El hombre se tambaleaba de un lado a otro, apoyándose sobre una y otra roca en el pedregoso camino. La fiebre apenas podía hacerle mantener el equilibrio. A lo lejos se escuchó un disparo, y luego le siguieron otros tres más. El aire era frío, sin embargo, un calcinante sol se alzaba por encima de su cabeza.
—Oh Dios, comienzo a alucinar —se dijo, tocándose su ardiente frente.
Una figura esbelta y atractiva de una mujer se asomaba de entre las rocas. Su vestido parecía de seda. Su cabello era rubio y brillaba reluciente a la luz del sol, y su piel blanca y pálida. Lo miró por un momento, mientras Olaf se mantenía estático. La figura se escabulló entre las rocas. Olaf siguió caminando, tenía que alejarse lo más que pudiera de allí, y ni siquiera se podría pensar en solicitar atención médica. Había que huir hacia el bosque.
—Hacia el bosque —repetía una y otra vez.
Dos figuras más, vestidas con trajes parecidos a los de astronautas, salieron rápidamente, observando el entorno. Tomaron a Olaf por los brazos. El hombre no pudo oponer resistencia, cualquier esfuerzo que hiciese, era en vano, pues su cuerpo parecía tan rígido como un tronco de árbol. Sus pies iban arrastrando en las rocas mientras aquellos dos lo cargaban como podían. Divisó una hendidura en el rocoso suelo, y entraron con él en ella. Todo era de una completa oscuridad. Bajaron y bajaron por un pasillo oblicuo, él no supo cuanto, y entraron en una cámara iluminada. El aire olía a desinfectante, como el de un laboratorio o un hospital. Las paredes pintadas de blanco reflejaban la luz de las... no se observaba lámpara alguna. Colocaron a Olaf en una silla. Alrededor de él había un sinnúmero de aparatos plateados y de vidrio que atestaban la gran sala.
—¿Pero qué...? —dijo mirando a sus dos secuestradores, que estaban inmóviles delante de él. Eran físicamente bastante atractivos, al menos sus rostros, lo único que podía ver, pero sus rasgos eran...
—Humano... —balbuceó uno de ellos. Su voz salía de su traje. Se volvió hacia una mesa plástica y tomó un aparato parecido a un teléfono celular. Lo pasó por delante de Olaf moviéndolo de arriba para abajo.
—¿Quienes son ustedes? ¿Por qué me han traído a este lugar?
Ninguno de los dos respondió. El que sostenía el aparato, lo volvió a dejar en la mesa. Los dos extraños se retiraron, y la puerta, que estaba a unos 10 metros de la silla de Olaf, se cerró.
—¡Dios! —exclamó, levantándose de la silla— Debo de seguir alucinando —comenzó a caminar por la enorme sala. Sillas por doquier, enormes mesas que estaban pegadas a las paredes. Todo tenía el aspecto de un laboratorio. Sobre las mesas algunos aparatos con pantallas, parecía microscopios, pero no se podía decir si... Los dos extraños volvieron a entrar a la habitación blanca. Se dirigieron hacia él, con paso rápido—. ¿Qué está sucediendo? ¡Díganme, por Dios!
—Acuéstese sobre la mesa —dijo uno de ellos.
—Allá, arriba... —dijo Olaf sollozando.
—Sabemos lo que pasa en superficie. Súbase a la mesa.
Se sentó en la plancha. No parecía de metal, pero estaba muy fría. Le hicieron la seña de que se acostase. Se quedó sentado, esperando más información por parte de sus captores.
—¿A qué me han traído?
—Una enfermedad ha aparecido en superficie. Usted está enfermo.
—Es por eso que la gente...
—Los síntomas visibles son locura, con exterminio de cualquier clase de vida animal.
—Queremos tratarle —dijo el otro—, nosotros queremos hallar la causa de la enfermedad, por eso lo tenemos aquí.
—¿Ustedes? ¿Quienes son ustedes?
—Elfos.
