enero 03, 2016

De cuando Temple Grandin detuvo el apocalipsis zombie

Temple Grandin es una psicóloga, etóloga, inventora y escritora estadounidense y, sobre todo, defensora y activista de los derechos de los animales y de las personas que se encuentran dentro del espectro autista. Sus trabajos (realizados desde la perspectiva de una persona autista, su perspectiva) han dirigido la atención sobre las necesidades de las personas autistas y la riqueza intelectual y emocional de la que son capaces.

Si quieren saber algo de ella, les recomiendo mucho su película Temple Grandin, o que se den una vuelta por su página.

He escrito esta pequeña parodia cuando vino a mi mente la pregunta de qué pasaría si uno de sus inventos, destinado a tratar más humanamente al ganado destinado al matadero, pudiera ser usado durante un escenario de apocalipsis zombie. Este es el resultado.

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Las hordas de zombies avanzaron sobre la avenida, invadieron casas, comercios, automóviles, alcantarillas, incluso se metieron en las jaulas de los animales en el circo, donde los leones ni siquiera se les acercaron por el intenso olor que expelían; se pasearon entre las atracciones del parque de diversiones, entraron al museo de cera donde se detuvieron pensativamente frente a los muñecos que representaban momias, vampiros, monstruos del pantano, hombres lobo y... zombies.

Los francotiradores abrieron fuego desde la azotea de un edificio de cuatro pisos.

—¡Que me aspen! —dijo el agente Hutchinson—. Nos entrenaron para matar a un hombre: apuntar hacia al pecho, ¡yang!, apretar el gatillo, ¡bang! Pero para matar a uno de estos malditos zombies hace falta un disparo limpio en la cabeza. Nunca pensé que sería tan jodidamente difícil.

Diez balas salieron de los cuatro rifles diferentes y sólo una de ellas acertó.

—Siempre puedes despedazarlos —dijo el agente Greiner, dejando de lado su rifle y abriendo fuego con una ametralladora.

—Idiota, no malgastes las pocas municiones que tenemos.

—¡Por la incontinencia de mi abuelo! —dijo el agente Richards—, ¿por qué no simplemente tiran una bomba y barren con mil de ellos a la vez?

—La gente sigue atrapada en sus casas —dijo Greiner—. Además al Tío Sam le gusta destrozar otros países, no el suyo.

—¿Qué me dices de las Torres Gemelas?

—Esa fue una demolición controlada, idiota. Hay que tener sentido de la decencia para hacer las cosas de manera controlada. Un avión a la vez, un tiro a la vez —el agente Greiner pulsó el gatillo y la cabeza de un zombie explotó a lo lejos, luego otra.

—Oigan, ¿qué demonios es eso? —dijo el agente Lee, señalando a lo lejos.

A través de sus mirillas telescópicas, los francotiradores avistaron un pequeño vehículo que se desplazaba con lentitud en dirección hacia ellos. Cuando el vehículo se acercó lo suficiente, notaron que éste consistía en una especie de caja cúbica construida con tablones unidos a un sistema de palancas y poleas, con cuatro ruedas en la parte inferior. En su interior, según alcanzaron a distinguir, presionada entre los dos tablones paralelos, estaba una mujer de espeso cabello de golden retriever, dientes incisivos separados y ropa y botas vaqueras. Los zombies se agolpaban a su alrededor, intentaban introducir sus manos y sus cabezas en el pequeño vehículo pero, la mujer, moviendo las poleas y las palancas con gran habilidad y en rápida sucesión, desplegó un conjunto de maderos con los que apartó a los no-muertos de ella. La mujer se detuvo frente el edificio en el que estaban los francotiradores.

—¿Quién es usted? —dijo Hutchinson en voz alta a la mujer, doce metros abajo.

—Mi nombre es Temple Grandin —respondió ella con un grito—. Vengo a ayudarlos a detener a los zombies.

