abril 09, 2010

Un lugar abandonado por los dioses



—Hola Misha, ¿cómo va tu programa? —preguntó Vladimir, mientras entraba a la oficina de Mijail. Se sentó en frente del monitor.
            —La población ya alcanzó los tres mil millones, mira —señaló la ventana de las estadísticas—, ya su nivel tecnológico ha superado totalmente al nuestro cuando pasamos la barrera de los tres.
            —Espero que no le parezca un desafío a la Iglesia.
            —No, no lo es, pero esto muestra la influencia negativa que ha tenido la religión en el desarrollo de nuestra civilización.
            —¿No hay ningún síntoma de un pronto colapso social?
            —Para nada.
            —¿Qué es eso? —señaló unas letras en rojo de la bitácora.
            —Ah, parece un simple error —se levantó de su silla para tomar un poco de café.
            —Pero si esta cosa no ha tenido errores, no fue fabricado por algún americano.
            —Deja esos chistes racistas, los americanos podrán ser una mierda tecnológica y pudieron haber envenenado nuestro planeta con su basura comercial y su pornografía, pero para nada merecen tus chistes racistas.
            —En tu programa no existen los Estados Unidos.
            —Me apego a la teoría moderna, la existencia de Estados Unidos es un error histórico, los historiadores están de acuerdo con ello, nunca debieron de haber existido, tan sólo un error en el sistema.
            —Volviendo a lo del error —dijo Vladimir—, aparece repetido tres veces en Europa y dos en América. Cinco veces.
            —Déjame ver eso —se sentó en la silla y dejó su café sobre el escritorio.
            —Parece que algo se te ha ido.
            —Tienen el aspecto de filtraciones de datos —dijo Mijail—, como si escapara información del programa. Año 4987... lo que sería nuestro 1947...
            Apareció un mensaje en la pantalla del ordenador.
            —"¿Es usted Señor?" —dijo Vladimir—. ¿Qué significa eso?
            —Un mensaje —lo abrió—. Tiene adjuntas muchas fotografías.
            —¿Quién te lo manda? —se acercó curioso al monitor.
            —No se. No es americano.
            Apareció una carpeta con imágenes de estructuras extrañas, de roca grisácea. Parecían universidades y parques y viviendas. Incluía un texto, en el cual se leía:
            "Tenemos las suficientes evidencias para sospechar de su divina existencia, pero todos queríamos asegurarnos. Pensamos que tal vez no logremos nada con este intento de comunicación, aunque los más sabios teorizan que este es el medio para trasladar información hasta donde usted habita, y sospechamos que es un medio físico, al igual que el nuestro (hay fotogramas adjuntos sobre nuestro entorno, para que nos reconozca de entre todas sus posibles obras). Nuestra ciencia aún es incapaz de contestar muchas de nuestras preguntas más profundas, como lo que sucede exactamente después de la muerte de un individuo. ¿Hay otra vida? Creemos que si usted así lo desea, este es el momento de tener algún contacto con usted. Nuestra sociedad comienza a agonizar por causas que no comprendemos. La ciencia no parece ser... suficiente. Esperamos que nos ayude. Somos humanos y recurrimos a usted porque pasamos por lo que se ha empezado a llamar una tribulación, de la que parecemos ser incapaces de salir. Por favor, ayúdenos. En nombre de la comunidad científica y sobre todo, de toda nuestra raza, Andrés de Kleer"
            Mijail se alejó del monitor al terminar de leer.
            —Misha —Vladimir estaba horrorizado—, ¿qué clase de broma es esta?
            Mijail se levantó a prepararse otra taza de café, aunque la anterior aún estaba casi llena.
            —¿Qué pasa con los otros casos en América y en Europa?
            Se sentó de nuevo en el ordenador y los abrió uno por uno.
            —Similares —fue lo único que dijo.
            Vladimir tomó una videocámara del escritorio de Mijail y la encendió. Comenzó a grabar.
            —¿Qué haces?
            —Yo... no lo se —se volteó hacia Mijail con una expresión grave en el rostro—. ¿Te imaginas que estas personas del simulador hayan cobrado conciencia propia? —le clavó fuertemente la mirada.
            —¿Cómo dices eso, estás loco? ¡Es una broma de alguien!
            —¿De quién? Tu ordenador tiene más seguridad que todo el Gobierno de la Federación Rusa, cómo dices que alguien se infiltró en él y generó... —agitó el dedo hacia la pantalla— ¡eso!
            —Llevo trabajando en esto y nunca me había pasado algo de esta índole —dijo ya visiblemente más calmado—. Tan sólo dejemos que corra el sistema para observar el comportamiento que presenta. Me gustaría ver cómo se ve esto después de cinco años.
            Vladimir se acercó a la pantalla de nuevo.
            —¿Ya adelantaste los cinco años? —preguntó.
            —Espera... ya.
            —¿Qué ocurrió? ¿Por qué no...?
            —Ya no están... —dijo, arrugando la frente.
            —¿Cómo que ya no están, ya no están quienes?
            —¡Mis tres mil millones se han esfumado! —dijo asombrado— El sistema ha colapsado... o algo similar.
            —No lo sé —dijo Vladimir con indiferencia—, aquí el genio eres tú.
            —¡No me deja retroceder el tiempo!
            —Misha... —dijo señalando la pantalla—, otro mensaje.
            Mijail abrió el nuevo mensaje.
            "¿Por qué nunca llegaron? No pudimos resistir. Se acabó"
            Era lo único que decía.
            —No me deja hacer nada, tan sólo ese mensaje en la pantalla. Ya no... —revisó el disco—, los registros del modelo ya no están. Se esfumaron incluso los archivos que no tenían que ver con esto.
            —Se acabó —dijo Vladimir—. Tan sólo dice eso... Se acabó. Tiene razón, ¿cómo les explicaremos a los jefes que el proyecto ha fracasado?
            —El problema no es con ellos... Invertí tres años de mi vida en el simulador —se levantó del asiento—. Necesito aire fresco. Me permites, necesito salir un momento.
            Vladimir lo acompañó. En el suelo de la oficina, nadie se percató de que había un pequeño paquete. Dentro de él, un disco láser en el cual habían imágenes, videos, y canciones de las personas que habían habitado aquel otro mundo. En él estaba contenida toda su historia, todas sus ilusiones y esperanzas de una raza, de la que nunca se volvió a saber más.

