marzo 26, 2011

El evento Neandertal

      Pohl Oakman se inclinó para atarse las agujetas de las botas. Fuera de la pequeña habitación se escucharon un par de voces, que estaban platicando; eran la del guardia y la de alguien más. Luego tocaron.
      —¡Pohl! —dijo una voz apagada pero clara, del otro lado de la puerta—. Pohl, ya es hora.
Pohl Oakman se levantó de la cama y tomó una carpeta que estaba sobre ella. La carpeta tenía el símbolo de la agencia: una corona de laureles encerrando las letras OSA: Occidental Space Agency, junto a dos estrellas. Abrió la puerta y del otro lado se encontró con un hombre joven, delgado y bajo, aunque sus ropas le hacían aparentar más edad.
      —Larsson te está buscando —dijo el hombre pequeño—. El resto del equipo ya está reunido y no hay que retrasarnos.
      Pohl se volvió a la cama, tomó su camisa blanca y se la colocó. También era la camisa de la Agencia. Cerró la puerta tras de él y el guardia que resguardaba la habitación los acompañó por un camino arcilloso. Estaban en una zona rodeada de edificios bajos y grandes, de color gris, y a lo lejos se veían los cercos que delimitaban el perímetro de la zona de la Agencia. Sobre el camino arcilloso, hacia donde se dirigían, se levantaba un gran edificio, el más grande de los que se encontraban en las cercanías, de más de quince metros de alto y bastante ancho: el Hangar-A. Los guardias del edificio les abrieron las puertas, muy pequeñas en comparación con el resto de la estructura. Su acompañante les abandonó al entrar al lugar. Dentro, vieron a decenas de personas reunidas y charlando en un gran grupo. Todos eran científicos que allí trabajaban. Los saludaron al advertir su presencia.
      —Hola señor van Vliet y señor Oakman —dijo un hombre canoso y de lentes, que sostenía una copa con vino. Los invitó a que se acercaran.
      Los dos hombres no pudieron desviar su mirada de lo que estaba al otro lado del hangar, aunque estaban acostumbrados a ver lo mismo día tras días durante lo últimos meses, la presencia de ese coloso no dejaba de sorprenderlos: una nave del tamaño del área grande de un campo de football soccer. Era como un ser vivo y casi lo sentían respirar. Las formas de la nave la hacían ver como un gigantesco insecto, con las seis patas apoyadas en el suelo de tierra, enterradas por el enorme peso de la nave. Al costado, la reluciente masa de metal tenía la bandera de la Zona Occidental y el escudo de la Agencia.
      Se acercaron al grupo de científicos, la mayoría vestidos con camisas blancas, al igual que ellos.
      —¡El gran día ha llegado! —dijo el hombre canoso y de lentes. En la bata que vestía portaba un gafete que dejaba ver su nombre: Linus Larsson, jefe de la Misión Albatros—. ¿Cómo se sienten? ¿De ánimos para lo que sigue?
      —Claro que sí —respondió Oakman y le brillaron los ojos, mientras no apartaba su mirada de la nave—. Si ánimos es una palabra que baste para describir lo que siento.
      —¡No sea romántico, señor Oakman! —dijo Larsson, riendo.
      Daan van Vliet, el acompañante de Pohl, que también era parte de la tripulación, miraba la nave con recelo.
      —Tiene usted un extraño equipo de ingenieros —dijo Daan, pero lo decía medio en broma—. Han diseñado una nave muy curiosa. No me imagino qué mentes harían una cosa como esta.
      Larsson sonrió.
      —Y nada se desperdicia —contestó, con un aire orgulloso. Señaló uno de los seis soportes a modo de patas que sostenían la nave—. Y esos que se meten dentro de la nave y salen cuando la aterriza... un punto extra para mis muchachos. ¡Toda una maravilla! —dio un sorbo al vino.
      El resto de los científicos se comenzó a movilizar.
      Larsson dio un par de aplausos, dando la orden de que empezaran.
      —Bien —dijo a los dos hombres—. Hagamos historia.
      Había llegado el resto de la tripulación: ocho hombres y diez mujeres, mas Daan, Pohl y el capitán Toffler. Veintiún personas conformaban la tripulación de la primera nave capaz de viajar a las estrellas, más precisamente a la estrella Capella, a 42.2 años luz de la Tierra, y orbitando esta estrella amarilla estaba Capella c, un planeta en el que se había encontrado vida y un clima favorable. Esa era el objetivo de la misión: llegar a ese planeta. La humanidad por primera vez veía la posibilidad de expandir su semilla por el cosmos. El nombre con el que habían bautizado a la nave: Albatros.

      Los hombres abordaron la nave con forma de insecto. Sus dimensiones eran enormes y las instalaciones eran las necesarias para un viaje de la duración que esta misión tendría. El primer nivel de la nave estaba ocupado por las máquinarias y los motores, aunque parte de la maquinaria se extendía hasta el tercer nivel; el segundo nivel tenía un teatro, un invernadero en el que habían varias clases de plantas y árboles de no más de tres metros de alto, y había salas de recreación, ejercitamiento y aseo; el tercer nivel albergaba la sala de control, la enfermería, la sala de rehabilitación y los dormitorios, estos últimos pequeños espacios pero suficientemente cómodos.
      El Hangar-A se fue moviendo lentamente, desplazado por potentes motores eléctricos, hasta dejar a la nave a cielo abierto. Era un hermoso día, azul y sin nubes a la vista.

      Carlson Poterba se acomodó en una de las dos sillas de mando y Ricardo dos Santos en la otra. Ellos se encargarían de pilotar la nave. Hombres y mujeres estaban vestidos con los uniformes especiales para la misión, color naranja, con las insignias de la Agencia.
      —Motores B y D en operación —dijo Poterba, mirando el panel de luces intermitentes.
      —A y C también listos —respondió dos Santos—. Esperando cuenta regresiva.
      El resto de los tripulantes se sentaron en de los asientos dispuestos en la sala de mandos. Daan fue el último en ajustarse a su silla. Se abrochó los cinturones. Sentía las vibraciones de la nave debajo de él. Pohl estaba a su lado.
      Una voz salió de las vocinas, anunciando la cuenta regresiva para que la nave despegara. De pronto la cuenta llegó a uno. La nave se estremeció y comenzó a moverse, muy lentamente al principio pero con dirección ascensorial. Estaba despegando verticalmente. Ganaba altura rápidamente. Dos Santos activó la ventana virtual, y un gran agujero pareció abrirse encima de los mandos. Era una enorme pantalla que mostraba lo que estaba afuera. Las instalaciones de la Agencia Espacial Occidental, los hangares y las torres, se hicieron cada vez más pequeñas, hasta ser sólo trazas sobre un fondo rojizo y pardo.
      Daan van Vliet soltó un suspiro y se relajó en su silla.

      El viaje duró tres años.