—La propuesta de los gatos ya fue desechada —dijo Hutchinson—. Se comían a los zombies, los trozos rancios que encontraban y que podían desprender de ellos, pero eso sólo convertía a los gatos en zombies. ¿Alguna vez ha visto a un gato zombie?

—No —dijo Temple Grandin—, pero sí a una vaca zombie.

—Señor —dijo Greiner, mirando a la mujer rodeada de zombies desde todos los ángulos—, no podemos dejarla allí abajo.

Los agentes enviaron al helicóptero que estaba en el helipuerto de aquel edificio. Como el helicóptero no podía aterrizar entre el mar de zombies ni acercarse demasiado sin correr riesgo, se mantuvo suspendido a una distancia de seguridad y Temple Grandin se dirigió hacia la escalera que colgaba de él, pero no parecía haber forma de que pudiese sujetarse con ese cubo de madera dentro del que se encontraba.

—Señora, tiene que salir de ese vehículo —le dijo el soldado a bordo del helicóptero.

—¿Cuál vehículo?

—La cosa que trae... En la que usted está... Esa cosa, no sé qué demonios es.

—Oh —dijo Temple Grandin, mirando las paredes de madera entre las que estaba constreñida—. Es mi caja de abrazos, le he hecho algunas... —movió una palanca con la frente y una tabla golpeó a un zombie que se había acercado demasiado— modificaciones. No puedo salirme de ella, me ayuda a controlar mi ansiedad. Tendré que subir al helicóptero con mi caja. Justo ahora me siento muy ansiosa —jaló una polea con su boca y disminuyó la separación entre las placas de madera que la apretaban a los costados, emitió un gemido cuando sintió aumentar la presión—. Mucho mejor.

—Esta mujer me da asco —dijo el agente Hutchinson—. ¡Súbanla al helicóptero como sea!

Los soldados la subieron al helicóptero con su dispositivo aún puesto, que apenas logró entrar por la puerta. El helicóptero ganó un poco de altitud y descendió en la azotea del edificio, donde la mujer habló con los francotiradores:

—Si quieren controlar a centenares de zombies a la vez, los disparos no funcionarán. Necesitan cambiar de planes. Tienen que entender a los zombies, saber guiarlos, entender qué es lo que necesitan, sólo así podrán deshacerse de ellos.

Los francotiradores dejaron de disparar y miraron a Temple Grandin como si fuese un bicho raro con un caparazón de madera.

—¿Entenderlos? —dijo el agente Richards—. No me diga que ahora nos dará un sermón sobre los derechos de los zombies.

—He trabajado en muchos mataderos, diseñé un sistema para guiar a las vacas de manera efectiva y con el menor sufrimiento posible hacia el lugar en el que serán sacrificadas. Mi sistema ha sido aplicado en casi todos los mataderos del país. Incluso funciona con vacas zombies, lo he probado en mi rancho cuando los zombies infectaron a todas mis vacas. Si funcionó con las vacas, también funcionará con ellos.

—¿Es usted demente? —dijo el agente Hutchinson, mirando el artefacto en que la mujer estaba enfrascada.

—No. Mi nombre es Temple Grandin.

—Lo siento, señora —dijo el agente Greiner—, no la hemos rescatado de esa horda de zombies para que eche a perder nuestra misión.

Los francotiradores le dieron la espalda y continuaron disparando a los zombies que rodeaban el edificio. Las balas reventaban los cráneos desde arriba.

—Necesito quinientos metros de vallas policiales —dijo Temple Grandin, que ya había desplegado en el suelo un mapa que había sacado de algún compartimiento dentro de su caja— necesitamos posicionarlas en una curva suave aquí, aquí, aquí y aquí —marcó los puntos en el mapa.

Nadie le hizo caso, hasta que los disparos dejaron de escucharse.

—¿Qué demonios está pasando? —dijo el agente Hutchinson—. ¿Por qué han dejado de disparar?

