enero 11, 2014

Mis libros del 2013


El 2013 me dejó pocas lecturas en comparación con años pasados, aunque más de una resultó deslumbrante y hasta abrumadora, en un sentido positivo. ¿Cuáles fueron sus libros en el 2013? ¿Cuáles fueron sus favoritos? Le diré los míos e iré en orden, desde el primero hasta el último libro que leí en el año que terminó.

Novecientas abuelas, de Raphael A. Lafferty. ¿Cuál es el escritor más gracioso que han leído? Para mí, sin duda es Lafferty. A veces se me hacía imposible contener la risa, o simplemente borrar de mi rostro una expresión de “¿Qué demonios está pasando aquí?” o “Santo cielo, ¡es la cosa más absurda del mundo!, pero me encanta”. El libro está compuesto por 12 cuentos, al leer cualquiera de ellos es fácil distinguir el estilo único del autor, y más fácil aún es sumergerse en sus historias. Fue Mauricio del Castillo, el compañero escritor que me introdujo al interesante mundo de la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México, quien me lo recomendó, aunque yo ya conocía al autor desde antes, con su cuento “Entra en una lata” y su novela “Salomas del Espacio”, muy recomendables también.

El hombre futuro: ¿Un mundo feliz o pesadilla genética?, de Brian Stableford. En realidad sólo leí el segundo de los dos libros en los que se divide la edición que lanzó la biblioteca de divulgación científica de la revista Muy Interesante. Intenta hacer una serie de predicciones de cómo sería el cuerpo humano en el futuro, cuando la ciencia se encuentre en un estado más avanzado y pueda usarse para adaptar nuestro organismo a nuevos ambientes y situaciones, nuevos sentidos, nuevo metabolismo, inmortalidad. Me gustó.

Camino Desolación, de Ian McDonald. Llegué a este libro gracias a una reseña de un buen compañero escritor, Armando Saldaña, a quien conocí también en la tertulia. La primera de varias grandes obras que me deslumbraron el año pasado (y por lo general recomendadas por Armando). McDonald narra la historia de un pueblo en Marte, desde su creación hasta su destrucción. Algunos lo llaman el “Cien Años de Soledad” en Marte. Les haré una confesión: no he leído la novela de García Márquez (McDonald sí que la leyó, y en esta novela se ve la gran influencia que tuvo McDonald por parte del realismo mágico latinoamericano), así que no sé qué tan acertada resulta la comparación. Pero la novela de McDonald me encantó, me pareció excelente, tal vez más por sus personajes y las confrontaciones entre ellos, que van marcando poco a poco y a veces de manera drástica el destino del pueblo, de Camino Desolación.

El nombre del nundo es Bosque, de Ursula K. LeGuin. Es lo único que he leído de esta autora. Me mantuvo atrapado desde el primer momento y me asombró más de lo que esperaba. Narra el abuso, en muchos sentidos, de los humanos hacia una especie extraterrestre, es un cuadro más que interesante. Al terminar de leerla, me senté frente a mi computadora, ese día escribí dos cuentos cortos en tiempo récord, había dejado mi mente rebosando de ideas. Muy buena novela.

Una mirada a la oscuridad, del gran Philip K. Dick. Casi había olvidado el peculiar estilo de Phil. La novela es brutal en varios sentidos, uno de ellos relacionado con el abuso de las drogas y sus efectos en los personajes; los diálogos entre drogadictos resultan perfectamente creíbles, por absurdos que puedan ser, y eso sin mencionar la trama principal, de corte policíaco. Lo mejor que he leído de Dick sigue siendo su novela Ubik y varios de sus cuentos, pero esta novela no deja de ser muy buena.

Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl. El primero de cuatro libros infantiles que me prestó una buena compañera de la universidad. Los dibujos no eran muy buenos, aunque la historia me encantó. Me encantó, me encantó mucho, y me emocionó aún más, una emoción que sólo me había proporcionado la Ciencia Ficción, pues lo que leí fue sentido de maravilla en su estado más puro. La literatura me suele hacer sentir como un niño, pero al leer esta obra me convertí en uno. Oh, esperen... ¿Alguna vez dejé de serlo?

