Ruma era un colorido planeta surcado por siete coloridas montañas, siete cónicos y puntiagudos picos. Uno de ellos se levantaba cerca de Ciudad Capital, a mucha altura sobre el nivel del suelo.
Y era en Ciudad Capital donde vivía un alegre ciudadano que ejercía un honorable y respetado oficio: era geólogo, así que estudiaba los suelos y subsuelos del planeta. Un día en la mente de este alegre ciudadano surgió una incógnita: ¿cómo estaba compuesto y estratificado el suelo a distancias mayores a los cinco kilómetros? Cinco kilómetros era el límite al que había llegado el legendario explorador de nombre Integración, que había realizado tal proeza al perforar un pozo a las faldas del monte cercano a la Ciudad Capital, después de ello escribió un tratado del subsuelo en esa región, por eso a tal límite se le conocía desde entonces como el límite de Integración.
Así que este honorable ciudadano, siguiendo los pasos de su valiente antecesor, llegó hasta aquella montaña y, armado de valor, descendió por el viejo pozo hasta el límite de Integración, y a partir de allí cavó y cavó, más profundo de lo que nadie antes había cavado.
Nadie sabe exactamente cómo era el amable hombre del que trata nuestra historia. Algunos dicen que era un fortachón, que tenía uñas como palas, y que cavó por días enteros con sus propias manos. Otros dicen que tenía un físico y un químico nada envidiable, y que excavó durante años aún con la ayuda las más potentes máquinas de excavación. Pero todos coinciden en un punto: este admirable ciudadano llegó a la última capa de la corteza. Y de pronto se encontró con que no podía cavar más, pues no había nada más que cavar.
Sujeto por una correa, bajó a la enorme caverna que se extendía infinita debajo de él. Y cuando encendió su potente linterna y alumbró el lugar, observó algo que le pareció increíble. La caverna era una esfera casi perfecta, y en el centro, flotando como sostenida por una fuerza invisible, una esfera interna algo más pequeña aunque gigantesca. Alumbró la esfera flotante y lo único que alcanzó a ver fue una masa de lustrosos colores y superficies reflectantes. Luego hubo un desplazamiento de tierra y la correa se soltó. El honorable hombre cayó y cayó, primero muy rápido pero después fue desacelerando, hasta llegar suave como una pluma hasta la superficie de la esfera interior.
Palpó cautelosamente el suelo y sintió bajo sus botas el crujir del papel celofán. Su mano se llenó de algo pegajoso, instintivamente la olfateó. El aroma era dulce y agradable. Pronto cayó en cuenta que lo que había debajo de él eran dulces, miles y miles de dulces, millones de ellos, ¡trillones! Probablemente esa esfera central estuviese formada enteramente de dulces.
¿Qué demonios era todo esto?, se preguntó.
De repente la esfera de dulces comenzó a tambalearse y el honorabilísimo ciudadano tuvo que sujetarse del delicioso suelo lo mejor que pudo. Todo el lugar resonaba estruendosamente, sacudido por las vibraciones de incontables terremotos. ¡Pummm! ¡Pummm! Varias fisuras kilométricas aparecieron en la pared interna de la corteza y los rayos de sol se filtraron por ellas. De pronto pareció que un trozo de la cáscara del planeta iba a desprenderse.
El honorable hombre, con grandes ojos, vio que enormes secciones de la corteza del planeta se desprendían y salían despedidas hacia el oscuro vacío del espacio exterior. Trozos del núcleo de dulce sobre el que yacía fueron expelidos por el cataclismo y él salió despedido junto con ellos, sin poder asirse de nada fijo. Voló por los aires, junto con una corriente de caramelos, atravesando en su camino el túnel de varios kilómetros que él mismo había excavado. Llegó al límite de Integración, aunque en el sentido contrario en el que había descendido y, cuando llegó a la parte final del túnel, a la superficie, logró sujetarse de la rama de un grueso árbol.
Los dulces salían a grandes chorros como furiosos géiseres de las fisuras de la tierra, y se elevaban hasta salir de la atmósfera para comenzar a orbitar y formar un cinturón que le daba vueltas al planeta.
Luego, algo que parecía un palo de madera gigantesco, que debía de tener como longitud la mitad de la distancia del planeta al sol, se acercaba a Ruma para dar un golpe mortal. El palo impactó y le siguió otro fuerte terremoto. Un trozo grande de corteza volvió a desprenderse y otro flujo de dulces ascendió desde el núcleo carameloso del planeta.
El amabilísimo hombre de pronto pudo comprender lo que ocurría. El enorme palo que golpeaba la corteza y la rompía con brutalidad, los dulces saliendo de las entrañas del planeta, las siete coloridas montañas en forma de cono. Todo encajaba. Todo indicaba una sola cosa: Dios era mexicano y el planeta entero era su piñata.