Como
animales, los humanos estamos sujetos a limitaciones de percepción y
de entendimiento. El cerebro humano, como el del resto de los
animales, evolucionó no para percibir el mundo como es, en su
esencia, sino para percibir aquellos asuntos del mundo que nos
conciernen directa o indirectamente. Estas percepciones tienen que
transitar de manera inevitable a través de nuestros limitados
sentidos y después a través de nuestro cerebro y las estructuras de
pensamiento que posee.
Sabemos que la consciencia y la inteligencia no son aspectos
exclusivos de nuestra especie. Todas las especies animales poseen
algún conocimiento del mundo, sienten el mundo (y por tanto son
conscientes) y reaccionan ante él. Sin embargo no podemos esperar
que un cuervo, animal al que se le han observado comportamientos
altamente inteligentes, tenga alguna idea del proceso de fotosíntesis
en las plantas, pues quizá ese proceso no forme parte de su imagen
del mundo (a pesar de que tenga una estrecha relación con la
vegetación), tal como ha pasado a formar parte a la imagen humana
del mundo a través de la empresa científica.
Gran
parte del optimismo de los científicos que creen que en el futuro
podremos tener una teoría del todo, que englobe una descripción y
entendimiento de todos los fenómenos del universo, surge del éxito
que ha tenido la ciencia como empresa que va en busca del
conocimiento. La ciencia, como estructura del pensamiento humano, ha
mostrado poseer un poder extraordinario.
En
tan sólo unos pocos siglos, nuestra imagen del mundo ha pasado de
ser la de un cosmos controlado por los dioses y delimitado por los
cuerpos conocidos desde la antigüedad y por la inmutable bóveda
celeste, hasta convertirse en una vasta extensión poblada de miles
de millones de galaxias, cada una con miles de millones de estrellas
como nuestro Sol, donde ni siquiera los cielos son inmutables,
encontrándose todo en constante cambio.
Es
esta inflacionaria expansión de las fronteras de nuestra imagen del
mundo la que ha despertado el optimismo de que algún día seamos
capaces de entender la totalidad de la existencia. Y en el centro de
esa expansión se encuentran estructuras de pensamiento dictadas por
el lenguaje, en particular el de las matemáticas.
En
“Seeing voices”, Oliver Sacks muestra casos de personas que
nacieron sin la habilidad de escuchar o que la perdieron durante
etapas críticas para la adquisición del lenguaje, personas a las
que nadie se ocupó en esos años tempranos de enseñarles algún
tipo de lenguaje. Dado que estos individuos no conocían el lenguaje
en ninguna de sus formas, eran incapaces de expresarse y de
comprender aspectos del mundo que para un oyente y hablante de cierta
edad son dados por hecho. Uno de los casos más interesantes es el de
un chico sordo y sin conocimiento de ningún lenguaje llamado
Ildefonso, un chico mexicano, al que se le comenzó a enseñar el
lenguaje, pero que no mostraba avances sino sólo para repetir sin
comprender lo que se le decía (ecolalia), pero un día el chico
descubrió las matemáticas, y con sorprendente rapidez pudo comenzar
a aprender y asimilar las ideas mostradas con ese lenguaje.
Penrose,
en relación a ello, concluye que las palabras son casi inútiles
para el pensamiento matemático.
En
un caso descrito por Vygotsky, un joven de nombre Massieu no poseía
lenguaje alguno, su instructor escribía los nombres de los objetos
en las figuras de esos objetos que Massieu solía dibujar. Al
principio, Massieu veía eso como algo místico, él no tenía idea
de cómo las palabras podían funcionar como imágenes de los objetos
y representarlos con tanta rapidez y precisión. De pronto, Massieu
se percató de que palabras específicas representaban entidades
abstractas, entendió la representación abstracta y simbólica. Su
mente cambió para siempre. Desde ese momento, Massieu desarrolló
una hambre tremenda por los nombres, y le pedía a su instructor que
nombrara todo lo que veía durante sus paseos.
¿De
qué sirve nombrar? Tiene que ver, escribe Sacks, con el poder
primario de las palabras para definir, para enumerar, para permitir
la maestría y la manipulación; para moverse desde el reino de los
objetos e imágenes al mundo de los conceptos y nombres. Un
dibujo de una silla representa a una silla en particular, pero el
nombre “silla” denota a la clase entera de las sillas, a la
identidad general que aplica para todas las sillas.
Para
Vygotsky, el desarrollo de las funciones psicológicas superiores no
es algo que ocurra de manera natural, automática, sino que requiere
meditación, cultura, una herramienta cultural.
Para
Platón, uno primero tiene que ver sillas reales o cuadrados reales
(todo tipo de objetos con la propiedad de ser cuadrados,
“cuadricidad”, o alguna otra cualidad), y sólo así la idea de
“cuadricidad” llega, el arquetipo o cuadrado ideal del que todos
los cuadrados son meras copias. Para Platón, el lenguaje, el
conocimiento, la epistemología, es innata (todo el aprendizaje es
esencialmente reminiscencia), pero esto sólo puede ocurrir con un
mediador, en el contexto del diálogo.
