diciembre 21, 2011

Y ahora los errantes seremos nosotros

Una amiga me ha sugerido que ante historias algo largas, dé una pequeña introducción para que los lectores de este blog sepan de que va la historia, para tener criterios por si deciden pasar algunos minutos de su tiempo leyéndola, y saber si de verdad van a entretenerse y a disfrutar o si están perdiendo su tiempo. Esta sugerencia de mi amiga fue por mi negativa a presentar mis historias de manera fragmentada, pues creo que si un relato (al menos del tipo de los que me gusta escribir) se lee por partes, éste pierde mucha fuerza. Aunque el presente relato no es muy largo (bueno, son unas 10 cuartillas. Y, ¡dioses!, en uno anterior, Preservar La Colectividad, sí que me excedí porque fueron 19), les diré de lo que trata, sin darles demasiadas pistas.

Año 4055. Planeta Dreaya. Se ha descubierto una fuerza más destructiva que cualquier arma antes diseñada. El Jefe de la Fuerza de Cartógrafos Espaciales se ve de pronto encaminado por un cuasi-humano a usarla por primera vez para acabar con una guerra que ha costado la vida de demasiadas personas. Se trata de un punto decisivo en la historia de las especies humanas.

La idea la tenía rondando mi mente desde hace casi un mes, pero hasta ahora, aprovechando mis vacaciones de la universidad, la he podido escribir. Se trata del sexto relato que escribo de mi “historia del futuro”, en la misma línea temporal, y serán varios más, así que agárrense. Si les interesa, aquí tienen la historia, espero que la disfruten.


            Era un planeta azul con pequeños parches marrones y verdes en su superficie. Las nubes se arremolinaban en una región de su hemisferio norte, formando un huracán que giraba a contrarreloj sobre aquel paraíso. Y el globo azul se fue haciendo cada vez más grande. Y luego hubo una segunda visión: un enorme dragón, una tira de blancura volando en el oscuro espacio. Y apareció un segundo ser, que giró en espirales en torno al primero, y ambos bailaron una danza cósmica y se alejaron, con destino hacia ningún lugar. Y después ya no importó el azul planeta, de un azul más azul que cualquier otro, lo único importante era aquel par de dragones. Y el reluciente globo se perdió de vista y el espacio estrellado lo llenó todo, y la visión viajó hasta los dragones que se alejaban y les dio alcance. Y todo era calma, pero el pasivo universo dio lugar al peligro que se escapa a los sentidos, y ambos dragones atravesaron ese peligro como si éste no existiese, siempre danzando en espirales uno en torno al otro. Y todo pareció confuso porque aquel peligro ya no existía, su presencia ya no se percibía siquiera con unos sentidos que eran más que sentidos. El universo era prístino y transparente.
            Y la visión se desvaneció.
            Hui Yongnian despertó. Sus ojos se abrieron y se volvieron a cerrar luego de ver que se encontraba en el mismo plácido lugar, sobre su cama. Las sábanas que lo cubrían se desintegraron en millones de partes que se incorporaron al colchón. Se sentó en la orilla de l colchón y vio llegar a su esposa.
            —Buenos días —le dijo ella, y se sentó a su lado. Pasó la mano por los despeinados cabellos de Yongnian—. No he querido despertarte antes. Llegó Jorv, dijo que quería preguntarte cosas sobre su futuro trabajo. Se veía muy emocionado.
            —¿Aún sigue aquí?
            —No, le he dicho que se marchara, que viniera luego porque estabas dormido. Me dijo que mejor hablaría contigo antes del entrenamiento de mañana.
            Yongnian suspiró y fijó su mirada en las manos de su esposa, que descansaban sobre su regazo.
            —¿Otra vez ese sueño? —preguntó ella.
            —Sí.
            —Ya te he dicho que si te molesta podemos ir con el...
            —No, no —la interrumpió—. Molestarme no. —Y luego hizo una pausa—. Me gustaría salir por mí mismo de esto. Ya sabes mi postura al respecto, querida Gelna... —Notó lo silenciosa que estaba la casa—. ¿A dónde ha ido Alicia?
            —Ha salido con una amiga, —respondió Gelna—, le dije que regresara antes de las 9.
            Yongnian acarició las manos de su esposa. El rostro de Hui mostraba las arrugas del paso de los siglos.
            —¿Sabes? No estoy seguro de lo que haré —dijo Yongnian— luego de hoy.
            —Ese chico es muy hábil —dijo ella—. Lo veo como el próximo jefe de cartógrafos, un gran jefe como lo ha sido su maestro —sonrió—. Y su maestro al fin podrá estar tranquilo en su hogar.
            —Gelna, eso no... Tú sabes lo que realmente me preocupa.
            Gelna puso una mano sobre su espalda y lo acarició.
            Y Hui Yongnian despertó del sueño. Un sueño dentro de otro sueño. Se sentó. Vio la habitación vacía y silenciosa. Ningún sonido perturbaba la calma que reinaba en toda la casa. La pared del lado extremo del cuarto le informó la hora: eran las 6:71. Con un suspiro volvió a acostarse. Miró hacia el cielo raso y por un momento le pareció ver el rostro de Gelna, y a un lado el de la pequeña Alicia. Cerró los ojos y al abrirlos de nuevo, la imagen se había desvanecido.

diciembre 04, 2011

Viejos enemigos

    Robert Arctor sacó las bolsas del supermercado del auto y entró a su casa. Su familia: su hija Mary de diez años, Peter de doce y su esposa Beth, estaba reunida en la mesa del comedor con la vista puesta en el televisor. Una escena normal en un pequeño poblado rural a las afueras de Salt Lake City.
     Dejó las bolsas en el suelo.
     —Bob —le dijo su esposa, que lo tomó por el brazo y lo hizo sentarse en una silla. La mujer no quitaba la vista del televisor, los rizos le caían en su bello rostro oscuro—, mira las noticias.
Robert pensó que el noticiero no podría informar de algo peor que lo de ayer.
     La chica del noticiero daba el reporte mientras las imágenes iban pasando en la pantalla. No sólo Nueva York había sido atacada, como lo habían dicho en el noticiero de la noche anterior, ahora también había caído una bomba H en Seattle.
     —Todavía no dicen quién atacó —mencionó Beth.
    Ese mismo día cayó otra en Chicago, y después una más en San Francisco pero ésta última no explotó. Un hombre presumiblemente afectado tomó la bomba, que con su peso había destruido parte de su casa al caer, y la subió a su camioneta con la ayuda de una pequeña grúa. Condujo por la carretera interestatal con rumbo hacia Santa Mónica pero una patrulla lo detuvo al ver el enorme artefacto en la batea de la camioneta. El hombre de la patrulla supo de qué se trataba y los servicios de inteligencia hicieron presencia.
     Los cuatro agentes de traje y lentes oscuros observaban el artefacto en la parte trasera de la camioneta.
     —El policía no mentía —dijo uno, sorprendido. Sin duda era lo más bizarro que había visto en su vida.
     Al poco tiempo llegaron varias patrullas. Un hombre del Departamento de Estado y un ingeniero nuclear bajaron de un vehículo.
     —¿Hay un protocolo para esto? —preguntó uno de los agentes.
    —Transportar la bomba en un avión —respondió el ingeniero nuclear— que la eleve lo suficiente en el aire para que, si explota, no represente un peligro para la población.
     Un helicóptero apareció a lo lejos y descendió en medio de la carretera.
     —¡Súbanla, la llevaremos a un pequeño aeropuerto cercano! —gritó el piloto del helicóptero, en medio del estruendo de las aspas.
     Un robot cargó delicadamente la bomba y la depositó dentro del helicóptero. Antes de que éste despegara, los hombres presentes comenzaron a escandalizarse. El hombre de la camioneta, el que había transportado la bomba, estaba esposado en el interior de una patrulla y observaba con curiosidad. Lo que causaba el escándalo no era la previa presencia misma de la bomba, sino algo que estaba dibujado en la bomba: una bandera.
     —¿Vieron esa maldita bandera? —preguntó alguien—. ¿Podemos tomar esto como prueba de que ellos fueron realmente los que nos han atacado?
     —¡Maldita sea! —dijo exasperado otro hombre—, ¿cómo duda de esto?

