—Esto está resultando ser un gran negocio —dijo Mark, desplegando las holográficas sobre su escritorio. Apretó un botón en el pequeño holocubo y la imagen cambió.
—Una empresa totalmente rentable —respondió Pauling, su asistente, con tono de aprobación.
—Cincuenta y tres libras —dijo Mark—, cincuenta y tres libras por un pequeño frasco de diente de orco, y eso que al 10%, rebajado con aceite de fenshee, que son más abundantes.
—Y pensar que nadie antes había colonizado ese planeta. Suerte que somos nosotros... eh... usted, señor, quien lo ha encontrado. Tenemos abundantes seres mágicos en la superficie de ese planeta. El grupo de investigadores que volvió hace un par de días nos informó que han descubierto una cura para el asma en la cola de las arpías. Es un gran avance, sin duda.
Un hombre con uniforme gris entró en la oficina.
—Doctor Mark —dijo el hombre—, se trata de la tercera expedición de turistas civiles.
—¿Qué ocurre con ellos?
—No han regresado. Hemos perdido comunicación con los pilotos. No creemos que sea una interferencia en las ondas warp.
Mark golpeó el escritorio con el puño, haciendo saltar el holocubo.
—No podemos perder civiles. La reputación de la empresa se derrumbaría. Nuestra credibilidad... —se acomodó en su silla giratoria y volteó a ver a Pauling— Manda un grupo de rescate a ese planeta y trae de vuelta a la tripulación.
Anders, a paso lento, avanzaba entre el oscuro bosque. Algunos rayos de la luz de su estrella se filtraban por entre las altas copas de los árboles y la extraña vegetación. Sostenía fuertemente su vaporizador mientras inspeccionaba el lugar con una mirada paranoica.
—Esto no fue lo que me prometieron— se dijo Anders.
Un duende lo había perdido en el bosque. No se puede confiar en los duendes. Ahora estaba muy lejos de su nave, o muy cerca, no podía orientarse, de todas formas, y había perdido el GPS.
El lugar estaba poblado de seres fantásticos. Los escuchaba moverse, reptar, caminar, volar, trotar, y... el sonido era tan extraño que resultaba dificil, si no imposible, describirlo. Una bola de fuego pasó flotando junto a él. Apuntó el vaporizador pero la bola ya se había alejado. Siguió caminando y se topó con una extraña casa con una gran chimenea fabricada con rocas verdosas. Había una puerta por la cuál apenas cabría un humano, de cuclillas. Anders había leído en el folleto sobre esas curiosas casas. El lugar era habitado por trasgos. Ya se notaba a leguas por la música estruendosa, esa extraña música. El folleto decía que los trasgos eran seres amigables. Se acercó y tocó a la puerta.
Un ojo se asomó por un agujerito e inspeccionó a Anders. Inmediatamente la puerta se abrió y un pequeño trasgo lo recibió, con un cigarrillo entre los labios.
—Oh, vaya, ¡un humano viene a visitarnos! —dijo el trasgo, alegremente, dando una profunda fumada a su cigarrillo. La pequeña criatura tenía un par de cuernos como cabra y el cuerpo cubierto de pelo café.
—Vamos, humano, entra a nuestra casa.
Anders entró. Le pareció muy extraña la amabilidad de la criatura, pero ya había leído que ellos eran muy amables, excepto con los enanos y otras ciertas especies. Dentro de la casa había un gran alboroto: un montón de trasgos, veinte o más, estaban sentados o parados, bebiendo cerveza, o lo que parecía ser cerveza, o fumando. El lugar estaba repleto de humo y a Anders se le hacía difícil respirar. Tosió.
—¿Y qué te trae por aquí, humano? —le preguntó el trasgo, que lo conducía hacia las mesas donde los demás bebían y fumaban y charlaban.
Anders analizó minuciosamente el sitio.
—Me he desviado del resto de mi tripulación. Estoy perdido en el bosque.