Individuos
que vivieron muchos años en aislamiento, de pronto entran al mundo
del lenguaje cuando tienen contacto con mediadores humanos, y se
vuelven capaces de generar ideas abstractas del mundo.
Muchas
otras especies animales han desarrollando un lenguaje tan elaborado
como el de nuestra especie. Especies de aves poseen más fonemas que
todos los fonemas juntos de todos los idiomas humanos. Podemos
preguntarnos qué clase de explosión de pensamiento pueda llegar a
originarse si la mente humana algún día es capaz de tener acceso a
los lenguajes de otras especies, extendiendo nuestro lenguaje a
potencialidades de las que actualmente es imposible pensar.
Otro
individuo, describe Sacks, de nombre Joseph, era incapaz de
comunicar, por ejemplo, cómo le había ido en la semana, pues él no
podía asimilar la idea de una pregunta (lo que era una pregunta no
tenía sentido alguno para él), ni mucho menos formular una
respuesta. No sólo era el lenguaje lo que estaba ausente allí, sino
un claro sentido del pasado, la capacidad de distinguir entre “hace
un día” y “hace un año”. Joseph no podía retener ideas
abstractas en la mente, era incapaz de reflexionar o de planear.
Como
apunta John Locke, en nuestro esfuerzo de alcanzar certidumbre filosófica o científica, nuestros esfuerzos para emplear la razón
son comúnmente quebrantados por el mal uso o el abuso del lenguaje.
Y también, podríamos agregar, por su falta de uso.
Está
claro que la capacidad del lenguaje no es algo que haga humanos a los
humanos, pero sí es una capacidad que le permite entrar al reino del
pensamiento abstracto.
Desde
el punto de vista de Locke, es difícil asegurar la realidad de
nuestro conocimiento humano en evidencia de su conformidad con la
naturaleza de las cosas en sí. ¿Qué hace que una imagen mental de
algo diga algo sobre la naturaleza de lo que intenta representar?
Pero no siempre tenemos que tener conocimiento genuino. La facultad
de juicio, cuando funciona propiamente, nos persuade a asentir ante
proposiciones cuya verdad permanece últimamente incierta, ya sea
porque la ignorancia es producto de un pensamiento incompleto o por
la naturaleza misma de la cosa.
Entonces,
nuestro juicio, basado en la experiencia previa y en la
disponibilidad de evidencias a favor o en contra de algo, usualmente
nos guía en los casos en los que nuestro conocimiento permanece
incompleto.
Podemos
imaginarnos a los primeros humanos, con un conocimiento muy escaso
sobre el mundo que les rodeaba, que comenzaron a adquirir la
habilidad de pensar con claridad sobre el espacio y el tiempo y los
objetos que se mueven en ellos. La herramienta del juicio debió de
ser más vital en esas instancias, cuando la imagen del mundo de los
primeros humanos no les permitía conocer la naturaleza de gran parte
de los estímulos que asaltaban a sus sentidos.
Hay
evidencias de que el lenguaje simbólico surgió a partir de cierto
punto cercano en tiempo a la invención de la agricultura, hace unos
10 mil años, sin embargo sus fundamentos, las primeras pinturas
encontradas en cuevas, comenzaron a establecerse desde hace cerca de
40 mil años: debió darse un largo proceso desde las primeras
representaciones abstractas hasta el estado del lenguaje y
representación en el que nos encontramos hoy en día.
Como
estructura, el cerebro no ha cambiado considerablemente desde esos
tiempos, pero sus capacidades se han incrementado de gran forma
gracias al desarrollo de nuestras estructuras de pensamiento.
Así
como el lenguaje en los humanos nos brinda la capacidad de abstraer y
de pensar en nuevas estructuras, la matemática, otro lenguaje
desarrollado por los humanos, nos permite pensar estructuradamente
sobre la dinámica del cosmos y sobre objetos que muchas veces no
tienen relación con él. Hasta ahora, la matemática ha sido una de
las herramientas más poderosas inventadas (y/o descubiertas) por
nuestra especie. Sabemos que otras especies son capaces de contar y
de pensar en números, pero como humanos podemos describir la
dinámica de una galaxia con cierto grado de precisión.
Es
el éxito de la matemática en describir efectivamente al universo el
que ha hecho que muchos científicos piensen que así será siempre,
hasta el punto de poderse desarrollar una teoría del todo. Sin
embargo, aún no entendemos siquiera por qué la matemática es capaz
de darnos tanta información sobre el universo, y mucho menos si
algún día será incapaz de decirnos algo más de él. Si el momento
llega en que la matemática se encuentre inefectiva ante los intentos
de descripción y entendimiento de la naturaleza, probablemente será
necesaria la invención de otra herramienta que nos permita entrar en
el reino inaccesible para la matemática, una nueva herramienta que
permita otro tipo de pensamiento abstracto y estructurado.
