Después de lo que sentí como una pequeña sequía de inspiración finalmente esta tarde he terminado un relato que me había dado vueltas en la mente por días. El hombre fue libre.
La
puerta se cerró detrás de él. Retiró la llave de la cerradura.
Miró a un lado y a otro, a las casas bajas que constituían el viejo
vecindario. Ya nadie vivía allí, al menos nadie permanecía en esos
lugares, fijos en el espacio. Las personas iban y venían pero era
completamente diferente que hacía apenas una década.
Vio
una forma borrosa que se detenía frente a una casa y luego
desaparecía.
Suspiró.
Le esperaba otro día de trabajo. Le gustaba la reparación y
fabricación de material electrónico, era un trabajo necesario, y lo
disfrutaría más si tan sólo no lo trataran como a un miembro
inferior de la sociedad.
Eran
las seis en punto de la mañana. El autobús no tardaría en llegar.
Escuchó el ruido del motor a lo lejos. El extremo silencio del lugar
le había agudizado el oído. Aún se escuchaba algo de ruido:
algunas risas por allí, un golpeteo por allá, pero por lo general
había un gran silencio. El autobús se detuvo enfrente de él y el
conductor le saludó con alegría. Era bueno ver a alguien normal.
Las puertas hidráulicas se abrieron con un siseo.
—Buenos
días, Abraham —saludó el conductor.
—Hola
Erick —Abraham depositó una moneda de dos créditos. Miró los
asientos y sólo uno de ellos estaba ocupado: una joven sentada leía
un libro. La joven alzó la vista y vio a Abraham, ella esbozó una
sonrisa y volvió la mirada hacia las páginas.
Abraham
se sentó en el asiento detrás del conductor.
—¿Cómo
estás hoy, algún materializador descompuesto que haya que arreglar?
—preguntó el conductor.
—Hay
un cliente en los barrios altos que tuvo que usar la frecuencia de
materialización del aparato de su vecino —respondió Abraham—.
Dice que se vio obligado a hacerlo ante una emergencia porque el suyo
había dejado de funcionar.
—¿Y
qué pasó entonces, los va a demandar? Sé que cuando aparecen con
distinta frecuencia la persona se... —hizo un sonido silbante.
—No
sufrió daños, afortunadamente —contestó Abraham.
—¿Sabes?
—dijo Erick—, he estado pensando en que sería mejor ser como
ellos.
Hubo
un momento de incómodo silencio.
—No
digas tonterías, Erick —el rostro de Abraham se transformó,
llenándose de una gran tristeza—, a ti te gusta ser así —dijo—.
De otra forma no podrías manejar este camión.
—No
haría falta. No hay necesidad de transporte, sólo tienes que saber
a dónde quieres ir, y ya has llegado allí. Además, mira —señaló
las filas de asientos con su única ocupante—, ya nadie se
transporta de esta forma, ya no hay muchos maters
por
aquí. Las personas quieren libertad.
—No
creo que esta sea una forma de obtener libertad —dijo Abraham—.
Me parece una atrocidad. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
Eso
ofendió a Erick. El conductor no respondió y no hablaron el resto
del trayecto.
El
autobús se detuvo y las puertas se abrieron. Abraham bajó el primer
escalón.
—Hasta
mañana, Erick —se despidió Abraham, y miró de reojo a la joven,
que ya había dejado su libro y miraba absorta por la ventanilla.
—Hasta
mañana —respondió el conductor, secamente.
Abraham
bajó del autobús.
¿Qué
había pasado con Erick?, ¿ahora él también sería como ellos?,
pensó Abraham. Era su única conexión con el mundo material, y se
entristecería mucho si se convirtiera en un energ.
Pero ahora no quería pensar en ello.
Entró
en el edificio y subió las escaleras. Había mucha actividad en el
lugar. Las personas se materializaban y se desmaterializaban, dando
saltos de un lugar a otro del espacio. Enfrente de él se materializó
uno de los supervisores de la empresa. Miró a Abraham, lo saludó
con la mano y desapareció. Abraham subió a su oficina y vio que
habían dejado un materializador sobre su escritorio, que seguramente
tenía que ser reparado. Era una caja como del tamaño de un libro
muy pesado, con un solo botón. Se sentó y la analizó. Desprendió
la tapa, y tomó sus lentes y su equipo de observación. Había un
par de cables quemados. Notó que los nanoventiladores también
estaban chamuscados, había que cambiarlos. Nada serio.
