julio 09, 2011

El viaje de un cartógrafo

Este cuento es independiente de la historia del futuro que he estado escribiendo, aunque tal vez sí logre encajar, porque meto el tema de las capacidades psiónicas. Creo que suele ser algo tedioso escribir siempre sobre una misma línea y además seguir una trama histórica no siempre trae los resultados que nos gustaría. En estos días sentía una inmensa falta de ideas y espero que eso se acabe (ustedes sabrán lo horrible que es eso). Espero que la disfruten, porque yo he disfrutado mucho escribiéndola.



    Sraqaddi Cousteau llegó a los Pilares de la Creación, a miles de años luz de su planeta natal, luego de viajar durante varios años de tiempo relativo a bordo de su nave. Lo que observó desde las pantallas del interior de la cabina era polvo, algunas veces oscuro y otras tan brillante como el brillo de varias supernovas, con ondulaciones como tentáculos por allá y continentes a la deriva por acá, salpicado de brillantes luces, algunas cercanas como soles y otras más lejanas, casi todas de un color que iba del azul al violeta. Un cuadro digno de un gran pintor. Desde allí no podía apreciar la forma de los pilares pues estaba dentro de ellos.
    La nave en la que viajaba era una simplificación de las primeras naves que habían zurcado las estrellas y de regreso al pasado a través de un tubo de Krasnikov, pues tenía sólo doscientos metros de diámetro y una forma de platillo algo más angosto de proa que de popa. Su forma aerodinámica era necesaria por si se requería descender en un cuerpo con atmósfera. Cuando viajaba, un enorme y kilométrico campo electromagnético rodeaba la nave y aceleraba el hidrógeno interestelar hacia popa, propulsándose de ésa manera. Además del campo, varios cohetes en los costados se encargaban de la orientación y de la propulsión a velocidades relativamente bajas.

    De pequeño, Cousteau había leído e interactuado en muchas de las sensograbaciones de uno de sus héroes y, él lo declaraba orgulloso, uno de sus antiguos familiares: el legendario oceanauta Jacques-Yves Cousteau de la Tierra, planeta con el que habían perdido contacto antes de que los abuelos de Sraqaddi nacieran. Sraqaddi usaba un gorro rojo, como lo habían usado algunos oceanautas cuando navegaban sobre las frías aguas, y, más específicamente, como lo había usado su ancestro, a quien él se parecía mucho, aunque de piel más bronceada y de ojos negros.
    Salió de la cabina y de adentró en la sala de cartografía, la parte primordial de la nave. En el centro había una gran estructura holográfica con forma de campana, que comenzó a desplegar información, se trataba de la computadora central. Repasó los datos de una sonda de preexploración. La sonda había observado una zona de forma y densidad inusuales que estaba muy cerca de la ruta interestelar y luego había regresado por un tubo de Krasnikov con su informe.
    Cousteau ya estaba acostumbrado a anormalidades elementales y naturales en zonas del espacio interestelar como el debilitamiento ínfimo de las ondas electromagnéticas por la variación en la interacción fotónica, o la polarización que se crea en amplias zonas del espacio y que hace imposible la vida a base de carbono, u otros efectos que son consecuencia de la ligera variación de las leyes del universo de una zona a otra. Estas fueron las cosas que les parecieron increibles a los físicos antes de que los hombres saliesen a colonizar otros planetas fuera del sistema solar. Recordemos lo que dijo, allá en el lejano 2297 d.C., el físico Ali S. Godoy, en una de sus publicaciones para la revista New Science, Physics:
    “Nuestra ciencia experimental siempre estuvo basada en mediciones realizadas en tiempos humanos, lugares humanos y condiciones humanas. Cuando estos tiempos, lugares y condiciones cambiaron, nos dimos cuenta que las constantes también cambian.”
    Pero para Sraqaddi encontrarse con situaciones así era normal.
    Ahora su nave estaba quieta en el espacio lleno de polvo cósmico. Buscó en las pantallas algo que le dijese por dónde empezar, y luego de algunas horas de observación encontró una región del espacio, entre las enormes nubes de polvo y gas que se extendían por cientos de años luz, donde la consistencia del medio cambiaba drásticamente, dando paso a una especie de plasma de baja densidad. Era de lo que hablaba el reporte. La región tenía la forma de un elipsoide, casi esférico, y comenzaba a algo más de setenta años luz de distancia del lugar donde ahora él estaba. Quería acercarse más, y tenía que hacerlo para efectuar las mediciones, si es que se podían efectuar. Aunque nunca su lugar de estudio había quedado tan lejos de su punto de partida, y temía perder el extremo del tubo al que tenía que introducirse después. Corría el riesgo de no poder regresar a Dreaya a 31 días después de su partida, como estaba previsto. Se retrasaría un poco, que no era tanto problema. Así que colocó una sonda robot fija en las coordenadas de la entrada del tubo, y aceleró en su nave hasta la burbuja, a setenta años luz de distancia, donde probablemente alguna ley fallaba.
