abril 17, 2013

Plaga

Este es uno de los relatos con los que estoy participando en el primer concurso de relato corto de Ciencia Ficción de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Inscribí 5 en total, para aumentar mis probabilidades de quedar entre los tres primeros lugares, pues los premios (una tablet y dinero en efectivo) no están nada mal. Sin embargo me llevé una gran sorpresa cuando me enteré que, para el momento en que inscribía mis 5 relatos, ya había más de 70 relatos inscritos. Al final deberán de ser como 120 relatos participantes, entre académicos, administrativos y, sobre todo, estudiantes de mi facultad. Así que es muy probable que no gane nada. En fin, aquí les muestro lo que escribí.

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Erradicamos a la Plaga hace muchos millones de años. Sin embargo se ha vuelto a presentar, una y otra vez, a lo largo de las eras, aunque las automatizaciones sentientes que permiten que las personas vivan seguras dentro del océano de bits se mantienen funcionando a la perfección.

No sé qué sería de esto si todo terminara. Si las automatizaciones dejan de funcionar, un sistema cibernético tan complejo como en el que vivimos no podría mantenerse, desaparecería, y con ella billones de vidas se perderían en menos de un segundo.

Durante todos los reinos de la Plaga nos hemos mantenido a salvo, gracias al Protector. El Protector es también un observador, quien nos dice cómo se desarrolla el mundo físico, ese mundo que hace mucho dejamos atrás. El Protector nos defiende de todos los ataques de la Plaga, es un ser dinámico que se nutre del conocimiento de los inmortales, una extensión de las automatizaciones, aquellos organismos que se encuentran en la frontera entre las máquinas y los seres vivos, ocultos bajo tierra, protegiendo y sustentando los ordenadores por los cuales el mundo que habitamos, por los cuales todo lo que los humanos conocemos desde la Gran Transición, existe.

Muchos recuerdan la Gran Transición. Nadie ha muerto desde entonces. Erradicamos la muerte y todas las enfermedades, aunque hubo quienes se nos oponían, quienes se oponían a la construcción de un nuevo mundo, un mundo mejor.

Algunas personas declaraban que el mal de todo residía en el mismo ser humano, así que dejaron de ser humanos. En la mañana del hombre se descubrió la forma en la que los organismos podían ir hacia atrás en el flujo de la evolución, todo lo que se necesitaba era reactivar genes que habían permanecido inactivos dentro del genoma. Comenzaron haciendo que las gallinas se convirtieran en dinosaurios, luego fueron los mismos hombres los que involucionaron y regresaron a las copas de los árboles.

Pero los que decidieron seguir siendo humanos, o pasaron a ser información pura o eligieron quedarse en el mundo físico; aunque los segundos ya están muertos desde hace tanto, pero aquí su recuerdo aún permanece.

Poco después de haber abandonado nuestros cuerpos físicos encontramos la forma de crear nuevos seres. Análogamente a como los viejos humanos surgían de nuevas combinaciones de genes de dos donantes, estos humanos han nacido de las combinaciones del código base sobre el que la humanidad digital está construida. En lo más hondo, no hay diferencia entre si la mente de un ser humano es soportada por un cerebro vivo o por una placa de silicio.

Si antes un ser humano tenía que vivir con su limitada mente ilimitadas interacciones entre individuo e individuo, ahora las interacciones directas de mente a mente son el método usual. Ningún humano de la era pretransicional podría imaginar las consecuencias últimas de tal libertad. Somos libres, somos lo más libres que la humanidad ha sido desde su diseminación de la Garganta de Olduvai en el Valle del Rift.

Observamos el exterior constantemente. Vista desde la eternidad, la información que el Protector nos trae del mundo físico parece mostrar una serie de eventos en rápida sucesión.

Especies de monos, elefantes y delfines han evolucionado y han creado civilizaciones planetarias que prosperan por periodos de miles de años, pero al final todos son barridos por la Plaga. Los animales que antes llamábamos domésticos también han tenido importantes picos cognitivos, y la mayoría de las veces han formado relaciones simbiontes con las especies dominantes, pero también han corrido con el mismo destino.

Lo peor, quizá, es que nosotros mismos somos los causantes de la Plaga. Siempre surge por error, un error de código. El mundo de información en el que vivimos no es tan independiente del mundo exterior como creíamos sus constructores.

Cada cierto tiempo, un error en el programa del mundo hace que humanos que deberían nacer como bits de información en realidad nazcan como genes y carne, allá, sobre la Tierra.

Estos seres humanos corruptos se han reproducido y han poblado el planeta, aún si había antes en él otra especie inteligente. Han pasado por los mismos sistemas y estructuras sociales por los que ya habíamos pasado antes. Han tenido guerras, hambre, destrucción, sus propios líderes religiosos y políticos, se han aventurado al espacio, aquel destino por el que deseamos no optar, pues aquí tenemos todo el espacio que necesitamos. Han colonizado planetas, extinto a tantas otras especies inteligentes, se han vuelto simbiontes con algunas de ellas y el linaje humano se ha separado en innumerables ramas. Han tenido hambre, mucha hambre. Se han comido al universo, han sido dueños del cosmos.

Pero al final han caído. Y la gloria de su gente sólo es recordada por los que vivimos eternamente en este océano de bits.

A veces ocurre que, en cierto periodo de tiempo, conviven dos Plagas, pero compartir el mismo espacio en el mismo universo para ellas resulta inaccesible, así que sobreviene la destrucción mutua o sólo una de ellas sobrevive.

Pero cada vez que surge otra Plaga es lo mismo: el mismo ir y venir, como si la historia humana, en caso de optar por seguir el sueño del espacio y saltar hacia arriba y afuera, estuviera condenada a repetir el mismo ciclo por la eternidad, sin poder aprender nada de los que les precedieron.