diciembre 01, 2011

Saludos

     “La Humanidad ha muerto”, viajaba el mensaje, repitiéndose dentro de una burbuja que iba creciendo en el tiempo y en el espacio, luego de largos miles de años, pero la batería de la sonda ya hacía mucho tiempo que se había agotado y no pudo captar la señal. Con suerte, el robot que había transmitido la noticia desde la base lunar aún seguía operativo. La sonda siguió viajando, ya fuera, mucho más allá de los confines del Sistema Solar. Del lado opuesto al pequeño Sol que dejaba atrás se veía el brillo de una distante estrella, aunque más cercana que las demás. La sonda vagaba en el frío espacio casi sin fricción.
     Una nave solitaria que iba hacia alguna parte se la encontró a su paso. Sus tripulantes guiaron la sonda hacia el interior de su nave y la examinaron. Dos pequeños seres como aves, de azules plumas, la examinaron. Sin duda eso era una antena, y todo eso otro parecía un rudimentario sistema de instrumentación.
     Uno de los seres recorrió con saltitos la sonda, luego se posó, apuntando con el pico a un rectángulo dorado. Su compañero llegó a su lado con un aleteo.
     Ambos permanecieron largo rato observando el rectángulo dorado. Sus cabezas fijas y ladeadas y sus patitas aferradas en torno a una varilla metálica de la sonda.
     La nave siguió su curso por sí sola y llegó a la estación de suministros que se encontraba en las entrañas de un cometa. Mientras los pequeños seres observaban la placa, la nave aterrizó en la superficie gélida del cometa. Unas puertas de hielo y roca se abrieron en el suelo y la nave descendió suavemente en una grande y bulliciosa plaza.
     Las puertas de la nave de abrieron con un siseo y un autómata parecido a un ratón se les acercó. “El Yter está disponible en este momento para realizar la transacción de provisiones”, comunicó el ratoncito. El aire de la nave comenzó a llenarse con el delicado aroma de los manjares de mil mundos.
     Los dos seres como aves apartaron lentamente su mirada de la placa y se miraron entre sí, como si nunca antes se hubiesen visto.
     “Así éramos antes, ¿verdad?, antes de que nuestros dos valientes padres partiesen del que fue su hogar”, transmitió uno, y volvió su mirada hacia la placa, que mostraba a una mujer y a un hombre con la mano derecha alzada, saludando.
     “Sí, así éramos”.

noviembre 26, 2011

Feynmanosis

Feynmanosis: Afección de la mente y del espíritu en la que el individuo ve aumentado su interés por la Ciencia y su deseo de seguir descubriendo cómo funciona el Universo. Es causado por leer a Richard Feynman. No tiene tratamiento. A los afectados por feynmanosis se les recomienda seguir conociendo a Richard Feynman, no dejar de hacerse preguntas sobre lo que les rodea, y una gran dosis de matemáticas y física.

Escribo esto para alejarme momentáneamente de unos ejercicios de matemáticas que estaba haciendo y en los que me he atascado un poco.

El viernes 25 fui al IPN (Instituto Politécnico Nacional), una gran universidad, que junto con mi universidad, la UNAM, la considero como lo mejor en mi país, el IPN sobre todo en las ingenierías. Además, las instalaciones de esta universidad son maravillosas. Pero bueno, llegué a la Escuela Superior de Física y Matemáticas (el edificio es más pequeño de lo que esperaba) porque allí daría una conferencia Douglas Dean Osheroff, un destacado físico que ganó el Premio Nobel en 1996 -compartido con David M. Lee y Robert C. Richardson- por el descubrimiento de la superfluidez del Helio 3, un efecto muy curioso a bajas temperaturas. Entré al auditorio donde sería la conferencia y había otra conferencia en curso, sobre nanotecnología, con científicos alemanes y mexicanos. No escuché la conferencia. Llegué ya en la ronda de preguntas, y un par de personas del público optaron por discutir la ética que hay que tomar en cuenta en la nanotecnología. Luego terminó y comenzó la otra, la que me interesaba desde un principio (aunque si hubiese sabido de la conferencia sobre nanotecnología hubiese llegado más temprano). Yo estaba sentado en cuarta fila. Llegó Osheroff, un hombre ya de 66 años, que se conserva bien. Un sujeto leyó una presentación del invitado y luego Osheroff comentó que le resultaba gracioso que no hubiese entendido nada de lo que el presentador había dicho (pues éste habló en español), pero que le parecía que lo que había dicho sobre él era algo bueno.

Osheroff fue alumno de Richard Feynman en el Caltech durante su licenciatura, y la conferencia que dio fue sobre su maestro. Osheroff me pareció un hombre gracioso, muy bromista. Mostró fotografías y cartas de Feynman... Información que ya conocía en su mayoría, que le fue proporcionada por Michelle, hija de Feynman. (¡Ojalá lo supiera!, que he estado leyendo, es un libro sobre Feynman que hizo Michelle en base a la correspondencia de su padre.) Aún así fue muy emocionante. También reprodujo una grabación (audio) de Feynman en Los Alamos, aunque no entendí casi nada pues el acento de Feynman me resulta casi incomprensible (y yo esperaba que la grabación fuese de Feynman tocando los bongos). Feynman solía comentar que el inglés que hablaba no era un inglés que pudiera escribirse. Osheroff creo que no pudo aguantarse las ganas y mostró algunas diapositivas de su trabajo, con el He3 y cuando estuvo en la comisión para la investigación del accidente del Transbordador Columbia (algo como lo que había hecho Feynman cuando investigó y resolvió la causa del accidente del Challenger). La carta que Feynman escribió a dos años de la muerte de su primera esposa, Arline, dirigida a ella precisamente, me volvió a parecer muy conmovedora. Una de las cosas que yo no sabía era que Gweneth, la tercera esposa de Richard, y con la que más tiempo estuvo, murió  dos años después que su esposo (es como si hubiesen sido el uno para el otro, pensé cursimente). La conferencia terminó antes de lo que me hubiese gustado, pero no por eso no la disfruté.

