mayo 01, 2012

La Gran Soledad

Este relato se parece a uno que ya publiqué aquí: El último de los destinos, pero el que les presento ahora fue escrito meses antes, sólo que no me había gustado y aproveché que hoy no tengo clases para terminar de reescribirlo. He estado ocupado con la universidad últimamente, así que mi tiempo para escribir es muy poco. Espero que les guste este relato, también forma parte de mi "historia del futuro".

Welt Looschip miró a través del vidrio que lo separaba de la blanca habitación donde un grupo de hombres enfundados en trajes antibiológicos hablaban en torno al cuerpo uniformado de un general sin vida. No los escuchaba hablar pero sí pensar, y captó un pensamiento que le llegó con fuerza excesiva:
     —De nada le sirvieron todas sus insignias en ese planeta.
    —Todavía falta el general Leben y la embajadora Bujold de Mayeg —escuchó mentalmente que dijo uno de los hombres allí presentes.
     —¿Lo trajeron al puerto esta mañana, doctor Madell? —preguntó alguien, refiriéndose al cuerpo frente a ellos.
     —Sí, pensaban que estaba muerto, como los demás, pero no —respondió Madell, y Looschip pensó: “y fue allí donde abrió fuego”. Madell miró a cada uno de los hombres y les dijo—: Ya conocen la conclusión de los forenses: paro cardiaco, excepto este hombre —miró el cadáver—. Confío en ustedes para encontrar la verdadera causa de las muertes. Una bacteria, un virus... Algo en la helada superficie de ese planeta. De Leben y Bujold se encargarán los aliados.
     Looschip vio que los hombres se comenzaban a movilizar, pasaron por un corto corredor, donde permanecieron hasta que la puerta detrás de ellos, que daba hacia donde yacía el cuerpo, se cerró; se les roció hasta que estuvieron completamente limpios, y luego la puerta frente a ellos se abrió y uno por uno fueron saliendo; al salir todos, la segunda puerta se cerró herméticamente y los doctores se empezaron a quitar los trajes.
     Looschip sondeó las mentes y un dolor fue creciendo en su cabeza. Su frente se perló de sudor. Los hombres estaban demasiado cerca y el ruido de sus mentes era como un taladro neumático en la cabeza de Welt. En unos segundos pudo dar con el hombre que quería, lo vio apoyado sobre la pared mientras se retiraba la bolsa protectora de uno de sus zapatos.
     Lo sondeó. Ese médico había visto en video la búsqueda de los tripulantes de la nave que se había estrellado contra el helado planeta hacia el que ahora algunos dirigían su atención, así que en su memoria retenía las imágenes aéreas del lugar del impacto. Looschip grabó en su propia mente toda esa información. Cuando hubo terminado, sin mirar a nadie, se apresuró a marcharse.

     —Sólo hielo —dijo Welt Looschip, mirando por la ventana de su habitación a cien metros sobre el suelo—. La nave, aparentemente intacta, nueve hombres desperdigados en cinco kilómetros a la redonda, y todo lo demás... hielo. Una gran roca congelada flotando en el espacio. ¿No te parece interesante, Tyl?
     La joven estaba sentada sobre la cama y miraba la espalda de Looschip.
     —Esos hombres murieron —le dijo Tyl, estrujándose los dedos—. Lo mejor sería dejarles la investigación a los aliados.
     —Sí, la Alianza Planetaria se encargará eficientemente, y luego cuando crean que no hay peligro instalarán sus bases y llegarán los colonos. —Looschip dejó de mirar el nuboso paisaje y se acercó a una pared que en un instante se desvaneció; dentrás de la pared se apreciaba una gran cantidad de libros. Buscó en uno de los estantes más bajos y encontró el volumen que quería. Alzó el libro, mostrándoselo a Tyl—. Es apenas la preimpresión —le dijo, abriendo el libro en una página al azar y aspirando profundamente el aroma que le llegaba desde sus hojas—. ¿Recuerdas cuando hace cinco años los editores solicitaron mi colaboración? Enciclopedia de la Historia de las Especies Humanas, en treinta tomos. Y me dijeron: “Señor Looschip...”
     —“...usted conoce más que nadie sobre la Vieja Tierra —continuó Tyl—, así que pensamos que le gustaría encargarse del primer tomo.”
     Welt vio el rostro de Tyl. La joven sonreía con los labios y con los ojos y toda ella sonreía al mismo tiempo. Sintió el torrente de pensamientos que le llegaban desde Tyl, tanto que su migraña hizo acto de presencia, pero dejó los pensamientos pasar, sin sondear la mente de la joven. Y Welt pensó: “es la única persona con la que estoy voluntariamente”. En efecto, la gente por lo general para él era una fuente de gritos y murmullos mentales insoportables, siempre presentes, incluso a veces mientras dormía.
     —Y como parte de la conmemoración —siguió Tyl—, aceptaron tu sugerencia de hacer una versión en celulosa.
     —Al estilo terrestre —dijo Welt, y su rostro de pronto adquirió una expresión un tanto melancólica—. ¿Y sabes qué creo, Tyl? Creo que ese planeta helado es el mismo del que hablo aquí —alzó la impresión del primer tomo de la Enciclopedia de la Historia de las Especies Humanas. Welt no pudo evitar soltar una risa que parecía asmática.
     Tyl permaneció estática sobre la cama, mirando el libro, mientras su labio inferior parecía retener una palabra. Looschip comenzó a sentir una combinación de tristeza y enojo porque la reacción de Tyl no era la que él había esperado. Sin embargo él sólo le preguntó:
     —¿Qué opinas?
     Tyl levantó sus ojos hasta los de Welt.
     —¿Qué te hace pensar eso? —preguntó ella.
     —Los Textos de Prometeo, transportados desde la Vieja Tierra por los colonizadores. Esos textos se perdieron, pero quienes los estudiaron dejaron referencias. —Welt se sentó en el suelo gomoso frente a los pies de Tyl y abrió el tomo en una de las primeras páginas, aunque sólo para mostrarle, como lo había hecho muchas otras veces, el contenido a Tyl, que él ya lo conocía de memoria—. Las dimensiones del planeta helado coinciden casi con las de los registros. No se tienen demasiadas fotografías aéreas y el hielo cubre gran parte de la superficie, así que la forma de los continentes no puede ser corrobo...
     —La Tierra tenía una luna —dijo Tyl.
     —La Luna —respondió Welt—. Por eso luna y satélite se usan como sinónimos, porque el satélite de la Vieja Tierra se llamaba Luna. —Looschip avanzó algunas páginas—. Hay una versión sobre eso: que la Luna fue propulsada de su órbita al final de las Guerras Terrestres Terminales.
     —Es sólo una teoría.
     —¡Y es muy interesante! Podría catalogarse como un acto precoz de ingeniería planetaria. Ahora mismo los habitantes de Pandora están transformando su mundo en un planeta errante —dijo Welt, dándose golpecitos en la frente con el dedo índice—. Planeta y errante significan lo mismo —Luego miró a Tyl—. ¿Comprendes por qué te digo todo esto?
     Tyl no habló, pero lo comprendía perfectamente.
     —Tengo que ir a ese lugar —dijo Welt, con voz casi inaudible.
     —O puedes quedarte —dijo ella, que parecía a punto de romper en llanto.
     —Tyl, tú sabes lo tanto que siempre...
     —Mi padre...
     —¡Tú padre! ¡Tú padre está muerto! —explotó Welt de pronto—. ¿Por qué murió? No fue por perseguir un sueño que haya tenido durante toda su vida. ¡No! ¡Murió porque se fue con esa perra por la que te dejó a ti y a tu madre! —Sin darse cuenta, Welt ya estaba sondeando la mente de la joven—. ¿Aún sigues pensando en esa carta?
     Y ocurrió algo que a Welt sólo le había pasado en contadas ocasiones, algo que sólo mucho tiempo después sería explicado por la existencia de una mente colectiva: los recuerdos del difunto padre de Tyl llegaron como un maremoto a la mente de la joven.
     Tyl, desde la mente de Welt, recibió el torrente de pensamientos de su padre muerto. De pronto la joven se encontró en una habitación oscura sintiendo el frío de un cañón de escopeta en su mejilla, escribiendo una carta que no deseaba escribir, repleta de palabras que le herían el alma. Tu culpa... ¿De verdad crees que las amaba?... Lo echaste todo a perder... Tú y tu madre... ¡Púdranse!
     Tyl cayó al suelo, inundada en lágrimas, parecía convulsionarse en medio del llanto.
     Welt se dio cuenta de lo que había hecho, supo que había abierto una herida que nunca había llegado a sanar. Se sintió miserable y sintió, literalmente, lo que Tyl sentía. Se le acercó e intentó abrazarla pero ella lo rechazó violentamente y permaneció con el rostro contra el suelo. Welt se sentó, recargando la espalda sobre su librero, y permaneció allí hasta que Tyl dejó de llorar, varios minutos después, pero sólo para verla marcharse.

