enero 16, 2012

La Luna tiene miedo

            Munt Karlig se arrastró entre la escoria que cubría el suelo. Su barbilla rozaba los desechos provenientes de mil fuentes. El viento sopló entre las bajas colinas y levantó una gran nube de polvo; la arena se confundía con los restos de los cuerpos calcinados. Levantó la vista y estimó la distancia hasta el refugio: 200 metros. Se siguió arrastrando y aumentó la marcha cuando sintió las vibraciones de la tierra debajo de él.
            "Esos bastardos", pensó, raspándose los codos ya ensangrentados e infectos, "creen que pueden darme caza".
            Hacia el lugar donde se dirigía, una neblina ocultaba lo que había delante; la neblina misma era el remanente del gas que habían rociado los marcianos hacía dos semanas.
            "Todos me quieren", se dijo, "matan por tenerme". Rió, pero la risa se le escapó rápidamente. Entre la bruma, a su derecha vio avanzar hacia él algunas formas vagas. Las formas se fueron destacando nítidamente conforme se acercaban. Al frente marchaban dos hombres, los únicos que parecían estar realmente vivos.
            Una orden mental subconsciente hizo que un pequeño artefacto saltase de la nuca de Karlig hacia el suelo. El artefacto desplegó unas patas y cavó hasta perderse.
            Los dos que marchaban al frente se le acercaron.
            —Hola Munt —dijo una voz, pero Munt Karlig no pudo ver de cuál de los dos hombres provenía. De pronto se dio cuenta de que eran los dos los que hablaban. Sin saber cómo, en menos de un segundo ya era sometido por ambos sujetos.
            Karlig se retorció como un gusano. Los dos rostros idénticos y de ojos ámbar hablaron al mismo tiempo:
            —No —dijeron. Uno de los gemelos se hizo hacia atrás mientras el otro seguía reteniendo a Karlig.
            —Yo te conozco —dijo Karlig, y se dio cuenta de que el rostro que ahora miraba era el que no tenía masa encefálica dentro del cráneo. Miró al otro, el que estaba de pie—, eres Brillouin. Tu caso apareció en la prensa médica. Nacen gemelos en Titán, compartiendo cerebro. Se hace una arriesgada cirugía de separación y es un éxito, el cuerpo sin cerebro es aún controlado por el cerebro del otro individuo y se comunica con el cuerpo con cerebro a través de un tubo de fibras nerviosas y médula. Dos décadas después otra cirugía: un médico construye el primer cerebrorreceptor y lo implanta en el cuerpo sin cerebro. Sin necesidad de que el cerebro esté conectado a los dos cuerpos al mismo tiempo, ambos son controlados por...
            —Hablas mucho —dijo Brillouin—. Y no eres Munt.
            Munt Karlig miró sobre el hombro de Brillouin y vio al ejército de cadáveres vivientes controlados por cerebrorreceptores.
            —¿Qué?
            —No me mataste —dijo Brillouin—. El verdadero Munt hubiese estrujado mi corazón con su puño telequinético.
            Karlig se sintió mareado. Pensó que vomitaría pero tenía el estómago vacío. Intentó recordar la última vez que había ingerido comida pero no pudo.
            —Detonarías en el momento en que intentara asesinarte —dijo Karlig con una ligera sonrisa.
            —¿Sabes por qué he venido?
            —Has venido a secuestrarme.
            Los gemelos Brillouin menearon la cabeza.
            —No, Munt —dijeron—, vine para acabar con esto. Todos los demás te buscan porque quieren la inmortalidad. Quieren el don que puedes otorgarles. Eres el último de una especie que debe desaparecer. Sé que no es tu culpa.
            Karlig miró el rostro inexpresivo del que estaba de pie. Ya no percibía los cadáveres andantes en las cercanías.
            —¿Cuántos quedan? —preguntó.
            —No parece haber nadie —dijeron los gemelos—. Todos muertos. Desde el puerto hasta este lugar no encontré resistencia. Esto es un campo de muerte. Pero vendrán más. Europa mandó tres naves antes de que yo partiera. Aunque ya no encontrarán a su presa.
            Munt Karlig supo lo que iba a ocurrir. Con la lengua presionó sus incisivos superiores, después una muela y otras piezas dentales en rápida sucesión, pero se detuvo. La combinación activaría una pequeña bomba en su cerebro. Que él lo haga, pensó Karlig. Brillouin dio un golpe en la frente de Karlig. El golpe no parecía letal, pero la fuerza del impacto se había concentrado en el interior del cráneo y causó muerte cerebral inmediata. El cuerpo sin vida se destensó entre los brazos de quien lo retenía.
            Cayó la tarde y Brillouin hizo una fogata donde incineró el cuerpo de Munt Karlig.

