No pude esperar al sorteo de marzo para acariciar la oportunidad de tener a alguno de los personajes más cotizados que ofrece la agencia.
Llevaba varios meses escribiendo historias que tenían como protagonista al mismo sujeto. No es que no me gustara la forma en que ese protagonista hacía lo que yo plasmaba con los tecleos de mi ordenador, ni mucho menos era que no me agradara como persona... je. Personaje. Simplemente quería que mis historias tuviesen un héroe diferente.
Así que fui con Igor Trovotskyn.
Verán, yo conocía a Trovotskyn por un cuento que leí de uno de mis compañeros de la Agencia de Escritores. Les juro que quedé fascinado por cómo Trovotskyn hacía todo lo que mi compañero le encomendaba a hacer en su historia. Asumía su papel de protagonista con un aire lleno de energía y tomando siempre la iniciativa, como un héroe verdadero tiene que comportarse.
Y no es que mi compañero fuese un gran escritor, ¿para qué les miento? En la agencia hay escritores pésimos pero que brillan de vez en vez no por méritos propios sino porque han sabido elegir a sus personajes. Es que la elección de personajes, y sobre todo de un protagonista, pesa mucho en lo que se quiere contar.
Bueno, como les decía, leí la forma magistral en la que Trovotskyn hizo su trabajo como protagonista (pues reivindicó por qué era él el protagonista) y de inmediato quise que él estuviera en uno de mis cuentos.
No es que yo sea un mal escritor y quiera colgarme de la genial manera en la que Trovotskyn hace su trabajo, pero es que yo tenía pensado un gran cuento y en ese gran cuento sólo podría estar un gran protagonista: el gran Igor Trovotskyn.
Así que hice algo que no necesariamente era legal dentro de la agencia, pues, ya saben, no quería esperarme hasta el sorteo. Se supone que tenía que esperar a que me asignaran un nuevo protagonista, pero quería tener más libertad al respecto. ¿Por qué dejaría que la Agencia de Escritores me impusiera a mis protagonistas? ¿Por qué yo no podría elegirlos, si al fin y al cabo se trata de mis historias?
Entonces encendí mi ordenador portátil, esperé ansiosamente los segundos que tarda en arrancar y luego abrí un documento en blanco del editor de textos. A mitad de la habitación se abrió el pequeño portal que luego se dilató para permitir que algo de mi tamaño lo atravesase.
Entré en él.
Se supone que sólo desde la agencia podemos hacer eso, y sólo en ciertas fechas del año, pero, demonios, necesitaba a Trovotskyn, ese cuento no podía esperar más para ser escrito.
La imagen de mi desordenada habitación se desvaneció y aparecí en un terreno donde la vegetación predominante era un pasto amarillento y seco. De fondo, alzando la mirada, pude ver una enorme lanzadera espacial.
A unos quince metros delante de mí había una pequeña casa de madera, de aspecto frágil y abandonado. Me acerqué a la casa y, dudando, di tres golpecitos en la puerta. Escuché el tosido de alguien en el interior y luego el corte de cartucho de una escopeta. Di un paso hacia atrás. Toqué mi cinturón y me di cuenta de que no había traído mi tubo de van der Waals. Aunque ¿de qué serviría un tubo de van der Waals contra un personaje de cuento? Sin embargo, me sentía desprotegido.
—¿Quién es? —escuché una voz que venía desde dentro.
Ahora estaba seguro que había llegado al lugar correcto. Tal vez el estar desarmado no sería un problema, aunque nunca había llegado a la casa de un personaje en un horario no oficial, y uno nunca sabe cómo puede reaccionar alguien que ha viajado en una nave cartográfica con motor autístico a la Nebulosa de Orión sólo para patearle el trasero al senado de la alianza y así evitar una guerra de dimensiones galácticas.
—Soy... —respondí—. Soy un autor.
