Las
transmisiones llegaron aceleradas
desde los abismos del tiempo hasta mi pequeña radio, cada fonema
pronunciado tendría una duración de
milisegundos
o menor
quizá, dependiendo de su origen,
siempre más rápido
entre más cerca estuviese el emisor de una zona de dispersión. De
forma que las transmisiones se escuchaban como emisiones continuas
que variaban de
frecuencia e intensidad. Configuré mi
grabadora para reproducir el mensaje a
muy baja
velocidad, la fui graduando hasta que pude distinguir
a velocidad normal una
voz masculina que hablaba en portugués.
“Cada
capítulo del texto primordial”, decía
la voz, “parece haber tomado una dirección distinta. Nuestros
hombres han cartografiado todo el continente y lo único que hemos
podido rescatar es el segundo capítulo, que nos habla de los
primeros días después de la gran dispersión. Hemos importado media
tonelada de papel de Guyana
para transcribir el texto, antes que de las palabras se escapen.
Algunos creen
que uno de los últimos capítulos menciona la manera de revertir el
efecto, de sacar a todos los pueblos de la lentitud en la que se han
visto sumidos,
pero hasta el momento es sólo
especulación”. Seguí
escuchando el mensaje, que entraba
vagamente en
lo dicho antes
e informaba de otros asuntos que sólo
eran de importancia local.
El
segundo capítulo del texto primordial. La voz parecía de un nativo
brasileño y no de un portugués, al parecer parte del texto había
encontrado la forma de viajar a través del Atlántico. Tomé mi
libreta y repasé el contenido de las otras transmisiones. Si esas
transmisiones no estaban equivocadas, las otras porciones del texto
primordial habían sido rescatadas, al
menos en porciones significativas, en
los países del norte de África, en Turquía y en Indochina.
Abrí
mi libreta casi a la mitad y leí el
texto que había logrado rescatar hasta
ese momento.
Di
unos pasos hacia el núcleo de dispersión, aún
me encontraba un poco lejos, pero el
camino siempre era hacia dentro, hacia los abismos del tiempo.
Mientras más me internaba, veía al Sol
trazar su arco en el cielo más despacio, los días pronto parecerían
eternos. Al menos no era de noche. Si
volvía a
la equicrona de la
que la que había
partido,
para mí habrían
pasado años mientras
que para los que me hubieran conocido
sólo hubiesen sido
días o meses.
Sin embargo,
volver parecía improbable. Hacía
ya más de una decena de años relativos que
me había vuelto una errante, y me
apegaba a
ello cada
segundo.
Sujeté
fuertemente el medallón que colgaba de mi cuello, el metal se sentía
tan cálido. Lo abrí y vi en él el rostro de una mujer y de un
hombre, sobre ellos había un trozo de
papel adherido, con sus nombres escritos, las letras intentaban
escapar del papel, pronto tendría que reescribir sus nombres en un
papel nuevo, había hecho eso mismo casi veinte veces antes.
Tenía el
medallón desde que era adolescente,
mi abuela me había dicho que esas dos personas habían
sido mis padres, aunque yo poseía
apenas unos pocos
recuerdos
de ellos, sólo unas cuantas
imágenes fragmentarias.
Olvidé la
mayoría de los detalles en el momento
mismo de la gran dispersión, como casi
todos los demás.
Mi abuela fue capaz de contarme todas
esas cosas debido a su autismo: ella no pensaba en palabras, sino en
imágenes, de forma que la dispersión no se llevó sus recuerdos.
Pero
eran pocas las personas que casi siempre pensaban en imágenes; eran
mayoría quienes
pensaban algunas cosas en imágenes pero más en palabras; y otras
pensaban casi todo en palabras, como yo. Esos últimos fuimos los que
más olvidamos.
Una
tormenta de arena comenzó a acercarse
desde el horizonte. Me cubrí
el rostro
con el
pañuelo y me puse
los lentes.
Poco después, las
ráfagas polvorientas me pegaron
tan fuerte como en las regiones de tiempo real, si es que aún
quedaba algún
lugar en el mundo que pudiera
incluirse bajo esa
denominación.
En
medio de la cegadora nube de arena discerní
una palabra moviéndose en el viento, para
mi mala suerte la perdí
de vista casi al instante. Sin embargo
mi impante visual la había transcrito de inmediato en mi libreta.
Algunas
veces las palabras
usaban el
viento como medio de locomoción, ya que
por sí solas
resultaban
relativamente
lentas.
Desde mi implante visual, algunas de las
palabras que no había percibido de manera consciente, así como las
que sí era consciente de haber visto, se copiaban de inmediato a la
libreta que llevaba en mi bolsa, pues allí perdurarían aunque
fuese por un par de años. No
podía confiar en mi memoria desde que la perdi casi
por completo durante la gran dispersión.
A
lo lejos distinguí,
sobre el fondo blanco del desierto, algunas
casas y
algo que parecía un
campanario semidestruido,
se trataba de
un asentamiento humano muy viejo. Proyectado
sobre mis
lentes, el mapa me indicó
dónde me encontraba y
hacia dónde me dirigía, aunque el
texto pronto se desvaneció. Con
algo de ansiedad, repasé
en mi libreta las
características linguísticas de la zona. Nunca
había estado en aquel
lugar, pero me valí de la información recabada por quienes lo
habían transitado.