            El artefacto cavó con sus patas metálicas, una distancia de unos 200 metros desde donde había saltado de la cabeza de Karlig. Se topó con una pared de concreto. El artefacto extendió un pequeño taladro y perforó la pared, salió del otro lado y una niña de ropas sucias lo tomó. Lo llevó hacia un hombre que esperaba sentado ante una mesa.
            —¡Demonios, otra vez lo tienen! —exclamó el hombre. Miró a la pequeña que extendía sus manitas hacia él. Tomó el artefacto—. Gracias, Nadia.
            El hombre se dirigió hacia el fondo del búnker, atravesó una puerta y encendió el interruptor de luz. En la pared habían algunos grandes cajones, abrió uno. Dentro estaba el cuerpo de un hombre conectado a un aparato que mantenía trabajando su organismo.
            —Ayúdame, Trod —dijo el hombre, mientras se colocaba unos guantes de látex—. ¡Nadia!
            Llegó un segundo hombre, más joven que el anterior. La pequeña entró también. Nadia sostuvo los cables y el equipo de mantenimiento vital mientras los dos sujetos trasladaban el cuerpo a una mesa.
            —Dale la vuelta.
            Trod, el ayudante, giró el cuerpo y lo puso boca abajo.
            —Ten —dijo Nadia, pasándole el artefacto a Trod.
            Trod vio la abertura en la nuca del cuerpo que yacía en la mesa y colocó allí dentro el pequeño artefacto, mientras el hombre mayor estaba inclinado frente a un ordenador al otro lado del cuarto. El joven recortó de un rollo un trozo de tela de cráneo-piel, le despegó el lado adhesivo y puso la tela sobre el agujero en la nuca del hombre, ocultando el artefacto que había introducido.
            No pasaron ni dos minutos. El hombre que estaba sobre la mesa se sentó y observó los alrededores. Se palpó detrás de la cabeza, el tejido había cicatrizado. Le ofrecieron ropas para que se vistiera.
            —¿Llegaste hasta el ascensor? —le preguntó el hombre mayor.
            El nuevo Munt Karlig asintió con la cabeza.
            —Hay un guardia —dijo—, ése parece ser el único problema inmediato. Y Brillouin, muy cerca de este lugar. Me lo acabo de encontrar. Es extraño, Werner, dijo que venía a matarme.
            —Muchos no desean la inmortalidad —dijo Werner—. Son los que se fueron de la Tierra antes de que los que sí querían ser inmortales comenzaran con su guerra. Algunos se quedaron, pero no sabían que estaban en el campo de batalla con fuego cruzado. Y, Munt, cuida este cuerpo que tienes ahora. La memoria artificial ya no podrá ser trasplantada de  nuevo. —Miró con detenimiento a Karlig. Karlig notó que Werner quería decir algo más pero en cambio dijo—: Nos vamos a territorio neutral. Espero que allá arriba no les incomode nuestra presencia.

