noviembre 10, 2010

Decisión de robot

            El anciano Heinz Staedtler se acercó a su caja de herramientas y tomó un destornillador. Caminó hacia el robot de plástico y metal que yacía, con las entrañas abiertas, sobre la fría y brillante mesa metálica. Atornilló la cubierta pectoral del pequeño robot y le dio una palmadita. Dejó caer una lágrima, que se escurrió por su mejilla. Ya sus ojos no soportaban el peso de ellas.
          Hijo mío, dijo el anciano. Quitó la tapa cuadrada del cráneo y miró el cerebro positrónico del pequeño robot. Soldó dos cables y el cerebro comenzó a emitir una luminosidad azul-verdosa. El robot se puso inmediatamente de pie y Heinz estalló en llanto.
          Adan-1i, como lo había bautizado, medía unos cincuenta centímetros de altura y era de color rojo. Cuadrado y de apariencia humanoide. En su gran cabeza rectangular se asomban sus dos redondas fotoceldas. El robot miró al anciano, si hubiese podido gesticular se habría notado la gran curiosidad en su mirada.
          —Hola —dijo tímidamente el robot.
          El anciano le dirigió una enorme sonrisa mientras se secaba las lágrimas con la manga de su bata.
          —Hola, hijo mío —dijo con voz ahogada.
          El robot observó el laboratorio. Había partes robóticas por doquier. Adan-1i enfocó sus piernas y sus brazos.
          —¿Podría decirme dónde me encuentro en este momento? —preguntó Adan-1i.
          —Este es mi laboratorio —se sacudió la nariz con un pañuelo—. Eres mi hijo, Adan.
          El robot razonó un momento, mirando a Heinz. Volteó a ver de nuevo el resto de su cuerpo y notó que su estructura era muy diferente a los tejidos no metálicos del anciano.
          —No nos parecemos mucho. Además tú eres un ser biológico, y yo...
          —Puede que no seas humano —le interrumpió el anciano—, sino un robot. Pero ya que te he construido te considero mi hijo.
          —No comprendo —dijo Adan-1i.
          —¿Quieres aprender el proceso mediante el cuál fuiste fabricado?
          —¡Oh! —exclamó—, me encantaría.
          Adan-1i ayudó a Heinz a fabricar muchos robots, concretamente 35 robots; también se llamaban Adan, pero según el orden en el que eran construidos llevaban un número, Adan-2i fue el segundo, Adan-3i el tercero y así sucesivamente.
          Pero Heinz Staedtler había tomado ciertos riesgos, el procesador de los cerebros de los adanes era de uso experimental, y aunque había sido probado ya seis veces, con éxito, ahora traería serias consecuencias.
          Todos los siguientes adanes tuvieron un grave desperfecto, no era que no obedecieran, pues Heinz los había construido con libre albedrío, sino que, simplemente, su comportamiento se volvió hostil. Al segundo día de que fueron terminados de fabricar, dentro de los treinta y siete adanes surgió una rebelión, asesinaron al anciano y huyeron del laboratorio, dejando destrozado al primer Adan, que había intentado defender al anciano.
          Y así pasaron los meses.

          Una gran explosión agitó el edificio en el que estaba el laboratorio. Las piezas de Adan-1i se esparcieron aún más por en suelo y los estantes, libros y maquinaria cayeron de sus sitios. Dentro de una de las cajas volcadas en el suelo salió un pequeño robot flotante, de forma ovalada y con seis brazos. Había estado inactivo y el golpe lo había reactivado. Miró en todos los ángulos al mismo tiempo y se encontró con las partes del robot. Lo reconoció, era Adan-1i, así que su tarea fue juntar sus piezas y rearmarlo. Una nueva explosión más cercana desprendió un trozo de una pared, pero el robot flotante no hizo caso y siguió armando al destrozado robot. Adan-1i se levantó antes de que le terminara de colocar el brazo derecho. Encendió sus fotoceldas y sus linternas, pues el lugar estaba sumido en una profunda oscuridad. Vio al robot flotante, con sus luces parpadeantes y las borrosas siluetas de los árboles por el agujero en la pared.
          —Reparador, ¿qué ha ocurrido aquí? —el robot flotante encendió y apagó una serie de luces verdes y rojas. Adan-1i se acercó hacia el agujero en la pared y miró hacia el exterior; todo estaba en ruinas. Caminó hacia atrás y se topó con el cadáver del anciano. El robot se sobresaltó y se le quedó viendo por un largo rato al cuerpo sin vida—. Padre —dijo, con voz baja.
          El edificio fue sacudido por una tercera explosión y la estructura comenzó a derrumbarse. El robot saltó por el agujero en la pared y cayó en el pasto del exterior, junto a un automóvil calcinado. La edificación quedó reducida a escombros. Dentro, el cadáver de su creador... su padre.
          —¡Aún hay dos ejemplares con vida! —se escuchó que gritaba una voz robótica a lo lejos. Un rayo rojo, disparado desde un arma sostenida por un pequeño robot, iluminó la oscuridad de la noche y desintegró a un humano que corría. Un segundo rayo acabó con una joven.
          —Sector limpio —gritó otro de ellos—, vayámonos de aquí.
          Adan-1i se escondió detrás de los escombros del edificio. Eran los adanes, los mismos que habían sido creados por su padre, y si lo encontraban esta vez seguro lo destruirían. Observó mientras tres robots se retiraban del lugar.
          Intentó recordar a su padre, sus circuitos de memoria no habían sido dañados. Su padre le había enseñado muchas cosas en el corto tiempo que había estado con él. Heinz le había dicho una vez que no era un robot como los demás, que tenía un alma. El robot no había entendido bien lo que su padre había querido decir con alma. Los demás robots no habían sido construidos con alma, quizás eso explicaba lo que habían hecho. Quizás.
          Recordó que Heinz siempre mencionaba a una persona que admiraba mucho, el profesor Karl Kohner, y su padre siempre le decía “el gran Karl Kohner”. Había sido el padre de la robótica de positrones, pero Heinz siempre hablaba de su máquina del tiempo, por sobre todas las cosas. Le había dicho que era el mayor logro de la humanidad, y que Karl había sido el responsable. Su padre y ese científico mantenían una amistad por medio de cartas, solamente, y estaba enterado de que Karl dudaba si presentar la máquina ante el resto de la humanidad. Sólo Heinz, Adan-1i y el mismo Kohner sabían de su existencia.
          Tenía que encontrar a Karl y pedirle la máquina del tiempo para salvar a su padre. Tenía que hacerlo. Miró las ruinas que representaban todo el paisaje. Deseó que la máquina no hubiese sido robada o, peor aún, destruida.
          Recordaba perfectamente la ubicación de la casa de Kohner y se encaminó hacia allá por entre los escombros. Una brisa helada, que transportaba polvo que antes era parte de un humano, corrió por su cráneo metálico.