A
cada paso que daba
sentía una
ligera pero creciente presión en mi pecho, como si alguien estrujase
mi corazón desde dentro.
La mano del
tiempo, cuyos dedos se curvaban en una
espiral logarítmica, me apretaba
con más y más fuerza, reclamándome
para sí.
El
viento se apaciguó, no supe cuánto había transcurrido desde que
comenzara la tormenta, pero en aquel lugar el cuándo no tenía mucho
sentido.
El
zumbido de mi insectoide me llegó desde varios metros arriba, el
insectoide tomaba un fotograma cada centésima de segundo, suficiente
como para no perder detalle de cualquier palabra errante que entrara
dentro de su campo visual. Cada una de las palabras captadas por mi
insectoide se transcribía en mi libreta, pues las palabras tampoco
podían permanecer en medios electrónicos sin que escapasen después
de unos pocos segundos. No podía fiarme tan sólo de mis ojos, si
quería reconstruir el texto tenía que valerme de todos los medios
posibles, necesitaba el mayor número de ojos. Me pregunté si
alguien más estaría haciendo lo mismo que yo en ese momento. El
desierto parecía tan grande.
Tuve
la suerte
de encontrar una palabra reptando a sólo una decena de metros a mi
derecha; la reconocí, más
que por su forma, por el ligero
surco que iba dejando sobre la arena.
Me desvié
de mi
camino trazando una curva equicrona,
un arco de circunferencia, casi una
línea recta sobre el suelo arenoso.
Llegué
hasta ella, me incliné
y la observé con detenimiento,
era una
palabra que no había visto antes. Estudié
sus cicatrices, visibles como estrías a
lo largo de sus trazos, éstas me
dijeron
cuál de sus letras había cambiado
primero y cuáles después, pues algunas
ya casi se habían borrado y otras estaban cicatrizando
apenas. Al
contrastarla con la información de los mapas linguísticos de la
zona, que tenía registrada
en mi libreta, me
di una idea
de cómo debió lucir en un principio,
en el momento justo
en que había sido
escrita. Pero aún
debía indagar su significado.
El
significado de una palabra está regido por su uso, y lo que una
palabra significa para una población que está cerca
del mismo centro de dispersión no
distará mucho de su significado
original. Haciendo
esa comparación y sabiendo cómo se dieron cronológicamente los
cambios, observando las cicatrices en las palabras, era posible saber
qué significó originalmente cada una de ellas.
Una
palabra errante que
en su camino se
encuentra con una población humana inevitablemente cambiará, pero
no permanecerá en esa población por mucho tiempo, así que seguirá
su errático camino hasta topar con alguien más que la use en su
vocabulario y altere, quizá mínimamente, su significado o incluso
su escritura.
Recogí
la palabra con
las manos desnudas, era
áspera y húmeda al tacto. La palabra
intentó
saltar de mi mano, pero saqué
de mi bolsa el cuaderno
a medio escribir que venía
engrosando día con día y fue
la palabra misma la que se introdujo a
las páginas por propia voluntad, si es
que poseía
algo parecido a la voluntad, en
el lugar en el que habia sido inicialmente escrita.
Afinidad sería un término más adecuado, afinidad por los de su
tipo. Pero supe
que no duraría mucho tiempo allí. Las
primeras palabras que había transcrito ya se habían movido
perceptiblemente de sus lugares, algunas
incluso ya tenían una letra o más fuera de la página.
Proseguí
mi recorrido, apurando el paso.
Guardé la
libreta en mi bolsa y un momento después divisé
a lo lejos una
silueta humana que se acercaba
hacia mí. Por
el turbante en su
cabeza supe que
se trataba
de un descendiente de árabes,
un alma
en medio del desierto, un escriba.
Nos
presentamos con los saludos formales.
—¿Hacia
dónde se dirige? —me preguntó.
Miré
lo que traía
entre las manos: una caja de madera tallada
con el sello de oro de la Preservación.
Sabía
hacia dónde
se dirigía,
y lo más
seguro era
que también él
supiera
cuál era
mi camino. Noté
un fuego extraño en su mirada, sus ojos
se clavaron de inmediato
sobre mi
bolsa. Di
un paso hacia atrás.
—Me
dirijo hacia el pueblo —respondí.
—Seguro
la recibirán con agrado —la
mirada del hombre se despegó de mi bolsa—.
Que llegue con bien, inshallah. —Comenzó
a alejarse.
—Inshallah
—dije.
Miré
al escriba perderse a mis espaldas, sus pasos parecieron
hacerse
cada vez más lentos
conforme se alejaba,
era el tiempo el que
cambiaba con cada paso, con
cada anisocrona. Más
tarde me enteraría de que aquel escriba
llevaba consigo, dentro de la caja
sellada de madera, un volumen
parcialmente rescatado, todas las
palabras que pudieron encontrar
de un viejo libro escrito por un autor cuyo nombre
o apellido, Egan,
se había convertido en verbo y sustantivo en más de una de las
poblaciones humanas cercanas.
Por
lo general, los escribas iban y volvían con una rapidez temeraria,
aunque desde su punto de vista, cargaban meses o incluso años tras
sus espaldas, y al final, después de
sus largos viajes, volvían visiblemente
viejos y con muchas historias que contar.
