mayo 01, 2012

La Gran Soledad

Este relato se parece a uno que ya publiqué aquí: El último de los destinos, pero el que les presento ahora fue escrito meses antes, sólo que no me había gustado y aproveché que hoy no tengo clases para terminar de reescribirlo. He estado ocupado con la universidad últimamente, así que mi tiempo para escribir es muy poco. Espero que les guste este relato, también forma parte de mi "historia del futuro".

Welt Looschip miró a través del vidrio que lo separaba de la blanca habitación donde un grupo de hombres enfundados en trajes antibiológicos hablaban en torno al cuerpo uniformado de un general sin vida. No los escuchaba hablar pero sí pensar, y captó un pensamiento que le llegó con fuerza excesiva:
     —De nada le sirvieron todas sus insignias en ese planeta.
    —Todavía falta el general Leben y la embajadora Bujold de Mayeg —escuchó mentalmente que dijo uno de los hombres allí presentes.
     —¿Lo trajeron al puerto esta mañana, doctor Madell? —preguntó alguien, refiriéndose al cuerpo frente a ellos.
     —Sí, pensaban que estaba muerto, como los demás, pero no —respondió Madell, y Looschip pensó: “y fue allí donde abrió fuego”. Madell miró a cada uno de los hombres y les dijo—: Ya conocen la conclusión de los forenses: paro cardiaco, excepto este hombre —miró el cadáver—. Confío en ustedes para encontrar la verdadera causa de las muertes. Una bacteria, un virus... Algo en la helada superficie de ese planeta. De Leben y Bujold se encargarán los aliados.
     Looschip vio que los hombres se comenzaban a movilizar, pasaron por un corto corredor, donde permanecieron hasta que la puerta detrás de ellos, que daba hacia donde yacía el cuerpo, se cerró; se les roció hasta que estuvieron completamente limpios, y luego la puerta frente a ellos se abrió y uno por uno fueron saliendo; al salir todos, la segunda puerta se cerró herméticamente y los doctores se empezaron a quitar los trajes.
     Looschip sondeó las mentes y un dolor fue creciendo en su cabeza. Su frente se perló de sudor. Los hombres estaban demasiado cerca y el ruido de sus mentes era como un taladro neumático en la cabeza de Welt. En unos segundos pudo dar con el hombre que quería, lo vio apoyado sobre la pared mientras se retiraba la bolsa protectora de uno de sus zapatos.
     Lo sondeó. Ese médico había visto en video la búsqueda de los tripulantes de la nave que se había estrellado contra el helado planeta hacia el que ahora algunos dirigían su atención, así que en su memoria retenía las imágenes aéreas del lugar del impacto. Looschip grabó en su propia mente toda esa información. Cuando hubo terminado, sin mirar a nadie, se apresuró a marcharse.