    La nave fue acelerando poco a poco hasta que alcanzó velocidades relativistas, mientras un tubo se formaba a su alrededor conforme avanzaba. Sraqaddi durmió durante el tiempo que duró el viaje. Cuando despertó vio la zona muerta, como la había nombrado en su mente. Desde lejos era sin duda diferente, pues ahora todo era una inmensa y vacía negrura. La región era una burbuja de unos dos años luz de diámetro, y resultaba muy contrastante pues el espacio que rodeaba la burbuja estaba compuesto por millones de años luz cúbicos de denso polvo, cuna de futuras estrellas. Por un efecto visual, la burbuja parecía doblarse alrededor de la nave. Cousteau programó una sonda robot, que salió de la nave. La sonda anduvo navegando por unos minutos y justo cuando llegó a los límites de la zona muerta ésta se desintegró en una gran explosión. Ya esperaba dicho resultado pero sólo lo quería confirmar. Manipuló los controles y la nave emitió un haz de luz a través de la zona muerta, pero éste sólo sufría las dispersiones y los efectos que eran de esperarse. Los detectores encontraron neutrinos asociados al decaimiento de neutrones y residuos de una explosión nuclear. Sraqaddi ya tenía una idea clara de lo que allí pasaba.
    Entonces a un extremo de la pantalla que Cousteau tenía enfrente y debajo de él, apareció un objeto, o era más bien una espiral gigantesca que se iba trazando en el espacio cubierto de polvo. La espiral tenía un brillo azulado y aunque Sraqaddi Cousteau nunca se había topado con algo así, supo de inmediato lo que era: una espiral cósmica, un fenómeno bastante raro que se forma principalmente por el movimiento del material en un sistema binario de estrellas o por ciertos tipos de cohetes, aunque las que son producidas por cohetes no resultan ser tan grandes.
    Los sistemas de la nave calcularon que la espiral se iba moviendo en dirección a la zona muerta y su velocidad aparente era lo suficientemente grande como para entrar en ella en menos de seis horas de tiempo relativo. Luego las cámaras enfocaron el centro de la espiral y Cousteau vio algo que al principio pareció no asimilar. Era una esfera, de un tamaño menor a un planeta, de color similar al del polvo que le rodeaba, y por eso en un principio sólo se había percatado de la espiral azul.
    En unas horas la gigantesca nave sería destruida al entrar en la zona muerta.
    Una cosa así debía de estar controlada por alguna inteligencia, y tal vez más grande que la humana, pues en todos los mundos que el humano había colonizado nadie se había atrevido a navegar en el frío vacío interestelar a bordo de una nave de esas características. ¡Era una locura!
    Tenía que informarles, porque parecía que no lo sabían, del peligro que les esperaba más adelante. Quizá podría acercarse al errante tanto como para llamar la atención y hacerlo virar, o podría descender en él e informar a quienes viajaran a bordo de tal peligro. Aunque, si la nave llevaba mucho tiempo viajando, lo más seguro era que ante viajes de esa naturaleza la tripulación se mantuviera en animación suspendida o que fuera una tripulación con vidas extremadamente largas.
    Su nave le informó que la distancia a la nave-planetoide era de tan sólo dos minutos luz desde su posición. Podía llegar a tiempo.
    Los cohetes laterales pusieron la nave en posición hacia el errante y entonces se desplegaron de nuevo los campos electromagnéticos y la nave comenzó a acelerar, fusionando el hidrógeno detrás de ella, que en aquel sitio era muy abundante, y se acercó poco a poco a la nave-planetoide.
    No tardó mucho para que lo tuviera cerca, y veía detalles de su superficie. Ésta no era lisa como habían captado las cámaras desde lejos, pues tenía secciones que parecían compuertas, algunas pequeñas y casi puntuales y otras de varios kilómetros de diámetro. Podía ver el horizonte en todas direcciones. Mandó al ordenador principal de la nave que inspeccionara todos los canales de radio en los que los tripulantes de la nave pudieran estar emitiendo y en uno de ellos detectó un lenguaje hablado, pero no pudo entender lo que decía.
    Luego vio un ojo: una pequeña sonda que se posó enfrente de la nave, y eso fue todo.

    Despertó sintiéndose mareado, respirando un olor a desinfectante que era casi tan irritante como el ácido clorhídrico. Se dio cuenta que sus ropas no eran las oficiales sino que llevaba puesta una playera de una fibra parecida al algodón y unos shorts, y no llevaba su gorro rojo. Olió su piel y era el mismo olor que impregnaba el aire. El lugar estaba muy iluminado, las paredes eran blancas y el suelo de hexágonos regulares. Donde se unían las paredes con el suelo, y con el techo, estaba curvado y no había esquinas. En una de las cuatro paredes vio una puerta y en la puerta una pequeña ventana. Parecía uno de aquellos cuartos de los antiguos manicomios. Vio a un hombre tirado junto a él, también en el suelo, y estaba vestido de la misma forma. Gateó para acercarse más y luego le habló:
    —Oiga —sacudió el brazo del hombre—, ¡oiga! —el cuerpo giró un poco y Sraqaddi le tomó el pulso en el cuello: estaba normal. Luego le levantó un párpado y vio dilatarse su pupila al tiempo que el hombre se incorporaba y parecía ponerse de pie, pero cayó sentado y se arrastró a uno de los extremos de la habitación. El hombre estaba agitado. Luego de mirar a Sraqaddi varios segundos, dijo:
    —Oiga. Ha usted dicho oiga.