Como
escribía Wittgenstein, nunca podremos conocer los límites del
pensamiento, pues para dibujar ese límite tendríamos que ser
capaces de pensar de ambos lados de ese límite, es decir, tendríamos
que ser capaces de pensar en aquello que no puede ser pensado.
Asimismo, nunca podremos decir con exactitud qué es lo que no
podremos llegar a conocer, a pesar de los intentos de algunos por
tratar de delimitar las fronteras de ese conocimiento. Sabemos que
esas fronteras son generadas por nuestra biología y por las
estructuras de pensamiento que muestras mentes puedan entender,
desarrollar y manipular, así como por nuestra experiencia previa y
nuestra imagen del mundo.
Comte
escribió que “cualquier investigación que no pueda ser reducida a
observación visual real es excluida cuando de estrellas se trata…
Podemos ver la posibilidad de determinar sus formas, sus distancias,
sus magnitudes y sus movimientos, pero es inconcebible que alguna vez
seamos capaces de estudiar, por cualquier medio, su estructura
química o mineral.” Y Comte estaba equivocado, por supuesto, como
lo muestra el éxito de la amplia ciencia de la espectroscopía en
estudiar la composición de las estrellas a partir de la luz que
emiten.
Antes del advenimiento de la espectroscopía y de los conocimientos adquiridos del comportamiento cuántico de los átomos, pocos hubieran sospechado que la luz de una estrella posee información de su composición. Asimismo, otros fenómenos detectados por nuestros sentidos y por nuestros aparatos pueden poseer información que nos permita tener un mayor conocimiento de los fenómenos en sí, información que está allí pero que sin el desarrollo correcto de la ciencia y de sus estructuras de pensamiento, sería inaccesible.
Antes del advenimiento de la espectroscopía y de los conocimientos adquiridos del comportamiento cuántico de los átomos, pocos hubieran sospechado que la luz de una estrella posee información de su composición. Asimismo, otros fenómenos detectados por nuestros sentidos y por nuestros aparatos pueden poseer información que nos permita tener un mayor conocimiento de los fenómenos en sí, información que está allí pero que sin el desarrollo correcto de la ciencia y de sus estructuras de pensamiento, sería inaccesible.
La
ciencia es progresiva e incompleta por naturaleza. Puede que algún
día lo que pertenece al reino de la naturaleza sea inaccesible para
nosotros y seamos incapaces de generar símbolos e imágenes dentro
de nuestra idea del mundo que se correspondan con aquellas de la
naturaleza.
Trabajando
dentro de las estructuras de pensamiento de la ciencia, el humano ha
diseñado aparatos que le permitan medir algo sin que en ello juegue
algún papel la percepción humana. Los fotones se graban en la placa
fotográfica, y pueden ser analizados posteriormente por una mente
humana; la mente humana es inevitable para la interpretación de lo
observado, pero no perturba en ese caso el mero acto de la detección
de los fotones por la placa. Sin embargo las conclusiones últimas
del comportamiento de la naturaleza no podrán ser desligadas de
nuestra percepción e interpretación, de nuestra imagen del mundo.
Por
esta razón, puede que podamos construir complejos artefactos que
sean nuestros ojos al mundo, pero no es seguro que seamos capaces de
darle una interpretación acertada a lo que los instrumentos capten,
o siquiera de ser capaces de darle algún tipo de interpretación, de
darle sentido a los resultados que obtengamos.
Puede
que la línea de pensamiento que nos lleve a un tipo de conocimiento
sea lo suficientemente complicada como para que una mente humana no
sea capaz de seguirla, y que por tanto nuestro conocimiento
permanezca incompleto al respecto. Pero este problema tal vez podría
resumirse como un problema de memoria, de retener toda la información
relevante en nuestro cerebro, en la memoria de trabajo, para poder
usarla y sacar una conclusión. Pero es probable que este límite
pueda ser capaz de ser solventado con la ayuda de herramientas que
permitan recordar todo lo indispensable. Sin embargo, esas
herramientas no serán perfectas y tendrán también sus propios
límites.
Quizá
exista algo que pueda ayudarnos en la formulación de una imagen más
elaborada del mundo (a pesar del hecho de las limitaciones de
nuestras herramientas actuales), y es el hecho de que la naturaleza
humana, como sugieren muchos autores, no es para nada inmutable. Que
aquello que nos define en esencia cambia de acuerdo a las condiciones
en las que los humanos se desarrollan.
Una
naturaleza humana mutable que influya en la forma de nuestro
pensamiento, sumada a la plasticidad de nuestro limitado cerebro,
podría permitirnos tener un flujo constante de estructuras de
pensamiento que expandan y complementen nuestra imagen del mundo. Una
estructura de pensamiento que llegue a su límite práctico podría
ser sustituida por otra que ocupe su lugar como medio de figurarse
al mundo.
De
nuestros límites humanos y de los de nuestra empresa científica,
sólo el futuro dirá, junto con el entendimiento de nuestra
biología, el desarrollo de los lenguajes, las estructuras de
pensamiento, y las posibles experiencias a las que tendrá acceso la
mente humana, o la mente en general.