—¿Saben ya qué es lo que causa esta locura en los humanos? —preguntó Alberich. El pequeño grupo se situaba detrás de él.
—No.
—¿Qué han sacado del humano?
—Tiene su temperatura corporal elevada, 96 grados. No sabemos si ese es uno de los síntomas de la enfermedad...
—Aenarion —dijo exaltado Oldor, entrando repentinamente a la sala—. Hemos captado algo en la atmósfera —en el aire, de la nada apareció un holograma de la alta atmósfera. Un crucero desconocido estaba suspendido. Al fondo, cuatro naves más del mismo tipo—. Miden 26 kilómetros de diámetro, cada una.
—¡Invasores! —exclamó Morathi, enseñando con furia sus dientes.
—¿Cree que son ellos los responsables de lo que les pasa a los humanos? —preguntó el joven Trifoldor, quitándose un largo mechón de rubio cabello de la cara.
—Es probable —respondió Oldor— ¿Pero, qué tipo de seres son aquellos que hasta a los nobles animales han de aniquilar?
—Con una raza era suficiente —dijo Alberich, con sufrimiento en su voz—, ahora son dos.
—No son racionales —dijo Olaf, frente a tres elfos con trajes de protección médica—. Mi vecino descargó su pistola sobre su ganado, después se suicidó.
—¿La locura afectó a todos, o hay humanos cuerdos?
—Quizá los afectó a todos. No se.
—Tomaremos un poco de su sangre, extienda su brazo, y no lo mueva—colocó una pequeña caja en su brazo derecho.
—¡Ah!
—No es tan doloroso —dijo, retirando la cajita de su brazo. Se la dio a uno de sus acompañantes, que se dirigió al otro lado del laboratorio.
—Ustedes no pueden ser elfos —reclamó Olaf.
Los tres lo miraron.
—Lo somos. Solo que es distinta la imagen que usted tiene de nosotros a lo que somos en realidad.
—Los elfos son seres mágicos, ustedes parecen médicos comunes, en trajes antibiológicos. Y no son bajos.
Los tres sujetos parecían sonreír, como burlándose de la estupidez del humano.
—Los recuerdos que tienen los humanos de nosotros han sido alterados durante todo este tiempo. Era de suponer que no nos reconocerían si nos viesen. Y, por cierto, no existe la magia. Ahora, acuéstese.
—¿Saben lo que está ocurriendo en este momento allá arriba? —preguntó Olaf.
Se acostó sobre la fría plancha. Una pantalla que estaba encima de él deslumbraba intensamente a intervalos regulares.
—Sabemos. Es una horrible escena. Levántese, pase por aquí —le señaló—. No hay tiempo que perder Intente no moverse. Escanearemos su organismo.
Lo metieron a una máquina, de color blanco, como casi todos los instrumentos que estaban en ese laboratorio. La máquina le parecía bastante familiar. Un largo tubo, del alto de un ser humano. El en exterior parecían —pero solo parecían— girar millares de pequeños puntos en torno a la máquina, por la pared exterior, como pequeñas, casi microscópicas, lucecillas. Luego de unos segundos, en frente de él apareció la imagen tridimensional de su cuerpo, flotando en el aire. Uno de los elfos se acerco a la imagen flotante y la tocó. Parecía que el holograma tenía estructura física, y así era. Pasó su mano por la parte superior de la imagen. Su cabeza aumentó de tamaño, y en el holograma apareció una zona coloreada de violeta, en el lóbulo prefrontal.
—¿Ya viste de lo que se trata? —preguntó uno de ellos al que estaba más cerca de Olaf, que parecía ser el jefe de los demás médicos.
—¿Qué es? —dijo Olaf.
—Un detonador.
—¿Como?
—Un detonador —repitió.
—Sí, eso fue lo que dijo, pero ¿qué significa?
—Es una especie de control mental, que se activa en la mente del sujeto cuando se desee.
—¿Control mental? ¿Cuando lo desee quién? —preguntó Olaf.
—Es probable que todos los casos se hayan presentado al mismo tiempo —parecían no escucharlo—. En todos los humanos.
