más trabajo, pero gracias, qué bueno que para ser el primero de Fantasía fuese aceptable.
Y muchísimas gracias por la invitación a FA!!, que la aprovecharé luego seguramente :)
Saludoides!
Bueno, Damián, por fin tengo un poco de tiempo para leerte con calma. Personalmente casi prefiero leer una historia, aunque sea larga, de un tirón; la disfruto más. Claro, por otro lado existe el problema del tiempo, siempre escaso, pero bueno, ese no es asunto nuestro, sino de los relojeros ;-D
ResponderEliminarMe ha gustado mucho tu historia, pero mucho, desde el argumento en sí hasta el estilo, muy conseguido. Que sepas que no soy nada aficionada a la literatura fantástica, de modo que has logrado un gran éxito conmigo al mantener mi interés por el relato! Bravo!
Saludos fantásticos!
Intentaré escribir más historias cortitas, y esas hasta se suelen disfrutar más. Aunque ahora estoy en un estado algo indeterminado en el que no sé si podré seguir con el blog... Factores como tiempo y que me cambiaré de casa. Yo espero que sí pueda seguir, y si no puedo, lo diré obviamente aquí.
ResponderEliminarAh!, y qué bueno que te haya gustado mucho. Esta historia fue más bien experimental, y ya veo que el resultado no fue nada malo. Si logro inducirte al lado oscuro (la literatura fantástica) me daré por satisfecho. Hua! hua! hua! (risa de supervillano).
Saludos draconianos!
Estimado, llegue a su blog sólo por casualidades de la vida, y me tomé la atribución de leer su historia... me gusto mucho!!!! de verdad la encontre muy buena, sobre todo si dices que era tu primera historia de fantasía... me gustaria seguir leyendo mas historias...
ResponderEliminargracias por compartir tu interior y tu creatividad con el mundo...
Saludos de una curiosa...
Pilo
Pilo: Qué bueno que te haya gustado mucho. Fue un trabajo experimental y qué bueno que no haya sido un desastre. Sí, es mi primera historia de Fantasía, y como ves, prácticamente sólo escribo Ciencia-Ficción. Creo que son géneros muy diferentes.
ResponderEliminarUn gusto que te pases por aquí.
Saludos!