Lila y el secreto de los fuegos, de Philip Pullman. No esperaba mucho de este libro, a pesar de venir de un gran autor, y la verdad es que no fue mucho lo que obtuve, tal vez fue a causa de haber leído con anterioridad el libro de Dahl (era difícil superar a Charlie), el punto es que no me gustó mucho, está bien contado pero no logré sumergirme en la historia, falta de identificación, quizá.

La falsa medida del hombre, de Stephen Jay Gould. Este libro me lo prestó un amigo biólogo, Bartolo, con el que he tenido algunas charlas fascinantes. Y el libro... me fascinó. Trata sobre la medición de la inteligencia, la evolución de los tests, la falcia del IQ y por qué las formas de medir aquella entidad escurridiza no han tenido sentido, también ofrece un buen panorama de lo distorsionada que puede volverse la ciencia debido a los prejuicios de los científicos. Bastante bueno y didáctico, imprescindible tal vez para los que hacen ciencia, a la vez que ayuda a tener una visión más amplia de cómo se hace la ciencia.

Cómo no escribir una novela, de Howard Mittelmark y Sandra Newman. No recuerdo si me lo recomendó el que fue mi profesor de taller literario, Daniel, o si lo leí en algún artículo que él recomendó, el punto es que di con ese libro y encontré en él una buena herramienta para mejorar mi ficción. Analiza varios errores comunes de los escritores y su forma de evitarlos. No dice cómo escribir una novela, sino cómo no escribirla. Es muy ilustrativa y está llena de ejemplos, de forma que se convierte en una muy buena herramienta para todos los que decidan escribir cualquier tipo de ficción.

Cuando falla la gravedad, de George Alec Effinger. Había leído buenas reseñas de este libro y pensé que sería bueno darle una oportunidad, pero, cuando al fin lo comencé a leer, no me gustó. Más de una vez abandoné su lectura por periodos de meses, para luego darle una nueva oportunidad (debido a mi costumbre de leer como 20 libros a la vez, costumbre que tendré que dejar porque alenta mucho mi velocidad de lectura, se me ha hecho práctica común poner en pausa uno que otro libro por varios meses, pero esta vez fue por razones de gusto), sin embargo nunca terminó de convencerme. Lo terminé, más por terminarlo que porque realmente lo disfrutara (creo que es la primera vez que hago eso). Puede que sea una gran obra para muchos (así como Mundo Anillo, de Niven, no me gustó, aunque la considero buena), pero a mí sólo me causó indigestión.

Las Crónicas de Spiderwick, El Libro Fantástico, de Tony DiTerlizzi y Holly Black. Libro pequeño en extensión pero de muy disfrutable lectura, y con hermosas ilustraciones. Tres hermanos, dos de ellos gemelos, se mudan de casa con sus padres, cosas raras comienzan a suceder y descubren que la casa guarda un importante secreto. Me dejó con ganas de leer el segundo libro, pero no estaba entre los que me prestó mi compañera.

¿Qué son las revoluciones científicas? y otros ensayos, de Thomas S. Kuhn. Fue una nova mental, un torrente de ideas que difícilmente podré analizar con detalle (él y Ludwig Wittgenstein me han sacudido la mente en los últimos meses). De esos libros en los que la primera mitad consiste sólo en la introducción, de por sí magnífica, y que en la otra mitad te apuñala, te asesina, y te vuelve a revivir, una y otra vez. Quizá tuvo gran impacto sobre mí porque no acostumbro a leer este tipo de libros. Contiene tres ensayos que rebosan en ideas. El primero trata algunos aspectos de su obra La estructura de las revoluciones científicas, los otros dos no tienen desperdicio, pues analizan aspectos esenciales de la ciencia y creo que, en conjunto, son de lectura imprescindible para cualquier científico.

