La
cortina se agitó, impulsada por una corriente de viento que entró
en el comedor, rozando la silla vacía a un lado de la mesa. Jorge,
con las manos a ambos lados del plato, miró el reloj de pared y le
dijo a Margarita:
—Otra
vez no bajará.
Aguardaron
unos minutos más, con la esperanza de que esta ocasión se decidiera
a bajar, pero no hubo sorpresa. Jorge se levantó, echando su cuerpo
hacia atrás y rechinando las patas de su silla contra el piso, tomó
el plato y el vaso con jugo que estaban del lado de la silla vacía y
los colocó en una bandeja de metal, luego subió las escaleras, con
la bandeja en las manos, y tocó una puerta cinco veces.
—Isabel
—dijo en voz alta y pegó su oreja a la puerta, pero no escuchó
nada del otro lado. Volvió a tocar la puerta, esta vez un poco más
fuerte—. Isabel, vine a traerte tu comida.
Esperó
algunos segundos, la voz de la chica le respondió desde el otro
lado de la puerta:
—Pasa
y déjala en el suelo.
La
puerta se abrió, Jorge entró a la habitación a oscuras. Escuchó
unos pasos rápidos que fueron hacia una esquina, entre el librero y
la pared. Con la escasa luz que se filtraba entre las pesadas
cortinas, pudo ver a penas la silueta de su hija.
—Tu
mamá y yo estamos muy preocupados —dijo Jorge—. Nos gustaría
que al menos una vez comiéramos juntos los tres, como familia —la
mano libre de Jorge se adelantó hacia el interruptor.
—No
prendas la luz —dijo Isabel—, sólo... deja el plato en el suelo.
Jorge
avanzó unos pasos hacia dentro de la habitación y tomó del suelo
la bandeja anterior, con un plato y un vaso vacíos, este último
volcado a un lado. En su lugar colocó, con suma lentitud, la bandeja
con el plato y el vaso llenos, mientras intentaba mirar a su hija en
medio de aquel cuarto oscuro.
—¿Te
ha gustado el desayuno? —preguntó Jorge.
—Sí
—fue la respuesta de Isabel.
Las
pesadas cortinas se agitaron ligeramente, pero la luz que entró de
ellas fue insuficiente como para que Jorge pudiese ver a su hija con
más claridad.
—Espero
que te guste la comida —dijo Jorge—. Son enchiladas, tus
favoritas. Tu mamá y yo las...
Jorge
esbozó una media sonrisa, preguntándose si su hija al menos lo
había mirado, luego bajó las escaleras y escuchó la puerta
cerrarse con fuerza tras de él. Dejó el plato y el vaso sucios en
el fregadero y los observó con detenimiento por un minuto: estaban
limpios, sin restos de sobras, a excepción de un trozo de pan
tostado cubierto de mermelada de fresa. Se lavó las manos y regresó
a la mesa con su esposa.
—La
profesora llamó esta mañana —dijo Margarita—, me ha dicho que
Isabel no ha vuelto a ir a la escuela, parecía muy preocupada por
ella.
—Todos
los estamos —respondió Jorge, mirando su tenedor ensartado en una
rebanada de tomate.
La
noche llegó, acompañada de un calor insoportable. Margarita subió
a la habitación de su hija para llevarle la cena. Isabel la recibió
como siempre. La habitación estaba sumida bajo una oscuridad casi
completa. Tanteando el suelo, Margarita encontró la bandeja
anterior. El plato estaba limpio por completo, sin el menor rastro de
mole, pero el vaso se encontraba volcado y la alfombra mojada.
Margarita insistió en que debía limpiar la alfombra antes de
dejarle comida nueva, pero Isabel se negó. Dejó la bandeja con la
cena: un tazón con frutas y un vaso de leche con chocolate. Antes de
marcharse, en una esquina de la habitación, junto al librero,
observó la silueta de su hija, moviéndose de manera apenas
perceptible.
A
la mañana siguiente, Jorge subió a recoger la bandeja de comida que
su esposa había dejado la noche anterior. Isabel no había comido la
fruta, aunque el vaso con leche con chocolate estaba vacío. No le
dieron ganas de preguntar por qué no había comido, sabía que no
obtendría una respuesta satisfactoria. Tomó la bandeja y se
encontró con su esposa, que miraba el televisor en la sala, su
pulgar cayendo una y otra vez sobre el botón de cambio de canal, la
luz variable del televisor se reflejaba sobre su rostro vacío.
—Tenemos
que llamar a alguien —dijo Jorge—. El vecino una vez tuvo un
problema así con su hijo menor, él debe saber a quién podemos
consultar. No puede estar así. ¿Has olido la habitación? Ni
siquiera la ha limpiado en días, y ayer ni tocó la cena.
—No
entiendo por qué no ha comido, ¿ni siquiera un trozo de fruta?
—dijo Margarita—, antes era casi lo único que quería comer.