Un regalo para Sebastian


Todo en su sitio. La bandeja con leche y galletas en espera de Santa Claus que habían dejado los niños, las cartas debajo del árbol de navidad, provenientes de Leonel y Alejandra, dos pequeños niños que se encontraban semidormidos, aunque Leonel estaba con el oído pegado a su puerta, en espera de que el grandulón Claus irrumpiese en su casa. Las ventanas cerradas, pues, al contrario que Santa Claus, los ladrones si entran por las ventanas.
Sebastian tenía ya preparada la trampa. Este año —se decía—, tengo que atraparlo! Estuvo a punto de tomarse la leche y comerse las galletas, pero pensó que eso le causaría sueño, y ¡no!, tenía que mantenerse despierto, bien despierto, a como diese lugar, hasta que Santa Claus llegase. Preparó café, y el periódico de esta mañana que no había tenido tiempo de leer. Se sentó en la mesa, y a sorbos bebía su café. Eso le mantendría despierto, toda la noche.
Dieron las dos, las tres. La desesperación por que esta vez su plan resultara exitoso era tal que Sebastian se pasó esas horas tensando y tensando los cables, corroborándose una y otra vez que fuese lo que fuese que entrara por la chimenea, terminaría en lo alto de su techo, arriba exactamente de la mesa donde estaba la bandeja de leche y galletas. Ocho ocasiones —se dijo—, ocho años, y han resultado infructuosos. Nada de recompensas para mí. Pero este año —decía mientras una maliciosa sonrisa corría de oreja a oreja en su rostro—, este año, Claus será mío.


Resulta interesante saber el por qué de que Sebastian quisiese atrapar a Santa Claus. Realmente eran muchas sus razones. Sin embargo una fue la detonante. Cuando Sebastian cumplió 7 años pidió de todo corazón un regalo:
“Querido Papá Noel. ¿Tienes hijos? ¿Y ese es tu nombre?  Porque me han dicho que te llamas Santa Claus. Acaso sería Noel Claus? Bueno, este año me he portado requetebién, y te pido que me traigas un juego de química. Mi papi es químico, pero no me deja jugar con su juego de química de su laboratorio, porque dice que no debo de incendiar la casa, ni la vecino, otra vez. Te dejé galletitas, y no son de las que no tienen chispas, como te las deja Esteban, el vecino. Por cierto, tráeme un juego de química que venga con ácido fluorhídrico y todos los ácidos y catalizadores que te sean posibles. Esteban es muy molesto, ayer me tiró con su pie cuando salía a tomar el autobús. A él tráele un enorme costal de carbón. Carbón con ácido fluorhídrico dentro. Atentamente: Sebastian”
Al día siguiente, el pobre niño se percató de que debajo del árbol había una caja con su nombre. La linda caja estaba decorada con un brillante papel metálico. Las luces del árbol destellaban sobre su superficie. Se sentó inquieto junto al  enorme pino. Sus ojos le brillaban y estaban más abiertos que nunca. Contempló la caja durante un largo momento, completamente entusiasmado, mirando al mismo tiempo a los demás. Anda Sebi —dijo su padre inclinándose junto a él—, ¿no vas a abrir el regalo que te trajo Santa Claus? En ese instante comenzó a desgarrar el papel frenéticamente, bajo las protestas de su madre que lo conservara. Abrió la caja, y se encontró con una excelente nave a escala del USS Enterprise, con el Capitán Spock y todos sus tripulantes. Él odiaba Star Trek. Lo odiaba. Sin pensarlo, le dio el modelo a su hermano, que estaba abriendo su regalo.