      La tripulación salió de su último tratamiento de rehabilitación física antes del descenso, y todos subieron al tercer nivel y se dirigieron hacia la sala de mandos. Ni parecía que hubiesen envejecido nada durante los tres años. Todos se veían renovados y con mayores fuerzas, aunque algunos habían tenido problemas durante el viaje, como uno de los dos ingenieros en robótica, que había tenido un ataque de pánico antes de que pasara el primer año. Le habían diagnosticado esquizofrenia pero estaba bajo medicación. Además de ese episodio no habían tenido mayores problemas. Todas las labores pertinentes a la alimentación y a la salud mental habían salido bien.
      Poterba activó todas las pantallas panorámicas de la nave. Las paredes metálicas se transparentaron y la tripulación admiró, maravillada, la estrella amarilla que resaltaba entre todas las demás estrellas. Abarcaba casi medio minuto de arco en el negro cielo estrellado. Las galaxias M31 y M33 estaban a la izquierda del disco brillante. Era una vista fabulosa.
      —A esta distancia no se nota que realmente son dos estrellas —dijo dos Santos.
      Jack Millensburg, oficial de la nave, se incorporó y se pegó a una de las pantallas.
      —¿Qué clase de vida puede desarrollarse en estas condiciones? —preguntó Millensburg— Las órbitas deben imponer condiciones realmente extremas. Dudo que un humano pueda adaptarse bien a esos cambios.
      El capitán Leon Toffler, hombre alto e imponente, se acomodó su gorro negro con la insignia de la Albatros: un albatros, precisamente, con el largo pico apuntando hacia arriba y las grandes alas extendidas. En su traje relucían sus insignias, que le hacían ver un hombre muy importante. Se acercó a Millensburg y le susurró algo al oído.
      —El planeta orbita una estrella doble —respondió Daan—, y uno esperaría que en el trayecto de la órbita el clima y otros factores variaran drásticamente, pero la sonda exoploradora no arrojó datos de condiciones extremas. Es un sistema bastante singular.
      La nave aún no había desacelerado y avanzaba a una velocidad cercana a la de la luz. Pasaron un par de días y el disco se hacía cada vez mayor. Ya se distinguían claramente los dos discos estelares, que ahora ocupaban medio grado de arco en el firmamento, como la Luna en el cielo terrestre, salvo que eran dos pequeños soles muy brillantes, uno más grande que el otro. La Albatros fue disminuyendo su velocidad. La nave se fue acercando a la más grande de las dos estrellas: Capella A. A una Unidad Astronómica de ella se desplazaba en una órbita poco común Capella c, un planeta de un diámetro como el de la Tierra, según los datos disponibles. Ahora era este planeta el que cada vez se hacía más grande a la vista de los observadores.
      —¡Qué azul! —exclamó un miembro de la tripulación.
      El capitán Toffler pareció inquietarse. En sus manos sostenía una computadora plegable y analizaba algunos datos de la sonda que hacía un siglo había descendido en el planeta.
      El disco planetario adquirió nitidez y dejó ver unos pocos detalles. Un escalofrío recorrió la espalda de todos los que observaban. Samuel Bergsen, el ingeniero en robótica que había tenido la crisis de pánico, hacía ya cerca de dos años, rompió en un llanto desesperado. Nadie habló en los siguientes minutos. Luego, el oficial Millensburg quebró el silencio:
      —Eeeese esss... Áfff...frica.
      El continente africano se destacaba claramente entre el oscuro océano. Arriba de él había una parte blanca, muy blanca, brillante ante los reflejos de sus dos estrellas: una cubierta de nieve que abarcaba gran parte de lo que debería ser Europa. Asia también se veía claramente.
      Pohl Oakman, desconcertado, volteó a ver a las dos estrellas, y allí seguían.
      —No puede ser la Tierra —dijo—. Nuestra Tierra, quiero decir.
      —Es exactamente igual —dijo dos Santos, que se había levantado de su silla dejando que Poterba se encargara de los controles de la nave—. ¿Cómo es posible que otra Tierra...? —se interrumpió, pues no podía articular más palabras. Sus labios temblaban.
      —Señor —dijo el oficial Millensburg al capitán—. ¿Qué procede ahora? No podemos descender.
      Leon Toffler no respondió, y permaneció mirando al planeta. El asombro y el terror parecía invadirlo, como a casi todo el resto de la tripulación.
      —¿Cuál es la probabilidad de encontrar un planeta idéntico a la Tierra? —preguntó Tada Wang, uno de los dos médicos.
      —Buena pregunta —respondió el capitán—. Y la respuesta es, en un universo infinito, de un 100%, pero me temo que el universo es finito, así que es virtualmente imposible.
      —¿Regresaremos entonces? —preguntó Millensburg, a quien le temblaban un poco las manos.
      —No —dijo el capitán—. El viaje ha llegado casi a su conclusión, y hemos estado viajando en el espacio por más de tres años. Las cosas improbables también son posibles. Este planeta no puede ser la Tierra, así que descenderemos en él. Queríamos un planeta con buenas condiciones para la vida humana y lo hemos encontrado.

      Los pilotos regresaron a sus asientos y ejecutaron la maniobra de aterrizaje. Entraron a la parte superior de la atmósfera y el casco de la nave golpeó el aire enrarecido, pero el metal no se calentó demasiado. La nave insecto fue bajando, acercándose cada vez más a la superficie del planeta, en la parte que debería ser el continente europeo.
      —Pohl —dijo Daan, que miraba cómo las nubes pasaban rozando la nave—, ¿qué piensas de la posibilidad de haber viajado en el tiempo? ¿Qué tal si esta es la Tierra de alguna otra época, pasada o futura?
      —No tiene sentido —respondió—, nuestro planeta nunca ha orbitado ni orbitará a dos estrellas.
      —¿Entonces qué crees que sea? ¿Por qué Capella c se parece tanto a la Tierra? La sonda no había mostrado eso.
      —La sonda dejó de transmitir y reanudó su transmisión una vez que llegó a la superficie. No sabemos si...
      Se escuchó un ruido fuerte y la nave vibró y resonó.
      —¿Qué fue eso? —preguntó Daan, mirando de un lugar a otro.
      Poterba y dos Santos vieron que aparecían luces rojas intermitentes en los paneles.
      —¡Un motor ha estallado! ¡Rayos! —respondió Poterba, haciendo algunos ajustes en los controles—. No es nada grave, por ahora ha sido compensado con los otros motores, pero tendremos que repararlo cuando estemos en tierra.
      Daan, que se había levantado de su asiento, volvió a él e intentó calmarse.
      La Albatros siguió su descenso. La capa de hielo que cubría Europa, pues eso es lo que era al menos en su equivalente terrestre, se fue haciendo cada vez más grande. Se dirigían a una zona que correspondería a Alemania, y en esa zona había menos hielo que en otras partes. Las islas británicas estaban todas cubiertas bajo la nieve y el hielo, y todo era hielo hasta más al norte, hasta Islandia y Escandinavia.
      La nave llegó casi a nivel del suelo, a unos cincuenta metros sobre la superficie y allí se detuvo. Daan le había sugerido al capitán Toffler la posibilidad de que hubiesen viajado al pasado. Aún contra toda posibilidad realista, el capitán consideró la sugerencia seriamente. Después de todo ese planeta era igual a la Tierra, así que cualquier cosa por más improbable que pareciera, era tomada en cuenta.
      —¿La nave no tocará tierra? —preguntó Oakman.
      —¿No escuchó a su colega? —respondió el capitán, refiriéndose al joven físico Daan van Vliet— No nos arriesgaremos a interactuar con este medio, tan sólo nos limitaremos a recoger datos y nadie saldrá de la nave. Pero no podemos mantener permanentemente la nave a flote, así que estamos forzados a aterrizar.
      De los costados de la nave salieron seis patas como las de un insecto; las patas eran increiblemente resistentes pues, a pesar de su pequeña sección transversal, soportaban el gigantesco peso de la nave. El insecto se posó en la superficie. Las patas se enterraron en la tierra, aplastando algunas hierbas.
      Daan contempló el descenso con horror, pues si estaban realmente en el pasado, esas hierbas muertas podrían dedencadenar grandes cambios en una época posterior. Recordó el cuento de Ray Bradbury, El ruido de un trueno, donde simplemente con matar a una mariposa de finales del jurásico se generaron enormes cambios. Intentó consolarse con la evidencia que tenían, que se trataba de un planeta que orbitaba a dos estrellas, y que no podía tratarse de la Tierra.
      De la parte superior de la nave salieron un gran número de detectores y medidores. Estaban registrando las concentraciones de gases, la temperatura, la humedad del aire...
      Tada Wang estaba comparando algunos datos registrados, en una computadora plegable. Las coincidencias lo horrorizaban. Las concentraciones de CO2 y metano daban datos sorprendentes. Wang las comparó con los datos prehistóricos y vio que coincidían con los del Würm II, en el Paleolítico Superior: unos 32 000 años antes de la Era Moderna.
      Otros dos científicos analizaron los demás datos, y todos señalaban lo mismo.