Antes
de llegar al pueblo, encontré
ocho palabras más. Por lo general estaban
solas o en pares, a tres de ellas las encontré
casi juntas, aunque
en un orden que no tenía sentido sintáctico.
Su afinidad
entre sí
las mantenía más
o menos unidas. Los determinantes
posesivos usualmente no se alejaban
mucho, no más de un par
de metros, de los sustantivos que los acompañaban en el momento de
su escritura. Estudié
sus cicatrices y, consultando mi mapa
linguístico, pude
rastrear
su orígen, las rutas geográficas que
siguieron, las poblaciones humanas con
las que se habían encontrado hasta el
momento de toparme con ellas, errantes
entre errantes.
Repasé
en mi libreta una sección del mapa
linguístico, lo que aquellas mismas
palabras significaban para las poblaciones que se encontraban más
lejos del núcleo de dispersión. Las cicatrices que cargaban las
palabras en su topología adquirieron un significado más claro para
mí.
El
flujo de palabras aumentó
mientras me acercaba,
pero cuando llegué
al pueblo sólo me encontré
con las palabras más lentas,
aquellas de
más de siete
sílabas, que apenas podían
arrastrar su propio peso. Varios
escribas recogían esas palabras del suelo y las colocaban en papiros
que mostraban grandes fragmentos faltantes. El
texto del que se habían
fugado al parecer era
rico en palabras largas, tecnicismos en
su mayoría.
Los
pobladores se asomaron
por las ventanas cuando me vieron
caminando por sus calles.
Estaba
en el nucleo mismo de la
dispersión, donde
el flujo del tiempo ya no cambiaba
considerablemente porque no había mucho
texto que
dispersar. Las letras lo habían
abandonado. Encontré
a una pequeña
niña sentada
en las escaleras de la entrada de una
casa con un libro en las manos, no tuve
que acercarme demasiado para darme cuenta de que las páginas del
libro estaban
en blanco.
Caminar entre las calles de aquel pueblo me generaba una sensación de indefinible familiaridad, aunque no tenía recuerdo alguno de haberlo visitado antes.
Las
ropas de
los pobladores
del lugar parecían
muy viejas,
probablemente la
región estuviese
más de dos siglos atrasada respecto a las
fronteras, allá
donde el tiempo transcurría
en lo que podría llamarse
normalidad. Los
habitantes del
lugar vestían
y vivían
como podían.
El intercambio económico era
sólo posible a través de los que se
animaban a
salir desde la lentitud hacia
el tiempo real, o los que se atrevían
a adentrarse a lugares como este, alejándose
de su propia zona de dispersión, y, en
el peor de los casos, dando
por muertas a las personas que habían
dejado atrás, si
es que siquiera tenían recuerdo de ellas.
Algunos pobladores se
me acercaron
para preguntarme
si tenía
algo para venderles. Se alejaron
apenas
escucharon
el no.
Mientras
atravesaba
las estrechas calles, observé
niños jugando, todos ellos
habían nacido en este
lugar y era
muy probable que aquí
muriesen sin jamás
enterarse,
más que por medio del fragmentario
conocimiento de los escribas, de
que alguna vez las palabras habían
ocupado un sitio privilegiado en los
esqueletos blancos y muertos que ahora
se amontonan
por miles en las bibliotecas.
Legué
a la mezquita,
el lugar al
que las palabras me habían
traído, de donde
habían
surgido, allí convergían las
trayectorias de las palabras que había recolectado durante los
últimos años.
Entré
y atravesé
un pasillo que me llevó
al centro, en el que se levantaba
la cúpula medio derrumbada que
había divisado desde lejos. El lugar estaba
oscuro, pero allí se encontraban
los escribas, sentados en filas, inclinados
frente a unos
ordenadores obsoletos pero que les
servían para sus propósitos, tecleando
con unos dedos que hubiesen parecido
viejos y cansados si no mostrasen
tanta fortaleza al caer sobre las teclas, de
las cuales toda letra y todo
símbolo se había
borrado, sin embargo
en sus mentes aún persistía
la disposición inicial de los
caracteres.
Los
ayudantes iban de un lugar a otro,
cargando pergaminos repletos de textos
temblorosos que buscaban escaparse
de su sustrato de papel.
Uno de los ayudantes le entregó
un texto al
escriba que estaba hasta el fondo y
éste introdujo el pergamino en un escáner.
De las impresoras salían
continuamente hojas
de aspecto extraño
con palabras que no temblaban
queriéndose escapar, éstas
en cambio se quedaban
en su lugar, aunque no podrían
permanecer así para
siempre.
Uno
de los escribas se percató
de mi presencia y se levantó
de su asiento, con paso lento y
pesado se
plantó
delante de mí. Sus
ropas eran
tan sencillas como las del resto de los pobladores, con el turbante
en su cabeza como único
elemento distintivo.
Sus ojos iban
de arriba hacia abajo de mí,
para luego
centrarse
en mi bolsa.
—Sabíamos
que llegaría —dijo
el escriba.
No
entendí qué
quería
decir con eso, ni tenía recuerdo alguno de haberlo visto antes. Lo
saludé con una reverencia.
—Vengo
a solicitar acceso a sus transcripciones —dije,
mirándolo a los ojos—.
Necesito saber qué significan algunas partes de un texto que estoy
reconstruyendo y que con toda seguridad se hayaba en
esta misma región
en el momento de la dispersión.