Sebastian retiró su cara del la mesa, estaba pegajosa. El café se había derramado alrededor. Un ruido lo había despertado. No. No era un ruido, era EL ruido. Miró su reloj, había dejado de funcionar, también el de la pared, y ambos marcaban las 3:21. En ese momento corroboró —al menos así lo creyó— su teoría, de que Santa Claus distorsiona el funcionamiento de los aparatos electrónicos, e incluso, el mismo espaciotiempo. ¿De qué otra forma se explicaría que visitara tantas casas en una sola noche?
Algo bajaba por la chimenea. ¡Cayó! —gritó estruendosamente—. La red se cerró y bruscamente un bulto pequeño se elevó por los aires hasta quedar encima de él.
—¡Hey, tu no eres Santa Claus! ¿Donde está Claus, y porqué has bajado tú por mi chimenea?
—Muchas preguntas para Patrick —reclamó el duendecillo, con voz chillona, moviéndose convulsivamente en la red.
Sebastian notó lo mal que andaba vestido aquel ser pequeño. Las suelas de sus zapatos se estaban despegando. Su cabello, todo enmarañado, estaba lleno de hollín de la chimenea. Su gorro estaba roto por aquí y por allá. Parecía que no se había cambiado los calzoncillos desde hace...
—Hey, parece que no te has cambiado los calzoncillos desde hace....
—¡Calla! ¿Por que has sido tan osado como para ponerle una trampa a Patrick? —le decía apuntando con el dedo desde arriba.
—Donde está Santa Claus? —exigió Sebastian.
—¿Santa Claus? ¿Te refieres al viejo?
Sebastian asintió con la cabeza.
—El viejo ha muerto, solo que no se lo digas a nadie. Es por eso que estoy aquí. Ahora bájame. He ensuciado mis calzoncillos... otra vez.
Sebastian guardó silencio, había esperado tantos años, para capturarlo, para rociarle ácido fluorhídrico, incluso había comprado un nuevo rociador y un gotero que no se desintegraban. Sin embargo, el viejo había muerto. Un tic irrumpió en el párpado del ojo izquierdo. Se quedó pensativo.
—Entonces dime, ¿que haces vestido así?
—¿Cómo que qué hago vestido así? Es mi única ropa. Tengo que decirte algo muchacho, que el viejo muriera fue una alegría para toda la comunidad de duendecillos. Este bastardo nos explotaba, a nosotros, seres elementales de la naturaleza, ¿pero qué se creía? Ese hijo de...
—¿Cómo que los explotaba?
—Sí. Nos mantenía trabajando en su taller, bajo condiciones inhumanas, aún para un duende. También merecemos un seguro social. Nos daba vacaciones, luego, cuando comenzaba diciembre, nos hacía regresar. Les decíamos a nuestras familias que volveríamos pronto, pero nunca era así. ¿Crees que trabajar en el Polo Norte sin más que esta ropa que llevo es soportable? —Sebastian negó con la cabeza—. No teníamos abrigo —prosiguió—. Mientras el viejo se la pasaba en su casa de invierno en las Islas Feroe, disfrutando del clima cálido por la Corriente del Atlántico. ¡Quién sabe si alguna vez viajó a Irlanda y abusó de nuestras esposas! Patrick has esto, has aquello. ¡Estaba harto! Pero tuvo su merecido. Ese viejo decrépito tuvo su merecido, ¡oh señor que si es cierto! ¿Pero qué esperas muchacho?, ¡bájame de una vez de aquí!
—Pero, antes dime, ¿que has traído esta vez de regalos?
El duendecillo dejó de moverse bruscamente en la red
—A tu hijo le he traído lo que pidió en su carta, los duendes no necesitamos leer las cartas, ya sabemos lo que los niños escribirán el ellas —mientras buscaba en su gran bolsa de color rojo—, así que le traje un lindo avión a escala de la Segunda Guerra Mundial.
—¿Y para la pequeña Alejandra?
—Oh. Alejandrita se ha portado bien este año.
—No la llames Alejandrita, ¡duende pervertido!
—Oh, no, esa no era mi intención, mis disculpas… a ella… a ella le he traído el libro que pidió… Astronomía.
—Y a mí, ¿me has traído algo?- preguntó Sebastian con enormes ojos de gato.
El duende titubeó por un momento.
—Pero... si tú no escribiste ninguna carta este año...
El tic volvió al ojo de Sebastian.
—Oh, pero no te preocupes —añadió el duendecillo mientras se rascaba la frente—, ¿te gusta Star Trek, cierto? —dijo el duende mientras de la nada aparecía en su mano una hermosa nave a escala del USS Enterprise.
Sebastian se dio la vuelta. El duendecillo comenzó a sacudirse convulsivamente dentro de la red.
—¡Eh!, ¿a donde crees que vas?, necesito dejar los regalos a los niños.
—Voy por mi rociador —dijo Sebastian, con una gran sonrisa en su rostro.

La hora esperada ya había llegado. Los niños abrieron sus regalos. Los lustrosos papeles metálicos fueron arrancados con fiereza de sus cajas. Las risas inundaban el ambiente. Sonrisas y gritos de alegría por doquier. A Leonel le gustó mucho su avión. Alejandra tuvo su libro de Astronomía. Minutos después ya todos estaban cansados, por la agitación, y se sentaron en la mesa para comer.
­—Papi —dijo Alejandra, con su infantil y cariñosa voz—, ¿por qué mi libro está roto?
—¿Qué dices?
—Está como quemado, de la cubierta —le mostró la quemadura del ácido en una de las esquinas de la tapa.
—Es un buen libro, Santa Claus debió de haber cruzado mares de fuego para traértelo.
—Santa es lo máximo —dijo esbozando una enorme sonrisa, dando saltitos en la silla, con el libro en las manos, examinándolo una y otra vez.
—Papá —dijo Leonel, en la mesa, con un pedazo de comida entre las manos. Su modelo a escala de un avión de la Segunda Guerra estaba junto a su plato—, ¿qué clase de pollo es este? —dijo.
—Pollo irlandés.
—Ah.
Se lo llevó a la boca y le dio una gran mordida. ¡Cómo estaban contentos porque era Navidad!

