Este cuento es independiente de la historia del futuro que he estado escribiendo, aunque tal vez sí logre encajar, porque meto el tema de las capacidades psiónicas. Creo que suele ser algo tedioso escribir siempre sobre una misma línea y además seguir una trama histórica no siempre trae los resultados que nos gustaría. En estos días sentía una inmensa falta de ideas y espero que eso se acabe (ustedes sabrán lo horrible que es eso). Espero que la disfruten, porque yo he disfrutado mucho escribiéndola.
Sraqaddi
Cousteau llegó a los Pilares de la Creación, a miles de años luz
de su planeta natal, luego de viajar durante varios años de tiempo
relativo a bordo de su nave. Lo que observó desde las pantallas del
interior de la cabina era polvo, algunas veces oscuro y otras tan
brillante como el brillo de varias supernovas, con ondulaciones como
tentáculos por allá y continentes a la deriva por acá, salpicado
de brillantes luces, algunas cercanas como soles y otras más
lejanas, casi todas de un color que iba del azul al violeta. Un
cuadro digno de un gran pintor. Desde allí no podía apreciar la
forma de los pilares pues estaba dentro de ellos.
La
nave en la que viajaba era una simplificación de las primeras naves
que habían zurcado las estrellas y de regreso al pasado a través de
un tubo de Krasnikov, pues tenía sólo doscientos metros de diámetro
y una forma de platillo algo más angosto de proa que de popa. Su
forma aerodinámica era necesaria por si se requería descender en un
cuerpo con atmósfera. Cuando viajaba, un enorme y kilométrico campo
electromagnético rodeaba la nave y aceleraba el hidrógeno
interestelar hacia popa, propulsándose de ésa manera. Además del
campo, varios cohetes en los costados se encargaban de la orientación
y de la propulsión a velocidades relativamente bajas.
De
pequeño, Cousteau había leído e interactuado en muchas de las
sensograbaciones de uno de sus héroes y, él lo declaraba orgulloso,
uno de sus antiguos familiares: el legendario oceanauta Jacques-Yves
Cousteau de la Tierra, planeta con el que habían perdido contacto
antes de que los abuelos de Sraqaddi nacieran. Sraqaddi usaba un
gorro rojo, como lo habían usado algunos oceanautas cuando navegaban
sobre las frías aguas, y, más específicamente, como lo había
usado su ancestro, a quien él se parecía mucho, aunque de piel más
bronceada y de ojos negros.
Salió
de la cabina y de adentró en la sala de cartografía, la parte
primordial de la nave. En el centro había una gran estructura
holográfica con forma de campana, que comenzó a desplegar
información, se trataba de la computadora central. Repasó los datos
de una sonda de preexploración. La sonda había observado una zona
de forma y densidad inusuales que estaba muy cerca de la ruta
interestelar y luego había regresado por un tubo de Krasnikov con su
informe.
Cousteau
ya estaba acostumbrado a anormalidades elementales y naturales en
zonas del espacio interestelar como el debilitamiento ínfimo de las
ondas electromagnéticas por la variación en la interacción
fotónica, o la polarización que se crea en amplias zonas del
espacio y que hace imposible la vida a base de carbono, u otros
efectos que son consecuencia de la ligera variación de las leyes del
universo de una zona a otra. Estas fueron las cosas que les
parecieron increibles a los físicos antes de que los hombres
saliesen a colonizar otros planetas fuera del sistema solar.
Recordemos lo que dijo, allá en el lejano 2297 d.C., el físico Ali
S. Godoy, en una de sus publicaciones para la revista New
Science, Physics:
“Nuestra
ciencia experimental siempre estuvo basada en mediciones realizadas
en tiempos humanos, lugares humanos y condiciones humanas. Cuando
estos tiempos, lugares y condiciones cambiaron, nos dimos cuenta que
las constantes también cambian.”
Pero
para Sraqaddi encontrarse con situaciones así era normal.
Ahora
su nave estaba quieta en el espacio lleno de polvo cósmico. Buscó
en las pantallas algo que le dijese por dónde empezar, y luego de
algunas horas de observación encontró una región del espacio,
entre las enormes nubes de polvo y gas que se extendían por cientos
de años luz, donde la consistencia del medio cambiaba drásticamente,
dando paso a una especie de plasma de baja densidad. Era de lo que
hablaba el reporte. La región tenía la forma de un elipsoide, casi
esférico, y comenzaba a algo más de setenta años luz de distancia
del lugar donde ahora él estaba. Quería acercarse más, y tenía
que hacerlo para efectuar las mediciones, si es que se podían
efectuar. Aunque nunca su lugar de estudio había quedado tan lejos
de su punto de partida, y temía perder el extremo del tubo al que
tenía que introducirse después. Corría el riesgo de no poder
regresar a Dreaya a 31 días después de su partida, como estaba
previsto. Se retrasaría un poco, que no era tanto problema. Así que
colocó una sonda robot fija en las coordenadas de la entrada del
tubo, y aceleró en su nave hasta la burbuja, a setenta años luz de
distancia, donde probablemente alguna ley fallaba.