          Un alma. ¿Cómo un robot podía poseer alma? Se preguntó una y otra vez. Los humanos, le había dicho su padre, no son los únicos seres que poseen alma, sólo que son demasiado egoístas para reconocerlo. Él no había nacido de otro ser, había sido construido, entonces, ¿en qué momento obtuvo su alma? O su padre le había mentido. No. No podía pensar algo así, y aunque lo conocía demasiado poco, observaba su rostro cada vez que le decía lo especial que era para él, el único de sus creaciones que consideraba hijo suyo, el único robot que poseía un alma. No percibía mentira alguna en su padre. Adan-1i sintió una tremenda tristeza pero siguió caminando entre los restos de las casas y edificios. Cerca de allí se veía un campo floreado, si seguía algunos kilómetros en línea recta encontraría la casa de Kohner.

          Llegó el día y el cielo se llenó de nubes oscuras. No había presencia de nada vivo, en los kilómetros que había recorrido sólo había encontrado restos, restos de pueblos, y nada más. Las gotas comenzaron a salpicar contra su metálico cuerpo. Se encontró con una pila de concreto y vidrio que tuvo que escalar sirviéndose de su único brazo que tenía, el izquierdo. El agua, de color negro, escurría por su metálico cuerpo. La noche anterior había escuchado más explosiones, aunque más a lo lejos. El cielo se había iluminado por momentos, que parecía que era de día. Pero ahora sí era de día, aunque tanto el cielo como la mente de Adan-1i estaban completamente nublados.
          El día y su luz le trajo más detalles del panorama, pero era aún más devastador ver la total destrucción. No había vivido mucho tiempo en ese mundo pero sabía que lo que veía no podía significar algo bueno, lo contrario. No se había encontrado de nuevo con ninguno de los treinta y cinco adanes restantes, presumiblemente estarían muy lejos de allí.
          ¿Realmente esos robots han causado toda esta destrucción?, se preguntó Adan-1i. ¿Por qué han arremetido de tal forma contra los humanos?
          El mapa virtual le mostró que sólo faltaban ciento cuarenta y tres kilómetros para la casa de Kohner. Apresuró la marcha, a la velocidad que iba le faltarían menos de ocho horas para llegar.
          El Sol continuó su camino por el cielo y Adan-1i llegó a la casa de Kohner. Ruinas, puras ruinas fue lo que encontró. Adan-1i se decepcionó totalmente. Pero la máquina del tiempo tenía que estar bajo todos esos escombros, así que aún no debía de perder las esperanzas de volver a ver a su padre. Comenzó a levantar las rocas pequeñas con su único brazo. Una por una, pero no podía hacer gran cosa con los pedazos de mayor tamaño. Removió un trozo de escombro no tan pequeño, metiéndose debajo y empujando hacia arriba. El robot quiso detenerse, pues se sentía totalmente inútil, incompetente, ante tal situación, pero recordó algo que su padre le había mencionado: hay una frase muy común entre los humanos, la esperanza muere al último. No importa que sea un pensamiento de las masas, aún así no deja de ser verdad.
          Y supo que era cierto y también supo que eso no aplicaba sólo para humanos, que él también tenía esperanzas, así que no tenía que dejarlas morir.
          Siguió removiendo los restos de concreto y en el suelo encontró una puerta de madera. Sus fotoceldas casi destellaron de alegría y Adan-1i recobró las fuerzas. Extendió su brazo metálico y de un golpe rompió la puerta. Debajo estaba la máquina del tiempo.

          El tiempo es lineal, le había dicho su padre, los sucesos transcurren como en una línea. A veces uno se sale de esa línea y vuelve hacia el pasado. Si un viajero del tiempo vuelve al pasado y cambia un hecho, entonces al efectuar ese cambio, la porción de la línea, después del hecho que se está alterando, del que viaja al pasado, es borrada instantáneamente. El tiempo sigue su curso natural, claro, aunque alterado, después de la intervención. Sin embargo no puede haber interacción entre el viajante y alguien más, o todo el universo es destruido.
          Al volver al pasado e interferir, este futuro ya no existiría, sino las cosas tomarían otro camino, pero tenía que evitar cualquier tipo de contacto, es decir, la única forma era destruirse a sí mismo sin que lo notasen. No podía estar junto a su padre, hacerse ver, pues si lo hacía, los hechos no podrían sostenerse debido a la paradoja causada, en cambio si se destruía sin que alguien lo notara, simplemente se generaría lo que su padre llamaba una "intervención legal", ya que podría pasar confundida con otra cosa, por ejemplo, el hecho de la destrucción por sí mismo en el pasado sería el simple resultado de un desperfecto y no necesariamente de una intervención real. Sí lo sería, pero el universo cambiaría las circunstancias para que  el efecto causado por el viajero pueda ser explicado con otro hecho factible y así no se generase paradoja alguna.

