La
mujer entró al departamento 103, la linterna sobre el arma, escudriñando el
lugar. Había basura tirada por todas partes, una capa de polvo, colillas de
cigarro, jeringas usadas y empaques de alimento vacíos. En medio de toda esa
inmundicia, el cuerpo de un hombre sin vida.
—¿Quién notificó del incidente? —preguntó
la mujer a uno de los agentes.
—Fue una llamada anónima.
—Oigan —dijo otro de los agentes—,
esto ya lo he visto antes. La Policía Internacional informó que en las últimas
horas se han recibido tres llamadas anónimas, todas eran para informar de sobredosis
de droga o intentos de suicidio. Quizá estén relacionados.
—¿Dónde se recibieron esas llamadas?
—preguntó la mujer.
—Una en Alemania, otra en España y
una más en la Rusia europea.
—Entonces difícilmente estarán
relacionadas. El informante tendría que haber tenido acceso a esos tres
lugares.
El agente se abrió paso entre la
capa de desperdicios y llegó hasta una mesita de noche, donde había un disco
duro portátil.
—No creo que sea casualidad. Esto
también estaba en las otras escenas —giró el disco duro, en él había escrito un
nombre.
—Así se llamaba el suicida —dijo la
mujer.
—Exactamente. Hay que analizar lo
que contiene, pero no creerán lo que está guardado aquí.
—Es el onceavo caso en tres días
—dijo el sujeto gordo, de pie, apoyando una mano sobre su escritorio— y aún no
podemos dar con el domicilio del informante. —Apretó el botón de pausa del
control. En el televisor, la imagen se congeló, mostraba un sujeto subiendo a
su auto, dando vuelta a la llave y arrancando, luego al mismo sujeto jugando un
partido de baloncesto—. ¿Quién y para qué haría algo así?
—¿Dice que los once discos duros
contienen en video prácticamente toda la vida de estas personas?
El hombre gordo asintió con la
cabeza.
—¿Tiene la última grabación de la
llamada que recibió la policía local?
—Sí, claro —dijo el hombre gordo, y
pulsó con su dedo una grabadora.
La cinta comenzó a correr.
“Quiero informar de una sobredosis
de heroína en el siete dos nueve de la calle Larmor. Es una emergencia”, se
escuchó una voz, en un perfecto acento del sur de la India, que parecía
afectada aunque no alarmada.
“¿Puede confirmar su posición?”,
dijo la secretaria de la estación de emergencias.
“Siete-dos-nueve. Calle Larmor.
Revisen muy bien la casa”.
Tono de fin de llamada.
El dedo del hombre gordo se sumió en
la grabadora.
Los dos hombres guardaron silencio.
—No hay cámaras en la casa o en el
auto —dijo el oficial, mirando al hombre que, sin vida, era sacado de su
alberca.
—Para que alguien pudiese haber
grabado todo lo encontrado en el disco, tuvo que haber vigilado al sujeto
durante toda su vida. Uno podría pensar que son grabaciones familiares, si
pasamos por alto los momentos de intimidad, aunque en ningún momento el sujeto
parece percatarse de estar siendo grabado.
—Y, si el informante, o quien sea,
conocía tan bien a estas personas, ¿por qué no evitó todas esas muertes en vez
de limitarse a avisar a la policía? Quien haya informado era claramente
consciente de que todas esas personas morirían.
—Esto es una locura. Hemos
triangulado vagamente la señal del informante, pero... Apenas ayer las llamadas
parecían salir de un pequeño poblado de Eslovaquia, y hoy desde Nairobi, Kenia.
¿Cuántas de estos discos duros se han encontrado?
—Veintitrés.
Una mujer lloraba sentada afuera de
una oficina dentro de la estación de policía. Un hombre uniformado salió y se
dirigió a la mujer, en el bolsillo de su pantalón llevaba un disco duro
portátil.
“Señora, encontramos un disco duro
en el lugar donde su hijo se quitó la vida”, se encontró de pronto pensando el
oficial de policía, mientras caminaba hacia la mujer. “Prácticamente toda su
vida está ahí. Sé que su hijo se marchó de casa hace casi diez años, pero en
estos videos podrá ver lo que fue de él durante todo ese tiempo, las mujeres
sifilíticas con las que se acostó, los hombres a los que mató y la degradación
siempre creciente de su vida durante los últimos años. Todo está allí, incluso
las cosas que hacía de pequeño cuando usted no lo veía. No sabemos por qué
alguien se tomó la tarea de hacer esto. Es una clara invasión a la vida entera
de una persona, pero por otro lado es algo más, algunos lo llaman milagro”.
Vio a la mujer de frente.
—Necesitamos que rinda su
declaración.
—Esto no puede ser obra de un solo
hombre.
—¿Con qué intención grabas a una
persona desde su nacimiento hasta que un día decide quitarse la vida o muere de
la manera más miserable?
—Quizá con la intención de que esa
persona no sea olvidada.
—¿Qué dices?
—Estas personas están solas. De otra
forma morirían y no se enteraría nadie, o el jodido que los viera no querría
darse por enterado. Alguien debe intervenir en esas vidas, insignificantes y
destrozadas. O por lo menos vigilar sus idas y venidas. Vigilarlas y hacer que
de ellas quede un recuerdo, para que sean recordadas en el futuro, en una época
en que la gente pueda comprenderlas.