De
pronto algo apareció en una esquina de la oficina, como un destello
azulado.
—Abra
la ventana, señor Murillo —se escuchó una voz que venía desde
algún lugar en el interior de la oficina.
Abraham
hizo caso y subió la ventana, dejando que entrara el aire de afuera.
El
materializador, que estaba en una esquina de la oficina, había
comenzado a funcionar y una figura humana se estaba formando junto a
él. Abraham sintió que la habitación se vaciaba de aire. Se acercó
a la ventana para poder respirar mejor. La figura que se
materializaba sonrió y terminó de tomar forma. Luego el hombre
recién materializado apagó el aparato.
—Veo
que ya lo viste —dijo el hombre recién formado. Se alisó la
camisa con las manos—. ¿Crees que podrás repararlo en menos de
dos horas?
—Hay
que cambiar la ventilación —respondió Abraham—. Yo diría que
en diez minutos estará listo.
—Bien,
no hay problema. Obsérvalo con detenimiento y disfruta del trabajo,
pues será el último que repares.
Abraham
levantó la vista.
—¿Va
a despedirme?
El
hombre se rió.
—No,
no, nada de eso. Quiero recontratarte para un trabajo mejor.
—¿Qué
clase de trabajo?
—Serás
el jefe de mantenimiento de las instalaciones del Observatorio en
Fobos. Es un puesto importante.
—No
creo que esté listo para eso, señor Guzmán —respondió Abraham.
Tomó un pequeño destornillador para quitar el panel de
nanoventiladores del aparato—. ¿Quién seguirá haciendo mi
trabajo?
Elías
Guzmán tomó una silla y la colocó frente al escritorio, de cara a
Abraham. Se sentó. El asiento tan sólo se hundió ligeramente; el
hombre pesaba apenas diez kilogramos.
—¿No
escuchó lo que le acabo de decir? —dijo Guzmán—. Será el
último que tendrá que reparar.
—Pero
lo dice por la nueva oferta de trabajo.
—Lo
digo porque el aparato que está entre sus manos pronto será
obsoleto.
Abraham
levantó la vista.
—Pero
si es necesario para que la gente se materialice —dijo—. De otra
forma serían simples fantasmas.
Guzmán
de acomodó en la silla, inquieto.
—No
use ese término, señor Murillo. ¡Es insultante! Preferimos decir
energs
en
vez de fantasmas. Fantasmas: ¡Menuda palabreja!
Abraham
apretó los labios y siguió desatornillando el panel. Elías Guzmán
apoyó los codos sobre la mesa. Su cuerpo era completamente sólido
ahora, pero en unos cuantos minutos tan sólo sería un... fantasma.
—Nuestros
científicos, escuche con atención —Elías se inclinó hacia
delante—, nuestros científicos han hallado un método para
materializar a una persona sin la necesidad de uno de estos —señaló
el aparato en el que trabajaba Abraham.
—¿Cómo?
—Materialización
a voluntad. La persona puede llegar a controlar las partículas del
aire y juntarlas para formarse un cuerpo. ¿No es eso fascinante?
¡Claro que lo es! Y algunos han llegado a controlar las moléculas
de una pila de arena.
—En
tal caso tendrían cuerpos de arena —dijo Abraham, sin mucha
emoción.
Elías
frunció su frente hecha de aire comprimido y polvo.
—¿No
se da cuenta del alcance de todo esto? —Elías se notaba algo
enfadado—. ¡Es un nuevo grado de libertad! Cuando las naciones se
unieron bajo un mismo gobierno, el mundo fue libre; ¡cuando los
hombres dejaron de depender de sus cuerpos físicos, el hombre fue
libre! Ahora también hemos dejado de depender de estos aparatos para
materializarnos. ¡Es la búsqueda de la libertad, y ahora la hemos
conseguido!
—¡Es
antinatural! —gritó Abraham.
Elías
fingió que no había escuchado eso. Se levantó del asiento y se
volteó, dándole la espalda a Abraham.