Los Seres de los Espejos



Un estruendoso ruido sacó de la cama de un salto al señor Wood. Terminó de quitarse las sábanas y se pasó las manos por la cara, para reanimarse de su taciturno estado. Algo parecía haberse roto por el baño, algo de cristal o…
            —¡Sarah! ¿Qué ha pasado?
Estaba con la mirada vuelta hacia el lavabo del baño, las manos en frente de ella, viéndolas, llenas de sangre que brotaba de ligeras heridas. El pequeño espejo yacía en el piso del baño quebrado en un montón de pedazos, unos trozos más pequeños estaban en el lavabo. Sarah miró hacia Petter, y este último corrió hacia ella.
            —¿Amor, pero… que ha pasado…? —le tomó por las muñecas—. Ven, vamos, hay que curarte esas heridas.
            —El espejo… el espejo —decía Sarah entrecortadamente.
            —¿Qué… qué pasó con el espejo?
            —El espejo… se…

Petter recogió cuidadosamente los restos del pequeño espejo, y los metió en una bolsa de plástico. Qué bueno que todo esto no había pasado a más —pensó—. Solamente fueron pequeñas cortaduras en sus manos. Pero… ¿como iba a caerse el espejo de su sitio? Había un clavo que lo sostenía. Miró al clavo, que aún seguía en su sitio, inmutable. Se levantó. Se dirigía rumbo a la parte trasera de la casa, donde tiraría los restos en un bote.
            —¿Ya estás mejor? —le preguntó Petter mientras él bajaba las escaleras, en cuanto la vio. Tenía una venda en cada mano, y sentada en el sillón, junto al televisor encendido.
            —Oh, si. Lo estoy.
            Ese mismo día compraron otro espejo. El otro era muy pequeño —se dijo Petter—, así que necesitaba uno más grande. Se paseó por el centro comercial y encontró uno muy grande, de cuerpo completo.
            —Me llevo este.

            El pequeño Harry llegó gritando y corriendo a la casa. Su grito parecía un grito de guerra. Un compañero de su escuela le acompañaba.
            —¡Harry! —le llamó la atención su madre, que estaba llevando una torre de platos hacia la mesa. Los colocó en ella—. Harry, espero que no te vayas a comportar mal hoy. Es la cena del jefe de tu padre, y no hay que causarle una mal impresión. ¿Entendiste?
            El niño asintió con la cabeza, y corrió inmediatamente, subiendo las escaleras hasta su cuarto. Su pequeño amigo le seguía. Llegaron hasta la entrada de su habitación, y entraron. Harry actuaba como si guardara algún secreto. Pronto, el pequeño Robinson, que vivía en la casa de enfrente y asistía a la escuela con Harry, corrió hasta su consola de videojuegos. Se aventó al sillón inflable de Harry, su favorito, de color verde.
            —¡Hey! —susurró Harry, detenido en la entrada de la habitación.
            —¿Qué?
            —¿Quieres ver algo?
Robinson se alejó de la consola, y siguió a Harry. Salieron de la habitación y cruzaron el pasillo, en dirección a la habitación de sus padres.
            —¿Qué es…? —preguntó intrigado, sacando una barra de chocolate de su bolsillo. Comenzó a quitarle la envoltura
            —Es un secreto… pero ya lo verás —Harry abrió la puerta de la habitación de sus padres, y cerró la puerta, tras de Robinson.
            —Aquí duermen tus padres. ¿No que no te dejaban entrar aquí?
            —A veces entro… mira… ven — caminó por la habitación y se dirigió hacia el baño. Robinson entró también.
            El gran espejo nuevo estaba colocado, de forma segura, en la pared del baño, de mosaicos azules, y piso blanco. Estaba a un lado del lavabo. Era grande y ovalado.
            —¿Recuerdas que te conté de Steve? —le preguntó Harry.
            —Aha.
            —Pues Steve vive dentro del espejo. Me dijo que no podía salir de él, porque era muy pequeño, pero ahora que papá lo ha cambiado…
            El pequeño Robinson se quedó parado en frente del espejo, fijamente, sin decir palabra alguna. Una franja ondulante, de un color muy brillante y extraño, apareció en el espejo. Los niños la miraban. Robinson mordisquaba su barra de chocolate.
            —¿Él es tu amigo Robinson del que me has contado?  —preguntó una voz que salía del espejo.
            —Sí, yo soy Robinson —contestó.
            —Tu papi fue muy amable en comprarme un espejo nuevo… Ni siquiera se lo tuve que pedir… Uh… Harry, tengo un mensaje de la Reina de los Espejos —Harry abrió los ojos lentamente, eran bastante redondos y muy grandes. La Reina de los Espejos… quien gobernaba a todos los ciudadanos de su reino, quizá le diría algo muy importante—. La Reina quiere saber si te gustaría visitarla. Hoy dará un gran banquete al que asistirán todos los caballeros del reino, y quiere que tú seas uno de los que asistan. ¿Qué dices?
            Harry asintió rápidamente con la cabeza, una y otra vez, en rápida sucesión.
            —Pero… Rob está conmigo, no quiero dejarlo solo.
            —Tu amigo Robinson está también invitado. ¿Dime Robin… —la franja de extraño color comenzó a ondular un poco más, torsionándose y distorsionándose—, tú que dices?
            También asintió, con una gran sonrisa en el rostro.
            —El gran banquete está a punto de comenzar… dense prisa… los demás caballeros estarán esperándolos ansiosos en la gran mesa.
 Harry acercó un pequeño banquillo, arrastrándolo por el piso, hasta el espejo. Puso un pie en él, pero se detuvo.
            —Steve, pero, no puedo ir con esta ropa —dijo Harry, viendo su camisa—, ¿seguro que la Reina….?
            —No. La Reina no tendrá ningún inconveniente por lo de sus ropas… además… al atravesar el espejo, ustedes tendrán unos lindos atuendos que les harán lucir como verdaderos caballeros.
            Los dos niños entraron al espejo, subiendo por el pequeño banquillo. Todo quedó quieto y en silencio por un momento. El espejo onduló un poco, y se tornó de aquel extraño color. De él salieron un nuevo Robinson y un nuevo Harry.
            —¡Harry, baja a cenar, no tarda y llega el señor Ford! —gritó desde abajo su madre, Sarah. Los dos niños salieron del baño y del cuarto, y bajaron las escaleras corriendo.
            —Despídete de tu amigo, ya se tiene que ir —y así fue. Robinson cruzó la calle, acompañado por el señor Wood, y entró a su casa. El cielo estaba cubierto de nubes, y un viento frío corría, llevando polvo y basura por los aires. Ya había oscurecido.