      Se convocó a una reunión en el teatro, en el segundo nivel de la nave. El capitán habló sobre la información que tenían disponible. Estaba en el estrado, y la tripulación escuchaba debajo.
      —¿De verdad es posible que estemos en el pasado de la Tierra? —preguntó el médico.
      —Los datos que arrojan esas evidencias, pero no necesariamente. Tan sólo significa que las condiciones climáticas de este lugar son como las de la Tierra del pasado. —respondió Toffler—. Ni siquiera el doctor Oakman, que es astrofísico, puede responderle esa pregunta —miró a Pohl e hizo una pausa—. No interactuaremos con este ambiente más de lo que ya hemos hecho, pues no podemos saber, si realmente estamos en el pasado, los cambios que esto podría ocasionar. Pero hay inconsistencias con la hipótesis del viaje al pasado, pues dentro de la misma no entra la presencia de dos estrellas en vez de nuestro Sol.
      Toffler contó a los tripulantes presentes, y sólo vio diecinueve. Le hizo una seña al oficia Millensburg, que se acercó al estrado. Toffler se inclinó.
      —¿Dónde está el doctor Bergsen?
      Samuel Bergsen corrió hacia la sala de controles. La cabeza le daba vueltas e intentó recordar cuál era el comando para abrir las puertas. ¡41P108311! Tecleó temblorosamente e introdujo la orden en la computadora central. Se escuchó un siseo de algo lejano. La puerta se había abierto. Una alarma sonó y Bergsen corrió hacia la puerta, corriendo por el pasillo. Jack Millensburg corrió hacia él pero fue recibido por un golpe en el rostro, que lo derribó. Bergsen se detuvo un segundo sobre la salida y luego escapó, corriendo. Millensburg se incorporó y llegó al borde de la puerta. Respiró el fresco aire, pero no era tiempo para ello. Vio que Bergsen se alejaba de la nave, y se dirigía hacia un lugar densamente poblado de árboles. Sacó su pistola y apuntó. Un haz salió del arma y derribó a Samuel. El resto de la tripulación llegó corriendo.
      —Hay que ir por él —dijo Millensburg, dando fuertes bocanadas mientras de su nariz brotaba sangre.
      —No podemos salir, así que manden un robot para que lo traiga de vuelta —ordenó el capitán Toffler—. ¿No lo has matado, verdad, Jack?
      —No, sólo lo he aturdido —Millensburg guardó la pistola en su cinturón.
      Daan, que era más bajo que el resto, se asomó con dificultad para ver lo que había pasado. Vio al hombre tendido a unos quince metros afuera de la nave.
      Takeshi Genda, segundo ingeniero en robótica, preparó el robot que iría al exterior y traería a Samuel Bergsen. El robot era de tipo flotante y de gran tamaño; tenía la capacidad para cargar hasta doscientos kilogramos. El aparato se elevó y voló hasta donde se encontraba Samuel, tendido. Se giró sobre su eje y desplegó unos largos y gruesos brazos, cinco en total. Tomó a Samuel por los costados, cuello y piernas con delicadeza y lo levantó del suelo. Fue avanzando lentamente hasta la nave. Pero algo golpeó al robot y sacó chispas. El artefacto siguió avanzando sin interrupción, con la parsimonía del principio.
      —¡Una flecha! —dijo alguien, aunque lo que había visto no era precisamente una flecha.
      Una lanza rebotó contra el metal del robot, sin causarle daño alguno.
      De entre los árboles apareció una figura algo baja pero ancha. Parecía una persona deforme e iba vestido con pieles de animales. El extraño hombre se acercó corriendo al robot y lo golpeó repetidamente, intentando quitarle a quien llevaba cargando, jaloneando las ropas de Bergsen e inspeccionándolo. Parecía moverle más su curiosidad que una posible furia.
      Los que estaban dentro de la nave se alarmaron. Era una escena extraña. El hombre vestido de pieles se percató de la presencia de los tripulantes y abandonó su intento de quitarle al hombre de los cinco brazos del robot. Los miró con interés y se detuvo, plantado firmemente en el suelo. El robot llegó hasta la nave y dejó a Samuel en el piso. Tardaron en reaccionar sobre lo que estaba pasando.
      —¡Pero si es un hombre de Neandertal! —dijo Tada Wang, emocionado pero conmocionado al mismo tiempo.
      —Eso significa que realmente estamos en la Tierra —dijo alguien.
      —No sólo eso —respondió Daan van Vliet, con voz lenta ahogada—. Estamos en el pasado, y lo hemos alterado con nuestra presencia.
      Dos Santos tecleó algo en una pantalla a un lado de la puerta y esta se cerró, siseando.

      Bergsen había sido trasladado a la sala de rehabilitación mental, donde estaba recibiendo unas fuertes dosis de medicamentos.
      —¿Aún sigue allí? —preguntó Tada Wang, que buscaba hacia afuera viendo desde las pantallas panorámicas de la sala de mandos.
      —Está justo detrás de la nave —respondió Poterba, piloto, que miraba el radar biológico.
      —¡Esto es una pesadilla! —dijo Genda, que estaba detrás de Wang, llevándose las manos al rostro—. Es decir, siempre quise ver a un hombre de hace treinta milenios, pero no de esta forma.

      Se tomaron decisiones: se pondría una burbuja de camuflaje alrededor de la nave, mientras reparaban el motor dañado. Se enviaron robots al exterior para que instalaran la burbuja. Los robots propulsados la desplegaron y extendieron y la nave quedó oculta e invisible. Se temía que pudiese haber sido vista por las posibles poblaciones humanas cercanas, además del ya conocido visitante inesperado.
      En el transcurso de algunas horas llegaron más neandertales, que revisaban la zona y palpaban la burbuja de camuflaje. Los tripulantes los veían con gran curiosodad. Luego llegaron más y trataron de romper la burbuja con sus armas rudimentarias pero no lo lograron. Un par de horas más tarde todos se habían marchado.
      —No hay dudas —dijo el capitán Toffler—, estamos en la Tierra, en una época pasada.
      —¡Pero no puede ser así! —dijo Oakman— ¿Cómo explicarían los dos soles? ¡No es la Tierra, es Capella c, y orbita un sistema doble!
      Dos Santos miró por las pantallas panorámicas al exterior.
      —¿Dónde está la otra estrella? —preguntó.
      —¿Qué? —dijo Oakman.
      —Capella B —balbució dos Santos, y corrió hacia los controles. Leyó algunas cifras y se quedó con la mirada fija hacia abajo.
      —¿Qué estás buscando? —preguntó el capitán Toffler.
      —¡Capella B! —dijo de nuevo, con los ojos muy abiertos— Eso explica la extraña forma del campo gravitacional. Tan uniforme. ¡Lo consulté con Carlson pero supusimos que era una falla del sistema!
      —¿Qué estás diciendo? —preguntó el capitán.
      —¡Que la maldita estrella no está! —corrió a una de las pantallas y miró al cielo. En él brillaba un único sol y no se advertía la presencia del otro, que según los cálculos debería de estar a treinta grados a la derecha de él.
      La ilusión se había desvanecido y el cielo había adoptado un tono ligeramente diferente.
      Larissa García, doctora, también se acercó a una pantalla y miró al cielo.
      —Se parece tanto a nuestro Sol —dijo.
      —Esto debe ser una alucinación colectiva —dijo Takeshi Genda.
      Se reparó el motor, mandando al exterior a un grupo de robots flotantes que se encargaron de la tarea. La salud mental de la tripulación había decaído bastante desde ese momento. El capitán Leon Toffler había sugerido que abandonaran la misión y volvieran, pues corrían un grave riesgo quedándose allí. La doctora García enloqueció y terminó suicidándose.
      La nave partió a la semana de que hubiesen llegado. Esperaban que cuando regresaran las cosas fueran como las habían dejado, tan sólo ochenta y dos años más envejecidas. Lamentaron perder tantas cosas por haber partido de su planeta. Su familia, sus amigos, todos estarían muertos, y una nueva generación de científicos esperarían su regreso, si aún no se había abandonado la misión por diversas causas. ¿Y si en la Tierra había estallado una guerra que hubiese acabado con todo? De la emoción del principio no quedaba nada, tan sólo estaba el terror y la pérdida con la que se habían encontrado en ese extraño planeta que sin embargo era el suyo.
      El viaje de regreso también duró tres años. No volvieron los veintiuno que habían partido, pues además de la doctora, otro hombre y otra mujer se habían suicidado; el hombre era Samuel Bergsen. Todo esto ocurrió durante el viaje de regreso.
      Para evitar que siguieran ocurriendo desgracias, la tripulación decidió hibernar, y prepararon el equipo necesario para el proceso. Uno por uno se metieron en las cápsulas de sueño. La nave se colocó en conducción automática, pues estaba preparada para ser pilotada por la computadora, y no se esperaba que hubiera problemas en el proceso de reingreso a la atmósfera. Todos, incluido el capitán, que aún no había perdido las fuerzas por lo ocurrido, durmieron. Durmieron por más de dos años.