El
escriba se presentó, su nombre era
Nâsser,
había
nacido en Beirut pero la gran
dispersión
lo había alejado de su ciudad natal, pues ésta fue una de las
regiones
en las que la dispersión había atacado con más fuerza,
de manera que toda forma de cultura había desaparecido del lugar. No
me
preguntó
mi nombre, intuyendo quizá que no hubiese sido
capaz de
responderle.
Pronto
supe que el
que recordara su nombre significaba que había nacido después de la
gran dispersión, por lo que su memoria no se había visto afectada
por ella, eso quería decir que, aunque parecía
tener
más de cincuenta años, había nacido después
que yo, que apenas rebasaba la treintena. El que hubiese envejecido
más rápido sólo quería decir que había pasado más tiempo que
yo cerca
de las regiones de mayor
dispersión,
donde el tiempo fluía
con más
lentitud.
Nâsser
se adelantó a mis palabras y sacó de debajo de unas mantas un
pesado libro sin cubierta. Eran hojas impresas y engargoladas en un
sólo volumen de más de cinco mil páginas. Un diccionario de
tecnicismos. Me lo dio. Lo hojeé y noté que entre más avanzaba en
el texto las palabras se iban moviendo más de sus posiciones, hasta
que la última página era una superposición caótica de grupos de
palabras. Las últimas palabras eran las que primero se habían
escrito, pues los escribas tenían la costumbre de escribir de
derecha a izquierda.
—¿Cómo
sabía que era esto lo que necesitaba? —le pregunté, sintiendo el
agradable peso del diccionario entre mis manos.
Nos
sentamos en la misma y larga mesa que el resto de los escribas, cerca
de uno de los extremos. Nâsser
parecía ansioso por algo que yo no lograba discernir, aunque lo que
realmente importaba era que había conseguido su ayuda.
—Casi
ningún
extranjero
visita este pueblo, mucho menos la mezquita —dijo
Nâsser—.
Quien llegara a este lugar sería
porque habría rastreado el origen de uno de los textos que algún
habitante guardaba aquí antes del momento de la dispersión, y, por
eliminación,
el único texto que no hemos podido reconstruir es por el que usted
ha venido.
—¿Sabe
de qué trata el
texto? —le
pregunté.
Abrí mi
bolsa y saqué de ella la libreta en la que había registrado
todas las palabras que había encontrado en los últimos años.
—Ya
me decían sus
ojos que
era
una sinmemoria —dijo
Nâsser—,
ahora
esa libreta lo confirma. No
es usted la única persona con la costumbre de no depender de su
memoria después de perderla por completo durante la disper... Oh,
no, no, no, usted no creerá que quiero robarle su libreta —dijo
cuando vio que la
alejaba
de
él—.
Vi algunas así durante mi viaje a Bangkok,
incluso traje una decena. Bangkok
es un gran centro científico, no
me sorprendería si sus científicos hubiesen fabricado el papel del
que está hecho su libreta. ¿Cuánto duran escritas las palabras,
dos, tres años? Nosotros hemos fabricado un papel que puede
retenerlas hasta por cinco años. —Me
miró con tal intensidad que desvié la vista—.
Pero eso no fue sobre lo que usted vino
a hablar —su
expresión era de seriedad.
Sabía
que tenía que confiar en aquel hombre si quería llegar al
significado del texto. Abrí la libreta
casi a la mitad, allí donde empezaba el texto que me había llevado
hasta ese lugar. Nâsser
miró
las palabras con interés, alzando las cejas de vez en vez, como si
reconociera
algunos pasajes.
—Muchos
de los tecnicismos me son del todo desconocidos —le
dije.
—Puede
consultar el diccionario
que le di. Pero
no será necesario por ahora.
Tomé
el volumen que
me había dado y miré a Nâsser
con incredulidad.
—¿A
qué se refiere con que no será necesario? —le
pregunté.
En
cierto momento, Nâsser
dejó
de leer y dijo:
—Reconozco
este texto. Ha hecho usted
una
gran labor de restauración.
—Entiendo
que el
texto habla acerca de la gran dispersión. ¿De
dónde lo reconoce usted?
Nâsser
me
miró con una extraña sonrisa.
—El
texto que usted ha reconstruido —dijo
él—,
en más del sesenta por ciento, según puedo ver, es
el último capítulo del libro primordial, aquel que habla de todo lo
que ha ocurrido desde el momento de la gran dispersión. En
esta mezquita hemos logrado
reconstruir
casi el treinta
por cierto faltante, de forma que entre usted y nosotros tenemos casi
el
noventa por ciento
del
texto original.
Y
también creemos que el texto mismo puede darnos pistas para revertir
el proceso de dispersión.
—¿Quiere
decir que podremos
revertir el proceso, hacer que las palabras se queden de nuevo en el
papel
y así poder restaurar todo lo que hemos perdido en la lentitud,
nuestra cultura, nuestras vidas?
—Noté
las miradas repentinas de los otros escribas—.
He
escuchado que no pasa de ser una simple especulación.
—Es
probable —dijo
Nâsser—.
Pero no
podemos desechar la posibilidad.
Los
escribas dejaron lo que estaban haciendo y se acercaron a nosotros.
Supe
que me iba a quedar allí por un tiempo.
