—Les presento... la máquina del tiempo.
Los dos hombres se acercaron a la nebulosa caja transparente. Charles abrió la puertecilla de la cara superior y entre el nitrógeno líquido observaron sumergido el pequeño aparato. Los ojos de Sam casi se salieron de sus órbitas naturales.
—Este pequeño aparato...
—Este pequeño aparato, estimado Bill —interrumpió Charles—, puede trasladar a un organismo vivo a través de la continuidad del espaciotiempo.
—¿Puedes decirnos cómo funciona? —preguntó Sam, acercándose a la caja humeante.
—Cronotransporte, Sam —Charles sumergió la mano en el nitrógeno líquido y sacó el pequeño aparato. Emitió una pequeña risa—. Esto está un poco frío, lo bueno es que la temperatura relativamente elevada de mi mano actúa como un escudo evaporador del nitrógeno circundante, es lo que se conoce como el Efecto Leidenfrost, ustedes lo sabrán muy bien... Tengo hambre, ¿quieren algo de carne, un corte en especial?
—¿Dijiste teletransporte? —mencionó Bill.
Charles arrugó la frente de disgusto.
—No, cronotransporte. El aparato hará vibrar todas mis moléculas con la misma resonancia. Todos sabemos que una cosa así realmente haría que mi cuerpo se calentase y enventualmente se evaporase, pero con este aparato, mis moléculas darán saltos cuánticos, no en el espacio, como el teletransporte convencional, sino en el tiempo, antes de que el aumento de la energía cinética comiece a desintegrar mi organismo.
Bill y Sam miraban incrédulos.
—Veo que no están convencidos. !Hagamos una prueba!
Charles buscó dentro de un congelador un tubo de ensaje, estaba rotulado como "estabilizador".
—Esto facilitará las cosas —dijo Charles.
Tomó una jeringa de vidrio, con la mano que tenía libre, y extrajo el contenido del tubo, el cual se lo inyectó en el brazo.
—¿Qué es eso? —preguntó Sam.
—Un simple estabilizador cinético. Bueno, a decir verdad no es tan simple. Apuesto a que nadie más ha logrado el viaje en el tiempo —dijo con grandilocuencia.
—Charles —dijo Sam, sorprendido—, ¿desde cuándo estás trabajando en esto? ¿Por qué lo has mantenido en secreto?
Charles, con la pequeña máquina en la mano, desvió su mirada hacia el suelo.
—Yo no busqué a la máquina... la máquina me buscó a mi.
—¿Cómo?
—Yo no busqué a la máquina, la máquina me buscó a mi —dijo de nuevo.
—Sí, sí, eso has dicho, pero ¿qué significa?
—Las ideas brotaron de la nada, estimado Bill, la construcción del aparato, la teoría del viaje en el tiempo, todo eso llegó a mi mente como un torrente de ideas, yo no lo imaginé por mí mismo. No las busqué...
—¿Cómo es eso posible? —preguntó Bill.
—Tal vez... —dijo Charles—, ósmosis. Las ideas pueden transferirse por ósmosis. Algo similar a lo que ocurrió con Newton y Leibniz cuando inventaron el cálculo, estando uno en Inglaterra y el otro en Alemania, uno de ellos absorbió los pensamientos del otro. En mi caso, pude haberlas captado de alguien más, una gran mente, lo admito... aún más grande que la mía. Aunque respecto a las ideas originales que recibí, he hecho una simplificación notable del aparato, un pequeño crédito para mi.
Charles le dio media vuelta al pequeño aparato que tenía en la palma de su mano.
—¿Observan las agujas de la parte inferior?
—Sí.
—Estas agujas se encajan en la piel y generan una aceleración cinética de todas las moléculas orgánicas, y luego...
—El salto temporal —concluyó Bill.
—¡Exacto!
Charles recorrió la manga de su camisa y limpió su muñeca con un algodón con desinfectante, enterró el aparato en ella. Hizo una ligera mueca de dolor que pronto se desvaneció, como si estuviera acostumbrado a hacer eso.
