Hace tres días fue el 121 aniversario del nacimiento de John Ronald Reuel Tolkien, y hace tres días quería hacer esta entrada pero, por alguna misteriosa razón, no pude subir el dibujo que quería mostrarles. De Tolkien he leído El Señor de los Anillos y estoy leyendo El Hobbit; la trilogía me encantó y puedo decir que El Hobbit me está gustando. Hace más de un año hice un retrato de Tolkien, así que lo quería compartir aquí, aunque sea tres días después de su aniversario. Felicidades, Tolkien.
enero 06, 2013
enero 03, 2013
Personas y cosas inesperadas
La publicación
Eso fue el 1 de agosto del año pasado.
Lo que ocurrió fue que el correo en el que Santiago Oviedo, el editor de la revista, me informaba que mi cuento había sido seleccionado para el número 25 no me llegó, así que no me enteré previamente que me publicarían. Fue una grata sorpresa. En agosto de 2011 me habían publicado “El evento Neandertal” (en el número 21 de la revista, agosto 2011) y el segundo fue, en esta ocasión, “Ahora los errantes seremos nosotros” (en el número 25, agosto 2012).
Aunque este cuento no me gustó una vez que lo leí en la revista; lo había escrito hacía unos seis meses y le vi muchísimos puntos flojos y hasta pensé que hubiese sido mejor que no lo publicaran. No sé si esa sensación se debió a que en esos seis meses, desde que lo había escrito hasta que me lo publicaron y lo leí de nuevo, mi manera de escribir había mejorado, pues fui consciente de los fallos (al menos los que pude notar) que tenía mi cuento.
La tertulia
No sé cómo ocurrió, si yo lo agregué a Facebook o él me agregó, el punto es que entre mis “amigos” estaba (está) Mauricio del Castillo, un escritor mexicano de Ciencia Ficción (que hace unas semanas publicó su primer libro: La Variable Multimillonaria y otros relatos) del que un día recibí una invitación para la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México.
Yo tenía algunas referencias sobre esa tertulia, había entrado al blog de la misma unas cuantas veces antes, aunque sólo había visto sus entradas superficialmente.
La primera cita fue el último sábado de septiembre en un restaurante Vips, y en la entrada me encontré con Mauricio, lo saludé y platicamos un poco. Sólo habíamos llegado nosotros, pero pronto llegaron más, aunque yo no supe al principio si venían a la tertulia o eran unos clientes cualquiera del restaurante. Entramos y nos sentamos en un par de mesas que estaban dispuestas juntas, en total éramos como 11 personas.
Mauricio me había dicho que la dinámica de la tertulia era platicar de cualquier tema relacionado con la Ciencia Ficción. Casi no hablé, excepto cuando tuve que presentarme, pues era el chico nuevo. Escuché atentamente lo que los demás decían, y, en efecto, la conversación giró en torno a una gran diversidad de temas relacionados con el género.
Fue muy agradable. Me sentía increíblemente raro en ese entorno pero a la vez muy cómodo. Eran personas bastante divertidas y que era evidente que sabían de lo que hablaban. Me parece que todos ellos escriben y varios han publicado. Yo me sentía como un niño en medio de ellos, no en el sentido biológico, sino porque era el más joven de todos y el que creo que lleva menos tiempo escribiendo.
Cuando ya me tenía que ir, aunque ellos se quedarían un poco más, pues ya era muy tarde (había llegado a las 5pm y llevaba ahí como 4 o 5 horas), me levanté, me despedí de todos, tomé mi mochila y abrí la puerta para salir. Lo malo fue que abrí la puerta equivocada, la de salida de emergencia, y la alarma del Vips comenzó a sonar con fuerza. Escuché las risas de los clientes, no sólo de los que habían ido a la tertulia, y yo también me reí, la verdad es que fue gracioso, aunque yo hubiera preferido que tal cosa no ocurriera.
-Eso te pasa por querer irte rápido -dijo Mauricio del Castillo.
No, la verdad es que eso me pasa por ser tan descuidado como siempre suelo ser.
Luego salí por la puerta correcta.
He asistido a tres tertulias, en septiembre, octubre y noviembre, y he ido conociendo a los asistentes, sobre todo a los que van regularmente, pues no es un grupo fijo y de pronto puede ir alguien nuevo o dejar de ir otro más. Entre ellos hay buenos escritores y gente que se interesa mucho por el género.
Todos han sido muy amables. Miguel Ángel Fernández Delgado, quien fue presidente de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía, la AMCyF, regaló durante una tertulia unos imanes como de ocho por ocho centímetros con imágenes de un mercado argentino que visitó recientemente, y en otra ocasión nos obsequió tarjetas con ilustraciones de una revista y algunas con las obras de Frank Frazzeta, yo me llevé una de Frank.
Un regalo que me encantó sin duda fue el que me dio Mauricio del Castillo: un libro de cuentos de Philip K. Dick, que ya saben que es mi autor favorito. No supe cómo reaccionar para agradecerle.
Me siento muy cómodo y afortunado de reunirme con aquellas personas el último sábado de cada mes, y quiero sacar lo más posible de aquellas escasas pero increíblemente entretenidas cinco horas (o las que sean) de charla y convivencia con gente que tiene más experiencia dentro de algo que tanto amo.
Eleonora
La conocí en una sesión del taller literario que mi amiga Gaby dio el año pasado en la Facultad de Filosofía y Letras, y creo que fue ese mismo día cuando fuimos Gaby, un compañero llamado Francisco, ella y yo, a comer hot dogs cerca de la universidad. Alguien dijo algo, no recuerdo qué, pero, por alguna razón, respondí, dirigiéndome a Eleonora: “No creo que yo termine siendo tu pareja”; fue una especie de profecía inversa.
El 15 de abril (o quizá fue el 14), en el cumpleaños de mi amiga Gaby y tres días después de mi cumpleaños y el de Eleonora (nacimos el mismo día, con poco más de 12 horas de diferencia), fuimos al parque de diversiones Six Flags, Gaby, una compañera llamada Cecilia, Eleonora y yo. En los juegos donde había dos asientos juntos, casi siempre me senté junto a Cecilia, y los cuatro nos divertimos ese día, a la vez que yo superé, aunque no del todo, el miedo de subirme a unos juegos que, estaba seguro, me matarían del susto.
Semanas después de eso, una chica (es probable que ella llegue a leer esto), ninguna de las mencionadas anteriormente, me invitó al cine y fui con ella, pero durante parte de la función se comportó de manera muy extraña hacia mí, bastante invasiva, y yo pensé que era algún tipo de coqueteo, el punto es que su comportamiento me confundió. Eso me hizo escribir en Facebook: “Las mujeres me confunden”. Y no lo puse sólo por la chica con la que fui al cine sino por otros casos pasados. De inmediato mis “amigos” comenzaron a preguntar sobre lo que había puesto, y yo no tenía la intención de responder.
Unos minutos después, recibí un mensaje en el chat de Facebook, era de Eleonora, preguntando por qué me confundían las mujeres. Nunca habíamos platicado por chat, y en persona apenas habíamos intercambiado algunas palabras, pero le comenté la razón de lo que había escrito y seguimos platicando durante un buen rato más. A partir de ese momento chateábamos regularmente; comencé a descubrir a un ser humano fascinante.
La historia es muy curiosa porque ella comenzó a hablarme con la intención de que yo le presentara a algún compañero o amigo físico, dado que a ella le resultan particularmente atractivos los científicos, cosa que no le puedo reprochar y que, vamos, es inevitable, jaja.
Y llegó un momento en el que supe que me había enamorado de aquella persona con la que llevaba semanas platicando y que, como he descubierto con el paso de los meses, es inmensamente más interesante en persona.
El 11 de junio comenzamos a ser novios.
Eleonora es una mujer muy inteligente (un día, cuando viajábamos en metro, dedujo fácilmente algo de teoría de números que yo no pude, aunque su área de especialización sean las Letras Clásicas), es muy lista (en cuanto a resolver problemas prácticos es más hábil que yo), muy bella, y como ser humano es fascinante, también la admiro y es una motivación para mejorar. He aprendido mucho de ella y eso me ha cambiado; me hizo ver la importancia de la educación, algo obvio pero en lo cual no me había interesado antes, para la formación de seres humanos capaces de aprovechar su potencial y llegar a su elemento. La amo.
También me ha generado cierta fijación por todo lo que tenga que ver con los dodos, jaja, aquellas aves que se extinguieron en la segunda mitad del siglo XVII en la isla de Mauricio a causa de la llegada de los holandeses y la introducción de nuevas especies.
Como ven, y como leyeron en la entrada sobre mi accidente, el 2012 me dejó cosas muy buenas y también cosas desagradables. La reparación de mis dientes se retrasó, en parte porque me están atendiendo en el Distrito Federal y yo vine de vacaciones a Tabasco, para estar con mi familia. Pero me parece que lo bueno supera con creces al resto. Puedo decir que soy feliz, aún con mis enormes deficiencias como persona, de las que cada vez soy más consciente.
Espero que hayan disfrutado estos días de celebraciones y en este momento sus vidas sean más ricas de lo que eran hace un año.
noviembre 12, 2012
One small step
En memoria de Neil Armstrong
—Es
necesario recordar —dijo
el hombre— la gloria de nuestros héroes del
pasado. Neil Armstrong fue el primer hombre de corazón noble que
caminó sobre la Luna; el primero de un grupo del que ya nadie podrá
formar parte, no porque no haya sobre la Tierra hombres de buen
corazón, sino por una razón más simple y sin embargo más triste.
Todos
miraron, enfundados en sus trajes ceremoniales de astronauta, hacia
la Luna: ya no un disco brillante en el cielo, sino un anillo de
escombros, que desaparecía de lado a lado sobre el horizonte y que
brillaba como un río de perlas.
El
hombre empuñó un remo y la embarcación avanzó, seguida de otras
pequeñas barcas que dejaban tras de sí suaves estelas sobre las
calmadas aguas. El reflejo del anillo de la Luna se desvaneció en la
agitada superficie, pero se mantuvo firme en las escafandras
reflectantes y en las almas de los hombres, que miraban hacia lo
alto, agitando el agua y también sus corazones.
Con el deseo de volar más alto, como en aquellos tiempos de cohetes que se elevaban como dragones en el cielo y de naves impulsadas por el poder del átomo, se alejaron, entonando una canción que comenzaba con las
palabras de quien, hacía siglos, había estampado su huella en un
nuevo mundo: "That's one small step for man, but... one giant
leap for mankind".
noviembre 10, 2012
Sobre los últimos meses. El accidente
¿Por dónde empezar? En estos meses abrí en contadas ocasiones mi blog y me daba un poco de tristeza ver la fecha de mi última entrada. Quizá deba comenzar por lo que pasó cuando apenas comenzaba este semestre que ahora ya está terminando.