Esperé, y después de veinte segundos pensé que no me abriría, pero la puerta se abrió rápidamente y apareció un sujeto de rasgos duros, cabello algo largo, revuelto y canoso como su barba. Sentí un profundo respeto al verlo, pues sabía todo lo que había hecho (claro, siempre hacía lo que los escritores de la agencia le habían ordenado, pero aún así ese hombr... personaje había estado en lugares que yo apenas había imaginado y se había encontrado con seres que no existían salvo como personajes de las agencias de escritores de las especies alienígenas de los demás planetas habitados, con los que la agencia de la que formo parte tiene un convenio de cooperación. Imagínense, de otra manera, las historias que se podrían escribir con la limitación de la mente humana, serían muy pobres en contenido, y con esta cooperación con las especies alienígenas podemos introducir en nuestras historias personajes y situaciones que ninguna mente humana podría imaginar).
—¿Se puede saber qué desea? —me preguntó Trovotskyn.
—Sí, sí. La verdad es que estaría encantado de que usted fuera el protagonista de mi próximo cuento.
Me dirigió una mirada tan fría como el clima siberiano en el que él había crecido.
—Estoy trabajando para alguien más —dijo.
Sí, en efecto, estaba trabajando para mi compañero.
—Lo sé —le dije—, pero tengo entendido que el autor para quien trabaja se retirará del oficio mañana en la mañana.
Trovotskyn alzó una ceja.
—¿Me está tomando el pelo? —preguntó.
—No sería capaz. Es más, tengo el documento que lo avala —le mostré el papel que había fotocopiado secretamente de la oficina del jefe de la agencia. Sí, ya sé, como se darán cuenta, no suelo hacer las cosas de la manera más ortodoxa.
Trovotskyn leyó el documento y luego me miró.
—Y ¿sabe por qué ha decidido dejar la agencia?
Me encogí de hombros.
—Hace unos días me dijo emocionado que había ganado la Olimpiada Nacional de Repostería. Creo que viajará a Uzbekistán para la fase internacional.
Trovotskyn me regresó el documento y permaneció parado en el marco de la puerta, observando su escopeta, y yo no pude menos que sentirme intimidado, pues no sabía lo que un hombre... personaje, que había rebanado las veinticuatro cabezas del protector de las lunas de Prometeo, era capaz de hacerle a un simple autor de ciencia ficción. Se los digo porque he leído todo lo que los autores de la agencia han escrito sobre él.
De pronto, Trovotskyn abrió más la puerta y, con un ademán de invitación, me dijo:
—Pasa.
Y yo pasé.
Fue cuando comprobé que todo lo que se decía acerca de los recursos que la agencia les da a los personajes era real. Si por fuera la casa se ve como un cacharro viejo y a punto de derrumbarse, por dentro era una extrapolación, o más bien interpolación, de ello.
Una madera, que se veía que había sido colocada provisionalmente, sostenía, como un pilar, una de las vigas del techo de la casa. No soy arquitecto, pero sé algo de física, pues la ciencia ficción inevitablemente se sustenta en la ciencia y viceversa, y algo me decía que esa madera creaba un balance muy precario de fuerzas y evitaba que todo el lugar se viniera abajo.
Pero eso no era ni remotamente todo. La cama era una sábana sucia sobre el suelo y el baño era un tazón de cereal junto a la cama, que por suerte estaba limpio. Y no había mucho más, salvo algunas cosas como una navaja de rasurar, que se veía que no usaba desde hacía varias semanas, y algunos artículos personales, incluidas unas treinta armas de todos los calibres.
Entre el montón de armas dejó su escopeta.
Tomó una camisa y la puso sobre el suelo de tierra y pasto.
—Siéntate —dijo. Él se sentó en la sábana que era su cama.
Hice lo que me dijo y vi el techo y la madera que lo sostenía con desconfianza.
—Veo que la agencia no te ha dado un buen sitio para estar —le dije.
—No se trata de eso. Yo elegí este lugar. Me gusta lo precario, me gusta el peligro, me gusta el peligro precario —tomó una ametralladora y disparó una ráfaga a la madera que sostenía el techo. Todo el lugar vibró y la madera, de puro milagro, seguía sosteniendo el techo—. Entonces ¿quieres que sea el protagonista de tu siguiente cuento? —preguntó, sin levantar la vista de sus treinta y un armas.
