septiembre 07, 2014

Culpa


La cortina se agitó, impulsada por una corriente de viento que entró en el comedor, rozando la silla vacía a un lado de la mesa. Jorge, con las manos a ambos lados del plato, miró el reloj de pared y le dijo a Margarita:
—Otra vez no bajará.
Aguardaron unos minutos más, con la esperanza de que esta ocasión se decidiera a bajar, pero no hubo sorpresa. Jorge se levantó, echando su cuerpo hacia atrás y rechinando las patas de su silla contra el piso, tomó el plato y el vaso con jugo que estaban del lado de la silla vacía y los colocó en una bandeja de metal, luego subió las escaleras, con la bandeja en las manos, y tocó una puerta cinco veces.
—Isabel —dijo en voz alta y pegó su oreja a la puerta, pero no escuchó nada del otro lado. Volvió a tocar la puerta, esta vez un poco más fuerte—. Isabel, vine a traerte tu comida.
Esperó algunos segundos, la voz de la chica le respondió desde el otro lado de la puerta:
—Pasa y déjala en el suelo.
La puerta se abrió, Jorge entró a la habitación a oscuras. Escuchó unos pasos rápidos que fueron hacia una esquina, entre el librero y la pared. Con la escasa luz que se filtraba entre las pesadas cortinas, pudo ver a penas la silueta de su hija.
—Tu mamá y yo estamos muy preocupados —dijo Jorge—. Nos gustaría que al menos una vez comiéramos juntos los tres, como familia —la mano libre de Jorge se adelantó hacia el interruptor.
—No prendas la luz —dijo Isabel—, sólo... deja el plato en el suelo.
Jorge avanzó unos pasos hacia dentro de la habitación y tomó del suelo la bandeja anterior, con un plato y un vaso vacíos, este último volcado a un lado. En su lugar colocó, con suma lentitud, la bandeja con el plato y el vaso llenos, mientras intentaba mirar a su hija en medio de aquel cuarto oscuro.
—¿Te ha gustado el desayuno? —preguntó Jorge.
—Sí —fue la respuesta de Isabel.
Las pesadas cortinas se agitaron ligeramente, pero la luz que entró de ellas fue insuficiente como para que Jorge pudiese ver a su hija con más claridad.
—Espero que te guste la comida —dijo Jorge—. Son enchiladas, tus favoritas. Tu mamá y yo las...
—Ya puedes irte —lo interrumpió Isabel.
Jorge esbozó una media sonrisa, preguntándose si su hija al menos lo había mirado, luego bajó las escaleras y escuchó la puerta cerrarse con fuerza tras de él. Dejó el plato y el vaso sucios en el fregadero y los observó con detenimiento por un minuto: estaban limpios, sin restos de sobras, a excepción de un trozo de pan tostado cubierto de mermelada de fresa. Se lavó las manos y regresó a la mesa con su esposa.
—La profesora llamó esta mañana —dijo Margarita—, me ha dicho que Isabel no ha vuelto a ir a la escuela, parecía muy preocupada por ella.
—Todos los estamos —respondió Jorge, mirando su tenedor ensartado en una rebanada de tomate.
La noche llegó, acompañada de un calor insoportable. Margarita subió a la habitación de su hija para llevarle la cena. Isabel la recibió como siempre. La habitación estaba sumida bajo una oscuridad casi completa. Tanteando el suelo, Margarita encontró la bandeja anterior. El plato estaba limpio por completo, sin el menor rastro de mole, pero el vaso se encontraba volcado y la alfombra mojada. Margarita insistió en que debía limpiar la alfombra antes de dejarle comida nueva, pero Isabel se negó. Dejó la bandeja con la cena: un tazón con frutas y un vaso de leche con chocolate. Antes de marcharse, en una esquina de la habitación, junto al librero, observó la silueta de su hija, moviéndose de manera apenas perceptible.
A la mañana siguiente, Jorge subió a recoger la bandeja de comida que su esposa había dejado la noche anterior. Isabel no había comido la fruta, aunque el vaso con leche con chocolate estaba vacío. No le dieron ganas de preguntar por qué no había comido, sabía que no obtendría una respuesta satisfactoria. Tomó la bandeja y se encontró con su esposa, que miraba el televisor en la sala, su pulgar cayendo una y otra vez sobre el botón de cambio de canal, la luz variable del televisor se reflejaba sobre su rostro vacío.
—Tenemos que llamar a alguien —dijo Jorge—. El vecino una vez tuvo un problema así con su hijo menor, él debe saber a quién podemos consultar. No puede estar así. ¿Has olido la habitación? Ni siquiera la ha limpiado en días, y ayer ni tocó la cena.
—No entiendo por qué no ha comido, ¿ni siquiera un trozo de fruta? —dijo Margarita—, antes era casi lo único que quería comer.