La
nave fue acelerando poco a poco hasta que alcanzó velocidades
relativistas, mientras un tubo se formaba a su alrededor conforme
avanzaba. Sraqaddi durmió durante el tiempo que duró el viaje.
Cuando despertó vio la zona muerta, como la había nombrado en su
mente. Desde lejos era sin duda diferente, pues ahora todo era una
inmensa y vacía negrura. La región era una burbuja de unos dos años
luz de diámetro, y resultaba muy contrastante pues el espacio que
rodeaba la burbuja estaba compuesto por millones de años luz cúbicos
de denso polvo, cuna de futuras estrellas. Por un efecto visual, la
burbuja parecía doblarse alrededor de la nave. Cousteau programó
una sonda robot, que salió de la nave. La sonda anduvo navegando por
unos minutos y justo cuando llegó a los límites de la zona muerta
ésta se desintegró en una gran explosión. Ya esperaba dicho
resultado pero sólo lo quería confirmar. Manipuló los controles y
la nave emitió un haz de luz a través de la zona muerta, pero éste
sólo sufría las dispersiones y los efectos que eran de esperarse.
Los detectores encontraron neutrinos asociados al decaimiento de
neutrones y residuos de una explosión nuclear. Sraqaddi ya tenía
una idea clara de lo que allí pasaba.
Entonces
a un extremo de la pantalla que Cousteau tenía enfrente y debajo de
él, apareció un objeto, o era más bien una espiral gigantesca que
se iba trazando en el espacio cubierto de polvo. La espiral tenía un
brillo azulado y aunque Sraqaddi Cousteau nunca se había topado con
algo así, supo de inmediato lo que era: una espiral cósmica, un
fenómeno bastante raro que se forma principalmente por el movimiento
del material en un sistema binario de estrellas o por ciertos tipos
de cohetes, aunque las que son producidas por cohetes no resultan ser
tan grandes.
Los
sistemas de la nave calcularon que la espiral se iba moviendo en
dirección a la zona muerta y su velocidad aparente era lo
suficientemente grande como para entrar en ella en menos de seis
horas de tiempo relativo. Luego las cámaras enfocaron el centro de
la espiral y Cousteau vio algo que al principio pareció no asimilar.
Era una esfera, de un tamaño menor a un planeta, de color similar al
del polvo que le rodeaba, y por eso en un principio sólo se había
percatado de la espiral azul.
En
unas horas la gigantesca nave sería destruida al entrar en la zona
muerta.
Una
cosa así debía de estar controlada por alguna inteligencia, y tal
vez más grande que la humana, pues en todos los mundos que el humano
había colonizado nadie se había atrevido a navegar en el frío
vacío interestelar a bordo de una nave de esas características.
¡Era una locura!
Tenía
que informarles, porque parecía que no lo sabían, del peligro que
les esperaba más adelante. Quizá podría acercarse al errante tanto
como para llamar la atención y hacerlo virar, o podría descender en
él e informar a quienes viajaran a bordo de tal peligro. Aunque, si
la nave llevaba mucho tiempo viajando, lo más seguro era que ante
viajes de esa naturaleza la tripulación se mantuviera en animación
suspendida o que fuera una tripulación con vidas extremadamente
largas.
Su
nave le informó que la distancia a la nave-planetoide era de tan
sólo dos minutos luz desde su posición. Podía llegar a tiempo.
Los
cohetes laterales pusieron la nave en posición hacia el errante y
entonces se desplegaron de nuevo los campos electromagnéticos y la
nave comenzó a acelerar, fusionando el hidrógeno detrás de ella,
que en aquel sitio era muy abundante, y se acercó poco a poco a la
nave-planetoide.
No
tardó mucho para que lo tuviera cerca, y veía detalles de su
superficie. Ésta no era lisa como habían captado las cámaras desde
lejos, pues tenía secciones que parecían compuertas, algunas
pequeñas y casi puntuales y otras de varios kilómetros de diámetro.
Podía ver el horizonte en todas direcciones. Mandó al ordenador
principal de la nave que inspeccionara todos los canales de radio en
los que los tripulantes de la nave pudieran estar emitiendo y en uno
de ellos detectó un lenguaje hablado, pero no pudo entender lo que
decía.
Luego
vio un ojo: una pequeña sonda que se posó enfrente de la nave, y
eso fue todo.
Despertó
sintiéndose mareado, respirando un olor a desinfectante que era casi
tan irritante como el ácido clorhídrico. Se dio cuenta que sus
ropas no eran las oficiales sino que llevaba puesta una playera de
una fibra parecida al algodón y unos shorts, y no llevaba su gorro
rojo. Olió su piel y era el mismo olor que impregnaba el aire. El
lugar estaba muy iluminado, las paredes eran blancas y el suelo de
hexágonos regulares. Donde se unían las paredes con el suelo, y con
el techo, estaba curvado y no había esquinas. En una de las cuatro
paredes vio una puerta y en la puerta una pequeña ventana. Parecía
uno de aquellos cuartos de los antiguos manicomios. Vio a un hombre
tirado junto a él, también en el suelo, y estaba vestido de la
misma forma. Gateó para acercarse más y luego le habló:
—Oiga
—sacudió el brazo del hombre—, ¡oiga! —el cuerpo giró un
poco y Sraqaddi le tomó el pulso en el cuello: estaba normal. Luego
le levantó un párpado y vio dilatarse su pupila al tiempo que el
hombre se incorporaba y parecía ponerse de pie, pero cayó sentado y
se arrastró a uno de los extremos de la habitación. El hombre
estaba agitado. Luego de mirar a Sraqaddi varios segundos, dijo:
—Oiga. Ha usted dicho
oiga.