—Así es. Será el mejor cuento en el que hayas estado.
—¿Por qué? —dijo.
Y entonces le conté de qué se trataría. Mientras escuchaba, una expresión de insatisfacción fue creciendo en su rostro y yo no tenía idea de a qué se debía. Antes de que terminara de hablar, me interrumpió:
—¿Y quieres que yo haga todo eso?
—Exactamente. Tú eres quien podría hacerlo mejor que nadie. —No sabía de qué otra forma planteárselo. Por la mueca de su rostro, sospechaba que yo estaba haciendo algo mal. ¿Acaso no los autores, o al menos los directores de la agencia, solían pedirle cosas como esta todo el tiempo?
—Algún día tendrá que terminar con todo esto —dijo como para sí.
—¿Terminar con qué? —pregunté, con la mejor de las intenciones.
Me dirigió una mirada fulminante, como aquella mirada que le dirigió al secretario de comercio de la Alianza de Naciones para que se restableciera las exportaciones hacia los sistemas aislados por la guerra que amenazaba con acabar con toda una civilización; ese cuento me gustó realmente.
—Escucha —le dijo—, tú eres un autor, tú nunca sabrás lo que es seguir órdenes y llevarlas a cabo a la perfección. Tú trabajas por tu cuenta y sin restricciones —en eso se equivocaba, pues en la agencia nos limitaban los personajes a elegir, aunque comenzaba a sospechar por qué—, en cambio un personaje necesita apegarse a lo que un autor escribe, siempre haciendo esto y haciendo lo otro, cruzando la galaxia y extinguiendo especies extraterrestres enteras para satisfacer los deseos de quien se sienta frente a su ordenador y llena hojas en blanco. De vez en cuando incluyen algo de romance en las historias que yo tengo que protagonizar, y eso se agradece, pero se olvidan de que no soy un juguete a quien pueden usar como se les dé la gana. He tenido que luchar contra enemigos que han afectado mi salud, no tienes ideas de qué tantos medicamentos tengo que tomar ahora, y he tenido que morir muchas veces, aunque luego reviva. ¿Crees que es bonito lo que se siente justo antes de la muerte, sobre todo si esa muerte tarda horas y días en llegar? Y siempre siguiendo los deseos de un autor a quien la mayoría de las veces no le veo la cara.
Hablando de cara, cuando terminó de hablar, su cara estaba tan roja como si se hubiese quemado por días, en una atmósfera de fósforo, a la luz de las estrellas binarias tipo M del sistema de Hacknar.
No tenía idea de que pensara eso de su trabajo.
Su respiración era agitada. Escuché sonar algo como una alarma y Trovotskyn se sobresaltó. Buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó una especie de teléfono y leyó el mensaje que se mostraba en la pantalla, luego guardó el aparato.
—Tengo que irme —me dijo.
—¿A dónde irás?
—Tengo que protagonizar otro cuento. Tenías razón, me informaron que este será el último cuento que tu compañero escriba, mañana se retirará.
Siempre me impresionó la habilidad de mi compañero de escribir cuentos tan malos, aún teniendo como protagonista al gran Igor Trovotskyn, aunque éste siempre se lucía con lo poco que tenía a su disposición. Sabía que el personaje se merecía algo mejor.
Se levantó, cargó un par de armas a su espalda y salió de la pequeña casa sin esperar a que yo me retirara primero de ahí. Me asomé por la puerta y lo vi perderse a lo lejos.
Y, bueno, allí estaba, solo en la casa de un personaje a quien admiraba, y eso sólo podía significar una cosa. Tuve cuidado de no revolver sus cosas, que ni tenía muchas, para que luego no se diera cuenta de que había estado husmeando entre sus pertenencias. Ni siquiera me acerqué a sus armas, pues ya sabía yo que quien tocara alguna de esas armas, y no fuera Trovotskyn, se arriesgaba a que ésta explotara en su rostro (mis pulposos compañeros disfrutaban escribir este tipo de cosas).