          Heinz se sentó en la silla giratoria frente a su escritorio. En sus manos tenía un procesador de cerebro positrónico, lo dejó sobre el escritorio. Acercó el cable que salía de un enorme aparato e insertó el extremo al agujero que tenía en la parte trasera del cráneo. Su expresión fue de intenso dolor, pero al final terminó de insertar el cable. Se deslizó con su silla hacia la gran máquina y tecleó algunos comandos en la pantalla táctil.
          Alma de mi alma, dijo el anciano, y la máquina empezó a zumbar. Heinz soltó un fuerte grito. Entrecerró los ojos por el dolor. La máquina, directamente conectada a su cerebro, estaba extrayendo parte de él, la parte de la mente que los hombres a veces llaman alma. Cuando hubo terminado, desconectó en cable de la parte trasera de su cabeza, rodó en su silla hacia el escritorio y tomó el procesador, que metió dentro de la gran máquina. Apretó un botón y la descarga estuvo terminada.
          Alma de mi propia alma, volvió a decir Heinz, con una expresión de tremendo agotamiento. Retiró el procesador de la enorme máquina.
          Adan-1i no había perdido detalle alguno de la escena.
          Así que después de todo sí tenía un alma. Su padre había renunciado a una parte de sí mismo para entregársela a él. Sintió una enorme alegría pero a la vez una enorme tristeza que lo invadía por completo.
          El anciano instaló el procesador dentro del cerebro positrónico. Se acercó a su caja de herramientas y tomó un destornillador. El robot de plástico y metal yacía, con las entrañas abiertas, sobre la fría y brillante mesa metálica. Atornilló la cubierta pectoral del pequeño robot y le dio una palmadita.
          Sabía lo que tenía que hacer. Se vio a sí mismo ponerse de pie y saludar tímidamente a Heinz. Sujetó fuertemente el arma desintegradora y se apuntó a sí mismo. Sus dedos robóticos temblaban. Miles de pensamientos inundaron su mente. Él moriría después de todo, no en el sentido de que un robot es destruido o deja de funcionar sino en el sentido más humano de la palabra morir. El rayo desintegró al pequeño robot que yacía sobre la mesa metálica y al mismo tiempo el Adan-1i del futuro desapareció.
          El anciano se echó para atrás, estaba totalmente impactado por lo sucedido. El robot se había desintegrado frente a sus ojos. No supo qué hacer, ni siquiera lloró, aunque tenía tantas esperanzas puestas en ese robot. Había dado parte de su alma para él, para su único hijo. ¿Un error en el procesador principal? Tal vez. Se regresó al escritorio, donde estaban los otros treinta y cinco procesadores, los revisaría todos, uno por uno, si había un error lo encontraría. Se volteó y vio los rastros de polvo metálico encima de la mesa donde había estado el robot.
          El revoltijo de sentimientos, que llenaban la parte de su alma que aún poseía, tomaron una forma definida. Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos y lloró profundamente sobre su escritorio. Tal vez no estaba destinado a tener un hijo, se dijo, ni siquiera aunque fuese un robot.

noviembre 08, 2010

De calamidades a calamidades

Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad

noviembre 06, 2010

Cómo funciona un refrigerador

He de suponer que tienen un refrigerador en su casa y también he de suponer que lo usan principalmente para conservar los alimentos. Pero ¿realmente sabemos cómo funciona? Nuestra civilización está acostumbrada a tener multitud de máquinas que nos hacen más sencilla la vida pero rara vez reparamos en su funcionamiento.

Primero repasemos la Segunda Ley de la Termodinámica, una de las cosas que esta ley nos dice es que el flujo de energía entre dos sistemas es unidireccional, desde el sistema de mayor temperatura al de menor temperatura, entonces el objeto frío se calentará y el objeto caliente se enfriará. No crean que el refrigerador viola esta ley. Un refrigerador lo que hace es que, mediante un gas refrigerante, extrae el calor del cuerpo que queramos enfriar.

Los refrigeradores usan gas refrigerante. Un gas refrigerante tiene un alto calor latente de evaporación, es decir, puede absorber gran cantidad de calor.

Veamos esquemáticamente cómo funciona un refrigerador doméstico. Observen la figura de la izquierda.

Localicen el punto C, ese es el compresor. El compresor necesita de energía eléctrica para funcionar, su trabajo es comprimir el gas refrigerante. Al comprimirlo, aumenta su presión y temperatura.

Luego pasa a B, el condensador, donde la presión se mantiene constante pero baja su temperatura, ya que la energía se disipa a través de los tubos del condensador, haciendo que el gas pase a estado líquido. Si nos ponemos detrás del refrigerador podemos sentir que irradia calor, esto es por este hecho, el gas pierde calor y es despedido al ambiente por el condensador o radiador.