Había
grandes bloques faltantes, irrecuperables para
nuestra mala suerte, pero la mayoría
del texto estaba allí, intacto, si se le
podía llamar intacto después de la
reconstrucción que habíamos hecho,
cada quien por su parte. Las palabras
ocupaban los sitios que debían ocupar, se aglomeraban por afinidad,
una suerte de empatía entre las palabras,
eso facilitó la labor. El diccionario
de tecnicismos fue una de nuestras principales bases, aunque había
términos de los que no sabíamos su significado. Pensamos
que la respuesta estaría en los otros capítulos, que se encontraban
dispersos por todo el mundo.
Nos
pusimos en contacto con los otros centros de reconstrucción a través
de la radio. Les explicamos que habíamos encontrado el último
capítulo. Tuvimos apoyo de todos ellos, excepto de Indochina, pues
aquella zona se encontraba en estado de guerra, sumiéndose
cada vez más en la lentitud, de forma
que todas las acciones referidas al texto primordial se encontraban
detenidas o en la clandestinidad, y los canales de radio podían ser
fácilmente intervenidos. La radio era
el único medio de comunicación que habia sobrevivido después de la
gran dispersión. De forma que
trabajamos con lo que pudimos.
Durante
los siguientes
días me fui acostumbrado
a la vida del pueblo, a su ligereza, a
su falta de carga cultural. Era
complicado.
No había
mucho que transmitir, salvo la
mitad de la información genética y un
puñado de recuerdos escritos en papel de escriba que
perdería toda palabra dentro de un lustro. Fue entonces cuando regresó a mí esa sensación que me había invadido desde un principio: que ya había estado allí antes, aunque no tuviese recuerdo de ello.
De
vez en vez, Nâsser
me
contaba sobre los otros proyectos, habían instalado un laboratorio
para el diseño de un papel que retuviera las palabras por mucho más
tiempo, cinco
años era el mayor tiempo que se había logrado hasta ahora en todo
el mundo, y
se había logrado precisamente en este laboratorio.
—Vamos
—dijo
Nâsser—,
aprenderás
a fabricar papel.
La
fábrica estaba a un lado de la mezquita, eran
pocas personas las que trabajaban en ella, tan sólo cinco. Nâsser
me
explicó que la mayoría del trabajo era teórico, interpretaciones
del texto primordial que permitieran entender mejor la naturaleza de
las palabras y a partir de ello fabricar un papel que se ajustara a
esa naturaleza. Sin embargo, casi todo el trabajo era a prueba y
error.
Uno
de los escribas que trabajaban en la fábrica nos contó acerca de
los avances recientes. La investigación con distintos tipos de pulpa
vegetal y sintética prometían que en los siguientes años pudiese
producirse un papel que permitiese a las palabras quedarse fijas seis
y ya no sólo cinco años.
Aprendí
el proceso mediante el cual era fabricado el papel.
Pero
aún no era suficiente.
El
Sol se había movido apenas un par de grados en el cielo desde mi
llegada. Había
nubes a lo lejos, estáticas desde nuestro pozo de tiempo, que
descargaban su agua, también aparentemente estática en el aire,
sobre los territorios cercanos.
Mientras
un grupo de treinta
escribas y yo trabajamos en el mismo texto, el resto, unos
diez escribas en total, siguió
reconstruyendo algunos textos que al
parecer no tenían nada que ver con el nuestro, más
de una vez pregunté si tal cosa era necesaria, pues
el texto primordial era el que debería tener toda nuestra atención,
pero reconstruir aquellos otros textos
parecía ser de vital importancia para la vida y la salud
mental del pueblo.
Y
así transcurrieron los meses.
De
vez en vez llegaban escribas que habían encontrado palabras errantes
en medio del desierto,
también llegaban
reconstructores
provenientes de regiones de dispersión que quedaban muy lejanas en
el tiempo y el espacio. La radio, por su parte, nunca descansaba,
transmitía los mensajes provenientes de todo el mundo, pero aún así
eran pocos los reconstructores de todo
el globo que trabajaban en la
interpretación del texto primordial.
Los
escribas parecían no dormir
nunca, por supuesto no era así. Tomé un descanso mientras Nâsser
y
los demás proseguían con el
trabajo.
Al
despertar noté
que había
muchos niños dentro de la mezquita, parecían
emocionados y correteaban
alrededor de Nâsser.
—¿Qué
ocurre? —pregunté,
soñolienta.
—Tienen
sed de palabras —dijo
Nâsser—.
Nuestros
hermanos han rescatado un viejo cuento.
Era
costumbre dar acceso al resto del pueblo a los nuevos textos. Cuando
se hizo de tarde,
lo cual tenía que ver con nuestro reloj propio más que con la
posición del Sol en el firmamento,
uno de los escribas leyó en voz alta la historia recién
reconstruida en
medio de un círculo
de personas, conté
cerca de
un centenar de
curiosos, de todas las edades.
Las verdes colinas de la Tierra, como se llamaba el texto, comenzó a
escucharse en voz del escriba.
Para
mí y
para el
resto de los escribas
el trabajo continuó. Desde un principio sabíamos
de qué se trataba el
texto. Hablaba sobre el principio. Sobre los
días
de la gran
dispersión.
Algunas palabras aún representaban un enigma, insondable a veces por
la presencia de pequeños agujeros e incluso párrafos
o páginas
faltantes. Sólo podíamos aventurar qué era lo que originalmente
quería decir en
aquellos lugares, nuestra
labor se volvió un poco especulativa.