Cousteau pensó por un
momento que el hombre debía ser retrasado.
—Eso es lo que he
dicho.
—No debe de ser como
ellos —dijo el hombre, hablando como para sí mismo—. Es extraño
encontrar a alguien que hable el idioma de Dreaya tan lejos de casa.
Dígame, ¿cómo ha llegado aquí?
—¿Aquí? ¿Se refiere
aquí a esta enorme nave, donde estamos seguramente, o aquí a Los
Pilares de la Creación?
—¿Ha dicho usted
nave? —el hombre se sobresaltó y se puso de pie—. ¿Cómo sabe
que esto es una nave?
—Fui capturado cuando
me acercaba a un objeto de no menos de mil quinientos kilómetros de
radio. Usted... —se había dado cuenta de las cicatrices que el
hombre tenía en su cuello, y señaló las propias—, usted ha hecho
un viaje con un tiempo considerable de hibernación hacia una zona
del espacio donde no hay más que polvo sin vida. ¡Usted es un
cartógrafo!
El hombre caminó hacia
él, como si contara sus pasos.
—No vine precisamente
a esta zona. Me capturaron hace ya varios años. Roberter Jainey
—dijo, y le tendió la mano—, octava generación de cartógrafos.
Cousteau también se
presentó, le tomó la mano y se levantó del suelo.
—Lo siento si no hay
tiempo de una cháchara entre colegas —dijo Cousteau—, pero hay
que hablar con alguien de este lugar.
—No logrará mucho —le
mostró las cicatrices de sus manos—, yo estuve intentando que
alguien me dijera por qué me habían traído aquí pero nunca
conseguí respuesta.
—¿No vio cuando me
echaron a esta celda?
—Estaba dormido. Quizá
no hizo demasiado ruido cuando lo trajeron.
—¿En qué nave
venías?
—Amatista. Me imagino
que usted sabrá cuál es.
—Sí, esa nave figura
en los reportes como extraviada. —Sraqaddi le contó los detalles
principales de lo que le había pasado a la nave de seguridad que
había viajado antes a esa zona y le dijo sobre la región donde algo
fallaba—. Allí nos dirigimos ahora, si el planetoide no ha
cambiado de curso. —Se levantó y se asomó por la ventanita de la
puerta. Afuera se veía un inmenso pasillo también blanco, con
puertas a los lados—. ¡Al capitán... —comenzó a gritar, y se
le ocurrió que una persona no podría conducir una nave así, ¿o
sí?—. ¡A quien dirige esta cosa, díganle que se dirige hacia una
región muy peligrosa y su nave será destruida al llegar a ella!
—esperó a que alguien le contestara pero no obtuvo respuesta, y se
volvió a sentar.
—No te recomiendo que
intentes romper la puerta —le dijo Roberter y le mostró de nuevo
sus cicatrices—, no lograrás mucho.
Pero la puerta se abrió.
Los dos hombres miraron y vieron a una niña de cabello rubio y
contrastantes ojos negros. Ninguno de los dos había visto a una
persona rubia antes, pues la gente de Dreaya tenían todos el cabello
negro o castaño oscuro y a nadie parecía interesarle pintárselo de
otro color, además el destino de un viaje cartográfico normal era a
un planeta sin vida pero que pronto sería ocupado, así que las
únicas personas que veían eran las de su propio planeta.
—Acompáñeme —dijo
la niña con dulce voz y acento extraño. Le hablaba a Sraqaddi, y
cuando vio que Roberter se levantaba, le dijo—: Usted no, sólo él
—y salió dejando abierta la puerta tras de ella.
—Quizás escuchen mis
palabras —le dijo Sraqaddi a Roberter.
—Oye, quizá
podríamos... —le dijo señalando con la vista a la puerta abierta.
—¿Crees que ésa es
la forma de escapar con vida de una nave con estas características y
sin ningún plan? —se alejó y cruzó la puerta.
Roberter vio como la
puerta se cerraba.
La niña dirigió a
Sraqaddi, mientras lo tomaba de la mano y caminaba con pequeños
saltitos. Él parecía desconcertado. Pasaron puerta tras puerta del
pasillo hasta que éste se terminó y dio lugar a una gran sala con
sillas y mesas y grandes pantallas en las paredes, y luego de
cruzarla llegaron a un amplio espacio abierto. Parecía un jardín
enorme, con árboles de gruesos troncos y de más de cien metros de
alto, y una alfombra de pasto que cubría todo el lugar. Era una
cúpula gigantesca. Ahora le parecía seguro que estaban dentro de la
nave. El cielo, porque había cielo, debía de ser una proyección
sobre la cúpula. El sol parecía tan real que se sentía en la piel.
