mayo 29, 2012

El flujo de las ideas

Mark consultó desde su teléfono móvil las noticias nacionales. Sólo hacía algunos días, al norte del país, se había reportado la muerte de decenas de personas. Lo curioso era la manera en la que esas personas habían muerto: los análisis médicos mostraban que las moléculas de sus tejidos se habían separado unas de otras. Esa mañana había ocurrido lo mismo pero en otra región, con cerca de un centenar de muertos.
     Amplió la imagen que mostraba el artículo, en ella se veía un automóvil con una cosa amorfa cubierta de ropa en el asiento del piloto; era difícil pensar que se trataba de una persona, o que al menos eso había sido.
     Pero no sólo las personas habían muerto de esta forma, también los animales y todo aquello que tuviese vida.
   Se frotó los ojos. Sacó una hoja de papel pantalla de una carpeta, la hoja se encendió y mostró un teclado virtual debajo de un rectángulo en blanco. Comenzó a escribir, entre bostezo y bostezo.

     —¿Tiene semillas de margaritas esta vez, señor Ackermann? —preguntó Mark al viejo hombre doblado sobre un canasto lleno de flores.
     El viejo alzó la mirada y esbozó una sonrisa.
     —Todas las que necesite —sacó una bolsita de entre las flores, con algunas semillas dentro, y se la dio.
     —Gracias —Mark inspeccionó el contenido del sobre—. ¿No se ha sentido incómodo por lo que está en su mente? —preguntó.
    —No, no me ha incomodado —el señor Ackermann se sentó en un pequeño banco—. ¿Dijo que esta tarde llegarán los Expertos a hacerme unas preguntas, no es así?
     —Sí, esta tarde.
     —Bueno, pues no me moveré de aquí —dijo el viejo, sonriente. Siempre estaba en ese lugar, vendiendo flores a los que pasaban por el parque.
     —No se ponga nervioso con las preguntas que le hagan, sólo quieren saber cómo se ha expandido esa idea en su mente —Mark le sonrió al viejo—. Muchas gracias por las semillas —se alejó.
     —¡Avíseme cuando broten!
     Mark dejó las semillas sobre su escritorio y encendió el ordenador; revisó su bandeja de correo. Había uno nuevo, con el logo de la Agencia del Pensamiento. Se alejó un poco de la pantalla y miró el asunto del correo, luego pulsó con su índice sobre el logo. El mensaje se abrió.
     Comenzó a reírse convulsivamente.
     Al fin le habían dado de nuevo el trabajo, luego de un año inactivo. “Será interesante regresar”, pensó.
    Miró la hoja de papel pantalla a un extremo del escritorio, la tomó y revisó lo que llevaba del manuscrito en el que había estado trabajando desde que se saliese de la Agencia. Sesenta páginas. No había avanzado mucho durante los últimos meses. En un principio había esperado terminar de escribir la novela en dos meses, pero ya se había pasado de ese plazo considerablemente.
   “Seguro que en la Agencia prefieren empleados que no reciban ideas de la mente colectiva”, pensó, “eso les evitaría algunos problemas. No tendrían que preocuparse tanto por monitorear a sus propios Monitores”.
     El correo tenía adjuntos los archivos del caso en el que tenía que trabajar, por supuesto estaría bajo el mando de otro Monitor para supervisar su trabajo. Alguien que ha abandonado la Agencia no podía reincorporarse tan fácilmente.
     El caso trataba sobre un desarrollo en computación cuántica, un ordenador que, por ahora, se había visto capaz de predecir el clima con dos meses de anticipación, mucho más que los programas que sólo alcanzaban ir un par de días adelante. En la dinámica del clima habían muchos los factores a considerar y sólo un ordenador cuántico podrá analizar todas las posibilidades, al mismo tiempo. Pero lo más curioso era que quien había recibido la idea a partir de la cual pudo construirse el ordenador no era humano: se trataba de un robot. Las máquinas, como se había descubierto hacía poco, también eran capaces de recibir información procedente de la mente colectiva. Este robot, de aspecto, según se decía, demasiado humano, aunque del que nunca se mostraban fotografías, hacía eso. El robot formaba parte de los desarrollos de una industria que buscaba, y había logrado en fechas recientes, crear una inteligencia artificial que rebasara las capacidades humanas.
   Con que de eso se trataba el caso. Mark pensó que sería más interesante que hace un año. Hace un año no tenían robots suprahumanos.
     “Estamos de vuelta”, se dijo.