            La tierra comenzó a levantarse, como si una nueva colina surgiese. La tierra se abrió y se desmoronó hacia los lados de la máquina que surgía desde debajo del suelo. El búnker se elevó un par de metros sobre el suelo, sostenido por veinte patas articuladas.
            —No hay rastros de Brillouin —dijo Karlig, que sentía que se caería del asiento ante cada paso de la enorme máquina.
            El búnker tomó una carretera destruida y avanzó sobre ella en la dirección al centro espacial. Las pesadas patas neumáticas se hundían entre montículos de polvo y suciedad. El recorrido transcurrió sin inconvenientes. Se detuvieron a algo más de medio kilómetro de los límites del centro. Delante de ellos llamaba a la vista la estructura tubular que partía del suelo y se perdía entre las nubes: el ascensor espacial.
            —No hay problema —le dijo Karlig a Werner, quien estaba a los controles. Karlig miraba por el peritelescopio—, sólo es un guardia.
            El búnker siguió su marcha y, como una araña que pasa por un obstáculo, el búnker entró al perímetro del centro espacial pasando por encima de la cerca. Escucharon el ruido de una torreta: era el guardia de la torre disparándoles. Las balas rebotaban contra el caparazón de metal.
            —¡Un antitanques! —dijo Trod, mirando por el monitor.
            El guardia metía una enorme munición en un lanzacohetes.
            —Esta cosa puede resistir una bomba de hidrógeno —dijo Werner, y aceleró la marcha del acorazado, que se precipitó sobre el hombre armado.
            El guardia ya no disparó pues si lo hacía se suicidaría, el acorazado ya estaba sólo a cuatro metros de él. Soltó el arma y salió corriendo, dejando despejado el acceso a la torre del ascensor. Ya no volvieron a ver al guardia.
            Los que iban en el búnker salieron. Trod hizo descender del acorazado una caja como un ataúd con ruedas.
            —Es probable —dijo Karlig—, que la estación también esté vigilada.
            Se introdujeron en el ascensor, éste subiría unos cuatrocientos kilómetros hasta la estación espacial. Mientras subían, sintieron que sus pesos iban disminuyendo cada vez más.
            Karlig se acercó a una ventanilla en el lado derecho del ascensor. Lo que vio fue una vasta extensión de una tonalidad parda oscura casi uniforme, tachonada por las ruinas de edificios destruidos. Los bloques de los edificios sugerían que entre ellos se encontraban grandes avenidas y plazas y parques, pero estos estaban cubiertos por un sucio manto siempre presente. El pardo oscuro abarcaba hasta el horizonte, una zona de muerte que no parecía tener final. Subieron algunos kilómetros más y ahora se veía la línea de costa. Cerca del mar se levantaba la ciudad de Camberra, aunque la devastación era cada vez menos visible. Los parches de verde y desierto eran más predominantes. Parecía que con la altura el paisaje se iba volviendo más amable, la Tierra iba ocultando sus propias heridas.
            Karlig escuchó el siseo de las puertas al abrirse. Habían llegado a la estación espacial. Karlig empuñó su arma. Los tres hombres iban armados con pistolas de cartuchos expansivos.
            —Está vacío —dijo Trod.
            —No tanto —lo corrigió Werner.
            Un chimpancé llegó caminando y se quitó un sombrero invisible. La niña acarició al chimpancé y éste pareció contento. Nadia y el mono aparentaban tener la misma estatura.
            —Es el operador de la estación espacial —explicó Werner.
            —Somos refugiados de guerra —le dijo Karlig al chimpancé—. ¿Puedes llevarnos a la Luna?
            El animal emitió un chillido, señalando las armas que los tres hombres llevaban. Les hizo entregárselas y los pasó por un escáner. Otro chillido similar y el mono señaló la caja con ruedas.
            —Es una cámara criogénica —respondió Karlig—, hay un cuerpo dentro.
            El animal pasó el ataúd con ruedas también por el arco del escáner, miró el monitor y les sonrió, levantando un subdesarrollado pulgar. Luego tomó a la pequeña Nadia de la mano y a los demás les hizo una seña de que lo siguieran. Caminaron tras él.
            El chimpancé los dirigió hacia una nave que estaba anclada a la estación espacial. Entraron, Trod empujando la caja con ruedas.
            El animal se sentó frente a los controles y envió un mensaje en clave. El mensaje decía: Refugiados de guerra. Individuo sospechoso, Nivel Magic. Permiso para partir. Recibió pronta contestación: Permiso concedido. Programó el viaje. La nave vibró y se desacopló de la estación.
            Se dirigieron hacia la Luna. La aceleración los mantenía pegados a sus asientos. Desde el espacio se veían mejor los detalles de su superficie metálica.