Luego de la emocionante conferencia (en ningún momento recargué mi espalda sobre el respaldo del asiento) vino la serie de preguntas del público. Me pareció raro que pasaran varios segundos y nadie preguntase nada, así que, con miedo a que se diera por terminada la conferencia, levanté la mano. Lo que le pregunté a Osheroff fue cuál había sido la influencia que había tenido de Feynman, él como su alumno, sobre cómo habían cambiado sus puntos de vista debido a su maestro. La primera parte de la respuesta no la entendí (en parte porque estaba muy emocionado y en parte porque el acento de Osheroff y mi comprensión del inglés me hicieron no comprender la totalidad de lo que decía), luego ya entendí mejor. Dijo que si bien él y su maestro no habían trabajado en algo relacionado (Feynman hacía básicamente cuántica, aunque decirlo así es poco), las clases de Feynman en el Caltech habían sido un boom para los que tomaron el curso, y que eso había influido mucho en sus alumnos, particularmente en él, y que una de las cosas que le había dejado (como nos dejó a todos) es su búsqueda de la elegancia cuando de explicar un fenómeno se tratase. Luego algunas personas más también hicieron preguntas. Terminó la conferencia y salí del auditorio.

Mientras salía de la bella universidad que es el IPN y viajaba en el camión que me llevaba hacia una estación del metro, observando esa bonita parte de la ciudad, repasaba en mi mente lo que había sido la conferencia y la emoción que ésta me causó. Y el resto del día, y hasta este momento, he estado con muchas energías para seguir recorriendo el camino que comencé hace dos años y casi cuatro meses, un camino que sé que disfrutaré mucho. Sé que no he sido muy dedicado en mis estudios. Hoy a la 1 de la mañana estaba resolviendo algunas cosas de ecuaciones diferenciales y pensé en lo que había sido el resto del día. Me dije: "éste ha sido el mejor día que he tenido en el semestre, ¡quiero que todos los días sean así!" Y todos mis días pueden ser así. Estas dos citas de Feynman quedan muy bien ahora:

“If you have any talent, or any occupation that delights you, do it, and do it to the hilt. Don't ask why, or what difficulties you may get into.” (Traducción personal: "Si tienes algún talento, o alguna ocupación que disfrutes, realízalo, realízala, y hazlo con todos tus medios posibles. No te preguntes por qué, o qué dificultades tendrás al hacerlo".)

“Work hard to find something that fascinates you.” ("Trabaja duro para encontrar algo que te fascine".)

noviembre 14, 2011

El valor de la Ciencia. Richard Feynman

Richard P. Feynman
Richard Phillips Feynman es una de las personas que más me inspiran en avanzar en esto que en parte estoy haciendo de mi vida: mi aprendizaje en Física, y en lo que hasta el momento no voy en la dirección que me gustaría, pero no por ello me desanimo. Más allá de ganar el Nobel por sus trabajos en cromodinámica cuántica, lo que más destaca para mí de Feynman es que siempre iba tras explicaciones sencillas para explicar procesos complejos, y que su visión de la Ciencia era tan especial que no me queda duda de que disfrutar del universo y tratar de entenderlo es lo mínimo que puedo hacer.

Hace unos meses leí ¿Qué te importa lo que piensen los demás?, y fue cuando empecé a conocer a este hombre. Bueno, ya lo conocía desde antes, pues en la biblioteca de mi facultad se encuentran las Feynman Lectures on Physics (basadas en un curso que dio en el Caltech) y dos volúmenes de Physics, que algunas veces he consultado. Actualmente leo ¡Ojalá lo supiera!, una recopilación de muchas cartas que escribió y que recibió, muy conmovedoras algunas.

Quiero transcribir aquí íntegro un escrito suyo titulado El valor de la Ciencia. Espero que lo disfruten. Comienza diciendo Feynman:

   Cuando era más joven estaba convencido de que la ciencia haría cosas buenas para todos. Era evidentemente buena. Durante la guerra trabajé en la bomba atómica. Este resultado de la ciencia era evidentemente un asunto muy serio: representaba la destrucción de seres humanos.
   Después de la guerra estuve sumamente preocupado por la bomba. No sabía qué aspecto iba a ofrecer el futuro, y ciertamente no tenía la menor seguridad de fuéramos a durar hasta hoy. Había pues una cuestión ¿lleva la ciencia algo malo consigo?
   Dicho de otro modo, ¿qué valor tiene la ciencia a la que me había consagrado —lo que yo amaba—, después de ver las cosas tan terribles que podía hacer? Era una cuestión a la que yo tenía que dar respuesta.
   «El valor de la ciencia» es, si se quiere, una especie de informe de los muchos pensamientos que me sobrevinieron al tratar de responder a esa cuestión.

EL VALOR DE LA CIENCIA

   De cuando en cuando hay quien me sugiere que los científicos deberían prestar mayor consideración a los problemas sociales; en especial, que tendrían que ser más responsables al considerar el impacto de la ciencia en la sociedad. Parece ser opinión general que si los científicos se tomasen la molestia de prestar atención a estos problemas sociales tan difíciles y no se pasaran tanto tiempo tonteando con problemas científicos menos vitales, se obtendrían grandes éxitos.
   Tengo la impresión de que nosotros sí reflexionamos en tales problemas de cuando en cuando, pero que no les dedicamos la totalidad de nuestros esfuerzos, por la razón, entre otras, de que no tenemos ninguna fórmula mágica para resolver problemas sociales, de que los problemas sociales son mucho más difíciles que los científicos, y de que normalmente no llegamos a nada cuando reflexionamos en ellos.
   Estoy convencido de que cuando un científico examina problemas no científicos puede ser tan listo o tan tonto como cualquier prójimo, y de que cuando habla de un asunto no científico, puede sonar igual de ingenuo que cualquier persona no impuesta en la materia. Dado que la cuestión del valor de la ciencia no es una cuestión científica, esta charla estará dedicada a demostrar la tesis que acabo de exponer... predicando con el ejemplo.
   A todo el mundo le es familiar la primera de las formas en que la ciencia es valiosa, a saber, que el conocimiento científico nos permite hacer toda clase de cosas y construir toda clase de cosas. Evidentemente, si hacemos cosas buenas, ello no solamente habrá de acreditarse en la cuenta de la ciencia; el mérito será igualmente de la elección moral que nos llevó a hacer obras buenas. El conocimiento científico confiere un poder que nos capacita para obrar bien o mal, pero no lleva instrucciones acerca de cómo utilizarlo. Tal poder tiene un valor evidente —incluso aunque tal poder pueda ser negado por lo que uno hace con él.
   Supe de una forma de expresar este problema humano tan común durante un viaje a Honolulú. En un templo budista de allá, el encargado les explicó a los turistas un poquito de la religión budista, y después acabó su charla afirmando que tenía que decirles algo que no olvidarían jamás —y que yo jamás he olvidado. Era un proverbio de la religión budista:
A cada hombre se le da la llave de las puertas del cielo; esa misma llave abre las puertas del infierno.
   ¿Qué valor tiene, pues, la llave de las puertas del cielo? cierto es que si carecemos de instrucciones claras que nos permitan determinar cuál es la puerta que da al cielo, y cuál al infierno, la llave puede ser un objeto peligroso de utilizar.
   Pero es evidente que la llave tiene un valor: ¿cómo podremos entrar en el cielo si carecemos de ella?
   Las instrucciones de uso carecerían de valor si no poseemos la llave. Es evidente, pues, que a pesar de que puede producir enormes horrores en el mundo, la ciencia tiene valor, porque puede producir algo.
   Otro de los valores de la ciencia es el disfrute —el llamado gozo intelectual— que algunas personas sienten al leer y reflexionar en ella, o que experimentan al trabajar en ella. Es éste un aspecto importante, un aspecto, que no es suficientemente considerado por quienes nos dicen que es responsabilidad nuestra reflexionar sobre el impacto de la ciencia en la sociedad.
   ¿Tiene este disfrute personal algún valor para la sociedad en su conjunto? ¡No! Pero es también una responsabilidad considerar el papel de la sociedad propiamente dicha. ¿Será este papel organizar las cosas de modo que los individuos puedan disfrutar de ellas? En tal caso, gozar de la ciencia es tan importante como cualquier otra cosa.
   No quisiera, empero, subestimar el valor de la concepción del mundo resultante del esfuerzo científico. Hemos sido llevados a imaginar toda suerte de cosas infinitamente más maravillosas que las visiones de los poetas y soñadores del pasado. Muestra que la imaginación de la naturaleza es mucho, muchísimo mayor que la imaginación del hombre. Por ejemplo, ¡cuánto más notable es que todos nos hallemos sujetos —la mitad de nosotros, cabeza abajo— por una misteriosa atracción a una bola que gira sobre sí misma; a una bola que ha estado rodando por el espacio durante miles de millones de años, que la metáfora de que somos llevados a lomos de un elefante sostenido por una tortuga que nada en un mar sin fondo!
   Han sido tantas las veces que he pensado estas cosas en solitario, que confío en ser disculpado si les recuerdo este tipo de pensamiento, que estoy seguro que tantos de ustedes han tenido, más que nadie podría haber tenido en el pasado, porque no se tenía entonces la información que hoy tenemos sobre el mundo.
   Por ejemplo, estoy solo, a la orilla del mar, y empiezo a pensar.

