noviembre 22, 2015

Los límites del conocimiento humano

Como animales, los humanos estamos sujetos a limitaciones de percepción y de entendimiento. El cerebro humano, como el del resto de los animales, evolucionó no para percibir el mundo como es, en su esencia, sino para percibir aquellos asuntos del mundo que nos conciernen directa o indirectamente. Estas percepciones tienen que transitar de manera inevitable a través de nuestros limitados sentidos y después a través de nuestro cerebro y las estructuras de pensamiento que posee.

Sabemos que la consciencia y la inteligencia no son aspectos exclusivos de nuestra especie. Todas las especies animales poseen algún conocimiento del mundo, sienten el mundo (y por tanto son conscientes) y reaccionan ante él. Sin embargo no podemos esperar que un cuervo, animal al que se le han observado comportamientos altamente inteligentes, tenga alguna idea del proceso de fotosíntesis en las plantas, pues quizá ese proceso no forme parte de su imagen del mundo (a pesar de que tenga una estrecha relación con la vegetación), tal como ha pasado a formar parte a la imagen humana del mundo a través de la empresa científica.

Gran parte del optimismo de los científicos que creen que en el futuro podremos tener una teoría del todo, que englobe una descripción y entendimiento de todos los fenómenos del universo, surge del éxito que ha tenido la ciencia como empresa que va en busca del conocimiento. La ciencia, como estructura del pensamiento humano, ha mostrado poseer un poder extraordinario.

En tan sólo unos pocos siglos, nuestra imagen del mundo ha pasado de ser la de un cosmos controlado por los dioses y delimitado por los cuerpos conocidos desde la antigüedad y por la inmutable bóveda celeste, hasta convertirse en una vasta extensión poblada de miles de millones de galaxias, cada una con miles de millones de estrellas como nuestro Sol, donde ni siquiera los cielos son inmutables, encontrándose todo en constante cambio.

Es esta inflacionaria expansión de las fronteras de nuestra imagen del mundo la que ha despertado el optimismo de que algún día seamos capaces de entender la totalidad de la existencia. Y en el centro de esa expansión se encuentran estructuras de pensamiento dictadas por el lenguaje, en particular el de las matemáticas.

En “Seeing voices”, Oliver Sacks muestra casos de personas que nacieron sin la habilidad de escuchar o que la perdieron durante etapas críticas para la adquisición del lenguaje, personas a las que nadie se ocupó en esos años tempranos de enseñarles algún tipo de lenguaje. Dado que estos individuos no conocían el lenguaje en ninguna de sus formas, eran incapaces de expresarse y de comprender aspectos del mundo que para un oyente y hablante de cierta edad son dados por hecho. Uno de los casos más interesantes es el de un chico sordo y sin conocimiento de ningún lenguaje llamado Ildefonso, un chico mexicano, al que se le comenzó a enseñar el lenguaje, pero que no mostraba avances sino sólo para repetir sin comprender lo que se le decía (ecolalia), pero un día el chico descubrió las matemáticas, y con sorprendente rapidez pudo comenzar a aprender y asimilar las ideas mostradas con ese lenguaje.

Penrose, en relación a ello, concluye que las palabras son casi inútiles para el pensamiento matemático.

En un caso descrito por Vygotsky, un joven de nombre Massieu no poseía lenguaje alguno, su instructor escribía los nombres de los objetos en las figuras de esos objetos que Massieu solía dibujar. Al principio, Massieu veía eso como algo místico, él no tenía idea de cómo las palabras podían funcionar como imágenes de los objetos y representarlos con tanta rapidez y precisión. De pronto, Massieu se percató de que palabras específicas representaban entidades abstractas, entendió la representación abstracta y simbólica. Su mente cambió para siempre. Desde ese momento, Massieu desarrolló una hambre tremenda por los nombres, y le pedía a su instructor que nombrara todo lo que veía durante sus paseos.

¿De qué sirve nombrar? Tiene que ver, escribe Sacks, con el poder primario de las palabras para definir, para enumerar, para permitir la maestría y la manipulación; para moverse desde el reino de los objetos e imágenes al mundo de los conceptos y nombres. Un dibujo de una silla representa a una silla en particular, pero el nombre “silla” denota a la clase entera de las sillas, a la identidad general que aplica para todas las sillas.

Para Vygotsky, el desarrollo de las funciones psicológicas superiores no es algo que ocurra de manera natural, automática, sino que requiere meditación, cultura, una herramienta cultural.