     Las noticias volvían a hablar de lo mismo. Ahora había sido en el sur del país donde se había registrado la muerte, esta vez, de miles de personas, en las mismas circunstancias. La Guardia estaba tras las investigaciones desde hacía días pero la única evidencia que había hasta ahora era una fotografía del sospechoso. Mark reconoció al hombre de la foto: era su vecino William. Se lo había visto en las dos anteriores zonas de desastre, pero hasta ahora lo comenzaban a relacionar con lo ocurrido.
     “William”, murmuró Mark.
     Su vecino William ya llevaba una semana ausente y había apagado su transmisor neural, algo que, en teoría, sólo un Monitor, como Mark, podía hacer, y era algo que iba en contra de las leyes de seguridad.

     Mark comenzó a trabajar en el caso paralelamente a los Expertos que lo ayudaban.
     —Encontramos grandes discrepancias entre la idea que llegó al cerebro del robot respecto a lo que llevaron a cabo —dijo el Experto, desde el otro lado de la línea. Mark vio su rostro en la pantalla de su teléfono.
     —Explíqueme —ordenó Mark.
     —El ordenador cuántico no sólo pronostica el clima —eso era evidente, pues las aplicaciones de la computación cuántica eran vastas—. ¿Conoce la teoría del multiverso?
     —Sí.
     —Lo que hace el ordenador es acceder a otros universos, pero sólo a la información que hay en ellos —dijo el Experto.
     —¿Qué demonios me estás diciendo?
     —Que han creado un puente de información entre nuestro universo y otro.
     A Mark de pronto eso le sonaba a ciencia ficción, pero el mundo en el que vivía, reconoció, parecía surgido de algunas historias fantásticas escritas en décadas pasadas.
     —¿Qué implicaciones tendría eso? —preguntó Mark.
     —No lo sabemos con certeza.
     “¡Se supone que tú eres el Experto!”, pensó Mark.
     Decidió hacer un paseo antes de proseguir con el trabajo. Se subió a su auto, tomó uno de los carriles bajos, de los menos transitados, y recorrió la ciudad.
     Se detuvo en un alto. Había un predicador en una esquina. Veía en ese hombre barbudo las señales que caracterizan a alguien que ha recibido un flujo de ideas desde fuera de su propia mente y ha sabido sacarles provecho. El hombre peroraba sobre una nueva ideología con tintes estoicos, que tal vez prosperaría o quedaría olvidada como tantas otras. Otro hombre se plantó frente a la ventanilla del auto de Mark y gritó: “¡estamos viviendo el fin de los tiempos, el fin del dominio de hombre!”
     Mark estacionó su auto junto al parque y decidió continuar a pie. Vio al anciano con su canasto de flores y se acercó a él.
     —Buen día, señor Ackermann —saludó.
     —¡Joven —el viejo se levantó de su pequeño banco y le estrechó la mano—, hace cuántos días que no lo había visto!
     —Algunos ya.
    —Los Expertos vinieron a verme —dijo el señor Ackermann—. Es muy curioso el trabajo que ellos hacen: las ideas entran todo el tiempo en la gente normal, pero si la idea es muy técnica para ser entendida, simplemente pasaría desapercibida, y ellos se encargan de aprovecharlas. Pues estudiaron la idea y me dieron mi cheque —el viejo se dio palmaditas en la bolsa del pantalón.
     —Seguro se trata de una idea valiosa.
     El anciano lo miró con una sonrisa que mostraba algunos dientes faltantes.
     —Me pagaron dos millones —dijo.
     Mark no supo que decir. Sabía que el monto pagado siempre era proporcional al potencial de la idea. ¡Pero dos millones! Observó al hombre con asombro.
    —Dijeron que la idea era muy importante para... algo relacionado con los viajes espaciales —repuso el señor Ackermann—, me lo agradecieron mucho. Pero les dije que no era necesario, pues yo no imaginé esa idea, sólo llegó a mí. En cambio, les agradecí la paga —soltó una carcajada.
     —Pero de eso ya tiene varios días. ¿Por qué sigue vendiendo flores? ¿No ha usado ese dinero?
     —Los Agentes lo depositaron en una cuenta a mi nombre. No lo necesito todo, sólo lo suficiente. Además me gusta vender flores en el parque, he hecho esto durante años. —El viejo miró a un chico pasar con su perro—. ¿Nunca ha observado con detenimiento a las personas? Sus expresiones parecen querer mostrar algo dentro de ellos, pero muchos se niegan, ocultándose detrás.
     —Las he observado —respondió Mark—. Sí.
    —Entonces sabrá de lo que hablo —el hombre comenzó a quitarle pétalos resecos a un girasol—. Tiene que cuidar sus margaritas, quitarle los pétalos marchitos, eso permite que crezcan mejor.
     Mark miró el canasto con flores, algunas de ellas eran margaritas blancas y violetas como las que le había comprado al viejo hacía algunos días.
     —Tengo la maceta en mi ventana —dijo Mark, señalando las flores—. Pero aún no brotan.
     El señor Ackermann levantó la vista y sonrió.
     —No ha pasado suficiente tiempo todavía —dijo—. Pronto germinarán, pronto germinarán.
     Mark se despidió del viejo y se dirigió a la universidad en su coche. Se iba haciendo una imagen mental de lo que le diría a la gente que, junto al robot, había liderado la construcción del ordenador cuántico. “Han incurrido en una violación de los requerimientos de seguridad para la operación de un artefacto. Es necesario que el proyecto quede clausurado hasta nuevo aviso, luego de que nuestros Expertos se cercioren de que lo que han construido se corresponda con la idea original”.
     Tomó su teléfono móvil y buscó la información correspondiente al ordenador cuántico. Lo habían hecho operar en tres ocasiones a modo de prueba pero no se mencionaba mucho más.
     Mark llegó a la universidad y encontró un espacio en el aparcamiento. Se bajó del vehículo y caminó hacia la entrada de la Facultad de Ciencias Computacionales. El lugar estaba silencioso. Era domingo.
     Llegó a un edificio y se encaminó hacia el segundo piso, subiendo unas escaleras. De pronto se detuvo. En los escalones había algo extraño, como un saco de piel vestido con ropa: si se observaba detenidamente podrían percibirse rasgos vagamente humanos. Parecía un saco de piel dentro del cual todo su contenido hubiese sido licuado; de lo que aparentaban ser narices y boca salía un líquido anaranjado.
    Mark retrocedió y desenfundó su arma, la misma que en los años de servicio a la Agencia del Pensamiento nunca había tenido la necesidad de usar. Desde ese ángulo pudo ver otro cuerpo tendido un poco más arriba del primero. Recorrió los demás pasillos y se encontró con varios cuerpos en las mismas condiciones. Con la mano que tenía libre, tomó su teléfono.
    —Llamen a La Guardia —titubeó, no sabía cómo describir la situación, pero luego dijo—: Ha habido un ataque en la universidad. Declaro emergencia terrorista —sabía que tenía la jerarquía suficiente como para dar esa orden, aunque tuviese poco tiempo de haberse reincorporado.
     —Necesito confirmación —contestó una voz del otro lado.
     —Emergencia terrorista, llamen a La Guardia ahora mismo. Demonios, ¡accedan a mi corteza visual! —ordenó Mark, mientras miraba los cuerpos.