—Entonces —dijo Charles—, activaré el aparato y tardará exactamente... —se interrumpió, sentía que respiraba con dificultad.
—¡Charles! —exclamó Sam—, estás...
Charles percibía las vibraciones por todo su cuerpo y comenzó a sentir un intenso calor. Con la mirada temblorosa observó a sus compañeros.
—Creo que lo he activado accidentalmente.
Empezó a vibrar cada vez más rápido. Y desapareció. Sus ropas, que por un momento conservaron la forma de su cuerpo, cayeron al suelo.
El Profesor Spielmann entró a su laboratorio, fijó su mirada en la cama, que estaba junto a la ventana, por la que se filtraba un poco de la luz de las lámparas de la calle y se tiró sobre ella. Entrecerró los ojos y clavó su cara en la almohada, presionándola contra ella como si quisiera que la almohada tomara la forma de su rostro.
—Profesor —dijo el hombrecillo blanco de orejas felinas, parado a un lado de su cama—, ¿no se hará cargo del sujeto que está desnudo en el suelo de su laboratorio?
—¿Qué quieres Wilhelm? —contestó Spielmann, dándose la vuelta hacia el lado de la ventana, para evadir al hombrecillo—, no han ningún hombre aparte de mi. Estoy muy cansado ahora.
—Se equivoca, Profesor, él está allí ahora mismo.
Spielmann se volteó y, con un gran esfuerzo, abrió los ojos lenta y pesadamente, pero pronto casi se salieron de sus órbitas. Se sentó rapidamente en la cama y el hombrecillo felino se hizo a un lado. Spielmann caminó despacio hacia el hombre que estaba en el suelo y lo examinó. Le dio unas palmaditas en las mejillas a lo que el hombre respondió de manera brusca, arrastrándose por el piso.
Charles miró al Profesor y al hombrecillo de orejas felinas, que sostenía una flauta, y analizó el lugar. Extrañamente le pareció familiar.
—¿Quienes son ustedes? —gritó Charles.
—No, no —dijo el profesor al hombrecillo, que se llevaba una flauta a los labios—, no será necesario.
El hombrecillo felino dejó la flauta encima de la cama.
Charles se miró el brazo, tenía cuatro marcas espaciadas regularmente en la parte interior de la muñeca, no dolían, pero parecían profundas.
—¿Qué me han hecho? —reclamó Charles, levantándose del suelo.
—No, nosotros nada, porfavor tranquilícese, me acabo de percatar de que usted está dentro de mi laboratorio, no se cómo ha llegado aquí.
—Déjeme salir de aquí.
—Oh, está en todo su derecho, pero antes me tendrá que decir cómo entró a mi laboratorio y con qué motivos, y... —Spielmann alargó su mano hasta una silla y le tiró a Charles una sábana—, porfavor cúbrase.
—Dice que no sabe cómo ha llegado aquí y no recuerda nada —Spielmann se frotó la barbilla—. He revisado en los bancos de datos y no hay registros de usted.
—Así es —contestó Charles, que ya se había vestido con unas ropas del Profesor.
—¿Tiene usted conocimientos de física... relatividad? —preguntó, curioso.
—¿Qué clase de pregunta es esa? Sí, si los tengo. Yo... yo recuerdo haber tenido un laboratorio, pero no recuerdo donde.
Spielmann guardó silencio por unos segundos.
—Tal vez, si así usted lo desea, se puede quedar a trabajar aquí, como mi ayudante.
El hombrecillo felino arrugó la frente cuando escuchó esto último y se cruzó de brazos.
—Wilhelm, no te preocupes —Spielmann le puso la mano en la cabeza al hombrecillo—, tú seguirás siendo asistente mío.
Charles miró fijamente a Spielmann y después al hombrecillo felino.
—Lo intentaré—dijo Charles—. ¿En tal caso, podría ayudarme a recordar?
—Claro. Estoy emocionado por empezar.
—Trabajo en un proyecto que cambiará la historia —dijo Spielmann, sonriendo—. Literalmente... cambiará la historia.