            El señor Ford era un señor bastante obeso, y el traje que tenía puesto no le favorecía para nada a su figura. Su vestimenta parecía tratar de matarlo de asfixia. Se dejó caer en la suave silla de madera, enfrente de la mesa. Petter Wood se sentó inmediatamente al lado de él.
            —Ha sido una verdadera proeza cocinar con las manos heridas y vendadas —observó Petter, para hacer notar el trabajo gastronómico que había hecho su esposa frente a su jefe. El señor Ford se limitó a levantarse los pantalones, con un tirón con ambas manos de su cinturón. Todo su cuerpo parecía estremecerse, como una gelatina.
            —Dígame Petter, como van este mes las ventas de su área en la compañía —le preguntó el señor Ford, secándose el sudor de la cara, con un pañuelo rojo.
            —Oh… —Petter vaciló un poco— van bien, van bastante bien. En comparación con el año anterior, hemos tenido un aumento de 9% en las ventas de los Cuidadores. Los padres quieren mantener protegidos a sus hijos mientras ellos no están —le sudaban las manos. ¿Por qué había mencionado esa última frase acerca de los padres? ¿Acaso él no era padre? Y acaso ¿él no se había abstenido de adquirir uno de esos Cuidadores? ¿No lo necesitaba? Si, pero simplemente creía que no era buena idea dejar a su hijo en manos de un robot niñera.
            —Bien. Me alegra. Y veo que su hijo se ha criado muy bien sin la asistencia de un Cuidador —Ford miró a Harry, que estaba con los codos sobre la mesa, sosteniendo con su mano derecha un tenedor, enterrándolo en un guisante. Petter Wood estaba nervioso, pues no sabía si aquello era un reclamo hacia él.
            Todos comenzaron a comer.
            —Oye, Harry, ¿puedes pasarme el salero?, está junto a ti —le dijo Petter a su hijo. El niño, con un movimiento del brazo tomó el recipiente y lo dio a su padre, sin despegar la mirada de su plato. Su rostro parecía pálido, y su cuerpo casi sin energías—. Harry… ¿te sucede algo?
            —No —respondió, alzando la vista—. Estoy un poco cansado, eso es todo.
            Afuera comenzaba a llover. La inclinación de las trayectorias de las hileras de gotas de agua que se precipitaban estaban algo inclinadas, y se sacudían, por la violencia del viento. El agua golpeaba contra las ventanas cerradas.
            —Discúlpeme, señor Ford, necesito ir al baño.
            —No pida permiso, está usted en su casa.
            Petter Wood subió lentamente las escaleras. Su vejiga estaba repleta. Entró a su habitación y al baño. Un banco caído estaba en frente del gran espejo. Lo recogió y lo dejó en su lugar. Usó la taza del baño y al final bajó la tapa y la palanca. Un ruido… ¿de donde venía ese sonido? Petter se quedó junto a la puerta, y se volvió lentamente al interior del baño. El espejo. Se acercó al espejo. Un murmuro extraño salía de aquel lugar. ¿Vecinos? No. No había ninguna edificación del otro lado de la pared. Se acercó más a la pared. Los sonidos venían del espejo. Un escalofrío le invadió todo el cuerpo. Había algo extraño en el espejo, una forma de un extraño color se movía, se retorcía a lo largo de él. Reconoció los ruidos, o esa impresión le surgió. Parecían sonidos metálicos, rechinidos. Como si afilasen algo. Y el sonido de maquinaria moviéndose. Se alejó un paso hacia atrás.