Y
era en esa labor sobre la que descansaba nuestra posibilidad de
éxito.
Decidimos
hacer varias copias de nuestros progresos y enviarlas, ya
no sólo a los principales centros del mundo, sino
a los otros centros de restauración de la región. No
sólo recibimos ayuda con la interpretación de nuestro texto sino
que recibimos donaciones de textos que los extranjeros habían
restaurado.
Mi
corazón se agitaba de vez en cuando, como si estuviese atravesando
líneas equitemporales, adentrándome a un núcleo de dispersión o
saliendo de él, cortando
las discontinuidades en
el flujo del tiempo, que me estrujaba
el pecho
con una
mano cubierta de espinas.
—Muy
pronto
recibiremos
buenas
noticias
—dijo
Nâsser
un
día.
Pero
las
noticias que recibimos por
la radio
no fueron alentadoras: Bangkok
había sido bombardeada
por un grupo de fanáticos extremistas,
las grandes fábricas de papel y los centros de restauración de
textos habían desaparecido
bajo las cenizas.
Ni
siquiera las palabras mismas pudieron escapar de los textos
calcinados, pues murieron junto con
ellos. Sabíamos
que la zona había estado en guerra de un tiempo para acá, pero
enterarnos
de lo que había pasado con quienes hacían el mismo trabajo que
nosotros había sido diferente.
Quisimos
olvidar aquel suceso y concentrarnos en nuestro propio trabajo.
Desde
hace tiempo sentíamos que estábamos demasiado cerca de encontrar en
el texto la forma de revertir todo aquello.
Sin
embargo a veces parecía que nos encontrábamos aún muy lejos de
obtener alguna respuesta.
En
los diccionarios, dispersión comenzaba a ser sinónimo de entropía.
Habíamos
conseguido los capítulos restantes del libro primordial, todos
excepto uno,
a través del intercambio con sus poseedores, pero no parecían
añadir ninguna luz sobre el por qué de la dispersión. No
conocíamos
los
suficientes
elementos
sobre la naturaleza de las palabras que nos
ayudaran
a discernir por qué se comportaban de la forma que lo hacían, ni
siquiera el capítulo que los escribas y yo habiamos rescatado en
casi el noventa por ciento nos ayudaba al respecto.
Desde
la invención de las palabras, si bien hubo esfuerzos grandes por
explicar su naturaleza, las
palabras eran básicamente una
herramienta para comunicar, para expresar. Era evidente que algo
había cambiado en la naturaleza de las palabras desde el momento de
la dispersión, cuando comenzaron a presentar comportamientos que
antes sólo podrían asignárseles a entidades vivas, o
quizá siempre habían sido así pero no nos habíamos dado cuenta.
En
conjunto, el libro primordial hablaba de los días antes y después
de la gran dispersión, pero
no esclarecía por qué había comenzado todo.
Los días anteriores eran
los
que se nos hacían los más extraños, era un mundo que, aún cuando
lo estábamos leyendo en aquellas páginas, nos era complicado y
extraño de
imaginar.
La
biblioteca del pueblo fue
creciendo cada vez más, con
obras restauradas e incluso escritas por los mismos habitantes.
Había niños que por primera vez en sus vidas abrían un libro que
contenía letras, letras en cada una de las páginas. Muchos
jóvenes se convertían en escribas y partían hacia las regiones de
tiempo real para cartografiar el terreno en busca de palabras
errantes.
Las lecturas en público se iban haciendo cada vez más comunes.
Aún
así, fue surgiendo entre nosotros una facción que parecía oponerse
al crecimiento cultural, a la que la sola presencia de los libros
ocupando un lugar cada vez mayor en la vida de los habitantes parecía
causarles escozor. Algunas obras fueron siendo
robadas
de la biblioteca y de las escuelas, incluso hubo algunos altercados,
que tomamos como menores, entre un puñado
de
personas y los escribas.
Sin
embargo fuimos avanzando con el entendimiento del texto primordial,
aunque no en la dirección que habíamos imaginado en un principio.
Un
día recibimos un mensaje por radio, era de Phnom
Pehn,
donde la resistencia de Indochina se había refugiado y donde
continuaban con la restauración y la interpretación del capítulo
del texto primordial que ellos
habían rescatado.
Nos dictaron el contenido del capítulo por radio, esta parte del
libro hablaba un poco sobre la vida de quien lo había escrito.
Conocer
su contenido resultó en
una sorpresa para todos nosotros, sobre
todo para mí, pues supe que todo lo que habíamos hecho había sido
en vano. Y comprendí al fin por qué aquella sensación de familiaridad, de haber estado antes, en ese pueblo.
Llegó
la noche física, en la que el Sol al fin se escondió detrás del
horizonte.
Estaba sentada afuera
de la mezquita, estudiando
uno de los fragmentos del capítulo
de Indochina del
texto
primordial. Lo
leí una y otra vez, repasé en el diccionario algunas
palabras
que entendía a la perfección, con la única esperanza de que su
significado fuese distinto la siguiente vez que los leyera. Apreté
con fuerza el medallón que colgaba de
mi cuello. No
podía tomar como cierto lo que ese fragmento decía, si lo hacía,
entonces
significaba que todo lo que habíamos hecho había sido para nada,
simplemente no
podía...