     Welt Looschip avanzó y la densa y helada tormenta avanzaba en sentido contrario. Iba cubierto sólo con una delgada camiseta y unos pantaloncillos cortos, ambos de color negro contrastante con la blanca nieve, pues el clima para él era cálido comparado con el frío más que congelante del espacio. Sus botas se hundían unos treinta centímetros hasta llegar al permafrost. Se preguntó dónde estaría la nave diplomática que se había impactado sobre esa esfera de hielo. Corroboró en su memoria, de la información que había extraído del médico, las coordenadas del impacto. Recordó una fotografía que mostraba una cadena montañosa y, en efecto, a su derecha ésta se levantaba, eternamente blanca, como la dentadura de un tiburón. Pero la nave no estaba ahí.
     Le pareció extraño que no recibiera ninguna transmisión mental. ¿El lugar estaría vacío, el planeta entero? Sólo audía, oía mentalmente, a los habitantes de los sistemas planetarios cercanos, que aunque estaban a miles de millones de kilómetros los escuchaba perfectamente; el ruido era casi como una estática salpicada de gritos esporádicos. Sin embargo, pensó, hacía mucho tiempo que no audía a un nivel tan bajo.
     Lo que descubrió fue algo que no estaba en las estereografías aéreas tomadas por los ornitópteros: una cabaña cerca del pie de las montañas, o eso parecía.
     Welt avanzó cuidadosamente a pie, observando siempre a su alrededor. No había ninguna presencia en las cercanías de la cabaña. Cuando llegó, examinó el lugar: era una construcción rudimentaria de palos enterrados profundamente en la nieve; la cabaña, vista de frente, era un triángulo isósceles y su techo en v invertida estaba recubierto de una especie de alquitrán. La puerta estaba en la parte delantera, redonda, y parecía diseñada para que una persona entrara en cuclillas. La construcción no parecía tan vieja. Tal vez los nativos habían abandonado recientemente el planeta.
     Entró empujando con su cabeza la puerta hecha de fibras vegetales. Se arrastró hacia el interior, alzó la cabeza y vio a un hombre, una mujer y una niña, sentados en el suelo pardo y sin nieve, ante una baja mesa; lo miraban sin expresión. Welt se sobresaltó y se arrastró de espaldas queriendo salir de allí.
     —No, no —dijo el hombre, un anciano ya, en el idioma de la alianza—, entre, señor Looschip, entre.
     Looschip miró a aquellas personas e intentó sondear sus mentes pero no pudo. Era como si sólo hubiese aire, sólo aire, sin consciencia. De pronto reparó en que no había escuchado esas palabras con sus oídos sino con su mente.
     —Usted puede linguar —dijo Welt, y miró a la mujer, de edad avanzada también, quien le hacía una seña para que se sentara con ellos.
     El anciano asintió.
     —Somos telépatas, señor Looschip —dijo—, como usted.
     —¿Cómo hacen eso —preguntó Welt—, bloquear su mentes a mi sondeo?
     —Tenga confianza.
     “¿Cómo puedo confiar”, pensó Welt, “si no puedo saber qué hay en sus mentes?”
     —Sólo quiero saber qué pasó con las personas que llegaron antes que yo —preguntó Welt—. Su nave se estrelló cerca de las montañas y aún hay dos desaparecidos. Debieron de haberlos sentido.
     —¿De verdad le interesa eso —preguntó la mujer—, o ha venido porque quiere saber si este planeta es la Vieja Tierra?
     Looschip se sintió desnudo. Nunca antes se había sentido así, nunca antes alguien había leído su mente, y ahora comprendía cómo se sentía Tyl cuando él comenzaba a buscar dentro de su cabeza.
     —¿Este lugar es...? —empezó a preguntar.
     —No, señor Looschip —respondió el anciano—, lamento decepcionarlo. Este lugar era llamado Grentan por su gente. Puede comprobarlo por usted mismo, cerca de aquí hay una estación de satélites, recibía información de varios satélites en órbita y puede ver personalmente las imágenes. Puedo ver, por lo que usted sabe, que la Tierra era un hermoso planeta.
     Welt no se desanimó.
     —¿Dónde queda esa estación? —preguntó. Y de pronto vio una rápida sucesión de imágenes en su cabeza: el anciano le estaba transmitiendo imágenes que correspondían al camino que debía seguir para llegar a la estación de satélites. El proceso terminó y Looschip sintió como si le enterraran aguijones en la frente.
     —Espero que eso le sirva. —El anciano lo miró fijamente—. ¿Le gustaría dejar de escuchar a toda esa gente, verdad, señor Looschip? —dijo el anciano, aunque más que pregunta parecía una afirmación—. Estar solo en su cabeza, sólo con su propia mente, sin captar los lamentos de la galaxia entera. Sin ese dolor, todo ese dolor.
     Welt se acercó más y se sentó entre el hombre y la mujer. Vio a la niña y esta parecía entretenida trazando líneas en la tierra con sus pequeños dedos.
     —Sí —dijo Welt.
     —Usted es el más sensible de todos —dijo la anciana—, en todos los mundos humanos son pocos los que pueden escuchar más allá de lo que sus oídos les permiten. Usted incluso escucha el canto de las estrellas. ¿Cómo puede desear perder el don que le ha sido otorgado si es capaz de escuchar lo que nadie más puede? ¿Para eso eligió el trabajo que ahora tiene, para estar lo más lejos posible de los demás? Hace eso cuando podría decidir usar su capacidad para ayudar a los que lo rodean.
     —Pero escuchar le lastima —dijo el anciano—, como puñaladas en el cerebro, todo el tiempo. Y sólo desea escapar.
Welt se echó para atrás.
     —No deje que lo sermoneen —dijo la niña, sin dejar de dibujar líneas en la tierra—, ellos no conocen ninguna forma para hacer que deje de audir. Nadie sabe cómo.
     —No —respondió el anciano, levantándose con esfuerzo del suelo—, no hay métodos mágicos para aspectos humanos aún poco conocidos como este don suyo. Tal vez su problema se resuelva dentro de mucho tiempo o no se resuelva nunca. Lo único que le queda es resignarse a vivir rodeado de personas que taladrarán su mente con sus problemas, y tal vez termine volviéndose loco. Eso, o huir; alejarse lo más posible de todo ser pensante, escapar más afuera de lo que nadie haya escapado antes, donde ninguna mente humana lo torturará jamás con el fuego hiriente del torrente del pensamiento. —El anciano caminó, apoyado en un bastón, hacia la niña, y luego señaló con su arrugado índice lo que la pequeña había dibujado en la tierra.
     Welt se acercó, andando de rodillas, y vio el dibujo de la niña: parecía una nave.
     —Su ancestro —dijo el anciano—, el cartógrafo Jorv G Looschip, y yo sé que usted sabe a quién me refiero, vino a este planeta hace mucho tiempo, y dejó algunas cosas, entre ellas una nave. Tómela. La nave en la que usted ha llegado ha quedado deshecha. Su ancestro no pudo salir de este lugar. Usted tal vez pueda.
     Welt recordó que había leído en alguna parte ese nombre, Jorv, y con su mismo apellido aunque fonetizado por una G. Ese hombre había pertenecido hacía veinte siglos a la fuerza de cartógrafos del planeta Dreaya pero antes de recibir el grado de cartógrafo había escapado. Eso era todo lo que sabía.
     —La nave...
     El viejo interrumpió a Welt:
     —La nave está en la estación de satélites.
     Welt sintió que estaba a punto del colapso nervioso. Buscó con desesperación su muñeca izquierda y en el acto cayó al suelo. Levantó un cuadrado de piel de su muñeca, dejando libre una pantalla táctil en la que tecleó para ajustar sus signos vitales. Estuvo un par de minutos tendido en el suelo. Lo único que pensó fue: “¿quienes son ustedes, quienes son?”.
     La anciana le respondió:
     —¿No nos reconoces, Welt? Somos tú.
     Y al decir esto todos desaparecieron, incluida la casa, y Welt se encontró de repente tendido sobre la nieve, mirando el cielo azul, escuchando la fuerte estática casi uniforme de los pensamientos de la humanidad.
     Welt reanudó su marcha en busca de la nave diplomática. Decidió que sería más fácil buscar desde el aire, pero para eso necesitaría de una nave. Vio su nave a lo lejos, ésta estaba rodeada de un círculo pardo, donde la nieve se había derretido y la tierra estaba chamuscada. No le serviría. Se dirigió a la estación de satélites.
     Era un edificio de tres pisos que parecía fundirse con la montaña. Al entrar se encontró con lo que parecía ser la recepción. Atravesó una puerta y vio algunas pantallas panorámicas en las paredes y en el resto de la sala había varios muebles de madera, escritorios y sillas que parecían muy antiguas. Pasó la mano por una de las mesas y, al hacer presión, un pedazo de madera de la esquina se resquebrajó y cayó al suelo convirtiéndose parcialmente en un fino polvo. Luego tocó las pantallas una a una pero no se encendieron. Quizá no había fuente de energía. Todo parecía tan viejo y abandonado.
     Vio que uno de los escritorios tenía un par de cajones, se dispuso a revisar lo que había dentro. Para su suerte encontró lo que parecían ser mapas, estaban doblados, y al desdoblar uno se partió en varias partes. Dejó los pedazos sobre la mesa, juntos, completando el mapa. En éste se veía el dibujo de una isla. Las palabras impresas sobre el mapa eran extrañas pero evidentemente algunas representaban latitudes, longitudes y nombres. El dibujo al parecer sólo mostraba una parte específica del planeta. Tomó otro mapa del cajón y, esta vez con más cuidado, lo desdobló y lo extendió a un lado del primero. Éste mostraba meridianos que iban desde los 360 grados, pasaban por el cero y volvían de nuevo a los 360 del lado contrario. Sin duda era un mapa de todo el planeta. Lo que vio lo decepcionó. El mapa mostraba dos grandes continentes y ninguno tenía las formas que aparecían en los vagos registros sobre la Vieja Tierra. Vio que la isla del primer mapa estaba representada, muy pequeña, en el segundo. Ambos mapas tenían fechas: 2561 seguido por unas palabras que podrían significar “fecha estándar”, pero no podía hacer suposiciones. Siguió buscando más mapas hasta que encontró uno que mostraba curvas de nivel, donde cada curva cerrada representaba el contorno de cada masa de tierra a una elevación constante, y fue allí donde sus esperanzas casi se terminaron. Las curvas de nivel estaban representadas en intervalos de cien metros, y ninguno de los contornos sugería las formas que buscaba.
     Se alejó del escritorio.
     “¿Y si los mapas no corresponden a este planeta?”, se preguntó. Sacó de los escritorios todos los mapas que encontró, incluso halló uno que estaba a medio salir de la máquina de impresión, pero todos mostraban el mismo mundo o porciones de éste. Welt tapizó de mapas los diez escritorios que allí se encontraban.
     Que una sala de satélites estuviese llena de imágenes pertenecientes a un mundo que no era el que orbitaban esos satélites era absurdo y muy improbable.
     Uno de los pliegos doblados que halló era un plano de la zona donde había sido construido el edificio en el que se encontraba. Las coordenadas estaban escritas en un costado y las identificó en un mapa mayor. Allí estaban las montañas y pasando las montañas un gran río que en ese momento debía de estar congelado, y sólo un par de kilómetros después comenzaba un gran océano.
     Vino a su mente: la nave de mi abuelo. La nave debía de estar en algún lugar dentro de ese edificio.
     Encontró la nave cartográfica posada en el techo. Era un rombo aplanado con una pequeña elevación en el centro, toda de color negro mate. Cuando Welt se acercó a las puertas, la nave lo reconoció, las puertas se abrieron.
     Welt era ingenuo pero esta vez los factores estaban de su parte. Él sólo pensaba en una cosa en ese momento. Sin embargo la idea le pareció un suicidio. Regresó al interior del edificio y, recargado sobre una pared, observó con mirada extraviada los mapas que tapizaban el lugar. Decidió volver al techo.
     Welt subió por la rampa escalonada de la nave y las puertas se cerraron. En el centro vio una semiesfera color ámbar que mostraba formas cambiantes dentro de ella. A su izquierda, cubriendo toda la parte frontal de la nave, estaba lo que parecía ser la sección de mandos. Cerca de la semiesfera central había dos cubos transparentes y vacíos, casi de su altura, que en el pasado probablemente contenían algo.
     Las fuerzas de cartógrafos espaciales habían desaparecido hacía unos siglos, pero recordó haber leído sobre ellos. Esa nave era del tipo de las que usaban para trazar mapas de las fuerzas de interacción de la galaxia. Entonces la semiesfera ámbar debía de ser el cerebro de la nave. Se acercó a la semiesfera y colocó su mano sobre ella. Su brillo aumentó, y las formas dentro de ella cambiaron rápidamente, como en la esfera de cristal de un adivino. Vio que en la parte frontal de la nave las pantallas se habían encendido, eran como ventanas que dejaban ver el exterior. La nave había salido de su letargo. Respondía a él, como si obedeciera a una parte de su ADN que también había pertenecido a su 4-abuelo. Si la manera en la que recordaba que se manejaban esas naves era correcta, entonces...