            —¿Y como se lastimó las manos, señora Wood? —preguntó Ford, mientras se limpiaba la boca con una servilleta.
            —Oh, no es nada grave, solo me corté con un espejo.
            —¿Un espejo? ¿Cómo fue eso?
            —Esta mañana se cayó el espejo, y unos cristales se enterraron en mis manos. Eso es todo.
            —¿Cómo se cayó el espejo, señora Wood? —preguntó dejándose caer hacia atrás en su silla.
            —Verá, no tiene mucha importancia…
            —No, por favor, dígame como.
            —El espejo, simplemente se cayó.
            —¿Usted no lo tiró?
            —No, solamente se cayó.
            —Es bastante curioso, porque mi espejo…
            Alguien llamó a la puerta, por la ventana podían verse a los Wallace. Marjorie, Edvard, su esposo, y Robinson y Stephane, sus hijos. Todos se estaban mojando, sin embargo seguían allí parados, sonriendo.
            —Permítame —le dijo al señor Ford y se levantó de la silla para abrir la puerta—. ¿Qué hacen a esta hora los Wallace, y bajo la lluvia? —se preguntó Sarah.
            Abrió la puerta. La familia pasó dentro.
            —Hola —dijo, saludando las mojadas manos de todos—. Pueden sentarse —les señaló los sillones y les acompañó.
            —Es tarde… —dijo Sarah, mirando su reloj de pulsera.
            —Si, disculpe —dijo Marjorie, con el cabello colgándole en la cara y todavía goteando. El maquillaje que había tenido su rostro estaba corrido—, lo sabemos, pero Robin quería venir.
            —Buenas noches —saludó Petter, quien iba bajando las escaleras. Fue hacia donde estaban los Wallace y saludó a Edvard, sin reparar en lo mojado de su mano.
            Sarah miró hacia el señor Ford, y se volvió.
            —Creo que hay que volver con tu jefe —le dijo a Petter.
            Su esposo, y toda la familia Wallace la observaban con un rostro inexpresivo. Se volteó. El reloj daba las 10 de la noche. Harry permanecía sentado en la silla. Su plato estaba lleno, no había comido ni un solo bocado.
            —¡Señora Wood! —gritó aterrado el señor Ford, cayendo al suelo, junto con la silla. Harry se había levantado, y estaba parado sobre la silla.
            —Es hora —dijo. Los Wallace y Petter asentían con la cabeza—. Hace miles de años su raza y la nuestra podíamos vivir en paz en este mundo. Nosotros y los humanos podíamos entrar y salir a nuestro albedrío por los espejos, entre nuestros mundos. Pero los humanos eran bastante débiles, no podían conducirse siquiera a ellos mismos… y nos vimos obligados a actuar… pero fuimos vencidos, y nos condenaron a los espejos… a imitar todo lo que había enfrente de ellos… imitarlos… ¿Sabe lo que es imitar a una criaturas tan repugnantes como ustedes? Pero durante todo este tiempo nos hemos preparado. Esta vez no seremos vencidos… —Harry, o lo que parecía ser Harry, se fue transformando en algo más. Un extraño color, muy brillante, empezaba a inundar todo el lugar. Los cuerpos de Harry, Petter y los Wallace emitían ese color. De pronto tomaron forma de criaturas que difícilmente se podría decir que parecieran humanas. Harry blandió una espada, se incorporó, y la colocó sobre el cuello del señor Ford.
            —Siquiera lo intenten —dijo Petter, sonriendo, que ahora estaba convertido en una cosa de baja estatura, con mucho pelo y forma de zorro. Una gran cola barría la alfombra—, en este momento ya casi todos los humanos han sido remplazados y encerrados en los espejos… los que aún quedan no tardarán en ser exterminados.

Arriba se oían muchos ruidos y voces. Un gran número de figuras animalescas salían del espejo, todo un batallón. Se ajustaban los cascos con sus expertas manos y blandían firmemente sus espadas y fusiles. Las botas hacían retumbar el suelo. En las calles, en completa oscuridad, bajo la lluvia, se movía una masa de formas muy bajas.
Durante unos momentos se oyeron algunos gritos, pero pronto cesaron. Luego, solo un pequeño susurro en el viento, un murmullo de hierro y acero, de las armas de los seres de los espejos.