He ahí las olas presurosas
montañas de moléculas
cada una, estúpidamente ocupada en lo suyo,
separadas por trillones
y empero,
formando al unísono la blanca espuma.
Edades sobre edades,
antes que ojo alguno pudiera ver;
año tras año
golpeando atronadoras en la playa, como ahora.
¿Para quién? ¿Para qué?
En un planeta muerto
sin vida que entretener.
Jamás en reposo
torturadas por la energía
prodigiosamente derrochada por el Sol
a raudales vertida en el espacio.
Una pizca hace rugir al mar.
En lo profundo del mar
unas de otras
repiten las moléculas las pautas todas
hasta formar otras nuevas y más complejas.
Crean otras a ellas semejantes
y da comienzo así una nueva danza.
Y al creer en tamaño y complejidad
seres vivos
masas de átomos
ADN, proteínas
que trazan una danza aún más intrincada
Salimos de la cuna,
pisando tierra firme
helos aquí plantados y erectos:
átomos provistos de consciencia;
materia dotada de curiosidad.
Plantado frente al mar
se pregunta por qué se pregunta: Yo
un universo de átomos
un átomo en el universo.

   La misma emoción, el mismo respetuoso temor, el mismo misterio vuelve a aparecer una y otra vez cuando miramos algo con suficiente profundidad. Y con el mayor conocimiento llega un misterio más profundo y maravilloso, que nos incita a penetrar en él más hondamente todavía. Sin sentir jamás el temor de que la respuesta puede resultar decepcionante, con placer y confianza damos la vuelta a cada nueva piedra que nos encontramos, descubriendo lo inimaginadamente extraño, que conduce a más maravillosas cuestiones y misterios ¡una gran aventura, ciertamente!
   Es cierto que son pocas las personas no científicas que experimentan este tipo particular de experiencia religiosa. Nuestros poetas no escriben sobre ella; nuestros pintores no tratan de plasmar esta cosa tan notable. No sé por qué. ¿Acaso a ninguno inspirará la imagen que del universo hoy tenemos? Este valor de la ciencia sigue sin ser cantado por los poetas; uno se ve reducido no a escuchar una canción o un poema, sino una lección vespertina sobre ella. Todavía no es la nuestra una edad científica .
   Tal vez una de las razones de este silencio sea que es preciso saber leer su música. Por ejemplo, el artículo científico puede decir, «El contenido de fósforo radiactivo del cerebro de la rata decrece a la mitad en un periodo de dos semanas». Ahora bien, ¿qué significa tal cosa?
Significa que el fósforo que hay en el cerebro de la rata —y también en mi cerebro, y en el suyo— no es el mismo fósforo que había en él hace dos semanas. Significa que los átomos del cerebro están siendo reemplazados: los que antes se encontraban allí se han ido.
   Observar que eso que yo llamo mi individualidad es tan sólo una configuración, una danza; eso es lo que lo significa el descubrimiento de lo que tardan los átomos del cerebro en ser reemplazados por otros átomos. Los átomos llegan a mi cerebro, danzan en él su danza y después se van —hay siempre nuevos átomos, pero danzan siempre la misma danza, recordando cómo era la danza de ayer.
   Cuando leemos algo sobre este asunto en el periódico, dice: «Los científicos afirman que este descubrimiento puede ser un hito importante en la curación del cáncer.» Al periódico tan sólo le interesa la utilidad de la idea, no la idea en sí misma. A duras penas puede nadie comprender la importancia de una idea, tan notable es. Salvo que, posiblemente, algunos niños puedan captarla. Y cuando un niño capta una idea como ésa, tenemos un científico. Ya es para ellos demasiado tarde captar ese espíritu cuando se encuentran en nuestras universidades; debemos pues explicar estas ideas a los niños.
   Quisiera dirigir ahora mi atención a un tercer valor que tiene la ciencia. Es un poco menos directo, pero no mucho. El científico tiene una amplísima experiencia de ignorancia, de duda, de incertidumbre, y en mi opinión, tal experiencia de ignorancia, de duda, de incertidumbre, y en mi opinión, tal experiencia es de la mayor importancia. Cuando un científico desconoce la solución de un problema, es ignorante. Cuando tiene una corazonada sobre cuál va a ser el resultado, siente incertidumbre. Y aún cuando esté francamente seguro de cuál va a ser el resultado, todavía le queda alguna duda. Hemos descubierto que para poder progresar es de fundamental importancia saber reconocer nuestra ignorancia y dejar lugar a la duda. El conocimiento científico es un cuerpo de enunciados que tiene diversos grados de certidumbre. Algunos son sumamente inseguros, algunos casi seguros, pero ninguno es absolutamente cierto.
   Ahora bien, nosotros los científicos estamos habituados a ello, y damos por hecho que es perfectamente consistente tener inseguridad, que es posible vivir y no saber. Aunque no sé si todos se dan cuenta de que esto que digo es cierto. Nuestra libertad de dudar nació de una lucha contra la autoridad en los primeros tiempos de la ciencia. Fue una lucha muy profunda y vigorosa: se nos ha permitido cuestionar, dudar, no estar seguros. Me parece importante que no olvidemos esta lucha y perder quizás lo que hemos ganado. He aquí una responsabilidad social.
   Nos entristecemos cuando pensamos en las maravillosas potencialidades que los seres humanos parecen tener y las contrastamos con lo diminuto de sus logros. Una y otra vez se ha pensado que podríamos hacerlo mucho mejor. Quienes vivieron tiempos pasados vieron en la pesadilla de sus tiempos un sueño para el futuro . Nosotros, que estamos en su futuro, vemos que sus sueños, rebasados en ciertos aspectos, siguen siendo sueños en muchísimos otros. Las esperanzas para el futuro siguen siendo hoy, en buena parte, las mismas de ayer.
   Se pensó en cierta ocasión que las posibilidades que tenían las personas no se habían desarrollado debido a la ignorancia. Con educación universal, ¿podrían todos los hombres ser Voltaire? Lo malo puede ser enseñado por lo menos tan eficientemente como lo bueno. La enseñanza es una fuerza muy poderosa, pero lo es tanto para lo bueno como para lo malo.
   La comunicación entre las naciones habría de facilitar su entendimiento —así rezaba otro sueño. Pero las máquinas de comunicación pueden ser manipuladas. Lo que se comunica puede ser verdad o mentira. La comunicación es una fuerza poderosa, pero tanto lo es para lo bueno como para lo malo.
   Las ciencias aplicadas deberían liberar al hombre de los problemas materiales, cuando menos. La medicina controla la enfermedad. Y aquí el registro parece ser enteramente para lo bueno. Empero, no faltan quienes trabajan pacientemente para crear grandes plagas y venenos, a utilizar en la guerra del mañana.