En una esquina de la pequeña casa, y me sorprendí porque no la había visto antes, había una pila de hojas. Me senté en el suelo y comencé cómodamente a ver qué había escrito en ellas. Resultaba que eran cuentos. Pero no sólo eso, estaban firmados por un nombre que me pareció muy extraño leer en otro lugar que no fuera el contenido del cuento: Igor Trovotskyn.
Conté más de treinta cuentos, todos con su nombre en el lugar del autor. ¿Acaso los había escrito él? Los títulos no eran los de algún cuento de mis compañeros de la agencia. Me levanté y me asomé por la puerta abierta para ver si no venía de regreso, pero no había rastro de él. Si de verdad había salido para protagonizar un cuento, no vendría al menos en unas cuantas horas. Cerré la puerta.
Tenía tiempo suficiente, así que me di a la tarea de leer todas esas historias.
Resulta que al menos la mitad de ellas eran las mejores que había leído en mi vida y el resto de ellas eran simplemente brillantes, superaban con creces a las que habían escrito mis compañeros de la agencia e incluso a las mías y a las de los mejores autores del género.
Mientras las leía, me imaginaba siendo el protagonista de esas historias. Viajé a bordo de naves cartográficas hasta los límites de la galaxia, acompañado de eternos ingenieros tortuga; me teletransporté distancias colosales sólo con el pensamiento; ayudé a personajes inverosímiles a armar rebeliones dentro de una sociedad que ya había olvidado sus orígenes; conviví con especies alienígenas que desafiaban a mi comprensión; escapé de un mundo donde no existían las mentiras y para ello tuve que mentir; fui el creador de un robot orgánico que, con un pensamiento del que yo no tenía ni un atisbo, demostró que nada era real excepto él.
Y en todo eso, cuando al final me di cuenta que, aunque yo, de cierta forma, con mi imaginación, había protagonizado todas aquellas hermosas historias, de verdad quería tener la oportunidad de vivir algo así alguna vez en mi vida y que fuese una experiencia real, más real que la que brinda la lectura o la escritura.
Levanté la mirada.
Aún no había rastro de Trovotskyn.
Me detuve un momento a leer los nombres de los personajes; eran nombres que ya no se usaban actualmente, personajes que ya no trabajaban para la agencia, aunque había algo de familiaridad en ellos y luego recordé que eran los mismos de quienes había leído tantas historias en mi juventud.
No sé cuánto tiempo estuve leyendo pero, cuando levanté la mirada, ahí estaba Trovotskyn, observándome. Había regresado de otro cuento.
Lo miré. Todos saben que los personajes envejecen más lentamente que cualquier humano, aunque no por ello se salvan de la inexorable muerte, ni siquiera si un autor escribiese que tal personaje es inmortal. Sus rasgos duros, las arrugas y las canas prematuras añejaban su rostro, aunque —recordé la fecha en la que la agencia decía que había nacido el personaje— ya debía de rondar los noventa en edad aunque parecía tres veces más joven.
Es de dominio público que los personajes sobreviven a los autores.
Evidentemente Trovotskyn se dio cuenta de lo que había estado haciendo, pues sus rasgos se endurecieron aún más y se acercó para arrebatarme la pila de hojas que ya había leído.
—¡Largo de aquí! —me dijo. Dejó la pila en el suelo y me apuntó con una de las armas que llevaba consigo, un rifle de van der Waals, y entonces decidí que sería mejor hacerle caso o terminaría siendo un charco de fluidos en el suelo que pronto sería absorbido por la tierra y nutriría a la vegetación. No me atraía para nada esa perspectiva, aunque fuese buena para el pasto—. ¡Largo! —dijo de nuevo.
—Me iré, me iré —le dije, mientras permanecía de pie sin dar un solo paso, la verdad es que no tenía intenciones de irme de ese lugar—. Sólo estuve leyendo los cuentos que encontré en una esquina.
—¿Que hiciste qué?
—Son muy buenos —le dije, aunque pensé que quizá sería mejor cerrar la boca—. No sabía que escribieses.