     —Sólo hielo —dijo Welt Looschip, mirando por la ventana de su habitación a cien metros sobre el suelo—. La nave, aparentemente intacta, nueve hombres desperdigados en cinco kilómetros a la redonda, y todo lo demás... hielo. Una gran roca congelada flotando en el espacio. ¿No te parece interesante, Tyl?
     La joven estaba sentada sobre la cama y miraba la espalda de Looschip.
     —Esos hombres murieron —le dijo Tyl, estrujándose los dedos—. Lo mejor sería dejarles la investigación a los aliados.
     —Sí, la Alianza Planetaria se encargará eficientemente, y luego cuando crean que no hay peligro instalarán sus bases y llegarán los colonos. —Looschip dejó de mirar el nuboso paisaje y se acercó a una pared que en un instante se desvaneció; dentrás de la pared se apreciaba una gran cantidad de libros. Buscó en uno de los estantes más bajos y encontró el volumen que quería. Alzó el libro, mostrándoselo a Tyl—. Es apenas la preimpresión —le dijo, abriendo el libro en una página al azar y aspirando profundamente el aroma que le llegaba desde sus hojas—. ¿Recuerdas cuando hace cinco años los editores solicitaron mi colaboración? Enciclopedia de la Historia de las Especies Humanas, en treinta tomos. Y me dijeron: “Señor Looschip...”
     —“...usted conoce más que nadie sobre la Vieja Tierra —continuó Tyl—, así que pensamos que le gustaría encargarse del primer tomo.”
     Welt vio el rostro de Tyl. La joven sonreía con los labios y con los ojos y toda ella sonreía al mismo tiempo. Sintió el torrente de pensamientos que le llegaban desde Tyl, tanto que su migraña hizo acto de presencia, pero dejó los pensamientos pasar, sin sondear la mente de la joven. Y Welt pensó: “es la única persona con la que estoy voluntariamente”. En efecto, la gente por lo general para él era una fuente de gritos y murmullos mentales insoportables, siempre presentes, incluso a veces mientras dormía.
     —Y como parte de la conmemoración —siguió Tyl—, aceptaron tu sugerencia de hacer una versión en celulosa.
     —Al estilo terrestre —dijo Welt, y su rostro de pronto adquirió una expresión un tanto melancólica—. ¿Y sabes qué creo, Tyl? Creo que ese planeta helado es el mismo del que hablo aquí —alzó la impresión del primer tomo de la Enciclopedia de la Historia de las Especies Humanas. Welt no pudo evitar soltar una risa que parecía asmática.
     Tyl permaneció estática sobre la cama, mirando el libro, mientras su labio inferior parecía retener una palabra. Looschip comenzó a sentir una combinación de tristeza y enojo porque la reacción de Tyl no era la que él había esperado. Sin embargo él sólo le preguntó:
     —¿Qué opinas?
     Tyl levantó sus ojos hasta los de Welt.
     —¿Qué te hace pensar eso? —preguntó ella.
     —Los Textos de Prometeo, transportados desde la Vieja Tierra por los colonizadores. Esos textos se perdieron, pero quienes los estudiaron dejaron referencias. —Welt se sentó en el suelo gomoso frente a los pies de Tyl y abrió el tomo en una de las primeras páginas, aunque sólo para mostrarle, como lo había hecho muchas otras veces, el contenido a Tyl, que él ya lo conocía de memoria—. Las dimensiones del planeta helado coinciden casi con las de los registros. No se tienen demasiadas fotografías aéreas y el hielo cubre gran parte de la superficie, así que la forma de los continentes no puede ser corrobo...
     —La Tierra tenía una luna —dijo Tyl.
     —La Luna —respondió Welt—. Por eso luna y satélite se usan como sinónimos, porque el satélite de la Vieja Tierra se llamaba Luna. —Looschip avanzó algunas páginas—. Hay una versión sobre eso: que la Luna fue propulsada de su órbita al final de las Guerras Terrestres Terminales.
     —Es sólo una teoría.
     —¡Y es muy interesante! Podría catalogarse como un acto precoz de ingeniería planetaria. Ahora mismo los habitantes de Pandora están transformando su mundo en un planeta errante —dijo Welt, dándose golpecitos en la frente con el dedo índice—. Planeta y errante significan lo mismo —Luego miró a Tyl—. ¿Comprendes por qué te digo todo esto?
     Tyl no habló, pero lo comprendía perfectamente.
     —Tengo que ir a ese lugar —dijo Welt, con voz casi inaudible.
     —O puedes quedarte —dijo ella, que parecía a punto de romper en llanto.
     —Tyl, tú sabes lo tanto que siempre...
     —Mi padre...
     —¡Tú padre! ¡Tú padre está muerto! —explotó Welt de pronto—. ¿Por qué murió? No fue por perseguir un sueño que haya tenido durante toda su vida. ¡No! ¡Murió porque se fue con esa perra por la que te dejó a ti y a tu madre! —Sin darse cuenta, Welt ya estaba sondeando la mente de la joven—. ¿Aún sigues pensando en esa carta?
     Y ocurrió algo que a Welt sólo le había pasado en contadas ocasiones, algo que sólo mucho tiempo después sería explicado por la existencia de una mente colectiva: los recuerdos del difunto padre de Tyl llegaron como un maremoto a la mente de la joven.
     Tyl, desde la mente de Welt, recibió el torrente de pensamientos de su padre muerto. De pronto la joven se encontró en una habitación oscura sintiendo el frío de un cañón de escopeta en su mejilla, escribiendo una carta que no deseaba escribir, repleta de palabras que le herían el alma. Tu culpa... ¿De verdad crees que las amaba?... Lo echaste todo a perder... Tú y tu madre... ¡Púdranse!
     Tyl cayó al suelo, inundada en lágrimas, parecía convulsionarse en medio del llanto.
     Welt se dio cuenta de lo que había hecho, supo que había abierto una herida que nunca había llegado a sanar. Se sintió miserable y sintió, literalmente, lo que Tyl sentía. Se le acercó e intentó abrazarla pero ella lo rechazó violentamente y permaneció con el rostro contra el suelo. Welt se sentó, recargando la espalda sobre su librero, y permaneció allí hasta que Tyl dejó de llorar, varios minutos después, pero sólo para verla marcharse.