Había muchas personas en aquél lugar, todas corriendo o practicando
algún deporte o charlando simplemente, y nadie parecía notar a
Sraqaddi.
La niña dio un salto
justo en frente de él. Parecía contenta.
—¿A qué quieres
jugar primero? —le dijo ella con una enorme sonrisa.
Cousteau tuvo un
sobresalto.
—No juego si no tengo
puesto mi gorro —le dijo, pues no sabía qué responder ante una
pregunta tan extraña.
La niñita apretó los
labios y salió corriendo hacia una ventana grande, a un lado del
túnel de donde habían salido. Se estiró hacia dentro de la ventana
y sacó algo rojo. Cousteau no lo podía creer, la niña venía
corriendo con su gorro.
—Aquí está —dijo
satisfecha.
Sraqaddi inspeccionó el
gorro y se dio cuenta que era exactamente el mismo; se lo puso en la
cabeza.
—¿Ahora ya vamos a
jugar? —preguntó la niña.
Sraqaddi arrugó la
frente.
—Mira, necesito hablar
con alguien. Todos aquí corren un gran peligro. Morirán si no
desvían su ruta. Llévame con alguna autoridad.
Pero la niña no se
inmutó. En cambio dijo:
—¿Qué te parece
allí? —y señaló un sube y baja: un tubo con dos asientos en los
extremos, y agarraderas para las manos, que estaba apoyado en un eje
justo a la mitad, a una altura de medio metro sobre el pasto—. El
juego es de dos. Si no sabes, te enseño —la niña ya se había
adelantado.
Él se hartó y corrió
hacia la ventana desde donde la niña había sacado el gorro. Se
asomó pero el lugar estaba oscuro. Alcanzó a distinguir una sombra.
—¡Veo alguien dentro!
—gritó—. ¡Necesito hablar con alguna autoridad aquí, su nave
corre un gran peligro!
De las sombras vio salir
a un hombre gordo. Se preguntó por qué era tan gordo ante lo
sencillo que era el tratamiento de delgadez.
—Escuche, joven —le
dijo el hombre gordo—, no debería de abandonar a una cita así. La
señorita lo está esperando —le guiñó un ojo—. Joven, el juego
es de dos.
Sraqaddi estaba
desconcertado. El sujeto le parecía repugnante. Se alejó de él y
se dio cuenta que había más ventanillas sobre la misma pared, que
rodeaba el extenso parque. Buscó en la siguiente de ellas. Había
una joven con uniforme rojo y blanco, a rayas.
—Bueno días señor
—dijo amablemente—, ¿en qué puedo servirle?
—Necesito hablar con
alguna autoridad de este lugar. ¿Acaso no hay ninguna?
La mujer era ahora la
que parecía desconcertada. Vio a la niñita que esperaba
impacientemente sentada en el pasto cerca del sube y baja, y la
señaló.
—Ella lo está
esperando, señor —la mujer sonrió como si le hubiera sido de gran
ayuda.
—¡Oh, carajo!
—exclamó Sraqaddi y caminó rápidamente, con las palmas
extendidas, hacia la niña. Ésta se levantó y sonrió.
—Te tienes que sentar
en el otro extremo —dijo ella.
Sintió que se iba a
volver loco pero caminó hacia su asiento en el sube y baja y se
sentó. La niña aplaudió, emocionada, tomó las asas y se impulsó
con los pies. Ella se levantó del suelo y él descendió del otro
lado. Sraqaddi pesaba más, pero parecía que tuviesen el mismo peso.
Dos niños pasaron junto a ellos pateando una esfera, que Sraqaddi
analizó mientras ésta volaba por los aires. El movimiento de subir
y bajar con esa palanca simple impulsándose con los pies le resultó
relajante. Luego de un par de minutos, él preguntó.
—¿Cuando podrás
hacerme caso y decirle a alguien de las autoridades que van a morir
si no desvían su trayectoria?
—¿Te gusta la
resbaladilla? —preguntó ella, bajándose inesperadamente del sube
y baja y dejando caer violentamente en el pasto a su compañero de
juego. Luego ella se acercó, y parecía querer ayudarlo a
levantarse—. Oh, lo siento, no es forma de tratar a mi invitado —se
levantó—. Además la resbaladilla no es lugar para hablar
tranquilamente. ¿Qué te parece allí? —señaló unos asientos, o
al menos él supuso que servían para sentarse, tenían formas de
animales; uno era un enorme pato y el otro una tortuga también de
gran tamaño. Ella se sentó en el pato, de lado, mirando hacia él,
y él en la tortuga.
Todo eso le parecía
demasiado absurdo.
—¿Ahora me harás el
favor de atender mi petición? —preguntó Sraqaddi.
Debajo de él sintió
que todo se movía. La tortuga estaba avanzando. En cambio el pato de
la niña no se movía, pero de pronto vio que parpadeó y giró la
cabeza. Graznó.
