—¡Maldita
sea, no se muevan! —Dios apuntó con el arma, en un movimiento que
abarcó a todos los feligreses que se habían dado cita a la misa de
las ocho—. ¡Usted tampoco! —le dijo al sacerdote, poniendo el
cañón contra su sien—. ¡Quédense quietos si no quieren que les
vuele los sesos! ¡Carajo, no me dejan pensar! —Observó el arma
con aire ausente, una pistola nueve milímetros bañada en oro, con
las letras griegas alfa y omega grabadas en la culata.
—Está
en posición de tiro —dijo el francotirador desde una azotea,
viendo a través de las paredes de la iglesia con sus lentes de
visión térmica—, lo tengo detrás del vitral. Esperando recibir
orden.
Pero
la orden para disparar no llegó.
—¿Mamá?
—dijo el capitán de la policía, con lágrimas en los ojos—.
Mamá, ¿eres tú?
Una
mujer entrada en años atravesó el grupo de hombres uniformados,
hasta llegar, con los brazos abiertos, donde estaba el capitán.
Madre e hijo se fundieron en un abrazo.
—¡Mamá!
—el capitán tocó el rostro de la mujer, no tenía duda alguna de
que ella fuese su madre, muerta treinta años atrás—. Te ves... Te
ves igual a como te recuerdo.
—Así
es, mi pequeño —respondió la mujer—. Me alegra mucho verte de
nuevo.
—Ya
no soy tan pequeño, mamá —dijo con una sonrisa—. Mira —señaló
a sus hombres—. Me volví capitán de la policía.
—¡Estoy
tan orgulloso de ti! —le dio otro abrazo.
—¿Acaso
no es la madre del capitán? —dijo alguien.
—¡Pero
si murió hace más de veinte años!
Todos
observaban incrédulos el milagro.
—Vamos
a casa, mamá —el capitán rodeó los hombros de la mujer—.
¿Recuerdas ese pato asado que te ayudé a cocinar en Navidad?
—Señor,
no puede irse —dijo uno de sus hombres—. Tenemos una situación
de rehenes.
Pero
el capitán no hizo caso.
Uno
de los policías vio que alguien se acercaba a lo lejos. No lo podía
creer, ¡pero allí estaba!
—¡Hermano!
—gritó, y corrió a reunirse con su hermano muerto en la guerra el
año pasado.
—Demonios,
¿qué está pasando? —dijo uno de los francotiradores—
¡Concéntrense en la misión! —pero veía cómo más de sus
compañeros se alejaban del grupo y se reunían con personas que
parecían salir de la nada.
Un
autobús escolar se detuvo y de él salieron, una por una, setenta
mujeres muy bien proporcionadas y con ropas que apenas cubrían lo
necesario. Uno de los policías rompió en llanto mientras las
mujeres lo rodeaban y lo llenaban de besos. El policía se secó las
lágrimas con el brassiere de una pelirroja despampanante.
El
francotirador gruñó al ver a todas esas personas aparecer en la
calle entre el cuerpo de policías. El secuestrador estaba en la
mira, y no esperaría la orden de nadie para cumplir con su deber.
Cuando estaba a punto de apretar el gatillo, una lengua húmeda lamió
su oreja. Lentamente giró la cabeza.
—¿Spike?
—dijo.
El
perro sacudió la cola y llenó de baba la cara del francotirador.
—¡Spike!
—llegó a su mente el recuerdo del perro siendo aplastado por un
camión, sin embargo allí estaba, ¡estaba vivo!—. Perro tonto
—dijo, sorbiendo el moco que le escurría—, ¿dónde te has
metido todo este tiempo?
Mientras
tanto Dios, dentro de la iglesia, parecía a punto de estallar.
—¡Silencio,
o me los cargo a todos! —dijo.
Algunas
personas estaban rezando.
—¿No
lo entienden, verdad? —les dijo Dios—. Le rezan a Dios, y aquí
estoy yo, pero no quiero que recen, ¡sólo les pido que se callen
para que me dejen pensar! —echó una mirada al lugar, los adornos
le parecieron asquerosamente obscenos: los murales con motivos
religiosos, los altos vitrales, las estatuas de santos y ángeles,
cuadros con marcos de madera fina, recubrimientos de oro en casi
cualquier lugar donde mirara...—. ¿Cuánto maldito oro gastaron
para recubrir todo el lugar, eh? —preguntó, y esperó un momento—.
¿Nadie me va a responder?
—Cuarenta
kilos —dijo el sacerdote, que aún sostenía el cáliz.