      —¿Qué es lo que ocurre? —preguntó el ingeniero con bata blanca, que miraba ansiosamente su reloj una y otra vez— La cuenta ha terminado y la nave ni se ha movido.
      Los científicos se amontonaron junto a la nave, en la que ya no se escuchaban las vibraciones de los motores. Había un silencio sólo roto por los murmullos de los hombres allí presentes.
      Ante el asombro de todos, la puerta se comenzó a abrir y la rampa tocó suelo. Del interior salió primero el capitán Leon Toffler y detrás de él Jack Millensburg y el resto de la tripulación. Caminaban lentamente. Eran dieciocho en total. La tripulación advirtió la presencia de los hombres. Oakman vio entre ellos a Linus Larsson, el jefe de la misión Albatros. ¿Qué ocurría? No podían haber permanecido allí ochenta y dos años, el tiempo que había tanscurrido en la Tierra desde que habían partido. ¡No podía ser posible!
      Larsson se separó del resto y se acercó a los que habían bajado de la nave. Los miró con gravedad. Su expresión pronto se convirtió en colérica.
      —¿Alguien podría decirme qué demonios ha pasado? —gritó Larsson, alzando los brazos y cerrando los puños— ¿Por qué han abortado la misión?
      Nadie de los que habían estado en la nave dijo nada, sólo observaban, trastornados. Dos de los tripulantes salieron corriendo pero fueron detenidos por el grupo de hombres con bata. Al fin, el capitán fue el primero en hablar.
      —¿Nunca partimos? —preguntó Leon Toffler.
      Los científicos e ingenieros de la misión se miraron entre sí. Larsson arrugó la frente.
      —¿Qué intenta hacer, señor Toffler?
      —Han pasado seis años desde que partimos —dijo el capitán—. Y más de ochenta años pasaron aquí en la Tierra. ¿Por qué siguen ustedes aquí?
      —Han pasado —Larsson miró su reloj— cuatro minutos desde que la nave debió de haber despegado. Hemos perdido un tiempo muy valioso y ahora seremos la gran noticia de todos los encabezados de los diarios del mundo. No han pasado ochenta años porque nosotros aquí seguimos —Larsson vio la expresión ausente del capitán. Los demás hombres se veían igual de sombríos y otros estaban ansiosos—. No han ido a ninguna parte, ese es el problema.
      —Llegamos a ese planeta —dijo Pohl Oakman, recobrándose ligeramente—, y era exactamente como la Tierra. Claro que hemos estado allí. ¡Tres de nuestros miembros han muerto!
      Larsson sonrió.
      —¿Te refieres a los que van bajando de la nave?
      Samuel Bergsen, la doctora Larissa García y la otra tripulante que se había suicidado, estaban bajando por la rampa. Parecían menos afectados que el resto, y se movían rápidamente. Llegaron al suelo. Tada Wang se acercó a los tres y los examinó.
      —No es posible —susurró—. Ustedes están muertos.
      El oficial Millensburg desenfundó su arma y apuntó a los tres que se habían incorporado. Las dos mujeres y el hombre le miraron sorprendidos.
      —Por Dios, Jack —dijo Samuel Bergsen, en voz baja—, ya me disparaste una vez, no lo hagas de nuevo.
      Los ojos de Jack buscaron en el aire. Su mirada parecía la de un loco.
      —¿Escucharon? —dijo, y luego gritó—: ¿Han escuchado eso? Bergsen ha dicho que le he disparado. Y eso pasó porque luego que aterrizamos en ese maldito planeta, él se escapó de la nave. Y luego... luego... ¡el muy imbécil terminó suicidándose! Este no es Bergsen. Parece Bergsen pero no es él. Hay cambios. Sutiles cambios pero perceptibles. ¡Han alterado todo!
      Varios de los científicos que estaban con Larsson, allí presentes, sacaron sus armas y las apuntaron contra Jack.
      —Baje su arma, porfavor, señor Millensburg —dijo Larsson—. Esto no tiene por qué terminar mal.
      —¿Terminar mal? —balanceó el arma, sin dejar de apuntar— ¡Algo nos ha hecho usted, algo muy malo! ¡Y no sé qué es pero lo averiguaré!
      Los mismos miembros de la tripulación se habían puesto nerviosos por la reacción de Jack. Pero estaban casi tan confundidos como él.
      Luego, Millensburg apuntó a Larsson.
      Un disparo salió de un arma cercana e impactó a Millensburg, que cayó fulminado al suelo. Varios hombres se les echaron encima para intentar contener cualquier otra reacción.
      
     —Locos —dijo Samuel Bergsen, mostrando el encabezado de un diario, que daba la noticia—. Clínicamente locos. ¡Te ha quedado magnífico! Y la alucinación colectiva, ¡fenomenal!
      Larissa García y Carmen Reeves, aunque no eran las mismas que se habían suicidado dentro de la nave, también estaban allí presentes.
      Larsson se levantó de la silla giratoria y apoyó sus palmas en el escritorio de madera dentro de la amplia oficina. Ya no tenía los lentes que siempre solía usar, y su cabello ya no mostraba las canas de antes. Esbozó una sonrisa que no parecía natural.
      —Y no tuvimos que hacer nada más que estrellar esa máquina del tiempo en el desierto de Libia, luego recogerla y arreglar algunas cosas para hacerla utilizable por inteligencias humanas y disponer de un grupo adecuado para hacer la tarea, engañándolos con la idea de extender la especie por el cosmos. El viejo sueño humano. Y no hemos tenido qué hacer más que eso. Ellos han hecho nuestro trabajo.
      —Lo mejor es que si alguno de ellos dice algo, nadie les creerá. Nadie le cree a los locos —dijo Larissa.
      Bergsen asintió. Larsson emitió una macabra risa. Parecía la risa de algún animal no clasificado resonando en el interior de una profunda cueva. Los demás también se rieron de la misma forma. Cuando dejaron de resonar esas terribles risas en el interior de la oficina, Larsson siguió sonriendo.
      —Como dijo el hombre que permitió que mataran a Jesús: “me lavo las manos”.

      El hombre de Neandertal regresó con su grupo. Traía noticias de su nuevo e interesante descubrimiento. Atravesó el oscuro bosque y llegó al espacio abierto donde su mujer y sus dos hijos, una pequeña niña y un fuerte y musculoso joven, estaban cocinando un oso cavernario, que su orgulloso hijo mayor había cazado esa mañana, y éste ahora estaba limpiando las pieles para volverlas sus nuevos abrigos, y que los demás supieran de su gran victoria.
      El hombre les llamó con palabras articuladas y su familia se acercó a él. Él se sentó en un tronco, a un lado del fuego que cocinaba al enorme oso, y les contó lo que había visto del otro lado del bosque: la enorme bestia reluciente de seis patas. Su hijo mayor dijo que él sería lo suficiente fuerte para matarlo, que ninguna presa era tan grande ni fuerte para él, y que utilizaría sus pieles y con las pieles sobrantes tendrían beneficios por muchos ciclos, pues las cambiarían por toda clase de cosas necesarias. Pero su padre le contó que contra una criatura así nadie podría. Les dijo sobre el hombre extraño y el animal brillante que lo cargaba, y sobre los hombres blancos que estaban en la boca de la gran bestia. La mujer Neandertal y la pequeña se impresionaron; el joven sugirió que volvieran, para ver la enorme presa, y también dijo que podrían reunir a todo el clan y a los clanes cercanos para organizar la cacería.
      Se juntaron a unos treinta hombres y fueron al sitio donde el primero había visto a la bestia, pero ya no estaba. Aunque se encontraron con una pared, que nadie podía ver pero sí sentir, y de la que nadie supo dar explicación. Luego comenzaron a llegar más y más, tocando la superficie invisible, lisa y cálida al tacto. Intentaron romperla con cuchillos y con lanzas, pero todos los esfuerzos fueron en vano. Los hombres terminaron por disiparse y regresaron a sus hogares.
      Lo que no sabían era que pronto enfermarían y morirían un gran número de ellos, y los que habían ido más lejos estaban disipando entre las poblaciones una extraña enfermedad, una enfermedad que nunca había atacado a los de su especie, y que era a causa del contacto del primer Neandertal con el hombre que era cargado por la bestia. Y tampoco sabían que su población estaría demasiado debilitada y no sería lo suficientemente fuerte como para competir contra los nuevos hombres que venían del sur, más fuertes, altos, y más inteligentes, y que tenían mejores armas. Sería un proceso lento pero que actuaría con gran efectividad, y al no poder siquiera rebasar en número a los hombres que venían del sur, e incapaces de suplir sus deficiencias en capacidad, serían desplazados y exterminados, y el mundo tendría a un nuevo rey, que sometería a todas las demás especies: el Homo Sapiens. 

marzo 15, 2011

Mark Twain Twin


Entrevistado por un periodista acerca de su infancia, Mark Twain le había hablado al entrevistador sobre Bill, su hermano mellizo. De niños, Bill y Mark se parecían tanto que para distinguirlos les ataban en las muñecas unas cintas de diferentes colores. Un día, los dejaron solos en la bañera y uno de ellos se ahogó. Las cintas se habían desatado. «De modo que —concluyó Mark Twain— nunca se supo quién de los dos había muerto, si Bill o yo.»

marzo 14, 2011

Haπ π day 2011!

¡Otro día π para celebrar! Pues que hoy es 14 de marzo, es decir, 3/14. Se celebra este bonito número irracional. Para celebrarlo, esta vez tenemos dos piezas del músico Clint Mansell, que ha hecho los soundtracks de las películas Requiem for a Dream, Doom, Pi, entre otras. Esta vez son de la película Pi, de Darren Aronofsky.



Y terminando con una composición de Danny Perich, de Chile, con los primeros 150 decimales, en español.


Que pasen un bonito día π.

marzo 12, 2011

La otra vida de PKD

Estoy seguro de que no me creen, y de que tampoco creen que creo en lo que afirmo. Son libres de creerme o no, pero al menos crean esto: no estoy bromeando. Se trata de algo muy serio, algo muy importante. Tienen que pensar que, para mí también, el hecho de declarar algo así es una cosa terrible. Muchas personas aseguran recordar sus vidas anteriores. Yo, por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta. No conozco a nadie que haya hecho declaraciones como ésta, pero sospecho que mi experiencia no es única. Quizá lo sea el deseo de hablar de ella.
(Discurso en Metz, el 24 de septiembre de 1977)

marzo 09, 2011

Primer aniversario de Sonata Cuadrática

¿Por qué y para qué escribir en un blog?

Hoy se cumple un año mas dos días exactamente desde que comencé con éste blog.

Si se dan cuenta, en ningún lugar de este blog hay una entrada de presentación, formalmente hablando. Así que nunca he explicado el por qué abrí un blog y escribo en él.

Inicialmente buscaba poner aquí los relatos que había escrito y eso hice, puse aquí los que había escrito hasta el mes de abril del año pasado, que no eran muchos.