            Poco después de la caída del Imperio Estadounidense, que derivó en la creación de la Alianza Planetaria, los viajes espaciales se volvieron protocolo común, y la Luna se había convertido en el principal destino. Comenzó una incesante explotación minera, pero sólo después del comienzo de la guerra en la Tierra se comenzó a ver la Luna de una manera distinta. Su aspecto había cambiado mucho en los últimos años, ya no era roca marcada por cráteres y mares, era una inmensa esfera metálica, porosa por dentromcomo si fuese una esponja.
            La nave se acercó al puerto lunar y fue desacelerando. Los tripulantes comenzaron a experimentar ingravidez y sólo dos ligeros tirones: uno debido a la pequeña aceleración de la nave y otro por la gravedad de la Luna. El chimpancé encendió el control automático de anclado. La embarcación maniobró y se acopló a una gran estructura que sobresalía de la esférica y reluciente plancha metálica que era Luna entera.
            —Vienen a recibirnos —dijo Werner, que tenía problemas para mantenerse en pie en esa escasa gravedad, menor que un dieciseisavo de la terrestre, mientras escuchaba los pasos que crecían en intensidad del otro lado de la puerta.
            La puerta de la nave se abrió. Una docena de oficiales y un comandante los recibieron. El comandante les hizo las preguntas que el protocolo exigía. El hombre palideció cuando comprobó en su base de datos la identidad de Munt Karlig
            —Acompáñenos —les ordenó.
            Recorrieron un largo puente que conectaba el puerto con el interior de la Luna. Los hombres uniformados llevaban botas magnéticas, así que caminaron con lentitud para no dejar atrás a los visitantes que caminaban torpemente o daban grandes saltos que terminaban en un golpe. Werner cargaba cuidadosamente a la pequeña Nadia y Trod llevaba el contenedor criogénico. Detrás de las altas ventanas se veía un cielo hermosamente estrellado.
            Llegaron a una gran sala que parecía un auditorio. Un hombre de traje gris y gorra militar iba de un lado a otro delante de la primera fila de asientos. Cuando vio entrar a los uniformados junto con los tres hombres y la niña, se dirigió hacia ellos. Se paró firme frente a Karlig.
            —¿Es usted P'Munt Karlig? —preguntó.
            —Debe pronunciarse sin la p, capitán —dijo Karlig—. Ambos somos ciudadanos libres.
            —¿Es usted, sí o no?
            —Soy Munt Karlig, ciudadano libre de la Tierra —respondió—. Y le pido el favor de darme asilo en este lugar, junto con los que me acompañan.
            El capitán señaló el contenedor criogénico.
            —¿Qué hay allí dentro?
            —Ahí dentro se encuentra Munt Karlig —respondió Munt Karlig.
            —No me venga con estupideces —dijo el capitán. Se dirigió a sus hombres—: ¡Abran esa cosa!
            —¡Espere! —dijo Karlig—. No puede abrirlo, capitán, el cuerpo se degradaría. Trod, déjales que miren por la ventanilla.
            Trod recorrió una sección del contenedor criogénico y los oficiales y el comandante miraron por el vidrio. Los hombres alternaban las miradas entre quien estaba dentro del contenedor y Karlig que estaba de pie.
            —Venga a ver esto, capitán —dijo uno de los oficiales.
            El capitán se acercó y vio al hombre congelado en interior.
            —Ya veo —dijo, y miró a Karlig—. El que está aquí dentro es el verdadero Munt Karlig y usted es sólo un clon. El verdadero Karlig debe de tener trescientos años de edad. Dígame una cosa, ¿al clonarlo también adquirió usted la telequinesis del verdadero Munt?
            Karlig negó con la cabeza.
            —Entonces —dijo el capitán—, ¿el único ser con telequinesis de todo el universo es este hombre congelado, el último de los que nacieron durante la Explosión Psi?
            —Así es —respondió Karlig.
            El capitán miró el ataúd criogénico.
            —Desconecten el cuerpo —ordenó.
            Los oficiales tomaron el contenedor y Trod los apartó a golpes.
            —¡Déjalos! —le dijo Karlig.
            El joven Trod dejó que los oficiales se llevaran el contenedor.
            —Esperen —dijo el capitán—. Háganlo aquí mismo. No quiero sorpresas.
            —Lo haré yo mismo —dijo Werner, quien miró a Karlig.
            Karlig asintió con la cabeza.
            Werner desplazó una tapa y tecleó en una pantalla. Pareció hacerse un silencio mayor, la vibración casi imperceptible del contenedor criogénico se había detenido.
            —Allá en la Tierra nadie se hubiera atrevido a hacer esto —dijo Karlig—. Querían la inmortalidad.
            El capitán parecía molesto.
            —¿Por qué no se decidió a hacer esto antes? —le preguntó a Karlig—. ¿Sabe cuántas vidas se hubieran salvado?