    Cousteau pensó por un momento que el hombre debía ser retrasado.
    —Eso es lo que he dicho.
    —No debe de ser como ellos —dijo el hombre, hablando como para sí mismo—. Es extraño encontrar a alguien que hable el idioma de Dreaya tan lejos de casa. Dígame, ¿cómo ha llegado aquí?
    —¿Aquí? ¿Se refiere aquí a esta enorme nave, donde estamos seguramente, o aquí a Los Pilares de la Creación?
    —¿Ha dicho usted nave? —el hombre se sobresaltó y se puso de pie—. ¿Cómo sabe que esto es una nave?
    —Fui capturado cuando me acercaba a un objeto de no menos de mil quinientos kilómetros de radio. Usted... —se había dado cuenta de las cicatrices que el hombre tenía en su cuello, y señaló las propias—, usted ha hecho un viaje con un tiempo considerable de hibernación hacia una zona del espacio donde no hay más que polvo sin vida. ¡Usted es un cartógrafo!
    El hombre caminó hacia él, como si contara sus pasos.
    —No vine precisamente a esta zona. Me capturaron hace ya varios años. Roberter Jainey —dijo, y le tendió la mano—, octava generación de cartógrafos.
    Cousteau también se presentó, le tomó la mano y se levantó del suelo.
    —Lo siento si no hay tiempo de una cháchara entre colegas —dijo Cousteau—, pero hay que hablar con alguien de este lugar.
    —No logrará mucho —le mostró las cicatrices de sus manos—, yo estuve intentando que alguien me dijera por qué me habían traído aquí pero nunca conseguí respuesta.
    —¿No vio cuando me echaron a esta celda?
    —Estaba dormido. Quizá no hizo demasiado ruido cuando lo trajeron.
    —¿En qué nave venías?
    —Amatista. Me imagino que usted sabrá cuál es.
    —Sí, esa nave figura en los reportes como extraviada. —Sraqaddi le contó los detalles principales de lo que le había pasado a la nave de seguridad que había viajado antes a esa zona y le dijo sobre la región donde algo fallaba—. Allí nos dirigimos ahora, si el planetoide no ha cambiado de curso. —Se levantó y se asomó por la ventanita de la puerta. Afuera se veía un inmenso pasillo también blanco, con puertas a los lados—. ¡Al capitán... —comenzó a gritar, y se le ocurrió que una persona no podría conducir una nave así, ¿o sí?—. ¡A quien dirige esta cosa, díganle que se dirige hacia una región muy peligrosa y su nave será destruida al llegar a ella! —esperó a que alguien le contestara pero no obtuvo respuesta, y se volvió a sentar.
    —No te recomiendo que intentes romper la puerta —le dijo Roberter y le mostró de nuevo sus cicatrices—, no lograrás mucho.
    Pero la puerta se abrió. Los dos hombres miraron y vieron a una niña de cabello rubio y contrastantes ojos negros. Ninguno de los dos había visto a una persona rubia antes, pues la gente de Dreaya tenían todos el cabello negro o castaño oscuro y a nadie parecía interesarle pintárselo de otro color, además el destino de un viaje cartográfico normal era a un planeta sin vida pero que pronto sería ocupado, así que las únicas personas que veían eran las de su propio planeta.
    —Acompáñeme —dijo la niña con dulce voz y acento extraño. Le hablaba a Sraqaddi, y cuando vio que Roberter se levantaba, le dijo—: Usted no, sólo él —y salió dejando abierta la puerta tras de ella.
    —Quizás escuchen mis palabras —le dijo Sraqaddi a Roberter.
    —Oye, quizá podríamos... —le dijo señalando con la vista a la puerta abierta.
    —¿Crees que ésa es la forma de escapar con vida de una nave con estas características y sin ningún plan? —se alejó y cruzó la puerta.
    Roberter vio como la puerta se cerraba.

    La niña dirigió a Sraqaddi, mientras lo tomaba de la mano y caminaba con pequeños saltitos. Él parecía desconcertado. Pasaron puerta tras puerta del pasillo hasta que éste se terminó y dio lugar a una gran sala con sillas y mesas y grandes pantallas en las paredes, y luego de cruzarla llegaron a un amplio espacio abierto. Parecía un jardín enorme, con árboles de gruesos troncos y de más de cien metros de alto, y una alfombra de pasto que cubría todo el lugar. Era una cúpula gigantesca. Ahora le parecía seguro que estaban dentro de la nave. El cielo, porque había cielo, debía de ser una proyección sobre la cúpula. El sol parecía tan real que se sentía en la piel. Había muchas personas en aquél lugar, todas corriendo o practicando algún deporte o charlando simplemente, y nadie parecía notar a Sraqaddi.