Posteriormente, estando en estado líquido, llega a J, la válvula de expansión, es allí donde, como ven, el diámetro es mayor que el tubo de B, entonces, al entrar en J, la presión que se había mantenido constante a través de B, disminuye, pues el diámetro de la válvula J es mayor (si hacen pasar un fluido por un tubo estrecho la presión es mayor que si lo hacen pasar por uno más ancho, ya que el el primer caso está más restringido el fluido). Entonces, en J, el líquido se expande, y se crean pequeñas gotitas del mismo.

Un cuerpo al tener más área de exposición o de contacto con su medio, intercambia más energía que si redujera su área expuesta. Esto es fácil de ver si pensamos en nosotros mismos en un día frío, instintivamente nos hacemos bolita o nos ponemos en posición fetal para que una menor área de nuestro cuerpo quede expuesta al medio ambiente y la pérdida de calor de nuestro cuerpo sea mínima. Lo mismo pasa con el gas refrigerante, como está vaporizado, las pequeñas gotitas tienen una área de exposición mayor que cuando está, digamos, fluyendo en estado líquido por B, e intercambia mucha energía con su medio, lo que aquí pasa es que no es un día frío, sino que los alimentos del refrigerador están más calientes y el gas absorbe ese calor, y recordando su alto calor de evaporación, entonces va a absorber mucho del calor de los alimentos, enfriándolos al pasar por A.

En caso de que el gas refrigerante sea amoniaco, esta evaporación que se genera al llegar a J, se realiza a una temperatura de -32 grados centígrados, y luego fluye por A. Una temperatura bastante baja.

Luego el gas refrigerante vuelve al compresor y este ciclo se repite.

El daño de los clorofluorocarbonos

Los refrigeradores viejos solían usar CFCs (clorofluorocarbonos) como gas refrigerante pero estos se prohibieron en gran parte del mundo después de que Mario Molina (premio Nobel de Química en 1995), junto con otros investigadores, publicara un trabajo en el que se mostraba el daño al ambiente (la capa de ozono, específicamente) que los CFCs causan. Los CFCs disocian, o rompen, el ozono (una molécula con tres átomos de oxígeno), la convierten en una molécula con dos átomos de oxígeno y el tercer átomo de oxígeno se mezcla con el cloro que se genera de la disociación de la molécula de CFC por los rayos UV. En México, el país de Mario Molina, irónicamente, aún se siguen usando mucho los CFCs. 

En la imagen vemos el proceso de disociación del ozono (O3) al encontrarse con el CFC y la radiación ultravioleta (R UV) en la capa de ozono.

Los refrigeradores actuales suelen usar HFCs (hidrofluorocarburos) e HCFCs (hidroclorofluorocarburos) que cumplen con las normas respecto al uso de refrigerantes, aparte que los HFCs son baratos y energéticamente efectivos. Solo que aún presentan desventajas, el daño puede ser mínimo pero el punto es que hay daño ambiental, esto ha llevado a nuevas reformas que prohiban su uso y se opte por otras alternativas.

Así que revisen qué gas es el que usa su refrigerador y cámbienlo si aún usa CFC y si les es posible, de esa forma podemos dejar de contribuir un poco al cambio climático.

noviembre 05, 2010

¡No, no es imposible, es Ronald Jenkees!

Sólo tengo una cosa que decir: me encanta la música que este genio compone. Así suena ahora mi mente.

noviembre 03, 2010

Desde Titán hasta Pollux

Este video nos da un pequeño paseo por algunas de las lunas de Saturno. Las lunas de Saturno, en lo personal, me parecen las más interesantes del Sistema Solar (lo digo, sobre todo por Titán), pero si nos vamos por los nombres, algunos podrían preferir las lunas de Urano, que llevan nombres de personajes de las obras de Shakespeare [1]

—Mamá, me voy a Titán, vuelvo en unos meses.
—Llévate tu traje presurizado y no olvides el bronceador ni el repelente de insectos.
—Mamá, pero si en Titán no hay insec... emmm... bueno...

Y espero no sonar como Benjamin Buford Blue, mejor conocido como Bubba, de Forrest Gump, pero... hay lunas irregulares, lunas oscuras, lunas brillantes, lunas largas, las hay con muchos cráteres, con cráteres grandes, cráteres pequeños, con cañones, lunas pequeñas, lunas muy grandes, lunas en los anillos, las hay con volcanes, cubiertas de hielo, de metano...




[1] De Shakespeare he leído Otelo, El Rey Lear y Hamlet. La que más me gustó de estas fue El Rey Lear, de la cual también hay una película clásica rusa, homónima, de los años 50 del siglo pasado, muy buena y recomendable, aunque el inicio pueda resultar bastante aburrido.

¡Ho!, ¡y que ya se acerca Saturnalia! ¡Bazinga!

noviembre 02, 2010

Mi blog de física y matemáticas

Bueno, los que suelen visitar este blog ya sabrán que yo estudio física, estoy empezando, llevo un año y medio casi de la carrera. Hace algunos días he creado un blog en el que escribiré sobre cosas de física y matemáticas. Tan sólo algunas pocas cosas, realmente, y de vez en cuando. Así que están invitados a entrar, si están interesados. Por ahora sólo he escrito una demostración sobre la infinidad de los números primos, la de Euclides.

El sitio es damianneri.wordpress.com

No, no he traicionado a Blogger, sólo que en WordPress es más cómodo trabajar con matemáticas.

noviembre 01, 2010

Guía gatuna para ingenieros

Me encantan los gatos, ¿a ustedes no? Recuerdo haber tenido gatos como mascotas en mi casa desde hace muchos años. Mi hermano en una ocasión asistió el parto de una gata. He visto algunos partos, aunque la sensación no es agradable.

