Marcos observó la pantalla. Transmitía el video de vigilancia del hangar 8, donde estaba la Albatros, la primera nave tipo galaxia. De un momento a otro la nave ya no estaba. La masa plateada de doscientos metros de largo se había esfumado. Marcos cerró los ojos.
—El video no está cortado —dijo Javier, que estaba a su lado derecho, e hizo una pausa, mientras la grabación se repetía otra vez— No hemos podido rastrearla, sea quien sea que la haya robado también le ha quitado todos los indicadores de posición. Y no hay nada en el hangar ni en las instalaciones que nos dé la oportunidad de rastrearla. Comenzaremos a buscar en lugares donde podrían ocultar la nave. Una nave de ese tamaño no puede ser escondida con facilidad.
—Ni robada con facilidad —dijo Marcos—, pero lo han hecho. Al parecer la han teletransportado —se sorprendió de sus palabras.
Marcos salió del edificio de la agencia. A él no le concernía la labor de recuperar la nave, pero le afectaba mucho el hecho de que hubiese sido robada. Se dirigió hacia el estacionamiento. ¿Y si no aparece, se dijo, se perderán todos estos años de trabajo? ¡Mierda!
Pateó una lata vacía, que golpeó contra su propio auto. Lo abordó y metió las llaves.
Se detuvo enfrente de su casa. Tenía corridas las ventanillas del auto, y respiró el suave aire que venía de la costa. Su esposa, Sandra, había elegido la ubicación; allí podía hacer mejor sus investigaciones sobre biología marina, su especialidad. Le sorprendió ver a Oberon, su hermoso perro perdiguero, de suave pelaje castaño, en la puerta. Se bajó de su auto y el perro comenzó a agitar la cola, esperando que Marcos se acercase a él. Acarició al perro.
—Hola muchacho —le dijo Marcos, acariciándole el espeso pelaje del cuello, y abrió la puerta—. ¿Dónde está mamá?
El perro corrió a echarse en un sofá.
Subió las escaleras hasta su habitación. Se sentó en la cama y allí encontró una nota: No volveré hoy, estaré ocupada. Te veo luego. Cuida bien de Oberon. Besos.
Marcos miró al perro, que lo había seguido. El perro ladró, pedía comida. Marcos dejó la nota en la cama y se dirigió a la cocina, y el perro fue tras él. De nuevo llenó su mente la noticia de la desaparición de la nave. Tomó una lata de comida de la alacena, la destapó con un abrelatas y la sirvió en el plato de Oberon.
Estaban más avanzados que ellos, sin duda, al menos en un aspecto: habían logrado teletransportar una gran cantidad de materia, que era la nave. El problema era ¿para qué la querían? ¿Para qué necesitaban una nave pudiendo teletransportar materia? Quizá no podían llevarla a grandes distancias, para lo cuál sería necesaria la nave.
Vio al perro comer y decidió ir a la sala a leer algo, sacarse la frustración de la cabeza.
Pensó en que podría sorprender a su esposa. Casi todo el tiempo lo pasaban separados, cada uno en sus respectivas ocupaciones, ahora podría acompañarla aunque fuese por un momento. Caminó hacia la puerta.
—Oberon, regresaré en unas horas.
Esperó unos segundos y el perro le contestó con un ladrido.
Según su horario, Sandra se encontraría en ese momento en las cercanías de un embarcadero. Marcos recorrió la línea de costa hasta llegar al lugar. Se sentía muy emocionado, nunca había ido a visitar a su esposa.
En el sitio sólo vio a un grupo de hombres con ropas gruesas e impregnadas con olor a pescado. Se bajó del coche y caminó sobre las tablas de madera del embarcadero. Se acercó a un hombre que parecía que tenía casi cerrados los ojos.
—Buenas tardes —dijo Marcos, mirando al hombre a los ojos, que apenas se percibían—, ¿sabe dónde se encuentran los laboratorios Wakefield?
El hombre, con una mano en la cintura, negó con la cabeza.
—Aquí no hay laboratorios —dijo—, es una zona de pesca, y los barcos vienen y van con la mercancía.
Marcos seguía viendo los ojos del hombre, su estrechez parecía ser una especie de protección natural contra la intensa luz solar de esa región, sobre todo para los que trabajan en altamar. Y su cara era muy arrugada. Al fin pudo concentrarse y captó las palabras antes mencionadas.
—Mi esposa trabaja aquí.
El hombre se encogió de hombros.