Continuaron mirando las grabaciones,
mientras el humo de los cigarrillos iba formando vórtices y extendiéndose por
la oficina.
—¡Hey! Espera, espera, regresa el
video.
La grabación retrocedió.
—Yo estuve ahí —el plano del video
incluía el rostro del agente—. Fue durante la presentación de un libro, hace
como tres meses... El tipo llega y se sienta a mi lado. Al final se para para
que el autor autografíe su ejemplar. Parecía muy raro, muy solitario. No sabía
que era el mismo sujeto que encontramos muerto.
Los agentes escuchaban con atención
las llamadas recibidas por las policías de más de treinta países, junto con el
texto traducido.
—Parece que el informante no es
realmente el asesino, o puede que forme parte de alguna asociación criminal
internacional. Pero ¿por qué estas personas, qué relevancia tienen?
—Aquí está el expediente de la
Interpol con los datos proporcionados por el informante —dijo un tercer agente,
dejando una enorme pila de papeles en el escritorio—. Además de videos, los
discos duros contenían varios archivos de texto. No parece haber nada
especialmente relevante, ni siquiera todos esos terabytes de grabaciones.
—¿Sabes si alguien de inteligencia
ha liberado los documentos?
—No. ¿Por qué?
—Porque de alguna forma todo el
material ha sido filtrado. En Internet han abierto decenas de sitios dedicados
a estas personas muertas. Han colgado los videos ahí, aunque nadie podría
verlos completos. La gente está inspirada con todo lo que está pasando.
—Es una exageración —dijo el que
había dejado la pila de documentos.
En la sala contigua, vieron a través
del vidrio que una de las recepcionistas de la línea de emergencias les hacía
una seña, con el teléfono al oído y los ojos desorbitados.
Los hombres corrieron hasta allá.
—¿Puede repetirme su ubicación?
—decía la mujer al teléfono, mientras apretaba el botón de altavoz.
—Avenida Alissius, número veintidós,
dos-dos —dijo la voz, con acento turco. Luego colgó.
—Acabamos de recibir una llamada del
informante anónimo —dijo la recepcionista, con un ligero temblor en las manos.
—¿Lo has podido rastrear?
La recepcionista miró el monitor que
tenía en frente.
—Sí —dijo—. Por poco. La dirección
queda a uno pocos kilómetros de aquí.
La policía de Ankara se movilizó
para rodear el perímetro de un viejo edificio de departamentos, presuntamente
desocupado, a las afueras de la ciudad. Llegaron pronto, y un grupo de agentes
entró y abrió uno por uno cada departamento.
Todos estaban vacíos, excepto uno
ubicado en el séptimo piso.
Los agentes derribaron la puerta y
entraron.
Era un lugar oscuro, sucio y
revuelto, olía a orina y excremento. En una esquina del pequeño departamento,
más oscura que el resto, había un sofá de espaldas, frente al que había una
ventana desde donde se apreciaba una zona agrícola, con unos cuantos edificios
bajos, la mayoría bodegas de cereales. Del lado derecho del sofá, apenas
distinguible entre la oscuridad, sobresalían los destellos silenciosos de un
arma de fuego, cuya punta rozaba la capa de suciedad del suelo, sostenida por
una mano fría y rígida.
Un agente apuntó con su arma y se
paró delante del cadáver.
—Está muerto —dijo, aunque apenas
podía ver lo que tenía delante.
—Parece que esta no es la dirección
del informante sino la de algún otro suicida.
—Entonces debe haber otro de esos
discos duros por aquí —dijo alguien.
—¿Qué es esto? —uno de los agentes
señaló algo sobre una mesa, era un rollo de papiro. Extendió el rollo, manchado
y medio roto, en él había varios nombres escritos, miles de ellos. Los últimos
nombres de la lista parecían escritos de forma apresurada y con un tipo
diferente de tinta. A un lado del rollo, una pluma blanca y grande, aunque
quebrada por la mitad, reposaba dentro de un tintero—. ¡Son los nombres de las
personas reportadas por el informante!
La luz entraba por la ventana
abierta, pero aquel que yacía sin vida sobre el sofá, una silueta negra y
apenas perceptible, parecía oscurecer la habitación, como si la luz tuviese en
él su destino natural, en vez de bañar también el resto de las cosas.
El agente que estaba frente al
cadáver entornó los párpados y abrió más la ventana, esperando tener mejor
visibilidad, pero el lugar sólo se oscureció aún más.
—Encontré el apagador —dijo alguien,
y el departamento al fin se llenó de luz.
El que estaba frente al cadáver vio
las enormes alas de plumas blancas, salpicadas de rojo, que surgían de la
espalda de quien yacía sobre el sofá. Los largos cabellos grises se pegaban con
sangre alrededor del orificio de salida de la bala. El rostro era más bello que
el de cualquier persona que hubiera visto antes. La cabeza y los hombros, ahora
caídos, parecían testigos de un peso casi infinito, acumulado desde el comienzo
de los tiempos.
—Parece
que esta vez no dejaron ningún disco duro —dijo otro agente, que seguía
hurgando entre las cosas—. Nadie recordará a este pobre diablo.