Había estado previamente en una página en la que subía mis relatos y luego los demás escritores, tanto novatos como veteranos, con cuenta en esa página, leían lo que escribía; yo también leía sus historias y nos hacíamos comentarios, muchas veces críticos, como debe ser un comentario que sirva de verdad. Pero me cansó. Tuve la sensación de que hacía eso sólo por sentir que alguien apreciaba lo que hacía, mis historias. Y los comentarios no me agradaban, muchas veces usaban el término “dotado” para referirse a mí por mi forma de escribir, y eso me molestaba. También comencé a tener muy pocas ideas y más presión por parte de la universidad. Entonces cerré mi cuenta en esa página. La página en cuestión es Escribe Ya y me hacía llamar Napelmanak (el nombre de un planeta inventado, que forma parte de un sistema planetario doble (como Plutón y Caronte, aunque Plutón ya no sea planeta), y orbita la estrella Capella, de la constelación de Auriga), un seudónimo que aún mantengo para ciertas cosas.

Luego de eso, como era nuevo en cuanto al Internet, comencé a visitar otros blogs y otras páginas, para darme ideas, y observé que las personas escribían sobre experiencias personales, sobre cosas que les interesaban o solamente se limitaban a copiar y pegar información de otros sitios y nunca hacían un comentario que fuera verdaderamente suyo. Y entonces fui formando un propósito para el blog. Sonata Cuadrática había nacido como el vehículo de mi necesidad de expresión, creo que como casi cualquier sitio personal en Internet.

En él podría escribir sobre cosas que me gustan y que habría personas que se podrían interesar por las cosas que escriba, y eso me llevaría a encontrar personas que compartieran mis gustos. Sobre todo eso último. La Internet y los blogs nos dan esa enorme herramienta que es la expresión, compartir nuestros pensamientos y lo que hacemos.

En los últimos dos años me han pasado las cosas que considero de las más importantes en mi vida y eso es, precisamente, porque me he abierto a la gente. Este blog, en ese aspecto, me ha servido para seguir con el proceso de compartir las cosas que hago, que aunque no sea en un contexto físico, también funciona. Este es mi espacio de expresión para los que me quieran escuchar... es decir... leer.

Y acepto que una u otra publicación aquí ha sido una simple traducción de alguna página en inglés (como ésta o ésta), sólo con ligeros aportes, pero aveces considero necesario que esa información se encuentre en idioma español (para aquellos que no leen en inglés) y me doy a la tarea de hacer la traducción.


Haré un pequeño recuento de lo que ha sido este año.

  • La primera entrada que publiqué fue un video llamado I Will Derive, el 7 de marzo del 2010. En ese momento no tenía mucha idea de a dónde iba a parar este blog.
  • Hasta ahora he escrito 37 (¡un número primo, vaya sorpresa!) relatos, entre muy cortitos, de un tercio de página, hasta algunos de 9 o 10 páginas. No me habría esperado esa cifra cuando comencé a escribir. El primero que escribí (Diciembre 2009) fue Un regalo para Sebastián, con temática navideña, aunque refleja muy poco del espíritu de la Navidad. Uno de esos 37 cuentos es realmente un sueño y otro es un episodio de mi infancia temprana. La temática es bastante variable.
  • Ésta es la entrada número 144 (¡12 al cuadrado!) que escribo.
  • Han habido un total de 293 comentarios hasta ahora (otro número primo).
Lo que yo quiero y que aún no he logrado completamente es que este blog sea original, que lo publicado aquí, venga de donde venga inicialmente la información, sea representante de lo que me interesa, de lo que soy.

Agradezco a los que han estado más tiempo aquí, casi desde el principio, que no los mencionaré pero que ellos ya saben ellos quienes son. Gracias por leer, aunque nunca los haya obligado, ¡eh!

marzo 06, 2011

El hombre fue libre

Después de lo que sentí como una pequeña sequía de inspiración finalmente esta tarde he terminado un relato que me había dado vueltas en la mente por días. El hombre fue libre.



La puerta se cerró detrás de él. Retiró la llave de la cerradura. Miró a un lado y a otro, a las casas bajas que constituían el viejo vecindario. Ya nadie vivía allí, al menos nadie permanecía en esos lugares, fijos en el espacio. Las personas iban y venían pero era completamente diferente que hacía apenas una década.
Vio una forma borrosa que se detenía frente a una casa y luego desaparecía.
Suspiró. Le esperaba otro día de trabajo. Le gustaba la reparación y fabricación de material electrónico, era un trabajo necesario, y lo disfrutaría más si tan sólo no lo trataran como a un miembro inferior de la sociedad.
Eran las seis en punto de la mañana. El autobús no tardaría en llegar. Escuchó el ruido del motor a lo lejos. El extremo silencio del lugar le había agudizado el oído. Aún se escuchaba algo de ruido: algunas risas por allí, un golpeteo por allá, pero por lo general había un gran silencio. El autobús se detuvo enfrente de él y el conductor le saludó con alegría. Era bueno ver a alguien normal. Las puertas hidráulicas se abrieron con un siseo.
—Buenos días, Abraham —saludó el conductor.
—Hola Erick —Abraham depositó una moneda de dos créditos. Miró los asientos y sólo uno de ellos estaba ocupado: una joven sentada leía un libro. La joven alzó la vista y vio a Abraham, ella esbozó una sonrisa y volvió la mirada hacia las páginas.
Abraham se sentó en el asiento detrás del conductor.
—¿Cómo estás hoy, algún materializador descompuesto que haya que arreglar? —preguntó el conductor.
—Hay un cliente en los barrios altos que tuvo que usar la frecuencia de materialización del aparato de su vecino —respondió Abraham—. Dice que se vio obligado a hacerlo ante una emergencia porque el suyo había dejado de funcionar.
—¿Y qué pasó entonces, los va a demandar? Sé que cuando aparecen con distinta frecuencia la persona se... —hizo un sonido silbante.
—No sufrió daños, afortunadamente —contestó Abraham.
—¿Sabes? —dijo Erick—, he estado pensando en que sería mejor ser como ellos.
Hubo un momento de incómodo silencio.
—No digas tonterías, Erick —el rostro de Abraham se transformó, llenándose de una gran tristeza—, a ti te gusta ser así —dijo—. De otra forma no podrías manejar este camión.
—No haría falta. No hay necesidad de transporte, sólo tienes que saber a dónde quieres ir, y ya has llegado allí. Además, mira —señaló las filas de asientos con su única ocupante—, ya nadie se transporta de esta forma, ya no hay muchos maters por aquí. Las personas quieren libertad.
—No creo que esta sea una forma de obtener libertad —dijo Abraham—. Me parece una atrocidad. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
Eso ofendió a Erick. El conductor no respondió y no hablaron el resto del trayecto.
El autobús se detuvo y las puertas se abrieron. Abraham bajó el primer escalón.
—Hasta mañana, Erick —se despidió Abraham, y miró de reojo a la joven, que ya había dejado su libro y miraba absorta por la ventanilla.
—Hasta mañana —respondió el conductor, secamente.
Abraham bajó del autobús.
¿Qué había pasado con Erick?, ¿ahora él también sería como ellos?, pensó Abraham. Era su única conexión con el mundo material, y se entristecería mucho si se convirtiera en un energ. Pero ahora no quería pensar en ello.
Entró en el edificio y subió las escaleras. Había mucha actividad en el lugar. Las personas se materializaban y se desmaterializaban, dando saltos de un lugar a otro del espacio. Enfrente de él se materializó uno de los supervisores de la empresa. Miró a Abraham, lo saludó con la mano y desapareció. Abraham subió a su oficina y vio que habían dejado un materializador sobre su escritorio, que seguramente tenía que ser reparado. Era una caja como del tamaño de un libro muy pesado, con un solo botón. Se sentó y la analizó. Desprendió la tapa, y tomó sus lentes y su equipo de observación. Había un par de cables quemados. Notó que los nanoventiladores también estaban chamuscados, había que cambiarlos. Nada serio.
De pronto algo apareció en una esquina de la oficina, como un destello azulado.
—Abra la ventana, señor Murillo —se escuchó una voz que venía desde algún lugar en el interior de la oficina.
Abraham hizo caso y subió la ventana, dejando que entrara el aire de afuera.
El materializador, que estaba en una esquina de la oficina, había comenzado a funcionar y una figura humana se estaba formando junto a él. Abraham sintió que la habitación se vaciaba de aire. Se acercó a la ventana para poder respirar mejor. La figura que se materializaba sonrió y terminó de tomar forma. Luego el hombre recién materializado apagó el aparato.
—Veo que ya lo viste —dijo el hombre recién formado. Se alisó la camisa con las manos—. ¿Crees que podrás repararlo en menos de dos horas?
—Hay que cambiar la ventilación —respondió Abraham—. Yo diría que en diez minutos estará listo.
—Bien, no hay problema. Obsérvalo con detenimiento y disfruta del trabajo, pues será el último que repares.
Abraham levantó la vista.
—¿Va a despedirme?
El hombre se rió.
—No, no, nada de eso. Quiero recontratarte para un trabajo mejor.
—¿Qué clase de trabajo?
—Serás el jefe de mantenimiento de las instalaciones del Observatorio en Fobos. Es un puesto importante.
—No creo que esté listo para eso, señor Guzmán —respondió Abraham. Tomó un pequeño destornillador para quitar el panel de nanoventiladores del aparato—. ¿Quién seguirá haciendo mi trabajo?
Elías Guzmán tomó una silla y la colocó frente al escritorio, de cara a Abraham. Se sentó. El asiento tan sólo se hundió ligeramente; el hombre pesaba apenas diez kilogramos.
—¿No escuchó lo que le acabo de decir? —dijo Guzmán—. Será el último que tendrá que reparar.
—Pero lo dice por la nueva oferta de trabajo.
—Lo digo porque el aparato que está entre sus manos pronto será obsoleto.
Abraham levantó la vista.
—Pero si es necesario para que la gente se materialice —dijo—. De otra forma serían simples fantasmas.
Guzmán de acomodó en la silla, inquieto.
—No use ese término, señor Murillo. ¡Es insultante! Preferimos decir energs en vez de fantasmas. Fantasmas: ¡Menuda palabreja!
Abraham apretó los labios y siguió desatornillando el panel. Elías Guzmán apoyó los codos sobre la mesa. Su cuerpo era completamente sólido ahora, pero en unos cuantos minutos tan sólo sería un... fantasma.
—Nuestros científicos, escuche con atención —Elías se inclinó hacia delante—, nuestros científicos han hallado un método para materializar a una persona sin la necesidad de uno de estos —señaló el aparato en el que trabajaba Abraham.
—¿Cómo?
—Materialización a voluntad. La persona puede llegar a controlar las partículas del aire y juntarlas para formarse un cuerpo. ¿No es eso fascinante? ¡Claro que lo es! Y algunos han llegado a controlar las moléculas de una pila de arena.
—En tal caso tendrían cuerpos de arena —dijo Abraham, sin mucha emoción.
Elías frunció su frente hecha de aire comprimido y polvo.
—¿No se da cuenta del alcance de todo esto? —Elías se notaba algo enfadado—. ¡Es un nuevo grado de libertad! Cuando las naciones se unieron bajo un mismo gobierno, el mundo fue libre; ¡cuando los hombres dejaron de depender de sus cuerpos físicos, el hombre fue libre! Ahora también hemos dejado de depender de estos aparatos para materializarnos. ¡Es la búsqueda de la libertad, y ahora la hemos conseguido!
—¡Es antinatural! —gritó Abraham.
Elías fingió que no había escuchado eso. Se levantó del asiento y se volteó, dándole la espalda a Abraham.
—¿Tomas entonces la oferta en Fobos?
—No podría —respondió Abraham—, ¿cómo viajaría hasta allá? No hay transporte que me lleve.
Elías se volteó y lo miró fijamente.
—Usted sabe lo que significa viajar a otro lugar fuera de la Tierra. Y puede hacerlo fácilmente.
—Si no tuviera cuerpo.
Elías se acercó al escritorio y apoyó sus manos sobre la madera. Analizó la expresión de su empleado.
—¿Por qué no quiere suicidarse, señor Murillo? —preguntó Elías—. Oh, suicidarse es una palabra fuerte. Pero puedo decírselo de otro modo: ¿por qué no dejar su cuerpo?
Hubo un prolongado silencio. Al final, Abraham respondió:
—He trabajado aquí por diez años, desde que se inventó el materializador, y desde entonces le he expresado las razones por las cuales he conservado mi cuerpo.
—¡Por favor! —Elías se cruzó de brazos—. ¡El mundo ahora es otro! El noventa por ciento de toda la población está compuesta por energs, y el diez por ciento restante son gente indecisa que sigue viviendo en el pasado, que no aprecia la libertad. Porque eso es lo que ahora tenemos, entiéndalo bien, que entre en su cabeza. ¡Libertad! ¿No quiere ser libre?
Abraham tomó un nuevo panel de ventilación de una caja llena de piezas de repuesto y lo atornilló al aparato. Con suma tranquilidad volvió a colocar la cubierta.
—Ya está reparado —dijo, mostrando el materializador a Elías—. Creo que mi trabajo aquí ha concluido.