—Las municiones se han acabado —respondió el agente Lee.

Hutchinson apretó el gatillo de su rifle y el percutor no encontró bala alguna en la cámara.

Los francotiradores se miraron entre sí.

—No podemos continuar —dijo el agente Greiner, mientras miraba a los zombies que intentaban escalar el edificio.

—Al menos deberíamos intentar lo que la mujer dice —dijo el agente Lee—. No podemos perder nada, esto no será como lo que pasó con los gatos.

—¡Bah! —dijo el agente Hutchinson—. Esos gatos zombies aún andan sueltos por allí, tardaremos más en deshacernos de ellos que de los demás. ¿Han intentado dispararles a alguno de ellos? Esos gatos zombies se mueven como ratas, como ratas zombies. —El agente escupió hacia la horda de zombies—. No tenemos nada que perder si le hacemos caso a esta vieja loca —se puso de pie y dejó su rifle en el suelo—. La escuchamos, y más vale que se dé prisa.

—Los zombies están ansiosos —dijo Temple Grandin—, lo que necesitan es liberar su ansiedad. Una madre envuelve a su bebé en las mantas y éste deja de llorar, se tranquiliza, porque siente la presión de las mantas contra su cuerpo, igual que cuando es cargado en brazos. A pesar de que no están ni vivos ni muertos, los zombies no han dejado de ser mamíferos. —Movió una palanca con la boca y las paredes de madera que la constreñían se separaron, luego jaló una polea y las paredes se volvieron a acercar. Los huesos de Temple Grandin crujieron. Cerró los ojos y dejó salir un suspiro—. Es hora de instalar las vallas.

Temple Grandin y los francotiradores se subieron en el helicóptero, donde la caja de madera ocupaba la mayor parte del espacio disponible. Mientras ella le explicaba su plan con todo detalle, se dirigieron hacia una parte de la avenida que estaba menos repleta de zombies. A unas cuadras de allí, se levantaba el complejo industrial.

El agente Hutchinson comunicó a las fuerzas militares el plan para acabar con los zombies.

—¿Qué clase de persona tan estúpida podría sugerir o siquiera concebir semejante plan? —dijo el comandante de las Fuerzas Armadas, del otro lado de la línea—. Esto resultará aún peor que lo que pasó con los gatos. ¿Tiene usted idea de cuántos gatos zombies hay en este momento rondando por las calles? ¡La gente ya no está segura ni siquiera en sus hogares, los gatos se meten por donde sea!

—Ha sido una mujer de nombre Temple Grandin la que ha sugerido la idea —dijo el agente Hutchinson—. Dice que ha funcionado con las vacas.

—¿Temple Grandin? —dijo el comandante de las Fuerzas Armadas, atónito—. Visité uno de sus mataderos para vacas el año pasado, y déjenme decirles que la carne de su rancho es la más suave y deliciosa de todo este bendito país. ¿Está ella con ustedes?

Temple Grandin aceitó uno de los engranes de su caja de abrazos que se había atorado.

—El comandante de las Fuerzas Armadas quiere hablar con usted —el agente Hutchinson le pasó la radio a la mujer.

—Habla Temple Grandin.

—Señora, déjeme decirle que tiene todo nuestro apoyo para llevar a cabo su plan. Después de todo, nada puede ser peor que lo que pasó con esos gatos. Hemos conseguido algo mejor que simples vallas policiacas, ahora mismo están en camino. Cuídense de las aves zombies, aparecieron cuando los gatos zombies comenzaron a cazar a las aves y las infectaron, son peores aún que esos gatos dementes.

Cuando estaban ya cerca de donde pondrían en marcha su plan, paralela a la avenida volaba una fila de helicópteros militares de los que colgaban las vallas. Temple Grandin identificó de inmediato las vallas, pues eran idénticas a las que había utilizado en los mataderos de vacas, sólo que hechas de acero reforzado.