     Welt Looschip avanzó y la densa y helada tormenta avanzaba en sentido contrario. Iba cubierto sólo con una delgada camiseta y unos pantaloncillos cortos, ambos de color negro contrastante con la blanca nieve, pues el clima para él era cálido comparado con el frío más que congelante del espacio. Sus botas se hundían unos treinta centímetros hasta llegar al permafrost. Se preguntó dónde estaría la nave diplomática que se había impactado sobre esa esfera de hielo. Corroboró en su memoria, de la información que había extraído del médico, las coordenadas del impacto. Recordó una fotografía que mostraba una cadena montañosa y, en efecto, a su derecha ésta se levantaba, eternamente blanca, como la dentadura de un tiburón. Pero la nave no estaba ahí.
     Le pareció extraño que no recibiera ninguna transmisión mental. ¿El lugar estaría vacío, el planeta entero? Sólo audía, oía mentalmente, a los habitantes de los sistemas planetarios cercanos, que aunque estaban a miles de millones de kilómetros los escuchaba perfectamente; el ruido era casi como una estática salpicada de gritos esporádicos. Sin embargo, pensó, hacía mucho tiempo que no audía a un nivel tan bajo.
     Lo que descubrió fue algo que no estaba en las estereografías aéreas tomadas por los ornitópteros: una cabaña cerca del pie de las montañas, o eso parecía.
     Welt avanzó cuidadosamente a pie, observando siempre a su alrededor. No había ninguna presencia en las cercanías de la cabaña. Cuando llegó, examinó el lugar: era una construcción rudimentaria de palos enterrados profundamente en la nieve; la cabaña, vista de frente, era un triángulo isósceles y su techo en v invertida estaba recubierto de una especie de alquitrán. La puerta estaba en la parte delantera, redonda, y parecía diseñada para que una persona entrara en cuclillas. La construcción no parecía tan vieja. Tal vez los nativos habían abandonado recientemente el planeta.
     Entró empujando con su cabeza la puerta hecha de fibras vegetales. Se arrastró hacia el interior, alzó la cabeza y vio a un hombre, una mujer y una niña, sentados en el suelo pardo y sin nieve, ante una baja mesa; lo miraban sin expresión. Welt se sobresaltó y se arrastró de espaldas queriendo salir de allí.
     —No, no —dijo el hombre, un anciano ya, en el idioma de la alianza—, entre, señor Looschip, entre.
     Looschip miró a aquellas personas e intentó sondear sus mentes pero no pudo. Era como si sólo hubiese aire, sólo aire, sin consciencia. De pronto reparó en que no había escuchado esas palabras con sus oídos sino con su mente.
     —Usted puede linguar —dijo Welt, y miró a la mujer, de edad avanzada también, quien le hacía una seña para que se sentara con ellos.
     El anciano asintió.
     —Somos telépatas, señor Looschip —dijo—, como usted.
     —¿Cómo hacen eso —preguntó Welt—, bloquear su mentes a mi sondeo?
     —Tenga confianza.
     “¿Cómo puedo confiar”, pensó Welt, “si no puedo saber qué hay en sus mentes?”
     —Sólo quiero saber qué pasó con las personas que llegaron antes que yo —preguntó Welt—. Su nave se estrelló cerca de las montañas y aún hay dos desaparecidos. Debieron de haberlos sentido.
     —¿De verdad le interesa eso —preguntó la mujer—, o ha venido porque quiere saber si este planeta es la Vieja Tierra?
     Looschip se sintió desnudo. Nunca antes se había sentido así, nunca antes alguien había leído su mente, y ahora comprendía cómo se sentía Tyl cuando él comenzaba a buscar dentro de su cabeza.
     —¿Este lugar es...? —empezó a preguntar.
     —No, señor Looschip —respondió el anciano—, lamento decepcionarlo. Este lugar era llamado Grentan por su gente. Puede comprobarlo por usted mismo, cerca de aquí hay una estación de satélites, recibía información de varios satélites en órbita y puede ver personalmente las imágenes. Puedo ver, por lo que usted sabe, que la Tierra era un hermoso planeta.
     Welt no se desanimó.
     —¿Dónde queda esa estación? —preguntó. Y de pronto vio una rápida sucesión de imágenes en su cabeza: el anciano le estaba transmitiendo imágenes que correspondían al camino que debía seguir para llegar a la estación de satélites. El proceso terminó y Looschip sintió como si le enterraran aguijones en la frente.
     —Espero que eso le sirva. —El anciano lo miró fijamente—. ¿Le gustaría dejar de escuchar a toda esa gente, verdad, señor Looschip? —dijo el anciano, aunque más que pregunta parecía una afirmación—. Estar solo en su cabeza, sólo con su propia mente, sin captar los lamentos de la galaxia entera. Sin ese dolor, todo ese dolor.
     Welt se acercó más y se sentó entre el hombre y la mujer. Vio a la niña y esta parecía entretenida trazando líneas en la tierra con sus pequeños dedos.
     —Sí —dijo Welt.
     —Usted es el más sensible de todos —dijo la anciana—, en todos los mundos humanos son pocos los que pueden escuchar más allá de lo que sus oídos les permiten. Usted incluso escucha el canto de las estrellas. ¿Cómo puede desear perder el don que le ha sido otorgado si es capaz de escuchar lo que nadie más puede? ¿Para eso eligió el trabajo que ahora tiene, para estar lo más lejos posible de los demás? Hace eso cuando podría decidir usar su capacidad para ayudar a los que lo rodean.
     —Pero escuchar le lastima —dijo el anciano—, como puñaladas en el cerebro, todo el tiempo. Y sólo desea escapar.
Welt se echó para atrás.
     —No deje que lo sermoneen —dijo la niña, sin dejar de dibujar líneas en la tierra—, ellos no conocen ninguna forma para hacer que deje de audir. Nadie sabe cómo.
     —No —respondió el anciano, levantándose con esfuerzo del suelo—, no hay métodos mágicos para aspectos humanos aún poco conocidos como este don suyo. Tal vez su problema se resuelva dentro de mucho tiempo o no se resuelva nunca. Lo único que le queda es resignarse a vivir rodeado de personas que taladrarán su mente con sus problemas, y tal vez termine volviéndose loco. Eso, o huir; alejarse lo más posible de todo ser pensante, escapar más afuera de lo que nadie haya escapado antes, donde ninguna mente humana lo torturará jamás con el fuego hiriente del torrente del pensamiento. —El anciano caminó, apoyado en un bastón, hacia la niña, y luego señaló con su arrugado índice lo que la pequeña había dibujado en la tierra.
     Welt se acercó, andando de rodillas, y vio el dibujo de la niña: parecía una nave.