    La niña dio un salto justo en frente de él. Parecía contenta.
    —¿A qué quieres jugar primero? —le dijo ella con una enorme sonrisa.
    Cousteau tuvo un sobresalto.
    —No juego si no tengo puesto mi gorro —le dijo, pues no sabía qué responder ante una pregunta tan extraña.
    La niñita apretó los labios y salió corriendo hacia una ventana grande, a un lado del túnel de donde habían salido. Se estiró hacia dentro de la ventana y sacó algo rojo. Cousteau no lo podía creer, la niña venía corriendo con su gorro.
    —Aquí está —dijo satisfecha.
    Sraqaddi inspeccionó el gorro y se dio cuenta que era exactamente el mismo; se lo puso en la cabeza.
    —¿Ahora ya vamos a jugar? —preguntó la niña.
    Sraqaddi arrugó la frente.
    —Mira, necesito hablar con alguien. Todos aquí corren un gran peligro. Morirán si no desvían su ruta. Llévame con alguna autoridad.
    Pero la niña no se inmutó. En cambio dijo:
    —¿Qué te parece allí? —y señaló un sube y baja: un tubo con dos asientos en los extremos, y agarraderas para las manos, que estaba apoyado en un eje justo a la mitad, a una altura de medio metro sobre el pasto—. El juego es de dos. Si no sabes, te enseño —la niña ya se había adelantado.
    Él se hartó y corrió hacia la ventana desde donde la niña había sacado el gorro. Se asomó pero el lugar estaba oscuro. Alcanzó a distinguir una sombra.
    —¡Veo alguien dentro! —gritó—. ¡Necesito hablar con alguna autoridad aquí, su nave corre un gran peligro!
    De las sombras vio salir a un hombre gordo. Se preguntó por qué era tan gordo ante lo sencillo que era el tratamiento de delgadez.
    —Escuche, joven —le dijo el hombre gordo—, no debería de abandonar a una cita así. La señorita lo está esperando —le guiñó un ojo—. Joven, el juego es de dos.
    Sraqaddi estaba desconcertado. El sujeto le parecía repugnante. Se alejó de él y se dio cuenta que había más ventanillas sobre la misma pared, que rodeaba el extenso parque. Buscó en la siguiente de ellas. Había una joven con uniforme rojo y blanco, a rayas.
    —Bueno días señor —dijo amablemente—, ¿en qué puedo servirle?
    —Necesito hablar con alguna autoridad de este lugar. ¿Acaso no hay ninguna?
    La mujer era ahora la que parecía desconcertada. Vio a la niñita que esperaba impacientemente sentada en el pasto cerca del sube y baja, y la señaló.
    —Ella lo está esperando, señor —la mujer sonrió como si le hubiera sido de gran ayuda.
    —¡Oh, carajo! —exclamó Sraqaddi y caminó rápidamente, con las palmas extendidas, hacia la niña. Ésta se levantó y sonrió.
    —Te tienes que sentar en el otro extremo —dijo ella.
    Sintió que se iba a volver loco pero caminó hacia su asiento en el sube y baja y se sentó. La niña aplaudió, emocionada, tomó las asas y se impulsó con los pies. Ella se levantó del suelo y él descendió del otro lado. Sraqaddi pesaba más, pero parecía que tuviesen el mismo peso. Dos niños pasaron junto a ellos pateando una esfera, que Sraqaddi analizó mientras ésta volaba por los aires. El movimiento de subir y bajar con esa palanca simple impulsándose con los pies le resultó relajante. Luego de un par de minutos, él preguntó.
    —¿Cuando podrás hacerme caso y decirle a alguien de las autoridades que van a morir si no desvían su trayectoria?
    —¿Te gusta la resbaladilla? —preguntó ella, bajándose inesperadamente del sube y baja y dejando caer violentamente en el pasto a su compañero de juego. Luego ella se acercó, y parecía querer ayudarlo a levantarse—. Oh, lo siento, no es forma de tratar a mi invitado —se levantó—. Además la resbaladilla no es lugar para hablar tranquilamente. ¿Qué te parece allí? —señaló unos asientos, o al menos él supuso que servían para sentarse, tenían formas de animales; uno era un enorme pato y el otro una tortuga también de gran tamaño. Ella se sentó en el pato, de lado, mirando hacia él, y él en la tortuga.
    Todo eso le parecía demasiado absurdo.
    —¿Ahora me harás el favor de atender mi petición? —preguntó Sraqaddi.
    Debajo de él sintió que todo se movía. La tortuga estaba avanzando. En cambio el pato de la niña no se movía, pero de pronto vio que parpadeó y giró la cabeza. Graznó.
    La niña sonrió y acarició el costado del pato.