Charles miró al Profesor. La risa de Spielmann ya se le había borrado del rostro y ahora su expresión era de una total seriedad.
—¿No preguntarás de qué se trata? —dijo Spielmann— ¿No sientes curiosidad?
—Una máquina del tiempo.
Y pasaron las semanas.
Charles entró al laboratorio y, sentado en el suelo, en una esquina del laboratorio, se encontró a Spielmann, rodeado de muchos papeles y haciendo pequeñas anotaciones en algunos de ellos, una por aquí, otra por allá. Charles se acercó a él y pudo distinguir los esquemas de la máquina del tiempo.
—¿Se encuentra bien, Profesor?
Pero Spielmann seguía enfocado en los papeles, como si esperara que le dijeran algo. De pronto levantó la mirada y la fijó en Charles. Parecía afectado emocionalmente.
—No puedo encontrarlo —dijo Spielmann, gravemente—. No puedo.
—¿Encontrar qué?
—La forma de evitar que las moléculas se desestabilicen hasta el punto de evaporar al individuo —hizo un ademán con las manos, como si algo se expandiera, haciéndo énfasis en la palabra “evaporar”.
—Déjeme ver eso.
Charles se agachó y extendió la mano, para tomar los planos de la máquina.
—Espera un momento —dijo Spielmann, sujetando del antebrazo a Charles—. ¿Ya han sanado por completo las heridas, verdad? —dijo, viéndole la muñeca.
—Sí, así es.
—¿Recuerdas qué profundidad tenían? —preguntó Spielmann, emocionado.
—Claro... llegaban hasta tejido hipodérmico.
—¡Eso es! —Spielmann se levantó violentamente del suelo, tirando algunas hojas.
—No comprendo —Charles dio un paso hacia atrás—. ¿Eso en qué ayuda?
—Esa, Charles, ¡esa es la respuesta!
El Profesor corrió hacia la mesa e hizo anotaciones sobre una libreta. Junto a él habían matraces y herramientas mecánicas. Tomó un matraz y bebió el contenido, de un color azulado.
—Bebe un poco de esto también, Charles —le pasó otro matraz—. No querrás morir por la radiación.
El Profesor siguió haciendo anotaciones en la pequeña libreta.
Charles bebió el líquido azulado. El líquido era necesario bajo esas condiciones. No usaban trajes para protegerse de la radiación que el aparato —la máquina del tiempo— generaba, ya que no existían aún trajes efectivos para tal tipo de radiación, lo único que le quedaba era esa mezcla que Spielmann mismo había desarrollado.
—¿Puede decirme qué hace ahora? —dijo Charles, al terminarse de tomar el líquido.
—¡El estabilizador! —Spielmann dejó de anotar— ¿Has leído El Nuevo Acelerador de H. G. Wells? —le preguntó.
—No.
—Es una historia donde los protagonistas usan una sustancia para moverse a una velocidad muy superior a la normal, pero eso conlleva problemas, las masas de aire se mueven a una velocidad relativa demasiado grande para que sus organismos lo soportasen sin problemas. Hay sobrecalentamiento. Es muy similar en este caso, Charles, tu lo sabrás muy bien. Sin algo que evite el sobrecalentamiento, el viaje en el tiempo se convierte en una empresa mortal. Venga por aquí —se movilizó a otro extremo del laboratorio—, necesito que me eches una mano.
—¿Profesor, aún quedan problemas teóricos por considerar?
—No. Ninguno.
—Profesor —dijo Charles—, se que parecerá ingenuo preguntar esto pero, la máquina del tiempo tiene una gran desventaja: el viajero no la puede cargar consigo después del viaje. ¿Y si quiere regresar al futuro?
La pregunta no le impresionó a Spielmann, esperaba que le preguntase eso tarde o temprano.
—Ese problema tiene una solución sencilla. Si se construye otra máquina del tiempo, y una de ellas se coloca dentro de la otra y se manda a una época remota, al periodo más temprano en el que el viajero se quisiera adentrar, y se esconde de manera que sólo el viajero sepa dónde está, entonces al llegar al pasado puede echar uso de la segunda máquina, con la cuál podría volver al futuro.