   A casi nadie le gusta la guerra. Nuestro sueño de hoy es la paz. En la paz es donde el hombre puede desarrollar mejor las enormes potencialidades que al parecer tiene. Pero tal vez los hombres del futuro encuentren que también la paz puede ser buena y mala. Tal vez los hombres pacíficos se entreguen a la bebida, por aburrimiento. Tal vez entonces la bebida se convierta en el gran problema que parezca impedir al hombre lograr de sus facultades tanto como éste cree que debería.
   Como es obvio, la paz es una gran fuerza, como lo son la sobriedad, el poder material, la comunicación, la educación, la honestidad y los ideales de muchos soñadores. Tenemos más de esas fuerzas a controlar que los antiguos. Y tal vez estemos haciéndolo un poco mejor de lo que la mayoría de ellos podían. Pero lo que deberíamos poder hacer se nos antoja gigantesco en comparación con lo confuso de nuestros logros.
   ¿Por qué es esto? ¿Por qué no podemos conquistarnos a nosotros mismos?
   Porque nos encontramos con que incluso las grandes fuerzas y facultades no parecen ir provistas de instrucciones claras sobre cómo utilizarlas. Por ejemplo, la gran comprensión acumulada en lo atinente al mundo físico solamente nos convence de que tal conducta parece tener una especie de sinsentido. Las ciencias no enseñan directamente lo bueno y lo malo.
   A través de todas las edades pasadas, la humanidad ha tratado de sondear el significado de la vida. Ha comprendido que de poder conferir a nuestras acciones alguna dirección o significado, se desencadenarían grandes fuerzas humanas. Y en consecuencia, muchísimas han sido las respuestas que se han dado al problema del significado de todo. Pero las respuestas han sido de toda clase de suertes, y los proponentes de una respuesta han contemplado con horror las acciones de los creyentes en otras; con horror, porque a resultas de una discordancia en el punto de vista todas las grandes potencialidades de la raza quedan canalizadas y confinadas en un callejón falso y sin salida. De hecho, ha sido a partir de la historia de las enormes monstruosidades creadas por las falsas creencias como los filósofos han comprendido las infinitas y maravillosas capacidades de los humanos. El sueño consiste ahora en descubrir el canal abierto.
   ¿Cuál es, entonces, el significado de todo ello? ¿Qué podemos decir para desvelar el misterio de la existencia?
   Si tomamos todo en cuenta —no solamente lo que sabían los antiguos, sino todo lo que hoy sabemos que no conocían— me parece entonces que hemos de admitir francamente que no lo sabemos.
   Pero hacer tal admisión, probablemente hayamos encontrado el canal abierto.
   No es ésta una idea nueva; ésta es la idea de la era de la razón. Tal era la idea que guió a los hombres que crearon la democracia bajo la que hoy vivimos. La idea de que nadie sabía verdaderamente cómo se dirige un gobierno condujo a la idea de que se debería establecer un sistema mediante el cual las ideas nuevas pudieran ser desarrolladas, ensayadas y arrojadas por la borda en caso necesario; un sistema que permitiera introducir todavía más ideas nuevas; un sistema, en definitiva, basado en tanteos, en el ensayo y el error. Tal método sobrevino a resultas de que a fines del siglo XVIII la ciencia estaba empezando ya a mostrar que era empresa venturosa. Incluso en aquella época, a quienes reflexionaban en los fenómenos sociales le resultaba obvio que la apertura de posibilidades era una oportunidad que la duda y la discusión eran esenciales para progresar y penetrar en lo desconocido. Si queremos resolver un problema jamás resuelto anteriormente, tenemos que dejar entreabierta la puerta a lo desconocido.
   Nos encontramos en los comienzos mismos de la era de la raza humana. No es irrazonable que tengamos o que tropecemos con problemas. Pero hay decenas de miles de años en el futuro. Es responsabilidad nuestra hacer lo que podamos, aprender lo que podamos, mejorar las soluciones, y transmitirlas a nuestros sucesores. Es responsabilidad nuestra dejar las manos libres a las gentes futuras. Hallándonos como estamos en la impetuosa juventud de la Humanidad, podemos cometer graves errores que paralicen nuestro crecimiento durante largo tiempo. Y así sucederá si afirmamos tener y a las respuestas, cuando tan grande es nuestra juventud y nuestra ignorancia. Si suprimimos toda discusión, toda crítica, proclamando, «¡He aquí la respuesta, amigos míos; el Hombre está salvado!» condenaremos durante largo tiempo a la Humanidad, la encadenaremos a la autoridad, la confinaremos a los límites de nuestra imaginación presente. Ya se ha hecho antes muchas veces.
   Es responsabilidad nuestra como científicos, sabedores del gran progreso que emana de una satisfactoria filosofía de la ignorancia, del gran progreso que es fruto de la libertad de pensamiento, proclamar el valor de esta libertad; enseñar que la duda no ha de ser temida, sino bienvenida y discutida, y exigir esta libertad como deber nuestro hacia todas las generaciones venideras. 
Richard P. Feynman

noviembre 13, 2011

Espejo

     Aún hay comida para varios días en la alacena. Y sigo sin saber cómo he llegado a este lugar. Parece una vivienda, y hay muebles bastante extraños, pero está vacío como si lo hubiesen abandonado recientemente. Aunque, bueno, realmente es una ventaja mientras logro saber por qué demonios estoy aquí. Estoy reconsiderando, como hace un par de días, que haya sufrido amnesia. Sé cómo me llamo, hay varias cosas, y algunos documentos, en mis bolsillos. Uno de ellos, un papel escrito con prisa, sin duda de mi propia mano, que no le encuentro sentido. Dice: “Mundo humano quebrará”. ¿Por qué habría escrito eso? La nota es demasiado ambigua.
     Abro la lata que dice atún -primero tenía problemas para abrirlas pero encontré que se pueden abrir fácilmente-, la sirvo en un plato desechable, del paquete que estaba junto a la despensa, y tomo algunas galletas. Casi nada de lo que encuentro aquí me parece familiar, salvo los platos y las galletas, sólo que estas galletas tienen un sabor extraño. Me incomoda el espejo que está a mi izquierda, no es porque vea mi rostro descuidado, con la barba de hace un par de días, sino que siento que ese reflejo que observo no se corresponde conmigo. A veces parece no seguir mis propios movimientos. Ahí está otra vez, lo veo con el rabillo del ojo. El reflejo sacude la cabeza cuando yo la mantengo quieta. Me llevo una galleta con atún a la boca y el reflejo hace lo mismo, pero de una forma ligeramente diferente. Tal vez estoy enloqueciendo.