    —Gracias por jugar conmigo —dijo la niña, sonriente—. Ahora te atenderé. Gracias por avisarnos del peligro —Sraqaddi se estremeció. ¿Quién demonios es esa niña?, pensó—. Cuando gritaste en tu celda —continuó la pequeña—, Máquina observó los alrededores y encontró el lugar del que hablabas. Ella dice que ese lugar es como una burbuja de la muerte. Eso dijo ella. ¿Qué me dices tú? —él reparó en que los términos usados por Máquina eran como los suyos. ¿Y qué diablos era Máquina y por qué la niña se refería a Máquina como ella?
    —Yo..., yo... —se sintió desorientado, hizo algunos ejercicios de respiración y respondió a la niñita que ahora estaba dando de comer al enorme pato de algo que tenía en la mano—: En esa región del espacio la fuerza nuclear débil es distinta, y eso hace que un cuerpo al entrar allí sufra un decaimiento de sus neutrones y los núcleos se inestabilicen tanto que...
    —¿Guau, de verdad? —dijo la niñita, con los ojos bien abiertos—, ¿y por eso estabas en esta zona, estabas estudiando esa cosa de la muerte?
    Sraqaddi asintió.
    —¿Sabes si pasa lo mismo en otro lugar, donde las naves hagan bum? Ah, por cierto —sacó una bolsa de su vestido, el pato avanzó hacia la tortuga y la niña le dio la bolsa a Sraqaddi—, dale esto a Lenore.
    Era comida. Supo que la tortuga en la que estaba sentado se llamaba Lenore. La bolsa tenía una cerradura magnética que se abrió fácilmente, sacó un puñado del alimento y lo colocó, con algo de temor, frente a la filosa y enorme boca de la tortuga, y ésta comió con parsimonía.
    —¿Sabes —le preguntó él— hace cuánto tiempo me trajeron aquí? —se dio cuenta que su pregunta estaba mal en un sentido: en que lo más probable es que ellos no contaran el tiempo en las mismas unidades familiares para él.
    —Sí —dijo la niñita—, hace tan sólo dos horas. Pero no respondiste mi pregunta.
    Era una ventaja que también contaran el tiempo en horas y probablemente en sus derivados sexagesimales. Si lo hubieran dejado dormir o en estado inconsciente, mientras le hacían quién sabe qué cosas, seguramente todos habrían muerto.
    —Eso es lo que hago —dijo Sraqaddi—, detectar zonas con anormalidades físicas para tomar precauciones en las rutas interestelares.
    Estaba abriendo demasiado la boca.
    La niña sonrió.
    —¿Donde está tu planeta? —preguntó ella—, ¿hay mucha gente allí, verdad?
    La niña lo miraba alegre, esperando tranquilamente a tener su respuesta.
    —¿Quién eres?
    —Sí, —dijo la niña—, tienes razón, hay que ser justos con las preguntas y las respuestas. Soy Nadia, amiga de Máquina. Ella maneja. Sólo que ahora ella está muy triste y me ha dicho que se quiere suicidar. Ella sabe que el suicidio no es bueno —la niña comenzó a sollozar. El pato, con un ligero graznido, acercó su pico para secarle las lágrimas—, aún así dice que no quiere estar así más tiempo, y que de todas formas yo no sobreviviré en el espacio vacío, y que cerca de aquí no hay ningún lugar donde pueda estar.
    Sraqaddi pensó que en ese momento acababa de enloquecer y que estaba alucinando, aunque todo lo anterior podría parecerle también una alucinación.
    —¿Tus padres —se le ocurrió a Sraqaddi, conmovido por la niña—, dónde están?
    —¿Qué edad crees que tengo? —preguntó la niña, con los ojos llenos de lágrimas.
    —Pareces de ocho.
    La niña lo miró y bajó la cabeza para seguir llorando. Miró de nuevo a Sraqaddi.
    —Tengo muchos más que ocho pero siempre me veo como de ocho. —Y luego de una pausa, dijo—: Tal vez tú puedas hablar con Máquina, tiene tiempo que no habla con ninguna persona que no sea yo.
    Alguien llegó caminando, no vieron de donde. Era una mujer joven y esbelta y se plantó frente a Sraqaddi. Acarició a la tortuga Lenore en la cabeza y luego miró fijamente a Cousteau.
    —¡Máquina no quiere ver a nadie, sólo a Nadia! —dijo.
    La mujer asintió violentamente y luego se retiró, desapareciendo en una de las puertas de la pared que delimitaba el enorme parque.
    —Parece que no quiere verme —dijo Sraqaddi, frunciendo el seño.
    —Si me dices dónde queda tu planeta tal vez decida no suicidarse —imploró la niña, y él pensó que lo estaba chantajeando.
    —¿Tú, Máquina y quién más viven en éste lugar? —preguntó Sraqaddi.
    —Tu amigo.
    —¿Sólo nosotros?
    La niña asintió, limpiándose los mocos con la manga de su vestido.