Las personas que tienen más agrado por los perros me dicen que los perros no sueltan tantos pelos, que no se andan orinando por toda la casa ni se suben a la mesa (sobre todo si son gatos pequeños y no saben respetar ciertas normas dentro del hogar), y que los gatos no tienen mucho interés por los humanos, al contrario que los perros (eso sí lo he notado, donde vivo actualmente hay dos perros que pueden quedarse por horas junto a la puerta esperando a que lleguen mis primos). Sin embargo, sigo teniendo preferencia por los gatos. Son mis animales-no-insectos preferidos.

Y hablando de gatos, estos sujetos y sus gatos son una genial combinación.



octubre 29, 2010

Medios de manipulación

Una comunicación indecente (es decir, desprovista de valor intelectual, de decencia, de cultura) y manipulada (es decir, engañosa, bajo las múltiples formas que pueden inducir al error a aquellos que la reciben) priva a la población de medios intelectuales para defenderse. Un país no se puede considerar una democracia si una gran mayoría de su población está sometida a una comunicación manipulada y a una información fundamentalmente falsa
Giulietto Chiesa, periodista italiano

octubre 26, 2010

La historia de las galletas con chispas de chocolate

No me hubiera gustado vivir antes de la década de los 30´s, por muchas razones, una de ellas es que no había Internet, pero la más fuerte razón es porque simplemente no existían las galletas con chispas de chocolate. Me es difícil imaginarme en tal situación.

Todas las personas que hemos disfrutado de una deliciosa galleta con chispas de chocolate se lo debemos a Ruth Graves Wakefield.

Ruth Graves Wakefield fue la mujer responsable de este delicioso invento. Ruth se graduó del Departamento de Artes del Hogar de la Framingham State Normal School en 1924. Después de su graduación trabajó como profesora especialista en dietética y alimentación. En 1930 Ruth y su esposo Kenneth Wakefield compraron una casa estilo Cape Cod situada a medio camino entre Boston y New Bedford, en las afueras de Whitman, Massachusetts. La casa fue originalmente construida en 1709 y en ese tiempo había servido de lugar de descanso para los que viajaban por la carretera. Allí, los pasantes pagaban y comían comidas caseras.

Más de 200 años después, los Wakefields decidieron seguir en la tradición de la casa, convirtiéndola en una casa de hospedaje y la llamaron Toll House Inn. Ruth cocinaba comidas caseras y horneaba para los huéspedes, y como ella había mejorado recetas coloniales tradicionales, sus increíbles postres comenzaron a atraer a gente de todas partes de Nueva Inglaterra.

Una de las recetas favoritas de Ruth era para hacer galletas de mantequilla. Mientras preparaba la masa un día, descubrió que el chocolate se le había terminado. Encontró una barra de chocolate semi dulce que le había dado Andrew Nestlé (sí, el mismo Nestlé de los productos lácteos que conocemos), y entonces cortó la barra en pedacitos, esperando que se derritieran encima de las galletas. Sin embargo, el chocolate no se derritió. En su lugar, conservaron su forma y adquirieron una delicada textura cremosa.

Ni es necesario mencionarlo, las galletas que Ruth había creado se volvieron muy populares entre los huéspedes de la posada y prontamente su receta fue publicada en un periódico de Boston, así como en otros documentos del área de Nueva Inglaterra.

Mientras tanto, Nestlé vió que las ventas de su Barra de Chocolate Semi Dulce (Semi-Sweet Chocolate Bar) dieron un salto dramático, y Ruth y Nestlé llegaron a un acuerdo que permitiría a Nestlé imprimir la receta de la Toll House Cookie (la galleta inventada por Ruth) en su empaquetado. Parte de ese acuerdo incluía darle a Ruth todo el chocolate que ella necesitase por el resto de su vida. Me se cae la baba...

Nestlé, mientras tanto, comenzó a comercializar su Semi-Sweet Chocolate Bar, empacada con una cuchilla especial para que fuera fácil cortarla en trocitos. Entonces, en 1939, Nestlé tuvo una mejor idea y comenzó a ofrecer sus Nestlé Toll House Real Semi-Sweet Chocolate Morsels (trocitos de chocolate). El resto es chocohistoria.

Ruth continuó cocinando, y escribió una serie de libros de cocina incluido "Recetas de Ruth Wakefield: probado y auténtico" ("Ruth Wakefield's Recipes: Tried and True) que fue editado 39 veces. Ella y Kenneth vendieron la Toll House en 1966 a una familia que intentó convertirla en un club nocturno. En 1970 fue comprada por la familia Saccone que la regresó de nuevo en su forma original. La Toll House Inn fue destruida por un incendio en la víspera del año nuevo de 1984. Ruth Graves Wakefield falleció en 1977.

Y para terminar, la receta de las galletas originales de (nuestra gran-diosa) Ruth


COOKIES (Toll House Cookies) Ingredientes para 6-8 personas
150 gr. de mantequilla a temperatura ambiente
75 gr. de azúcar normal
75 gr. de azúcar moreno
2 huevos pequeños
1 cucharadita de azúcar avainillado
225 gr. de harina
5 gr. de levadura química por ejemplo Royal
150 gr. de chocolate negro en trocitos o gotitas de chocolate por ejemplo Valor
un pellizco de sal


Preparación: Poner en un bol la harina, la sal y la levadura química. Mezclar bien. En otro bol batir la mantequilla, con las dos clases de azúcar. Luego agregar el azúcar avainillado y los huevos de uno en uno. Cuando hayamos obtenido una cremita agregar la mezcla de harina y unir todo. Agregar el chocolate en trocitos o en gotitas y dejar reposar la masa un rato. Formar bolitas y colocarlas en una bandeja de horno, forrada con papel, dejando cierta distancia entre ellas ya que se extienden. Cocer a 180º-185 C en horno precalentado, durante 10-12 minutos. Dejar enfriar sobre rejilla. El tamaño, depende de cómo nos gusten. El tiempo de cocción como he dicho otras veces dependerá de los hornos y en este caso también del tamaño de las cookies.