Los creadores de la nueva física: los físicos y la teoría cuántica, de Barbara Cline. Un gran repaso de la historia, con detalles que no se encuentran en los libros de texto, sobre cómo varios hombres fueron construyendo, colectiva o individualmente, la mecánica cuántica. Es interesante conocer aspectos curiosos de las personalidades de estos hombres, sus manías y sus patrones de pensamiento, además de cómo al principio asimilaron sus propios descubrimientos/inventos.

Nueva Dimensión #33. Bueno..., no se trata de un libro, exactamente, sino un número de esta revista dedicado especialmente a los cuentos y a una novela corta del autor chileno Hugo Correa. Abordé su lectura sin espectativas, y terminó sorprendiéndome. Sus historias me resultaron bien contadas y entretenidas.

El mundo invertido, de Christopher Priest. ¡Pum! Otra de las novas mentales del 2013. Llegué a ella también gracias al buen Armando Saldaña. Me fascinó, es un libro excelente, una verdadera joya. Como casi todo lo que leo, lo leí por ratos, entre mis clases y en los trayectos en metro, pero aquellos momentos se convertían en los mejores. Narra un mundo que poco tiene en común con el nuestro, donde una ciudad entera tiene que ser desplazada a lo largo de unas vías para evitar su destrucción por las fuerzas inerciales causadas por una peculiar geometría del espacio. Si les gusta la Ciencia Ficción, tienen que leerla.

Hijos de hombres, de P.D. James. Un hombre escribe un diario en una época en la que, nadie sabe por qué, los humanos han quedado infértiles. La historia es buena, el final no me convenció del todo, pero en general me resultó entretenida. Hay una película basada en el libro, aunque el libro me gustó más.

Visión ciega, de Peter Watts. Hace unos meses decidí que no podía llegar a un veredicto sobre cuál era mi libro favorito, pues hay varios demasiado buenos, así que sólo podría decir cuáles son mis favoritos. Visión ciega es uno de ellos, tan impresionante como me pareció, en su tiempo, Hacedor de Estrellas de Olaf Stapledon, Cuentos completos I. Aquí yace el Wub de Philip K. Dick, Los Señores de la Instrumentalidad de Cordwainer Smith, La historia de tu vida de Ted Chiang o Axiomático de Greg Egan. También fue por Armando y otro compañero llamado Francisco por los que di con esta obra (si buscan grandes lecturas, visiten el blog de Armando, Postcards from the Edge, y lean sus reseñas). Creo que es un libro perfecto, excepto por algunos detalles menores. Peter Watts es biólogo marino, y Visión ciega es una obra de ciencia ficción dura en la que abarca un amplio rango de especulaciones, particularmente sobre el orígen y función de la conciencia. Me emocionó como ninguno otro antes, grité, mi corazón se agitó en incontables ocasiones y mi cerebro aún sigue resintiéndolo. El tipo de obra que me gusta, de un estilo similar al del gran Greg Egan. Mi mejor libro del 2013, sin duda.

También leí los cuentos participantes del Quinto Concurso de Relatos de La Cueva del Lobo. Mi compañero Vladimir Vázquez, escritor venezolano y autor del blog La Cueva del Lobo, me eligió para ser juez en su concurso anual, por lo cual me siento muy agradecido. Casi todos los cuentos me resultaron malos, pero unos cuantos me gustaron, por lo general no los mismos que al resto de los jueces. En el concurso del año antepasado obtuve un cuarto lugar y esta vez me tocó ser juez, aunque no hubo tantos participantes como en el del año antepasado. Pueden enterarse del resultado del concurso aquí.

Sospecho que este año será más abundante en lecturas, aunque por ahora mi cuenta apenas va en dos.

Nos vemos pronto, cuando les traiga mi reporte desde la Astrophysics School, Look & Listen, México 2014: Electromagnetic and Gravitational Wave Signals from Compact Objects, que se llevará a cabo del 13 al 23 de este mes en Playa del Carmen, en el Caribe mexicano... Si es que no pasa algo grave con el avión (será la primera vez que viaje en avión y me siento algo nervioso, sólo espero no morir, no pronto, no en los siguientes sesenta años, si tal cosa es posible).

enero 04, 2014

Todos los caminos llevan a Roma

Desperté en Roma. No era que esperase otra cosa, aunque en realidad tenía que estar muy lejos de allí, sin embargo encontré en ello una nueva oportunidad. Me quedé dormido hasta que me despertaron unos gritos en latín. Todos los caminos llevan a Roma, pero no todos pasan por allí.