La niña sonrió y
acarició el costado del pato.
—Gracias
por jugar conmigo —dijo la niña, sonriente—. Ahora te atenderé.
Gracias por avisarnos del peligro —Sraqaddi se estremeció. ¿Quién
demonios es esa niña?, pensó—. Cuando gritaste en tu celda
—continuó la pequeña—, Máquina observó los alrededores y
encontró el lugar del que hablabas. Ella dice que ese lugar es como
una burbuja de la muerte. Eso dijo ella. ¿Qué me dices tú? —él
reparó en que los términos usados por Máquina eran como los suyos.
¿Y qué diablos era Máquina y por qué la niña se refería a
Máquina como ella?
—Yo..., yo... —se
sintió desorientado, hizo algunos ejercicios de respiración y
respondió a la niñita que ahora estaba dando de comer al enorme
pato de algo que tenía en la mano—: En esa región del espacio la
fuerza nuclear débil es distinta, y eso hace que un cuerpo al entrar
allí sufra un decaimiento de sus neutrones y los núcleos se
inestabilicen tanto que...
—¿Guau, de verdad?
—dijo la niñita, con los ojos bien abiertos—, ¿y por eso
estabas en esta zona, estabas estudiando esa cosa de la muerte?
Sraqaddi asintió.
—¿Sabes si pasa lo
mismo en otro lugar, donde las naves hagan bum? Ah, por cierto —sacó
una bolsa de su vestido, el pato avanzó hacia la tortuga y la niña
le dio la bolsa a Sraqaddi—, dale esto a Lenore.
Era comida. Supo que la
tortuga en la que estaba sentado se llamaba Lenore. La bolsa tenía
una cerradura magnética que se abrió fácilmente, sacó un puñado
del alimento y lo colocó, con algo de temor, frente a la filosa y
enorme boca de la tortuga, y ésta comió con parsimonía.
—¿Sabes —le
preguntó él— hace cuánto tiempo me trajeron aquí? —se dio
cuenta que su pregunta estaba mal en un sentido: en que lo más
probable es que ellos no contaran el tiempo en las mismas unidades
familiares para él.
—Sí —dijo la
niñita—, hace tan sólo dos horas. Pero no respondiste mi
pregunta.
Era una ventaja que
también contaran el tiempo en horas y probablemente en sus derivados
sexagesimales. Si lo hubieran dejado dormir o en estado inconsciente,
mientras le hacían quién sabe qué cosas, seguramente todos habrían
muerto.
—Eso es lo que hago
—dijo Sraqaddi—, detectar zonas con anormalidades físicas para
tomar precauciones en las rutas interestelares.
Estaba abriendo
demasiado la boca.
La niña sonrió.
—¿Donde está tu
planeta? —preguntó ella—, ¿hay mucha gente allí, verdad?
La niña lo miraba
alegre, esperando tranquilamente a tener su respuesta.
—¿Quién eres?
—Sí, —dijo la
niña—, tienes razón, hay que ser justos con las preguntas y las
respuestas. Soy Nadia, amiga de Máquina. Ella maneja. Sólo que
ahora ella está muy triste y me ha dicho que se quiere suicidar.
Ella sabe que el suicidio no es bueno —la niña comenzó a
sollozar. El pato, con un ligero graznido, acercó su pico para
secarle las lágrimas—, aún así dice que no quiere estar así más
tiempo, y que de todas formas yo no sobreviviré en el espacio vacío,
y que cerca de aquí no hay ningún lugar donde pueda estar.
Sraqaddi pensó que en
ese momento acababa de enloquecer y que estaba alucinando, aunque
todo lo anterior podría parecerle también una alucinación.
—¿Tus padres —se le
ocurrió a Sraqaddi, conmovido por la niña—, dónde están?
—¿Qué edad crees que
tengo? —preguntó la niña, con los ojos llenos de lágrimas.
—Pareces de ocho.
La niña lo miró y bajó
la cabeza para seguir llorando. Miró de nuevo a Sraqaddi.
—Tengo muchos más que
ocho pero siempre me veo como de ocho. —Y luego de una pausa,
dijo—: Tal vez tú puedas hablar con Máquina, tiene tiempo que no
habla con ninguna persona que no sea yo.
Alguien llegó
caminando, no vieron de donde. Era una mujer joven y esbelta y se
plantó frente a Sraqaddi. Acarició a la tortuga Lenore en la cabeza
y luego miró fijamente a Cousteau.
—¡Máquina no quiere
ver a nadie, sólo a Nadia! —dijo.
La mujer asintió
violentamente y luego se retiró, desapareciendo en una de las
puertas de la pared que delimitaba el enorme parque.
—Parece que no quiere
verme —dijo Sraqaddi, frunciendo el seño.
—Si me dices dónde
queda tu planeta tal vez decida no suicidarse —imploró la niña, y
él pensó que lo estaba chantajeando.
—¿Tú, Máquina y
quién más viven en éste lugar? —preguntó Sraqaddi.
—Tu amigo.
—¿Sólo nosotros?