—¿Tomas
entonces la oferta en Fobos?
—No
podría —respondió Abraham—, ¿cómo viajaría hasta allá? No
hay transporte que me lleve.
Elías
se volteó y lo miró fijamente.
—Usted
sabe lo que significa viajar a otro lugar fuera de la Tierra. Y puede
hacerlo fácilmente.
—Si
no tuviera cuerpo.
Elías
se acercó al escritorio y apoyó sus manos sobre la madera. Analizó
la expresión de su empleado.
—¿Por
qué no quiere suicidarse, señor Murillo? —preguntó Elías—.
Oh, suicidarse es una palabra fuerte. Pero puedo decírselo de otro
modo: ¿por qué no dejar su cuerpo?
Hubo
un prolongado silencio. Al final, Abraham respondió:
—He
trabajado aquí por diez años, desde que se inventó el
materializador, y desde entonces le he expresado las razones por las
cuales he conservado mi cuerpo.
—¡Por
favor! —Elías se cruzó de brazos—. ¡El mundo ahora es otro! El
noventa por ciento de toda la población está compuesta por energs,
y el diez por ciento restante son gente indecisa que sigue viviendo
en el pasado, que no aprecia la libertad. Porque eso es lo que ahora
tenemos, entiéndalo bien, que entre en su cabeza. ¡Libertad! ¿No
quiere ser libre?
Abraham
tomó un nuevo panel de ventilación de una caja llena de piezas de
repuesto y lo atornilló al aparato. Con suma tranquilidad volvió a
colocar la cubierta.
—Ya
está reparado —dijo, mostrando el materializador a Elías—. Creo
que mi trabajo aquí ha concluido.
Era
temprano, y el autobús que manejaba Erick pasaría hasta dentro de
dos horas. Decidió sentarse en una de las bancas que aún quedaban
en un parque cercano, de vista a la avenida por donde pasaría el
autobús. Recordó que hace apenas una década había tenido
automóvil, pero el Gobierno Mundial se lo había decomisado porque
violaba una ley que nunca le habían dado a conocer. No se tragaba
nada de eso, lo habían hecho con él y con todos, quitarle su auto,
para que la gente se convenciera de que convertirse en un energ
era
la mejor opción. Podrían viajar a cualquier parte, y sin necesidad
de auto. Los tiempos habían cambiado, sí que habían cambiado.
Miró
el paisaje. La universidad estaba del otro lado de la avenida, y lo
que más resaltaba era el grande y viejo edificio de la biblioteca,
que aún conservaba cientos de miles de ejemplares que de vez en
cuando las personas leían. La humanidad había perdido la costumbre
de la lectura. No la necesitaba, simplemente saciaba sus demás
deseos.
El
resto del panorama era desolador. Ahora que las personas podían
desplazarse, saltando de sitio en sitio, con tan sólo pensarlo,
habían personas que iban a la Luna o al resto de los planetas
colonizados. Un destino apreciado era un nuevo exoplaneta, orbitando
a dos estrellas tipo G, similares al Sol.
Abraham
vio aparecer a un grupo de figuras humanas frente al edificio de la
biblioteca, y éstas hablaban cosas que no alcanzaba a distinguir.
Parecieron percatarse de su presencia y lo miraron. Luego
desaparecieron.
Vio
su reloj. Aún faltaba una hora y cincuenta para que pasara el
autobús. Entró en la biblioteca.
El
autobús se detuvo enfrente de una casa derruida; la pintura café se
desprendía de las paredes de ladrillo rojo. De adentro de la casa
salió un hombre de avanzada edad que cargaba consigo un par de
libros en las manos y una mochila en la encorvada espalda. Avanzó
pesadamente y se subió al autobús. El autobús arrancó y el
anciano se dejó caer de golpe en un asiento. Suspiró.
—Cuando
uno es viejo parece que las cosas te atraen con una mayor gravedad
—dijo el anciano.
Erick,
que conducía, se sorprendió porque el hombre normalmente no solía
hablar, aunque todos los días se subía al autobús y hacía el
mismo recorrido.
—Yo
tengo cincuenta y ya comienzo a resentir esa pesadez —respondió
Erick.