Era temprano, y el autobús que manejaba Erick pasaría hasta dentro de dos horas. Decidió sentarse en una de las bancas que aún quedaban en un parque cercano, de vista a la avenida por donde pasaría el autobús. Recordó que hace apenas una década había tenido automóvil, pero el Gobierno Mundial se lo había decomisado porque violaba una ley que nunca le habían dado a conocer. No se tragaba nada de eso, lo habían hecho con él y con todos, quitarle su auto, para que la gente se convenciera de que convertirse en un energ era la mejor opción. Podrían viajar a cualquier parte, y sin necesidad de auto. Los tiempos habían cambiado, sí que habían cambiado.
Miró el paisaje. La universidad estaba del otro lado de la avenida, y lo que más resaltaba era el grande y viejo edificio de la biblioteca, que aún conservaba cientos de miles de ejemplares que de vez en cuando las personas leían. La humanidad había perdido la costumbre de la lectura. No la necesitaba, simplemente saciaba sus demás deseos.
El resto del panorama era desolador. Ahora que las personas podían desplazarse, saltando de sitio en sitio, con tan sólo pensarlo, habían personas que iban a la Luna o al resto de los planetas colonizados. Un destino apreciado era un nuevo exoplaneta, orbitando a dos estrellas tipo G, similares al Sol.
Abraham vio aparecer a un grupo de figuras humanas frente al edificio de la biblioteca, y éstas hablaban cosas que no alcanzaba a distinguir. Parecieron percatarse de su presencia y lo miraron. Luego desaparecieron.
Vio su reloj. Aún faltaba una hora y cincuenta para que pasara el autobús. Entró en la biblioteca.