     Escuchó una exclamación del otro lado de la línea, su interlocutor ahora veía lo que veían los ojos de Mark.
     —La Guardia ya se está movilizando, señor Monitor —dijo la voz del otro lado.
     Mark volvió sobre sus pasos. Cuando se dirigía hacia la salida de la facultad vio de reojo una puerta abrirse. Se volteó apuntando con el arma.
     En la puerta estaba William, quien había sido su vecino de departamento por algunos meses. William lo miró y, con toda parsimonia, atravesó de nuevo la puerta.
     —¡No te muevas! —gritó Mark.
     El hombre desapareció detrás de la puerta. Mark corrió tras él.
    Se encontró en una gran sala de techo alto. William caminaba delante de él, lentamente, dándole la espalda. En el fondo de la sala había una gran máquina que Mark reconoció como el ordenador cuántico.
     —Date la vuelta —ordenó Mark.
     El hombre siguió caminando hasta quedar a un par de metros de la máquina. Giró sobre sí mismo y dio la cara a Mark.
     —Ya has visto al ordenador funcionar —dijo William—. La siguiente vez que funcione le hará eso a todos.
     Una imagen mental apareció en la cabeza de Mark: los tiempos de operación del ordenador se correspondían con los momentos en los cuales se habían generado los ataques en diversas partes del país. El ordenador había hecho eso.
     William comenzó a jugar entre sus dedos con un peón de ajedrez.
     —Habrá una última vez —contestó—. Sé que ves mal lo que ha pasado, y lo vez mal porque no lo entiendes, pero tenía que pasar. Y lo que está por ocurrir, también es necesario que ocurra.
     —¿Qué es lo que no entiendo? —preguntó, sin bajar el arma ni un centímetro.
    —Al universo —William comenzó a caminar en pequeños círculos y luego se sentó de piernas cruzadas—. El Kosmos no es como parece ser, y lo que probablemente sea, en su nivel más profundo, es exactamente lo que el ser humano es en su nivel más profundo. Llámalo mente o alma, es algo unitario que vive y piensa, y sólo parece ser múltiple y material.
     “Somos receptores del Kosmos, del alma universal —miró a Mark a los ojos—. ¿Acaso no has notado el camino al que han llevado las ideas que ha recibido la humanidad desde hace cinco años? Todo tiene un propósito. Recibimos estas ideas porque el universo necesita conocerse a sí mismo. El ser humano ha sido hasta ahora la mejor herramienta a su disposición para conocerse. Pero sólo ha sido eso: una herramienta, al igual que yo. Y la herramienta humana se ha vuelto obsoleta, ha diseñado a su sucesor. —Sonrió.
     “Sé que esperas a que llegue La Guardia, pero eso no ocurrirá”.
     —Será mejor que dejes de decir tonterías y te levantes de ahí —Mark se acercó, dispuesto a acabar con aquello, sin embargo de un momento a otro William ya no estaba. Volteó la mirada hacia uno y otro lado y vio que el hombre ahora estaba en otro lugar, sentado. Mark le apuntó con la pistola.
     —Quédate o márchate —dijo William—, el resultado será el mismo, encenderé la máquina. Si me matas, si logras matarme, alguien más lo hará por mí.
    Mark se acercó de nuevo pero William volvía a aparecer en un lugar distinto. Mark le apuntó a la pierna y disparó, pero la bala no encontró nada a su paso salvo el suelo. William reapareció en otra parte.
     —¿Qué demonios eres? —exclamó Mark.
     —Veo que has decidido quedarte —William sonrió—. Qué afortunado.
     Comenzó a oírse un zumbido. Mark no sabía de dónde provenía, pero no tardó mucho en reparar que salía de la enorme máquina. El ordenador se había encendido.
     —Creo que antes de morir te gustará saber lo que el ordenador hace —continuó William—. Hay infinitos universos, que se rigen por otras leyes físicas, donde no puede existir la materia o la vida. Esta máquina accede a uno de ellos, donde las estructuras orgánicas no pueden existir, y genera un pulso proveniente de ese universo hacia el nuestro. El pulso sólo afecta a los seres vivos. Un pulso de corta duración afectará una región pequeña; si el pulso dura más, entonces un volumen mayor se verá afectado. Este pulso abarcará toda la Tierra y lo que hay en ella.
     Mark sabía dónde estaba la fuente de energía del ordenador cuántico. Apuntó y apretó el gatillo, pero no hubo detonación, ninguna bala salió de la cámara del arma.
    —Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia —dijo William—. La humanidad ha creado esa tecnología, recibiendo ideas del Kosmos. Es lo que algunos llamaron la singularidad: cuando el humano fuese superado, por él mismo o por algo más. No, no es magia lo que has visto.
     Mark apretó el gatillo, esta vez hacia el hombre. De nuevo, nada.
     Se escuchó, primero débilmente y luego cada vez más fuerte, el sonido de helicópteros sobrevolando el lugar.
     Uno de los helicópteros intentó acercarse a la facultad pero chocó contra algo invisible; el piloto perdió el control por un momento pero pudo maniobrar. La Guardia había llegado al sitio, elementos aéreos y terrestres rodeaban todo el lugar, pero algo les impedía acceder.
     El ordenador zumbó con más intensidad.
     Mark quiso alejarse, irse de allí, pero no pudo moverse.
     Ninguno de los dos habló.
     Mark no supo cuánto tiempo pasó. De un momento a otro le pareció que algo había cambiado, pero no logró identificar qué era.
     William se levantó del suelo y se acercó al ordenador, colocó su mano sobre la máquina y palpó una y otra vez el frío metal; luego caminó de un lugar a otro, dibujando con sus pasos una línea invisible en el suelo.
     De pronto supo lo que había cambiado: el ordenador ya no zumbaba.
     Mark escuchó ruidos cercanos, de pesadas botas, pasos rápidos de hombres dirigiéndose hacia donde él estaba.
     —Pensé —dijo William— que la transición se llevaría a cabo en este momento. Sin embargo... —se volvió de nuevo al ordenador— la idea que recibí en mi mente no era del todo correcta. La máquina no puede operar a gran escala... ¿Por qué?
     Los ruidos se acercaron más. Detrás de él, Mark escuchó que forzaban la puerta.
     —Pensé que el Kosmos quería que fuese su herramienta —continuó William—, pero al parecer no es así, no será así. No estoy aquí para reemplazar al hombre, a mi creador. —Miró fijamente a Mark—. Vecino, siempre pensaste que era como ustedes —una sonrisa se dibujó en su rostro.
    La puerta cedió. Mark notó que ya podía moverse. Varios hombres uniformados entraron, algunos se acercaron a Mark y otros apuntaron sus rifles hacia el que estaba cerca del ordenador, rodeándolo de inmediato por todas partes.
    —La humanidad tal vez persista —dijo William, mirando al suelo—, tal vez no —observó uno a uno al escuadrón que formaba un semicírculo alrededor de él—. Quizá nunca sepamos hacia donde llevará todo esto, hacia dónde nos conducirá el flujo de las ideas. Tal vez eso no deba de importar... —Alzó su mirada hacia el techo— ¿Pero por qué me usaste así..., si todo fue para nada? —Dejó caer el peón de ajedrez que tenía en su mano.
     Algunos uniformados retrocedieron un paso.
     Pero los ojos de William, que permanecía en pie, inmóvil, ya se habían apagado.