El
anciano pareció sonreír.
—Ha
vivido tan sólo un poco más de la mitad que yo.
—¿Ha
llegado a considerar ser un energ?
—preguntó Erick, algo dudoso de su pregunta.
—No,
señor —el anciano se puso sobre las piernas los libros que
llevaba—. Tendré el cuerpo decrépito pero esto es lo que soy.
El
autobús avanzó hasta estacionarse frente a la biblioteca de la
universidad. Abraham se levantó de la banca de metal y subió. No
era el horario en el que acostumbraba a viajar, y por eso se
sorprendió de ver a un nuevo pasajero, el anciano. La joven de nuevo
estaba allí, con un libro en sus manos. Abraham saludó a Erick y al
anciano, que alzó una mano arrugada.
—Has
salido temprano, Abraham —dijo Erick—, eso me sorprende.
Abraham
se sentó.
—Renuncié
—dijo.
—¡Renunciaste!
¿Por qué has hecho eso?
—Tengo
mis razones.
—Mmm...
Está bien si no me las quieres decir, pero me hago una idea.
—Oye
—Abraham se acercó al conductor—, ¿sabes cómo se llama ella?
—susurró, señalando a la joven con la mirada—. Sube todos los
días y nunca la he oído hablar.
—¿Qué?
—Erick pareció confundido. Miró hacia atrás y sólo vio al
anciano sentado en su autobús—. ¿Estás hablando del hombre?
—¡No!
—Abraham se dio cuenta de que había alzado la voz y ahora la joven
lo miraba—. La chica, la que está leyendo.
—Sólo
somos tres personas en este autobús —dijo Erick.
Abraham
miró de nuevo hacia el asiento donde estaba sentada la joven pero
ésta había desaparecido. Abraham guardó silencio.
—Parece
que has visto un fantasma —dijo Erick.
—Creo
que
así fue —respondió Abraham.
—No
digas tonterías, lo decía en broma. En todo caso era una energ,
y la has asustado, como haces con todas las mujeres. Siempre las
acosas con tu mirada.
—No
era una energ
—dijo
Abraham—, no se puede mantener la materialización por tanto
tiempo, y no podía estar en un estado de baja materialización ya
que pudo sostener ese...
—¿Qué?
—preguntó Erick.
—El
libro... —Abraham se levantó y fue hacia el asiento de la chica—.
No está el libro —dijo.
—Oye,
creo que no has visto bien —dijo Erick, mientras doblaba en una
curva—. Tal vez no llevaba ningún libro.
—Sé
lo que vi y sé que un libro no puede teleportarse junto con la
persona.
—Entonces
tal vez sí has visto un verdadero fantasma, leyendo un libro
fantasma.
Pasaron
junto a una de las cosechadoras del gobierno. El Gobierno Mundial las
había instalado por centenares en todas partes. Dentro de ellas se
desarrollaban humanos que después eran asesinados para ofrecerles
una vida de libertad. La primera generación de hombres totalmente
libres había nacido hacía apenas tres años.
Algunas
personas iban y venían en las cercanías de la cosechadora. Abraham
sintió repugnancia.
—¡Abraham!
—gritó alguien. Parecía la voz de Elías, su ex-jefe.
Elías
apareció repentinamente dentro del autobús y cayó al suelo. Había
sido un salto muy arriesgado, ya que se había teletransportado a un
objeto en movimiento.
—¿Qué
haces aquí? —preguntó Abraham, con los ojos muy abiertos.
El
hombre recién materializado estaba desesperado. Se paró como pudo.
Su cuerpo parecía más translúcido que antes. Erick frenó
bruscamente y detuvo el autobús.
—¡Los
astrónomos de Fobos! —gritó Elías Guzmán—. ¡Han
desaparecido!
—¿Hablas
de los que operan el telescopio? —Abraham se le acercó.
—¡Ellos
eran el telescopio! Sus cuerpos conformaban el telescopio humano. ¡Y
han desaparecido!
—¿Qué
quieres que haga? —preguntó Abraham— Ya no trabajo para ti.
—Sí,
lo sé. Y no sé qué se puede hacer. Mira...