Rescate


           —¡Diablos! —exclamó Arturo, pasándose la mano por su dolida cabeza—. Quién iba a decir que faltan seis minutos para que estemos muertos. Todos muertos. Mi teléfono no tiene señal, ¿qué me dicen ustedes?
            —No, está completamente muerto —dijo Úrsula.
            —Tal vez los robots nos identifiquen en cuanto se enciendan —dijo Santiago, caminando de un lugar para otro, nervioso—, y así no nos matarán.
            —¿Sabes qué clase de robots son? —le preguntó enfadado Arturo, mientras buscaba lugar para sentarse en una de las rocas de la caverna. Palpó la roca con la mano y la encontró conveniente.
            —No. Pero las Leyes de la Robótica...
            —Las Leyes de la Robótica no se aplican en este caso. Los robots no son sirvientes, les pediría una Pepsi con Whisky si así fuera. Pero no. Son demoledores.
            —Detonadores —rectificó Úrsula—. Son detonadores. Detonarán esta caverna en cuanto se cumpla la hora específica. Esto es... —dijo mirando su reloj—, en cinco minutos, según sabemos.
            —¡Que me cuelguen! —dijo Santiago—. Debíamos de estar afuera esperando esta detonación, para poder inaugurar las obras de la nueva universidad.
            —Oigan —les dijo Úrsula, moviendo los brazos en el aire—, miren arriba.
            Un pequeño agujero por el que entraba un pequeño rayo de luz se abría a varios metros de altura sobre sus cabezas. Los ojos de los tres voltearon hacia arriba. No era solamente un rayo de luz en el sentido físico lo que los alumbraba, también era una luz de esperanza por poder escapar de ese sitio en el que irremediablemente morirían en poco tiempo.
            —Por mi abuela... y por la abuela de mi abuela —dijo Arturo—. Una salida.
            —¿La alcanzaremos? Está demasiado alto.
            —Cielos, desde esa altura hemos caído —dijo Santiago—. Tal vez si gritamos nos oirán allá arriba. ¡Auxilio! ¡Estamos atrapados!
            —Están demasiado lejos —dijo Arturo—. Cercaron los terrenos de estas cuevas, para que la gente no se acercara demasiado cuando sucediera la explosión.
            —Estamos fritos —dijo Santiago.
            —No, de hecho lo estaremos —corrigió Úrsula—, en menos de cinco minutos.
            —Tal vez podemos desactivar los robots detonadores —sugirió Santiago.
            En el otro extremo de la cueva, posado en el suelo, una pequeña caja amarilla en forma de cubo, mantenía en su interior un depósito con antimateria. En unos minutos los campos electromagnéticos que sostenían las gotitas de antimateria se apagarían, y se formaría un gran agujero esférico de trescientos metros de diámetro. Así no hacía falta recoger el material que saliera eyectado ni los escombros de una explosión común. Otros cinco robots en las zonas cercanas harían también su trabajo del mismo modo.
            Caminaron hacia la cajita con pasos agitados. Arturo se arrodilló frente a el detonador.
            —Esto no es bueno.
            —¿Qué? —preguntó Santiago.
            —El sistema de detonación es externo. Lo controlan desde la superficie. También, el sistema de detonación es un Dyler, eso quiere decir que hay una total dependencia entre el mecanismo de detonación y el funcionamiento de los campos electromagnéticos. Así que...
            —Así que no la podremos desconectar —dijo Úrsula.
            —Exacto. Si lo hacemos, detonará.
            —Oigan —dijo Santiago, quedándose quieto.
            Un poco de tierra empezó a caer de la parte superior de la cueva, luego más, y algunas rocas pequeñas. Un agujero más grande, a un lado del más pequeño, por donde los tres habían caído, se abrió en el techo de la cueva. Dos bultos cayeron, golpeándose contra la blanda tierra del piso.
            —¡Oh, Dios! —exclamó uno, retorciéndose en el suelo.
            —Ustedes —dijo Arturo, notablemente sorprendido, caminando hacia los dos nuevos habitantes temporales de la cueva.
            —¡Arturo! ¡Rayos, Arturo, eres tú! —dijo Henry, levantándose del piso.
            —¿Pero qué demonios están haciendo en este lugar? —gritó Santiago.
            —Venimos a rescatarlos, pero el suelo... —lanzó una mirada a su alrededor—, quiero decir, el techo, se ha caído debajo de nuestros pies cuando caminábamos por la superficie.
            Úrsula corrió hacia donde Melisa estaba tendida en el suelo.
            —Oh, no te preocupes, es solo mi pierna...
            —¿Rescatarnos? —dijo violentamente Arturo—, y ahora parece que alguien nos tiene que rescatar a todos nosotros. ¿Pero como supieron que estaríamos en este sitio?
            —Su agenda decía que estarían en este sitio.
            —Santo cielo Henry, ahora ya todo me parece bastante claro —dijo Melisa desde el suelo, ya se había sentado, y se agarraba la pierna con ambas manos, por el dolor.
            —¿Qué es lo que es claro?
            —Nosotros... y ellos... aquí.
            —El tempovisor...
            —¿Qué es lo que sucede? —preguntó Arturo.
            —Nosotros observamos por el tempovisor que en el futuro —dijo Melisa—, bueno, en este presente, que ustedes tres estarían atrapados en esta cueva. Tan solo intentábamos evitar...
            —¿Qué rayos estas diciendo?
            —¡Ahhh! —Henry comenzó a marcar en su teléfono desesperadamente.
            —No tiene señal —dijo Úrsula.
            —Les explicaré —dijo Henry, dejándose caer en el suelo para sentarse. Aminoró un poco su respiración—. Intentamos evitar esto... y cuando llegamos a esta ciudad paso por mi cabeza que quizás me hubiese equivocado... que tal vez el tempovisor se hubiese equivocado. Dicen que no siempre funciona como debería, que a veces... Es la primera vez que lo usamos en el Instituto y...
            —Sé más explícito —dijo Santiago.
            —Observamos que ustedes morirían —dijo Melisa—, eso pasó hace unos minutos, y viajamos en la máquina a este sitio, a este tiempo. Pero en la visión no solo estaban ustedes... también estábamos nosotros, en esta cueva. Estoy seguro que vi que estábamos también nosotros, Melisa no se percató de ello. Supusimos que era un error... lo pasamos por alto. No nos pudimos comunicar, y por eso hicimos el viaje.
            —Dices que intentaron salvarnos a nosotros de esta cueva —dijo Arturo—. Intentaron cambiar el futuro, pero al final resultó tal y como lo han visto.
            —La máquina del tiempo debió haberse equivocado —dijo Henry—, no nos trajo al tiempo que debió de hacerlo, se retrasó, ya es tarde... ¡Ves! —dijo, mirando a Melisa—, ¡yo vi exactamente esto!
            —Lo siento —dijo Melisa—, no lo percibí... aparte no podíamos grabarlo, con la cantidad de información que recibimos del futuro eso es prácticamente...
            —Falta un minuto —dijo tétricamente Santiago, mirando su reloj—. Cincuenta segundos.
            —Saben —dijo Henry—, esto resulta ser un tanto divertido.
            —¿Te has vuelto loco? —le dijo Melisa, que estaba a su lado.
            —Nosotros —dijo volteando hacia Melisa—, no deberíamos de estar aquí. Vinimos a salvarlos a ellos, pero nos pudimos haber salvado nosotros si no lo hubiésemos intentado desde el principio. El tempovisor nos dijo que todos moriríamos y así ocurrirá —soltó una carcajada macabra.
            —Creo que ha habido una equivocación aquí —dijo Arturo.
            —Pero eso no hubiera sido posible —dijo Melisa—. Lo que vimos en el tempovisor eso será lo que sucederá. No hubiésemos podido haber evitado nuestro futuro.
            —¿Eso crees? —dijo Henry, sonriendo—. Es posible —miró hacia los demás—. Y ustedes tres no se preocupen, nadie sufre por una desintegración materia-antimateria.
            —Me alegra saber eso —dijo Arturo.