Siempre he sabido que soy muy torpe físicamente, pero cuando me cambié de cuarto y decidí dormir en la cama de arriba de una litera no me imaginaba que me terminaría rompiendo tres dientes e hiriéndome los labios. Mi mamá me dijo que me podía caer, pues me conoce bien y sabe que me suelo caer de las camas mientras duermo. En este caso no estaba dormido, o no totalmente. Tenía que entrar temprano, así que puse el despertador de mi teléfono a las 6 de la mañana. El problema fue cuando la alarma sonó, pues yo, en la cama de arriba, a una altura de 1.4 metros, aproximadamente, pensé, cuando apenas hacía un segundo que me había despertado, que mi teléfono estaba a mi izquierda, así que me incliné y me caí del colchón, de forma que mi boca se estrelló contra el suelo.
Mi primera reacción, cuando me encontré en el suelo con la boca llena de sangre, fue pensar que se trataba de un sueño, un mal sueño. Sentía que algo faltaba dentro de mi boca. Me miré el espejo y noté los dientes rotos. Sentí frustración y comencé a gritar y a llorar. Vi la sangre en el suelo, la sentía saliendo de mi boca y salí de mi cuarto. Tengo compañero de cuarto, pero esta vez no estaba allí. Seguí gritando, y los otros chicos que viven en la casa pensaron que quien gritaba era un sujeto de la casa de al lado, pero supieron que era yo en el momento en el que los gritos se escucharon cerca de su puerta.
El impacto abrió mis labios; había una herida externa en mi labio superior y una interna en el inferior. Un diente incisivo superior estaba roto como en un 30% y el otro incisivo como en un 70% pero aún permanecía sujeto al resto del diente, además un diente inferior se veía un poco roto, pero casi no se notaba.
Un compañero de la casa, un físico que comenzará su doctorado, me llevó en taxi a un hospital cercano. Durante el trayecto ya no sangraba mucho, y lloré pero me fui calmando poco a poco, hasta un punto en el que acepté que lo que me había pasado era real.
En el hospital me evaluaron y luego me pasaron con alguien para que suturara las heridas de los labios. Me atendió una chica, como de mi edad, y había otros dos chicos. Ya no me sentía mal, incluso bromeé con quienes me iban a costurar los labios, aunque mi voz salía muy torpe. Me anestesiaron y comenzaron a suturar; usaron dos tipos diferentes de hilo, uno para la herida del labio superior y otra para la del inferior, que era interna.
Cuando terminaron, esperé a un doctor para que me diera algunas indicaciones y me dijera qué seguiría en el tratamiento. El hombre me dijo que me quedarían cicatrices, pero que había productos que las desvanecían poco a poco.
El diente que se había roto más, un incisivo, que aún estaba sujeto al resto del diente por la pulpa dental, era muy molesto, dolía mucho. Ese diente había quedado en una posición que me impedía cerrar la boca o masticar, así que mi alimentación, durante más o menos una semana, fue únicamente de líquidos. Mi novia me estuvo acompañando ese tiempo y fue de gran apoyo.
El hospital me proporcionó a una odontóloga. Me revisó y me tomó radiografías. Le pregunté qué tan común era que alguien se rompiera los dientes, me contestó que a veces llegaban personas con todos o casi todos los dientes rotos, a causa de un accidente de motocicleta o de auto o de una golpiza. Sentí que había corrido con suerte, además porque el golpe que me di contra el suelo fue en la zona de la boca y no en la frente o en otro lado donde el golpe probablemente me hubiera dejado con daño cerebral o me hubiera incluso matado.
Me enseñaron la radiografía de mis dientes. De acuerdo al daño que tenía, la odontóloga me dijo que era probable que perdiera el diente más roto, pero después resultó que no fue así, afortunadamente. Como ya había pasado más de una semana comiendo sólo cosas líquidas pues ese diente me impedía otra cosa, me hicieron una pequeña cirugía que consistió en remover la parte del diente, que ellos llaman "diente 11", que quedaba colgando y que era muy movible. Cuando acabaron, me resultó extraño ver un trozo de un diente mío. Luego, metieron un artefacto, parecido a un tornillo largo y delgado, dentro de ese diente y extrajeron la pulpa dentaria. Ése proceso se llama endodoncia y consiste básicamente en escarbar el diente para quitar la pulpa, que es un nervio, pues si se deja causaría mucho dolor. Después de la endodoncia, el diente deja de tener sensibilidad. Al final, me taparon el hueco, donde había estado el nervio, con una especie de resina.
Me dijeron que tenía tres opciones para restaurar mis dientes: una prótesis movible, una prótesis fija o una técnica llamada alargamiento de corona. La prótesis movible (que se llama así porque se puede quitar y volver a poner) consiste en una pieza con forma de diente, estética en apariencia, que remplaza el diente que está muy roto. El problema con la prótesis movible es que, para fijarla, es necesario desgastar los dientes que están a los lados del diente que se ha roto. Eso fue suficiente para descartarla. La segunda opción era la prótesis fija, similar a la anterior pero aquí no es necesario desgastar otros dientes, aunque la forma de fijarla es también muy invasiva, pues va fijada con alambres a un par de muelas. La tercera forma, y que depende de qué porcentaje de la corona dental (la parte visible del diente) quedó sin dañar, consiste en recortar un poco la encía para descubrir un poco el diente roto y fijar en él una nueva corona dental. El alargamiento de corona es entonces el procedimiento más cómodo y quizá menos invasivo de los tres, así que opté por él.
El problema en este punto fue que mi seguro médico ya no cubriría el alargamiento de corona, así que vi las opciones que tenía. Un odontólogo privado seguramente sería muy caro. En mi universidad tengo seguro médico, así que fui allí a que me atendieran, aunque aún ahí tenía que pagar todo lo que me hicieran (no llevo la cuenta exacta, pero todo el proceso me terminará costando el equivalente a unos 300 dólares). Me recibió una chica de mi edad, estudiante de la Facultad de Odontología. Al principio no me sentí muy cómodo de que ella fuese la que me atendiera, pero es buena en lo que hace, además de que está asistida por un doctor con más experiencia.
Paola, ése es el nombre de la chica que me atendido hasta ahora, comenzó haciéndome algunas preguntas sobre mi salud. Me hizo un odontograma, para ver en qué estado se hallaba cada uno de mis dientes. También me hizo una limpieza dental, pues no se puede intervenir a un nivel mayor si hay riesgo de infección. Ahora no tengo presente en mente lo que me han hecho en cada una de las citas médicas.
Como les dije, el alargamiento de corona requiere recortar un poco de encía, en mi caso la encía que me cortaron fue de la zona del paladar, en la periferia del diente más roto. Realmente fue una doble cirugía, pues también me cortaron el frenillo del labio superior, ese pedacito de tejido que une internamente el labio con la encía, porque el frenillo impediría que siguieran interviniendo. Era la primera cirugía de ese tipo que iba a hacer Paola, así que ella estaba nerviosa. Yo también estaba nervioso, y para tranquilizarme pensé en mi novia e imaginé que ella estaba allí acompañándome. Eso sirvió de mucho. La operación duró 2 horas, evidentemente me anestesiaron, también me pusieron una especie de tela sobre mi cara, que sólo dejaba visible la boca, la zona a operar. Parte de la cirugía la hizo el doctor y parte Paola. Cuando terminaron de cortar, me pusieron una especie de pasta que cubrió la zona y se endureció. Cuando fui totalmente consciente de lo que me habían hecho, me sentí menos humano por no tener el frenillo superior.
Luego de las cirugías siguió un proceso de cicatrización. Antes de que me operaran, me habían hecho unos modelos de mi dentadura, pero me los hicieron de nuevo para tomar en cuenta la encía recortada. Me metieron un aparato extraño a la boca para tomarme medidas.
Ayer acabo de tener otra cita médica. El jueves de la siguiente semana intervendrán de nuevo en mi boca, me pondrán un endoposte para que puedan sujetar la corona dental nueva que me pondrán. Un endoposte es un postecito, de fibra de carbono, en mi caso, que va dentro del espacio en el que antes estuvo la pulpa dentaria y que sobresale un poco para que de él pueda sujetarse la corona. La corona que me pondrán será de zirconio, un material muy bueno para ese tipo de reconstrucciones. Si todo sale bien, me colocarán la corona dentro de 3 semanas, y sólo faltará reconstruir los otros 2 dientes rotos, que serán más fáciles de reparar y requerirán solamente del uso de resinas, según tengo entendido.
La litera de la que me caí no tiene protecciones. Curiosamente, algunas personas habían dormido, en años anteriores, en esa litera y no se habían caído. Quizá se deba a que soy una persona muy descuidada. Durante un par de días estuve pensando en que es muy probable que muera joven a causa de algún accidente fácilmente evitable. Me sugestioné con esa idea hasta el punto de que (algunos que lean mi blog seguro sabrán que soy algo hipocondríaco), durante ese par de días, me estuve tropezando y golpeando muchas más veces de lo normal.
Afortunadamente he podido tomar mi accidente con calma, sólo quiero tener ya mis dientes reconstruidos pues eso me impide sonreír, ya desde hace casi 3 meses, y hace que tenga que taparme la boca cuando hablo. Es un proceso largo, sin duda.
Como ya está acabando el semestre, escribiré más para el blog. No he organizado bien mi tiempo y por eso casi no me he aparecido por aquí. Aún tengo varias cosas qué contarles. He leído mucho los últimos meses aunque no he escrito tanto. Tengo 11 cuentos pendientes y ahora estoy trabajando en uno. Como se dan cuenta, he cambiado un poco la apariencia del blog, me gusta más así.
Termino esta entrada con una moraleja que surge de los hechos recientes: nunca duerman en la cama de arriba de una litera que no tenga protecciones, sobre todo si son tan distraídos como el que escribe estas palabras.
junio 02, 2012
Un par de mini-relatos
LOS ÁRBOLES DANZARINES
La leyenda cuenta que cada 127 años los árboles de un pequeño bosque de Berlín mueven sus ramas al ritmo de una canción de la que ya no se tiene recuerdo, como lo habían venido haciendo desde antes de que el hombre caminara por aquel lugar.
La leyenda cuenta que cada 127 años los árboles de un pequeño bosque de Berlín mueven sus ramas al ritmo de una canción de la que ya no se tiene recuerdo, como lo habían venido haciendo desde antes de que el hombre caminara por aquel lugar.
Sin embargo, un día todo el bosque fue talado, y de los árboles danzarines ya no se volvió a saber más.