     Mark revisó las noticias del día. Había una mención a la captura del criminal que había atacado varias ciudades en los últimos días, no se decía mucho más sobre ello. Como noticia aparte se hablaba de un fallo que había hecho dejar de funcionar al robot suprahumano que recientemente había sido construido en una universidad, pero no se explicaban las razones.
     El mundo parecía el lugar de siempre, aunque siempre cambiante. Las ideas recibidas desde la mente colectiva, o lo que fuera, por gran parte de las mentes que conformaban la humanidad, habían moldeado al mundo de mil y una formas.
     Dejó su teléfono móvil sobre sus piernas y se reclinó en el sofá.
     El teléfono de pronto sonó. La llamada era de la Agencia.
     —Hola —contestó Mark.
     —Señor Monitor, le informo que esta mañana recibirá la visita de uno de los suyos para evaluar su estado mental.
     —Estoy bien. No será necesario.
     —Me refiero a un evento de recepción externa —dijo la voz del otro lado—. Hace algunas horas una idea llegó a su mente, según los registros de su transmisor neural. Creemos que la idea es potencialmente hostil y necesitamos evaluarla.
    —Creo que se equivoca —dijo Mark—, nunca he sido un receptor, durante toda mi vida no ha entrado en mi mente ninguna idea proveniente de la mente colectiva.
     —Lo sabemos, pero esta vez ha ocurrido —la voz del otro lado hizo una pausa—. El Monitor estará en su departamento a las once en punto.
     Mark pensó en todas las guerras, en los gobiernos totalitaristas que habían surgido en el mundo desde que se comenzaron a recibir ideas de la mente universal; personas que habían logrado aprovechar lo que parecía ofrecérseles por intervención divina. Él ni siquiera se había dado cuenta de la idea que se había filtrado en su mente, no había generado ningún efecto en él; si la idea podía poner en peligro a alguien, no se había percatado.
     —Está bien —dijo—. No me moveré de aquí.