—Gracias de todos modos —se alejó del lugar y se dirigió a su auto. Luego condujo por una gran sección de la costa y no advirtió ninguna edificación como la que le había antes descrito Sandra. Tal vez no era bueno para orientarse y realmente buscaba en el lugar incorrecto. Se percató de que ya habían pasado un par de horas desde que estaba conduciendo erráticamente. Anochecía. Se enfureció consigo mismo y decidió volver a casa. Luego se detuvo en la carretera, tomó su teléfono y decidió llamarla.
—Hola Marcos —se escuchó la voz de Sandra.
—Hola amor, ¿puedo ir a visitarte? Hay muy malas noticias de la agencia.
No contestó.
—¿Estás bien? —preguntó Marcos.
—Oh, yo sí estoy bien —dijo ella titubeando—. Pero ahora estaré muy ocupada.
—Me acabo de dar cuenta de que no sé siquiera dónde trabaja mi esposa —dijo en broma y seriamente a la vez.
—Amor —dijo nerviosamente Sandra—, ya hemos hablado de esto.
—Bien, entonces te esperaré hasta mañana. ¿A qué hora vendrás?
—Tal vez tarde más tiempo, no estoy en el país.
Marcos se sorprendió, pues tampoco le había informado que saldría lejos.
—Entonces estaremos en contacto.
—Adios —dijo ella, y colgó.
Se sentía confundido, pero tomó el volante y manejó. Se sentía deprimido. Había perdido la nave y ahora parecía que casi perdía a su esposa, todo en el mismo día.
Recordó que Sandra siempre le hablaba mucho de su trabajo, aunque últimamente ya no lo hacía. No era un matrimonio como él se esperaba que fuera, sin secretos y en el que los dos se expresaran siempre de la manera más abierta. Ella le había mencionado que su trabajo era muy importante y además era secreto. Marcos respetaba eso, pero le intrigaba. Él siempre le hablaba de lo que hacía, incluso cuando se presentó un caso de un par de pilotos muertos en pruebas experimentales, y se trataba de información que no debía de rebelar. Un día ella mencionó algo sobre experimentos neurológicos, pero no dijo más.
Marcos llegó a la casa y pronto se quedó dormido sobre su cama.
La mañana siguiente Oberon lo despertó, estaba encima de su cama y le lamía el rostro. Marcos se dio un baño y preparó el desayuno para ambos. Sonó su teléfono. Corrió hacia la habitación y contestó. Era Javier.
—Hola —dijo Marcos—, ¿noticias nuevas?
—Ya sabemos quién es el ladrón. Será mejor que vengas.
—¿Se trata de una sola persona quien ha robado la nave? —preguntó Marcos.
—Sí.
—¡No puedo imaginarme qué tipo de persona sería!
Javier se acercó a Marcos, que estaba sentado en una silla.
—No quiero que esto te afecte —le dijo Javier.
Marcos arrugó la frente y frunció los labios.
—¿De qué rayos hablas?
Javier tomó un disco láser.
—Nuestros hombres analizaron la grabación —metió un disco en una computadora y la imagen del hangar con la nave apareció en la pantalla.
Marcos miró atentamente.
—Son dos cuadros solamente —dijo Javier—, no hay más. Éste es el cuadro 78 de las 12:56 horas —la nave aún estaba allí. Javier aumentó la imagen, que mostraba una escalerilla. Tecleó algo y en la imagen se aclaró: era una vaga pero reconocible figura femenina.
Marcos se echó para atrás, como aturdido por un golpe. Era su esposa, Sandra. Siguió observando.
—Éste otro es el cuadro 297 de las 13:56, una hora después —mostraba de nuevo a Sandra, ahora cerca de la nave; en el suelo había un aparato extraño, una caja metálica grande de la que salían cables que se conectaban a la nave.
—Ella robó la Albatros —dijo Marcos, con la voz hundida y los ojos vidriosos—. Me... me comuniqué con ella ayer, no tuve tiempo de rastrear la llamada pero... —sacó su teléfono del bolsillo y se lo dio.
Sandra iba de un lugar a otro dentro de la enorme instalación. En un estanque se encontraban un grupo de ballenas jorobadas, una docena, con un espacio reducido apenas para moverse un poco hacia los costados. Una de las ballenas emitió en agudo sonido. Sandra contestó con un sonido similar, aunque modulado, con un aparato bucal que parecía un silbato.
De una máquina salían mangueras que se conectaban con la nave Albatros, dentro de ella varios contenedores se estaban llenando con agua.