     —Su ancestro —dijo el anciano—, el cartógrafo Jorv G Looschip, y yo sé que usted sabe a quién me refiero, vino a este planeta hace mucho tiempo, y dejó algunas cosas, entre ellas una nave. Tómela. La nave en la que usted ha llegado ha quedado deshecha. Su ancestro no pudo salir de este lugar. Usted tal vez pueda.
     Welt recordó que había leído en alguna parte ese nombre, Jorv, y con su mismo apellido aunque fonetizado por una G. Ese hombre había pertenecido hacía veinte siglos a la fuerza de cartógrafos del planeta Dreaya pero antes de recibir el grado de cartógrafo había escapado. Eso era todo lo que sabía.
     —La nave...
     El viejo interrumpió a Welt:
     —La nave está en la estación de satélites.
     Welt sintió que estaba a punto del colapso nervioso. Buscó con desesperación su muñeca izquierda y en el acto cayó al suelo. Levantó un cuadrado de piel de su muñeca, dejando libre una pantalla táctil en la que tecleó para ajustar sus signos vitales. Estuvo un par de minutos tendido en el suelo. Lo único que pensó fue: “¿quienes son ustedes, quienes son?”.
     La anciana le respondió:
     —¿No nos reconoces, Welt? Somos tú.
     Y al decir esto todos desaparecieron, incluida la casa, y Welt se encontró de repente tendido sobre la nieve, mirando el cielo azul, escuchando la fuerte estática casi uniforme de los pensamientos de la humanidad.
     Welt reanudó su marcha en busca de la nave diplomática. Decidió que sería más fácil buscar desde el aire, pero para eso necesitaría de una nave. Vio su nave a lo lejos, ésta estaba rodeada de un círculo pardo, donde la nieve se había derretido y la tierra estaba chamuscada. No le serviría. Se dirigió a la estación de satélites.
     Era un edificio de tres pisos que parecía fundirse con la montaña. Al entrar se encontró con lo que parecía ser la recepción. Atravesó una puerta y vio algunas pantallas panorámicas en las paredes y en el resto de la sala había varios muebles de madera, escritorios y sillas que parecían muy antiguas. Pasó la mano por una de las mesas y, al hacer presión, un pedazo de madera de la esquina se resquebrajó y cayó al suelo convirtiéndose parcialmente en un fino polvo. Luego tocó las pantallas una a una pero no se encendieron. Quizá no había fuente de energía. Todo parecía tan viejo y abandonado.
     Vio que uno de los escritorios tenía un par de cajones, se dispuso a revisar lo que había dentro. Para su suerte encontró lo que parecían ser mapas, estaban doblados, y al desdoblar uno se partió en varias partes. Dejó los pedazos sobre la mesa, juntos, completando el mapa. En éste se veía el dibujo de una isla. Las palabras impresas sobre el mapa eran extrañas pero evidentemente algunas representaban latitudes, longitudes y nombres. El dibujo al parecer sólo mostraba una parte específica del planeta. Tomó otro mapa del cajón y, esta vez con más cuidado, lo desdobló y lo extendió a un lado del primero. Éste mostraba meridianos que iban desde los 360 grados, pasaban por el cero y volvían de nuevo a los 360 del lado contrario. Sin duda era un mapa de todo el planeta. Lo que vio lo decepcionó. El mapa mostraba dos grandes continentes y ninguno tenía las formas que aparecían en los vagos registros sobre la Vieja Tierra. Vio que la isla del primer mapa estaba representada, muy pequeña, en el segundo. Ambos mapas tenían fechas: 2561 seguido por unas palabras que podrían significar “fecha estándar”, pero no podía hacer suposiciones. Siguió buscando más mapas hasta que encontró uno que mostraba curvas de nivel, donde cada curva cerrada representaba el contorno de cada masa de tierra a una elevación constante, y fue allí donde sus esperanzas casi se terminaron. Las curvas de nivel estaban representadas en intervalos de cien metros, y ninguno de los contornos sugería las formas que buscaba.
     Se alejó del escritorio.
     “¿Y si los mapas no corresponden a este planeta?”, se preguntó. Sacó de los escritorios todos los mapas que encontró, incluso halló uno que estaba a medio salir de la máquina de impresión, pero todos mostraban el mismo mundo o porciones de éste. Welt tapizó de mapas los diez escritorios que allí se encontraban.
     Que una sala de satélites estuviese llena de imágenes pertenecientes a un mundo que no era el que orbitaban esos satélites era absurdo y muy improbable.
     Uno de los pliegos doblados que halló era un plano de la zona donde había sido construido el edificio en el que se encontraba. Las coordenadas estaban escritas en un costado y las identificó en un mapa mayor. Allí estaban las montañas y pasando las montañas un gran río que en ese momento debía de estar congelado, y sólo un par de kilómetros después comenzaba un gran océano.
     Vino a su mente: la nave de mi abuelo. La nave debía de estar en algún lugar dentro de ese edificio.
     Encontró la nave cartográfica posada en el techo. Era un rombo aplanado con una pequeña elevación en el centro, toda de color negro mate. Cuando Welt se acercó a las puertas, la nave lo reconoció, las puertas se abrieron.
     Welt era ingenuo pero esta vez los factores estaban de su parte. Él sólo pensaba en una cosa en ese momento. Sin embargo la idea le pareció un suicidio. Regresó al interior del edificio y, recargado sobre una pared, observó con mirada extraviada los mapas que tapizaban el lugar. Decidió volver al techo.
     Welt subió por la rampa escalonada de la nave y las puertas se cerraron. En el centro vio una semiesfera color ámbar que mostraba formas cambiantes dentro de ella. A su izquierda, cubriendo toda la parte frontal de la nave, estaba lo que parecía ser la sección de mandos. Cerca de la semiesfera central había dos cubos transparentes y vacíos, casi de su altura, que en el pasado probablemente contenían algo.
     Las fuerzas de cartógrafos espaciales habían desaparecido hacía unos siglos, pero recordó haber leído sobre ellos. Esa nave era del tipo de las que usaban para trazar mapas de las fuerzas de interacción de la galaxia. Entonces la semiesfera ámbar debía de ser el cerebro de la nave. Se acercó a la semiesfera y colocó su mano sobre ella. Su brillo aumentó, y las formas dentro de ella cambiaron rápidamente, como en la esfera de cristal de un adivino. Vio que en la parte frontal de la nave las pantallas se habían encendido, eran como ventanas que dejaban ver el exterior. La nave había salido de su letargo. Respondía a él, como si obedeciera a una parte de su ADN que también había pertenecido a su 4-abuelo. Si la manera en la que recordaba que se manejaban esas naves era correcta, entonces...