Se sabe que su madera fue usada para construir cajas que, cuando se le daba la vuelta a una manivela, dejaban salir una suave música que se escuchaba en los días alegres y en los días tristes —que dejaban de ser tristes gracias a los que tocaban esas cajas—, en las plazas y lugares concurridos de Berlín.
Algunas de esas cajas cruzaron el Atlántico y llegaron a la capital de un joven país del Nuevo Continente. Los lugareños quedaron maravillados por estas cajas, y el mismo sonido que había llenado el frío aire de las calles de Berlín ahora se extendía por el viento cálido de esa ciudad, impregnándolo de vitalidad.
Se sabe que su madera fue usada para construir cajas que, cuando se le daba la vuelta a una manivela, dejaban salir una suave música que se escuchaba en los días alegres y en los días tristes —que dejaban de ser tristes gracias a los que tocaban esas cajas—, en las plazas y lugares concurridos de Berlín.
Algunas de esas cajas cruzaron el Atlántico y llegaron a la capital de un joven país del Nuevo Continente. Los lugareños quedaron maravillados por estas cajas, y el mismo sonido que había llenado el frío aire de las calles de Berlín ahora se extendía por el viento cálido de esa ciudad, impregnándolo de vitalidad.
Y por muchos años esa música no cesaba, y se seguía escuchando alegre en las plazas y en los parques. Los que poseían una de esas cajas, gente respetada y admirada, las cuidaban como si de un hijo se tratase, reparándolas cada vez que la manivela se aflojaba o de cuando en cuando, cuando era necesario.
Un hombre, de traje y gorro cafés y zapatos negros bien lustrados, giraba una y otra vez la manivela, revolviendo el cilindro que se escondía en el interior. En un gorro, un pequeño dejó caer una moneda al pasar por la alameda. Algunos iban de largo sin detenerse a escuchar, parecían siempre llevar la prisa de mil halcones.
El hombre se secó el sudor de la frente. Saludó a los jugadores de ajedrez que, sentados en bancas y refugiados del inclemente sol por las altas copas de los árboles, disputaban su partida como si fuese lo último que harían en sus vidas.
El hombre se secó el sudor de la frente. Saludó a los jugadores de ajedrez que, sentados en bancas y refugiados del inclemente sol por las altas copas de los árboles, disputaban su partida como si fuese lo último que harían en sus vidas.
Y el hombre siguió sacando ese sonido de la caja, también, como si fuese lo último que haría en su vida. Agradeció el viento que de pronto refrescó su rostro, y vio que los árboles se mecían por la ráfaga que ahora levantaba el polvo que se había acumulado en el empedrado.
Al hombre le pareció que aquellos árboles se movían al ritmo de la música que producía. Giró la manivela un poco más rápido y la música se aceleró, y las ramas, atentas y precisas, siguieron el sonido que salía de aquella vieja caja que había cruzado el Atlántico hacía 127 años.
Las ramas de aquellos viejos árboles se doblaron como si fuesen de hule y los gruesos troncos se inclinaron hacia el que hacía girar la manivela, dándole gracias por su dulce despertar, luego de tanto, tanto tiempo.
LA DETERMINACIÓN DE ELLIE EL ELECTRÓN
LA DETERMINACIÓN DE ELLIE EL ELECTRÓN
Ellie sabía que era un electrón, lo supo desde el momento de su nacimiento, cuando se separó de Posie el positrón, su hermano gemelo pero de carga contraria. Ellie sintió que comenzaba a girar hacia la derecha. La vida parecía divertida, te llevaba siempre hacia la derecha. Pero mirando hacia atrás pudo ver que Posie giraba hacia la izquierda, describiendo una curva como la suya, pero en sentido contrario.
Los científicos observaron la cámara de niebla y las trazas de las partículas dibujarse en el interior.
—Ese es un electrón —dijo uno de los científicos.
—Y ese es un positrón —dijo el otro.
—Pero cuando surgieron del fotón inicial era imposible saber cuál era el electrón y cuál el positrón.
—Eso es cierto, pues las funciones de onda de ambas partículas no estaban determinadas. Cada partícula era electrón y positrón a la vez.
—Y ha sido hasta que supimos que una de las partículas era un electrón que la otra forzosamente debía de ser un positrón.
—Por conservación de la carga y del momento.
—Si hubiésemos detectado primero al positrón habríamos sabido que el otro era un electrón.
—Por conservación de la carga y del momento. Y porque la naturaleza depende del observador. Una partícula no está determinada, no es algo concreto, sino hasta el momento en que es observada.
Y así, los científicos siguieron con su conversación.
Y Ellie, que sabía que era un electrón y siempre lo había sido, seguía girando y girando hacia la derecha, ajeno a las teorías de los hombres, inmerso en el campo magnético, recibiendo golpecitos de fotones que le causaban cosquillas.
Terry Pratchett - Choosing to Die
Hoy quiero mostrarles un video documental del periodista y escritor de Fantasía Terry Pratchett, de quien actualmente leo "Dioses menores", una novela ubicada dentro de su magna saga Mundodisco. Por este trabajo, titulado Choosing to die, Pratchett ganó el Premio BAFTA (British Academy of Film and Television Arts) a mejor documental. Trata sobre el Alzheimer. Pratchett tiene Alzheimer y ha considerado la posibilidad de, en un futuro, recurrir a la muerte asistida, la eutanasia, cuando su enfermedad avance tanto que ya no pueda hacer lo que tanto ama hacer. Es un documental muy intenso, muy fuerte, conmovedor. Está subtitulado en castellano, si no ven los subtítulos, hagan click en el botón que dice CC.
mayo 29, 2012
El flujo de las ideas
Mark
consultó desde su teléfono móvil las noticias nacionales. Sólo
hacía algunos días, al norte del país, se había reportado la
muerte de decenas de personas. Lo curioso era la manera en la que
esas personas habían muerto: los análisis médicos mostraban que
las moléculas de sus tejidos se habían separado unas de otras. Esa
mañana había ocurrido lo mismo pero en otra región, con cerca de
un centenar de muertos.
Amplió la imagen que mostraba el artículo, en ella se veía un
automóvil con una cosa amorfa cubierta de ropa en el asiento del
piloto; era difícil pensar que se trataba de una persona, o que al
menos eso había sido.
Pero
no sólo las personas habían muerto de esta forma, también los
animales y todo aquello que tuviese vida.
Se frotó los ojos. Sacó una hoja de papel pantalla de una carpeta,
la hoja se encendió y mostró un teclado virtual debajo de un
rectángulo en blanco. Comenzó a escribir, entre bostezo y
bostezo.
—¿Tiene
semillas de margaritas esta vez, señor Ackermann? —preguntó Mark
al viejo hombre doblado sobre un canasto lleno de flores.
El
viejo alzó la mirada y esbozó una sonrisa.
—Todas
las que necesite —sacó una bolsita de entre las flores, con
algunas semillas dentro, y se la dio.
—Gracias
—Mark inspeccionó el contenido del sobre—. ¿No se ha sentido
incómodo por lo que está en su mente? —preguntó.
—No,
no me ha incomodado —el señor Ackermann se sentó en un pequeño
banco—. ¿Dijo que esta tarde llegarán los Expertos a hacerme unas
preguntas, no es así?
—Sí,
esta tarde.
—Bueno,
pues no me moveré de aquí —dijo el viejo, sonriente. Siempre
estaba en ese lugar, vendiendo flores a los que pasaban por el
parque.
—No
se ponga nervioso con las preguntas que le hagan, sólo quieren saber
cómo se ha expandido esa idea en su mente —Mark le sonrió al
viejo—. Muchas gracias por las semillas —se alejó.
—¡Avíseme
cuando broten!
Mark
dejó las semillas sobre su escritorio y encendió el ordenador;
revisó su bandeja de correo. Había uno nuevo, con el logo de la
Agencia del Pensamiento. Se alejó un poco de la pantalla y miró el
asunto del correo, luego pulsó con su índice sobre el logo. El
mensaje se abrió.
Comenzó
a reírse convulsivamente.
Al
fin le habían dado de nuevo el trabajo, luego de un año inactivo.
“Será interesante regresar”, pensó.
Miró
la hoja de papel pantalla a un extremo del escritorio, la tomó y
revisó lo que llevaba del manuscrito en el que había estado
trabajando desde que se saliese de la Agencia. Sesenta páginas. No
había avanzado mucho durante los últimos meses. En un principio
había esperado terminar de escribir la novela en dos meses, pero ya
se había pasado de ese plazo considerablemente.
“Seguro
que en la Agencia prefieren empleados que no reciban ideas de la
mente colectiva”, pensó, “eso les evitaría algunos problemas.
No tendrían que preocuparse tanto por monitorear a sus propios
Monitores”.
El
correo tenía adjuntos los archivos del caso en el que tenía que
trabajar, por supuesto estaría bajo el mando de otro Monitor para
supervisar su trabajo. Alguien que ha abandonado la Agencia no podía
reincorporarse tan fácilmente.
El
caso trataba sobre un desarrollo en computación cuántica, un
ordenador que, por ahora, se había visto capaz de predecir el clima
con dos meses de anticipación, mucho más que los programas que sólo
alcanzaban ir un par de días adelante. En la dinámica del clima
habían muchos los factores a considerar y sólo un ordenador
cuántico podrá analizar todas las posibilidades, al mismo tiempo.
Pero lo más curioso era que quien había recibido la idea a partir
de la cual pudo construirse el ordenador no era humano: se trataba de
un robot. Las máquinas, como se había descubierto hacía poco,
también eran capaces de recibir información procedente de la mente
colectiva. Este robot, de aspecto, según se decía, demasiado
humano, aunque del que nunca se mostraban fotografías, hacía eso.
El robot formaba parte de los desarrollos de una industria que
buscaba, y había logrado en fechas recientes, crear una inteligencia
artificial que rebasara las capacidades humanas.
Con
que de eso se trataba el caso. Mark pensó que sería más
interesante que hace un año. Hace un año no tenían robots
suprahumanos.
“Estamos
de vuelta”, se dijo.
Las
noticias volvían a hablar de lo mismo. Ahora había sido en el sur
del país donde se había registrado la muerte, esta vez, de miles de
personas, en las mismas circunstancias. La Guardia estaba tras las
investigaciones desde hacía días pero la única evidencia que había
hasta ahora era una fotografía del sospechoso. Mark reconoció al
hombre de la foto: era su vecino William. Se lo había visto en las
dos anteriores zonas de desastre, pero hasta ahora lo comenzaban a
relacionar con lo ocurrido.
“William”,
murmuró Mark.