Una pequeña ballena le dijo algo a la ballena que estaba a su lado derecho, que parecía ser su madre.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó Sandra en el idioma de las ballenas, usando el modulador de voz. La forma en la que hablaban los más pequeños le parecía a sandra difícil de entender. La madre de la pequeña ballena le respondió:
—Está triste porque muchos de nosotros se quedarán.
Sandra se acercó al estanque. Acarició la nariz de la pequeña.
—Haremos lo posible por volver por ellos —le dijo para consolarla, pero también porque así lo deseaba. Irían a... si intentáramos escribir en caracteres humanos el hombre que las ballenas le daban a su planeta natal sería imposible. Irían a su planeta natal, del cuál habían migrado hacía mucho tiempo, y harían lo posible por regresar por los miembros de la especie que se hubiesen quedado en la Tierra. Sólo ese pequeño grupo de doce individuos partiría por ahora.
Sandra miró los indicadores del nivel de agua.
—Es hora de que entren —les dijo.
Cargaría a las ballenas con enormes redes y, una por una, las introduciría en los enormes contenedores. Comenzó con la madre de la pequeña. Avanzó rápidamente, aunque no sin dificultad.
—No recordamos —dijo una de las ballenas, que ya había sido introducida en su contenedor— cómo es... —y con un sonido pronunció el nombre de su planeta, al parecer el mismo que los humanos conocen como Capella c—. Hemos perdido su memoria, se ha perdido en la oscuridad de las eras.
—Llevamos tanto tiempo aquí —dijo otra de ellas.
—Tanto —respondió Sandra—, que ahora son necesarias para que la vida en el planeta se sostenga como antes.
Guardaron silencio. Sabían que, al final, tan sólo un pequeño puñado de ellas podía marcharse a su hogar original, pues ahora muchas especies dependían de ellas y ellas también dependían de algunas especies de krill y fitoplancton, entre otras, mismas que tenían como reservas para el viaje, en enormes cantidades. En los fondos oceánicos, sobre todo, no debían faltar sus cadáveres, que alimentaban a un número enorme de especies que dependían exclusivamente de ellas, a falta de luz solar, para el proceso de quimiosíntesis, que permitía la vida en un mundo en punumbra eterna.
Sin embargo ahora estaban olbigadas a abandonar el planeta, por el gran peligro que corrían, a manos de la especie dominante. Su población había disminuido drásticamente en los últimos dos siglos. Y las que se quedaran, ya sea con el afán de mantener el delicado equilibrio de su medio o con la simple idea de quedarse, porque creían haber encontrado la paz dentro del gran océano, eventualmente perecerían por la mano del hombre.
En verdad, desconocían si su planeta natal aún albergaba vida. Desconocían si aún existían los que dejaron atrás. Al llegar podían enfrentarse con múltiples escenarios y esperaban que tal escenario fuera favorable.
Si tan sólo los pioneros que habían viajado inicialmente a la Tierra hubieran mantenido contacto con su planeta, todo hubiese sido muy diferente, y no enfrentarían ahora la desesperación de regresar, para evitar su extinción, al menos en este planeta azul que quisieron desde el primer día.
Pronto los doce cetáceos estaban en sus respectivos contenedores dentro de la nave. Faltaba una cosa para que pudieran partir: alguien que tripulase la nave
—Marcos —dijo Javier, al verlo—, tenemos su localización, pero...
—¿Qué pasa?
—La posición corresponde a un punto donde no hay tierra firme, en medio del Océano Pacífico.
Para ese momento a Marcos se le dificultaba pensar. Creía conocer más o menos bien a Sandra, después de todo habían vivido más de cinco años juntos. Pero ahora estaba detrás de ella, buscándola porque había robado, de alguna manera teletransportado, la única nave que podía viajar más allá de los límites del sistema solar, hacia las estrellas. La situación le defraudaba, confundía y entristecía al mismo tiempo.
—Hemos movilizado a mucha gente —dijo Javier—. Un equipo salió hace algunas horas. Involucrarte más sería totalmente negativo para tu salud. Toma un descanso, no tienes que estar más tiempo aquí.
Por su mente pasó la idea del suicidio, pero él siempre la había aborrecido. Creyó que si estaba solo podía llegar a cometer esa estupidez.
—¿Puedes acompañarme? —le preguntó a Javier.
Javier nunca había notado a su amigo de esa manera. Trabajaban desde hacía mucho tiempo juntos, y ellos dos habían concebido algunas de las ideas principales de la estructura y la propulsión de la Albatros. Ahora era como si los dos perdieran a su mayor creación, un hijo casi, aunque Javier parecía no muy afectado y estaba más interesado por encontrarla que por sentir autocompasión; Marcos había perdido a su hijo y a su esposa al mismo tiempo, y su esposa se había largado con su hijo.