—Los helicópteros están transportando las vallas —dijo el agente Hutchinson—. Ningún otro vehículo es capaz de acercarse a este mar de cuerpos a medio descomponer. —Aún desde el helicóptero, a cincuenta metros de altura, el agente se cubrió la nariz con un pañuelo—. ¿Quién hubiese esperado que el olor de un no-muerto fuese aún peor que el de un muerto?

—Tendrá que ser una maniobra rápida —dijo el agente Greiner—. Señora, ¿está segura de que esas vallas servirán de algo?

Temple Grandin jaló una polea con los dientes y empujó una palanca con el hombro derecho. La caja de madera se comprimió, dejando más espacio en la cabina para los agentes. Temple Grandin asintió con la cabeza y sonrió.

Los soldados en los helicópteros abrieron fuego a los zombies cercanos a las posiciones donde colocarían las vallas. Trozos de carne a medio pudrir volaron por los cielos, algunos de ellos salpicaron el helicóptero. Fue una ráfaga sincronizada, que barrió con todos los zombies a la redonda. Los que aún seguían de pie aún tardarían un par de minutos en llegar.

—Este es el lugar y el momento —dijo el agente Hutchinson.

A un centenar de metros de distancia se levantaba una nube blanca de vapor de agua cuya base refulgía como hierro al rojo vivo.

Los helicópteros se detuvieron, estáricos en el aire, y los soldados descendieron de ellos por las cuerdas, para colocar las vallas en los lugares indicados. Una tras otra, fueron colocadas de acuerdo al plan de Temple Grandin. La primera sección de la formación de vallas era como un gran embudo curvo, como la boca de un trombón, que se volvía cada vez más angosto y se dividía en varios carriles de poco más de dos metros de ancho. El otro extremo del embudo desembocaba en la nube de vapor, donde el resplandor rojizo había aumentado.

Los zombies continuaban con su avance, ya estaban muy cerca de allí. La última valla fue colocada por los militares, que regresaban ya a sus helicópteros en retirada. Temple Grandin miraba todo eso, expectante, mientras manipulaba poleas y palancas con suma rapidez, comprimiendo y distendiendo sus costados bajo la presión de las paredes de madera de su máquina de abrazos.

Algunas aves revolotearon alrededor del helicóptero, que se encontraba suspendido encima de las vallas. Las aves picotearon los restos de carne putrefacta de zombie que se habían adherido al fuselaje del helicóptero e inmediatamente se convirtieron en aves zombies.

—Aves zombies —dijo el agente Greiner, sosteniendo tembloroso su arma y disparando al aire sin atinar—. ¿Dónde están los gatos zombies cuando más los necesitamos?

Abajo, una docena de trabajadores con gruesos trajes se movieron en las cercanías de la nube de vapor de agua, sus frentes sudaban copiosamente mientras manipulaban las máquinas que vertían acero fundido en una enorme piscina.

—Señora, ¿está segura de que los zombies entrarán allí por voluntad propia? —preguntó el agente Hutchinson.

Pero el agente obtuvo la respuesta casi de inmediato. Los primeros zombies comenzaron a entrar al canal formado por las vallas de acero reforzado. Pronto ya eran cientos de ellos, luego miles, todos avanzando en una curva delimitada por las vallas. Un minuto después, los zombies llegaron a la sección donde la abertura del embudo se dividía en varios carriles estrechos y avanzaron como ganado a lo largo de ellos.

—Los zombies piensan que están caminando en un círculo y que volverán al lugar del que partieron, cuando en realidad están siguiendo una suave curva que los lleva hacia delante —dijo Temple Grandin—, así que continúan caminando sin detenerse. La presión de las vallas y del resto de los zombies sobre sus costados hace que liberen el estrés —la mujer movió un par de palancas para ajustar su caja de abrazos, luego soltó un suspiro de alivio—. Son justo como nosotros.