La niña asintió,
limpiándose los mocos con la manga de su vestido.
Sraqaddi miraba a las
demás personas que corrían.
—¿Y ellos? —preguntó.
La niña no respondió.
—¿Dónde están los
demás pasajeros?
—Máquina... —dijo
la niña y se detuvo, como si alguien pudiera oirle y la castigara
por hablar—, Máquina no quiso que vivieran con ella.
El hombre gordo de la
primera ventana se asomó y se puso el dedo índice en los labios.
—¡Shhhhhhhhhhhh!
¡Nadia —gritó el hombre gordo—, tú bien sabes que no tienes
que hablar de más! ¡Tu amiga se enojará!
Sraqaddi fue el que se
enojó ante la reacción del hombre y corrió con intenciones de
golpearlo. El hombre gordo lo esperó y Sraqaddi dejó caer el puño
sobre su gorda cara. Se golpeó contra algo duro, pero no era la cara
del sujeto sino algo metálico que estaba detrás. Lanzó un grito de
dolor. El hombre ya no estaba. Un holograma, seguro era un holograma.
—¿Qué más es un
holograma aquí? —gritó él.
Pero no esperaba que
alguien le diese la respuesta, y se aterrorizó al descubrirla. El
cielo, el sol, la sensación del sol, los árboles, el pasto, las
personas corriendo y las estructuras que había llegado a ver a
muchos metros más allá del jardín, habían desaparecido. El jardín
ya no era jardín, y todo ese espacio tan sólo estaba ocupado por
una vieja resbaladilla, el sube y baja, la tortuga gigante y la niña
sentada en el pato, y el resto era el suelo y la enorme cúpula
metálica.
Miró de nuevo a la niña
como esperando que ella también desapareciera pero eso no ocurrió,
en cambio la pequeña se bajó del pato y corrió hacia él y le mojó
de lágrimas los shorts.
—Nadia —dijo
Sraqaddi—, ¿cómo salimos de aquí?
Roberter vio la puerta
abrirse. Estaba acurrucado en un extremo de la habitación y se
levantó de inmediato. La niña aún lloraba y era cargada por
Sraqaddi con el brazo derecho mientras que con el izquierdo sujetaba
una pesada bolsa. Roberter se sorprendió pues había llegado a
pensar que la pequeña era realmente un oficial disfrazado.
—¡Vamos! —le dijo
Sraqaddi a su colega.
Roberter vio el gorro
rojo en la cabeza de su colega y fue tras él. Caminaron rápido por
el pasillo y entraron en una de las puertas. Llevaba a otro pasillo
que tenía gruesas tuberías en la parte superior. Sraqaddi se
adelantó hasta un compartimento que estaba a nivel del suelo y de
éste sacó una bolsa negra.
—Explosivos —dijo
Sraqaddi—. Ahora, si no es molestia para ti, hay que subir treinta
pisos usando las escaleras.
—¿Qué rayos está
pasando? —preguntó Roberter—, además..., ¿no hay ascensores en
este lugar?
—La nave se dirige
hacia la zona muerta —dijo Sraqaddi—, y no podemos usar nada
mecánico por ahora. La nave se ha vuelto loca.
—¡Tú te has vuelto
loco, maldita sea! y ¿qué le has hecho a esa niña, por qué está
llorando?
—Rob, no me creas si
no quieres pero hay que escapar de la nave, pronto no seremos más
que polvo entre polvo, y aquí ya hay suficiente.
Subieron treinta pisos.
Treinta. Se dice fácil pero cuando estuvieron arriba Roberter se
desplomó y condificultad se levantó. Algunos de esos pisos se
recorrían después de subir más de cien escalones. Sraqaddi dejó a
Nadia en el suelo.
—Nadia —dijo
Sraqaddi—, ¿las naves de salvamento son a prueba de bombas?
La niña asintió.
Sraqaddi pensó que no había comprendido la pregunta.
—¿Resistiría que
detonara dos kilogramos de estos explosivos?
—¡Oh! —dijo la
niña, mirándolo a través de sus ojos hinchados—, un kilo es
suficiente para romper la puerta, pero no le pasaría nada a la nave.
—Eso es lo que quería
escuchar —y dio unas palmaditas en la espalda de la pequeña.
Al parecer estaban cerca
de la superficie de la nave-planetoide. Allí donde estaban se
encontraba un largo corredor con un gran número de naves monoplaza,
al parecer destinada a personal de alto rango. En el lugar
diametralmente opuesto de la esférica nave se encontraba un corredor
similar de naves monoplaza. A cien kilómetros de allí habían naves
de salvamento más grandes, pero no había tiempo de llegar. Máquina
precipitaba la nave hacia la zona muerta.
Sraqaddi colocó un
kilogramo de explosivos enfrente de la puerta. Dentro del saco había
varios paquetes de medio kilogramo, así que colocó un par. Nadia
tomó el detonador a distancia, explicándole que ella sabía usarlo.
Sraqaddi se preguntó si Máquina la había obligado a usarlo antes,
pero no quiso pensar en ello.