     Cayó al suelo. La enorme aceleración lo mantuvo pegado a él por segundos que le parecieron eternos. Sentía que sus órganos se aplastaban, pero su cuerpo modificado para sobrevivir en el espacio exterior resistió esas condiciones. Cuando la nave dejó de acelerar, se levantó, se acercó a las pantallas y admiró el planeta desde las alturas. Debajo de él, la cadena montañosa parecía perderse hacia la izquierda y la derecha, y, en efecto, como lo había visto en los mapas, unos kilómetros delante todo era agua, en estado líquido pero saturada de grandes bloques de hielo. Los mapas de la estación de satélites y la geografía de ese planeta coincidían.
     No podía estar en la Tierra.
     Manipuló el ordenador, la semiesfera ámbar, lo mejor que pudo, y éste reaccionaba a sus pensamientos con escalofriante precisión. Dio con los datos que su 4-abuelo Jorv había recolectado acerca de ese planeta. Buscó la palabra “Tierra”. Obtuvo 65 resultados de planetas con ese nombre, ocho de ellos tenían entre 6,200 y 6,500 kilómetros de radio, las dimensiones aproximadas de la Vieja Tierra, los ocho tenían satélites. Sin embargo ninguno de ellos tenía sólo un satélite natural, tampoco alguno de ellos tenía todas sus lunas artificiales. Ningún planeta llamado Tierra cumplía con las condiciones que él había estado buscando.
     Welt se alejó de la semiesfera y dio un puñetazo a una de las pantallas, que se apagó.
     Y en ese momento su recepción telepática aumentó como en una exponencial. Welt cayó al suelo y sentía que su cabeza explotaría en cualquier momento.
     —¡En algún lugar! —gritó Welt, con la cabeza entre las manos—. ¡La Vieja Tierra tiene que estar en algún lugar!
     El dolor que invadía su mente comenzó a tomar una forma definida. Entre el fondo de estática siempre presente pudo distinguir el grito de una mente torturada. Le pareció que la transmisión provenía de la superficie del planeta, lo podía sentir en algún sitio debajo de sus pies. Se levantó del suelo como pudo y miró una pantalla que aún funcionaba.
     Regresó a la semiesfera y, con una orden mental, la pantalla cambió en un instante, las cámaras acercaron sus ojos electrónicos a la superficie del planeta, y enfocaron la nave de Welt, dentro de un círculo marchito.
     “Esa no”, pensó. “Debe de haber otra, cerca de allí”.
     La imagen volvió a cambiar y entonces pudo ver la nave diplomática.
     “No muy lejos de ese lugar debe de haber una persona, aún está viva”. “¡Encuéntrala!”
     El reconocimiento de formas humanas de la nave se activó y estuvo buscando por varios minutos hasta que dio con dos cuerpos que Welt observó en la pantalla; uno de ellos parecía sin vida y Welt no recibía ninguna transmisión mental de él, a un lado estaba otro que se retorcía entre la nieve, muy cerca del cadáver.
     Welt audía la mente del que estaba delirando. Era el general Leben, así que el cuerpo sin vida debía de ser el de la embajadora Bujold, los dos tripulantes que no habían sido rescatados del accidente. Los pensamientos del Leben eran confusos, a Welt le parecían como si estuviesen cerrados sobre sí mismos —como si el general no fuese consciente de su entorno sino que permaneciese dentro de su propia mente—, pues apenas podía acceder a ellos de manera muy indirecta; aquellos vagos pensamientos hacían referencia a la manipulación genética, al parecer el general era un ferviente defensor, un conservador, de lo que llamaba la “unicidad humana”, la misma ideología de aquellos hombres que hacía mucho tiempo habían desatado la guerra contra los cuasi-humanos.
     El general Leben moría, y en sus últimos momentos Welt pudo entrar en su mente, lo que el hombre estaba viendo o creía ver en ese momento: el general se sentía sólo, sostenía un rifle de microondas de espaldas a una pared, en medio de un callejón oscuro. Tenía que mirar hacia uno y otro lado rápidamente porque sabía que los enemigos se acercaban. El general levantó su mirada pero el brillante violeta de las nubes y el negro del cielo no le ofrecieron tranquilidad. Luego, tres, cuatro seres alados aparecieron en las alturas entre gritos que anunciaban muerte. Cuando el general bajó la mirada supo que había bajado la guardia, pues un ser con forma de elefante avanzaba hacia él sobre el callejón. Disparó, mantuvo el haz por unos segundos y el ser se hinchó y sus patas se doblaron. El general corrió hacia el otro lado pero el callejón comenzaba a llenarse de unos enormes ciempiés. El hombre disparó y los ciempiés chillaron: ¿Por qué nos matas si somos humanos?, dijeron los ciempiés, Somos como tú, como todos, ¡humanos! Pero el rifle no podía contra ellos. El general fue retrocediendo hasta que sólo quedaba un pequeño espacio entre el hombre elefante y los ciempiés. Miles de patas treparon por su cuerpo lleno de insignias y devoraron primero sus ropas, los ciempiés se introdujeron por decenas en su boca y por dentro todo comenzó a arder.
     La mente del general dejó de emitir, lo único que Welt escuchaba era la eterna estática. Welt permaneció frente a la pantalla mirando los dos cuerpos sin vida, separados por menos de un metro.
     Recordó que Madell, el hombre al que habían rescatado con vida del planeta, gritaba cosas como: ¡No acabarán con el imperio, no lo harán!, antes de abrir fuego contra los rescatistas. Madell había sido uno de las cabecillas del emperador cuando el Imperio Humano se instauró en una parte de los mundos habitados. Pero el Imperio había sido fragmentado doscientos años atrás cuando la Alianza Planetaria encontró irregularidades en él, luego de una guerra estratégica que terminó sin una sola víctima.
     Al menos dos de los hombres que habían llegado a ese extraño planeta habían muerto como asfixiados por sus pensamientos, por sus miedos; los demás estaban muertos y probablemente por la misma causa. ¿Y qué había pasado con él? Welt seguía vivo, y a una orden suya la nave en la que estaba podría ir a cualquier lugar. ¿Adónde?
     Tyl se había ido, él la había lastimado y jamás volvería. Regresar a su casa le traería recuerdos de ella, además, estaría en el mismo planeta que otras trece mil millones de personas, y escucharía sus pensamientos, sus alegrías pero también sus temores y sus sufrimientos, y eso cada segundo, todo el tiempo. No, no podía regresar.