Elías
Guzmán levantó su mano, que parecía desintegrarse. Las compactas
moléculas de aire se estaban dispersando de nuevo. Intentó
sujetarse de un asiento, pero su mano lo atravesó, incorpórea. Cayó
de rodillas.
—Lo
siento, siento haber venido —gimió Elías—, tengo que regresar.
Su
expresión de angustia iba en aumento y parecía a punto de llorar,
pero eso era imposible, ya que toda el agua en su cuerpo era la
escasa que contenía la humedad condensada del aire del que estaba
hecho.
—¿Qué
pasa? —preguntó Abraham.
—¡No
puedo saltar! —gritó Elías.
—¿Tienes
un materializador aquí? —dijo Abraham, volteándose hacia el
conductor.
—No,
no —respondió Erick—, ¿de dónde puedo sacar uno?
—En
mi casa tengo uno —dijo Abraham.
—¡Estamos
a dos kilómetros de tu casa! —respondió Erick.
—¡Entonces
date prisa, maldita sea!
—No
entiendo lo que pasa —dijo Elías, de rodillas en el suelo. El
hombre parecía cada vez más traslúcido—. ¡Ah! —gritó—. ¡No
puedo ver! —sus colectores de luz que formaban sus ojos se habían
desvanecido—. Abraham, no sé lo que está pasando, ¡no quiero
morir! —Elías comenzó a desintegrarse más. Su cuerpo de
fragmentaba y la nube de partículas de las que estaba conformado se
reintegró de nuevo a la atmósfera. Un momento después, ya no
estaba.
—¿Elías,
sigues allí? —preguntó Abraham, esperando respuesta.
—¿Qué
demonios ha ocurrido? —el conductor se había levantado de su
asiento.
El
anciano estaba aterrado, encogido en su asiento, abrazando la mochila
que llevaba con él.
—Llévame
de regreso —ordenó Abraham.
Abraham
corrió hacia el edificio donde había trabajado durante años. Subió
las escaleras apresuradamente. El lugar estaba vacío. Ni siquiera se
escuchaba el siseo del saltar, de salir y entrar, de personas de un
lugar a otro. Vio un montoncito de arena esparcido por el suelo, sin
duda de alguien que había aprendido a usar la arena para
materializarse, como le había dicho Elías.
Su
teléfono comenzó a sonar. Casi había olvidado que tenía teléfono.
Era Erick.
—Ha
ocurrido algo terrible —dijo Erick con la voz entrecortada.
—¡Terrible!
—respondió Abraham— ¿Qué puede ser más terrible que lo que
acaba de pasar?
—¡Gloria
no está!
—¿Qué
dices?
—¡Mi
esposa! —exclamó Erick, del otro lado del teléfono— ¡No está!
—¿Cómo
lo sabes?, no has estado en tu casa desde esta mañana.
—Ella
estaba con el vecino. ¡Él me ha llamado informando que se ha
desvanecido frente a sus ojos! Todas las demás personas también han
desaparecido. ¡Todos los energs!
—No,
no, deben ser sólo casos aislados. No hay que desesperarse.
Hubo
un silencio. Se escuchó un quejido del otro lado del teléfono, otro
ruido de fondo, y luego habló Erick:
—Lo
están pasando en el televisor —dijo, con un tono sepulcral.
Había
sintonizado el pequeño televisor que llevaba en el autobús. Daban
las últimas noticias.
Abraham
llegó a su casa. Su respiración era agitada. Se llevó las manos a
la cabeza, mientras intentaba ahogar una mueca de dolor. ¡Tanta
gente! ¡Dios mío!, pensó. ¿Por qué ha pasado, qué factor no
tomé en cuenta?
Se
dirigió hacia la sala. La joven estaba allí. La misma joven que
todos los días veía en el autobús. Estaba sentada en su sofá,
frente al televisor, que estaba encendido en la única televisora que
ahora estaba en funcionamiento, el único canal controlado por
maters.
—¿Ya
te has enterado de las noticias? —le preguntó la joven.
Abraham
se quedó quieto y en silencio.
—Todos
han desaparecido. Todos ellos —dijo ella, y miró a Abraham
fijamente.
—¿Quién
eres tú?
—Mi
nombre es Silvia.
Abraham
intentó recordar el nombre pero ningún recuerdo acudía a su
memoria.