Su expresión no auguraba nada bueno, aunque, de un momento a otro, bajó el rifle de van der Waals y su rostro se apaciguó.
—Escribía —dijo con melancolía.
Esa revelación implicaba más cosas de las que a simple vista pudieran notarse.
—¿Por qué dejaste de hacerlo?
—Porque comencé a ser un personaje.
Quería saber más pero a la vez no. En la agencia, se acepta sin rechistar que los personajes no son seres humanos, sino simples herramientas básicas para un autor. Pero si Trovotskyn no era un ser humano, ¡que me cuelguen!, ¿entonces qué diantres era? Evidentemente la agencia ocultaba algo, o muchas cosas, más bien.
—Una vez fui un autor, como tú —dijo—. Sin embargo cada vez me fue atrayendo más la labor del personaje. Un autor sólo se sienta frente a su ordenador o su cuaderno y comienza a escribir, plasmando lo que tiene en la mente, y de cierta forma vive lo que imagina, lo cual no es algo que se deba despreciar, pero esas cosas no le ocurren realmente; en cambio a un personaje sí, pues es él el encargado de hacer todo lo que el autor escribe, y vive más aún que lo que el autor vive.
—Y ¿cómo es eso posible?
—¿Te refieres a haber sido autor y luego personaje?
Asentí con la cabeza.
—La Agencia de Escritores tiene una división para ello —dijo—, claro que eso lo supe sólo hasta que presenté mi renuncia como escritor. Sí, renuncié, y ellos e preguntaron por qué dejaba la agencia. Les dije la verdad, y ellos me hicieron saber que podría tener una segunda oportunidad, esta vez como personaje de cuentos. En ese momento me fascinó la oportunidad de vivir realmente lo que ocurre en los cuentos. Les presenté mi solicitud y la aprobaron.
—¿Hace cuánto hiciste eso?
—Hace casi medio siglo.
—Por eso tienes noventa años pero pareces de treinta y cinco. El tiempo ha pasado muy lento para ti desde que eres personaje.
—Así es. Pero ya no quiero seguirlo siendo más. Este ha sido el último cuento que protagonizo. Sólo que no podré dejar de ser personaje por una vía directa, pues la agencia sólo permite que alguien se cambie una sola vez y yo ya lo hice hace cuarenta y cinco años.
—¿Entonces cómo piensas hacer eso?
—Soy Igor Trovotskyn —fue su respuesta, y eso lo explicaba todo—. Hay muchas cosas que la agencia no te ha dicho pero que son posibles, letras pequeñas en los contratos que has firmado y que han limitado tu labor, que si supieras como usar esos elementos en tu favor serías capaz de crear los universos más fascinantes que nadie ha imaginado aún. La agencia no es perfecta y puedes atacarla a través de sus propias inconsistencias.
—Pero eso no es suficiente. ¿Cómo podrás actuar e ir contra la agencia? Necesitarás ayuda. Necesitarás a un autor.
Trovotskyn me miró con una dura sonrisa en el rostro (cualquier gesto que él hacía era duro).
Y no se imaginan lo que siguió. Bueno, quizá si.
Regresé a mi mundo, a tu mundo (sí, donde vives y has vivido toda tu vida, estimado lector), con una emoción que no había disminuido desde que abandoné el universo donde los sueños ocurren, y encendí mi ordenador portátil. El tiempo que el escritorio tarda en aparecer fue más desesperante que de costumbre, pero ni eso me desanimó. Abrí el editor de texto y me enfrenté con la página en blanco, aunque ése era un enemigo que ya había derrotado muchas otras veces.
Comencé a teclear.
En el cuarto párrafo, me sobresalté cuando me descubrí escribiendo las palabras “dijo Trovotskyn” después del guión largo. Y, mientras escribía, sabía que gran parte de lo que estaba creando en ese momento estaba ocurriendo a mi alrededor, en mi propio mundo.
Hay muchas lagunas legales en los contratos de la agencia.
Nos aprovechamos de eso.