     ¿Qué había dicho el viejo? “...Huir; alejarse lo más posible de todo ser pensante, escapar más afuera de lo que nadie haya escapado antes, donde ninguna mente humana lo torturará jamás con el fuego hiriente del torrente del pensamiento.”
     “¿Hay comida en este lugar?”, se preguntó Welt.
     Buscó pero no encontró nada comestible.
     Welt se sentó de espaldas a la pantalla, que aún seguía enfocando al par de cadáveres. Miró la bola ámbar. Supo que había un lugar al que podría ir.
     Permaneció un momento intentando aclarar su mente. Entre la estática de los pensamientos que emitía la humanidad entera, de las especies humanas que pululaban sobre los miles de planetas habitados de la galaxia, pudo audir algo que caía dentro de un espectro diferente. Supo que se trataba de las estrellas. Todas ellas emitían en una franja característica. Se preguntó por qué podía escuchar el canto de los astros. ¿Acaso había conciencia en ellos?
     “Llévame más lejos de lo que nadie haya ido antes”, pensó, dando la orden a la nave. “Llévame fuera de la galaxia”.
     La bola ámbar parpadeó y unas formas danzaron dentro de ella.
     A su mente llegó la información que le enviaba el ordenador: no había rutas cartografiadas que llevasen afuera de la Vía Láctea.
     “¿Pero puedes ir?”, pensó.
     La información le indicaba que podrían haber singularidades légicas, variaciones en las leyes físicas, capaces de destruir la nave durante el trayecto.
     “No importa, llévame allá”.
     Había una ruta elíptica disponible, que pasaba por la estrella 3 Gem, uno de los astros más exteriores de la galaxia; el ordenador estimó, extrapolando los datos conocidos, que la probabilidad de supervivencia era de un cinco por ciento, la más alta de entre todas las rutas posibles.
     “Ve lo más rápido que puedas”.
     Diecisiete mil quinientos cincuenta años, seis meses, veinte días, con una incertidumbre de un día, suponiendo una distancia de un kiloparsec a la estrella 3 Gem. Ése era el tiempo que la nave tardaría en llegar al exterior de la galaxia.
     Welt se estremeció. Era demasiado tiempo, demasiado lejos. Pero por supuesto era tiempo galáctico y no el del marco local.
     “¿Aquí dentro, cuánto tiempo pasará?”
     Ciento veintitrés años, once meses y ocho días, le informó la nave, con una incertidumbre de un día.
     Un rectángulo de la pared en la popa de la nave se iluminó del mismo color que el de la semiesfera, sugiriendo la forma de una puerta. Welt se levantó y fue hacia el rectángulo ámbar y éste se abrió, mostrándole un pequeño compartimento, relleno de algo que parecía una esponja, algún tipo de espuma; en ese espacio apenas cabría su cuerpo.
     La nave le explicó todo el proceso.
     Sabía que sólo tenía que presionar su cuerpo contra la espuma y ésta adoptaría su forma. Welt vio que la espuma se hundía al presionarla con los dedos. Se colocó de espaldas y caminó hacia atrás, hasta que su cuerpo estuvo dentro y sólo su rostro quedó libre.
     Vio que unas pequeñas máquinas comenzaban a moverse frente a él y le colocaban aparatos en el rostro. La pared frente a él se cerró.
     Cuando Welt abrió los ojos, los artefactos en su rostro se estaban retirando. Lo primero que experimentó fue asfixia. Un reflejo inducido desde joven, en su cerebro, hizo que unas pastillas de oxígeno reventaran dentro de sus pulmones. Sacó un brazo de la suave espuma y lo alargó esperando encontrar la puerta y salir, pero descubrió que la nave flotaba a unas decenas de metros frente a él, en un fondo negro como la nada. La nave parecía tener un corte limpio en la popa, como cuando un cuchillo corta una barra de mantequilla. Algo lo había separado de la nave y se había salvado de no estar en la trayectoria del corte. “Cinco por ciento”, pensó. Vio la popa que flotaba un poco más lejos, detrás de él. Se liberó de la espuma y se vio de pronto flotando en el espacio.
     Pensó por un momento que se había quedado ciego, miró de un lugar a otro y vio las partes de la nave. No, no había perdido la vista. En un lugar del cielo, de un negro absoluto, observó una franja nubosa y brillante. Al principio no comprendió lo que estaba viendo pero luego recordó que debía de estar muy lejos de la galaxia. La franja era la galaxia. La veía de canto. Y cerca de la franja, más o menos junto a la zona más brillante, lo que debía ser el núcleo galáctico, había una nube más pequeña, como un disco: ésa debía ser la Galaxia de Sagitario. Del mismo lado vio otras formas más difusas: las Nubes de Magallanes.
     Había visto todo eso muchas veces en simulaciones, como se vería la galaxia a una gran distancia, pero lo que ahora tenía en frente, experimentándolo con sus propios ojos, era en esencia muy diferente. Y supo que si miraba hacia atrás...
     Se volteó y al hacerlo regresó la sensación de haberse quedado ciego. Todo el cielo, todo lo que abarcaba su vista, era la oscuridad más profunda que sus ojos, o que cualquier par de ojos humanos, hubiesen experimentado. El terciopelo del espacio intergaláctico estaba tan sólo salpicado de pequeños puntos borrosos, galaxias distantes en el espacio y en el tiempo.
     Al percibir todo eso sólo escuchaba sus propios pensamientos. Se giró de nuevo para observar la franja de la Vía Láctea. Estaba demasiado lejos de todo. Ya no escuchaba el taladrar de los pensamientos humanos en su mente ni el siempre presente ruido de fondo. Sólo podía escucharse a sí mismo, sus pensamientos, no los de nadie más. La migraña que había tenido desde ante de su nacimiento ya no estaba. Quizá la humanidad no había desarrollado una forma de viaje superlumínico y no se había extendido por toda la galaxia en esos 17 mil años que lo separaban de su propio tiempo.
     Y ahí, fuera de la galaxia, experimentó una gran soledad. Pero intentó tranquilizarse. Al fin y al cabo las pastillas de oxígeno que se disolvían lentamente dentro de sus pulmones no durarían más de dos días, dos días con él mismo. Sabía desde un principio que era muy improbable que llegara hasta esas instancias. Deseó que Tyl se encontrase bien.
     Comenzó a extrañar el ruido eterno del pensamiento ajeno, pero se propuso abrazar con todas sus fuerzas esa soledad que acababa de conocer.