    Sraqaddi miraba a las demás personas que corrían.
    —¿Y ellos? —preguntó.
    La niña no respondió.
    —¿Dónde están los demás pasajeros?
    —Máquina... —dijo la niña y se detuvo, como si alguien pudiera oirle y la castigara por hablar—, Máquina no quiso que vivieran con ella.
    El hombre gordo de la primera ventana se asomó y se puso el dedo índice en los labios.
    —¡Shhhhhhhhhhhh! ¡Nadia —gritó el hombre gordo—, tú bien sabes que no tienes que hablar de más! ¡Tu amiga se enojará!
    Sraqaddi fue el que se enojó ante la reacción del hombre y corrió con intenciones de golpearlo. El hombre gordo lo esperó y Sraqaddi dejó caer el puño sobre su gorda cara. Se golpeó contra algo duro, pero no era la cara del sujeto sino algo metálico que estaba detrás. Lanzó un grito de dolor. El hombre ya no estaba. Un holograma, seguro era un holograma.
    —¿Qué más es un holograma aquí? —gritó él.
    Pero no esperaba que alguien le diese la respuesta, y se aterrorizó al descubrirla. El cielo, el sol, la sensación del sol, los árboles, el pasto, las personas corriendo y las estructuras que había llegado a ver a muchos metros más allá del jardín, habían desaparecido. El jardín ya no era jardín, y todo ese espacio tan sólo estaba ocupado por una vieja resbaladilla, el sube y baja, la tortuga gigante y la niña sentada en el pato, y el resto era el suelo y la enorme cúpula metálica.
    Miró de nuevo a la niña como esperando que ella también desapareciera pero eso no ocurrió, en cambio la pequeña se bajó del pato y corrió hacia él y le mojó de lágrimas los shorts.
    —Nadia —dijo Sraqaddi—, ¿cómo salimos de aquí?

    Roberter vio la puerta abrirse. Estaba acurrucado en un extremo de la habitación y se levantó de inmediato. La niña aún lloraba y era cargada por Sraqaddi con el brazo derecho mientras que con el izquierdo sujetaba una pesada bolsa. Roberter se sorprendió pues había llegado a pensar que la pequeña era realmente un oficial disfrazado.
    —¡Vamos! —le dijo Sraqaddi a su colega.
    Roberter vio el gorro rojo en la cabeza de su colega y fue tras él. Caminaron rápido por el pasillo y entraron en una de las puertas. Llevaba a otro pasillo que tenía gruesas tuberías en la parte superior. Sraqaddi se adelantó hasta un compartimento que estaba a nivel del suelo y de éste sacó una bolsa negra.
    —Explosivos —dijo Sraqaddi—. Ahora, si no es molestia para ti, hay que subir treinta pisos usando las escaleras.
    —¿Qué rayos está pasando? —preguntó Roberter—, además..., ¿no hay ascensores en este lugar?
    —La nave se dirige hacia la zona muerta —dijo Sraqaddi—, y no podemos usar nada mecánico por ahora. La nave se ha vuelto loca.
    —¡Tú te has vuelto loco, maldita sea! y ¿qué le has hecho a esa niña, por qué está llorando?
    —Rob, no me creas si no quieres pero hay que escapar de la nave, pronto no seremos más que polvo entre polvo, y aquí ya hay suficiente.
    Subieron treinta pisos. Treinta. Se dice fácil pero cuando estuvieron arriba Roberter se desplomó y condificultad se levantó. Algunos de esos pisos se recorrían después de subir más de cien escalones. Sraqaddi dejó a Nadia en el suelo.
    —Nadia —dijo Sraqaddi—, ¿las naves de salvamento son a prueba de bombas?
    La niña asintió. Sraqaddi pensó que no había comprendido la pregunta.
    —¿Resistiría que detonara dos kilogramos de estos explosivos?
    —¡Oh! —dijo la niña, mirándolo a través de sus ojos hinchados—, un kilo es suficiente para romper la puerta, pero no le pasaría nada a la nave.
    —Eso es lo que quería escuchar —y dio unas palmaditas en la espalda de la pequeña.
    Al parecer estaban cerca de la superficie de la nave-planetoide. Allí donde estaban se encontraba un largo corredor con un gran número de naves monoplaza, al parecer destinada a personal de alto rango. En el lugar diametralmente opuesto de la esférica nave se encontraba un corredor similar de naves monoplaza. A cien kilómetros de allí habían naves de salvamento más grandes, pero no había tiempo de llegar. Máquina precipitaba la nave hacia la zona muerta.
    Sraqaddi colocó un kilogramo de explosivos enfrente de la puerta. Dentro del saco había varios paquetes de medio kilogramo, así que colocó un par. Nadia tomó el detonador a distancia, explicándole que ella sabía usarlo. Sraqaddi se preguntó si Máquina la había obligado a usarlo antes, pero no quiso pensar en ello.