     Cayó al suelo. La enorme aceleración lo mantuvo pegado a él por segundos que le parecieron eternos. Sentía que sus órganos se aplastaban, pero su cuerpo modificado para sobrevivir en el espacio exterior resistió esas condiciones. Cuando la nave dejó de acelerar, se levantó, se acercó a las pantallas y admiró el planeta desde las alturas. Debajo de él, la cadena montañosa parecía perderse hacia la izquierda y la derecha, y, en efecto, como lo había visto en los mapas, unos kilómetros delante todo era agua, en estado líquido pero saturada de grandes bloques de hielo. Los mapas de la estación de satélites y la geografía de ese planeta coincidían.
     No podía estar en la Tierra.
     Manipuló el ordenador, la semiesfera ámbar, lo mejor que pudo, y éste reaccionaba a sus pensamientos con escalofriante precisión. Dio con los datos que su 4-abuelo Jorv había recolectado acerca de ese planeta. Buscó la palabra “Tierra”. Obtuvo 65 resultados de planetas con ese nombre, ocho de ellos tenían entre 6,200 y 6,500 kilómetros de radio, las dimensiones aproximadas de la Vieja Tierra, los ocho tenían satélites. Sin embargo ninguno de ellos tenía sólo un satélite natural, tampoco alguno de ellos tenía todas sus lunas artificiales. Ningún planeta llamado Tierra cumplía con las condiciones que él había estado buscando.
     Welt se alejó de la semiesfera y dio un puñetazo a una de las pantallas, que se apagó.
     Y en ese momento su recepción telepática aumentó como en una exponencial. Welt cayó al suelo y sentía que su cabeza explotaría en cualquier momento.
     —¡En algún lugar! —gritó Welt, con la cabeza entre las manos—. ¡La Vieja Tierra tiene que estar en algún lugar!
     El dolor que invadía su mente comenzó a tomar una forma definida. Entre el fondo de estática siempre presente pudo distinguir el grito de una mente torturada. Le pareció que la transmisión provenía de la superficie del planeta, lo podía sentir en algún sitio debajo de sus pies. Se levantó del suelo como pudo y miró una pantalla que aún funcionaba.
     Regresó a la semiesfera y, con una orden mental, la pantalla cambió en un instante, las cámaras acercaron sus ojos electrónicos a la superficie del planeta, y enfocaron la nave de Welt, dentro de un círculo marchito.
     “Esa no”, pensó. “Debe de haber otra, cerca de allí”.
     La imagen volvió a cambiar y entonces pudo ver la nave diplomática.
     “No muy lejos de ese lugar debe de haber una persona, aún está viva”. “¡Encuéntrala!”
     El reconocimiento de formas humanas de la nave se activó y estuvo buscando por varios minutos hasta que dio con dos cuerpos que Welt observó en la pantalla; uno de ellos parecía sin vida y Welt no recibía ninguna transmisión mental de él, a un lado estaba otro que se retorcía entre la nieve, muy cerca del cadáver.
     Welt audía la mente del que estaba delirando. Era el general Leben, así que el cuerpo sin vida debía de ser el de la embajadora Bujold, los dos tripulantes que no habían sido rescatados del accidente. Los pensamientos del Leben eran confusos, a Welt le parecían como si estuviesen cerrados sobre sí mismos —como si el general no fuese consciente de su entorno sino que permaneciese dentro de su propia mente—, pues apenas podía acceder a ellos de manera muy indirecta; aquellos vagos pensamientos hacían referencia a la manipulación genética, al parecer el general era un ferviente defensor, un conservador, de lo que llamaba la “unicidad humana”, la misma ideología de aquellos hombres que hacía mucho tiempo habían desatado la guerra contra los cuasi-humanos.
     El general Leben moría, y en sus últimos momentos Welt pudo entrar en su mente, lo que el hombre estaba viendo o creía ver en ese momento: el general se sentía sólo, sostenía un rifle de microondas de espaldas a una pared, en medio de un callejón oscuro. Tenía que mirar hacia uno y otro lado rápidamente porque sabía que los enemigos se acercaban. El general levantó su mirada pero el brillante violeta de las nubes y el negro del cielo no le ofrecieron tranquilidad. Luego, tres, cuatro seres alados aparecieron en las alturas entre gritos que anunciaban muerte. Cuando el general bajó la mirada supo que había bajado la guardia, pues un ser con forma de elefante avanzaba hacia él sobre el callejón. Disparó, mantuvo el haz por unos segundos y el ser se hinchó y sus patas se doblaron. El general corrió hacia el otro lado pero el callejón comenzaba a llenarse de unos enormes ciempiés. El hombre disparó y los ciempiés chillaron: ¿Por qué nos matas si somos humanos?, dijeron los ciempiés, Somos como tú, como todos, ¡humanos! Pero el rifle no podía contra ellos. El general fue retrocediendo hasta que sólo quedaba un pequeño espacio entre el hombre elefante y los ciempiés. Miles de patas treparon por su cuerpo lleno de insignias y devoraron primero sus ropas, los ciempiés se introdujeron por decenas en su boca y por dentro todo comenzó a arder.
     La mente del general dejó de emitir, lo único que Welt escuchaba era la eterna estática. Welt permaneció frente a la pantalla mirando los dos cuerpos sin vida, separados por menos de un metro.
     Recordó que Madell, el hombre al que habían rescatado con vida del planeta, gritaba cosas como: ¡No acabarán con el imperio, no lo harán!, antes de abrir fuego contra los rescatistas. Madell había sido uno de las cabecillas del emperador cuando el Imperio Humano se instauró en una parte de los mundos habitados. Pero el Imperio había sido fragmentado doscientos años atrás cuando la Alianza Planetaria encontró irregularidades en él, luego de una guerra estratégica que terminó sin una sola víctima.
     Al menos dos de los hombres que habían llegado a ese extraño planeta habían muerto como asfixiados por sus pensamientos, por sus miedos; los demás estaban muertos y probablemente por la misma causa. ¿Y qué había pasado con él? Welt seguía vivo, y a una orden suya la nave en la que estaba podría ir a cualquier lugar. ¿Adónde?
     Tyl se había ido, él la había lastimado y jamás volvería. Regresar a su casa le traería recuerdos de ella, además, estaría en el mismo planeta que otras trece mil millones de personas, y escucharía sus pensamientos, sus alegrías pero también sus temores y sus sufrimientos, y eso cada segundo, todo el tiempo. No, no podía regresar.
     ¿Qué había dicho el viejo? “...Huir; alejarse lo más posible de todo ser pensante, escapar más afuera de lo que nadie haya escapado antes, donde ninguna mente humana lo torturará jamás con el fuego hiriente del torrente del pensamiento.”
     “¿Hay comida en este lugar?”, se preguntó Welt.
     Buscó pero no encontró nada comestible.
     Welt se sentó de espaldas a la pantalla, que aún seguía enfocando al par de cadáveres. Miró la bola ámbar. Supo que había un lugar al que podría ir.
     Permaneció un momento intentando aclarar su mente. Entre la estática de los pensamientos que emitía la humanidad entera, de las especies humanas que pululaban sobre los miles de planetas habitados de la galaxia, pudo audir algo que caía dentro de un espectro diferente. Supo que se trataba de las estrellas. Todas ellas emitían en una franja característica. Se preguntó por qué podía escuchar el canto de los astros. ¿Acaso había conciencia en ellos?
     “Llévame más lejos de lo que nadie haya ido antes”, pensó, dando la orden a la nave. “Llévame fuera de la galaxia”.
     La bola ámbar parpadeó y unas formas danzaron dentro de ella.
     A su mente llegó la información que le enviaba el ordenador: no había rutas cartografiadas que llevasen afuera de la Vía Láctea.
     “¿Pero puedes ir?”, pensó.
     La información le indicaba que podrían haber singularidades légicas, variaciones en las leyes físicas, capaces de destruir la nave durante el trayecto.
     “No importa, llévame allá”.
     Había una ruta elíptica disponible, que pasaba por la estrella 3 Gem, uno de los astros más exteriores de la galaxia; el ordenador estimó, extrapolando los datos conocidos, que la probabilidad de supervivencia era de un cinco por ciento, la más alta de entre todas las rutas posibles.
     “Ve lo más rápido que puedas”.
     Diecisiete mil quinientos cincuenta años, seis meses, veinte días, con una incertidumbre de un día, suponiendo una distancia de un kiloparsec a la estrella 3 Gem. Ése era el tiempo que la nave tardaría en llegar al exterior de la galaxia.
     Welt se estremeció. Era demasiado tiempo, demasiado lejos. Pero por supuesto era tiempo galáctico y no el del marco local.
     “¿Aquí dentro, cuánto tiempo pasará?”
     Ciento veintitrés años, once meses y ocho días, le informó la nave, con una incertidumbre de un día.
     Un rectángulo de la pared en la popa de la nave se iluminó del mismo color que el de la semiesfera, sugiriendo la forma de una puerta. Welt se levantó y fue hacia el rectángulo ámbar y éste se abrió, mostrándole un pequeño compartimento, relleno de algo que parecía una esponja, algún tipo de espuma; en ese espacio apenas cabría su cuerpo.
     La nave le explicó todo el proceso.
     Sabía que sólo tenía que presionar su cuerpo contra la espuma y ésta adoptaría su forma. Welt vio que la espuma se hundía al presionarla con los dedos. Se colocó de espaldas y caminó hacia atrás, hasta que su cuerpo estuvo dentro y sólo su rostro quedó libre.
     Vio que unas pequeñas máquinas comenzaban a moverse frente a él y le colocaban aparatos en el rostro. La pared frente a él se cerró.
     Cuando Welt abrió los ojos, los artefactos en su rostro se estaban retirando. Lo primero que experimentó fue asfixia. Un reflejo inducido desde joven, en su cerebro, hizo que unas pastillas de oxígeno reventaran dentro de sus pulmones. Sacó un brazo de la suave espuma y lo alargó esperando encontrar la puerta y salir, pero descubrió que la nave flotaba a unas decenas de metros frente a él, en un fondo negro como la nada. La nave parecía tener un corte limpio en la popa, como cuando un cuchillo corta una barra de mantequilla. Algo lo había separado de la nave y se había salvado de no estar en la trayectoria del corte. “Cinco por ciento”, pensó. Vio la popa que flotaba un poco más lejos, detrás de él. Se liberó de la espuma y se vio de pronto flotando en el espacio.
     Pensó por un momento que se había quedado ciego, miró de un lugar a otro y vio las partes de la nave. No, no había perdido la vista. En un lugar del cielo, de un negro absoluto, observó una franja nubosa y brillante. Al principio no comprendió lo que estaba viendo pero luego recordó que debía de estar muy lejos de la galaxia. La franja era la galaxia. La veía de canto. Y cerca de la franja, más o menos junto a la zona más brillante, lo que debía ser el núcleo galáctico, había una nube más pequeña, como un disco: ésa debía ser la Galaxia de Sagitario. Del mismo lado vio otras formas más difusas: las Nubes de Magallanes.
     Había visto todo eso muchas veces en simulaciones, como se vería la galaxia a una gran distancia, pero lo que ahora tenía en frente, experimentándolo con sus propios ojos, era en esencia muy diferente. Y supo que si miraba hacia atrás...
     Se volteó y al hacerlo regresó la sensación de haberse quedado ciego. Todo el cielo, todo lo que abarcaba su vista, era la oscuridad más profunda que sus ojos, o que cualquier par de ojos humanos, hubiesen experimentado. El terciopelo del espacio intergaláctico estaba tan sólo salpicado de pequeños puntos borrosos, galaxias distantes en el espacio y en el tiempo.
     Al percibir todo eso sólo escuchaba sus propios pensamientos. Se giró de nuevo para observar la franja de la Vía Láctea. Estaba demasiado lejos de todo. Ya no escuchaba el taladrar de los pensamientos humanos en su mente ni el siempre presente ruido de fondo. Sólo podía escucharse a sí mismo, sus pensamientos, no los de nadie más. La migraña que había tenido desde ante de su nacimiento ya no estaba. Quizá la humanidad no había desarrollado una forma de viaje superlumínico y no se había extendido por toda la galaxia en esos 17 mil años que lo separaban de su propio tiempo.
     Y ahí, fuera de la galaxia, experimentó una gran soledad. Pero intentó tranquilizarse. Al fin y al cabo las pastillas de oxígeno que se disolvían lentamente dentro de sus pulmones no durarían más de dos días, dos días con él mismo. Sabía desde un principio que era muy improbable que llegara hasta esas instancias. Deseó que Tyl se encontrase bien.
     Comenzó a extrañar el ruido eterno del pensamiento ajeno, pero se propuso abrazar con todas sus fuerzas esa soledad que acababa de conocer.