Para Platón, uno primero tiene que ver sillas reales o cuadrados reales (todo tipo de objetos con la propiedad de ser cuadrados, “cuadricidad”, o alguna otra cualidad), y sólo así la idea de “cuadricidad” llega, el arquetipo o cuadrado ideal del que todos los cuadrados son meras copias. Para Platón, el lenguaje, el conocimiento, la epistemología, es innata (todo el aprendizaje es esencialmente reminiscencia), pero esto sólo puede ocurrir con un mediador, en el contexto del diálogo.

Individuos que vivieron muchos años en aislamiento, de pronto entran al mundo del lenguaje cuando tienen contacto con mediadores humanos, y se vuelven capaces de generar ideas abstractas del mundo.

Muchas otras especies animales han desarrollando un lenguaje tan elaborado como el de nuestra especie. Especies de aves poseen más fonemas que todos los fonemas juntos de todos los idiomas humanos. Podemos preguntarnos qué clase de explosión de pensamiento pueda llegar a originarse si la mente humana algún día es capaz de tener acceso a los lenguajes de otras especies, extendiendo nuestro lenguaje a potencialidades de las que actualmente es imposible pensar.

Otro individuo, describe Sacks, de nombre Joseph, era incapaz de comunicar, por ejemplo, cómo le había ido en la semana, pues él no podía asimilar la idea de una pregunta (lo que era una pregunta no tenía sentido alguno para él), ni mucho menos formular una respuesta. No sólo era el lenguaje lo que estaba ausente allí, sino un claro sentido del pasado, la capacidad de distinguir entre “hace un día” y “hace un año”. Joseph no podía retener ideas abstractas en la mente, era incapaz de reflexionar o de planear.

Como apunta John Locke, en nuestro esfuerzo de alcanzar certidumbre filosófica o científica, nuestros esfuerzos para emplear la razón son comúnmente quebrantados por el mal uso o el abuso del lenguaje. Y también, podríamos agregar, por su falta de uso.

Está claro que la capacidad del lenguaje no es algo que haga humanos a los humanos, pero sí es una capacidad que le permite entrar al reino del pensamiento abstracto.

Desde el punto de vista de Locke, es difícil asegurar la realidad de nuestro conocimiento humano en evidencia de su conformidad con la naturaleza de las cosas en sí. ¿Qué hace que una imagen mental de algo diga algo sobre la naturaleza de lo que intenta representar? Pero no siempre tenemos que tener conocimiento genuino. La facultad de juicio, cuando funciona propiamente, nos persuade a asentir ante proposiciones cuya verdad permanece últimamente incierta, ya sea porque la ignorancia es producto de un pensamiento incompleto o por la naturaleza misma de la cosa.

Entonces, nuestro juicio, basado en la experiencia previa y en la disponibilidad de evidencias a favor o en contra de algo, usualmente nos guía en los casos en los que nuestro conocimiento permanece incompleto.

Podemos imaginarnos a los primeros humanos, con un conocimiento muy escaso sobre el mundo que les rodeaba, que comenzaron a adquirir la habilidad de pensar con claridad sobre el espacio y el tiempo y los objetos que se mueven en ellos. La herramienta del juicio debió de ser más vital en esas instancias, cuando la imagen del mundo de los primeros humanos no les permitía conocer la naturaleza de gran parte de los estímulos que asaltaban a sus sentidos.

Hay evidencias de que el lenguaje simbólico surgió a partir de cierto punto cercano en tiempo a la invención de la agricultura, hace unos 10 mil años, sin embargo sus fundamentos, las primeras pinturas encontradas en cuevas, comenzaron a establecerse desde hace cerca de 40 mil años: debió darse un largo proceso desde las primeras representaciones abstractas hasta el estado del lenguaje y representación en el que nos encontramos hoy en día.

Como estructura, el cerebro no ha cambiado considerablemente desde esos tiempos, pero sus capacidades se han incrementado de gran forma gracias al desarrollo de nuestras estructuras de pensamiento.

Así como el lenguaje en los humanos nos brinda la capacidad de abstraer y de pensar en nuevas estructuras, la matemática, otro lenguaje desarrollado por los humanos, nos permite pensar estructuradamente sobre la dinámica del cosmos y sobre objetos que muchas veces no tienen relación con él. Hasta ahora, la matemática ha sido una de las herramientas más poderosas inventadas (y/o descubiertas) por nuestra especie. Sabemos que otras especies son capaces de contar y de pensar en números, pero como humanos podemos describir la dinámica de una galaxia con cierto grado de precisión.

Es el éxito de la matemática en describir efectivamente al universo el que ha hecho que muchos científicos piensen que así será siempre, hasta el punto de poderse desarrollar una teoría del todo. Sin embargo, aún no entendemos siquiera por qué la matemática es capaz de darnos tanta información sobre el universo, y mucho menos si algún día será incapaz de decirnos algo más de él. Si el momento llega en que la matemática se encuentre inefectiva ante los intentos de descripción y entendimiento de la naturaleza, probablemente será necesaria la invención de otra herramienta que nos permita entrar en el reino inaccesible para la matemática, una nueva herramienta que permita otro tipo de pensamiento abstracto y estructurado.