El autobús se detuvo enfrente de una casa derruida; la pintura café se desprendía de las paredes de ladrillo rojo. De adentro de la casa salió un hombre de avanzada edad que cargaba consigo un par de libros en las manos y una mochila en la encorvada espalda. Avanzó pesadamente y se subió al autobús. El autobús arrancó y el anciano se dejó caer de golpe en un asiento. Suspiró.
—Cuando uno es viejo parece que las cosas te atraen con una mayor gravedad —dijo el anciano.
Erick, que conducía, se sorprendió porque el hombre normalmente no solía hablar, aunque todos los días se subía al autobús y hacía el mismo recorrido.
—Yo tengo cincuenta y ya comienzo a resentir esa pesadez —respondió Erick.
El anciano pareció sonreír.
—Ha vivido tan sólo un poco más de la mitad que yo.
—¿Ha llegado a considerar ser un energ? —preguntó Erick, algo dudoso de su pregunta.
—No, señor —el anciano se puso sobre las piernas los libros que llevaba—. Tendré el cuerpo decrépito pero esto es lo que soy.
El autobús avanzó hasta estacionarse frente a la biblioteca de la universidad. Abraham se levantó de la banca de metal y subió. No era el horario en el que acostumbraba a viajar, y por eso se sorprendió de ver a un nuevo pasajero, el anciano. La joven de nuevo estaba allí, con un libro en sus manos. Abraham saludó a Erick y al anciano, que alzó una mano arrugada.
—Has salido temprano, Abraham —dijo Erick—, eso me sorprende.
Abraham se sentó.
—Renuncié —dijo.
—¡Renunciaste! ¿Por qué has hecho eso?
—Tengo mis razones.
—Mmm... Está bien si no me las quieres decir, pero me hago una idea.
—Oye —Abraham se acercó al conductor—, ¿sabes cómo se llama ella? —susurró, señalando a la joven con la mirada—. Sube todos los días y nunca la he oído hablar.
—¿Qué? —Erick pareció confundido. Miró hacia atrás y sólo vio al anciano sentado en su autobús—. ¿Estás hablando del hombre?
—¡No! —Abraham se dio cuenta de que había alzado la voz y ahora la joven lo miraba—. La chica, la que está leyendo.
—Sólo somos tres personas en este autobús —dijo Erick.
Abraham miró de nuevo hacia el asiento donde estaba sentada la joven pero ésta había desaparecido. Abraham guardó silencio.
—Parece que has visto un fantasma —dijo Erick.
—Creo que así fue —respondió Abraham.
—No digas tonterías, lo decía en broma. En todo caso era una energ, y la has asustado, como haces con todas las mujeres. Siempre las acosas con tu mirada.
—No era una energ —dijo Abraham—, no se puede mantener la materialización por tanto tiempo, y no podía estar en un estado de baja materialización ya que pudo sostener ese...
—¿Qué? —preguntó Erick.
—El libro... —Abraham se levantó y fue hacia el asiento de la chica—. No está el libro —dijo.
—Oye, creo que no has visto bien —dijo Erick, mientras doblaba en una curva—. Tal vez no llevaba ningún libro.
—Sé lo que vi y sé que un libro no puede teleportarse junto con la persona.
—Entonces tal vez sí has visto un verdadero fantasma, leyendo un libro fantasma.
Pasaron junto a una de las cosechadoras del gobierno. El Gobierno Mundial las había instalado por centenares en todas partes. Dentro de ellas se desarrollaban humanos que después eran asesinados para ofrecerles una vida de libertad. La primera generación de hombres totalmente libres había nacido hacía apenas tres años.
Algunas personas iban y venían en las cercanías de la cosechadora. Abraham sintió repugnancia.
—¡Abraham! —gritó alguien. Parecía la voz de Elías, su ex-jefe.
Elías apareció repentinamente dentro del autobús y cayó al suelo. Había sido un salto muy arriesgado, ya que se había teletransportado a un objeto en movimiento.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Abraham, con los ojos muy abiertos.
El hombre recién materializado estaba desesperado. Se paró como pudo. Su cuerpo parecía más translúcido que antes. Erick frenó bruscamente y detuvo el autobús.
—¡Los astrónomos de Fobos! —gritó Elías Guzmán—. ¡Han desaparecido!
—¿Hablas de los que operan el telescopio? —Abraham se le acercó.
—¡Ellos eran el telescopio! Sus cuerpos conformaban el telescopio humano. ¡Y han desaparecido!
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Abraham— Ya no trabajo para ti.
—Sí, lo sé. Y no sé qué se puede hacer. Mira...
Elías Guzmán levantó su mano, que parecía desintegrarse. Las compactas moléculas de aire se estaban dispersando de nuevo. Intentó sujetarse de un asiento, pero su mano lo atravesó, incorpórea. Cayó de rodillas.
—Lo siento, siento haber venido —gimió Elías—, tengo que regresar.
Su expresión de angustia iba en aumento y parecía a punto de llorar, pero eso era imposible, ya que toda el agua en su cuerpo era la escasa que contenía la humedad condensada del aire del que estaba hecho.
—¿Qué pasa? —preguntó Abraham.
—¡No puedo saltar! —gritó Elías.
—¿Tienes un materializador aquí? —dijo Abraham, volteándose hacia el conductor.
—No, no —respondió Erick—, ¿de dónde puedo sacar uno?
—En mi casa tengo uno —dijo Abraham.
—¡Estamos a dos kilómetros de tu casa! —respondió Erick.
—¡Entonces date prisa, maldita sea!
—No entiendo lo que pasa —dijo Elías, de rodillas en el suelo. El hombre parecía cada vez más traslúcido—. ¡Ah! —gritó—. ¡No puedo ver! —sus colectores de luz que formaban sus ojos se habían desvanecido—. Abraham, no sé lo que está pasando, ¡no quiero morir! —Elías comenzó a desintegrarse más. Su cuerpo de fragmentaba y la nube de partículas de las que estaba conformado se reintegró de nuevo a la atmósfera. Un momento después, ya no estaba.
—¿Elías, sigues allí? —preguntó Abraham, esperando respuesta.
—¿Qué demonios ha ocurrido? —el conductor se había levantado de su asiento.
El anciano estaba aterrado, encogido en su asiento, abrazando la mochila que llevaba con él.
—Llévame de regreso —ordenó Abraham.

Abraham corrió hacia el edificio donde había trabajado durante años. Subió las escaleras apresuradamente. El lugar estaba vacío. Ni siquiera se escuchaba el siseo del saltar, de salir y entrar, de personas de un lugar a otro. Vio un montoncito de arena esparcido por el suelo, sin duda de alguien que había aprendido a usar la arena para materializarse, como le había dicho Elías.
Su teléfono comenzó a sonar. Casi había olvidado que tenía teléfono. Era Erick.
—Ha ocurrido algo terrible —dijo Erick con la voz entrecortada.
—¡Terrible! —respondió Abraham— ¿Qué puede ser más terrible que lo que acaba de pasar?
—¡Gloria no está!
—¿Qué dices?
—¡Mi esposa! —exclamó Erick, del otro lado del teléfono— ¡No está!
—¿Cómo lo sabes?, no has estado en tu casa desde esta mañana.
—Ella estaba con el vecino. ¡Él me ha llamado informando que se ha desvanecido frente a sus ojos! Todas las demás personas también han desaparecido. ¡Todos los energs!
—No, no, deben ser sólo casos aislados. No hay que desesperarse.
Hubo un silencio. Se escuchó un quejido del otro lado del teléfono, otro ruido de fondo, y luego habló Erick:
—Lo están pasando en el televisor —dijo, con un tono sepulcral.
Había sintonizado el pequeño televisor que llevaba en el autobús. Daban las últimas noticias.

Abraham llegó a su casa. Su respiración era agitada. Se llevó las manos a la cabeza, mientras intentaba ahogar una mueca de dolor. ¡Tanta gente! ¡Dios mío!, pensó. ¿Por qué ha pasado, qué factor no tomé en cuenta?
Se dirigió hacia la sala. La joven estaba allí. La misma joven que todos los días veía en el autobús. Estaba sentada en su sofá, frente al televisor, que estaba encendido en la única televisora que ahora estaba en funcionamiento, el único canal controlado por maters.
—¿Ya te has enterado de las noticias? —le preguntó la joven.
Abraham se quedó quieto y en silencio.
—Todos han desaparecido. Todos ellos —dijo ella, y miró a Abraham fijamente.
—¿Quién eres tú?
—Mi nombre es Silvia.
Abraham intentó recordar el nombre pero ningún recuerdo acudía a su memoria.
—Morí hace ocho años —dijo ella—, aunque no me sometieron a ese proceso para convertirme en un energ. Por eso es que estoy aquí. No soy una de ellos. Todos los que se sometieron al proceso han sufrido una segunda muerte. Traicionaron su naturaleza humana y han pagado por su estupidez.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—¿Por qué has venido? —le preguntó.
—Tú eres uno de los dos científicos que inventó el materializador —dijo la chica.
Abraham no quería recordar eso. Apretó fuertemente los párpados.
—Pero el crédito se lo dieron a otra persona —dijo él.
—¿Sabes por qué la especie humana ha hecho esta gran estupidez de dejar sus cuerpos?
Abraham recordó. Su trabajo había sido desarrollar el mecanismo de materialización, con el objetivo de “revivir” a los muertos, aunque no recuperaran sus cuerpos físicos, capturar sus esencias y moldearles nuevos cuerpos. Y nunca había entendido cómo las personas vivas, las que no tenían ningún problema con sus cuerpos, habían optado por someterse al proceso de la muerte física y ser sólo fantasmas. Habían dicho libertad, pero él no compartía esa noción de libertad.
—No sabes realmente por qué, no estás seguro de por qué las personas comunes y corrientes utilizaron tu tecnología para su beneficio —dijo Silvia—. Entonces te lo diré. La especie humana es débil. Había perdido los ánimos por vivir y la vida había dejado de ser buena y simple, porque ellos la habían hecho un fastidio. Querían huir de lo que tenían, huir de ellos mismos. ¿Sabes lo que tu trabajo significó para esas miles de millones de personas débiles?
—Libertad —respondió Abraham, con voz ahogada.
—Una libertad distorsionada. El hombre fue libre, siempre lo había sido, hasta que cometió su más tonto error. Los que han quedado son como tú o como yo. Los que no hemos traicionado nuestra naturaleza. A mí me asesinaron, yo no decidí morir. ¿Y sabes quién me asesinó?
Abraham negó con la cabeza.
—Tú —respondió Silvia.
Abraham se sobresaltó.
—¡Eso no es verdad!
—¿No lo recuerdas? ¿No recuerdas a esa joven que raptaste y que mataste con la intención de luego revivirla? Fue dos años después de que tu colega se hiciera famoso luego de que te robara tu trabajo. Entonces tú te aferraste a lograr algo por lo cual fueras reconocido, y humillar a quien te había traicionado, y te pusiste la meta de devolver la vida a las personas, devolverles la vida no sólo incorpórea sino físicamente.
Abraham empezó a llorar. Se llevó las manos al rostro.
—¿Por Dios, qué quieres de mí? No sé qué puedo hacer por ti.
—¿Por mí? Nada.
—Te he asesinado. ¡Asesiné a diez mil millones de personas!
—Tú no los asesinaste a ellos, ellos así lo decidieron —dijo Silvia—. Les diste algo que salvaría vidas, que les permitiría a las personas estar con sus seres queridos aún después de muertos, pero han utilizado eso de una manera diferente. Tuvieron la elección en sus manos y es lo que han deseado, esto es lo que han obtenido. Se traicionaron a ellos mismos y ahora ya no están —Silvia se levantó del sofá y pasó a un lado de Abraham—. Me voy —dijo.
—¿A dónde irás?
—No lo sé —ella se acercó a la puerta.
—¡No sé lo que haré! —gritó Abraham, desesperado. Vio su reflejo en la negra pantalla del televisor y sintió asco ante la imagen de sí mismo. La idea del suicidio pasó por su cabeza. Pero este suicidio sería una primera y única muerte para él.
—Perdonarte a ti mismo —dijo Silvia, y atravesó el umbral de la puerta. Sus pies parecían flotar. La joven llegó hasta la calle y miró hacia ambos lados. Luego desapareció.
Un viento frío sopló sobre el rostro de Abraham, que permaneció bajo el marco de la puerta, con la mirada fija en el pavimento.

marzo 05, 2011

El primer paso

Da el primer paso con la fe. No tienes por qué ver toda la escalera. 
Basta con que subas el primer peldaño

marzo 03, 2011

De minerales y mitología

En una entrada pasada también escribí sobre minerales, sobre los hombres de ciencia que algún mineral había sido nombrado en su honor. Hoy veremos algunos de los nombres de los minerales que tienen relación con personajes mitológicos. La información también la extraigo del mismo libro.