     Ha amanecido de nuevo. No recuerdo que amaneciera así de rápido. He de decir que es más cómodo dormir en esta cosa que en una cama de paja. ¿Cama de paja, por qué he pensado eso? Me levanto y voy hacia la ventana. Corro las cortinas. Afuera los edificios y las casas están envueltas en una bruma grisácea. No reconozco lo que veo. Y tengo esa sensación de que este no es mi mundo. Repaso las cosas que encontré en mis bolsillos: una identificación, sin duda el de la foto soy yo, y la dirección dice “homúnculo 26, vector Arigadian bak”. La dirección es una de las cosas que más me perturban. He buscado en el directorio que está a un lado del aparato comunicador del departamento y sólo encuentro nombres como “San Joaquín”, “Ignacio Allende” y similares, nada que indique homúnculos o vectores. Además de la identificación hay un extraño aparato, como un huevo con extensiones tubulares como tentáculos.
     Ayer antes de dormir tuve un pensamiento extraño, que no sólo no pertenecía a este mundo sino que había llegado aquí  desde detrás de ese espejo que tanto me incomoda observar cuando como. Me encamino hacia la cocina y lo veo, y veo mi reflejo. El espejo es cuadrado con las esquinas redondeadas, de cerca de un metro de lado. Fácilmente pude haber salido por allí. Alzo mi mano, está temblando, y pongo mi palma contra el cristal. Está frío y liso, y hay una sensación como si el espejo palpitara.
     Busco en mi bolsillo derecho y saco el huevo con tentáculos. Se me ha ocurrido para qué podría servir. ¿De dónde ha venido esa loca idea? Lo coloco frente al espejo y los tentáculos se adhieren automáticamente a su superficie. Me alejo ante lo que pueda pasar, pero no ocurre nada... al principio. El espejo ha comenzado a oscilar. Colores sin forma se mueven por su ondulada superficie. ¿Ese es mi verdadero mundo? Me quedo observando las formas que cada vez parecen más definidas, y lo que veo es conocido para mí. Allí está Sillig pastando con su greduno en las faldas la montaña Murtygt, y la torre de Tug donde el arqua-Er vigila los campos de deceno. Y el recuerdo de ella... Ella... ¡Oh!, ¿cómo pude haber olvidado todo eso, cómo pude haberla olvidado a ella? Es ése el mundo que abandoné, no estoy seguro por qué lo hice, pero necesito regresar, además porque este otro mundo se va a...

     La puerta del departamento se abrió y dos hombres entraron.
     El señor Rodriguez se enojará porque no le informamos de nuestra salida —le dijo uno al otro.
     Dejaron sus maletas en el suelo.
     ¿Qué ha ocurrido? —dijo uno, viendo las latas y paquetes de comida vacíos en la mesa.
     Oye, ven por aquí —dijo el otro, rodeando la mesa y dirigiéndose hacia el espejo.
     ¡Es un hombre! Oh, Dios mío, ¿no estará muerto o sí?
     Uno de ellos se agachó y tomó el pulso del hombre.
     ¿Está muerto?
     Sí.
     ¿Qué haremos?
    Yo... No lo sé... Probablemente se trate de un vagabundo, ha venido a comer..., quizá llegó desde que salimos. —Volteó hacia la mesa, intentando no mirar el cuerpo—. Mira, al parecer son papeles suyos —tomó la identificación—. La dirección no me parece familiar, quizá era extranjero.
     Mira, hay una nota.
     El otro la tomó.
     Mundo humano quebrará. Eso es lo que dice.
     ¿Una crisis económica? Bueno, puede decirse que no se ha equivocado.
     El otro sujeto se acercó lentamente a la ventana y miró al cielo. Con la mano hizo un ademán para que su compañero se acercara.
    Todo parecía normal excepto por una cosa: algo andaba mal en el cielo, éste estaba surcado por grandes grietas, parecía quebrarse como un espejo roto, placas tectónicas en lo alto que chocaban unas con otras. Una lluvia de lúgubres colores caía sobre el mundo. Y los fragmentos desprendidos que se iban desvaneciendo mientras se precipitaban dejaban ver lo que había detrás: el inmenso vacío de la nada.

noviembre 09, 2011

Tiempo


Entre las leyes que podemos deducir del mundo externo, una destaca sobre las demás: la Ley de la Transitoriedad. Nada está destinado a perdurar. Año a año los árboles caen, las montañas se derrumban, las galaxias se extinguen como velas de sebo. Nada está destinado a durar salvo el Tiempo. El manto del universo se desgasta, pero el Tiempo perdura. El Tiempo es una torre, una mina inagotable; el Tiempo es monstruoso. El Tiempo es el héroe. Personajes humanos e inhumanos quedan clavados en el Tiempo como mariposas en una lámina: aunque las alas conserven el brillo, han olvidado el vuelo.
El Tiempo -como un elemento que puede ser sólido, líquido o gaseoso- tiene tres estados. En el presente es un flujo inasible. En el futuro es una bruma turbia. En el pasado es una sustancia sólida y vidriosa; entonces lo llamamos historia. Entonces no puede mostrarnos nada salvo nuestro rostro solemne; es un espejo traicionero que sólo refleja nuestras limitadas verdades.

Brian Aldiss, en la introducción de su libro Galaxias como granos de arena

octubre 31, 2011

Robot

No es lo mismo. No es estar entre todos los demás y esperar a que alguien entre a la tienda sólo para ver que escogen al de a lado. Aquí me siento muy bien, y soy muy útil, hago lo que aprendí en los años de escuela y lo desempeño eficientemente. Aquí tengo que supervisar que los controles de la casa funcionen correctamente. Ellos hacen cosas muy importantes, no tienen tiempo para cuidar sus hogares, y me gusta mucho ayudarles de esta manera. ¿De qué otra forma podría ser útil? Me pregunto lo que pasará... Antes de irme de la tienda, las otras personas murmuraban que dejarían de prescindir de nosotros. No sé cómo podría ocurrir, de verdad no lo sé. Pero será mejor que deje de pensar en ello, el cerrado automático de esa puerta no se reparará por sí solo. Debo de sentirme muy agradecido con la máquina que me ha comprado.