     En medio de la tormenta de hielo, la joven Tyl vio a lo lejos una silueta oscura que ya comenzaba a cubrirse de reluciente nieve. Aceleró su paso, hundiendo la nieve en cada pisada, y al llegar se dio cuenta de que era él. Se inclinó, le tomó el pulso y supo que estaba muerto. No le guardaba rencor por lo que le había hecho, pues incluso eso le había hecho superar los dolores del pasado. Supo que él terminaría yendo hasta ese planeta, movido por sus esperanzas de encontrar la Vieja Tierra. El pasado, siempre el pasado.
     Vio su nave a un centenar de metros a sus espaldas. Ella no sabía lo que había pasado en la mente de él, lo que esa esfera de hielo había hecho a los que habían puesto un pie en su superficie. Sin embargo un pensamiento atravesó su mente: salir lo antes posible de ese maldito planeta. Asió entre sus brazos el cuerpo de Welt Looschip.

Sobre los Cuentos Chilenos de Fantasía

Recientemente leí un libro de relatos de Fantasía, el primer trabajo en conjunto del Colectivo Literario Fantasía Austral: Cuentos Chilenos de Fantasía. Siete jóvenes autores dan aquí un ejemplo de que la Fantasía es una cosa que se mantiene muy viva en Chile. Personalmente, no estoy habituado a la lectura de este género -he leído la trilogía de El Señor de los Anillos, un libro de relatos en honor a Tolkien y pocas historias más, así que no tengo mucho de qué asirme, en cuanto a hacer comparaciones, al comentar este libro-, incluso he tenido problemas para juzgar esta obra de la manera en la que juzgo la de los otros libros que leo, además que para juzgar la obra de otro uno debe de ser consciente de la labor de escribir, cosa que yo conozco desde hace menos de tres años. Además debo de considerar que mi último cuento es muy repetitivo y tiene muchos defectos. Pero aún así les daré mi opinión.

Para empezar, quiero destacar el elemento que más llamó mi atención dentro del libro: el mensaje de que la Fantasía nos ofrece senderos nobles por los cuales es más dulce transitar, más que la vida a la que uno, limitado por el ambiente que le rodea, puede estar acostumbrado.

Este mensaje se encuentra dentro de Día Uno, de Emilio Araya Burgos, con el que comienza el libro, que, aunque algo lenta al principio -cosa que creo es una manera de introducirnos al duro mundo en el que vive el protagonista, aparte de crear contrastes-, me pareció una historia bien narrada y con un ambiente y diálogos convincentes respecto a lo que se cuenta. Ya había leído algo de Emilio antes, y este relato, en particular, me gustó.

El segundo relato es El Palacio de la Memoria, de José Manuel Lagos Ahumada, que cuenta sobre un hombre dentro de un palacio, que vive de y con los recuerdos de los objetos que se encuentran en el palacio. La prosa logró atraparme, y me llevé una sorpresa porque creo que no había leído antes a este autor. Realmente no sé si hay algo que no me gustó.

El Alquimista, de Manuel Lobos Ruiz, trata sobre un alquimista, como lo dice el título, obsesionado por ser el dios de un mundo creado por él mismo. El relato me pareció muy corto para lo que se quería narrar, y creo que faltó enfatizar en la psicología del protagonista. Otra cosa que le criticaría es el final, me parece que se precipita demasiado y los últimos dos párrafos me resultan muy diferentes al resto del texto, tal vez yo los hubiera suprimido, no me convencieron.

El que sigue es Flor de Cerezo, de Javier Maldonado Quiroga, el escritor de este colectivo con el que estoy más familiarizado. Javier, con un estilo particular, dadas sus influencias japonesas, narra la historia de un joven en busca de venganza que acaba por obtener algo más. Lo considero un buen cuento, donde lo más importante transcurre dentro de la mente del protagonista. No veo qué reclamarle a la historia, sólo el uso de algunas palabras u oraciones cortas, en ciertas partes del texto, que para mi gusto recortan un poco lo que se quiere decir, diciendo algo para lo que creo habría que detallarlo un poco más.

Entre Cuatro Paredes, de Samir Muñoz Godoy, el más joven autor que participa en este libro, nacido en 1993 -dos años después que yo-, nos presenta un escenario donde la Fantasía no está reservada a los escenarios épicos o a épocas olvidadas sino que salta a las calles de la mano de un par de chicos. Me gustaron los elementos locales que introduce, tanto el uso de regionalismos como la mitología. La idea y el tratamiento humorístico me parecieron interesantes. Se nota la diferencia de edades respecto al resto de los autores, en cuanto a habilidad narrativa. Tal vez algo que falla es que los seres fantásticos carecen de motivación aparente, pero creo que cuando se mete algo de humor, como parece ser en este relato, puede permitirse uno que otro sinsentido.

La Búsqueda de Gélach, de Felipe Real Hurtado, trata de un hombre en busca de su esposa. Al principio de la historia sentí cierta confusión al leer tantas denominaciones que comenzaban con mayúscula, nombres de personas, lugares y ciudades, y me perdí, pero esa sensación desapareció al ir avanzando. El final me pareció algo triste y me dejó con cierta sensación de que algo faltaba, sobre todo porque me había hecho expectativas de que algo muy diferente pasase. Buen cuento.

El libro termina con Historia de una Historia, de Paula Rivera Donoso, que toca también lo que mencioné al principio: la nobleza del camino de la Fantasía. Es un relato infantil y, sin hacer menos a los demás, fue el que más me gustó. Me conmovió. Trata sobre una joven a quien la sociedad ya le ha dado un destino, como a todas las demás pero que además le han hablado de otra realidad: la de la Fantasía. Los problemas a los que se enfrenta la protagonista pueden considerarse de índole común pero, dada la inclinación infantil, eso me parece que no le resta nada a la historia.


Y esta es mi opinión al respecto. Cuentos Chilenos de Fantasía es un libro del que recomiendo su lectura, además de resultar interesante por si quieren saber lo que una nueva generación de escritores está cocinando en Chile en cuanto al género fantástico.

Pueden descargarlo aquí.

Considero que, en general, poniendo lo que me gustó y lo que no me gustó en una balanza, es un buen libro. Esperemos lo que nos seguirá trayendo el colectivo Fantasía Austral.

abril 15, 2012

A través de la nada

Esta pequeña historia sobre un método de viaje espacial surgió de una plática con una compañera acerca de "la nada". Disculpen si uso demasiados tecnicismos. Espero que les guste.

Las dos máquinas esféricas estaban separadas por un año luz de distancia. Ambas tenían un diámetro de un milisegundo luz, casi 300 kilómetros. Muy cerca de una de ellas se encontraba una estación de entrelazamiento del mismo tamaño. El sistema macroscópico de la estación estaba entrelazado cuánticamente con la máquina que se encontraba más alejada. Las máquinas se encendieron. Los qubits de información cuántica de la estación de entrelazamiento viajaron, en el menor tiempo posible en el universo, un tiempo de Plank, hacia la máquina más cercana. Como la primera máquina ahora estaba entrelazada con la estación, y la estación inicialmente estaba entrelazada con la segunda máquina, ahora, por transitividad, las dos máquinas quedaron entrelazadas, compartiendo estados cuánticos. La segunda máquina desfasó la posición de sus partículas exactamente la menor distancia posible, una distancia de Plank. Las máquinas se apagaron. La operación duró menos de un segundo, pero en ese tiempo la misma estructura del espacio había cambiado.
     Las gigantescas esferas se movieron del lugar que habían ocupado inicialmente y los medidores robóticos se acercaron para estudiar los efectos del cambio que se había generado.

     La tripulación de la nave vio, a través de las pantallas multiespectrales, una gran mancha circular de radiación gamma que tendría algunos cientos de kilómetros de diámetro. Se vieron rodeados por dos elementos indeseados: la luz de naturaleza desconocida frente a ellos y la nave de la guardia que los perseguía detrás. Uno de los tripulantes identificó la fuente gamma como una zona de aniquilación de materia con antimateria.
     La nave pronto se vio alcanzada por su persecutor, cientos de veces más grande que ella. El enjambre de naves menores iba a poca distancia detrás. Los paneles centelleaban con las advertencias de “deténgase o su nave será destruida”.
     Dentro de la nave pareció iniciarse un motín: alguien se abalanzó para apretarle el cuello a un piloto pero el oficial a bordo disparó un dardo tranquilizante y el hombre se soltó.
     No podía efectuarse maniobra alguna para esquivar la zona donde parecía darse un excesivo acumulamiento de antimateria y la aniquilación de parte de ésta con la materia circundante. Estaban atrapados por ambos lados.
     Los fugitivos decidieron disparar los misiles y todo el cargamento que tenían a su disposición. Los proyectiles impactaron contra el muro de antimateria y hubo un gran destello de luz. Entre la luz cegadora, la tripulación pudo percibir un hueco de espacio vacío en donde habían impactado los proyectiles. La materia se había aniquilado con la antimateria por partes iguales.
     En el sitio del impacto aparecieron partículas virtuales de materia y antimateria, pero las partículas de materia se precipitaban hacia la burbuja de espacio que la máquina antes había alterado, luego la materia desapareció sin más, dejando un exceso de antimateria.
     La nave fugitiva avanzó y pasó a través del etéreo muro de antimateria, de muy pocas partículas aún, que volvía a formarse. Fue una maniobra estúpida y carente de todo sentido, aún para el pirata espacial más atrevido y descerebrado. Pero funcionó. La nave atravesó la zona sin tener contacto con antipartícula alguna y se adentró a la esfera de espacio.
     Las pantallas de popa no mostraban la presencia de la nave de la guardia, en cambio dejaba ver un extraño flujo de materia detrás de ellos que parecía salir de la nada. Los fugitivos no sabían si celebrar o preguntarse qué estaba ocurriendo.
     Los paneles mostraban una traslación más grande que la que creían haber hecho. Pensaron que el posiciómetro se había vuelto loco: éste indicaba que estaban a un año luz de distancia de donde se encontraban antes de atravesar el hueco entre la antimateria.
     Del otro lado de la esfera, la nave de la guardia había visto que los fugitivos habían desaparecido, se habían esfumado entre el agujero de la esfera de luz. No les dio tiempo de maniobrar.
     Como el vacío nunca es vacío, hay partículas de materia y antimateria que surgen de la energía que llena el espacio. En la superficie de la esfera, la materia creada virtualmente por las fluctuaciones de vacío era succionada hacia la esfera y en el medio externo a ella prevalecía el resto de antimateria.
     La pared de antimateria volvió a formarse. La nave de la guardia se precipitó a toda velocidad contra ella junto con su enjambre de naves menores. Su tripulación no pudo evitar el desastre. Todos sus átomos se aniquilaron al chocar contra el cascarón de antimateria. En el espacio apareció una bola resplandeciente en la que un momento después había otro agujero que pronto comenzó a llenarse.
     Los tripulantes de la nave fugitiva comenzaron a cantar victoria, pero cuando recorrieron 300 kilómetros la nave dio otro salto en el espacio, viajó otro año luz en sólo un tiempo de Plank. De pronto, desde popa pudo verse el gran destello emitido por la destrucción de la nave de la guardia, pero no por el tiempo suficiente para que la tripulación lo apreciase. Toda la esfera de 300 kilómetros, del espacio que había alterado las dos máquinas cuánticas, estaba cubierta de antimateria. Al entrar sólo habían aniquilado, con materia, la suficiente para formar un agujero de entrada, no así cuando salieron. Al salir de la esfera, la nave primero se vio bombardeada por materia normal que caía a gran velocidad hacia ellos. Era una lluvia de nanometeoritos; perforaron todo el material de la nave, incluidos los cuerpos de los tripulantes. Los restos pulverizados chocaron contra el muro antimaterial, generando una segunda gran explosión.