—Morí
hace ocho años —dijo ella—, aunque no me sometieron a ese
proceso para convertirme en un energ.
Por eso es que estoy aquí. No soy una de ellos. Todos los que se
sometieron al proceso han sufrido una segunda muerte. Traicionaron su
naturaleza humana y han pagado por su estupidez.
Un
escalofrío le recorrió el cuerpo.
—¿Por
qué has venido? —le preguntó.
—Tú
eres uno de los dos científicos que inventó el materializador —dijo
la chica.
Abraham
no quería recordar eso. Apretó fuertemente los párpados.
—Pero
el crédito se lo dieron a otra persona —dijo él.
—¿Sabes
por qué la especie humana ha hecho esta gran estupidez de dejar sus
cuerpos?
Abraham
recordó. Su trabajo había sido desarrollar el mecanismo de
materialización, con el objetivo de “revivir” a los muertos,
aunque no recuperaran sus cuerpos físicos, capturar sus esencias y
moldearles nuevos cuerpos. Y nunca había entendido cómo las
personas vivas, las que no tenían ningún problema con sus cuerpos,
habían optado por someterse al proceso de la muerte física y ser
sólo fantasmas. Habían dicho libertad,
pero él no compartía esa noción de libertad.
—No
sabes realmente por qué, no estás seguro de por qué las personas
comunes y corrientes utilizaron tu tecnología para su beneficio
—dijo Silvia—. Entonces te lo diré. La especie humana es débil.
Había perdido los ánimos por vivir y la vida había dejado de ser
buena y simple, porque ellos la habían hecho un fastidio. Querían
huir de lo que tenían, huir de ellos mismos. ¿Sabes lo que tu
trabajo significó para esas miles de millones de personas débiles?
—Libertad
—respondió Abraham, con voz ahogada.
—Una
libertad distorsionada. El hombre fue libre, siempre lo había sido,
hasta que cometió su más tonto error. Los que han quedado son como
tú o como yo. Los que no hemos traicionado nuestra naturaleza. A mí
me asesinaron, yo no decidí morir. ¿Y sabes quién me asesinó?
Abraham
negó con la cabeza.
—Tú
—respondió Silvia.
Abraham
se sobresaltó.
—¡Eso
no es verdad!
—¿No
lo recuerdas? ¿No recuerdas a esa joven que raptaste y que mataste
con la intención de luego revivirla? Fue dos años después de que
tu colega se hiciera famoso luego de que te robara tu trabajo.
Entonces tú te aferraste a lograr algo por lo cual fueras
reconocido, y humillar a quien te había traicionado, y te pusiste la
meta de devolver la vida a las personas, devolverles la vida no sólo
incorpórea sino físicamente.
Abraham
empezó a llorar. Se llevó las manos al rostro.
—¿Por
Dios, qué quieres de mí? No sé qué puedo hacer por ti.
—¿Por
mí? Nada.
—Te
he asesinado. ¡Asesiné a diez mil millones de personas!
—Tú
no los asesinaste a ellos, ellos así lo decidieron —dijo Silvia—.
Les diste algo que salvaría vidas, que les permitiría a las
personas estar con sus seres queridos aún después de muertos, pero
han utilizado eso de una manera diferente. Tuvieron la elección en
sus manos y es lo que han deseado, esto es lo que han obtenido. Se
traicionaron a ellos mismos y ahora ya no están —Silvia se levantó
del sofá y pasó a un lado de Abraham—. Me voy —dijo.
—¿A
dónde irás?
—No
lo sé —ella se acercó a la puerta.
—¡No
sé lo que haré! —gritó Abraham, desesperado. Vio su reflejo en
la negra pantalla del televisor y sintió asco ante la imagen de sí
mismo. La idea del suicidio pasó por su cabeza. Pero este suicidio
sería una primera y única muerte para él.
—Perdonarte
a ti mismo —dijo Silvia, y atravesó el
umbral de la puerta. Sus pies parecían flotar. La joven llegó hasta
la calle y miró hacia ambos lados. Luego desapareció.
Un
viento frío sopló sobre el rostro de Abraham, que permaneció bajo
el marco de la puerta, con la mirada fija en el pavimento.