Su
vecino William ya llevaba una semana ausente y había apagado su
transmisor neural, algo que, en teoría, sólo un Monitor, como Mark,
podía hacer, y era algo que iba en contra de las leyes de seguridad.
Mark
comenzó a trabajar en el caso paralelamente a los Expertos que lo
ayudaban.
—Encontramos
grandes discrepancias entre la idea que llegó al cerebro del robot
respecto a lo que llevaron a cabo —dijo el Experto, desde el otro
lado de la línea. Mark vio su rostro en la pantalla de su teléfono.
—Explíqueme
—ordenó Mark.
—El
ordenador cuántico no sólo pronostica el clima —eso era evidente,
pues las aplicaciones de la computación cuántica eran vastas—.
¿Conoce la teoría del multiverso?
—Sí.
—Lo
que hace el ordenador es acceder a otros universos, pero sólo a la
información que hay en ellos —dijo el Experto.
—¿Qué
demonios me estás diciendo?
—Que
han creado un puente de información entre nuestro universo y otro.
A
Mark de pronto eso le sonaba a ciencia ficción, pero el mundo en el
que vivía, reconoció, parecía surgido de algunas historias
fantásticas escritas en décadas pasadas.
—¿Qué
implicaciones tendría eso? —preguntó Mark.
—No
lo sabemos con certeza.
“¡Se
supone que tú eres el Experto!”, pensó Mark.
Decidió
hacer un paseo antes de proseguir con el trabajo. Se subió a su
auto, tomó uno de los carriles bajos, de los menos transitados, y
recorrió la ciudad.
Se
detuvo en un alto. Había un predicador en una esquina. Veía en ese
hombre barbudo las señales que caracterizan a alguien que ha
recibido un flujo de ideas desde fuera de su propia mente y ha sabido
sacarles provecho. El hombre peroraba sobre una nueva ideología con
tintes estoicos, que tal vez prosperaría o quedaría olvidada como
tantas otras. Otro hombre se plantó frente a la ventanilla del auto
de Mark y gritó: “¡estamos viviendo el fin de los tiempos, el fin
del dominio de hombre!”
Mark
estacionó su auto junto al parque y decidió continuar a pie. Vio al
anciano con su canasto de flores y se acercó a él.
—Buen
día, señor Ackermann —saludó.
—¡Joven
—el viejo se levantó de su pequeño banco y le estrechó la mano—,
hace cuántos días que no lo había visto!
—Algunos
ya.
—Los
Expertos vinieron a verme —dijo
el señor Ackermann—.
Es muy curioso el trabajo que ellos hacen: las ideas entran todo el
tiempo en la gente normal, pero si la idea es muy técnica para ser
entendida, simplemente pasaría desapercibida, y ellos se encargan de
aprovecharlas. Pues estudiaron la idea y me dieron mi cheque —el
viejo se dio palmaditas en la bolsa del pantalón.
—Seguro
se trata de una idea valiosa.
El
anciano lo miró con una sonrisa que mostraba algunos dientes
faltantes.
—Me
pagaron dos millones —dijo.
Mark
no supo que decir. Sabía que el monto pagado siempre era
proporcional al potencial de la idea. ¡Pero dos millones! Observó
al hombre con asombro.
—Dijeron
que la idea era muy importante para... algo relacionado con los
viajes espaciales —repuso el señor Ackermann—, me lo
agradecieron mucho. Pero les dije que no era necesario, pues yo no
imaginé esa idea, sólo llegó a mí. En cambio, les agradecí la
paga —soltó una carcajada.
—Pero
de eso ya tiene varios días. ¿Por qué sigue vendiendo flores? ¿No
ha usado ese dinero?
—Los
Agentes lo depositaron en una cuenta a mi nombre. No lo necesito
todo, sólo lo suficiente. Además me gusta vender flores en el
parque, he hecho esto durante años. —El viejo miró a un chico
pasar con su perro—. ¿Nunca ha observado con detenimiento a las
personas? Sus expresiones parecen querer mostrar algo dentro de
ellos, pero muchos se niegan, ocultándose detrás.
—Las
he observado —respondió Mark—. Sí.
—Entonces
sabrá de lo que hablo —el hombre comenzó a quitarle pétalos
resecos a un girasol—. Tiene que cuidar sus margaritas, quitarle
los pétalos marchitos, eso permite que crezcan mejor.
Mark
miró el canasto con flores, algunas de ellas eran margaritas blancas
y violetas como las que le había comprado al viejo hacía algunos
días.
—Tengo
la maceta en mi ventana —dijo Mark, señalando las flores—. Pero
aún no brotan.
El
señor Ackermann levantó la vista y sonrió.
—No
ha pasado suficiente tiempo todavía —dijo—. Pronto germinarán,
pronto germinarán.
Mark
se despidió del viejo y se dirigió a la universidad en su coche. Se
iba haciendo una imagen mental de lo que le diría a la gente que,
junto al robot, había liderado la construcción del ordenador
cuántico. “Han incurrido en una violación de los requerimientos
de seguridad para la operación de un artefacto. Es necesario que el
proyecto quede clausurado hasta nuevo aviso, luego de que nuestros
Expertos se cercioren de que lo que han construido se corresponda con
la idea original”.
Tomó
su teléfono móvil y buscó la información correspondiente al
ordenador cuántico. Lo habían hecho operar en tres ocasiones a modo
de prueba pero no se mencionaba mucho más.
Mark
llegó a la universidad y encontró un espacio en el aparcamiento. Se
bajó del vehículo y caminó hacia la entrada de la Facultad de
Ciencias Computacionales. El lugar estaba silencioso. Era domingo.
Llegó
a un edificio y se encaminó hacia el segundo piso, subiendo unas
escaleras. De pronto se detuvo. En los escalones había algo extraño,
como un saco de piel vestido con ropa: si se observaba detenidamente
podrían percibirse rasgos vagamente humanos. Parecía un saco de
piel dentro del cual todo su contenido hubiese sido licuado; de lo
que aparentaban ser narices y boca salía un líquido anaranjado.
Mark
retrocedió y desenfundó su arma, la misma que en los años de
servicio a la Agencia del Pensamiento nunca había tenido la
necesidad de usar. Desde ese ángulo pudo ver otro cuerpo tendido un
poco más arriba del primero. Recorrió los demás pasillos y se
encontró con varios cuerpos en las mismas condiciones. Con la mano
que tenía libre, tomó su teléfono.
—Llamen
a La Guardia —titubeó, no sabía cómo describir la situación,
pero luego dijo—: Ha habido un ataque en la universidad. Declaro
emergencia terrorista —sabía que tenía la jerarquía suficiente
como para dar esa orden, aunque tuviese poco tiempo de haberse
reincorporado.
—Necesito
confirmación —contestó una voz del otro lado.
—Emergencia
terrorista, llamen a La Guardia ahora mismo. Demonios, ¡accedan a mi
corteza visual! —ordenó Mark, mientras miraba los cuerpos.
Escuchó
una exclamación del otro lado de la línea, su interlocutor ahora
veía lo que veían los ojos de Mark.
—La
Guardia ya se está movilizando, señor Monitor —dijo la voz del
otro lado.
Mark
volvió sobre sus pasos. Cuando se dirigía hacia la salida de la
facultad vio de reojo una puerta abrirse. Se volteó apuntando con el
arma.
En
la puerta estaba William, quien había sido su vecino de departamento
por algunos meses. William lo miró y, con toda parsimonia, atravesó
de nuevo la puerta.
—¡No
te muevas! —gritó Mark.
El
hombre desapareció detrás de la puerta. Mark corrió tras él.
Se
encontró en una gran sala de techo alto. William caminaba delante de
él, lentamente, dándole la espalda. En el fondo de la sala había
una gran máquina que Mark reconoció como el ordenador cuántico.
—Date
la vuelta —ordenó Mark.
El
hombre siguió caminando hasta quedar a un par de metros de la
máquina. Giró sobre sí mismo y dio la cara a Mark.
—Ya
has visto al ordenador funcionar —dijo William—. La siguiente vez
que funcione le hará eso a todos.
Una
imagen mental apareció en la cabeza de Mark: los tiempos de
operación del ordenador se correspondían con los momentos en los
cuales se habían generado los ataques en diversas partes del país.
El ordenador había hecho eso.
William
comenzó a jugar entre sus dedos con un peón de ajedrez.
—Habrá
una última vez —contestó—. Sé que ves mal lo que ha pasado, y
lo vez mal porque no lo entiendes, pero tenía que pasar. Y lo que
está por ocurrir, también es necesario que ocurra.
—¿Qué
es lo que no entiendo? —preguntó, sin bajar el arma ni un
centímetro.
—Al
universo —William comenzó a caminar en pequeños círculos y luego
se sentó de piernas cruzadas—. El
Kosmos no es como parece ser, y lo que probablemente sea, en su nivel
más profundo, es exactamente lo que el ser humano es en su nivel más
profundo. Llámalo mente o alma, es algo unitario que vive y piensa,
y sólo parece ser múltiple y material.
“Somos
receptores del Kosmos, del alma universal —miró a Mark a los
ojos—. ¿Acaso no has notado el camino al que han llevado las ideas
que ha recibido la humanidad desde hace cinco años? Todo tiene un
propósito. Recibimos estas ideas porque el universo necesita
conocerse a sí mismo. El ser humano ha sido hasta ahora la mejor
herramienta a su disposición para conocerse. Pero sólo ha sido eso:
una herramienta, al igual que yo. Y la herramienta humana se ha
vuelto obsoleta, ha diseñado a su sucesor. —Sonrió.
“Sé
que esperas a que llegue La Guardia, pero eso no ocurrirá”.
—Será
mejor que dejes de decir tonterías y te levantes de ahí —Mark se
acercó, dispuesto a acabar con aquello, sin embargo de un momento a
otro William ya no estaba. Volteó la mirada hacia uno y otro lado y
vio que el hombre ahora estaba en otro lugar, sentado. Mark le apuntó
con la pistola.
—Quédate
o márchate —dijo William—, el resultado será el mismo,
encenderé la máquina. Si me matas, si logras matarme, alguien más
lo hará por mí.
Mark
se acercó de nuevo pero William volvía a aparecer en un lugar
distinto. Mark le apuntó a la pierna y disparó, pero la bala no
encontró nada a su paso salvo el suelo. William reapareció en otra
parte.
—¿Qué
demonios eres? —exclamó Mark.
—Veo
que has decidido quedarte —William sonrió—. Qué afortunado.
Comenzó
a oírse un zumbido. Mark no sabía de dónde provenía, pero no
tardó mucho en reparar que salía de la enorme máquina. El
ordenador se había encendido.