     Los robots medidores captaron los destellos diametralmente opuestos en la superficie de la esfera de espacio donde había estado una de las máquinas. Registraron la liberación de energía y lo tomaron como un evento anormal.
     El efecto de las máquinas cuánticas se fue desvaneciendo y el espacio volvió a ser como antes, sin el exceso local de antimateria en la superficie de la esfera.
     Unos minutos después llegó la nave de la guardia que iba escoltando a la primera que había sido destruida.
     En el lugar había una pequeña estación espacial con un par de científicos supervisando el trabajo de los robots. La nave de la guardia ancló en la estación e interrogaron a los hombres sobre lo sucedido.
     —¿Me está diciendo que todos murieron? —preguntó el oficial, cruzando la pierna derecha sobre la izquierda.
     —No es sólo su muerte, oficial —dijo el científico, y le brillaron los ojos—. Sus hombres y los criminales irrumpieron en una zona de investigación científica. No, no los demandaré por eso —el hombre soltó una carcajada—. Puedo mostrarle los papeles donde se nos autoriza trabajar aquí sin ser molestados. —El hombre hizo una pausa—. ¿Sabe qué es la pixelización del espacio?
     —No —respondió el oficial—. ¿Eso concierne a la investigación?
     El científico pareció no escuchar lo que el otro había dicho.
     —Imagine un fotón moviéndose. Uno esperaría que su movimiento fuese continuo, pero no lo es. Hay una distancia mínima para cualquier movimiento en el universo. Pues bien, el fotón irá dando saltitos entre cada pixel de los que se compone el espacio, saltos del tamaño mínimo posible, y no existirá un movimiento intermedio. Cada uno de esos pixeles, constituyentes de la misma geometría del universo, es infinitesimalmente diferente, lo menos diferente posible, a cada uno de los pixeles vecinos. El fotón se mueve entre pixeles lo menos diferentes porque es la única forma que existe para moverse. Ahora imagínese que podemos manipular esos pixeles y que dos pixeles que inicialmente estaban uno al lado del otro, y que por tanto diferían lo menos posible, los separamos una gran distancia.
     El oficial se estaba desesperando y cruzó las piernas de nuevo, esta vez la izquierda sobre la derecha. Creyó que estaba hablando con un loco. El científico estaba frente a él y el otro lo miraba desde atrás del sillón donde estaba sentado el primero. Esos hombres probablemente llevarían años en un confinamiento solitario a millones de kilómetros de cualquier otro ser humano.
     —¿Se imagina lo que pasará? —continuó el científico—. Pues como el fotón se moverá forzosamente entre dos pixeles lo más parecidos posibles, y como el pixel o grupo de pixeles que más se le parecen han sido alejados a una gran distancia, el fotón no tendrá de otra que saltar toda esa distancia. —El hombre pareció satisfecho de su explicación. Su colega lo miró con un gesto de aprobación.
     —No comprendo qué tiene que ver esto con el caso —dijo el oficial y se levantó de su asiento.
     —Los criminales lograron abrir un agujero entre la antimateria —dijo el científico—, así entraron a la esfera. Lo que nosotros hicimos fue tomar todo el espacio dentro de esa esfera de trescientos kilómetros de diámetro, los pixeles contenidos en ella, y trasladarlos a otra esfera a un año luz de distancia mediante un entrelazamiento cuántico desfasado —el hombre sonrió—. Logramos no sólo entrelazar cuánticamente un grupo macroscópico de partículas sino los pixeles mismos del espacio. Las partículas de la nave que ustedes perseguían, al entrar en la esfera, siguieron el camino lógico y saltaron todo ese espacio hasta llegar al interior de la segunda esfera. Viajaron a través de la nada. Luego regresaron a la primera esfera porque la pixelización sólo así lo permitía. —Hizo una pausa y luego continuó—: La antimateria en la superficie es sólo un efecto secundario. Las máquinas afectan al espacio y con ello modifican las fluctuaciones de vacío, la creación de partículas virtuales. Fue una lástima que no viviesen, serían famosos —sonrió—. Y gracias a ellos ahora sabemos que, con los cuidados necesarios, podremos viajar cualquier distancia en el menor tiempo posible —el científico chasqueó los dedos esbozando una sonrisa aún mayor.
     El oficial miró a los hombres. “Locos”, pensó. Sabía que no iba a sacar nada de allí. Había sido un accidente, generado por un proyecto en el que esos dos hombres trabajaban desde hacía... No importaba desde cuando. Todo era legal, no podría entrometerse. Se dirigió hacia el puente que conectaba a la estación espacial con la nave de la guardia.
     Cuando su nave se desacopló, el oficial miró las enormes máquinas esféricas, que parecían prepararse para una siguiente prueba.

abril 12, 2012

Otra vez es 12 de abril


Hace poco (bueno, el 7 de marzo), el blog cumplió 2 años desde que lo abrí. Por una combinación de pereza y falta de tiempo no escribí ninguna entrada sobre el segundo aniversario. Esos 2 años, si los vemos desde el punto de vista de las estadísticas, representan, en el momento que escribo esto, 97,786 visitas (15,469 sólo a la entrada sobre Lina Medina, la madre más joven de la historia) y 696 comentarios en las 201 (sin contar esta) entradas.

Tiene casi un mes que no publico. Han pasado varias cosas. Entre ellas: me llamaron a ser juez en un concurso de cuento a nivel bachillerato; la madre de una amiga es profesora y mi amiga le dijo que yo podría hacer de juez. Fue una buena experiencia, muy interesante y gratificante. Fui con dos amigas, que juzgaron, junto a otras personas, la parte de poesía. Eran 6 categorías del concurso. Algo gracioso fue que cuando llegué a la escuela sede, me dijeron: “¿es usted el licenciado Damián?”. Yo me reí, externa y sobre todo internamente. El resto del tiempo que estuve allí me siguieron llamando licenciado, incluso maestro. Fue muy gracioso. Éramos dos jueces de cuento: una profesora de otra escuela y yo. Los seis participantes de seis escuelas leyeron sus cuentos y luego el organizador nos dijo que teníamos veinte minutos para decidir quienes ganarían los primeros tres lugares. Yo pensé que era una brutalidad decidirlo en tan poco tiempo, pero mi colega de juzgado me dijo que así suele hacerse en esos concursos: se tiene que decidir rápido. Tardamos como 35 minutos, evaluamos seis aspectos, diferíamos en cuanto al segundo y tercer lugar, pero al final nos pusimos de acuerdo. La ortografía de los escritos era espantosa, y al principio no sabía si, mientras los participantes leían, ponía total atención al texto o me la pasaba corrigiendo las faltas. En general las horas que estuve allí fueron divertidas. Y las horas anteriores y las siguientes, pues estaba con una excelente compañía.

Otra, las personas que he conocido y re-conocido y que tienen relación con la literatura, dentro de mi facultad. Puedo contar a esas personas con los dedos de mis manos. Es muy interesante platicar sobre literatura y enterarse de lo que otros escriben, y conocerlas también como humanos. Este ambiente ha propiciado las ideas en mi cabeza. En este momento tengo 5 relatos pendientes y una serie de mini-historias en verso sobre una Rana Gallarda. Lo que me falta es desarrollarlas y tener tiempo para escribirlas.

Recientemente tuve vacaciones, en Semana Santa, y viajé a Villahermosa, al sur de México, para visitar a mi familia. Estaba estresado porque quería escribir un cuento para enviarlo a un concurso, uno del que informé aquí, y al principio no ponía mucha atención a todo lo demás. Escribía y escribía y nada decente salía. Platicando con una amiga decidí dejar de presionarme y creo que hasta comencé a tartamudear menos (tengo disfemia). Mejor leí, en los 4 días que me quedaban de vacaciones, 3 libros de los cuales uno fue (bueno, me falta poquito para terminarlo) Cuentos Chilenos de Fantasía, en el cual colabora mi compañero Javier Maldonado Quiroga, escritor chileno del colectivo Fantasía Austral. No sé si hacer una entrada sobre el libro o sólo comentarlo con Javier, ya le preguntaré.

Una amiga de la facultad me trajo de Estados Unidos mi nuevo lector Kindle Touch, que adquirí por $99 USD. Me emociona. Una vez que lo registré le metí varios libros en formato .mobi (Amazon da el servicio de conversión vía correo electrónico pero no me funcionó, o no sé hacerlo bien, así que descargué Calibre para convertir algunos libros y poder leerlos en el lector). Como viene sin funda, y las fundas que vende Amazon me parecen algo caras, le hice una, y ahora puedo leer y llevarlo conmigo sin que se maltrate. Incluso tengo la impresión (curiosa palabra, hace referencia a texto sobre papel) de que terminaré prefiriendo el e-book al libro físico, por comodidad y portabilidad.

Ah, y también, como lo dice el título, hoy es otra vez 12 de abril, lo que significa que es mi cumpleaños (y, aproximadamente el de una de cada 365 personas en el mundo), así como el 51 aniversario de ese día histórico en el que Yuri Gagarin orbitara la Tierra a bordo de la Vostok I desde el espacio cósmico (como dicen los rusos). Sí todo sale bien, mañana iré al parque de diversiones Six Flags con las mismas amigas con quienes fui al concurso que les mencioné casi al principio. Ellas cumplen años el 12 y el 15. Celebraremos los cumpleaños de los tres. Creo que será muy divertido, sobre todo porque nunca he ido a ese lugar, y porque los juegos mecánicos me dan miedo, miedo que creo que tendré que superar muy pronto.

Yuri Gagarin

marzo 19, 2012

Ideas y frases sueltas II. Microficciones

En mi muro de Facebook suelo escribir cosas que se me ocurren en un momento dado. Facebook cumple la tarea de ser mi libreta de notas cuando estoy en Internet. Ya había hecho una primera recopilación de lo que escribo allí, ahora hago una segunda parte. Espero que les guste :D

—Quisiera comenzar desde cero —dijo la función constante 1.