Se alejaron unos veinte
metros y la pequeña detonó los paquetes. La puerta se desprendió,
saltó hasta chocar contra el techo y luego cayó. Entraron al túnel
que se había abierto. Pero había otra puerta. Esta segunda puerta
tenía un grueso vidrio plástico, una ventana cuadrada que dejaba
ver al interior de la nave de salvamento. Ésta se abrió
automáticamente. A Máquina tal vez le quedaba algo de cordura
todavía.
En ese momento se
escuchó un fuerte ruido de succión que parecía venir de todas las
puertas del corredor.
Las luces del lugar se
agitaron y cambiaron de color, de blanco a azul y a rojo y a amarillo
y a violeta y a verde, y un bufón apareció saltando y haciendo
sonar sus cascabeles.
—¡Ah! —exclamó el
bufón—, veo que se han quedado fuera. Jugaron con fuego,
muchachos. ¡Y ahora el fuego jugará con ustedes!
—Máquina —dijo
Nadia, dirigiéndose al bufón—, ¿qué fue ese ruido?
El bufón se inclinó
hacia la pequeña. Roberter lanzó un puñetazo que sólo golpeó el
aire. El bufón miró a la niña con ojos tristes, dirigió la vista
a los dos hombres y les dijo:
—He desprendido todas
las naves de salvamento menos una. Llegaremos a la burbuja de la
muerte en diez minutos. Lo siento —y luego desapareció.
—¿Por qué hace esto
Máquina? —dijo Nadia—. Ella es mi amiga.
—Los amigos no se
hacen estas cosas, pequeña —respondió Sraqaddi.
—¡El bufón miente!
—gruñó Roberter.
—Nadia, ¿cómo
podemos saber si lo que dijo Máquina es cierto?
—Máquina nunca miente
—respondió.
Roberter parecía
desesperado y también Sraqaddi estaba de acuerdo en que había que
corroborar si no habían más naves disponible, así que volaron otra
de las puertas y luego observaron por el vidrio de la segunda puerta,
y no vieron el interior de una nave de salvamento sino sólo el polvo
primigenio en el que estaban sumergidos. Roberter detonó tres
puertas más y encontró lo mismo.
Roberter parecía haber
enloquecido. Terminó de detonar la cuarta puerta y se dio cuenta de
que Sraqaddi regresaba con la pequeña y la metía en la única nave
que aún estaba anclada. Roberter corrió y se le echó encima a
Sraqaddi luego de que la puerta se hubiese sellado. Descargó golpe
tras golpe sobre su rostro. Tendido en el suelo, Sraqaddi abrió la
boca, mientras hilillos de sangre escurrían por ella.
—Somos colegas —dijo
con dificultad.
Roberter dejó caer otro
golpe y luego se echó para atrás.
—¿La niña usará la
nave y nosotros no, verdad? —preguntó Roberter, sentado en el
piso, con las palmas apoyadas en el frío metal.
Sraqaddi asintió.
—No puede ser de otra
forma —dijo—. Sólo hay sitio para ella. Y probablemente tampoco
ella se salve.
Escucharon otra vez el
ruido de succión, esta vez provenía de detrás de la puerta donde
estaba la niña. La nave de salvamento se había separado.
Roberter se levantó y
caminó alejándose de donde Sraqaddi yacía boca arriba. Y luego
Roberter se desplomó. Sraqaddi se levantó, inspeccionó a su colega
y encontró un ligero rastro líquido en su boca que identificó como
un veneno de efecto casi instantaneo. Se alejó del cuerpo.
Pronto, según palabras
de Nadia, Máquina también se suicidaría. Y él moriría. Así. Dos
suicidios, una muerte, la suya, y Nadia, que flotaba a la deriva
probablemente en dirección a la zona muerta o quizá, con suerte, en
la dirección contraria.
Sraqaddi se dejó caer
pesadamente en el suelo y recargó su espalda contra la pared. Se
pasó la mano por el rostro dolorido y ensangrentado. Miró de nuevo
el cadáver de su colega. ¿De verdad eso era todo?
Cerró los ojos y se
imaginó de nuevo en Dreaya. Era el único lugar donde quería estar.
Dreaya su planeta. Dreaya su nación. El mundo que le había dado
todo y al que le había entregado su vida para que la gloria de
Dreaya y de la especie humana siguiese extentiéndose entre las
estrellas.
Máquina se impulsó
hacia la muerte.
La nave atravesó la
frontera de la burbuja. Todo ocurrió en una pequeña fracción de
segundo. Primero los neutrones de los núcleos atómicos que la
conformaban decayeron en protones, emitiendo, durante el proceso, un
neutrino; luego los núcleos se volvieron inestables por el alto
número de protones presentes en ellos y no se pudieron autosostener;
finalmente: fisión, se liberaron todos y cada uno de los protones de
sus núcleos, y se suscitó una gigantesca explosión nuclear,
cegadoramente brillante pero inundada de silencio.
El robocantinero llenaba
las copas de los ocupantes de la barra como si esa fuese su única
misión, y, en efecto, ésa era su única misión.