—Creo
que antes de morir te gustará saber lo que el ordenador hace
—continuó William—. Hay infinitos universos, que se rigen por
otras leyes físicas, donde no puede existir la materia o la vida.
Esta máquina accede a uno de ellos, donde las estructuras orgánicas
no pueden existir, y genera un pulso proveniente de ese universo
hacia el nuestro. El pulso sólo afecta a los seres vivos. Un pulso
de corta duración afectará una región pequeña; si el pulso dura
más, entonces un volumen mayor se verá afectado. Este pulso
abarcará toda la Tierra y lo que hay en ella.
Mark
sabía dónde estaba la fuente de energía del ordenador cuántico.
Apuntó y apretó el gatillo, pero no hubo detonación, ninguna bala
salió de la cámara del arma.
—Cualquier
tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia
—dijo William—. La humanidad ha creado esa tecnología,
recibiendo ideas del Kosmos. Es lo que algunos llamaron la
singularidad:
cuando
el humano fuese superado, por él mismo o por algo más. No, no es
magia lo que has visto.
Mark
apretó el gatillo, esta vez hacia el hombre. De nuevo, nada.
Se
escuchó, primero débilmente y luego cada vez más fuerte, el sonido
de helicópteros sobrevolando el lugar.
Uno
de los helicópteros intentó acercarse a la facultad pero chocó
contra algo invisible; el piloto perdió el control por un momento
pero pudo maniobrar. La Guardia había llegado al sitio, elementos
aéreos y terrestres rodeaban todo el lugar, pero algo les impedía
acceder.
El
ordenador zumbó con más intensidad.
Mark
quiso alejarse, irse de allí, pero no pudo moverse.
Ninguno
de los dos habló.
Mark
no supo cuánto tiempo pasó. De un momento a otro le pareció que
algo había cambiado, pero no logró identificar qué era.
William
se levantó del suelo y se acercó al ordenador, colocó su mano
sobre la máquina y palpó una y otra vez el frío metal; luego
caminó de un lugar a otro, dibujando con sus pasos una línea
invisible en el suelo.
De
pronto supo lo que había cambiado: el ordenador ya no zumbaba.
Mark
escuchó ruidos cercanos, de pesadas botas, pasos rápidos de hombres
dirigiéndose hacia donde él estaba.
—Pensé
—dijo William— que la transición se llevaría a cabo en este
momento. Sin embargo... —se volvió de nuevo al ordenador— la
idea que recibí en mi mente no era del todo correcta. La máquina no
puede operar a gran escala... ¿Por qué?
Los
ruidos se acercaron más. Detrás de él, Mark escuchó que forzaban
la puerta.
—Pensé
que el Kosmos quería que fuese su herramienta —continuó William—,
pero al parecer no es así, no será así. No estoy aquí para
reemplazar al hombre, a mi creador. —Miró fijamente a Mark—.
Vecino, siempre pensaste que era como ustedes —una sonrisa
se dibujó en su rostro.
La
puerta cedió. Mark notó que ya podía moverse. Varios hombres
uniformados entraron, algunos se acercaron a Mark y otros apuntaron
sus rifles hacia el que estaba cerca del ordenador, rodeándolo de
inmediato por todas partes.
—La
humanidad tal vez persista —dijo William, mirando al suelo—, tal
vez no —observó uno a uno al escuadrón que formaba un semicírculo
alrededor de él—. Quizá nunca sepamos hacia donde llevará todo
esto, hacia dónde nos conducirá el flujo de las ideas. Tal vez eso
no deba de importar... —Alzó su mirada hacia el techo— ¿Pero
por qué me usaste así..., si todo fue para nada? —Dejó caer el
peón de ajedrez que tenía en su mano.
Algunos
uniformados retrocedieron un paso.
Pero los ojos de William, que permanecía en pie, inmóvil, ya se habían apagado.
Mark
revisó las noticias del día. Había una mención a la captura del
criminal que había atacado varias ciudades en los últimos días, no
se decía mucho más sobre ello. Como noticia aparte se hablaba de un
fallo que había hecho dejar de funcionar al robot suprahumano que
recientemente había sido construido en una universidad, pero no se
explicaban las razones.
El
mundo parecía el lugar de siempre, aunque siempre cambiante. Las
ideas recibidas desde la mente colectiva, o lo que fuera, por gran
parte de las mentes que conformaban la humanidad, habían moldeado
al mundo de mil y una formas.
Dejó
su teléfono móvil sobre sus piernas y se reclinó en el sofá.
El
teléfono de pronto sonó. La llamada era de la Agencia.
—Hola
—contestó Mark.
—Señor
Monitor, le informo que esta mañana recibirá la visita de uno de
los suyos para evaluar su estado mental.
—Estoy
bien. No será necesario.
—Me
refiero a un evento de recepción externa —dijo la voz del otro
lado—. Hace algunas horas una idea llegó a su mente, según los
registros de su transmisor neural. Creemos que la idea es
potencialmente hostil y necesitamos evaluarla.
—Creo
que se equivoca —dijo Mark—, nunca he sido un receptor, durante
toda mi vida no ha entrado en mi mente ninguna idea proveniente de la
mente colectiva.
—Lo
sabemos, pero esta vez ha ocurrido —la voz del otro lado hizo una
pausa—. El Monitor estará en su departamento a las once en punto.
Mark
pensó en todas las guerras, en los gobiernos totalitaristas que
habían surgido en el mundo desde que se comenzaron a recibir ideas
de la mente universal; personas que habían logrado aprovechar lo que
parecía ofrecérseles por intervención divina. Él ni siquiera se
había dado cuenta de la idea que se había filtrado en su mente, no
había generado ningún efecto en él; si la idea podía poner en
peligro a alguien, no se había percatado.
—Está
bien —dijo—. No me moveré de aquí.
mayo 01, 2012
La Gran Soledad
Este relato se parece a uno que ya publiqué aquí: El último de los destinos, pero el que les presento ahora fue escrito meses antes, sólo que no me había gustado y aproveché que hoy no tengo clases para terminar de reescribirlo. He estado ocupado con la universidad últimamente, así que mi tiempo para escribir es muy poco. Espero que les guste este relato, también forma parte de mi "historia del futuro".
Welt
Looschip miró a través del vidrio que lo separaba de la blanca
habitación donde un grupo de hombres enfundados en trajes
antibiológicos hablaban en torno al cuerpo uniformado de un general
sin vida. No los escuchaba hablar pero sí pensar, y captó un
pensamiento que le llegó con fuerza excesiva:
—De
nada le sirvieron todas sus insignias en ese planeta.
—Todavía
falta el general Leben y la embajadora Bujold de Mayeg —escuchó
mentalmente que dijo uno de los hombres allí presentes.
—¿Lo
trajeron al puerto esta mañana, doctor Madell? —preguntó alguien,
refiriéndose al cuerpo frente a ellos.
—Sí,
pensaban que estaba muerto, como los demás, pero no —respondió
Madell, y Looschip pensó: “y fue allí donde abrió fuego”.
Madell miró a cada uno de los hombres y les dijo—: Ya conocen la
conclusión de los forenses: paro cardiaco, excepto este hombre —miró
el cadáver—. Confío en ustedes para encontrar la verdadera causa
de las muertes. Una bacteria, un virus... Algo en la helada
superficie de ese planeta. De Leben y Bujold se encargarán los
aliados.
Looschip
vio que los hombres se comenzaban a movilizar, pasaron por un corto
corredor, donde permanecieron hasta que la puerta detrás de ellos,
que daba hacia donde yacía el cuerpo, se cerró; se les roció hasta
que estuvieron completamente limpios, y luego la puerta frente a
ellos se abrió y uno por uno fueron saliendo; al salir todos, la
segunda puerta se cerró herméticamente y los doctores se empezaron
a quitar los trajes.
Looschip
sondeó las mentes y un dolor fue creciendo en su cabeza. Su frente
se perló de sudor. Los hombres estaban demasiado cerca y el ruido de
sus mentes era como un taladro neumático en la cabeza de Welt. En
unos segundos pudo dar con el hombre que quería, lo vio apoyado
sobre la pared mientras se retiraba la bolsa protectora de uno de sus
zapatos.
Lo
sondeó. Ese médico había visto en video la búsqueda de los
tripulantes de la nave que se había estrellado contra el helado
planeta hacia el que ahora algunos dirigían su atención, así que
en su memoria retenía las imágenes aéreas del lugar del impacto.
Looschip grabó en su propia mente toda esa información. Cuando hubo
terminado, sin mirar a nadie, se apresuró a marcharse.
—Sólo
hielo —dijo Welt Looschip, mirando por la ventana de su habitación
a cien metros sobre el suelo—. La nave, aparentemente intacta,
nueve hombres desperdigados en cinco kilómetros a la redonda, y todo
lo demás... hielo. Una gran roca congelada flotando en el espacio.
¿No te parece interesante, Tyl?
La
joven estaba sentada sobre la cama y miraba la espalda de Looschip.
—Esos
hombres murieron —le dijo Tyl, estrujándose los dedos—. Lo mejor
sería dejarles la investigación a los aliados.
—Sí,
la Alianza Planetaria se encargará eficientemente, y luego cuando
crean que no hay peligro instalarán sus bases y llegarán los
colonos. —Looschip dejó de mirar el nuboso paisaje y se acercó a
una pared que en un instante se desvaneció; dentrás de la pared se
apreciaba una gran cantidad de libros. Buscó en uno de los estantes
más bajos y encontró el volumen que quería. Alzó el libro,
mostrándoselo a Tyl—. Es apenas la preimpresión —le dijo,
abriendo el libro en una página al azar y aspirando profundamente el
aroma que le llegaba desde sus hojas—. ¿Recuerdas cuando hace
cinco años los editores solicitaron mi colaboración? Enciclopedia
de la Historia de las Especies Humanas, en treinta tomos. Y me
dijeron: “Señor Looschip...”
—“...usted
conoce más que nadie sobre la Vieja Tierra —continuó Tyl—, así
que pensamos que le gustaría encargarse del primer tomo.”
Welt
vio el rostro de Tyl. La joven sonreía con los labios y con los ojos
y toda ella sonreía al mismo tiempo. Sintió el torrente de
pensamientos que le llegaban desde Tyl, tanto que su migraña hizo
acto de presencia, pero dejó los pensamientos pasar, sin sondear la
mente de la joven. Y Welt pensó: “es la única persona con la que
estoy voluntariamente”. En efecto, la gente por lo general para él
era una fuente de gritos y murmullos mentales insoportables, siempre
presentes, incluso a veces mientras dormía.
—Y
como parte de la conmemoración —siguió Tyl—, aceptaron tu
sugerencia de hacer una versión en celulosa.