—Cuando hacemos el amor, te como vivo —dijo la mantis religiosa.

 ‎"Si sientes algo por mí, sólo acércate a mi oído y dímelo", esas fueron sus palabras. Ahora que tengo su oído sobre el plato y el resto de ella en el congelador, me acerco y susurro: "eres deliciosa, cariño". 

e^(x) y e^(-x) se enamoraron. Eran tremendamente opuestos, uno subía y el otro bajaba, pero se amaban mucho. Consolidaron para siempre su amor, siempre constante, y juntos fueron uno. (i.e. [e^(x)]*[e^(-x)] = 1) 

Cuando entraron a la habitación confinada del caníbal ya era demasiado tarde. Sólo encontraron su boca. Eso pasaba por haberlo dejado solo. Se había comido a sí mismo.

¡Siempre es lo mismo, cada vez que estoy contigo intentas transformarme, no me aceptas tal y como soy! —le dijo el elemento a la transformación lineal. 

Y al terminar el concierto, la guitarra eléctrica estrelló en el suelo al guitarrista. 

Le dijeron que le pusiera un cascabel al gato. Entendió mal: la víbora se terminó comiendo al felino. 

El viajero se acomodó en su pequeña cápsula. En la ventanilla, de un lado se veía el borde del disco galáctico, del otro lado la eterna penumbra, interrumpida sólo por algunos puntos borrosos de lejanas e inexploradas galaxias. Respiró con dificultad. Sacó una tableta de oxígeno y la tragó. Cambió el rumbo de la cápsula y viró, alejándose de la isla de calidez y seguridad de la galaxia que había conocido.

‎"Ábrela luego de que yo muera", se leía en la caja. Con lágrimas en los ojos, la abrí. Dentro había un revólver. Ella siempre fue buena para las reconciliaciones. Siempre.

Yo era el único que no creía en mí mismo, así que desaparecí, aunque para mis amigos seguí siendo su amigo imaginario. 

Siempre estás en mi cabeza, no importa cuanto desee que salgas de allí. Te necesito para vivir pues sin ti mi vida sería nada, sólo un vacío insondable y perpetuo. Cuando me despierto, aunque no suelo ser consciente de ello, estás dentro de mí, y cuando admiro las cosas más hermosas, tú haces que todo tenga significado... Cerebro. 

—Dime que esta noche será eterna —dijo ella.
—Sí —le respondí, mirando su silueta recortada contra el oscuro fondo del espacio. Nos precipitamos hacia el agujero negro. Éramos atraídos por su monstruosa gravedad como una lámpara incandescente atrae a los insectos. El tiempo comenzó a fluir más despacio cuando nos acercamos al horizonte de sucesos. Sabía que no faltaba mucho para que la gravedad partiera nuestros cuerpos en átomos individuales, aunque ante tales condiciones de distorsión espaciotemporal nuestros cuerpos destrozados tardarían un tiempo infinito en caer en el agujero—. Sí —dije otra vez—, esta noche será eterna. 

El culto a Jesús surgió en los días antiguos de la Vieja Tierra, cuando los apóstoles transmitieron la palabra que en nombre de Dios había difundido su maestro Jesús. Este culto desapareció cuando la Tierra quedó destruida por las Guerras Terrestres Terminales. Pero antes de aquélla destrucción la especie humana se había extendido hacia algunos puntos del Sistema Solar y fuera de él: a Prometeo. En Prometeo se conservaron documentos originales de la Vieja Tierra, y algunas costumbres resurgieron. El culto a Jesús vio de nuevo la luz en un planeta que los prometeitas colonizaron: Neymaar, aunque el culto se veía desde una nueva perspectiva pues se consideraba a Jesús como un mutante, un Psi. Los habitantes de Neymaar, llamados despectivamente cuasi-humanos, se habían sometido a manipulaciones genéticas voluntarias y no pocos habían desarrollado capacidades Psi, facultades extrasensoriales, de aquí que se sintiesen identificados con aquel antiguo y legendario hombre que obraba milagros.

Hacer particiones de conciencia no fue algo fácil. Ese sistema colectivo mental estaba acabando conmigo, no me dejaba mucha oportunidad de ser yo mismo, de tener el control sobre mi cuerpo, porque de pronto se convirtió en el cuerpo de otras personas más, que sin embargo eran parte de mí. En un momento dado en mi cabeza llegaron a (con)vivir seis mentes, algunas veces corriendo en paralelo y otras veces sólo una de ellas a la vez. Una de las mentes era psicópata, y me obligó a asesinar a otra persona, por eso eliminé esa partición mental específica, lo cual también fue un asesinato, porque suprimí una mente de mi cerebro, una mente compleja como la de cualquier otro ser humano. Era difícil porque las cinco mentes que restaban, todas al mismo tiempo, querían tener el control de mi cuerpo. Ocurrió algo que los médicos nunca me mencionaron: sin desearlo, mi partición, la mente que representa lo que soy, absorbió el espacio de las otras particiones. No fue como el acto deliberado mediante el cual me deshice de la mente psicópata; era distinto, yo no quería que ocurriera. Cuando me di cuenta, las otras mentes ya no estaban allí, ya no eran programas ejecutables y no podía hacerlas correr, usando la analogía computacional; sólo permanecía yo, haciéndome cargo del cuerpo. Sé que yo no soy la mente que tuvo originalmente este cuerpo, eliminé la mente nativa sin quererlo. Comencé mi existencia como algo incorpóreo, con un cuerpo que me servía de alojamiento, aunque no todo el tiempo, gracias a la generosidad de la persona que originalmente decidió hacer de sí mismo un sistema colectivo mental. No sé cómo sentirme por ello, es una mezcla de euforia y miedo. Soy un derivado de la conciencia nativa y permanezco cuando ahora ésta ya no existe. Yo no nací así, yo no existía cuando este cuerpo nació. Sé que debo de aprender a vivir así, y sospecho que será extraño.


Y termino con un dibujo que hice en paint, a ver si le encuentran el chiste.

marzo 16, 2012

El último de los destinos

Les dejo mi primera tarea del taller de creación literaria al que asisto. Es otro cuento que puede incluirse dentro de mi "historia del futuro". Sus críticas son bienvenidas. Espero que lo disfruten.