Jorge
y Margarita visitaron al señor Molina, que vivía en la casa de al
lado. El señor Molina se asustó al ver el rostro de ambos, estaban
demacrados, como si no hubiesen dormido en días, le pareció ver el
reflejo de sí mismo hace apenas un mes. Le explicaron el problema de
Isabel.
—Es
como uno de esos jóvenes japoneses que nunca salen de sus cuartos
—dijo Margarita, mientras se pasaba una mano por el cabello
encrespado y con mechones faltantes—. ¿Cómo les llaman?
¿Hikiko...?
—Está
entrando en la asolescencia —dijo Jorge, con la mirada fija en la
nada—, pero ya no podemos con todo esto. No podemos.
El
señor Molina terminó de hablar con ellos, entendía perfectamente
su preocupación, luego anotó un nombre y un teléfono en un trozo
de papel.
—Llámenlo
—les dijo—, él les será de ayuda.
El
hombre llegó al día siguiente, después de la hora de la comida,
cargando un maletín negro y una boina del mismo color. Se presentó
como el doctor Andrade.
—Agradecemos
mucho que haya venido —dijo Jorge—. Isabel está en su cuarto,
allá arriba, no ha querido bajar desde hace días, ni siquiera para
comer o ir a la escuela. Nuestro vecino nos dijo que usted podría
ayudarnos. ¿Es usted psicólogo?
El
doctor Andrade dejó su maletín en la mesa.
—No
soy psicólogo —dijo—, pero les aseguro que han llamado a la
persona indicada. ¿Pueden llevarme con su hija?
Jorge
y Margarita sonrieron ante la idea de ver a su hija como antes, tan
llena de vida. Los tres subieron las escaleras. Margarita tocó la
puerta de la habitación.
—Hija
—dijo Margarita—, ha venido un señor que quiere hablar contigo.
Esperaron
pero no recibieron respuesta.
Hacía
mucho calor, el sudor escurría de las frentes.
—¿Recuerdan
qué fue lo que ocurrió antes de que su hija comenzara a encerrarse
en su habitación? —dijo el doctor Andrade, secándose la frente
con un pañuelo—. ¿Recuerdan algo en particular, algo que hayan
olvidado mencionar?
Jorge
y Margarita parecieron sorprendidos.
—Sí
—dijo Jorge, después de algunos segundos—. Tuvimos una pequeña
discusión con Isabel.
—Trajo
a un chico a la casa —continuó Margarita—. Lo trajo a escondidas
mientras no estábamos. Lo llevó a su habitación y tuvieron... —el
disgusto se marcó en su rostro—. Ya sabe.
—Entiendo
—dijo el doctor Andrade, asintiendo con la cabeza—. Y la
castigaron por ello.
—Tenía
que entender que no podía hacer eso —dijo Jorge—. Es nuestra
hija, aún no tiene edad para esas cosas. Mucho menos con un completo
desconocido.
—¿Qué
pasó con el chico? —preguntó el doctor Andrade.
—Escapó
antes de que pudiéramos hacer algo —dijo Jorge.
El
doctor Andrade hizo algunas anotaciones en su teléfono.
Volvieron
a tocar la puerta, le repitieron a su hija que un señor quería
hablar con ella, pero de nuevo no recibieron respuesta.
—Parece
que Isabel no abrirá —dijo Margarita.
—No
es necesario —dijo el doctor Andrade, tomando el pomo de la
puerta—. ¿Me permite pasar?
—Adelante
—dijeron los dos al mismo tiempo.
El
doctor Andrade abrió la puerta. Se cubrió la nariz con la otra
mano. El hedor dentro de la habitación era insoportable. En una de
las esquinas, logró ver una silueta sentada en el suelo y recargada
sobre el librero.
—Isabel
—dijo Jorge—, aquí está el hombre que quiere hablar contigo
—alargó su mano hacia el interruptor de luz.
—No
es necesario que la encienda —dijo el doctor Andrade.
Algo
pequeño saltó, alejándose de ellos. Era
un gato, que vieron bajo
la escasa luz que entraba por las pesadas cortinas. El
gato se saboreaba algo, y vieron que la comida que le habían dejado
a su hija estaba mordisqueada. El gato había estado comiendo la
comida de su hija y ya sólo quedaba menos
de la
mitad. Margarita hizo ruidos para ahuyentar al gato y de inmediato
encendió la luz.
—Isabel,
¿por qué dejaste que el gato se comiera tu comida? —dijo Jorge.
El
gato escapó
por la ventana. Ninguno de los tres quiso ver lo que había a un lado
del librero. Permanecieron en silencio por cerca de un minuto, luego
fue Margarita quién habló:
—¿Cuál
fue el problema que el señor Molina tuvo con su hijo?
—Lo
asesinó, mató a su hijo golpes, aunque sólo quería aleccionarlo
por algo que había hecho —respondió el doctor Andrade, mirando
con desagrado a un lado del librero. Era su tercer trabajo en menos
de dos meses, pero el primero en el que veía que los padres creaban
una fantasía en torno a ello—. Lamento hacerles esta pregunta,
pero ¿cómo quieren que me deshaga del cadáver de su hija?