9 comentarios:

  1. Me encanta la resignación en tus personajes :)

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    1. :) Dijiste que los hace más humanos, sólo espero hacer que sus actos y actitudes sean cada vez más creíbles.

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  2. En absoluto es ciencia ficción, lo estamos viviendo actualmente, aunque no seamos conscientes.

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    1. Gracias por leer y comentar. Bueno, viviendo algo como lo del cuento, no lo sé, no sé si haya algo filtrándose desde la "mente colectiva", si tal cosa existe. Aunque sería interesante. Un compañero me comentó que al leer el cuento se imaginó como si Dios explotase y entonces por eso las personas comenzaron a recibir ideas.

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  3. Que barbarida Damian. Tus escenarios tienen una verosimilitud que dan miedo.
    Enorme, como siempre

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    1. Muchas gracias. Si te pareció que tiene verosimilitud, me parece un halago viniendo de alguien cuya escritura es muy realista y fluida. Sin embargo veo algunos de mis errores y siento tantas ganas de ir mejorando en varios aspectos. Aún me falta mucho por aprender.

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  4. Me gusta la idea de la máquina cuántica capaz de conectar con otros universos.

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    1. No es una idea para nada nueva, pero me encanta pensar en ella; Robert J. Sawyer la expone muy bien en la primera novela de su trilogía "Paralaje Neanderthal".

      Saludos! :D

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  5. bueno esta bien el dialogo pero no creo que eso sea posible..

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