Jorge y Margarita visitaron al señor Molina, que vivía en la casa de al lado. El señor Molina se asustó al ver el rostro de ambos, estaban demacrados, como si no hubiesen dormido en días, le pareció ver el reflejo de sí mismo hace apenas un mes. Le explicaron el problema de Isabel.
—Es como uno de esos jóvenes japoneses que nunca salen de sus cuartos —dijo Margarita, mientras se pasaba una mano por el cabello encrespado y con mechones faltantes—. ¿Cómo les llaman? ¿Hikiko...?
—Está entrando en la asolescencia —dijo Jorge, con la mirada fija en la nada—, pero ya no podemos con todo esto. No podemos.
El señor Molina terminó de hablar con ellos, entendía perfectamente su preocupación, luego anotó un nombre y un teléfono en un trozo de papel.
—Llámenlo —les dijo—, él les será de ayuda.
El hombre llegó al día siguiente, después de la hora de la comida, cargando un maletín negro y una boina del mismo color. Se presentó como el doctor Andrade.
—Agradecemos mucho que haya venido —dijo Jorge—. Isabel está en su cuarto, allá arriba, no ha querido bajar desde hace días, ni siquiera para comer o ir a la escuela. Nuestro vecino nos dijo que usted podría ayudarnos. ¿Es usted psicólogo?
El doctor Andrade dejó su maletín en la mesa.
—No soy psicólogo —dijo—, pero les aseguro que han llamado a la persona indicada. ¿Pueden llevarme con su hija?
Jorge y Margarita sonrieron ante la idea de ver a su hija como antes, tan llena de vida. Los tres subieron las escaleras. Margarita tocó la puerta de la habitación.
—Hija —dijo Margarita—, ha venido un señor que quiere hablar contigo.
Esperaron pero no recibieron respuesta.
Hacía mucho calor, el sudor escurría de las frentes.
—¿Recuerdan qué fue lo que ocurrió antes de que su hija comenzara a encerrarse en su habitación? —dijo el doctor Andrade, secándose la frente con un pañuelo—. ¿Recuerdan algo en particular, algo que hayan olvidado mencionar?
Jorge y Margarita parecieron sorprendidos.
—Sí —dijo Jorge, después de algunos segundos—. Tuvimos una pequeña discusión con Isabel.
—Trajo a un chico a la casa —continuó Margarita—. Lo trajo a escondidas mientras no estábamos. Lo llevó a su habitación y tuvieron... —el disgusto se marcó en su rostro—. Ya sabe.
—Entiendo —dijo el doctor Andrade, asintiendo con la cabeza—. Y la castigaron por ello.
—Tenía que entender que no podía hacer eso —dijo Jorge—. Es nuestra hija, aún no tiene edad para esas cosas. Mucho menos con un completo desconocido.
—¿Qué pasó con el chico? —preguntó el doctor Andrade.
—Escapó antes de que pudiéramos hacer algo —dijo Jorge.
El doctor Andrade hizo algunas anotaciones en su teléfono.
Volvieron a tocar la puerta, le repitieron a su hija que un señor quería hablar con ella, pero de nuevo no recibieron respuesta.
—Parece que Isabel no abrirá —dijo Margarita.
—No es necesario —dijo el doctor Andrade, tomando el pomo de la puerta—. ¿Me permite pasar?
—Adelante —dijeron los dos al mismo tiempo.
El doctor Andrade abrió la puerta. Se cubrió la nariz con la otra mano. El hedor dentro de la habitación era insoportable. En una de las esquinas, logró ver una silueta sentada en el suelo y recargada sobre el librero.
—Isabel —dijo Jorge—, aquí está el hombre que quiere hablar contigo —alargó su mano hacia el interruptor de luz.
—No es necesario que la encienda —dijo el doctor Andrade.
Algo pequeño saltó, alejándose de ellos. Era un gato, que vieron bajo la escasa luz que entraba por las pesadas cortinas. El gato se saboreaba algo, y vieron que la comida que le habían dejado a su hija estaba mordisqueada. El gato había estado comiendo la comida de su hija y ya sólo quedaba menos de la mitad. Margarita hizo ruidos para ahuyentar al gato y de inmediato encendió la luz.
—Isabel, ¿por qué dejaste que el gato se comiera tu comida? —dijo Jorge.
El gato esca por la ventana. Ninguno de los tres quiso ver lo que había a un lado del librero. Permanecieron en silencio por cerca de un minuto, luego fue Margarita quién habló:
—¿Cuál fue el problema que el señor Molina tuvo con su hijo?
—Lo asesinó, mató a su hijo golpes, aunque sólo quería aleccionarlo por algo que había hecho —respondió el doctor Andrade, mirando con desagrado a un lado del librero. Era su tercer trabajo en menos de dos meses, pero el primero en el que veía que los padres creaban una fantasía en torno a ello—. Lamento hacerles esta pregunta, pero ¿cómo quieren que me deshaga del cadáver de su hija?

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