Esta vez la Plaga es distinta. Esta vez no hay colapso de la especie humana en el planeta que los vio nacer, ni viajes espaciales, ni colonización, ni túneles de materia exótica formando una telaraña entre los mundos. No.

Esta vez la Plaga ha decidido dejar de depender de sus cuerpos físicos. Ya han dispuesto de una automatización sentiente para que mantenga operativo todo el hardware que contendrá las miles de millones de mentes humanas que conforman su civilización.

Y mientras buscaban el lugar adecuado para resguardar su automatización de posibles peligros, han encontrado nuestras instalaciones bajo tierra. Han destruido al Protector.

Pero lo que parece es que no se han dado cuenta de nuestra presencia, que hay toda una humanidad dentro de las máquinas que están destruyendo con la simple intención de hacerse espacio para los suyos. Les enviamos mensajes pero parecen no escucharlos.

Pensaron como nosotros, han tomado la alternativa que tomamos hace tanto tiempo, pero, en cambio, su desarrollo tecnológico es mucho mayor al que tenía la versión de la humanidad a la que un día pertenecí. Incluso son mucho más avanzados técnicamente que cualquiera de las humanidades que en el pasado lograron colonizar todo el universo, pero por alguna razón se han quedado en su cuna. Son, aunque me cueste decirlo, más avanzados que nosotros, aunque nosotros hemos pasado por un crecimiento puramente intelectual, sin la presencia de un estorboso cuerpo, durante millones de años, mientras que ellos apenas llevan algunos miles de años escribiendo su historia.

Ahora la Plaga nos afecta directamente. Las automatizaciones han recibido los primeros daños y no resistirán mucho más. El Protector, quien repararía cualquier falla que tuviese el manto sobre el cual existimos, ya no está.

Los líderes de mi civilización buscan una solución para este problema, pero no existe ninguna, al menos no ninguna aceptable, aunque ellos piensen que han encontrado al menos una respuesta parcial.

Se trata de un error de configuración. Nada de esto debió haber pasado. Cuando diseñé la primera automatización sentiente junto con este mundo infinito, infinito en espacio y en posibilidades, todos los modelos de predicción de errores mostraban lo mismo: aquí estaremos seguros para siempre.

Algunos ya se han comenzado a ir. A cada segundo son miles los que regresan a esa impura y restringida existencia que teníamos antes y que dejamos con gran placer, al menos los que siempre estuvimos convencidos de tan importante decisión. No tienen idea de lo que hacen.

Habría pensado que, después de vivir durante millones de años en la mejor versión de la existencia que la imaginación humana pudo concebir, los individuos preferirían este mundo a cualquier otro, incluso a la muerte. Estaba equivocado.

Las automatizaciones aún pueden hacer el trabajo de recolectar materias primas para construir los cuerpos que albergarán la información de cada mente. Pero son muchos cuerpos, la materia no dará para todos. Los líderes han limitado ese número en un millón. Billones de mentes se perderán en el ocaso, pero al menos, los que nos quedamos, habremos dejado de existir aquí y no allá afuera.

Hubo gran dificultad para elegir al millón de mentes que tendrían de nuevo cuerpos físicos, pero al fin, pues el tiempo cae sobre nosotros, fueron elegidos. Aquellos que tendrán nuevos cuerpos ya no recuerdan de manera consciente cómo usar un brazo, una pierna, incluso un ojo, pero parte de su mente aún lo sabe, no han olvidado del todo su inicial naturaleza biológica. Las mentes vuelven a corromperse con la unión con los cuerpos físicos.

La humanidad se convierte de nuevo en la Plaga. La otra humanidad, que aún permanece sobre la Tierra, se percatará más temprano que tarde de nuestra presencia. Intentará erradicarnos, pero no lo logrará, pues ya casi toda su gente es información pura, y el resto consiste en sólo unos cientos de individuos que no serán tan efectivos contra un ejército de un millón de seres, aún cuando estos manejen sus nuevos cuerpos torpemente.

No sé cómo lo lograron, pero esta versión terrestre de la humanidad logró casi por unanimidad elegir el camino más perfecto de la existencia; cuando mi versión lo decidió, muchos se quedaron en el camino.

Al final del día, los que ahora han partido de regreso al mundo físico, triunfarán sobre todos los demás. Serán imperfectos, pues así han renacido y así morirán. Se reproducirán y quizá logren establecer una sociedad planetaria, quizá salten hacia las estrellas y sean los dueños de toda la creación. Pero al final caerán, como todos, condenados al ciclo del hombre, que al final se cerrará sobre sí mismo en decadencia y olvido.

O quizá aquellos humanos del futuro elijan volver a esta existencia que sus antepasados, los que hoy han partido, conocen y recordarán con melancolía o incluso con odio durante el resto de sus vidas, y, movidos por el deseo de recuperar lo que les había pertenecido, construyan de nuevo un sustrato mecánico sobre el cual posar sus lívidas mentes.

Pero puede que eso sólo les lleve a abrir un nuevo ciclo, en el que la humanidad alterne su presencia entre lo material y lo virtual, siempre cayendo, siempre volviendo, hasta que llegue un tiempo en el que ya no sabrán si primero fueron carne o información.

El millón de individuos se ha marchado de nuevo al mundo exterior. Se fueron a tiempo, pues los sistemas de enlace y de construcción de cuerpos de la automatización han sido destruidos. De entre quienes se han tenido que quedar, la gran mayoría está resentida contra mí y, de poder hacerlo, me asesinarían, pero no hay cuerpo físico que asesinar. Y no los culpo, entiendo su reclamo. Les prometí la eternidad a todos estos billones de seres humanos, aunque esta eternidad, ahora, ya tan cerca del final, no resultó ser demasiado eterna.

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