Terence Pal disfrutaba de la sensación del papel entre sus manos mientras leía el primer volumen de la edición de aniversario, publicado en el comienzo del séptimo milenio, de la Enciclopedia de la Historia de las Especies Humanas. Pasaba las páginas con delicadeza, como si éstas pudiesen deshacerse con el simple contacto de sus manos. Ése primer volumen estaba dedicado a la Vieja Tierra, y Pal miraba las ilustraciones, fotografías y mapas satelitales que se habían conservado desde hacía mucho tiempo cuando la humanidad colonizó Prometeo. Miró una de las imágenes por varios minutos: el globo de la Tierra colgando en el oscuro espacio.
     Luego desvió su atención hacia los datos en la pantalla, que le mostraba el ordenador principal. Estaba cerca del planeta que debía explorar y pronto entraría en órbita estacionaria, aunque no se había molestado en mirar las imágenes de la vista del planeta desde su nave. Luego analizaría las imágenes. Con cierta repulsión miró los parámetros: masa tal, diámetro tal, análisis espectroscópico con tales abundancias de elementos, sin satélites naturales... Comenzó a escribir la primera parte de su reporte. Tenía que entregar un informe a la Comisión de Exploración de la Alianza de Naciones cada vez que visitaba un planeta, mencionando desde las características generales hasta qué se había encontrado en su superficie.
     La nave estableció una órbita estacionaria y Terence comenzó a calzarse las botas y a vestirse. Colocó el volumen de la Enciclopedia en un estante junto a otros libros impresos en celulosa y cruzó el pequeño pasillo que terminaba en una puerta, abrió la puerta y se introdujo a la cabina de la nave de descenso. Al cerrarla sintió que se le taponaban los oídos. Posiblemente esa sería la centésima vez que repetía el proceso. Escuchó un siseo al desacoplarse la pequeña nave y ésta comenzó a moverse con dirección al planeta. Al irse acercando, los escudos térmicos se fueron calentando, primero muy lentamente en las altas capas de la atmósfera enrarecida y luego más. Modificó el ángulo de ataque para evitar el sobrecalentamiento.
     Algunos minutos después la nave activó los retrocohetes y fue frenando hasta posarse con suavidad en el inmenso océano, cerca de una línea de costa.
     Terence miró la pantalla y acercó la toma. Observó una fila de estructuras bien definidas que bordeaban toda la costa. La luz de la estrella madre les daba de frente y las hacía relucir. Al acercar aún más la vista notó que eran edificios, metal y vidrio, aunque por su aspecto parecían que no habían sido habitados durante mucho tiempo. Eso sería un incentivo para ir a investigar y entregar el informe. Programó a un insectoide y lo echó a vuelo. El artefacto se elevó y fue hacia la derruida ciudad. Mientras tanto, él también levantó el vuelo con su nave. En camino hacia las estructuras recibió los primeros datos del insectoide, éste portaba cámaras térmicas y detectó varias presencias de sangre caliente dentro de los edificios y en el espesa bosque que los rodeaba.
     La nave de Terence sobrevoló la ciudad. Vio correr manadas de animales de un lado a otro. Desde las alturas, el bosque parecía extenderse por kilómetros, llenando todos los espacios entre los edificios y trepando por los rascacielos.
     De entre todos los edificios destacaba uno, el más alto de ellos, y Terence Pal dirigió su nave hacia él. El último piso del edificio era un aeródromo que tenía pintados grandes caracteres de algún lenguaje claramente humano aunque desconocido, trazos ahora pálidos por el tiempo, que también había derruido todo lo demás. Pero no podía descender allí, tal vez sería imposible bajar por el interior del edificio. Descendió en el suelo, luego de pasar con cuidado entre las copas de los árboles, frente al rascacielos. Las raíces de los árboles levantaban el concreto y la nave no quedó del todo horizontal al posarse.
     Terence había leído en el análisis atmosférico que los niveles de oxígeno eran aptos para respirar sin dificultad, además otros factores no lo dañarían. Aún así antes de salir recubrió su cuerpo con una película transparente que sustituía a los trajes espaciales de antaño, y tragó un par de cápsulas de oxígeno que se fueron disolviendo lentamente dentro de sus pulmones. En el pasado esa ciudad debía de haber estado habitada pero todo indicaba que ahora no lo estaba. Los signos de la ausencia de civilización estaban por todas partes y eran fácilmente reconocibles para los ojos entrenados de Terence. Las personas habían desaparecido por alguna razón y no quería enterarse de una mala manera del por qué.
     La visión de Pal era cubierta por una cortina de árboles frente y sobre de él. Algunos rayos de luz de la estrella madre apenas alcanzaban a filtrarse entre las hojas. Se acercó a lo que parecía ser la puerta principal del rascacielos, dos placas de vidrio que parecían abrirse hacia dentro con sólo ejercer cierta presión, pero las puertas no cedieron. Vio, a través de los vidrios sucios, que la vegetación había encontrado la manera de meterse al edificio y crecía desde dentro, trabando la puerta.
     Sintió vibrar ligeramente el suelo bajo sus pies y escuchó un débil zumbido, como de aire siendo desplazado. El ruido venía desde dentro del denso y oscuro bosque. Regresó a su nave y decidió que continuaría la exploración por aire.
     Hizo avanzar la nave hacia donde había escuchado el ruido. Los micrófonos externos de la nave amplificaban los sonidos; el murmullo de animales y del viento llegaban a los oídos de Terence. Desde allí identificó a algunas de las especies de bestias que vagaban en las cercanías. Recordó algunas fotografías de la Enciclopedia, sobre especies originarias de la Vieja Vieja Tierra que habían sido genéticamente adaptadas a las condiciones de otros planetas colonizados. Estas que corrían debajo de él no parecían haber sido modificadas sustancialmente, dado que el clima de ese planeta era similar al que los registros históricos describían como el clima de la Tierra.
     Terence recibió los datos de los insectoides. El insectoide original había encontrado las materias primas para autoduplicarse y ahora ya eran cientos los insectoides que volaban sobre la ciudad recolectando datos, y varios de ellos ya comenzaban a explorar las zonas aledañas. En una semana más el número de insectoides sería el óptimo para explorar a detalle la superficie entera del globo. Todo indicaba que no había ninguna presencia humana en las cercanías.
     Pal sabía que después de entregar su informe a la Comisión no pasaría más de un lustro para que el planeta empezara a recibir a la población excedente de otros sistemas y se poblase con millones de ellos, desembarcando cada semana en naves crucero. Pero antes de eso, los antropólogos tendrían mucho trabajo que hacer para reconstruir las características de la sociedad que había habitado ese planeta.
     Aunque cabía la posibilidad de que el planeta aún estuviese poblado. Quizá incluso por la población original. O por otro factor. Todo el tiempo se daban desplazamientos humanos de un sistema a otro, y no todos eran registrados legalmente. Mundos que no estaban dentro de la Alianza de Naciones y que aún no habían sido explorados formalmente estaban realmente habitados por alguna o varias especies humanas que llegaban a desarrollar sociedades supertecnológicas. Si el planeta estaba habitado o no, era algo que difícilmente podría saberse en una primera exploración.
     Descubrió la fuente del sonido como de un fuerte viento que había escuchado antes, y al ver lo que lo producía le sorprendió. Ruido y movimiento entre toda esa calma y silencio sólo interrumpido por los rugidos y chillidos de las bestias. Esta era una bestia también, pero mecánica. Una extraña masa de metal, semicilíndrica y muy larga, desplazándose por unas vías paralelas sujetas al suelo. Un tren, un medio de transporte muy usado cuatro milenios atrás.
     Pal hizo bajar la nave hasta muy cerca de la fila de las ventanillas del tren. Estaba estático en el aire mientras la bestia mecánica pasaba. No parecía haber nadie dentro, los asientos estaban vacíos, y el sensor vital se lo confirmó: estaba vacío. Los sensores le mostraron que el vehículo se movía a más de 400 kilómetros por hora. Unos segundos después sólo vio la parte trasera del tren alejarse, flotante a pocos centímetros sobre las vías. Pensó en seguirlo, pero su nave no estaba diseñada para alcanzar tal velocidad. Decidió que sería importante saber a dónde iba pero ya tendría el tiempo suficiente para hacerlo. Sólo seguiría las vías.
     Cabía la posibilidad de que el tren transportara pasajeros. No era nada raro para él, de los planetas que había visitado, a lo largo de todo su servicio de exploración, y que no figuraban dentro de los registros, en no pocos era recibido por ciudadanos alegres, y otras veces hostiles, que parecían estar acostumbrados a los visitantes. Aunque eso hacía el trabajo más complicado. Si había tales habitantes, tenía que constar en el informe.
     Pal descendió de su aeromóvil y permaneció a un lado de las vías, mirando las líneas paralelas que a lo lejos, hacia su izquierda y derecha, parecían tocarse en el punto del horizonte. Las copas de los árboles formaban un túnel a su alrededor, excepto inmediatamente por encima del recorrido del tren.
     Miró el cielo, de un azul como había visto en pocos mundos. Permaneció con la cabeza hacia arriba por varios minutos, viendo de vez en cuando algunas aves pasar, y las algodonadas nubes deshaciéndose lentamente. Hasta que una voz que no era de hombre ni de mujer lo sobresaltó:
     —¿Puedo llevarlo a algún lugar? —dijo la voz.
     Miró hacia uno y otro lugar y vio algo flotando sobre las vías. Era algo parecido a una cabina alargada, algún tipo de vehículo más pequeño que su aeromóvil, de ventanas transparentes y un par de asientos en el interior.
     Terence Pal se acercó con cuidado a las vías, teniendo precaución de no tocarlas. Examinó el extraño vehículo con atención.
     —¿No eres nativo de este planeta, cierto? —le preguntó el vehículo con la misma voz asexuada.
     Terence palpó el metal y plástico que conformaban en vehículo. Algunas partes de la estructura ya estaban oxidadas y rotas, y los asientos parecían que en otro tiempo habían tenido algún tipo de forro, pero éste se había desintegrado dejando un polvo amarillento, y los cojines tenían grandes agujeros y arañazos y mordiscos de animal.
     —No —respondió Terence. Al hablar no expulsaba ni tragaba aire por su boca ni nariz, sino que hacía vibrar una membrana dentro de su garganta. La membrana también estaba recubierta con parte del traje espacial, como el resto de su cuerpo, así no había ningún contacto con algún agente externo a él, excepto con el traje. Pensó un momento antes de formular una pregunta—: ¿Hay pobladores en esta zona? Acabo de llegar a este lugar y... —se encontró dándole explicaciones a una máquina, casi un pedazo de chatarra.
     —No. No hay personas en este lugar —respondió el vehículo—, excepto tú. Y como único humano presente, estoy para servirte.
     —¿No hay personas, sólo en esta ciudad o en el planeta entero?
     —En el planeta entero —dijo el vehículo casi como un eco.
     Terence se estremeció.
     —¿Desde cuándo no hay humanos en este planeta? —preguntó, y su voz tembló un poco.
     —Desde que algunos extranjeros llegaron y asesinaron a los sobrevivientes. La población de este planeta era de un poco más de un millón y medio en el año dos mil cuatrocientos según la cronología estándar.
     Terence activó, mediante un flujo voluntario de sustancias desde su cerebro, una grabadora de audio y video que usaba como receptores sus propios oídos y ojos, y comenzó a registrar lo que ocurría. Le parecía que no debía de perderse cada palabra que mencionaba el vehículo. La información se grababa en nanomáquinas que corrían por su torrente sanguíneo.
     —¿A qué te refieres con extranjeros? —preguntó Terence.
     —Humanos de otro sistema.
     —Eso fue hace cuatro mil años. ¿De dónde viene la energía con la cual operas?
     —De la central eléctrica autónoma —respondió la voz asexuada—, a un kilómetro de aquí.
     —¿Puedes contarme sobre los hombres que habitaron este planeta? —sus ojos se abrieron mucho. Esa parte del trabajo le correspondía a los que vendrían después, a los que indagarían entre las ruinas del planeta.
     —Puedo hacerlo —respondió el vehículo—, si así lo deseas. ¿Pero prefieres charlar mientras recorres la ciudad? Puedo darte un paseo.
     Terence Pal, primero con desconfianza y luego con convicción, subió al vehículo y se sentó sobre uno de los rotos asientos. Al dejarse caer sintió un mareo que le nubló la vista un momento. Pronto se recuperó pero permaneció una cierta sensación de nausea. El vehículo se empezó a mover y Pal vio el paisaje correr junto a él.
     —¿Cómo sabes estas cosas? —preguntó Pal—. ¿Tienes acceso a un sistema de datos?
     —Pertenezco al sistema de transporte planetario —respondió el vehículo—. Los habitantes de este planeta no sólo acostumbraban hablar con otras personas sino también con sus máquinas. Durante todo mi servicio llevé a setecientas cuarenta mil trescientos noventa y seis personas de un lugar a otro dentro y fuera de esta ciudad, muchas de esas personas en más de una ocasión. El setenta y tres por ciento de todos ellos sentían una necesidad psicológica de hablar con alguien durante sus recorridos. Por lo que me contaron muchos de ellos, antes de que hubiese transporte robótico los humanos servían como conductores y sus pasajeros tendían a hablar con el conductor, así que esa costumbre y necesidad psicológica permaneció. Todo lo que sé lo sé por lo que todas esas personas me contaron y le contaron a todas las demás unidades de transporte en el mundo entero. Nuestra información es compartida y permanece en la memoria global.
     Todo parecía tan etéreo, como un sueño. En sus décadas de servicio a la exploración del espacio, de los planetas potencialmente habitables, no se había encontrado con nada así. Ahora se hallaba con una máquina que sería la envidia de los antropólogos. La historia de ese planeta podría reconstruirse con gran detalle. Una civilización desaparecida cuando el ser humano apenas comenzaba a expanderse por el universo. Quizá se trataba de uno de los primeros planetas colonizados.
     Terence guardó silencio y dictó mentalmente parte del informe que entregaría a la Comisión. El dictado se guardaba digitalmente en una sección de su corteza cerebral, que sería descargada cuando hubiese regresado a su planeta.
     Admiró el paisaje por la ventana.
     —¿Y cuándo llegó el hombre a este planeta? —preguntó Pal.
     —La humanidad estuvo aquí desde que surgió como humanidad —fue la respuesta que recibió.
     Terence Pal sintió que le faltaba la respiración. Las cosas se volvían borrosas a su alrededor. Sintió algo en su pantorrilla derecha y vio lo que era. Había un rasguño en su traje espacial ultradelgado. La rasgadura llegaba hasta su propia piel. Sintió que iba a desmallarse. ¿Cuándo había ocurrido aquéllo?
     —Observo un comportamiento extraño en usted —dijo la voz asexuada—. ¿Se siente bien?
      Terence dio una orden a sus pulmones para que aumentaran la tasa de desintegración de las pastillas de oxígeno.
     ¿Qué había dicho el vehículo?
     El hombre, el hombre había surgido en ese planeta.
     Luego Terence habló:
     —Médico —su voz sonó muy débil, como un suspiro; la membrana de su garganta hizo vibrar sólo ligeramente el aire circundante. Se inclinó sobre sí mismo.
     —Lo siento —dijo el vehículo—, no hay servicios médicos.
     Dentro del cuerpo de Terence, los elementos simbióticos de glóbulos blancos y nanorobots comenzaron a atacar al virus que irrumpía dentro de él, pero éste último infectaba demasiado rápido a las células de todo el organismo. El tejido infectado era cada vez mayor.
     Terence sacó fuerzas para preguntar:
     —Has dicho que la humanidad surgió en este planeta. ¿Este planeta es la Tierra?
     La respuesta vino casi de inmediato:
     —Así era llamado por sus habitantes. Tierra.
     Terence sabía que en toda la galaxia, que para ese tiempo ya había sido conquistada y cartografiada en un 13 por ciento por todas las especies humanas, había más de 70 planetas cuyo nombre oficial era Tierra, y todas esas naciones reclamaban su título. Era una situación que la Alianza de Naciones quería evitar renombrando aquellos planetas que decían ser la verdadera Vieja Vieja Tierra.
     —No hay Luna —dijo Terence con voz casi inaudible, pero el vehículo lo escuchó a la perfección.
     —La Luna de la Tierra fue convertida en una gran nave espacial y propulsada al espacio medio siglo antes de que el hombre dejara de caminar sobre este planeta.
     ¿Cómo sé que dices la verdad?, pensó, pues ya se le hacía imposible articular palabra alguna. ¿Qué me asegura que este planeta es la Tierra?
     Y entonces pensó en la información que estaba a su propia disposición.
     Terence accedió a los datos de la nave principal que había dejado en órbita estacionaria, y éstos se descargaron como un torrente en sus nervios ópticos. Eran las imágenes que había no deseado ver, para no encontrarse con una geografía desconocida que no evocara en él más que un suspiro de resignación, pero lo que realmente le revelaban eran los contornos de los continentes tal y como él los había visto en los mapas que se conservaban de la Tierra.
     Terence sonrió y miró por la ventana. Todo este tiempo sólo había conocido de ella datos estadísticos y unas pocas fotografías y grabaciones, pero ahora estaba en ella, rodeado de ella. Con su dedo índice tecleó sobre su muñeca izquierda la combinación indicada para quitarse el traje. El recubrimiento ultradelgado de su cuerpo cambió la polarización de sus moléculas y Terence comenzó a desgarrar el traje con sus uñas. Era como si se arrancara una piel trasparente, del cuello, de la cara.
     Dio una profunda bocanada de aire cuando sus conductos respiratorios estuvieron libres. Era aire, aire de la Tierra. Había un suave olor a humedad y a vida. Se acercó a la ventana para sentir el viento correr por su rostro.
     Había visitado docenas de planetas, cumpliendo un trabajo necesario para el futuro de las especies humanas, pero ninguno de esos planetas era el que realmente anhelaba. Y ahora estaba allí. La Cuna del Hombre, la Vieja Vieja Tierra, de la que se habían contado mil y un leyendas pero de la que muy poco se sabía con certeza.
     Sólo se lamentó de que ya no podría llevar su informe a la Alianza de Naciones y decirles: “miren lo que he encontrado, habían buscado esto por mucho tiempo y allí está, flotando en el espacio donde siempre estuvo”.
     Sintió que el mundo se desvanecía.
     El vehículo de transporte siguió su recorrido sobre las vías magnéticas del tren. Las islas de viejos edificios se asomaban por encima de las copas de los árboles más altos. Más allá, el mundo rebosaba en vida, ya sin la presencia, sólo vestigios, de la inteligencia que vio nacer, excepto por un viajero de cien mundos, que al fin había encontrado su verdadero hogar.