    Se alejaron unos veinte metros y la pequeña detonó los paquetes. La puerta se desprendió, saltó hasta chocar contra el techo y luego cayó. Entraron al túnel que se había abierto. Pero había otra puerta. Esta segunda puerta tenía un grueso vidrio plástico, una ventana cuadrada que dejaba ver al interior de la nave de salvamento. Ésta se abrió automáticamente. A Máquina tal vez le quedaba algo de cordura todavía.
    En ese momento se escuchó un fuerte ruido de succión que parecía venir de todas las puertas del corredor.
    Las luces del lugar se agitaron y cambiaron de color, de blanco a azul y a rojo y a amarillo y a violeta y a verde, y un bufón apareció saltando y haciendo sonar sus cascabeles.
    —¡Ah! —exclamó el bufón—, veo que se han quedado fuera. Jugaron con fuego, muchachos. ¡Y ahora el fuego jugará con ustedes!
    —Máquina —dijo Nadia, dirigiéndose al bufón—, ¿qué fue ese ruido?
    El bufón se inclinó hacia la pequeña. Roberter lanzó un puñetazo que sólo golpeó el aire. El bufón miró a la niña con ojos tristes, dirigió la vista a los dos hombres y les dijo:
    —He desprendido todas las naves de salvamento menos una. Llegaremos a la burbuja de la muerte en diez minutos. Lo siento —y luego desapareció.
    —¿Por qué hace esto Máquina? —dijo Nadia—. Ella es mi amiga.
    —Los amigos no se hacen estas cosas, pequeña —respondió Sraqaddi.
    —¡El bufón miente! —gruñó Roberter.
    —Nadia, ¿cómo podemos saber si lo que dijo Máquina es cierto?
    —Máquina nunca miente —respondió.
    Roberter parecía desesperado y también Sraqaddi estaba de acuerdo en que había que corroborar si no habían más naves disponible, así que volaron otra de las puertas y luego observaron por el vidrio de la segunda puerta, y no vieron el interior de una nave de salvamento sino sólo el polvo primigenio en el que estaban sumergidos. Roberter detonó tres puertas más y encontró lo mismo.
    Roberter parecía haber enloquecido. Terminó de detonar la cuarta puerta y se dio cuenta de que Sraqaddi regresaba con la pequeña y la metía en la única nave que aún estaba anclada. Roberter corrió y se le echó encima a Sraqaddi luego de que la puerta se hubiese sellado. Descargó golpe tras golpe sobre su rostro. Tendido en el suelo, Sraqaddi abrió la boca, mientras hilillos de sangre escurrían por ella.
    —Somos colegas —dijo con dificultad.
    Roberter dejó caer otro golpe y luego se echó para atrás.
    —¿La niña usará la nave y nosotros no, verdad? —preguntó Roberter, sentado en el piso, con las palmas apoyadas en el frío metal.
    Sraqaddi asintió.
    —No puede ser de otra forma —dijo—. Sólo hay sitio para ella. Y probablemente tampoco ella se salve.
    Escucharon otra vez el ruido de succión, esta vez provenía de detrás de la puerta donde estaba la niña. La nave de salvamento se había separado.
    Roberter se levantó y caminó alejándose de donde Sraqaddi yacía boca arriba. Y luego Roberter se desplomó. Sraqaddi se levantó, inspeccionó a su colega y encontró un ligero rastro líquido en su boca que identificó como un veneno de efecto casi instantaneo. Se alejó del cuerpo.
    Pronto, según palabras de Nadia, Máquina también se suicidaría. Y él moriría. Así. Dos suicidios, una muerte, la suya, y Nadia, que flotaba a la deriva probablemente en dirección a la zona muerta o quizá, con suerte, en la dirección contraria.
    Sraqaddi se dejó caer pesadamente en el suelo y recargó su espalda contra la pared. Se pasó la mano por el rostro dolorido y ensangrentado. Miró de nuevo el cadáver de su colega. ¿De verdad eso era todo?
    Cerró los ojos y se imaginó de nuevo en Dreaya. Era el único lugar donde quería estar. Dreaya su planeta. Dreaya su nación. El mundo que le había dado todo y al que le había entregado su vida para que la gloria de Dreaya y de la especie humana siguiese extentiéndose entre las estrellas.
    Máquina se impulsó hacia la muerte.
    La nave atravesó la frontera de la burbuja. Todo ocurrió en una pequeña fracción de segundo. Primero los neutrones de los núcleos atómicos que la conformaban decayeron en protones, emitiendo, durante el proceso, un neutrino; luego los núcleos se volvieron inestables por el alto número de protones presentes en ellos y no se pudieron autosostener; finalmente: fisión, se liberaron todos y cada uno de los protones de sus núcleos, y se suscitó una gigantesca explosión nuclear, cegadoramente brillante pero inundada de silencio.

    El robocantinero llenaba las copas de los ocupantes de la barra como si esa fuese su única misión, y, en efecto, ésa era su única misión.