—¿Cuando lo desee quién? —volvió a preguntar Olaf, que no se daba por vencido con su pregunta.
—El enemigo.
—¿Quién es el enemigo?
—El planeta corre riesgo de ser invadido por tropas extranjeras. No lo permitiremos.
Hubo un gran silencio. Olaf seguía dentro de la máquina.
—¿Y por qué esa cosa en mi cerebro no detonó como en los demás?
—Lo desconocemos.
—No, no es así —repuso otro.
—¿Qué ha dicho, Maru?
—Este hombre… su sangre…
—Santo cielo, ¿qué es lo que ha sucedido? —gritó uno de los soldados. Seguían corriendo, pues sentían la necesidad de alejarse lo más posible de la ciudad. Una nube de polvo y el estruendo de incontables cañonazos les seguían por detrás. Debajo de sus pies, el verde pasto se mecía suavemente por el viento.
—¡Londres está destruida! ¡Destruida por nuestro propio ejército! —dijo el Coronel Staunton, queriéndose arrancar los cabellos.
Se detuvieron en la cima de la colina, observando el horizonte.
—¿Qué les ocurrió a todos?
—Todos enloquecieron, han enloquecido... —dijo Staunton, sentándose en el verde pasto.
—¿Es eso posible?
El Coronel permaneció quieto en el pasto, respiraba agitadamente. Empuñó su arma y disparó contra uno de los miembros de su pelotón, dirigió su arma a un segundo hombre, pero entre tres de ellos lograron controlarlo. El Sargento Collins se derrumbó y cayó muerto.
—¡Dios!, pero, ¿qué ha hecho? —exclamó uno de los que sujetaban al Coronel.
Alguien corrió hacia Collins, pero no encontró signos vitales.
—También está loco —dijo Kramnik, tomando a Staunton con ambas manos.
Alguien le colocó las esposas. El Coronel intentaba morder a los soldados, y gruñía como un perro. Lo tiraron al suelo, donde se movía convulsivamente.
—Este hombre ya no es el Coronel Staunton —dijo uno de ellos, mirándolo con horror.
—¿Escuchan? —preguntó Shepard.
—No escucho nada.
—Exacto. Los disparos han cesado.
Dilbert de pie, temblaba, observando hacia el cielo. Dio unos pasos hacia atrás, pues lo que veía le causaba una gran sensación de mareo.
—Mire —dijo.
Una enorme nave apareció en lo alto. Era de un negro y opaco metal y parecía curvarse en el cielo. Estaba directamente sobre sus cabezas, y bajaba rápidamente.
—¡Corran! —gritaron algunos al unísono.
Parecía que todos los elfos se habían reunido. Ellos entendían la situación. Ellos entendían que aunque los humanos fueran unos desgraciados, no se rebajarían a su nivel, dejándolos morir. Miraban todos, sin pestañear, a su líder, el elfo soberano. Todos sabían lo que tenían que hacer. Alguien se acercó, con paso rápido, pero delicado a la vez.
—Las comunicaciones fallaron. Los cruceros ya han aterrizado —advirtió Aenarion.
El soberano bajó la cabeza y cruzó sus manos
—Prepárense para abordar las naves —ordenó.
Hubo un estremecimiento general.
—Señor... —dijo Nador.
—Saldrán con bien —se limitó a decir.
Más abajo, en una gran plataforma, fueron llegando los miembros del ejército élfico. Tanto elfos masculinos como femeninos, jóvenes y ancianos. Empezaron a colocarse trajes que parecían de manta, guantes y botas del mismo material. Formaron largas filas, de impacientes guerreros que esperaban abordar las naves que habían aterrizado. Encima de ellos, una gran esfera comenzó a brillar. Una luz blanca invadía el abismal espacio. Y al destellar fuertemente, todos desaparecieron.
Se trasladaron a la nave. Dentro, sus tripulantes y pasajeros esperaban a que los últimos humanos vivos se suicidaran, después de matar a todo el que le fuese posible, pues así lo habían ordenado a sus mentes.