            —Si lo hubiera hecho antes nada hubiese cambiado —respondió Karlig—, las mismas personas habrían asesinado y sido asesinadas con la esperanza de apoderarse de mi cadáver, pensando en que podrían rescatar algo. La Tierra se hubiese arruinado de todos modos.
            El capitán lo miró severamente.
            —¿Cómo lo hace? Quiero decir, ¿cómo lo hacía, volver inmortales a las personas?
            —Telequinesia —respondió Karlig—. La degeneración y muerte celular pueden evitarse extrayendo un grupo específico de genes y prohibiendo el flujo de algunas hormonas. Con telequinesia pueden llegar a extraerse y controlar partes muy pequeñas de un organismo.
            —¿Quiere decir que hacía algún tipo cirugía molecular con su capacidad?
            —No —dijo Karlig.
            —Usted me acaba de decir que...
            —Sí, pero lo que le dije es sólo una posible descripción científica de lo que hago. Yo no soy consciente de lo que hago, sólo me concentro en hacer inmortal a una persona, así, simplemente deseándolo. La existencia de los genes y las hormonas de la mortalidad es algo que no ha sido comprobado convincentemente, es una teoría cuya base aún no es segura. Lo que yo hago... No sé cómo ocurre.
            El capitán miró largo tiempo el contenedor criogénico, como si pensara que haber asesinado ese cuerpo hubiese sido una mala decisión.
            —¿Por qué guardaban su cuerpo en esa caja? —preguntó el capitán—. ¿Su cuerpo original, no era inmortal acaso?
            —No —respondió Karlig.
            —Hacía a los demás inmortales pero nunca lo hizo con usted mismo —dijo el capitán.
            —¿Y ellos, son mortales o...? —el capitán miró a la pequeña Nadia. Fue entonces cuando reparó en el aspecto de los visitantes. La niña parecía mal alimentada y sus ropas estaban sucias y viejas, aunque de rostro angelical; los otros dos hombres, el joven y el viejo también vestían ropas sucias, igual que Karlig. Era el aspecto de personas que habían pasado décadas huyendo.
            Karlig asintió con la cabeza.
            El capitán miró a la niña. ¿Qué edad tendría?, se preguntó. Pero no quiso hacerle más preguntas sobre eso.
            —Ha hecho lo correcto. ¿Cómo se siente? —le preguntó el capitán a Karlig.
            —Estoy muerto —respondió—. ¿Cómo cree que me siento?
            Un estruendo y todo el lugar se sacudió. Los hombres que estaban en el auditorio donde se comenzaron a movilizar. Un par de uniformados de los que acompañaban a los visitantes se retiraron a grandes saltos.
            El capitán sacó de su bolsillo una hoja de papel pantalla y la desdobló. Su labio inferior pareció temblar.
            En la pantalla recibió un mensaje directo:
            > ENTREGUEN A MUNT KARLIG VIVO
            >EUROPA
            El capitán miró a Karlig.
            —Los europeitas exigen que te entreguemos —le dijo, pensando en que ya no podrían conseguir de Karlig lo que se proponían.
            Karlig recordó que Brillouin le había dicho que Europa había mandado naves para buscarlo.
            —¿Cuál es la situación? —intervino el comandante.
            —Tres destructores tipo águila.
            —¿Cuántas personas hay en este lugar? —preguntó Karlig.
            —En la Luna, más de siete mil —respondió el capitán.
            —Dígales que me entregaré —dijo Karlig.
            Las alarmas comenzaron a sonar por todo el lugar.
            —¿Y ahora qué demonios pasa? —dijo el capitán, estudiando los datos que le mostraba su pantalla—. ¡Fallo del ordenador principal! ¡Nos estamos moviendo! —El capitán corrió hacia un extremo del auditorio pero se escuchó un ruido de metralla y se quedó helado frente a la puerta que llevaba hacia la sala del ordenador. El capitán se volteó y vio que uno de los oficiales le apuntaba con un arma.
            —Baje eso —le ordenó.
            —Detenga esta nave —dijo el oficial, alejándose del resto de los oficiales y poniéndose entre ellos y el capitán—. Deténgala y entregue a Munt —señaló el ataúd criogénico.
            Werner, que había construido el contenedor criogénico sabía que si el cuerpo permanecía en la caja se volvía irrecuperable sólo después de un una hora de que la caja dejara de operar. Tan sólo habían pasado algunos minutos.
            —Para hacer eso —dijo el capitán— primero debo ir a la sala de controles —señaló la puerta.
            El capitán desapareció detrás de la puerta mientras el hombre le encañonaba el arma en la cabeza. Los dos bajaron unas escaleras y se encontraron con una gran sala que albergaba una gigantesca máquina. El personal de la sala del ordenador se alteró al ver a su capitán como rehén, pero con una seña el capitán les ordenó que se calmaran, y corrió hacia un panel, sin importarle que el otro hombre le estuviese apuntando.