Charles se frotó la barbilla.
—¿Y qué sucede si el lugar al que es enviado la segunda máquina es destruido o descubierto por un intruso? Es decir, usted le ha instalado comando de voz, para que nadie más la pueda manejar, y un mecanismo de autodestrucción si alguien más la intenta controlar, pero la zona a la que llegue en el pasado puede ser inestable.
—¡No si está a cien metros bajo tierra! —Spielmann desvió la mirada hacia la ventana y luego dijo:— Algo curioso de esto es que el estabilizador cinético tiene como efecto secundario relentizar el proceso de envejecimiento. Me parece irónico, que se encuentre la fuente de la juventud debido a sus efectos secundarios —Spielmann se rió—. ¿No te parece gracioso esto?
—La máquina del tiempo está lista, Charles —dijo Spielmann—, pero no voy a usarte a tí como conejillo de indias. Wilhelm se ha ofrecido una vez que la máquina sea probada con objetos orgánicos e inorgánicos. Wilhelm será el primer antropiode en viajar por el tiempo, siento admiración por él.
—¿Cómo pruebas la máquina con objetos inorgánicos? —había preguntado Charles en una ocasión.
—Verás —respondió Spielmann—, si se tratase de un objeto inorgánico, como una roca no tienes la necesidad de evitar que sus moléculas se evaporen y posteriormente tengas problemas para restaurarlas, ya que la configuración atómica, sea pura o impura, se conserva.
Y los experimentos habían sido exitosos. La máquina tenía en tamaño aproximado de un refrigerador grande, de hecho, la máquina estaba construida dentro de un refrigerador.
El primer objeto cronoportado fue una roca; el segundo, un filete de ternero; el tercero, un pollo vivo.
El procedimiento, en los tres casos, fue el siguiente: los tres cuerpos fueron cronoportados tanto al pasado como al futuro. Se programó la hora en que el cuerpo llegaría al pasado. En un sitio preestablecido se ubicó un contenedor, lo suficientemente grande, en el que el objeto llegaría después —quiero decir, antes— de que se efectuara el viaje al pasado; estaría en el mismo lugar donde en el futuro se colocaría la máquina del tiempo, ya que el cuerpo no viajaría através del espacio, sólo del tiempo. El contenedor se retiraba después de que se registrara una variación del peso correspondiente al cuerpo en cuestión y en su lugar se colocó la máquina del tiempo.
La parte del pollo vivo tuvo que ser repetida una vez más.
—Ahora es el turno de Wilhelm.
El hombrecillo felino se levantó de su asiento y caminó hacia el refrigerador, con una enorme sonrisa gatuna y dijo:
—Es un honor, Profesor y Señor Charles, ser el primer viajero en el tiempo en ser consciente de tal hazaña.
Charles ajustó los últimos parámetros de la máquina, moviendo los controles de la parte trasera del gran refirgerador.
—La segunda máquina del tiempo será enviada a las coordenadas especificadas —le dijo Spielmann a Wilhelm—. Si todo sale tal y como lo hemos planeado, volverás aquí un minuto después de que partas hacia el pasado, lo cuál nos dará tiempo suficiente para preparar las condiciones de tu regreso.
El hombrecillo felino asintió con la cabeza.
—Entonces que comience —dijo Wilhelm.
Charles dio la señal de que todo estaba listo. Wilhelm entró al refrigerador y Spielmann le ayudó a colocarse las agujas en la piel. Una a una se enterraron en total dieciocho agujas a lo largo de todo su cuerpo, todas llegaban hasta tejido hipodérmico. Una a una Wilhelm se retorcía del dolor que eso le provocaba.
—Estoy listo —dijo Wilhelm, con total confianza.
—Máquina, comienza la carga para el cronotransporte —dijo Spielmann.