Se retiraron del lugar. Se dirigieron a casa de Marcos en el auto de éste. Estaban muy cerca de llegar cuando Javier avistó que una nave en forma de esfera salía del agua y se elevaba.
—Marcos —dijo el hombre, austado, y señaló con un dedo, por la ventanilla.
Marcos vio la esfera, como una inmensa perla salida de una ostra gigantesca. No supo si frenar o detenerse. Apretó con fuerza el acelerador pero la nave lo persiguió. Pronto la esfera se hallaba encima de su auto y ambos estaban aterrorizados. La esfera emitió un destello intenso y luego un sonido muy fuerte y agudo. Marcos perdió la consciencia.
Sandra le colocó un casco, lleno de cables, en la cabeza al hombre, que estaba tendido en una camilla, dentro del mismo lugar donde estaba la nave. El casco le permitiría tener el control sobre su mente y obligarlo a manejar la Albatros. Era parte de la tecnología que las ballenas habían desarrollado hacía millones de años.
De pronto Javier se levantó de la camilla, poniéndose de pie de un salto. Miró a Sandra y el lugar; al fondo vio la nave. Sandra emitió un ruido con el aparato modulador y rápidamente le contestaron todas las ballenas, que cantaron a coro. Javier entró inmediatamente en trance, hipnotizado.
Sandra se quitó el modulador de voz de la boca.
—Siéntate —le dijo suavemente a Javier, en español—. Javier se sentó en la camilla, con la mirada desenfocada. Las ballenas se callaron—. Escucha con atención... —Sandra le dio instrucciones para que manejara la nave hacia Capella c.
Javier abordó la nave y tecleó las coordenadas de destino. Sandra entró a la nave y se acercó al contenedor donde se encontraba la ballena que era madre. El gran animal pareció sonreir.
—Sabes que ya no es necesario que sigas con nosotros —le dijo a Sandra.
Ella colocó sus manos sobre el vidrio y asintió con la cabeza.
—Sí —articuló débilmente, nuevamente con el modulador.
—Sabes que toda la especie te agradece lo que has hecho.
Sandra no sólo había obtenido una nave para permitirles regresar a su planeta, había hecho más que eso. Dado que el cerebro de las ballenas había sufrido muchos cambios a lo largo de los millones de años durante los cuales se habían adaptado a nuestro planeta, habían perdido un poco sus capacidades mentales, y Sandra se encargó de diseñar un segundo cerebro artificial que las ballenas ahora tenían en su lomo, conectado a su cerebro original, por medio de fibras neuronales, como una extensión de él, aunque todo ello lo hizo supervisada por dos ballenas, que aún tenían el recuerdo de las antiguas técnicas, recuerdo que había pasado a través de su familia, durante muchas generaciones, por medio del canto.
Sandra sonrió.
Un barco se hallaba en el punto desde donde había sido localizada la señal del teléfono de Sandra. En la cabina habían varios hombres, entre ellos estaba Marcos.
—Recibimos el eco —dijo uno de los hombres, Edmund Klein, que era el jefe de la Misión Albatros. Miraba la pantalla del sonar—. Hay una instalación suboceánica, a tres mil ochocientos metros de profundidad.
—¡Tres mil ochocientos! —exclamó un hombre calvo— Nadie ha construido jamás una instalación a esa profundidad.
—No que se tenga registro —dijo otro hombre.
El jefe de la misión prosiguió:
—La instalación mide un kilómetro de lado, es un cuadrado gigante —hizo una pausa—. Muy probablemente esto no ha sido construido por seres humanos —dijo Klein seriamente—, así que no sabemos qué demonios encontraremos allí.
Marcos miraba a través de una ventanilla el amplio océano, que se perdía hasta el horizonte y más allá de él.
Los hombres mandaron un sumergible que llegaría a esa profundidad para examinar la instalación. La cápsula bajó rápidamente y pronto ya había descendido dos kilómetros. Los que estaban en la cabina se acercaron al radio transmisor.
—¿Cómo que bajando? —dijo Klein.
—¿Qué ocurre? —preguntó otro.
—Nuestro hombre dice que la presión está disminuyendo, y sigue en dirección hacia el fondo.
—¡Eso no es posible! —reclamó alguien.
—Y sigue descendiendo —se escuchó la voz, por el radio, de quien estaba a bordo de la cápsula sumergible—. Veo la estructura —el hombre se oía aterrado.