El lugar era una
imitación de una cantina de la Tierra, el viejo planeta del cual
hablan las leyendas. La cuna del hombre, según se dice. La cantina
estaba mal iluminada, pues necesariamente tenía que ser así, y en
la barra estaban sentadas unas ocho personas, y las mesas estaban
llenas. Había una zona sólo para fumadores, en una esquina, que
estaba confinada por una barrera intangible, y el humo llenaba el
ambiente de unos sudorosos jugadores de poker.
El hombre terminó su
copa de un trago y dejó unos créditos al robot.
—Quédese con el
cambio —dijo.
—Ya casi nadie paga
con créditos —respondió el robot, insinuando con sus palabras si
se estaba ocultando de alguien, al no pagar con su ID, y luego metió
las monedas en una ranura de su brazo—. ¡Que tenga un buen día!
El
hombre salió de la cantina y se encontró en una calle poco
transitada. Los vehículos que iban por ella eran de ruedas, tirados
por bestias. Ningún edificio sobrepasaba los diez metros. No era el
grado de tecnificación que se encuentra en otros muchos planetas
pero esa clase de vida tenía sus ventajas. El cielo era de un
amarillo saludable y había muy pocas nubes.
El
hombre se detuvo en la acera. El hecho de que estuviera de vuelta en
su planeta tenía grandes implicaciones. Se había trasladado unos
setenta mil años luz de distancia sin nave, y había vuelto a su
tiempo, justo después de su partida, y no con la demora usual cuando
se toma el atajo de un tubo de Krasnikov. Pero eso también
significaba que además de haberse trasladado en el espacio había
viajado hacia atrás en el tiempo esos setenta mil años.
Su
último pensamiento había sido el deseo de volver a Dreaya, y allí
estaba. Su nariz y su rostro aún le dolían por los golpes
recibidos.
Sacó
la tarjeta que guardaba en el bolsillo de la manga de su camisa. La
dirección estaba a un par de calles, y caminó. Se encontró con en
un edificio color azul, completamente de vidrio, que tenía en la
parte superior de la entrada principal el símbolo universal de la
psiocología: dos serpientes, una oscura y una blanca, enroscadas en
torno a una espina dorsal coronada por un cerebro. Entró en un
consultorio y se encontró a un hombre sentado detrás de una mesa.
—Pase,
pase. —le dijo el hombre de bata. Ese hombre podría ayudarlo, él
esperaba. Los psiocólogos estudiaban los fenómenos psiónicos, y la
teleportación era uno de ellos.
En
la puerta vio que estaba grabado L.
Terjag.
—Doctor,
tengo algo importante qué decirle —dijo
el hombre.
—Lo
escucho —respondió el psiocólogo—. Pero siéntese primero,
porfavor.
Vio
una cosa que llamó su atención. En una mesita del consultorio
estaba el diario nacional de Dreaya, impreso en celulosa. En la
portada sobresalían unos enormes titulares: Cartógrafo
encuentra a niña de ocho años sobre la ruta hacia Kernel III.
Sintió una profunda alegría, pero luego ésta se derrumbó. Se
inclinó y miró la información del artículo. Tenía detalles muy
precisos, sobre todo para un cartógrafo. El punto de la ruta hacia
Kernel III donde habían encontrado a la niña pasaba a unos diez
años luz pero a trescientos años en el futuro, en coordenadas de
Minkowski, del lugar de donde la nave de salvamento se había
desprendido. De modo que al llegar a ese punto la nave en la que
estaba la niña habría viajado durante tres siglos.
Se
estremeció. Ahora se preguntaba más que antes, “¿quién demonios
es esa niña?”. Recordó las palabras de Nadia: “Tengo muchos más
que ocho pero siempre me veo como de ocho”.
—Hombre,
¿qué espera? —le preguntó el psiocólogo.
—El
diario...
—Ah,
sí, una extraña noticia. Ya he concretado una cita con esa niña.
Tengo interés en saber cómo llegó allí.
—¿La
niña está aquí, en el planeta? —preguntó el hombre.
—Oh,
sí, sí, la trajeron hace un par de días. Está en un hospital
cercano.
—¿Qué
tan cercano?
—Queda
dentro de este mismo conjunto de edificios.
—Puedo...
—dijo el hombre alargando su brazo hacia el diario.
—Claro,
claro, puede quedárselo. Pero tome asiento, porfavor.
El
hombre tomó asiento.
Nadia
estaba en Dreaya. Aquí mismo. No podía perder el tiempo con el
doctor, no ahora. Una explicación por vez. Estaba el misterio de su
regreso, pero no podía sacarse de la mente el origen de esa niña
cuya edad parecía inconmesurable.
—¿Puede
posponer mi cita? —preguntó Cousteau, y sin esperar respuesta se
levantó del asiento y se marchó.
El
psiocólogo se extrañó ante la actitud del hombre. Frunció el seño
y volvió a ocuparse con algunos expedientes en cuanto se cerró la
puerta.
“¿Qué
era esa cosa importante que tenía qué decirme?”, se preguntó.
Menos mal que estabas falto de ideas. Si llegas a tenerlas escribes El Quijote de la era espacial.
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