—Esta cosa nos aplastará —gritó Shepard, pidiendo a sus pies un poco más de fuerza. No podían llevarse al Coronel, así que lo habían abandonado, para ellos salvarse.
—Nos invaden. ¡Este es el fin del mundo!
—Quizá no del mundo, pero de los humanos, estoy casi seguro —respondió.
—No había ruido alguno, ni en el ambiente, ni procedente de la nave, lo cual hacía la situación aún más aterradora.
—Pero, ¿qué? —exclamó Kramnik.
—Sigue corriendo. ¡Corre!
La nave parecía cada vez más curvada, como una gran nube en pleno día que cubriese todo el cielo. ¿Era solo un efecto óptico? ¿O esa mole se curvaba bajo su propio peso? Parecía que no lo lograrían. Faltaban kilómetros y kilómetros para evitar que la nave los aplastara, y la nave...
—¡Oigan! —gritó Kramnik, dejando de correr.
—¿Estás loco? ¡Sigue corriendo!
—¡La nave se retira!
Los 12 hombres se detuvieron y miraron al cielo, atónitos. La enorme mole de metal se retiraba rápidamente, y una gran corriente convectiva de aire pasó por sobre ellos y los levantó unos metros. Cayeron sobre el blando pasto.
La plataforma vacía volvió a llenarse. El ejército volvía victorioso, y las naves ya habían abandonado la Tierra. Regresarían a su planeta, y jamás volverían. Pronto tendrían una vez más sus vidas cotidianas, pero con una enorme felicidad de haber salvado lo que más fuertemente amaban. Subieron a la cámara donde estaba Alberich, y lo saludaron con una sonrisa de triunfo. El soberano estaba delante de ellos, y los ciudadanos guerreros entraban por decenas a dar la buena nueva. Aunque no todas eran buenas noticias.
—Muchos seres han muerto el día de hoy. Han pasado tan solo unas pocas horas y casi toda la raza humana ha desaparecido —dijo Almarion.
—La muerte es siempre una parte importante de la vida mortal —dijo tranquilamente.
—¿Cree que debamos hablar con los humanos acerca de esto? —preguntó Eru, poniéndose, respetuosamente ante la mirada de su Señor.
—Debemos hacerlo —dijo Alberich, volteándose de espaldas—. La población humana ha quedado sesgada, enormemente disminuida. No podrá resistir los años venideros sin nuestra intervención.
—¿Qué haremos con el humano? —preguntó Almarion, sentado en una silla de madera.
—Ya lo sabes —dijo suavemente Alberich.
—Pero... Señor...
—Todos sabíamos que esto ocurriría, tarde o temprano. Ahora ya es el tiempo.
—No podríamos vivir si usted no está para dirigirnos —exclamó tristemente la hermosa Morathi, secándose en par de lágrimas que resbalaban por sus blancas mejillas, de rodillas ante él.
—Este humano... —dijo Alberich—, habrá de remplazarme. Hay sangre sagrada en él. Y en él confiaremos, y nos guiará a una era de esplendor. Servirá como puente, como una conexión entre nuestro mundo y el de los humanos.
Los allí reunidos, que eran muchos, guardaron silencio por unos momentos. En su rostro se veía una suprema tristeza al tener que despedirse de Alberich como su Señor. Pero poco a poco sus rostros fueron llenándose de una aceptación a lo que vendría en un futuro. Así lo decían las profecías: una era de Oro para ambas razas.
—Cien siglos, Mi Señor —dijo Eru.
—Cien siglos. Nosotros y los humanos quizá podremos volver a vivir juntos —dijo Alberich, quien aun podía recordar la época en que los humanos habían ganado la guerra contra los de su especie, y habían tenido que huir bajo tierra, aislándose de la naturaleza, de todo lo que más apreciaban en la profundidad de sus corazones—. Creo que ahora reconocerán cual es el lugar en la Tierra que merecidamente nos pertenece.