Una
niña llegó corriendo hacia mí, con
un par de libros en las manos.
—Señorita
—me
dijo—,
¡la
biblioteca!
Noté
que sus ropas estaban algo chamuscadas. La pequeña señaló hacia lo
lejos, donde una luz amarillenta se elevaba contra el oscuro fondo de
la noche. La biblioteca estaba ardiendo.
Desperté
a los escribas, que en ese momento se encontraban dormidos, sólo
unos cuantos se encontraban junto a las radios, transmitiendo y
recibiendo mensajes y redactándolos en papel. Comenzaron
a movilizarse por los alrededores.
—Protejan
la mezquita —ese
era Nâsser,
dando
órdenes a algunos de los escribas—,
no
permitan que entre nadie.
Corrí,
la niña y varias
decenas
de escribas me siguieron.
Había
gente
alrededor de la biblioteca, habían logrado abrir la puerta de
madera, manchada
de hollín por las
llamas, y llevaban agua al interior, en
cubos,
para intentar aminorar el
fuego.
—Todo
fue muy rápido —dijo
uno de los presentes—.
Llegaron
estas personas y un minuto después las llamas comenzaron a
brotar.
—¿Qué
personas? —preguntó
Nâsser.
—No
sabemos quienes son —dijo
el sujeto—,
era media docena, reconocí a tres de ellos, pero los demás nos
resultaron extraños, no eran del
pueblo.
Las
llamas se elevaron
como lenguas, varios metros por encima del
techo de
la biblioteca.
Le
pregunté
a
la
niña que
había venido hacia mí
si
había alguien más
dentro,
me
dijo que ella había sido la última en salir,
poco después de que llegaran aquellos hombres a incendiar el lugar.
Entramos
con el resto de los pobladores. Los estantes y el resto del
mobiliario ardían con intensidad, y sobre todo... los libros. El
agua resultó ser un arma demasiado
lenta
contra
el
fuego que lo consumía todo. La biblioteca no era muy grande, pero
parecía contener suficiente material
flamable
como
para
permitir que el fuego perdurase y se extendiese aún más.
Algunas
palabras mutiladas se escapaban de las páginas calcinadas,
arrastrándose sobre los estantes hasta llegar al suelo. Muchas de
ellas apenas alcanzaban a recorrer unos pocos metros cuando
las llamas las alcanzaron
por completo. El
flujo de las palabras aumentó, comenzaron a escapar por centenares,
miles de ellas, sin
embargo no llegaban demasiado lejos, algunas incluso habían ardido
hasta el punto de quedar reducidas a una sola letra.
Dos
escribas y varios civiles
llegaron cargando la manguera, la
abrieron y
el agua brotó
con
furia.
El
fuego fue cediendo terreno lentamente.
Cuando
logramos apagarlo por completo, entramos a la biblioteca sólo para
darnos cuenta de que la pérdida había sido casi total. Los libros
estaban calcinados. Todo el pueblo se había reunido en el
lugar. Uno de los escribas repetía una y otra vez que habían hecho
copias de todos esos libros, que en realidad nada se había perdido
para siempre. Ahora
que no había llamas, la oscuridad era casi total, sólo atenuada por
las lámparas de mano que llevaban los pobladores y
las luces de las casas cercanas.
Volvimos
a la mezquita, los escribas caminaron silenciosos. Establecimos
una guadia civil mientras una policía improvisada buscaba a los
responsables. Nâsser
insistió
en que durmiéramos un poco, pero continuamos con el trabajo del día
anterior. El aire estaba lleno del zumbido de los ordenadores, de las
máquinas de hacer papel y del olor acre del humo.
Repasé
el fragmento de texto que estaba viendo antes de
que aquella niña llegara corriendo alertando sobre el fuego. Lo
volví a leer, de principio a fin. Fue
entonces
cuando decidí que ese mismo día me iría del pueblo, que seguiría
siendo una errante, como todas aquellas palabras que vagaban en medio
del desierto.
Alguien
se sentó a mi lado, era Nâsser.
No
pude mirarlo a los ojos esta vez. Permanecimos sentados. Varios
ciudadanos vinieron para informarnos que habían encontrado a los
incendiarios. Como lo había mencionado uno de los pobladores, tres
de ellos eran extranjeros, formaban parte de un grupo que ya había
cometido actos similares,
incluso
ellos mismos eran quienes
se habían
hecho responsables
de los bombardeos en Bangkok
y en otras ciudades de Indochina; no eran más que extremistas que
buscaban que todo el mundo se sumiese en la lentitud, en la pérdida
de la cultura y la identidad propia.
No
había cárcel en el pueblo, y los policías eran en su mayoría
granjeros, de manera que Nâsser
les
ordenó que los encerraran junto con los cerdos, con las manos
esposadas, y
que montaran guardia para evitar cualquier linchamiento por parte de
los pobladores.
Los
hombres se retiraron.
Nâsser
miró
el texto que
tenía en mis manos.
—Veo
que ya lo has leído —dijo.
—Me
iré del
pueblo al
amanecer —le
dije. El
cielo estaba repleto de estrellas.
Por
supuesto no me refería a cuando el Sol saliera, pues
transcurrirían
varios
meses
para que eso pasara.
Nâsser
guardó
silencio por unos segundos, luego dijo:
—No
tienes por qué irte de aquí.