(texto obtenido de Milpostres)

Yo, o me como una galleta o me pongo como él...

Fuente: MIT

octubre 24, 2010

Un planeta de fantasía

    —Esto está resultando ser un gran negocio —dijo Mark, desplegando las holográficas sobre su escritorio. Apretó un botón en el pequeño holocubo y la imagen cambió.
     —Una empresa totalmente rentable —respondió Pauling, su asistente, con tono de aprobación.
     —Cincuenta y tres libras —dijo Mark—, cincuenta y tres libras por un pequeño frasco de diente de orco, y eso que al 10%, rebajado con aceite de fenshee, que son más abundantes.
     —Y pensar que nadie antes había colonizado ese planeta. Suerte que somos nosotros... eh... usted, señor, quien lo ha encontrado. Tenemos abundantes seres mágicos en la superficie de ese planeta. El grupo de investigadores que volvió hace un par de días nos informó que han descubierto una cura para el asma en la cola de las arpías. Es un gran avance, sin duda.
     Un hombre con uniforme gris entró en la oficina.
     —Doctor Mark —dijo el hombre—, se trata de la tercera expedición de turistas civiles.
     —¿Qué ocurre con ellos?
     —No han regresado. Hemos perdido comunicación con los pilotos. No creemos que sea una interferencia en las ondas warp.
     Mark golpeó el escritorio con el puño, haciendo saltar el holocubo.
     —No podemos perder civiles. La reputación de la empresa se derrumbaría. Nuestra credibilidad... —se acomodó en su silla giratoria y volteó a ver a Pauling— Manda un grupo de rescate a ese planeta y trae de vuelta a la tripulación.

     Anders, a paso lento, avanzaba entre el oscuro bosque. Algunos rayos de la luz de su estrella se filtraban por entre las altas copas de los árboles y la extraña vegetación. Sostenía fuertemente su vaporizador mientras inspeccionaba el lugar con una mirada paranoica.
     —Esto no fue lo que me prometieron— se dijo Anders.
     Un duende lo había perdido en el bosque. No se puede confiar en los duendes. Ahora estaba muy lejos de su nave, o muy cerca, no podía orientarse, de todas formas, y había perdido el GPS.
     El lugar estaba poblado de seres fantásticos. Los escuchaba moverse, reptar, caminar, volar, trotar, y... el sonido era tan extraño que resultaba dificil, si no imposible, describirlo. Una bola de fuego pasó flotando junto a él. Apuntó el vaporizador pero la bola ya se había alejado. Siguió caminando y se topó con una extraña casa con una gran chimenea fabricada con rocas verdosas. Había una puerta por la cuál apenas cabría un humano, de cuclillas. Anders había leído en el folleto sobre esas curiosas casas. El lugar era habitado por trasgos. Ya se notaba a leguas por la música estruendosa, esa extraña música. El folleto decía que los trasgos eran seres amigables. Se acercó y tocó a la puerta.
     Un ojo se asomó por un agujerito e inspeccionó a Anders. Inmediatamente la puerta se abrió y un pequeño trasgo lo recibió, con un cigarrillo entre los labios.
     —Oh, vaya, ¡un humano viene a visitarnos! —dijo el trasgo, alegremente, dando una profunda fumada a su cigarrillo. La pequeña criatura tenía un par de cuernos como cabra y el cuerpo cubierto de pelo café.
     —Vamos, humano, entra a nuestra casa.
     Anders entró. Le pareció muy extraña la amabilidad de la criatura, pero ya había leído que ellos eran muy amables, excepto con los enanos y otras ciertas especies. Dentro de la casa había un gran alboroto: un montón de trasgos, veinte o más, estaban sentados o parados, bebiendo cerveza, o lo que parecía ser cerveza, o fumando. El lugar estaba repleto de humo y a Anders se le hacía difícil respirar. Tosió.
     —¿Y qué te trae por aquí, humano? —le preguntó el trasgo, que lo conducía hacia las mesas donde los demás bebían y fumaban y charlaban.
     Anders analizó minuciosamente el sitio.
     —Me he desviado del resto de mi tripulación. Estoy perdido en el bosque.
     El trasgo sonrió.
     —Un duende, ¿verdad? —Anders asintió con la cabeza. El trasgo tomó un vaso de la barra de lo que era un bar— ¿Quieres un daryon? —y le ofreció el vaso con ese líquido que parecía cerveza.
     Anders recordó: si un trasgo te invita algo de beber o de comer, acéptalo, lo hace amablemente y rechazar lo que se te ofrece es considerado un gran insulto.
     Así que aceptó el daryon. Le dio un trago, que le pareció amargo. El segundo trago le supo muy dulce, como la cajeta. Al mirar el parecido de las criaturas con las cabras terrestres, se preguntó de dónde provenía tal bebida. Intentó no responderse.
     —Es usted muy amable —dijo al terminarse la bebida.
     Anders se percató de que los demás trasgos lo miraban de reojo, mientras proseguian sus pláticas, fumando y bebiendo.
     —Humano —le dijo el trasgo—, ¿quieres algo de diversión? —y la pequeña criatura, en un movimiento de manos, se transformó en una atractiva mujer.
     Anders se impresionó, pero había en él cierta sensación de repulsión. El trasgo, con forma de mujer, se acercó a Anders, pero él se dio media vuelta y se alejó unos pasos.
     —¿Qué pasa, humano?, creía que te gustaban las mujeres de tu especie. Por lo que se, los humanos las prefieren como estoy transformado ahora —se pasó la mano por su rubio y ondulado cabello y se desabrochó el sostén que traía puesto.
     —Oh, no, no, ¡no haga eso! —exclamó Anders—. Por favor, esto no es lo que necesito ahora.
     El trasgo puso cara de enojada y recobró su forma original.
     Un segundo trasgo, con un vaso con algún tipo de bebida alcohólica, se le acercó a Anders.
     —Humano —le dijo—, he escuchado que te has separado del resto de tu tripulación. ¿En qué parte descendió tu nave?
     —En una meseta cerca de un gran lago. No creo que esté demasiado lejos.
     —Cerca de un lago... Creo que podemos llevarte de regreso con ellos.