Interferimos en el cuento de otro autor (a quien se le permitió usar a Trovotskyn como personaje), de forma que las acciones de Trovotskyn en el cuento llamaran la atención del jefe de la agencia. Pero la atención no recaía en el propio Trovotskyn sino hacia el otro autor, pues éste autor había usado al personaje de Trovotskyn de una manera inadecuada, aunque nadie sospechaba que tales manipulaciones realmente provenían de mí.
El punto es que el otro autor fue suspendido por un mes. (Si el resultado hubiese sido su expulsión definitiva, haber hecho lo que hice representaría para mí una tortura, pues dejar de ser escritor representaría la peor cosa posible para alguien que ama escribir.)
Pero el beneficio de ese acto fue indirectamente, o tal vez deba decir directamente, a favor de Trovotskyn, pues por el perjurio que había sufrido al ser usado de esa forma (forma que no revelaré, pues ni el mismo Trovotskyn soportaría que tal cosa fuese conocida por alguien fuera de la agencia), se le concedió la oportunidad a Trovotskyn de poder elegir de nuevo hacer el cambio entre ser un personaje o ser un autor.
Naturalmente, eligió ser autor.
Así que dejó el universo de los cuentos y regresó al nuestro.
Conviví directamente, desde este universo, con Trovotskyn. Fue agradable verlo escribir historias tan brillantes como las que había leído ese día en su pequeña casa que, de puro milagro, nunca se vino abajo.
Pero cada vez que leía una de las historias de Trovotskyn, anhelaba con toda el alma ser el protagonista de tan maravillosas aventuras. Tal vez me tardé mucho en dar el paso que había estado deseando desde hace muchos años.
Una mañana fui a la casa de Trovotskyn y me presentó a una bella joven que ya había visto en otras ocasiones junto a él.
—Estamos planeando casarnos —me dijo Trovotskyn.
Yo no pude hacer menos que alegrarme.
Trovotskyn ya no tenía esa barba de antes, ahora su rostro estaba muy cambiado y hasta resultaba tener un atractivo particular. Y ahora era un gran autor que evidentemente disfrutaba de una vida que sólo podría tener en este universo.
—Necesito que me hagas un gran favor —le dije.
Mientras le iba contando lo que había planeado, su rostro se entristeció, pero al final entendió, pues tal deseo no le había sido ajeno. Se ofreció a ayudarme y yo me sentí halagado.
Asistí a su boda, una gran celebración donde Trovotskyn me presentó a un viejo amigo suyo que había sido personaje y que había ayudado a dejar de serlo.
Miré a Trovotskyn y nos dimos un fuerte apretón de manos. Yo no estaba triste ni él tampoco. Él acababa de hacer, hace un par de años, lo que le dictaba su corazón y yo ahora haría lo que me dictaba el mío.
—Si quieres regresar —me dijo—, tan sólo dímelo y te traeré de vuelta al mundo donde una clase diferente de sueños ocurren.
—Creo que pasará mucho para que me aburra de todo esto —respondí.
—Entonces ahora tendré el honor de tenerte como protagonista en mis historias.
—El honor será mío —dije.
Atravesé el portal.
Miré a mi alrededor y vi una llanura de vegetación verde azulada y, en el cielo, tres lunas que transitaban, una lenta y las otras rápidamente, en medio de un crepúsculo de tintes rosas y violáceos. Frente a mí había una casa, muy modesta realmente, aunque con vista a un mar de metano cuya superficie destellaba una luz polarizada elípticamente que no tendría sentido describir porque pertenecía a otro universo (uno de los aportes del intercambio con otras especies inteligentes del multiverso).
Escuché un sonido extraño y me di cuenta que era mi comunicador de bolsillo. Era la primera vez que lo oía. En la pantalla del artefacto había un mensaje de texto:
“En diez segundos serás el protagonista de un cuento”.
Yo ya sabía quién sería el autor del cuento, y eso me llenaba de emoción. Sabía que los sueños de mi infancia y que me habían acompañado toda mi vida iban a hacerse realidad porque yo mismo los haría realidad.
No pude más que pensar: “estoy preparado”. Pero la verdad es que no estaba preparado y al mismo tiempo lo había estado desde siempre.