    El lugar era una imitación de una cantina de la Tierra, el viejo planeta del cual hablan las leyendas. La cuna del hombre, según se dice. La cantina estaba mal iluminada, pues necesariamente tenía que ser así, y en la barra estaban sentadas unas ocho personas, y las mesas estaban llenas. Había una zona sólo para fumadores, en una esquina, que estaba confinada por una barrera intangible, y el humo llenaba el ambiente de unos sudorosos jugadores de poker.
    El hombre terminó su copa de un trago y dejó unos créditos al robot.
    —Quédese con el cambio —dijo.
    —Ya casi nadie paga con créditos —respondió el robot, insinuando con sus palabras si se estaba ocultando de alguien, al no pagar con su ID, y luego metió las monedas en una ranura de su brazo—. ¡Que tenga un buen día!
    El hombre salió de la cantina y se encontró en una calle poco transitada. Los vehículos que iban por ella eran de ruedas, tirados por bestias. Ningún edificio sobrepasaba los diez metros. No era el grado de tecnificación que se encuentra en otros muchos planetas pero esa clase de vida tenía sus ventajas. El cielo era de un amarillo saludable y había muy pocas nubes.
    El hombre se detuvo en la acera. El hecho de que estuviera de vuelta en su planeta tenía grandes implicaciones. Se había trasladado unos setenta mil años luz de distancia sin nave, y había vuelto a su tiempo, justo después de su partida, y no con la demora usual cuando se toma el atajo de un tubo de Krasnikov. Pero eso también significaba que además de haberse trasladado en el espacio había viajado hacia atrás en el tiempo esos setenta mil años.
    Su último pensamiento había sido el deseo de volver a Dreaya, y allí estaba. Su nariz y su rostro aún le dolían por los golpes recibidos.
    Sacó la tarjeta que guardaba en el bolsillo de la manga de su camisa. La dirección estaba a un par de calles, y caminó. Se encontró con en un edificio color azul, completamente de vidrio, que tenía en la parte superior de la entrada principal el símbolo universal de la psiocología: dos serpientes, una oscura y una blanca, enroscadas en torno a una espina dorsal coronada por un cerebro. Entró en un consultorio y se encontró a un hombre sentado detrás de una mesa.
    —Pase, pase. —le dijo el hombre de bata. Ese hombre podría ayudarlo, él esperaba. Los psiocólogos estudiaban los fenómenos psiónicos, y la teleportación era uno de ellos.
    En la puerta vio que estaba grabado L. Terjag.
    —Doctor, tengo algo importante qué decirle —dijo el hombre.
    —Lo escucho —respondió el psiocólogo—. Pero siéntese primero, porfavor.
    Vio una cosa que llamó su atención. En una mesita del consultorio estaba el diario nacional de Dreaya, impreso en celulosa. En la portada sobresalían unos enormes titulares: Cartógrafo encuentra a niña de ocho años sobre la ruta hacia Kernel III. Sintió una profunda alegría, pero luego ésta se derrumbó. Se inclinó y miró la información del artículo. Tenía detalles muy precisos, sobre todo para un cartógrafo. El punto de la ruta hacia Kernel III donde habían encontrado a la niña pasaba a unos diez años luz pero a trescientos años en el futuro, en coordenadas de Minkowski, del lugar de donde la nave de salvamento se había desprendido. De modo que al llegar a ese punto la nave en la que estaba la niña habría viajado durante tres siglos.
    Se estremeció. Ahora se preguntaba más que antes, “¿quién demonios es esa niña?”. Recordó las palabras de Nadia: “Tengo muchos más que ocho pero siempre me veo como de ocho”.
    —Hombre, ¿qué espera? —le preguntó el psiocólogo.
    —El diario...
    —Ah, sí, una extraña noticia. Ya he concretado una cita con esa niña. Tengo interés en saber cómo llegó allí.
    —¿La niña está aquí, en el planeta? —preguntó el hombre.
    —Oh, sí, sí, la trajeron hace un par de días. Está en un hospital cercano.
    —¿Qué tan cercano?
    —Queda dentro de este mismo conjunto de edificios.
    —Puedo... —dijo el hombre alargando su brazo hacia el diario.
    —Claro, claro, puede quedárselo. Pero tome asiento, porfavor.
    El hombre tomó asiento.

    Nadia estaba en Dreaya. Aquí mismo. No podía perder el tiempo con el doctor, no ahora. Una explicación por vez. Estaba el misterio de su regreso, pero no podía sacarse de la mente el origen de esa niña cuya edad parecía inconmesurable.

    —¿Puede posponer mi cita? —preguntó Cousteau, y sin esperar respuesta se levantó del asiento y se marchó.

    El psiocólogo se extrañó ante la actitud del hombre. Frunció el seño y volvió a ocuparse con algunos expedientes en cuanto se cerró la puerta.
    “¿Qué era esa cosa importante que tenía qué decirme?”, se preguntó.

1 comentario:

  1. Menos mal que estabas falto de ideas. Si llegas a tenerlas escribes El Quijote de la era espacial.

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