—El
texto es
muy claro al respecto —dije—.
Incluso
menciona cosas que de otra forma no podrían estar registradas.
—Vi
sus ojos, pozos profundos en
los que era difícil hayar
algún pensamiento alojado en la mente de quien los controlaba—.
¿Lo
sabías? ¿Sabías que nuestra labor era
infructuosa aún antes de que comenzáramos?
—No,
ninguno de nosotros lo sabía —dijo
Nâsser—,
pues
aún no habíamos visto esa parte del texto.
Ni
siquiera tú lo
sabías,
puesto
que no podías recordar.
Entendimos
lo suficiente sobre la vida antes e inmediatamente después de la
dispersión, pero nada concluyente sobre la naturaleza de las
palabras salvo que en realidad poco sabíamos de ellas, así
como poco hemos sabido
de ellas
desde que el hombre es capaz de escribir.
—Hizo
una pausa—.
Hace
años
de tiempo relativo,
mientras me adentraba a una zona de alta dispersión, perdí casi
por
completo la memoria, el flujo cortante del tiempo me pasó factura.
Es muy raro que algo así suceda mucho después del momento de la
dispersión inicial, mucha
gente incluso aprendió a pensar en imágenes en vez de palabras para
que sus recuerdos no fueran borrados sin previo aviso.
Era muy joven cuando eso pasó, y
de
pronto
me encontré desorientado en un mundo hostil.
Después de eso tuve que rehacer mi vida. Una de las personas que
conocía,
y a quien en ese momento sólo
recordaba vagamente,
me dijo
mi nombre, pues me había convertido en un sinmemoria, como tú, como
todos los nacidos antes de la gran dispersión. Algo
similar
te
pasó a ti: olvidaste
gran
parte
de tu
vida dos veces, en dos momentos distintos. La
primera vez olvidaste a tus padres y lo que habías sido, la segunda
vez olvidaste tu nombre y el libro que habías escrito.
Miré
el fragmento de texto que tenía entre mis manos, pertenecía al
capítulo que nos habían enviado desde Phnom
Penh.
Lo leí, y
la manera en la que fluían las palabras en el texto se correspondía
con el fluir de las palabras de mi pensamiento, no
supe por qué no había notado antes ese detalle.
Leí mi nombre, por
primera vez desde la última vez que lo había olvidado.
También leí los
nombres
de mis padres, que
eran
los mismos que estaban escritos en mi medallón, sus descripciones
físicas
coincidían con las
fotografías.
“La
dispersión ha menguado nuestra cultura,
nuestra humanidad”,
leí, pero no recordaba el momento en que lo había escrito. “Nadie
conoce la forma de revertirla, y
no quiero pretender que yo poseo
la respuesta. He
recorrido las grandes zonas de dispersión, aprendiendo formas de
preservación y reconstrucción de textos, pero en ningún lugar del
mundo se ha encontrado la manera de revertir este proceso.
Desconocemos
la naturaleza de las palabras, por qué un día decidieron abandonar
los libros, escapar
de
todo
medio que las contuviera, incluso
de
nuestras mentes. La única manera de recuperar lo que es nuestro es
reconstruyéndolo,
poniéndonos
de pie
e impidiendo
el olvido.”
Doblé
el papel y lo sostuve dentro
de
mi puño.
—No
tienes que dejar el pueblo —dijo
Nâsser—.
Mira
a tu alrededor: ha
crecido mucho desde que regresaste
aquí.
Este
es tu pueblo, siempre lo ha sido, aquí naciste y aquí escribiste el
libro, por eso el libro te trajo hasta aquí, aunque lo hayas
olvidado todo este tiempo.
La
casa en la que había nacido seguramente había sido ocupada por
alguien más hacía mucho tiempo. En
realidad no importaba.
Era
de noche, pero aún así pude ver las estructuras que se habían
construido durante
el último año perfilarse contra el negro del firmamento, recintos
donde la cultura poco a poco iba resurgiendo.
Las
estrellas parecían haberse movido más de lo esperado durante los
últimos días. Quizá, sin darnos cuenta, estábamos saliendo poco a
poco de la lentitud, de manera que el flujo
del tiempo
allí
en el pueblo se
iba asemejando más al tiempo lejos de las zonas de dispersión, al
tiempo real. Sin embargo deseché esa idea.
—Los
últimos años de mi vida he estado buscando el libro que yo misma
escribí, el texto primordial, y
ahora
lo he encontrado —dije.
Me
puse de pie, Nâsser
hizo
lo mismo. Un
viento suave sopló desde donde se alcanzaba a ver algunas nubes de
lluvia.
—Hemos
tenido avances en la preservación de los textos —dijo
él—,
encontramos
un tipo de papel que puede hacer perdurar las palabras por al menos
diez años,
dos
veces más que nuestro papel anterior. Usaremos ese papel para
imprimir algunos libros, pues
mañana habrá
una gran lectura en público.
Me
di la
vuelta hacia la mezquita.
—Impedir
que las palabras escapen del papel será nuestra
forma de impedir el olvido —dijo
Nâsser.
Entré
a la mezquita y miré a los escribas trabajando con la misma
vitalidad de siempre.
Me
dirigí hacia mi habitación e
intenté dormir con el sonido de la radio y las máquinas de fondo.
Permanecí
en el pueblo el día de aquella lectura. Y hasta mucho tiempo
después.