El trasgo sonrió.
—Un duende, ¿verdad? —Anders asintió con la cabeza. El trasgo tomó un vaso de la barra de lo que era un bar— ¿Quieres un daryon? —y le ofreció el vaso con ese líquido que parecía cerveza.
Anders recordó: si un trasgo te invita algo de beber o de comer, acéptalo, lo hace amablemente y rechazar lo que se te ofrece es considerado un gran insulto.
Así que aceptó el daryon. Le dio un trago, que le pareció amargo. El segundo trago le supo muy dulce, como la cajeta. Al mirar el parecido de las criaturas con las cabras terrestres, se preguntó de dónde provenía tal bebida. Intentó no responderse.
—Es usted muy amable —dijo al terminarse la bebida.
Anders se percató de que los demás trasgos lo miraban de reojo, mientras proseguian sus pláticas, fumando y bebiendo.
—Humano —le dijo el trasgo—, ¿quieres algo de diversión? —y la pequeña criatura, en un movimiento de manos, se transformó en una atractiva mujer.
Anders se impresionó, pero había en él cierta sensación de repulsión. El trasgo, con forma de mujer, se acercó a Anders, pero él se dio media vuelta y se alejó unos pasos.
—¿Qué pasa, humano?, creía que te gustaban las mujeres de tu especie. Por lo que se, los humanos las prefieren como estoy transformado ahora —se pasó la mano por su rubio y ondulado cabello y se desabrochó el sostén que traía puesto.
—Oh, no, no, ¡no haga eso! —exclamó Anders—. Por favor, esto no es lo que necesito ahora.
El trasgo puso cara de enojada y recobró su forma original.
Un segundo trasgo, con un vaso con algún tipo de bebida alcohólica, se le acercó a Anders.
—Humano —le dijo—, he escuchado que te has separado del resto de tu tripulación. ¿En qué parte descendió tu nave?
—En una meseta cerca de un gran lago. No creo que esté demasiado lejos.
—Cerca de un lago... Creo que podemos llevarte de regreso con ellos.
Y un grupo de trasgos lo llevaron de regreso a la nave. El trasgo que le había invitado el daryon iba en la parte del frente, Anders le seguía y tres más los escoltaban.
Anders se percató de que uno de ellos levaba una especie de bolsa sujeta a los cuernos.
—¿Qué traes allí?
—Cosas indispensables para nuestra protección —respondió.
—Cuántame de tu planeta —dijo uno de ellos. El grupo caminaba por sobre las hojas secas y la hierba del suelo.
—Está no muy lejos de aquí. El viaje dura unos tres días. Hay problemas de superpoblación, aunque la última guerra la redujo un poco.
—Superpoblación, ¿eh? —dijo uno de ellos, sosteniéndose la cornamenta.
—¿Guerra? —preguntó el guía— ¿Has dicho guerra? ¿Es porque escasea el alimento y necesitan alimentarse de ustedes mismos?
Anders se sorprendió mucho por la pregunta.
—No. ¡Nosotros no comemos humanos!
—¿Pero se matan entre ustedes?
—Sí, lo hacemos —Anders notó la naturaleza con la que lo dijo y se estremeció—. Pero no nos los comemos.
Los cuatro trasgos se sorprendieron aún más con la respuesta, y comenzaron a saltar como cabras asustadas, sujetándose las cornamentas.
Un dragón, de colores rojo y verde, surcó el cielo. Todos guardaron silencio.
Ya se escuchaba el sonido del agua de la cascada que caía hacia el lago. Estaban cerca de la nave.
—Iré más adelante para supervisar que no haya peligro —dijo uno de ellos y se adelantó al grupo.
—¿Qué clase de peligro?— le preguntó al guía.
—Banshees. Esta zona es zona de banshees. Hay que tener cuidado con ellas. Son las hadas de la muerte.
En ese instante se escuchó un grito.
—¿Qué es eso? —Anders se cubrió los oídos con las manos.