La máquina comenzó a vibrar y Charles cerró la puerta. Los dos hombres se alejaron algunos pasos del refrigerador. El monitor mostraba la figura térmica de Wilhelm, en infrarojo. Pronto Wilhelm, en el espectro infrarojo, alcanzó una coloración rojiza muy intensa, y desapareció.
Spielmann se quedó boquiabierto, mientras veía la pantalla que no mostraba rastros del hombrecillo.
—Profesor —dijo Charles, movilizándose hacia la caja—, hay que colocarla para cuando regrese Wilhelm.
—Sí —dijo Spielmann—, seguro.
Movieron de lugar el gran refrigerador y entre los dos trasladaron la caja hacia el mismo lugar donde estaba la máquina del tiempo. Por dentro se había hecho un vacío virtual y el ambiente era completamente estéril. Pasó exactamente un minuto.
—Ha pasado exactamente un minuto —dijo Charles, tomando de la mesa una pistola de rayos X.
—¡Bombardea! —ordenó Spielmann.
Charles se puso en posición y apretó el gatillo de la pistola hacia la caja. La figura del hombrecillo se dibujó a través de la caja.
—¡Oh! —gritó Spielmann, apresurándose para abrir las válvulas de aire de la caja— ¡Hijo mío, has regresado!
El aire entró a la caja y después de unos segundos Spielmann abrió la puerta.
Wilhelm estaba dentro, vestido con un traje espacial. Spielmann lo tomó entre brazos y lo alzó en el aire. Detrás del visor de vidrio plástico se veía la alegre sonrisa de Wilhelm, y se le notaban unos cuantos colmillos debajo de sus mejillas felinas. Wilhelm se quitó el casco.
—Profesor —dijo Wilhelm, inspirándole a esa palabra una connotación casi divina—, el viaje ha sido un éxito.
Spielmann, sin poder contener las lágrimas, abrazó fuertemente a Wilhelm y después lo bajó al suelo. Charles observaba atentamente, compartiendo la satisfacción de los dos.
A la mañana siguiente, Charles dormía placenteramente en su cama, dentro del laboratorio de Spielmann, cuando Spielmann, acompañado por Wilhelm, entró al laboratorio. Wilhelm cargaba una flauta. Spielmann asintió con un movimiento de cabeza y el hombrecito comenzó a tocar.
Charles se levantó de inmediato, gritando mientras se tapaba los oídos. Se sentó en la orilla de la cama. Vio a Spielmann y al hombrecillo acercándose lentamente hacia él. Se dio cuenta de que no se podía mover, estaba completamente paralizado.
—Será mejor que cooperes, Charles —dijo Spielmann.
—Profesor —dijo Charles, intentándose mover—, ¿qué es lo que me está haciendo?
Wilhelm se puso a un lado de la cama y tocaba más fuerte.
—Un favor.
Spielmann fue en busca de una silla y la llevó arrastrando. Era una silla con correas en las posaderas de las manos, en las patas delanteras y a la altura del cuello, Charles siempre se preguntó para qué la habría de utilizar, ahora sabía la respuesta.
—¡Profesor! —gritó Charles— No comprendo cuál es el propósito de todo esto, no soy capaz de revelar esto a nadie, no haría tal cosa ilógica, la continuidad espaciotemporal podría peligrar si se hiciera mal uso de la máquina.
Wilhelm no dejaba de tocar y Charles seguía paralizado. Spielmann, con gran esfuerzo llevó a Charles hasta la silla y cuidadosamente lo sujetó con las correas. Charles observaba todo con un profundo terror. El hombrecillo tocando su flauta. El Profesor una vez le había explicado de donde había venido Wilhelm. Era parte de uno de sus experimentos. Un día lo había soñado y el Profesor proyectó su propio sueño en un materializador que él mismo construyó, de allí surgió el hombrecillo con cara de gato. Al menos eso le había dicho.
Spielmann apareció con un casco con muchos cables de colores, y con una jeringa. En la cabeza le colocó el casco y lo sujetó fuertemente, luego, expertamente, le hizo un torniquete, con un pedazo de hule, en el brazo y le inyectó el contenido de la jeringa, inmediatamente retiró la aguja y quitó el torniquete. Del casco sobresalía un cable, el cual Spielmann conectó a un tomacorriente.