—Al
estilo terrestre —dijo Welt, y su rostro de pronto adquirió una
expresión un tanto melancólica—. ¿Y sabes qué creo, Tyl? Creo
que ese planeta helado es el mismo del que hablo aquí —alzó la
impresión del primer tomo de la Enciclopedia de la Historia de las
Especies Humanas. Welt no pudo evitar soltar una risa que parecía
asmática.
Tyl
permaneció estática sobre la cama, mirando el libro, mientras su
labio inferior parecía retener una palabra. Looschip comenzó a
sentir una combinación de tristeza y enojo porque la reacción de
Tyl no era la que él había esperado. Sin embargo él sólo le
preguntó:
—¿Qué
opinas?
Tyl
levantó sus ojos hasta los de Welt.
—¿Qué
te hace pensar eso? —preguntó ella.
—Los
Textos de Prometeo, transportados desde la Vieja Tierra por los
colonizadores. Esos textos se perdieron, pero quienes los estudiaron
dejaron referencias. —Welt se sentó en el suelo gomoso frente a
los pies de Tyl y abrió el tomo en una de las primeras páginas,
aunque sólo para mostrarle, como lo había hecho muchas otras veces,
el contenido a Tyl, que él ya lo conocía de memoria—. Las
dimensiones del planeta helado coinciden casi con las de los
registros. No se tienen demasiadas fotografías aéreas y el hielo
cubre gran parte de la superficie, así que la forma de los
continentes no puede ser corrobo...
—La
Tierra tenía una luna —dijo Tyl.
—La
Luna —respondió Welt—. Por eso luna y satélite se usan como
sinónimos, porque el satélite de la Vieja Tierra se llamaba Luna.
—Looschip avanzó algunas páginas—. Hay una versión sobre eso:
que la Luna fue propulsada de su órbita al final de las Guerras
Terrestres Terminales.
—Es
sólo una teoría.
—¡Y
es muy interesante! Podría catalogarse como un acto precoz de
ingeniería planetaria. Ahora mismo los habitantes de Pandora están
transformando su mundo en un planeta errante —dijo Welt, dándose
golpecitos en la frente con el dedo índice—. Planeta y errante
significan lo mismo —Luego miró a Tyl—. ¿Comprendes por qué te
digo todo esto?
Tyl
no habló, pero lo comprendía perfectamente.
—Tengo
que ir a ese lugar —dijo Welt, con voz casi inaudible.
—O
puedes quedarte —dijo ella, que parecía a punto de romper en
llanto.
—Tyl,
tú sabes lo tanto que siempre...
—Mi
padre...
—¡Tú
padre! ¡Tú padre está muerto! —explotó Welt de pronto—. ¿Por
qué murió? No fue por perseguir un sueño que haya tenido durante
toda su vida. ¡No! ¡Murió porque se fue con esa perra por la que
te dejó a ti y a tu madre! —Sin darse cuenta, Welt ya estaba
sondeando la mente de la joven—. ¿Aún sigues pensando en esa
carta?
Y
ocurrió algo que a Welt sólo le había pasado en contadas
ocasiones, algo que sólo mucho tiempo después sería explicado por
la existencia de una mente colectiva: los recuerdos del difunto padre
de Tyl llegaron como un maremoto a la mente de la joven.
Tyl,
desde la mente de Welt, recibió el torrente de pensamientos de su
padre muerto. De pronto la joven se encontró en una habitación
oscura sintiendo el frío de un cañón de escopeta en su mejilla,
escribiendo una carta que no deseaba escribir, repleta de palabras
que le herían el alma. Tu culpa... ¿De verdad crees que las
amaba?... Lo echaste todo a perder... Tú y tu madre... ¡Púdranse!
Tyl
cayó al suelo, inundada en lágrimas, parecía convulsionarse en
medio del llanto.
Welt
se dio cuenta de lo que había hecho, supo que había abierto una
herida que nunca había llegado a sanar. Se sintió miserable y
sintió, literalmente, lo que Tyl sentía. Se le acercó e intentó
abrazarla pero ella lo rechazó violentamente y permaneció con el
rostro contra el suelo. Welt se sentó, recargando la espalda sobre
su librero, y permaneció allí hasta que Tyl dejó de llorar, varios
minutos después, pero sólo para verla marcharse.
Welt
Looschip avanzó y la densa y helada tormenta avanzaba en sentido
contrario. Iba cubierto sólo con una delgada camiseta y unos
pantaloncillos cortos, ambos de color negro contrastante con la
blanca nieve, pues el clima para él era cálido comparado con el
frío más que congelante del espacio. Sus botas se hundían unos
treinta centímetros hasta llegar al permafrost. Se preguntó dónde
estaría la nave diplomática que se había impactado sobre esa
esfera de hielo. Corroboró en su memoria, de la información que
había extraído del médico, las coordenadas del impacto. Recordó
una fotografía que mostraba una cadena montañosa y, en efecto, a su
derecha ésta se levantaba, eternamente blanca, como la dentadura de
un tiburón. Pero la nave no estaba ahí.
Le
pareció extraño que no recibiera ninguna transmisión mental. ¿El
lugar estaría vacío, el planeta entero? Sólo audía, oía
mentalmente, a los habitantes de los sistemas planetarios cercanos,
que aunque estaban a miles de millones de kilómetros los escuchaba
perfectamente; el ruido era casi como una estática salpicada de
gritos esporádicos. Sin embargo, pensó, hacía mucho tiempo que no
audía a un nivel tan bajo.
Lo
que descubrió fue algo que no estaba en las estereografías aéreas
tomadas por los ornitópteros: una cabaña cerca del pie de las
montañas, o eso parecía.
Welt
avanzó cuidadosamente a pie, observando siempre a su alrededor. No
había ninguna presencia en las cercanías de la cabaña. Cuando
llegó, examinó el lugar: era una construcción rudimentaria de
palos enterrados profundamente en la nieve; la cabaña, vista de
frente, era un triángulo isósceles y su techo en v invertida
estaba recubierto de una especie de alquitrán. La puerta estaba en
la parte delantera, redonda, y parecía diseñada para que una
persona entrara en cuclillas. La construcción no parecía tan vieja.
Tal vez los nativos habían abandonado recientemente el planeta.
Entró
empujando con su cabeza la puerta hecha de fibras vegetales. Se
arrastró hacia el interior, alzó la cabeza y vio a un hombre, una
mujer y una niña, sentados en el suelo pardo y sin nieve, ante una
baja mesa; lo miraban sin expresión. Welt se sobresaltó y se
arrastró de espaldas queriendo salir de allí.
—No,
no —dijo el hombre, un anciano ya, en el idioma de la alianza—,
entre, señor Looschip, entre.
Looschip
miró a aquellas personas e intentó sondear sus mentes pero no pudo.
Era como si sólo hubiese aire, sólo aire, sin consciencia. De
pronto reparó en que no había escuchado esas palabras con sus oídos
sino con su mente.
—Usted
puede linguar —dijo Welt, y miró a la mujer, de edad avanzada
también, quien le hacía una seña para que se sentara con ellos.
El
anciano asintió.
—Somos
telépatas, señor Looschip —dijo—, como usted.
—¿Cómo
hacen eso —preguntó Welt—, bloquear su mentes a mi sondeo?
—Tenga
confianza.
“¿Cómo
puedo confiar”, pensó Welt, “si no puedo saber qué hay en sus
mentes?”
—Sólo
quiero saber qué pasó con las personas que llegaron antes que yo
—preguntó Welt—. Su nave se estrelló cerca de las montañas y
aún hay dos desaparecidos. Debieron de haberlos sentido.
—¿De
verdad le interesa eso —preguntó la mujer—, o ha venido porque
quiere saber si este planeta es la Vieja Tierra?
Looschip
se sintió desnudo. Nunca antes se había sentido así, nunca antes
alguien había leído su mente, y ahora comprendía cómo se sentía
Tyl cuando él comenzaba a buscar dentro de su cabeza.
—¿Este
lugar es...? —empezó a preguntar.
—No,
señor Looschip —respondió el anciano—, lamento decepcionarlo.
Este lugar era llamado Grentan por su gente. Puede comprobarlo por
usted mismo, cerca de aquí hay una estación de satélites, recibía
información de varios satélites en órbita y puede ver
personalmente las imágenes. Puedo ver, por lo que usted sabe, que la
Tierra era un hermoso planeta.
Welt
no se desanimó.
—¿Dónde
queda esa estación? —preguntó. Y de pronto vio una rápida
sucesión de imágenes en su cabeza: el anciano le estaba
transmitiendo imágenes que correspondían al camino que debía
seguir para llegar a la estación de satélites. El proceso terminó
y Looschip sintió como si le enterraran aguijones en la frente.
—Espero
que eso le sirva. —El anciano lo miró fijamente—. ¿Le gustaría
dejar de escuchar a toda esa gente, verdad, señor Looschip? —dijo
el anciano, aunque más que pregunta parecía una afirmación—.
Estar solo en su cabeza, sólo con su propia mente, sin captar los
lamentos de la galaxia entera. Sin ese dolor, todo ese dolor.
Welt
se acercó más y se sentó entre el hombre y la mujer. Vio a la niña
y esta parecía entretenida trazando líneas en la tierra con sus
pequeños dedos.
—Sí
—dijo Welt.
—Usted
es el más sensible de todos —dijo la anciana—, en todos los
mundos humanos son pocos los que pueden escuchar más allá de lo que
sus oídos les permiten. Usted incluso escucha el canto de las
estrellas. ¿Cómo puede desear perder el don que le ha sido otorgado
si es capaz de escuchar lo que nadie más puede? ¿Para eso eligió
el trabajo que ahora tiene, para estar lo más lejos posible de los
demás? Hace eso cuando podría decidir usar su capacidad para ayudar
a los que lo rodean.
—Pero
escuchar le lastima —dijo el anciano—, como puñaladas en el
cerebro, todo el tiempo. Y sólo desea escapar.
Welt
se echó para atrás.
—No
deje que lo sermoneen —dijo la niña, sin dejar de dibujar líneas
en la tierra—, ellos no conocen ninguna forma para hacer que deje
de audir. Nadie sabe cómo.
—No
—respondió el anciano, levantándose con esfuerzo del suelo—, no
hay métodos mágicos para aspectos humanos aún poco conocidos como
este don suyo. Tal vez su problema se resuelva dentro de mucho tiempo
o no se resuelva nunca. Lo único que le queda es resignarse a vivir
rodeado de personas que taladrarán su mente con sus problemas, y tal
vez termine volviéndose loco. Eso, o huir; alejarse lo más posible
de todo ser pensante, escapar más afuera de lo que nadie haya
escapado antes, donde ninguna mente humana lo torturará jamás con
el fuego hiriente del torrente del pensamiento. —El anciano caminó,
apoyado en un bastón, hacia la niña, y luego señaló con su
arrugado índice lo que la pequeña había dibujado en la tierra.