—Precisamente, ella es una banshee.
Y otro grito.
—¿Por qué grita?
—Anuncia la muerte de alguno de nosotros. Cada grito es un día que le queda de vida a la persona —contestó el guía.
Y un tercer grito, casi como un aullido.
El trasgo que llevaba la bolsa en la cornamenta, se la quitó y la abrió. De ella sacó un frasco transparente de vidrio con tapa de corcho y dentro del frasco había una bolita plateada. El trasgo, botella en mano, corrió hacia un arbusto, le quitó el corcho y la colocó debajo del arbusto. Una paqueña hada apareció y se metió dentro de la botella, queriendo agarrar lo que había dentro de la bolita plateada. El trasgo tapó rápidamente la botella con el corcho. Corrió hacia el guía, con la botella.
—¿Qué hacen con ellas? —preguntó Anders.
—Curan el dolor de cuerpo y hacen que las heridas sanen más rápido. Además no nos gusta tenerlas por aquí, no hacen bien, ya hemos tenido problemas con ellas y algunos de nosotros han muerto por su culpa.
Encontraron la nave, un poco volcada dentro del agua. El grupo entró dentro de ella pero estaba completamente vacía. Anders caminó por toda la nave, lentamente.
—¡La han saqueado!
—Hay tantos seres por aquí que hasta me parece extraño que no se hayan llevado incluso la nave.
—Pero los controles siguen funcionando. Sólo hay que programar el viaje. Pero me pregunto a dónde habrán ido todos —Anders miró las caras de los trasgos— ¿Qué, qué ocurre, saben lo que ha pasado con los demás?
—Este lugar es demasiado peligroso para los humanos —dijo el guía.
—¿Quiere decir que pueden estar muertos? —se dirigió hacia los controles de la nave. Él había perdido su localizador, pero era poco probable que los demás también lo hubieran perdido. Encendió el localizador. Ningún punto en la pantalla, ningún rastro del resto de la tripulación.
El suelo retumbó, la nave tembló y Anders cayó al piso.
—Pero qué ra... ¿Qué fue eso? —volvió a temblar.
Un trasgo se asomó por la puerta de la nave.
—¡Es un ettin! —dijo, asustado.
—¿Qué es un ettin? —preguntó Anders.
—¡Un gigante que nos matará si no nos vamos de aquí!
Anders se levantó y corrió hacia el marco de la puerta metálica. A lo lejos vio una enorme criatura de dos cabezas, horrenda, con un mazo en una mano y un hacha en la otra. Parecía muy furioso y se acercaba, gruñiendo, hacia la nave.
Anders tecleó en una pantalla las coordenadas de la Tierra.
—Me largo de aquí —dijo, esperando a que se salieran de la nave—. ¿Qué esperan?, no pueden ir conmigo. Aunque —recordó lo que decía el folleto—, estoy muy agradecido con ustedes por encontrar mi nave.
El guía asintió.
—Al menos el humano es agradecido. ¡Vamos, salgan, salgan de la nave! —dijo el guía, y los cuatro salieron por la puerta y se convirtieron uno en roca, otro en arbusto y los otros dos en plumas blancas, que se fueron volando con el viento.
Anders se quedó viendo la escena pero pronto reaccionó y cerró la puerta pulsando un botón. La nave tembló. El ettin estaba golpeando la nave desde fuera. Encendió los motores y el ettin dejó de golpear con su mazo y se echó hacia atrás. La nave despegó del suelo. Pronto salió del planeta y entró en dirección hacia la Tierra. Anders se tiró al suelo con los brazos abiertos. Se preguntó qué habría pasado con el resto de la tripulación, tal vez todos habrían muerto en manos de seres como ese ettin, o algún gigante o alguna otra criatura maligna de las que se encuentran en el lugar.
Recorrió la nave. ¿Por qué se habían llevado todo excepto lo correspondiente a la nave? ¿Por qué no habían saqueado los componentes electrónicos? Tal vez a esos seres no les interesaban. Sólo habían dejado una cama y un pequeño mueble.