octubre 30, 2011

Lo que la Ciencia Ficción es y no es

     «En primer lugar, definiré lo que es la ciencia ficción diciendo lo que no es. No puede ser definida como "un relato, novela o drama ambientado en el futuro", desde el momento en que existe algo como la aventura espacial, que está ambientada en el futuro pero no es ciencia ficción; se trata simplemente de aventuras, combates y guerras espaciales que se desarrollan en un futuro de tecnología superavanzada. ¿Y por qué no es ciencia ficción? Lo es en apariencia, y Doris Lessing, por ejemplo, así lo admite. Sin embargo, la aventura espacial carece de la nueva idea diferenciadora que es el ingrediente esencial. Por otra parte, también puede haber ciencia ficción ambientada en el presente: los relatos o novelas de mundos alternos. De modo que si separamos la ciencia ficción del futuro y de la tecnología altamente avanzada, ¿a qué podemos llamar ciencia ficción?
     »Tenemos un mundo ficticio; éste es el primer paso. Una sociedad que no existe de hecho, pero que se basa en nuestra sociedad real; es decir, ésta actúa como punto de partida. La sociedad deriva de la nuestra en alguna forma, tal vez ortogonalmente, como sucede en los relatos o novelas de mundos alternos. Es nuestro mundo desfigurado por el esfuerzo mental del autor, nuestro mundo transformado en otro que no existe o que aún no existe. Este mundo debe diferenciarse del real al menos en un aspecto que debe ser suficiente para dar lugar a acontecimientos que no ocurren en nuestra sociedad o en cualquier otra sociedad del presente o del pasado. Una idea coherente debe fluir en esta desfiguración; quiero decir que la desfiguración ha de ser conceptual, no trivial o extravagante... Esta es la esencia de la ciencia ficción, la desfiguración conceptual que, desde el interior de la sociedad, origina una nueva sociedad imaginada en la mente del autor, plasmada en letra impresa y capaz de actuar como un mazazo en la mente del lector, lo que llamamos el shock del no reconocimiento. Él sabe que la lectura no se refiere a su mundo real.
     »Ahora tratemos de separar la fantasía de la ciencia ficción. Es imposible, y una rápida reflexión nos lo demostrará. Fijémonos en los personajes dotados de poderes paranormales; fijémonos en los mutantes que Ted Sturgeon plasma en su maravilloso Más que humano. Si el lector cree que tales mutantes pueden existir, considerará la novela de Sturgeon como ciencia ficción. Si, al contrario, opina que los mutantes, como los brujos y los dragones, son criaturas imaginarias, leerá una novela de fantasía. La fantasía trata de aquello que la opinión general considera imposible: la ciencia ficción trata de aquello que la opinión general considera posible bajo determinadas circunstancias. Esto es, en esencia, un juicio arriesgado, puesto que no es posible saber objetivamente lo que es posible y lo que no lo es, creencias subjetivas por parte del autor y del lector.
     »Ahora definiremos lo que es la buena ciencia ficción. La desfiguración conceptual (la idea nueva, en otras palabras) debe ser auténticamente nueva, o una nueva variación sobre otra anterior, y ha de estimular el intelecto del lector; tiene que invadir su mente y abrirla a la posibilidad de algo que hasta entonces no había imaginado. "Buena ciencia ficción" es un término apreciativo, no algo objetivo, aunque pienso objetivamente que existe algo como la buena ciencia ficción.
     »Creo que el doctor Willis McNelly, de la Universidad del estado de California, en Fullerton, acertó plenamente cuando afirmó que el verdadero protagonista de un relato o de una novela es una idea y no una persona. Si la ciencia ficción es buena, la idea es nueva, es estimulante y, tal vez lo más importante, desencadena una reacción en cadena de ideas-ramificaciones en la mente del lector, podríamos decir que libera la mente de éste hasta el punto que empieza a crear, como la del autor. La ciencia ficción es creativa e inspira creatividad, lo que no sucede, por lo común, en la narrativa general. Los que leemos ciencia ficción (ahora hablo como lector, no como escritor) lo hacemos porque nos gusta experimentar esta reacción en cadena de ideas que provoca en nuestras mentes algo que leemos, algo que comporta una nueva idea; por tanto, la mejor ciencia ficción tiende en último extremo a convertirse en una colaboración entre autor y lector en la que ambos crean... y disfrutan haciéndolo: el placer es el esencial y definitivo ingrediente de la ciencia ficción, el placer de descubrir la novedad.»

PHILIP K. DICK
(Fragmento de una carta)
14 de mayo de 1981

octubre 28, 2011

Constituyen pandemia

Como ejercicio del tipo que se ve en un taller literario, Pedro López Manzano, en su blog Cree lo que quieras, ha sugerido un pequeño reto literario: hacer un cuento hiperbreve, con límite de tiempo de 3 minutos, que comience con las palabras "constituyen pandemia". He aquí mi aporte.

"Constituyen pandemia: virus de clases 5 y 6", marca el diccionario de enfermedades que sostengo entre mis manos, mientras lo leo bajo la luz de las velas. Tras la ventana se ven los estragos de lo que el holocausto ha dejado. No me he atrevido a salir hacia la biblioteca más cercana, sería una estupidez, pues de algo advierten todos estos gritos que crecen a lo lejos para pronto apagarse.

octubre 25, 2011

Persecutor, perseguido


El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral; el asesino sí. Permaneció al pie de la cronopuerta. Había fallado en su misión de proteger a Su Santidad, y ahora el criminal, quien había cumplido su cometido, había huido hacia algún lugarmomento del espaciotiempo. Fijó sus ojos sobre la cronopuerta. Manipuló el colapsador de probabilidades y sintonizó la última frecuencia de operación: diez años en el futuro, El Vaticano. Conectó su cerebro auxiliar. Activó el modo caza; ya no había rastro de humanidad en él. “Matar al asesino del Papa”, resonaba en su mente. Cruzó el umbral. De pronto se encontró en un lugar con antiguos edificios en ruinas. ¿Quién era él? Todo recuerdo se había ido. Luego el cerebro auxiliar se activó. Recordó quién era. Un pensamiento inundó su mente: “matar al Papa”. Ya no era "matar al asesino del Papa", dos palabras se habían suprimido del cerebro artificial, un cambio sutil. Se volvió y cruzó de nuevo el cronoportal, hacia el pasado, para cumplir con su misión, sin saber que a quien antes había perseguido era a sí mismo.

octubre 18, 2011

Preservar La Colectividad

“Varía localmente el campo electromagnético, cambia la distribución electrostática en un extremo de la moneda y podrás hacer que caiga cara en vez de cruz. ¡Felicidades, has manipulado el azar!” (Jorv G. Looschip, Vigesimocuarta Generación de Cartógrafos Espaciales de Dreaya. 4071 d.C.) 