            Mientras el capitán estaba inclinado sobre los controles, los oficiales bajaron y apuntaron sus rifles al oficial traidor. Karlig y Werner y Trod junto con la pequeña Nadia se quedaron observando desde los escalones.
            La enorme nave de la Luna se alejó primero lentamente de su órbita, luego más rápido. Los tres destructores que habían llegado desde el satélite Europa la siguieron.
            Los esfuerzos del capitán en la sala de mandos no parecían dar resultados. El ordenador, que controlaba todos los sistemas de la nave-Luna, estaba fuera de control.
            El oficial armado, quien realmente era un espía, estaba perdiendo la paciencia.
            Los europeitas ya habían perdido la paciencia.
            Los destructores dispararon.
            Una, dos, tres veces.
            Dos disparos acertaron e hicieron sendos agujeros kilométricos en el cascarón metálico. Chorros de material y pasajeros salieron expulsados al espacio exterior.
            Los conductos de ventilación y las compuertas dañadas se sellaron.
            La nave-Luna aumentó su velocidad sin que nadie lo ordenase.
            —La Luna tiene miedo —dijo Nadia, a un lado de Trod.
            —¡Por los dioses, dese prisa o lo mataré! —dijo el espía, y sin dejar de apuntar sacó una radio de su uniforme. Se llevó la radio a la oreja—. ¡Habla ocho, no disparen, no disparen! ¡Manden una nave y saquen al hombre de aquí!
            —Los hemos perdido. ¡Van más aprisa que cualquier nave! —respondió una voz del otro lado del aparato—. ¡Haz que se detengan!
            —¡Detenga esta maldita cosa! —le ordenó el espía al capitán.
            —El ordenador tiene control autónomo —dijo el capitán, que parecía aterrado de creer en sus propias palabras. Le habían dado inteligencia artificial, pues para dirigir una nave tan compleja no era suficiente un ordenador normal. Pero esto no entraba dentro de lo esperado.
            El espía se volteó y abrió fuego contra los oficiales y los demás hombres. ¡Bang, bang, bang! Su arma era demasiado rápida y alcanzó a disparar una gran ráfaga. Un oficial logró dispararle y el espía cayó muerto.
            El capitán se alejó del panel y se dirigió hacia los hombres caídos. Encontró a Nadia entre varios cuerpos. Cargó a la pequeña y le ocultó el rostro con su pecho. La llevó a la enfermería y varios médicos ayudados por dos oficiales que sólo habían resultado algo heridos trasladaron los demás cuerpos para ver lo que podían hacer.
            El capitán no quería dejar a Nadia, pero dejó a la pequeña con una enfermera y fue hacia donde estaban los cuerpos de los que habían sido asesinados. En una gran mesa estaban alineados los cadáveres. Eran seis oficiales y tres hombres más: Karlig, Werner y Trod.
            —He aquí a siete mortales y dos inmortales, todos muertos —dijo para sí mismo, mirando a Werner y al joven Trod. Y pensó en Nadia, inmortal entre los mortales.
            Un hombre llegó y se puso en firmes junto al capitán.
            —Señor —le dijo—, no tenemos comunicaciones y las naves de salvamento son inaccesibles. —El hombre se mantuvo en firmes, esperando recibir órdenes.
            Quizá nos encuentre alguien, pensó el capitán. Pero esta nave no nos dejará salir de aquí, o nos dejará pero ella no regresará. Desde su lugar tenía una perspectiva favorable. Se ha cansado de ver al hombre matar al hombre, matar para conseguir la vida eterna. Luego dijo, sin convicción:
            —Intenten todo, cualquier cosa. Tenemos que salir de aquí.
            La Luna siguió alejándose, internándose en el suave terciopelo del espacio, lejos de la Tierra y de los dominios del hombre.

3 comentarios:

  1. Lo que más me ha gustado es lo del gemelo sin cerebro. Es todo un hallazgo.

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  2. Me gusta mucho...la forma en la que escribes...^^ XD jajaja...creo que está implícito por algo me suscribí!! ^^ jejeje!

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  3. Florentino: Lo de los gemelos Brillouin se me había ocurrido anteriormente y había escrito una historia independiente que no me gustó mucho y no publiqué aquí, pero lo retomé superficialmente para este relato. Estuve pensando hace meses en la idea y no me parece muy loca (o en todo caso el loco soy yo).

    Voce della Luna: Gracias! Sí, si leemos y seguimos leyendo a alguien es porque nos gusta lo que escribe o en su defecto porque se padece el poco estudiado Síndrome de la Lectura Voraz.

    Saludos!

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