Apreté los párpados con fuerza, intentando exprimir hasta el último detalle de mis recuerdos. Había visto antes a aquel hombre, en muchas ocasiones, así que conocía su rostro. Hice mi ronda de medio día, el hombre no estaba por ninguna parte. Lo esperé en el Coliseo, camuflado entre los turistas; lo esperé bajo el acueducto, incluso le pedí a alguien que me tomara una foto en perspectiva, simulando sostener la estructura, aquella se había vuelto ya una costumbre entre los viajantes.

Mientras esperaba, incluso pude ver a algunos de los pobladores de mis propios sueños, ahora que no estaba soñando, algunos de ellos parecían tender naturalmente hacia Roma, otros, la inmensa mayoría, tendían hacia otros lugares. Me compadecí por ellos, sabía que no era un soñador justo, pues les obligaba a lo que, de mi creador, yo tanto detestaba.

No negaré que me habitué a Roma, que llegó a gustarme incluso, demasiado quizá si pensaba en el motivo por el que permanecí allí, aunque sin borrar con ello las trazas de odio que sentía hacia esa ciudad.

Sabía que era su obsesión, su gran atractor, que tarde o temprano aquel hombre terminaría en este lugar, el centro de todo, el destino de todo, el lugar recurrente de sus sueños. Y yo... sólo tenía que esperarlo. Mientras esperaba recordé mi último sueño.

¿Que cuál era mi gran atractor, mi pensamiento recurrente? El antiguo Egipto. Allí es donde mis sueños, y con ellos mis habitantes, terminaban siempre. Allí me encontraba cuando no me veía arrojado sin previo aviso hacia la hedionda Roma. Y cada vez que soñaba, las cosas parecían diferentes: el faraón había sido asesinado y otro, más hacino y sombrío, había ocupado su lugar. Quizá alguien estuviese tramando un golpe, uno aún mayor, quizá alguien... Deseché ese pensamiento y me concentré en mi tarea.

No tuve que esperar demasiado. Allí estaba él, mirándolo todo con un asombro intelectual, maravillado por el conjunto pero concentrado en los detalles, con el rostro iluminado y con el corazón cálido, miraba a su gran amor. Se detuvo en un espectáculo público, la gente agolpada en un reducido círculo, alrededor de un sujeto que hablaba efusivamente. El hombre que había estado buscando se abrió paso entre la multitud. Lo intercepté.

—Maravilloso —le dije. Pude ver su rostro con mayor detalle. Era él, estaba seguro, después de todo se trataba del mismo hombre que me había creado—, maravilloso, ¿no es así?

Él sólo sonrió y se plantó junto a mí. Escuchamos al sujeto que estaba en el centro. Era un espectáculo atípico: el sujeto hablaba de exóticas tierras de vientos cálidos y eternas lluvias, con elefantes y monos paseándose entre las avenidas y donde gente de piel oscura levantaba fortificaciones dignas del Imperio Romano. Todo eso, dijo el sujeto, lo había visto mientras dormía.

El público se le unió en disertaciones similares, mujeres, niños, ancianos, aquellos que también decían haber tenido sueños los expusieron con todo detalle y añoro, relatos de tierras ajenas o que logré reconocer de algunos de mis viajes pero que en su momento no me detuve a explorar.

—Incluso ellos sueñan —dijo el hombre que tenía junto a mí.

Tú, me has traído a Roma. Regrésame a Egipto, cerdo asqueroso.

La gente seguía hablando a mi alrededor, hablando sobre sus sueños. Sueños. Sueños. Sueños. Esa palabra era repetida una y otra vez, como una invocación. Varias personas se tendieron en el suelo hasta quedarse dormidos y volver a las tierras que mejor conocían, abandonándose a sus propias creaciones oníricas.