El viaje duró tres días, que pasó durmiendo en la cámara de sueño. Estaba demasiado cansado y lo único que quería era descansar, no pensar en lo que había sucedido. Si aún habían sobrevivientes, seguramente mandarían alguien para rescatarlos. Él no podría encargarse de esa misión. Al tercer día llegó a la Tierra. La nave lo despertó automáticamente.
En una habitación, la cama y el mueble movieron sus patas.
—Oye —dijo la cama—, el viaje ha concluido.
—¡Ah! —dijo el mueble, abriendo y cerrando sus cajones—, al fin hemos llegado a ese planeta que llaman Tierra. ¿Hay muchos humanos, cierto?
—Más de los que te puedas imaginar —la cama flexionó una de sus patas—. Nuestra empresa será todo un éxito, los humanos tienen tantas cualidades: puedes curar cualquier enfermedad comiendo un poco ellos, ni siquiera es necesario hacer infusiones para que el efecto se presente, y dicen que te vuelves inmortal también. ¿Qué más se puede pedir en una sóla especie? Los exportaremos por todo el universo y nos haremos ricos, aparte que ayudaremos a muchos con ello.
—¿Crees que el humano ya se haya ido?
—No lo se. Salgamos de aquí.
Y la cama y el mueble recobraron sus formas anteriores. Los dos trasgos salieron de la habitación y esperaron un poco para salir de la nave. Había muchos reporteros en el exterior. Los dos trasgos se miraron.
—¿Insectoide?
—Insectoide. Pero alado.
Se transformaron en pequeños insectos con alas y se fueron volando, mientras Anders era rodeado y cubierto de preguntas por los reporteros que habían llegado al lugar del aterrizaje.
—Estamos en vivo con el Piloto Anders —dijo un reportero, casi pegándole el micrófono a la boca—. ¿Qué ha pasado con el resto de la tripulación? —un flash le lastimó la vista y se cubrió los ojos.
—Se enviará a una misión de rescate. No sabemos cuál es su condición.
—¿Qué ha visto allí? Queremos saber las cosas fantásticas que hay en ese planeta.
—Es un maldito planeta —dijo, enojado.
—Es un hermoso planeta —dijo el insecto, al pasar por un alto edificio.
—Enviaremos una nave prontamente, no hay duda de eso. Hay mucho que hacer.
En la casa, en el oscuro bosque, los trasgos brindaban con sus copas especiales. Detrás de la barra uno servía un líquido que parecía cerveza y los demás lo tomaban. Levantaron las copas.
—¡Por la inmortalidad y por nuestra salud! —y chocaron sus copas.
—Pronto llegarán más humanos, para rescatar a los anteriores. Nos servirán como reservas mientras traemos algunos de la Tierra.
—¿Los anteriores, te refieres a los que nos estamos tomando?
Algunos rieron y siguieron bebiendo y fumando.
—¡Por nuestra gran empresa! ¡Por nuestra gran empresa!
Nota: Esta historia ha sido modificada en el siguiente punto: la primera versión tenía un fallo, un gran fallo, que el planeta estaba habitado por seres creados genéticamente. El fallo recae en que los usan para curar enfermedades, o al menos eso se cree, pero la cura a esas enfermedades no puede estar en poder de los humanos de esa manera, ya que la idea de la creación de esos seres no se sostendría. Cierto: dejar que especies con tales capacidades y ventajas para el humano se desarrollasen libremente es lógico, lo que no es lógico es que se haya poblado un planeta con todos ellos, que sean los mismos seres mágicos de la mitología, ya que sería preferible, si ya se está en posesión de estas curas, que se desarrollasen en los laboratorios, no así. Creí que lo más lógico era que el planeta fuese descubierto y que se tomara provecho de tal descubrimiento, no que los humanos hayamos creado esas especies "mágicas".