Como escribía Wittgenstein, nunca podremos conocer los límites del pensamiento, pues para dibujar ese límite tendríamos que ser capaces de pensar de ambos lados de ese límite, es decir, tendríamos que ser capaces de pensar en aquello que no puede ser pensado. Asimismo, nunca podremos decir con exactitud qué es lo que no podremos llegar a conocer, a pesar de los intentos de algunos por tratar de delimitar las fronteras de ese conocimiento. Sabemos que esas fronteras son generadas por nuestra biología y por las estructuras de pensamiento que muestras mentes puedan entender, desarrollar y manipular, así como por nuestra experiencia previa y nuestra imagen del mundo.

Comte escribió que “cualquier investigación que no pueda ser reducida a observación visual real es excluida cuando de estrellas se trata… Podemos ver la posibilidad de determinar sus formas, sus distancias, sus magnitudes y sus movimientos, pero es inconcebible que alguna vez seamos capaces de estudiar, por cualquier medio, su estructura química o mineral.” Y Comte estaba equivocado, por supuesto, como lo muestra el éxito de la amplia ciencia de la espectroscopía en estudiar la composición de las estrellas a partir de la luz que emiten.

Antes del advenimiento de la espectroscopía y de los conocimientos adquiridos del comportamiento cuántico de los átomos, pocos hubieran sospechado que la luz de una estrella posee información de su composición. Asimismo, otros fenómenos detectados por nuestros sentidos y por nuestros aparatos pueden poseer información que nos permita tener un mayor conocimiento de los fenómenos en sí, información que está allí pero que sin el desarrollo correcto de la ciencia y de sus estructuras de pensamiento, sería inaccesible.

La ciencia es progresiva e incompleta por naturaleza. Puede que algún día lo que pertenece al reino de la naturaleza sea inaccesible para nosotros y seamos incapaces de generar símbolos e imágenes dentro de nuestra idea del mundo que se correspondan con aquellas de la naturaleza.

Trabajando dentro de las estructuras de pensamiento de la ciencia, el humano ha diseñado aparatos que le permitan medir algo sin que en ello juegue algún papel la percepción humana. Los fotones se graban en la placa fotográfica, y pueden ser analizados posteriormente por una mente humana; la mente humana es inevitable para la interpretación de lo observado, pero no perturba en ese caso el mero acto de la detección de los fotones por la placa. Sin embargo las conclusiones últimas del comportamiento de la naturaleza no podrán ser desligadas de nuestra percepción e interpretación, de nuestra imagen del mundo.

Por esta razón, puede que podamos construir complejos artefactos que sean nuestros ojos al mundo, pero no es seguro que seamos capaces de darle una interpretación acertada a lo que los instrumentos capten, o siquiera de ser capaces de darle algún tipo de interpretación, de darle sentido a los resultados que obtengamos.

Puede que la línea de pensamiento que nos lleve a un tipo de conocimiento sea lo suficientemente complicada como para que una mente humana no sea capaz de seguirla, y que por tanto nuestro conocimiento permanezca incompleto al respecto. Pero este problema tal vez podría resumirse como un problema de memoria, de retener toda la información relevante en nuestro cerebro, en la memoria de trabajo, para poder usarla y sacar una conclusión. Pero es probable que este límite pueda ser capaz de ser solventado con la ayuda de herramientas que permitan recordar todo lo indispensable. Sin embargo, esas herramientas no serán perfectas y tendrán también sus propios límites.

Quizá exista algo que pueda ayudarnos en la formulación de una imagen más elaborada del mundo (a pesar del hecho de las limitaciones de nuestras herramientas actuales), y es el hecho de que la naturaleza humana, como sugieren muchos autores, no es para nada inmutable. Que aquello que nos define en esencia cambia de acuerdo a las condiciones en las que los humanos se desarrollan.

Una naturaleza humana mutable que influya en la forma de nuestro pensamiento, sumada a la plasticidad de nuestro limitado cerebro, podría permitirnos tener un flujo constante de estructuras de pensamiento que expandan y complementen nuestra imagen del mundo. Una estructura de pensamiento que llegue a su límite práctico podría ser sustituida por otra que ocupe su lugar como medio de figurarse al mundo.

De nuestros límites humanos y de los de nuestra empresa científica, sólo el futuro dirá, junto con el entendimiento de nuestra biología, el desarrollo de los lenguajes, las estructuras de pensamiento, y las posibles experiencias a las que tendrá acceso la mente humana, o la mente en general.

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