Entonces pensé en Egipto, en la vida que brotaba como leche derramada del seno del gran Nilo, en sus poderosos dioses y la luz que ofrecían sobre el mundo, en sus imponentes pirámides y los legendarios faraones que encontrarían allí el descanso eterno. Noté que mis rodillas fallaban, que mis ojos se cerraban, quise unirme a toda esa gente y dedicarme a soñar. Pero luego vi al hombre junto a mí, lo ví a él, que sonreía maravillado, y fue cuando mis ojos se abrieron y mis músculos obedecieron a mis intenciones menos oníricas. Saqué la daga de mi bolsillo y, en menos de lo que él pudo reaccionar, el filo de mi daga tensó la piel del cuello de mi creador. Los que aún seguían despiertos se alejaron con un salto de nosotros.

—Usted —le dije al hombre, sabía que podía matarlo, aún allí, aún fuera de la vigilia, y la sonrisa se borró de su rostro—. Usted me ha soñado y colocó sobre mi cuello la condena de volver a un lugar que no es el mío, a una tierra en la que mi corazón no encuentra un hogar; me ha alejado de mí mismo, me ha despojado de todo lo que soy. Sin importar a dónde vaya, siempre regreso a esta sucia ciudad, a su sucia Roma. Por eso ahora debe morir, aunque eso signifique irme con usted.

—No entiende —dijo el hombre, haciéndose hacia atrás, intentando liberar la presión de mi daga contra su yugular—. Usted tiene elección, váyase de Roma si así lo quiere, siga su propio camino.

—¿Irme de Roma? —le dije—. Si pudiese irme no estaría aquí, a punto de acabar con su vida. Al final todos volvemos, todos a quienes usted ha soñado... volvemos. Sabe que aún mientras sueña puedo matarlo, puedo acabar con su vida ahora mismo. ¿Alguna vez ha sentido lo que es ser esclavo de los sueños de alguien más? —Tenía que hacerlo, aunque eso supusiera el cese de mi propia existencia.

Escuché un grito a lo lejos.

—¡Aquel hombre, el portador de oscuridad!

Un sujeto vestido con la túnica y el tocado del faraón caminó enérgicamente hacia mí, iba escoltado por varios soldados que me apuntaron con sus arcos, cuando se acercaron lo suficiente, las puntas de cobre de las flechas casi tocaron mi nariz.

—He venido desde Egipto —dijo el sujeto, que sin duda era el faraón que recientemente había tomado el poder a la fuerza— con la única intención de obligarle a reubicar el motivo de sus sueños muy lejos del lugar al que usted me ha arrastrado. De tiempo en tiempo, mis hombres talan un bosque entero para construirme las embarcaciones con las cuales llevarme, junto con todos mis sirvientes, al otro lado del gran océano, al motivo único de mis más maravillosos sueños, a la gran Tenochtitlan. Pero cuando mi corazón comienza a sentirse de nuevo uno mismo con mi amado hogar, en cualquier caminata o simplemente al dar algunos pasos lejos de mi trono, me veo despojado de todo lo que amo y me encuentro sin desearlo en las odiosas tierras de Egipto, de las que me convertí en soberano con la única intención de tener el poder suficiente para regresar al otro lado del gran océano. Pero ya no volverá a hacerme eso, nunca más, ahora en sus sueños sólo deberá existir lugar para la gran Tenochtitlan. ¡Arréstenlo!

Los soldados me pincharon con las flechas y me empujaron, uno de ellos sacó unas esposas, al parecer las había conseguido allí mismo. Quise degollar a mi creador en ese momento, pero un soldado me sometió con su mazo y me arrebató la daga. Entonces, mi creador inesperadamente habló:

—¡Ninguno de ustedes lo entiende!

Todos lo miramos. Uno de los soldados del faraón se detuvo mientras me ponía las esposas.

—¿Qué autoridad posee para hablarle de esa forma al soberano de Tenochtitlan?