     En medio de la tormenta de hielo, la joven Tyl vio a lo lejos una silueta oscura que ya comenzaba a cubrirse de reluciente nieve. Aceleró su paso, hundiendo la nieve en cada pisada, y al llegar se dio cuenta de que era él. Se inclinó, le tomó el pulso y supo que estaba muerto. No le guardaba rencor por lo que le había hecho, pues incluso eso le había hecho superar los dolores del pasado. Supo que él terminaría yendo hasta ese planeta, movido por sus esperanzas de encontrar la Vieja Tierra. El pasado, siempre el pasado.
     Vio su nave a un centenar de metros a sus espaldas. Ella no sabía lo que había pasado en la mente de él, lo que esa esfera de hielo había hecho a los que habían puesto un pie en su superficie. Sin embargo un pensamiento atravesó su mente: salir lo antes posible de ese maldito planeta. Asió entre sus brazos el cuerpo de Welt Looschip.

5 comentarios:

  1. Tus historias suelen ser un poco complicadas, pero están bien narradas. Y de vez en cuando te inventas una palabra muy acertada. ¿Es tuyo el verbo "audir"?

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    1. Que sean un poco complicadas, ¿eso es bueno o es malo? Intento que sean lo más fáciles de leer, aunque sin excluir los elementos que me parecen pertinentes.