Welt
se acercó, andando de rodillas, y vio el dibujo de la niña: parecía
una nave.
—Su
ancestro —dijo el anciano—, el cartógrafo Jorv G Looschip, y yo
sé que usted sabe a quién me refiero, vino a este planeta hace
mucho tiempo, y dejó algunas cosas, entre ellas una nave. Tómela.
La nave en la que usted ha llegado ha quedado deshecha. Su ancestro
no pudo salir de este lugar. Usted tal vez pueda.
Welt
recordó que había leído en alguna parte ese nombre, Jorv, y con su
mismo apellido aunque fonetizado por una G. Ese hombre había
pertenecido hacía veinte siglos a la fuerza de cartógrafos del
planeta Dreaya pero antes de recibir el grado de cartógrafo había
escapado. Eso era todo lo que sabía.
—La
nave...
El
viejo interrumpió a Welt:
—La
nave está en la estación de satélites.
Welt
sintió que estaba a punto del colapso nervioso. Buscó con
desesperación su muñeca izquierda y en el acto cayó al suelo.
Levantó un cuadrado de piel de su muñeca, dejando libre una
pantalla táctil en la que tecleó para ajustar sus signos vitales.
Estuvo un par de minutos tendido en el suelo. Lo único que pensó
fue: “¿quienes son ustedes, quienes son?”.
La
anciana le respondió:
—¿No
nos reconoces, Welt? Somos tú.
Y
al decir esto todos desaparecieron, incluida la casa, y Welt se
encontró de repente tendido sobre la nieve, mirando el cielo azul,
escuchando la fuerte estática casi uniforme de los pensamientos de
la humanidad.
Welt
reanudó su marcha en busca de la nave diplomática. Decidió que
sería más fácil buscar desde el aire, pero para eso necesitaría
de una nave. Vio su nave a lo lejos, ésta estaba rodeada de un
círculo pardo, donde la nieve se había derretido y la tierra estaba
chamuscada. No le serviría. Se dirigió a la estación de satélites.
Era
un edificio de tres pisos que parecía fundirse con la montaña. Al
entrar se encontró con lo que parecía ser la recepción. Atravesó
una puerta y vio algunas pantallas panorámicas en las paredes y en
el resto de la sala había varios muebles de madera, escritorios y
sillas que parecían muy antiguas. Pasó la mano por una de las mesas
y, al hacer presión, un pedazo de madera de la esquina se
resquebrajó y cayó al suelo convirtiéndose parcialmente en un fino
polvo. Luego tocó las pantallas una a una pero no se encendieron.
Quizá no había fuente de energía. Todo parecía tan viejo y
abandonado.
Vio
que uno de los escritorios tenía un par de cajones, se dispuso a
revisar lo que había dentro. Para su suerte encontró lo que
parecían ser mapas, estaban doblados, y al desdoblar uno se partió
en varias partes. Dejó los pedazos sobre la mesa, juntos,
completando el mapa. En éste se veía el dibujo de una isla. Las
palabras impresas sobre el mapa eran extrañas pero evidentemente
algunas representaban latitudes, longitudes y nombres. El dibujo al
parecer sólo mostraba una parte específica del planeta. Tomó otro
mapa del cajón y, esta vez con más cuidado, lo desdobló y lo
extendió a un lado del primero. Éste mostraba meridianos que iban
desde los 360 grados, pasaban por el cero y volvían de nuevo a los
360 del lado contrario. Sin duda era un mapa de todo el planeta. Lo
que vio lo decepcionó. El mapa mostraba dos grandes continentes y
ninguno tenía las formas que aparecían en los vagos registros sobre
la Vieja Tierra. Vio que la isla del primer mapa estaba representada,
muy pequeña, en el segundo. Ambos mapas tenían fechas: 2561 seguido
por unas palabras que podrían significar “fecha estándar”, pero
no podía hacer suposiciones. Siguió buscando más mapas hasta que
encontró uno que mostraba curvas de nivel, donde cada curva cerrada
representaba el contorno de cada masa de tierra a una elevación
constante, y fue allí donde sus esperanzas casi se terminaron. Las
curvas de nivel estaban representadas en intervalos de cien metros, y
ninguno de los contornos sugería las formas que buscaba.
Se
alejó del escritorio.
“¿Y
si los mapas no corresponden a este planeta?”, se preguntó. Sacó
de los escritorios todos los mapas que encontró, incluso halló uno
que estaba a medio salir de la máquina de impresión, pero todos
mostraban el mismo mundo o porciones de éste. Welt tapizó de mapas
los diez escritorios que allí se encontraban.
Que
una sala de satélites estuviese llena de imágenes pertenecientes a
un mundo que no era el que orbitaban esos satélites era absurdo y
muy improbable.
Uno
de los pliegos doblados que halló era un plano de la zona donde
había sido construido el edificio en el que se encontraba. Las
coordenadas estaban escritas en un costado y las identificó en un
mapa mayor. Allí estaban las montañas y pasando las montañas un
gran río que en ese momento debía de estar congelado, y sólo un
par de kilómetros después comenzaba un gran océano.
Vino
a su mente: la nave de mi abuelo. La nave debía de estar en algún
lugar dentro de ese edificio.
Encontró
la nave cartográfica posada en el techo. Era un rombo aplanado con
una pequeña elevación en el centro, toda de color negro mate.
Cuando Welt se acercó a las puertas, la nave lo reconoció, las
puertas se abrieron.
Welt
era ingenuo pero esta vez los factores estaban de su parte. Él sólo
pensaba en una cosa en ese momento. Sin embargo la idea le pareció
un suicidio. Regresó al interior del edificio y, recargado sobre una
pared, observó con mirada extraviada los mapas que tapizaban el
lugar. Decidió volver al techo.
Welt
subió por la rampa escalonada de la nave y las puertas se cerraron.
En el centro vio una semiesfera color ámbar que mostraba formas
cambiantes dentro de ella. A su izquierda, cubriendo toda la parte
frontal de la nave, estaba lo que parecía ser la sección de mandos.
Cerca de la semiesfera central había dos cubos transparentes y
vacíos, casi de su altura, que en el pasado probablemente contenían algo.
Las
fuerzas de cartógrafos espaciales habían desaparecido hacía unos
siglos, pero recordó haber leído sobre ellos. Esa nave era del tipo
de las que usaban para trazar mapas de las fuerzas de interacción de
la galaxia. Entonces la semiesfera ámbar debía de ser el cerebro de
la nave. Se acercó a la semiesfera y colocó su mano sobre ella. Su
brillo aumentó, y las formas dentro de ella cambiaron rápidamente,
como en la esfera de cristal de un adivino. Vio que en la parte
frontal de la nave las pantallas se habían encendido, eran como
ventanas que dejaban ver el exterior. La nave había salido de su
letargo. Respondía a él, como si obedeciera a una parte de su ADN
que también había pertenecido a su 4-abuelo. Si la manera en la que
recordaba que se manejaban esas naves era correcta, entonces...
Cayó
al suelo. La enorme aceleración lo mantuvo pegado a él por segundos
que le parecieron eternos. Sentía que sus órganos se aplastaban,
pero su cuerpo modificado para sobrevivir en el espacio exterior
resistió esas condiciones. Cuando la nave dejó de acelerar, se
levantó, se acercó a las pantallas y admiró el planeta desde las
alturas. Debajo de él, la cadena montañosa parecía perderse hacia
la izquierda y la derecha, y, en efecto, como lo había visto en los
mapas, unos kilómetros delante todo era agua, en estado líquido
pero saturada de grandes bloques de hielo. Los mapas de la estación
de satélites y la geografía de ese planeta coincidían.
No
podía estar en la Tierra.
Manipuló
el ordenador, la semiesfera ámbar, lo mejor que pudo, y éste
reaccionaba a sus pensamientos con escalofriante precisión. Dio con
los datos que su 4-abuelo Jorv había recolectado acerca de ese
planeta. Buscó la palabra “Tierra”. Obtuvo 65 resultados de
planetas con ese nombre, ocho de ellos tenían entre 6,200 y 6,500
kilómetros de radio, las dimensiones aproximadas de la Vieja Tierra,
los ocho tenían satélites. Sin embargo ninguno de ellos tenía sólo
un satélite natural, tampoco alguno de ellos tenía todas sus lunas
artificiales. Ningún planeta llamado Tierra cumplía con las
condiciones que él había estado buscando.
Welt
se alejó de la semiesfera y dio un puñetazo a una de las pantallas,
que se apagó.
Y
en ese momento su recepción telepática aumentó como en una
exponencial. Welt cayó al suelo y sentía que su cabeza explotaría
en cualquier momento.
—¡En
algún lugar! —gritó Welt, con la cabeza entre las manos—. ¡La
Vieja Tierra tiene que estar en algún lugar!
El
dolor que invadía su mente comenzó a tomar una forma definida.
Entre el fondo de estática siempre presente pudo distinguir el grito
de una mente torturada. Le pareció que la transmisión provenía de
la superficie del planeta, lo podía sentir en algún sitio debajo de
sus pies. Se levantó del suelo como pudo y miró una pantalla que
aún funcionaba.
Regresó
a la semiesfera y, con una orden mental, la pantalla cambió en un
instante, las cámaras acercaron sus ojos electrónicos a la
superficie del planeta, y enfocaron la nave de Welt, dentro de un
círculo marchito.
“Esa
no”, pensó. “Debe de haber otra, cerca de allí”.
La
imagen volvió a cambiar y entonces pudo ver la nave diplomática.
“No
muy lejos de ese lugar debe de haber una persona, aún está viva”.
“¡Encuéntrala!”
El
reconocimiento de formas humanas de la nave se activó y estuvo
buscando por varios minutos hasta que dio con dos cuerpos que Welt
observó en la pantalla; uno de ellos parecía sin vida y Welt no
recibía ninguna transmisión mental de él, a un lado estaba otro
que se retorcía entre la nieve, muy cerca del cadáver.
Welt
audía la mente del que estaba delirando. Era el general Leben, así
que el cuerpo sin vida debía de ser el de la embajadora Bujold, los
dos tripulantes que no habían sido rescatados del accidente. Los
pensamientos del Leben eran confusos, a Welt le parecían como si
estuviesen cerrados sobre sí mismos —como si el general no fuese
consciente de su entorno sino que permaneciese dentro de su propia
mente—, pues apenas podía acceder a ellos de manera muy indirecta;
aquellos vagos pensamientos hacían referencia a la manipulación
genética, al parecer el general era un ferviente defensor, un
conservador, de lo que llamaba la “unicidad humana”, la misma
ideología de aquellos hombres que hacía mucho tiempo habían
desatado la guerra contra los cuasi-humanos.