—¡Los hornos están funcionando a toda su capacidad! —dijo un hombre enfundado en un grueso traje naranja, guantes y gafas, en medio de la nube de vapor. El hombre miraba de frente la horda de zombies que caminaba a lo largo de las vallas. La nube de vapor de agua se intensificó. Los primeros zombies avanzaron por el extremo de la estructura de vallas hasta la piscina de acero fundido y se sumergieron en ella con tranquilidad.

—¡Viertan más acero! —gritó otro de los acereros. Y el acero fundido fluyó con mayor presteza hacia la piscina.

El resto de los zombies siguió avanzando, ignorantes del destino de quienes los antecedían.

Dentro de un periodo de pocos días, el modelo que las vallas de acero reforzado fue reproducido a lo largo de todas las ciudades y pueblos donde el virus zombie se había extendido, dando una y otra vez resultados positivos.

Las estatuas hechas de zombies recubiertos de acero se vendieron como pan caliente, o más precisamente, como estatuas de zombies recubiertos de acero. El mundo celebró, así, el fin del apocalipsis zombie.

Temple Grandin avanzó dentro de su caja de abrazos hacia el edificio de las Naciones Unidas, en medio de una muchedumbre que había reventado en aplausos y ovaciones. Mientras se acercaba a las escalinatas, algunos fans le pedían a gritos que autografiara las cajas de abrazos en los que andaban enfundados. Cuando llegó a donde los altos mandos la esperaban, se colocó entre el Presidente y el comandante de las Fuerzas Armadas.

—Temple Grandin —le dijo el Presidente con gran aire de respeto—, se ha convertido usted en la salvadora de toda la humanidad. Si no estuviera metida dentro de esa caja de abrazos, incapaz de soportar el contacto humano, le daría un abrazo. Estoy en deuda con usted, así como todos los demás. Los que no fuimos convertidos en zombies, claro —dijo, mientras acariciaba su collar de dedo de zombie recubierto de acero—. Mi querida esposa fue una de las personas que perecieron en esta cruel pesadilla. Todo lo que pude recuperar de ella fue este dedo.

Varios disparos se escucharon a lo lejos, eran los francotiradores que mantenían a raya a los gatos y perros zombies que aún continuaban vagando por las calles.

—Algo que no entiendo es... —dijo Temple Grandin— ¿de dónde ha sacado todas esas vallas de acero reforzado?

—Yo puedo responderle esa pregunta —dijo el comandante de las Fuerzas Armadas—. ¿Ha escuchado hablar del proyecto DARPA? Son las mascotas bélicas del Departamento de Defensa. Allí construimos robots para que combatan en guerras y asistan en labores de rescate. Algunos de los robots son tan ágiles como un leopardo, o como una vaca. Nuestros últimos modelos con inteligencia artificial han llegado a desarrollar algo que parece ser autoconsciencia, de forma que los científicos estaban preocupados por la forma en que debían ser tratados cuando llegara el momento de deshacernos de ellos. Pensamos que la forma correcta de dar de baja a las máquinas inservibles era llevándolas al matadero, antes de ser recicladas. Para eso usamos estas vallas. Nos hemos inspirado en sus diseños. Si nuestras vacas son de acero, nuestras vallas también tienen que serlo.

—Sonría para la cámara —le dijo el Presidente a Temple Grandin.

Temple Grandin movió con presteza una palanca con la barbilla y jaló un par de poleas con los meñiques y su caja de abrazos se comprimió y distendió, y acto seguido dejó escapar un suspiro.

—Listo —dijo, y sonrió ante la cámara.

1 comentario:

  1. El otro dia vi una película, "Agosto", en la que una chica se niega a comer carne porque estaría comiendo el sufrimiento de las vacas cuando iban a matarlas. Con las vallas de Temple Grandin ¿disminuirá el número de vegetarianos?

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