—Pues
parece más, ¡eh! —dijo Dios—. Apuesto a que el oro es en lo que
menos gastaron. Gastan fortunas en hacer sitios como este. Ya se
olvidaron de ese lugar, uh, ah..., ¿cómo lo llaman?... Donde formé
a Adán a partir del polvo, donde mueren tantas personas porque
ustedes malgastan en sitios como este. Si de verdad esta fuese mi
casa, el gasto estaría justificado. ¡Pero no! ¡Deberían de
sentirse culpables por eso! —señaló con el dedo a los fieles.
—Oiga,
jefe —dijo la Muerte, junto a una anciana que acababa de sufrir un
infarto. Se recorrió la manga de la túnica para ver su Rolex—, no
es por presionarlo, pero... ¿hará lo que tenía pensado hacer?
Dios
le dirigió una mirada asesina a la Muerte, que la hubiera matado de
no haber ya estado muerta.
—¡Carajo
—dijo Dios—, le prometí a Noé que nunca volvería a hacer algo
así!
En
la cruz que estaba sobre el altar, Jesús crucificado se desclavó
las manos y miró a Dios.
—¿Papá,
qué diablos estás haciendo? —dijo Jesús, al tiempo que terminaba
de desclavarse los pies. Bajó de un salto doble mortal hacia atrás.
—No
te metas en los asuntos de un viejo terco —le respondió Dios.
—Piensas
matarlos, ¿eh? Pues no lo permitiré —lo retó Jesús—. Si es
necesario, moriré para salvar sus almas... de nuevo.
Afuera
de la iglesia, prácticamente todos los policías se habían ido,
acompañados de sus seres queridos difuntos, que de milagro habían
vuelto a la vida. Sólo quedaba un policía, que se acercó a las
puertas de la iglesia y las abrió de una patada.
—¡Dios
mío! —exclamó el policía.
—El
mismo —dijo Dios.
—Deje
salir a los rehenes —la mano del policía se movió inquieta sobre
el arma que llevaba en el cinturón.
—Vamos,
no me lo vas a impedir tú, ¿verdad?, soy Dios.
El
policía desenfundó con la velocidad de un trueno y disparo una bala
que impactó en el hombro del Creador.
—¿Pero
qué demonios? —Dios se tocó el lugar del impacto, de donde
brotaba sangre—. Oye, oye, no, espera, ¡podemos negociar! —dijo,
agitando las manos.
—Entregue
a los fieles.
—No
—dijo Dios—, no es lo que realmente quieres. Tengo algo mejor
para ti —y apareció una mujer desnuda de grandes pechos frente al
policía.
—¡Papá!
—gritó Jesús, tapándole los ojos a un niño.
La
mujer comenzó a acariciar al policía, éste sólo la empujó,
asqueado.
—No
intentes comprarme —dijo el policía.
—No
te estoy comprando —dijo Dios—, te estoy sobornando.
De
pronto, la mujer desnuda desapareció y, en vez de ella, toda la
familia del policía apareció frente a él.
—Idiota
—dijo el policía—, mi familia aún está viva.
Dios
tomó su arma bañada en oro y acribilló a tiros a sus familiares.
—Ahora
dime si no desearías que estuviesen vivos de nuevo.
—¿Qué
carajos? —el policía disparó a Dios, pero Jesús se interpuso
entre las balas.
—No,
hijo mío —dijo Dios, sosteniendo a Jesús, de quien brotaba sangre
de sus heridas—. ¿Por qué lo has hecho?, sabes que yo no habría
muerto por unos simples disparos.
—Es
que tengo una manía enfermiza de morir innecesariamente por los
demás —dijo Jesús, y luego murió.
El
policía bajó el arma.
Dios
cargó el cuerpo de su hijo y lo llevó hasta el altar.
—Entregaré
a los rehenes —dijo Dios—. Pero antes, todos han de saber que
nunca volveré a obrar en contra de mi misma creación como lo he
hecho hoy. Esta será mi señal de alianza con ustedes, el símbolo
de que la humanidad no será castigada de nuevo —en el cielo
apareció un hermoso arco iris.
—Ya
usó el arco iris la vez pasada —susurró la Muerte en su oído—.
Tendrá que pensar en otra cosa.
Dios
miró su arma grabada en oro y la alzó para que todos la vieran.
—Esta
será la nueva señal de paz que unirá a los hombres en nombre mío
—dejó el arma sobre el altar—. Sólo... tengan cuidado con las
balas.