La visión de Charles se empezó a nublar.
—Profesor... —no podía siquiera mantener el peso de su cabeza.
—Lo siento, Charles —dijo Spielmann—, pero te has convertido en un peligro para este universo... y para todos los demás.
Spielmann movió unas perillas en el casco y Charles lanzó un fuerte grito, pero en un momento se había desmayado.
Charles despertó, todo era nublado y la luz le lastimaba los ojos. Percibió los destellos matálicos de los robots rodando de un lado a otro. Sobresaltado, se sentó en la cama. Todo era tan blanco. Pronto se dió cuenta de que el lugar era un hospital.
Uno de los roboenfermeros, al ver que Charles se había despertado, se posó delante de él.
—Hola señor Bell —dijo el roboenfermero.
A Charles, su aspecto le causó un poco de repulsión, quizá esperaba algo más humano.
—Llame a un médico —ordenó Charles.
—En un momento el Doctor vendrá a atenderlo —y se marchó rodando sobre sus ejes.
Charles inspeccionó la habitación y se levantó de la camilla. ¿Qué hacía allí? No lo sabía. Nada en sus recuerdos. Nada. Vió moverse las cortinas y un hombre vestido con bata entró en el sitio, acompañado de cinco personas, tres enfermeros y dos enfermeras. Todos parecían muy sorprendidos. El personal se acercó lentamente hacia Charles, observándolo detenidamete y con suma curiosodad.
—¿Donde me encuentro? —preguntó Charles.
—¿Re... recuerda su no... nombre? —dijo el Doctor, tartamudeando, mientras apuntaba algo en una hoja sobre una paleta de madera.
—Si. Charles Bell. ¿Donde estoy?
El Doctor miró a las otras cinco personas.
—Señor Bell, usted ha salido de un coma después de varias décadas.
Charles se tronó los dedos.
—¿Cuánto tiempo ha sido?
—Ochenta... ochenta y seis años —dijo el Doctor, lentamente, como sorprendiéndose de sus palabras—. Ha habido un pariente suyo que lo ha estado cuidando, por eso lo hemos mantenido en este hospital tanto tiempo.
Charles guardó silencio por unos momentos, tratando de asimilar la información. Tratando de recordar algo de su pasado, pero no podía.
—¿De quién se trata? —preguntó al fin.
—Su nombre es William.
—Hey, Bill —dijo Charles, mientras subían en el elevador hacia el cuarto piso—, ¿recuerdas cuando me fuiste a recoger al hospital luego del coma?
Sam, el sobrino de William, iba con ellos, era un joven que hacía su doctorado y que había accedido a ayudarle esa tarde a Charles, aunque éste no le había especificado de qué se trataba exactamente.
—Si —respondió William—, no podría no recordarlo.
—Pues creo que un recuerdo de antes del coma me ha vuelto a la mente. Recuerdo que había un gatito blanco, su ronroneo sonaba como una flauta.
William arqueó las cejas.
—¿Y de donde recuerdas eso?
—No lo se, pero intuyo que es de una época antes de entrar en estado comatoso. Aparte, también he tenido recuerdos de otro tipo, desde hace ya algunos años.
—¿Qué tipo de recuerdos?
—Ya lo verás —dijo Charles.
El elevador indicó que ya estaban en el cuarto piso. Las puertas se abrieron y los tres caminaron hacia el laboratorio de Charles. Charles parecía impaciente cuando buscó las llaves de la puerta.
—¿Te sientes bien? —preguntó William.
—Claro, Bill, de maravilla —giró la perilla y entraron al laboratorio. Charles se dirigió hacia una larga mesa y les indicó con la mano que lo siguieran—. Vengan, necesito mostrarles algo.
—¿De qué se trata? —preguntó Sam.
Charles se acercó a una caja cubierta con una sábana. Lentamente quitó la sábana de encima.
—Les presento... la máquina del tiempo.