Abajo, el hombre encendió el segundo par de luces de la cápsula. Ya había llegado al fondo y ante él tenía el enorme edificio, con forma de cuadrado pero con el techo en forma de cúpula, convexo. Avistó una enorme puerta en la parte central del techo. Una ballena pasó junto a él, y luego otra, y otra más. Leyó el indicador de presión y notó que era casi la atmosférica. Podía salir de la cápsula y nadar allí afuera sin ser aplastado por la presión, aunque se encontrata a casi cuatro kilómetros de profundidad. Seguramente el aparato se había descompuesto.
La cúpula de la enorme estructura comenzó a abrirse.
En la superficie los hombres notaron que las ballenas jorobadas empezaban a cantar y rodeaban la embarcación. Marcos las observaba nadar y salpicar agua.
Un grito de horror se escuchó por la radio. El hombre suplicaba por que lo subieran. Comenzaron a enrrollar la cuerda metálica.
Marcos estaba abstraido mirando las ballenas. Nunca había visto algo tan maravilloso antes, y entendía, aunque superficialmente, el amor que su esposa siempre les había tenido a esos animales. Sin embargo su esposa le había mentido, y ahora posiblemente también era ella la había secuestrado a su colega, aunque él no sabía que tenía un propósito.
Vio que el mar se oscurecía. Luego, una enorme sombra oscureció la superficie. El océano se levantó y el agua se escurrió por el cuerpo del objeto, de vuelta al océano. Lo identificó inmediatamente, pues él la había diseñado, era la Albatros. El resto de la tripulación de la embarcación corrió hacia estribor y presenció cómo la nave salía del agua, lentamente. Un número enorme de ballenas jorobadas estaba cerca de la nave, pero lo suficientemente lejos para no ser engullidas por la succión generada al salir la enorme nave del agua. Todas ellas cantaban, se despedían de los que emprendían el viaje de regreso a su planeta. Un canto salió también de la nave. Era un canto maravilloso, como una mezcla de alegría y melancolía. Lo que venía y lo que dejaban atrás. La Albatros se elevó en los aires y se movió lentamente sobre el azul cielo. Aumentó su velocidad ascensorial. En poco tiempo ya se perdía en las alturas.
Marcos vació el contenido de la lata en el plato de Oberon. Miró atentamente al perro mientras comía, y arrojó la lata vacía en el basurero. Tocaron la puerta y una carta se deslizó por la ranura de la correspondencia. Corrió para abrir la puerta y vio al cartero marcharse. Esperaba que fuese alguien más. Se agachó y recogió el sobre. Tenía escrita una dirección de las Islas Galápagos. Rasgó el sobre y vio la letra, era de Sandra. Se detuvo y dio un profundo respiro, cerrando los ojos y apretando fuertemente los párpados. Leyó la carta.
No me odies, por favor, por lo que he hecho. Fue necesario para llevar a cabo una muy importante tarea de la cuál te hablaré si estás dispuesto a escucharme. Lo que he hecho tú lo sabrás, pero si lo digo ahora puede que creas que he enloquecido. Tu amigo Javier estará bien, regresará pronto en la nave de salvamento de la Albatros, pero ahora cumple su misión, que durará un año. No te guardaré más secretos. Escribe a esta dirección si estás dispuesto a perdonarme por lo que he hecho. Perdón.
Tu esposa, Sandra.
Eso era todo.
Marcos lentamente cerró la puerta y se dirigió a su habitación, con la carta en la mano. Se sentó en la orilla de la amplia cama. Abrió un cajón cercano e introdujo allí la carta, sin reflejar emoción alguna en su rostro. Se quedó quieto por unos minutos, sentado y con las manos colgando a los costados, con los hombros caídos, la mirada desenfocada, y con la mente totalmente revuelta. Un sonido lo distrajo, el mismo sonido que había escuchado el día anterior a bordo del barco. Se levantó y miró por la ventana, que daba hacia la costa. A lo lejos vio los enormes cuerpos grises y las colas saliendo y entrando del agua. Una de las ballenas se acercó demasiado a la costa casi tanto que parecía que quedaría barada en la arena. Era como si intentaran decirle algo, o eso le pareció. Y, en efecto, esos magníficos animales le decían cosas, aunque él no las comprendía, pues no comprendía el significado de su canto.
Le contaban sobre lo que había hecho la humana que las había entendido y ayudado; le contaban sobre su historia y sobre sus anhelos; le contaban sobre el sueño de su especie, el sueño de la ballena. De su anhelo de regresar a su hogar, entre las estrellas.