      Audir no es un verbo inventado por mí (me gustaría que así lo fuera), lo leí en la saga de "Los Señores de La Instrumentalidad", de Cordwainer Smith, y me pareció interesante, así que lo usé.

      ¡Saludos!

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    2. El que sean complicadas no es bueno ni malo en sí, el problema es si son comprensibles o no, es decir, si están bien o mal narradas. Si todos tus lectores te entienden, vas de maravilla. Si no te entiende nadie, apaga y vámonos. Supongo que lo normal es un punto intermedio, pero ¿a que lado se aproxima más?

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  2. Un relato mas o menos, al principio esta bien planteado pero de momento te pasas demasiado explicando las teorias detras de cada cosa, en particular la parte donde el personaje deja a la chica y entra en la nieve, ahi se pierde mucho el ritmo sobre todo porque antes de eso estaba bastante interesante

    Como yo lo veo en la parte donde la chica se resiente mostraste una serie de efectos sobre los eventos que habian marcado sus vidas y era interesante porque obviamente habria una resolucion derivado de ello pero esa resolucion es poco mas que una sepáracion fisica que luego se perpetua por otros factores, es decir que rompiste el drama al darle solucion desde otro lado y de manera unilateral, se separan por desicion de uno y luego la separacion aumenta por algo que se encuentra en el camino y desde ahi la cosa se pone mas reflexiva hasta la aceptacion del vacio y es por ello que la revelacion de la alucinacion no resulta impactante, es sorprendente en un grado muy muy bajo porque el propio personaje ya habia llegado a un punto donde sus motivos se desvanecian, es decir que ya no importaba nada y por ello ese cambio final tampco importa tanto ¿que mas da que todo fuese falso si no tenia importancia?

    Finalmente tu trabajo se parece mucho a la ciencia ficcion temprana por esa enorme cantiad de explicaciones y por ello quiza seria conveniente que siguieras la evolucion de la escritura desde esa epoca temprana, te dejo una lista de algunos cuentos que podrian servirte y que se caracterizan por explicar situaciones y elementos cientificos, alienigenas o tecnologicos por medio de sus efectos sobre la humanidad, que es donde tu trabajo se desinfla

    - La segunda variedad

    - El hombre dorado

    - La muchacha que estaba conectada

    - El color que vino del espacio

    - Los reyes de la arena

    Todos son muy buenos trabajos, creo que te serviran bastante

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  3. Florentino y Gin: Sus comentarios de verdad me ha dado en qué pensar, en mucho qué pensar. De verdad valoro este tipo de cosas, me ayudan a darme cuenta de mis errores y a esforzarme más. Cuidaré más la parte de la narrativa. En el taller al que asisto leí una historia y recibí algunas críticas que van por lo que comenta Gin: que me paso explicando teorías entre teorías, entre muchas otras cosas. Ya he identificado algunos de mis errores, gracias a las críticas que me dan :) Y gracias por las recomendaciones, Gin.

    He estado muy ausente por el fin de semestre, pronto estaré de vuelta.

    Gracias! :D

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