     Y un grupo de trasgos lo llevaron de regreso a la nave. El trasgo que le había invitado el daryon iba en la parte del frente, Anders le seguía y tres más los escoltaban.
     Anders se percató de que uno de ellos levaba una especie de bolsa sujeta a los cuernos.
     —¿Qué traes allí?
     —Cosas indispensables para nuestra protección —respondió.
     —Cuántame de tu planeta —dijo uno de ellos. El grupo caminaba por sobre las hojas secas y la hierba del suelo.
     —Está no muy lejos de aquí. El viaje dura unos tres días. Hay problemas de superpoblación, aunque la última guerra la redujo un poco.
     —Superpoblación, ¿eh? —dijo uno de ellos, sosteniéndose la cornamenta.
     —¿Guerra? —preguntó el guía— ¿Has dicho guerra? ¿Es porque escasea el alimento y necesitan alimentarse de ustedes mismos?
     Anders se sorprendió mucho por la pregunta.
     —No. ¡Nosotros no comemos humanos!
     —¿Pero se matan entre ustedes?
     —Sí, lo hacemos —Anders notó la naturaleza con la que lo dijo y se estremeció—. Pero no nos los comemos.
     Los cuatro trasgos se sorprendieron aún más con la respuesta, y comenzaron a saltar como cabras asustadas, sujetándose las cornamentas.
     Un dragón, de colores rojo y verde, surcó el cielo. Todos guardaron silencio.

     Ya se escuchaba el sonido del agua de la cascada que caía hacia el lago. Estaban cerca de la nave.
     —Iré más adelante para supervisar que no haya peligro —dijo uno de ellos y se adelantó al grupo.
     —¿Qué clase de peligro?— le preguntó al guía.
     —Banshees. Esta zona es zona de banshees. Hay que tener cuidado con ellas. Son las hadas de la muerte.
     En ese instante se escuchó un grito.
     —¿Qué es eso? —Anders se cubrió los oídos con las manos.
     —Precisamente, ella es una banshee.
     Y otro grito.
     —¿Por qué grita?
     —Anuncia la muerte de alguno de nosotros. Cada grito es un día que le queda de vida a la persona —contestó el guía.
     Y un tercer grito, casi como un aullido.
     El trasgo que llevaba la bolsa en la cornamenta, se la quitó y la abrió. De ella sacó un frasco transparente de vidrio con tapa de corcho y dentro del frasco había una bolita plateada. El trasgo, botella en mano, corrió hacia un arbusto, le quitó el corcho y la colocó debajo del arbusto. Una paqueña hada apareció y se metió dentro de la botella, queriendo agarrar lo que había dentro de la bolita plateada. El trasgo tapó rápidamente la botella con el corcho. Corrió hacia el guía, con la botella.
     —¿Qué hacen con ellas? —preguntó Anders.
     —Curan el dolor de cuerpo y hacen que las heridas sanen más rápido. Además no nos gusta tenerlas por aquí, no hacen bien, ya hemos tenido problemas con ellas y algunos de nosotros han muerto por su culpa.