     S-21r leyó el código del contenedor metálico que su colega llevaba en las agarraderas electromagnéticas. Sus fotoceldas se movieron del frasco al rostro gris e inexpresivo de S-22r. Los dos pequeños robots eran transportados por la cinta que llevaba al Colectivo Sagitario. 
     Llegaron al exterior, avanzaron sobre un gran puente. Allí, a lo lejos, hacia donde la cinta los llevaba, bañados por la luz del sol, se levantaban algunos edificios de varios cientos de pisos. El puente desembocaba en una estructura cubiforme, un gran cubo esparcido entre otros cubos, de color azul fuerte, contrastante contra el cielo violáceo. Los robots llegaron en silencio hasta el edificio. Al atravesar el arco que delimitaba la puerta semipermeable, la iluminación abandonó su tono amarillento para dar paso al azul que emanaba de las paredes. En el interior, las máquinas trabajaban silenciosamente. Los dos robots se separaron; S-21r fue hacia los niveles inferiores y S-22r hacia los superiores a través de los tubos elevadores. 
     Once pisos arriba, el reparador vio que el robot acababa de llegar. S-22r se acercó al reparador. El humano tenía apariencia robótica, pues su cuerpo era de metal, era bajito, apenas superaba el metro de altura, lo mismo que medía S-22r, y sus ocho brazos descansaban sobre los costados. 
     —Acompáñame —le dijo mentalmente el reparador, mirando el contenedor que llevaba el robot. 
     S-22r lo siguió. Entraron a un haz verde horizontal que delimitaba un campo magnético, y los impulsó hasta la parte oeste del edificio, allí donde se encontraban las instalaciones del complejo de investigación orgánica. El haz los hizo detenerse frente a la puerta semipermeable de uno de los laboratorios. Los sensores de equilibrio del humano se desbalancearon un poco, pero luego se estabilizaron. Atravesaron la puerta semipermeable. Quien los esperaba dentro clavó su vista en el contenedor del robot, era un hombre muy alto, de grandes alas, cubierto de pumas negras y brillantes. Las plumas que recubrían su cuerpo variaban de tonalidad y de brillo cuando se movía. Se acercó a S-22r y el pequeño autómata le entregó el frasco. El hombre alado se volvió hacia una mesa que se acababa de materializar frente a una pared, allí depositó el recipiente, al que le conectó un tubo. Las alas del hombre sufieron un espasmo. Palpó el recipiente. Se inclinó hacia adelante y lo miró de cerca. El cilindro tenía un indicador de temperatura, marcaba por encima de los 70 Celsius. El hombre alado se giró tan bruscamente hacia el robot y hacia el humano que unas plumas se le desprendieron. 
     —¿Qué le ha ocurrido al cerebro? —la voz mental del hombre alado llegó a los receptores corticales del reparador y de S-22r. El par de plumas cayó con lentitud al suelo. 
     —Se lo he entregado —transmitió S-22r—. Usted lo la colocado sobre la mesa. 
     —Sí —respondió el alado—, eso lo sé. Me refiero a que la temperatura no es la correcta. 
     —Eso no es posible —transmitió el robot. 
     —¿Qué necesidad tienes de mentir? —emitió el reparador, dirigiéndose al alado. 
     El hombre alado quitó de un tirón el tubo que había conectado al contenedor. 
     —No importa —dijo—. Pero han retrasado la instalación de este cerebro en el organismo de C. Y el tiempo es muy importante. 
     —¿Me he equivocado? —preguntó S-22r. 
     —Míralo por ti mismo —respondió el hombre alado mientras el robot se acercaba e inspeccionaba en frasco sobre la mesa—. Has dejado que la batería se agotara. 
     —No entiendo cómo ha podido pasar. —S-22r se dirigió hacia la puerta semipermeable del laboratorio—. Iré a reparación. 
     La polaridad de la puerta semipermeable se invirtió y el robot se marchó pasando a través de ella. 
     El hombre alado sujetó el contenedor y, bajando la vista, miró al reparador. Le extendió el recipiente. 
     —Llévate esto y que restablezcan las neuronas y las conexiones faltantes. 
     El reparador extendió el par superior de sus ocho brazos y tomó el contenedor, pero se quedó parado como si no hubiese recibido la orden. 
     El alado lo miró. 
     —Ya sé que es muy raro —emitió el hombre alado. 
     —¿Cuándo había ocurrido un error antes? 
     —La Colectividad no tiene registro de algo así —el hombre alado se sintió incómodo, desvió la mirada del pequeño humano metálico—. Anda, el tiempo apremia. 


octubre 07, 2011

Trastornando el universo

"En los nómadas mongoles se desarrolló una piel dura y un ojo rasgado para soportar los vientos helados de Asia. Si algunos de nuestros nietos nacen con una piel aún más dura y un ojo aún más rasgado, podrán caminar, con el rostro descubierto, bajo los vientos de Marte."

"Mi conversación con los aborígenes
—¿De dónde vienen? —les pregunté.
—Emigramos de otro planeta.
—¿Cómo llegaron a vivir aquí, y a vivir en un vacío, cuando sus cuerpos fueron diseñados para vivir en una atmósfera?
—No puedo explicar cómo llegamos aquí, eso es demasiado complicado, pero puedo decirte que nuestros cuerpos gradualmente cambiaron y se adaptaron a la vida en un vacío del mismo modo que sus animales acuáticos gradualmente se volvieron terrestres, y sus animales terrestres gradualmente empezaron a volar. En los planetas, los animales acuáticos por lo general aparecen primero, después los animales que respiran aire, y por último los animales del vacío.
—¿Cómo comen ustedes?
—Comemos y crecemos como las plantas, aprovechando la luz del sol.
—Pero sigo sin entender Una planta absorbe jugos de la tierra y gases del aire, y la luz del sol sólo convierte esas cosas en tejido vivo.
—¿Ves estos apéndices verdes en nuestros cuerpos que parecen alas bellas de esmeralda? Están llenos de clorofila, como la que reverdece a sus plantas. Unos cuantos de sus animales también las tienen. Nuestras alas poseen una piel como de cristal, a prueba de aire y de agua, pero que deja pasar la luz del sol. Y la luz del sol disocia el bióxido de carbono que se disuelve en la sangre que corre por nuestras alas, y cataliza otras mil reacciones químicas que nos abastecen con todas las sustancias que necesitamos."

Ambas citas pertenecen al libro Trastornando el universo de Freeman Dyson, una autobiografía de este gran físico inglés; la segunda es a su vez una cita de Sueños del cielo y de la tierra de Konstantin Tsiolkovsky.

Suele decirse que cada mente es un mundo, que cada mente es un universo. Cada vez que miramos más allá, cuando vivimos en ese segundo hogar que para mí es el futuro, algo se trastorna, un universo entero.

septiembre 24, 2011

El taller



No lo había mencionado antes, pero ahora estoy tomando clases de alemán en la universidad, las clases comenzaron a principios de este semestre, en agosto. El alemán me parece un hermoso idioma, y más ahora que lo estoy aprendiendo. En esa clase conocí a una persona que se ha vuelto mi amiga, Abril G. Karera, y ella me ha invitado a formar parte de un taller literario que se reúne en su facultad, ella es de Filosofía y Letras, y el jueves pasado asistí a mi primera reunión de ese taller. El taller es una vez por semana, y allí nos reuniremos algunas personas a las que nos gusta escribir, incluida mi amiga. Es interesante conocer a otras personas, físicamente (porque a partir de que comencé con este blog he conocido a varias personas, virtualmente), que comparten el interés por la lectura y por la escritura, y creo que sacaré provecho de ese taller y de las personas que asistan y de compartir experiencias y aprendizajes entre nosotros. Tal vez yo sea como un bicho raro entre los demás, porque tengo entendido que la mayoría de los que se esperan que asistan al taller estudian cosas acordes a la literatura, como mi amiga que estudia Letras Clásicas, y pues... ya saben que yo soy de Ciencias, aunque aún así recibieron bien un par de minicuentos de Ciencia-Ficción que les leí. Sobre todo me di cuenta de eso cuando un chico se definió como marxista-algo (no recuerdo realmente, pero se trata de algo que yo no comprendo). Esperamos que el taller dé frutos y que cada uno aprenda mucho de los demás, y en particular yo así lo espero pues para mí se trata de una experiencia nueva de la que deseo enriquecerme (no monetariamente, claro está). El taller es abierto, así que si me lee alguien de la UNAM, o de cualquier otra parte, que quiera y pueda asistir al taller, está invitado.

Por cierto, el gatito de la imagen, que parece algo asustado, escribe en una Mac, y aunque yo tengo genes de gato, pues así lo decidió la supercomputadora autística que me diseñó, mi laptop no es Mac.

Tschüß!

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