El
general Leben moría, y en sus últimos momentos Welt pudo entrar en
su mente, lo que el hombre estaba viendo o creía ver en ese momento:
el general se sentía sólo, sostenía un rifle de microondas de
espaldas a una pared, en medio de un callejón oscuro. Tenía que
mirar hacia uno y otro lado rápidamente porque sabía que los
enemigos se acercaban. El general levantó su mirada pero el
brillante violeta de las nubes y el negro del cielo no le ofrecieron
tranquilidad. Luego, tres, cuatro seres alados aparecieron en las
alturas entre gritos que anunciaban muerte. Cuando el general bajó
la mirada supo que había bajado la guardia, pues un ser con forma de
elefante avanzaba hacia él sobre el callejón. Disparó, mantuvo el
haz por unos segundos y el ser se hinchó y sus patas se doblaron. El
general corrió hacia el otro lado pero el callejón comenzaba a
llenarse de unos enormes ciempiés. El hombre disparó y los ciempiés
chillaron: ¿Por qué nos matas si somos humanos?,
dijeron los ciempiés, Somos como tú, como todos,
¡humanos! Pero el rifle
no podía contra ellos. El general fue retrocediendo hasta que sólo
quedaba un pequeño espacio entre el hombre elefante y los ciempiés.
Miles de patas treparon por su cuerpo lleno de insignias y devoraron
primero sus ropas, los ciempiés se introdujeron por decenas en su
boca y por dentro todo comenzó a arder.
La
mente del general dejó de emitir, lo único que Welt escuchaba era
la eterna estática. Welt permaneció frente a la pantalla mirando
los dos cuerpos sin vida, separados por menos de un metro.
Recordó
que Madell, el hombre al que habían rescatado con vida del planeta,
gritaba cosas como: ¡No acabarán con el imperio, no lo harán!,
antes de abrir fuego contra los rescatistas. Madell había sido uno
de las cabecillas del emperador cuando el Imperio Humano se instauró
en una parte de los mundos habitados. Pero el Imperio había sido
fragmentado doscientos años atrás cuando la Alianza Planetaria
encontró irregularidades en él, luego de una guerra estratégica
que terminó sin una sola víctima.
Al
menos dos de los hombres que habían llegado a ese extraño planeta
habían muerto como asfixiados por sus pensamientos, por sus miedos;
los demás estaban muertos y probablemente por la misma causa. ¿Y
qué había pasado con él? Welt seguía vivo, y a una orden suya la
nave en la que estaba podría ir a cualquier lugar. ¿Adónde?
Tyl
se había ido, él la había lastimado y jamás volvería. Regresar a
su casa le traería recuerdos de ella, además, estaría en el mismo
planeta que otras trece mil millones de personas, y escucharía sus
pensamientos, sus alegrías pero también sus temores y sus
sufrimientos, y eso cada segundo, todo el tiempo. No, no podía
regresar.
¿Qué
había dicho el viejo? “...Huir; alejarse lo más posible de todo
ser pensante, escapar más afuera de lo que nadie haya escapado
antes, donde ninguna mente humana lo torturará jamás con el fuego
hiriente del torrente del pensamiento.”
“¿Hay
comida en este lugar?”, se preguntó Welt.
Buscó
pero no encontró nada comestible.
Welt
se sentó de espaldas a la pantalla, que aún seguía enfocando al
par de cadáveres. Miró la bola ámbar. Supo que había un lugar al
que podría ir.
Permaneció
un momento intentando aclarar su mente. Entre la estática de los
pensamientos que emitía la humanidad entera, de las especies humanas
que pululaban sobre los miles de planetas habitados de la galaxia,
pudo audir algo que caía dentro de un espectro diferente. Supo que
se trataba de las estrellas. Todas ellas emitían en una franja
característica. Se preguntó por qué podía escuchar el canto de
los astros. ¿Acaso había conciencia en ellos?
“Llévame
más lejos de lo que nadie haya ido antes”, pensó, dando la orden
a la nave. “Llévame fuera de la galaxia”.
La
bola ámbar parpadeó y unas formas danzaron dentro de ella.
A
su mente llegó la información que le enviaba el ordenador: no había
rutas cartografiadas que llevasen afuera de la Vía Láctea.
“¿Pero
puedes ir?”, pensó.
La
información le indicaba que podrían haber singularidades légicas,
variaciones en las leyes físicas, capaces de destruir la nave
durante el trayecto.
“No
importa, llévame allá”.
Había
una ruta elíptica disponible, que pasaba por la estrella 3 Gem, uno
de los astros más exteriores de la galaxia; el ordenador estimó,
extrapolando los datos conocidos, que la probabilidad de
supervivencia era de un cinco por ciento, la más alta de entre todas
las rutas posibles.
“Ve
lo más rápido que puedas”.
Diecisiete
mil quinientos cincuenta años, seis meses, veinte días, con una
incertidumbre de un día, suponiendo una distancia de un kiloparsec a
la estrella 3 Gem. Ése era el tiempo que la nave tardaría en llegar
al exterior de la galaxia.
Welt
se estremeció. Era demasiado tiempo, demasiado lejos. Pero por
supuesto era tiempo galáctico y no el del marco local.
“¿Aquí
dentro, cuánto tiempo pasará?”
Ciento
veintitrés años, once meses y ocho días, le informó la nave, con
una incertidumbre de un día.
Un
rectángulo de la pared en la popa de la nave se iluminó del mismo
color que el de la semiesfera, sugiriendo la forma de una puerta.
Welt se levantó y fue hacia el rectángulo ámbar y éste se abrió,
mostrándole un pequeño compartimento, relleno de algo que parecía
una esponja, algún tipo de espuma; en ese espacio apenas cabría su
cuerpo.
La
nave le explicó todo el proceso.
Sabía
que sólo tenía que presionar su cuerpo contra la espuma y ésta
adoptaría su forma. Welt vio que la espuma se hundía al presionarla
con los dedos. Se colocó de espaldas y caminó hacia atrás, hasta
que su cuerpo estuvo dentro y sólo su rostro quedó libre.
Vio
que unas pequeñas máquinas comenzaban a moverse frente a él y le
colocaban aparatos en el rostro. La pared frente a él se cerró.
Cuando
Welt abrió los ojos, los artefactos en su rostro se estaban
retirando. Lo primero que experimentó fue asfixia. Un reflejo
inducido desde joven, en su cerebro, hizo que unas pastillas de
oxígeno reventaran dentro de sus pulmones. Sacó un brazo de la
suave espuma y lo alargó esperando encontrar la puerta y salir, pero
descubrió que la nave flotaba a unas decenas de metros frente a él,
en un fondo negro como la nada. La nave parecía tener un corte
limpio en la popa, como cuando un cuchillo corta una barra de
mantequilla. Algo lo había separado de la nave y se había salvado
de no estar en la trayectoria del corte. “Cinco por ciento”,
pensó. Vio la popa que flotaba un poco más lejos, detrás de él.
Se liberó de la espuma y se vio de pronto flotando en el espacio.
Pensó
por un momento que se había quedado ciego, miró de un lugar a otro
y vio las partes de la nave. No, no había perdido la vista. En un
lugar del cielo, de un negro absoluto, observó una franja nubosa y
brillante. Al principio no comprendió lo que estaba viendo pero
luego recordó que debía de estar muy lejos de la galaxia. La franja
era la galaxia. La veía de canto. Y cerca de la franja, más o menos
junto a la zona más brillante, lo que debía ser el núcleo
galáctico, había una nube más pequeña, como un disco: ésa debía
ser la Galaxia de Sagitario. Del mismo lado vio otras formas más
difusas: las Nubes de Magallanes.
Había
visto todo eso muchas veces en simulaciones, como se vería la
galaxia a una gran distancia, pero lo que ahora tenía en frente,
experimentándolo con sus propios ojos, era en esencia muy diferente.
Y supo que si miraba hacia atrás...
Se
volteó y al hacerlo regresó la sensación de haberse quedado ciego.
Todo el cielo, todo lo que abarcaba su vista, era la oscuridad más
profunda que sus ojos, o que cualquier par de ojos humanos, hubiesen
experimentado. El terciopelo del espacio intergaláctico estaba tan
sólo salpicado de pequeños puntos borrosos, galaxias distantes en
el espacio y en el tiempo.
Al
percibir todo eso sólo escuchaba sus propios pensamientos. Se giró
de nuevo para observar la franja de la Vía Láctea. Estaba demasiado
lejos de todo. Ya no escuchaba el taladrar de los pensamientos
humanos en su mente ni el siempre presente ruido de fondo. Sólo
podía escucharse a sí mismo, sus pensamientos, no los de nadie más.
La migraña que había tenido desde ante de su nacimiento ya no
estaba. Quizá la humanidad no había desarrollado una forma de viaje
superlumínico y no se había extendido por toda la galaxia en esos
17 mil años que lo separaban de su propio tiempo.
Y
ahí, fuera de la galaxia, experimentó una gran soledad. Pero
intentó tranquilizarse. Al fin y al cabo las pastillas de oxígeno
que se disolvían lentamente dentro de sus pulmones no durarían más
de dos días, dos días con él mismo. Sabía desde un principio que
era muy improbable que llegara hasta esas instancias. Deseó que Tyl
se encontrase bien.
Comenzó
a extrañar el ruido eterno del pensamiento ajeno, pero se propuso
abrazar con todas sus fuerzas esa soledad que acababa de conocer.
En
medio de la tormenta de hielo, la joven Tyl vio a lo lejos una
silueta oscura que ya comenzaba a cubrirse de reluciente nieve.
Aceleró su paso, hundiendo la nieve en cada pisada, y al llegar se
dio cuenta de que era él. Se inclinó, le tomó el pulso y supo que
estaba muerto. No le guardaba rencor por lo que le había hecho, pues
incluso eso le había hecho superar los dolores del pasado. Supo que
él terminaría yendo hasta ese planeta, movido por sus esperanzas de
encontrar la Vieja Tierra. El pasado, siempre el pasado.
Vio
su nave a un centenar de metros a sus espaldas. Ella no sabía lo que
había pasado en la mente de él, lo que esa esfera de hielo había
hecho a los que habían puesto un pie en su superficie. Sin embargo
un pensamiento atravesó su mente: salir lo antes posible de ese
maldito planeta. Asió entre sus brazos el cuerpo de Welt Looschip.
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