TÁNTALO. En la mitología griega, rey de Lidia e hijo de Zeus. Los dioses honraron a Tántalo más que a ningún otro mortal. Él comió a su mesa en el Olimpo, y en una ocasión fueron a cenar en su palacio. Para probar su omnisciencia, Tántalo mató a su único hijo, Pélope, lo coció en un caldero y lo sirvió en el banquete. Los dioses, sin embargo, se dieron cuenta de la naturaleza del alimento y no lo probaron. Devolvieron la vida a Pélope y decidieron un castigo terrible para Tántalo. Lo colgaron para siempre de un árbol en el Tártaro y fue condenado a sufrir sed y hambre angustiosas. Bajo él había un estanque de agua pero, cuando se detenía a beber, el estanque quedaba fuera de su alcance. El árbol estaba cargado de peras, manzanas, higos, aceitunas maduras y granadas, pero cuando estaba cerca de las frutas el viento apartaba a las ramas. Al elemento Tantalio (Ta) le viene el nombre de este personaje mitológico.


SELENE. En la mitología griega, diosa de la luna, hija del titán Hiperión y de la titánide Tía, y hermana de Helios, dios del sol. Selene se enamoró del joven y apuesto pastor Endimión, a quien sumió en un sueño eterno para que nunca pudiera abandonarla. En el arte, Selene aparece conduciendo un carro tirado por dos caballos o, a veces, por dos bueyes. Se la identifica a menudo con la diosa olímpica de la luna, Ártemis. El Selenio recibe su nombre de esta diosa.


PROMETEO. En la mitología griega, uno de los titanes, conocido como amigo y benefactor de la humanidad, hijo del titán Jápeto y la ninfa del mar Clímene o la titánide Temis. Prometeo y su hermano Epimeteo recibieron el encargo de crear la humanidad y de proveer a los seres humanos y a todos los animales de la tierra de los recursos necesarios para sobrevivir. Epimeteo (cuyo nombre significa "ocurrencia tardía"), procedió en consecuencia a conceder a los diferentes animales atributos como el valor, la fuerza, la rapidez, además de plumas, piel y otros elementos protectores. Cuando llegó el momento de crear un ser que fuera superior a todas las demás criaturas vivas, Epimeteo se dio cuenta de que había sido tan imprudente al distribuir los recursos que no le quedaba nada que conceder. Se vio forzado a pedir ayuda a su hermano, y Prometeo (cuyo nombre significa "prudencia") se hizo cargo de la tarea de la creación. Para hacer a los seres humanos superiores a los animales, les otorgó una forma más noble y les dio la facultad de caminar erguidos. Entonces se dirigió a los cielos y encendió una antorcha con fuego del sol. El don del fuego que Prometeo concedió a la humanidad era más valioso que cualquiera de los dones que habían recibido los animales. Estas acciones de Prometeo provocaron la ira del dios Zeus. No sólo había robado el fuego para los seres humanos, sino que también engañó a los dioses haciendo que ellos recibieran las peores partes de cualquier animal sacrificado y los seres humanos la mejor. En una pila, Prometeo colocó las partes comestibles de un buey, la carne y las entrañas, y las recubrió con el vientre del animal. En otra puso los huesos y los cubrió con grasa. Al pedirle a Zeus que eligiese entre las dos, el dios optó por la grasa y se sintió muy disgustado al descubrir que ésta cubría una pila de huesos. A partir de ese momento, sólo la grasa y los huesos se entregaron a los dioses en sacrificio; la buena comida quedaba para los mortales. Por las transgresiones de Prometeo, Zeus lo hizo encadenar a una roca en el Cáucaso, donde era atacado constantemente por un águila. Finalmente lo liberó el héroe Hércules, que mató al ave rapaz. Al elemento Prometio (Pm), le viene el nombre de este ser mitológico.


PLUTÓN. En la mitología romana, dios de los muertos, esposo de Proserpina, y equivalente latino del dios griego Hades. Plutón ayudó a sus dos hermanos, Júpiter y Neptuno, para derrocar a su padre, Saturno. Al dividirse el mundo entre ellos, Júpiter escogió la tierra y los cielos como reino; Neptuno se convirtió en el soberano del mar, y Plutón recibió por reino el submundo, donde gobernó sobre las sombras de los muertos. Se le consideraba originalmente un dios cruel e inflexible, indiferente a las plegarias y difícil de apaciguar con sacrificios. En los cultos y creencias populares posteriores se acentuaron aspectos más agradables y benéficos del dios. Se creía que era el otorgador de los beneficios ocultos de la tierra, tales como la riqueza mineral y las cosechas, por lo que también era conocido como Dis u Orcus, el dador de riqueza. De este dios recibe su nombre el elemento Plutonio.


PALLAS (Palas Atenea). Una de las diosas más importantes en la mitología griega. En la mitología latina, llegó a identificarse con la diosa Minerva, también conocida como Palas Atenea. Atenea salió ya adulta de la frente del dios Zeus y fue su hija favorita. Él le confió su escudo, adornado con la horrorosa cabeza de la gorgona Medusa, su 'égida' y el rayo, su arma principal. Diosa virgen, recibía el nombre de Parthenos ('la virgen'). En agradecimiento a que Atenea les había regalado el olivo, el pueblo ateniense levantó templos a la diosa, el más importante era el Partenón, situado en la Acrópolis de Atenas. Atenea, originariamente la diosa de las ciudades griegas, de la industria y de las artes, y, en la mitología posterior, de la sabiduría; era también diosa de la guerra. Atenea fue la defensora más firme, entre los dioses, del bando griego en la guerra de Troya. Después de la caída de Troya, sin embargo, los griegos faltaron el respeto debido al carácter sagrado de un altar dedicado a Atenea en el que la profetisa troyana Casandra encontró refugio, y como castigo, unas tormentas enviadas por el dios del mar, Poseidón, requeridas por Atenea destruyeron la mayor parte de los barcos griegos que volvían de Troya. Atenea era también patrona del arte de la agricultura y de las labores femeninas, especialmente del hilado y el tejido. Entre sus dones al hombre estaban la invención del arado y la flauta y las artes de domesticación de animales, de construcción de barcos y de fabricación de zapatos. Se la asociaba a menudo con las aves, especialmente con la lechuza. Al elemento Paladio le viene el nombre de esta diosa.


NÍOBE. En la mitología griega, hija de Tántalo y de la reina de Tebas. Su marido, el rey Anfión, era hijo del dios Zeus y un gran músico. Níobe le dio siete hijos muy bellos y siete hijas preciosas. Aunque era feliz, Níobe reveló la misma arrogancia hacia los dioses que había demostrado su padre. Dispuso que el pueblo de Tebas le rindiera culto a ella en lugar de a la diosa Leto, que sólo tenía dos hijos. Los dioses oyeron sus palabras desde el remoto monte Olimpo y decidieron castigarla. Los hijos de Leto, Apolo, dios de la profecía y hábil arquero, y Ártemis, diosa de la caza, dispararon sus flechas y mataron a los hijos de Níobe. La desconsolada Níobe se convirtió en una piedra que permanece siempre humedecida con sus lágrimas. El elemento niobio recibe su nombre.


EUROPA. En la mitología griega, hija de Agenor, el rey fenicio de Tiro, y hermana de Cadmo, el legendario fundador de Tebas. Una mañana, cuando Europa estaba juntando flores a orillas del mar, el dios Zeus la vio y se enamoró de ella. Se presentó bajo la apariencia de un hermoso toro de color castaño, y la convenció para que montara sobre su lomo. Al subirse Europa él salió a la carrera a través del océano hasta la isla de Creta. Minos y Radamantis fueron hijos de Zeus y Europa y llegaron a ser jueces de los muertos. El rapto de Europa, título de un cuadro del pintor italiano Tiziano, también ha inspirado otras muchas pinturas. El elemento Europio recibe su nombre de este personaje mitológico.


Y claro, faltan los elementos Uranio y Neptunio por los dos últimos planetas. Hay más, estos sólo son algunos ejemplos de la relación de la Mitología con la Mineralogía.

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