—Todos ustedes —dijo el hombre por el que yo estaba en Roma—, todos ustedes vuelvan a sus tierras. Mantengan a raya a sus traidores. Y respecto a Roma, regresen aquí siempre que les plazca.

—¿Volver a nuestras tierras? Imposible —dijo el faraón de Egipto y emperador de Tenochtitlan—. Este hombre —me señaló— es mi impedimento. Él me dio vida dentro de sus sueños, pero me ha arrebatado... o peor aún, nunca me ha dado el derecho de cumplir aquello que con todo el corazón y con la sangre de mis venas siempre he deseado.

—¿Qué hacen ellos aquí? —mi creador abarcó con un movimiento de brazos a todos los hombres y mujeres presentes en la plaza que reposaban plácidamente usando los cuerpos del de al lado como almohada.

—Sueñan —respondió el faraón de Egipto y emperador de Tenochtitlan—, como puede verse.

—Sueñan —repitió mi creador—, y ¿por qué lo hacen?

—Porque sólo allí encuentran aquello que más aman —dijo el faraón de Egipto y emperador de Tenochtitlan—, algo a lo que pueden llamar hogar, aquello que su corazón les susurra al oído en tiempos de guerra y en tiempos de paz. Encuentran terrenos familiares, en el norte o en el sur, en medio del monzón más intenso, del desierto más árido o de la nevada más cruda, en la tierra o en el mar, incluso en el arriba y el afuera, entre el frío del vacío, incluso en los páramos más solitarios donde sólo algunos encuentran un poco de calor.

Intenté liberarme de las esposas, pero fue inútil. El soldado sólo encajó sus dedos con más fuerza sobre mi brazo.

—En este momento yo podría estar en un lugar para mí desconocido —dijo mi creador—, sometido a la voluntad de quien eligió incluirme en su sueño, aceptando sus designios, yendo al lugar al que me llevara su corazón y no el mío. Sin embargo elegí estar en este lugar, en mi bella Roma, el destino de todos mis caminos.

De mi boca salió una nota grave. ¿Un bostezo? No podía ser. Casi caí cuando tropecé con uno de los cuerpos de los soñadores que ahora eran mayoría en la plaza. El faraón de Egipto y emperador de Tenochtitlan se veía desorientado. No supe en qué momento me había librado de las esposas, pero dos de los soldados del faraón yacían tendidos en el suelo, había sonrisas en sus rostros y sus estómagos se inflaban y desinflaban apaciblemente.

¿De verdad había quienes no querían ir al antiguo Egipto? Acababa de conocer a un faraón que hablaba mal de la tierra que gobernaba, pero lo entendí: Egipto no era lugar para él, su corazón no estaba en aquellas tierras de esplendor, sino muy lejos de allí. Era una lástima.

Mi creador seguía hablando, aunque no pude entender lo que decía, sonaba tan débil, tan lejano. Era el único sonido que podía escuchar, todo parecía tan silencioso. ¿ Acaso la plaza no había estado repleta de gente de pie hacía tan sólo algunos momentos?

Mis párpados cayeron con peso propio, un peso acumulado e invisible, los volví a abrir con dificultad, apenas a medias. Tropecé de nuevo con otro de los soñadores, esta vez se trataba del mismo faraón. ¿Qué estaría soñando en aquel momento? Quizá ya estaría de vuelta en Tenochtitlan. Esta vez caí, intenté levantarme pero fue en vano, pues mis brazos, mis piernas y mi cuello se destensaron y la roca se convirtió en la más confortable almohada que había tenido nunca.

Pensé que sería buena idea visitar Roma de vez en cuando, incluso algún lugar más alejado, como Tenochtitlan, Machu Picchu, Atenas o incluso Ganímedes. Mi hogar, en cambio, estaba en mi amado Egipto. Cuando mis párpados se cerraron por completo, me sentía muy lejos de Roma y cada vez más cerca de mi hogar.

Pensé por un instante en el hombre que me había soñado. Todos sus caminos llevan a Roma; los míos... llevan a Egipto. Y estaba seguro de que yo podría ser un mejor faraón.

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