     Encontraron la nave, un poco volcada dentro del agua. El grupo entró dentro de ella pero estaba completamente vacía. Anders caminó por toda la nave, lentamente.
     —¡La han saqueado!
     —Hay tantos seres por aquí que hasta me parece extraño que no se hayan llevado incluso la nave.
     —Pero los controles siguen funcionando. Sólo hay que programar el viaje. Pero me pregunto a dónde habrán ido todos —Anders miró las caras de los trasgos— ¿Qué, qué ocurre, saben lo que ha pasado con los demás?
     —Este lugar es demasiado peligroso para los humanos —dijo el guía.
     —¿Quiere decir que pueden estar muertos? —se dirigió hacia los controles de la nave. Él había perdido su localizador, pero era poco probable que los demás también lo hubieran perdido. Encendió el localizador. Ningún punto en la pantalla, ningún rastro del resto de la tripulación.
     El suelo retumbó, la nave tembló y Anders cayó al piso.
     —Pero qué ra... ¿Qué fue eso? —volvió a temblar.
     Un trasgo se asomó por la puerta de la nave.
     —¡Es un ettin! —dijo, asustado.
     —¿Qué es un ettin? —preguntó Anders.
     —¡Un gigante que nos matará si no nos vamos de aquí!
     Anders se levantó y corrió hacia el marco de la puerta metálica. A lo lejos vio una enorme criatura de dos cabezas, horrenda, con un mazo en una mano y un hacha en la otra. Parecía muy furioso y se acercaba, gruñiendo, hacia la nave.
     Anders tecleó en una pantalla las coordenadas de la Tierra.
     —Me largo de aquí —dijo, esperando a que se salieran de la nave—. ¿Qué esperan?, no pueden ir conmigo. Aunque —recordó lo que decía el folleto—, estoy muy agradecido con ustedes por encontrar mi nave.
     El guía asintió.
     —Al menos el humano es agradecido. ¡Vamos, salgan, salgan de la nave! —dijo el guía, y los cuatro salieron por la puerta y se convirtieron uno en roca, otro en arbusto y los otros dos en plumas blancas, que se fueron volando con el viento.
     Anders se quedó viendo la escena pero pronto reaccionó y cerró la puerta pulsando un botón. La nave tembló. El ettin estaba golpeando la nave desde fuera. Encendió los motores y el ettin dejó de golpear con su mazo y se echó hacia atrás. La nave despegó del suelo. Pronto salió del planeta y entró en dirección hacia la Tierra. Anders se tiró al suelo con los brazos abiertos. Se preguntó qué habría pasado con el resto de la tripulación, tal vez todos habrían muerto en manos de seres como ese ettin, o algún gigante o alguna otra criatura maligna de las que se encuentran en el lugar.
     Recorrió la nave. ¿Por qué se habían llevado todo excepto lo correspondiente a la nave? ¿Por qué no habían saqueado los componentes electrónicos? Tal vez a esos seres no les interesaban. Sólo habían dejado una cama y un pequeño mueble.
     El viaje duró tres días, que pasó durmiendo en la cámara de sueño. Estaba demasiado cansado y lo único que quería era descansar, no pensar en lo que había sucedido. Si aún habían sobrevivientes, seguramente mandarían alguien para rescatarlos. Él no podría encargarse de esa misión. Al tercer día llegó a la Tierra. La nave lo despertó automáticamente.
     En una habitación, la cama y el mueble movieron sus patas.
     —Oye —dijo la cama—, el viaje ha concluido.
     —¡Ah! —dijo el mueble, abriendo y cerrando sus cajones—, al fin hemos llegado a ese planeta que llaman Tierra. ¿Hay muchos humanos, cierto?
     —Más de los que te puedas imaginar —la cama flexionó una de sus patas—. Nuestra empresa será todo un éxito, los humanos tienen tantas cualidades: puedes curar cualquier enfermedad comiendo un poco ellos, ni siquiera es necesario hacer infusiones para que el efecto se presente, y dicen que te vuelves inmortal también. ¿Qué más se puede pedir en una sóla especie? Los exportaremos por todo el universo y nos haremos ricos, aparte que ayudaremos a muchos con ello.
     —¿Crees que el humano ya se haya ido?
     —No lo se. Salgamos de aquí.
     Y la cama y el mueble recobraron sus formas anteriores. Los dos trasgos salieron de la habitación y esperaron un poco para salir de la nave. Había muchos reporteros en el exterior. Los dos trasgos se miraron.
     —¿Insectoide?
     —Insectoide. Pero alado.
     Se transformaron en pequeños insectos con alas y se fueron volando, mientras Anders era rodeado y cubierto de preguntas por los reporteros que habían llegado al lugar del aterrizaje.
     —Estamos en vivo con el Piloto Anders —dijo un reportero, casi pegándole el micrófono a la boca—. ¿Qué ha pasado con el resto de la tripulación? —un flash le lastimó la vista y se cubrió los ojos.
     —Se enviará a una misión de rescate. No sabemos cuál es su condición.
     —¿Qué ha visto allí? Queremos saber las cosas fantásticas que hay en ese planeta.
     —Es un maldito planeta —dijo, enojado.

     —Es un hermoso planeta —dijo el insecto, al pasar por un alto edificio.
     —Enviaremos una nave prontamente, no hay duda de eso. Hay mucho que hacer.

     En la casa, en el oscuro bosque, los trasgos brindaban con sus copas especiales. Detrás de la barra uno servía un líquido que parecía cerveza y los demás lo tomaban. Levantaron las copas.
     —¡Por la inmortalidad y por nuestra salud! —y chocaron sus copas.
     —Pronto llegarán más humanos, para rescatar a los anteriores. Nos servirán como reservas mientras traemos algunos de la Tierra.
     —¿Los anteriores, te refieres a los que nos estamos tomando?
     Algunos rieron y siguieron bebiendo y fumando.
     —¡Por nuestra gran empresa! ¡Por nuestra gran empresa!

Nota: Esta historia ha sido modificada en el siguiente punto: la primera versión tenía un fallo, un gran fallo, que el planeta estaba habitado por seres creados genéticamente. El fallo recae en que los usan para curar enfermedades, o al menos eso se cree, pero la cura a esas enfermedades no puede estar en poder de los humanos de esa manera, ya que la idea de la creación de esos seres no se sostendría. Cierto: dejar que especies con tales capacidades y ventajas para el humano se desarrollasen libremente es lógico, lo que no es lógico es que se haya poblado un planeta con todos ellos, que sean los mismos seres mágicos de la mitología, ya que sería preferible, si ya se está en posesión de estas curas, que se desarrollasen en los laboratorios, no así. Creí que lo más lógico era que el planeta fuese descubierto y que se tomara provecho de tal descubrimiento, no que los humanos hayamos creado esas especies "mágicas".

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