El Cadáver



—Señor, queríamos que usted fuera el primero en ver esto. Lo creíamos como un asunto de extrema importancia. Es… es simplemente extraordinario.
—¿Encontraron la causa de muerte?
—No, algo aun mejor —uno de los médicos fue levantando las sábanas del cuerpo sobre la mesa. Se detuvo a medio camino, pero pronto dejó al descubierto el cuerpo.
—Oh, pero, ¡santo Dios…!
—¡Exacto! Que… queríamos informarle a usted primero de esto. Lo acabamos de hallar. Las balas se habían alojado en el brazo, pero, creíamos que la causa era sistémica, así que…
Los órganos estaban expuestos fuera de su abdomen.
—¿Son estos sus órganos?
—Si Señor. Sus órganos.
—¿Han removido algunos?
—No, están intactos. Esos son sus verdaderos órganos, si podemos llamarles de esa manera.
—¿Quién más aparte de ustedes sabe de esto? ¿Han transmitido la noticia?
—No. Acabamos de hacer la necropsia. Pero, creo que Richard vio algo extraño cuando traía el cuerpo hacia la sala. Algo sobre sus uñas.
—¿Funcionan las cámaras?
—No Señor. Esta es una zona que se supondría inexistente. No hay cámaras aquí. Usted lo debería saber. ¿Por que la pregunta...?
—Hola Sam… Petrov —entró el jefe de la oficina de asuntos extranjeros. Volteó a ver a Jeff— Jefe… buenas noches.
—Qué bien que has venido Richard. Necesito que observe este cuerpo. Venga por aquí.
—El cuerpo…—Richard se acercó hacia la mesa quirúrgica. —¿Oh, diablos, que maldita cosa es esta mierda?
—Modera tu vocabulario —dijo el Jefe— ¿No lo reconoces acaso? —le preguntó a Richard. Rodeó la mesa y se dirigió hacia la puerta— Sigan inspeccionando el cadáver y me hacen llegar sus conclusiones. No den ninguna clase de información a la Comisión. Cualquier resultado, que llegue directamente a mis manos.
—Lo haremos en cuanto lo tengamos.
El jefe salió de la habitación, y casi inmediatamente entró otro hombre.
—Oiga, usted no puede estar aquí.
—¡Cielos, no! —gritó Sam.
El silenciador cubría el sonido de los disparos. Las balas mancharon de un rojo fulgor las lisas batas verdes.
El Jefe, junto a Richard, volvió a entrar a la sala. Caminaron hacia la mesa y se quedaron absortos en lo que tenían ante sus ojos.
—Tendremos que dar aviso de esto a la prensa —dijo Richard— ¿no es así?
—¿Qué quieres que les digamos? Dios ha sido una figura pública desde 2024, ¿y ahora dar a conocer que ha muerto?
—¿Qué rayos lo mató? —dijo, llevándose las manos a la cabeza— ¿Cómo…?
—Nuestros soldados lo confundieron y lo acribillaron a tiros. Le dieron en su hombro, parece ser… —se inclinó hacia la mesa y entrecerró los ojos para ver con más agudeza— parece ser que le destrozaron la arteria… como sea que se llame.
—¡Santo cielo! ¿Cómo pueden ser tan estúpidos los de la Fuerza Aérea? ¿Con qué demonios lo confundieron? ¿Cómo se puede confundir a alguien así…?
El Jefe miró fijamente a Richard.
—¿Qué opinas que hagamos?
—No se… siempre me ha interesado como sería el organismo de Dios por dentro… ¿Qué estoy diciendo…? ¡Cielos Jeff!, mis hijos le rezan todos los días a este sujeto. ¿Qué rayos voy a hacer?, no voy a poder soportarlo. Aparte todo el mundo se enterará tarde o temprano. No es algo que se pueda ocultar tan fácilmente.
—Ya veremos qué hacemos. Le pagaremos a alguien para que lo sustituya, o algo por el estilo —el Jefe se alejó de la mesa— ¿Tienes hambre? Hoy hay pizza en el comedor.
Richard flexionó el cuello para destensarlo y no hizo ningún comentario. Los dos salieron de la sala. Caminaron por el pasillo y dieron vuelta hacia el comedor. Otro hombre tras de ellos entró para sacar los dos cadáveres del sitio.
—¡Hombre! —dijo el Jefe— Quita esa cara larga.
—¿Qué no te das cuenta de lo que ha ocurrido? —dijo afligido.
—¿Ya mencioné que hoy hay pizza para comer?

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