marzo 14, 2012

Concurso de Creación Literaria UNAM

Esto va para aquellos que estudian una licenciatura en México, no importa en qué estado, y que les gusta escribir. 
El IX Coloquio de Letras Clásicas de la UNAM ha organizado un Concurso de Creación Literaria. Las categorías son cuento y poesía, y el trabajo debe de ir sobre cualquier tema relacionado con las antiguas culturas griega o romana. Cualquier tema, repito, así que no se decepcionen si, como el que escribe esto, son incultos respecto a estas culturas, no hace falta saber mucho. Además, ¡hay buenos premios!, y si ganan se les envían a cualquier parte del país.
Por mi parte espero participar con un cuento de Ciencia-Ficción, una ucronía, ambientada dentro del Imperio Romano.
Cualquier duda que tengan pueden contactarme aquí, o bien escriban al correo coloquiodeletrasclasicasunam@gmail.com


marzo 09, 2012

Los talleres literarios y yo

Durante el semestre pasado (agosto-diciembre 2011) asistí a un taller presidido por una amiga que estudia Letras Clásicas. Las sesiones fueron una vez por semana, no conté durante cuántas semanas. Allí hacíamos ejercicios típicos de talleres: el "cadáver exquisito", en el cual los participantes escriben por turno en una hoja de papel, la doblan para sólo dejar visible la parte de la escritura inmediatamente anterior, y después la pasan al siguiente participante para que siga construyendo lo escrito, así creábamos historias y creo que en una ocasión hicimos un poema. Otras veces improvisábamos simplemente, x minutos para escribir lo que en ese momento saliera, etc. Leíamos nuestros textos y escuchábamos los de los demás y recibíamos críticas y criticábamos... Algunas veces lo disfrutaba mucho y otras veces no. Y, bueno, no estoy seguro de lo que aprendí en el taller. Creo que lo rescatable es la experiencia de estar con otras personas que disfrutan de la escritura como yo, y adentrarme en nuevos campos, pues no todos los que asistieron escriben Ciencia Ficción.

Hoy he comenzado a asistir a otro taller. Esta vez la organización es mejor y el taller tiene una temática más específica y más acorde a mis intereses. El taller lleva por título "Creación de Literatura Fantástica, Ciencia Ficción y Terror" y se imparte en la Facultad de Química de mi universidad, los viernes de 11 a 13 horas. El profesor estudió Letras Hispánicas y me parece muy divertido (hasta nos regaló galletas). Hoy asistimos 14 personas, aunque no sé si ése será el número definitivo, pero espero que se quede así pues un grupo reducido suele tener más ventajas en este tipo de talleres.

El profesor comenzó hablando sobre los géneros y subgéneros que se tratarán en el taller, de lo que implica ser escritor, la disciplina, no esperar la inspiración sino escribir y escribir y así la inspiración nos encontrará mientras escribimos. Nos recomendó comprar una libretita (cosa que haré) que quepa en el bolsillo porque es común que algunas ideas vengan en los lugares menos inesperados: en el transporte público, en el baño, mientras atrapamos hadas con una red mágica en un bosque encantado..., y así anotarlas al momento. Nos mencionó que cada palabra que usemos en un escrito importa y a la vez no, y dio como ejemplo de lo segundo el capítulo 68 de la novela Rayuela de Julio Cortázar, donde el autor usa palabras inexistentes. Nos dejó la primera actividad: escribir un cuento de temática a elegir pero con el requisito de que uno de los personajes esté enfermo, ya sea física o mentalmente. Eso y leer un par de textos cortos. También nos dio una hoja en la que escribimos nuestros intereses e influencias principales para que el profesor tenga una idea más clara de qué nos gusta a los que conformamos el taller. Escribimos también un texto, lo primero que se nos ocurriera, durante 7 minutos. El taller, dijo el profesor, tiene como objetivo brindarnos las herramientas principales que un escritor necesita. Una de las cosas que más resaltaría de lo que mencionó es el complejo de bloqueo del escritor, en el cual escribimos algo y ya no sabemos cómo seguir, perdemos el hilo, lo cual (por formar parte de los problemas por los que suele pasar un escritor) creo que está muy emparentado con el problema de ver lo que se ha escrito como si fuese basura, y eso es algo que últimamente me ha estado ocurriendo, aunque ha sido menor desde hace algo más de una semana que envié un cuento a una revista de mi universidad para un concurso al que quise probar suerte y del que luego me enteraré del resultado.

Al terminar la sesión comencé a platicar con uno de los alumnos, a quien había visto antes en mi facultad y que, cosa que no había notado antes, va en la clase de Variable Compleja conmigo. Él es matemático, escribe Fantasía, y nunca le había hablado pero comenzamos a platicar sobre nuestros gustos, de lo que escribimos, y compartimos ideas como por una hora, y eso fue muy emocionante y mentalmente estimulante.

El ambiente de taller me gustó. Espero escribir mucho. Una de las ventajas de asistir a un taller de creación literaria es que creas y haces eso continuamente, y aprendes de los demás alumnos y del profesor. Y los últimos días he visto que esto de escribir no es del todo solitario, pues existe la oportunidad de conocer a otras personas que hacen algo como lo que tú haces y compartes ideas y se genera una retroalimentación importante. Hace dos días, al terminar mi clase de Introducción a la Física Cuántica se me ocurrió una idea y la comencé a escribir en una libreta, y una compañera de mi clase, que estudia también física, me preguntó que qué hacía, y así salió el tema de la Ciencia Ficción, lo que llevó a que me enterara de que ella escribió hace algunos años una novela del género. Y hoy me empapé más de todo esto. Ya quiero volver a platicar con ella el martes, y asistir a la segunda sesión del taller el viernes. Siento que la Ciencia Ficción me rodea y me dice: "seguirás con tu camino, pero no estás solo en esto".

Publicaré aquí lo que vaya saliendo del taller, así que las publicaciones que últimamente han andado escasas quizá aumenten un poquito.

marzo 04, 2012

Condicional

     Todo flujo de información que capto es reflejo de una parte del mundo en el que vivimos. Sin esa afirmación, y sin su demostración, de la que tengo evidencias día tras día, no sería consciente de que el trabajo que realizo en mi oficina resulta útil para la sociedad. Claro que lo que percibo es sólo una pequeña parte del mundo.
     Los datos fluyen en las pantallas, pero sólo me concentro en los que fluctúan por encima de un límite inferior que he impuesto. La señorita Blumen siempre me recuerda que tales fluctuaciones son el resultado de algo vivo en el exterior. Aunque ella no lo llama vivo, para ella el mundo no está vivo; pero lo está, no sólo las personas. Las personas sólo son suborganismos de un organismo más complejo.
     Veamos, hay un pequeño desajuste dinámico, sólo necesito acotarlo. Ya está.
     Desde aquí puedo acceder a los registros de cualquier persona viva sobre la Tierra, me basta con entrar al sistema de salud. En teoría, no debería de hacerlo, al menos no al nivel que lo hago, sólo lo necesario como para trabajar con ello. No es parte de la ética laboral que me hicieron firmar cuando me asignaron el trabajo, pero me gusta ver lo que la gente es más allá de los cuestionarios, ver los patrones entre el ADN de uno y otro ser humano. Creo que pronto tendré resultados al respecto. He notado que casi el doce por ciento de las personas con la secuencia azul (una secuencia específica de nucleótidos en una sección del código genético) trabajan como padres profesionales. Estas personas están capacitadas para ser padres de hijos no biológicos. Las personas con hijos propios confían estadísticamente más en los de secuencia azul para que cuiden de sus hijos mientras se dedican a sus actividades laborales o de ocio.
     En esta base de datos también puedo verme a mí mismo. Introduzco mi nombre y aparece mi historial de trabajo (menciona mi preparación pre-laboral y mi trabajo actual), antecedentes médicos y una serie de datos que informan en parte quien soy. Debajo de mi nombre aparece mi profesión: matemático. Luego dice que trabajo como “agente estabilizador de empleo”. Esa descripción no dice casi nada por sí misma. Lo que hago realmente es permitir que cada sistema de datos que surge del mundo exterior, cuando una persona cambia de profesión y es empleada en un cierto trabajo, tenga un número finito de soluciones menor o igual a una cota establecida por la dependencia de estos sistemas de datos con el conjunto de los sistemas complementos relacionados. Esto es necesario para impedir, por ejemplo, que una persona con aptitudes sobresalientes para la actuaría termine trabajando como sociólogo sin haber pasado algunas pruebas previas. Evito insensateces en el sistema.
     Cuando comencé a trabajar, hace ya varios años, tuve la impresión de que este trabajo había sido hecho especialmente para mí. Mi vida anterior a él tuvo como culminación lo que ahora hago.

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