El presidente de Marruecos terminó de tomar asiento en la primera fila junto al presidente de Francia. La sesión extraordinaria de las Naciones Unidas tendría lugar inmediatamente. El presidente Taimanov, de Rusia, salió al estrado entre un mar de reporteros que lo acosaban desde todos los flancos. Sus dos guardaespaldas se colocaron detrás de él. Vio entre las hojas de su discurso que estaban junto al micrófono y las rehusó con la mirada. Sacó un pañuelo y se secó el sudor de la frente, a pesar que la temperatura en la sala era de doce grados Celsius. Acomodó el micrófono y miró a la audiencia.
—Hay… —tragó un poco de saliva— tan sólo una forma de hacer las cosas correctamente, de obrar bien, y esa es actuando siempre con la verdad de nuestro lado —hizo una larga pausa mientras observaba nerviosamente a los periodistas—. Me alegra mucho que este día tengamos esta sesión y que todos los países estén aquí presentes, pues hay asuntos muy delicados de los cuales hablaremos.
—¡Como las explosiones de los gaseoductos en Siberia! —gritó alguno de los reporteros.
Taimanov cerró los ojos y apretó fuertemente los párpados.
—Antes de empezar a juzgar pensemos en todas las posibilidades —miró a sus guardaespaldas—. Pueden retirarse —les dijo en voz baja.
—Señor —dijo uno de ellos—, no podemos, su protección es…
—Les he dado una orden, ¡no la ignoren! —una vena se marcó en su frente.
—Claro, Señor —se alejaron pero sin dejar de vigilarlo.
Buscó con la mirada al presidente de los Estados Unidos.
—Es imposible ocultarle al pueblo estadounidense y al mundo entero lo ocurrido a partir del mes de julio de 1947 cerca del poblado de Corona en Nuevo México. Correcto Presidente Sherman, me refiero al incidente de Roswell. Kapustin Yar tampoco es algo que se pueda ocultar. Sabemos que no estamos solos como especie inteligente y es información que ha estado en nuestras manos desde hace ya mucho tiempo.
—¿Es que se ha vuelto loco? —gritó el presidente de Estados Unidos, levantándose de su asiento.
—Usted sabe de lo que hablo —respondió Taimanov.
Varios presidentes se levantaron de sus asientos, visiblemente alterados.
—Taimanov, le recuerdo que el propósito de esta sesión no es…
—No estamos solos, señores, ¿qué tan difícil es aceptar eso?
—¡Saquen a este loco!
—¡Necesitan evidencias!, es lo que necesitan, ¡evidencias!, las tienen, no hay más ya que ocultar.
El presidente Taimanov temblaba y el sudor le escurría por el cuello. Tomó un control remoto y una pantalla bajó lentamente del techo de la gran sala. Una imagen apareció en ella.
Los seis soldados se movilizaron, corriendo entre la nieve, hacia la casa donde mantenían a los refugiados. La estructura de madera y cartón parecía abandonada.
—¡Adelante, adelante, adelante! —gritó el que iba en frente, el líder, sosteniendo su metralleta—. No hay que darles ninguna clase de ventaja a los invasores y ya lo saben, ¡los queremos vivos!
—¿De verdad eso es lo que estamos buscando? —preguntó uno de ellos.
—¡Buscamos traidores! —respondió el soldado.
Rodearon la casa y avistaron a los que salían por la parte trasera. Un soldado se arrodilló en el suelo y apuntó hacia los cuatro que iban saliendo de la casa, abriendo fuego.
—¡Coman balas! —gritó frenéticamente, sin soltar el gatillo.
Un soldado que iba delante de él se agachó y se arrastró entre la nieve hacia el hombre enloquecido.
—¡Petrov! ¡Cese al fuego!
El hombre miró desorientado a su alrededor y dejó de apretar el gatillo de su metralleta. Se sentó en el suelo.
—¿Pero qué sucede Petrov? —le gritó el líder al hombre en la nieve—. Smislov, todos ustedes —dijo dirigiéndose a los otros soldados—, vayan a ver si hay sobrevivientes, yo me encargo de este sujeto. Tú, Garry, arresta a este hombre.
Los pies del grupo se agilizaron sobre la poco gruesa capa de nieve y advirtieron tres cadáveres, dos de ellos no eran humanos, notablemente. Sus cabezas alargadas y sus cuerpos color café yacían ensangrentados sobre la brillante y blanca nieve. Vestían unos pantalones solamente. El otro cuerpo era humano y llevaba puesto un casco de soldado, su ropa era vieja y tenía el aspecto de ser un vagabundo. Smislov escuchó unas pisadas en la nieve y se percató del extraño.
—¡Hey, tú! —corrió tras de él. Sus largas piernas parecían dar enormes zancadas y pronto se le escaparía—. ¡Deténgase! —comenzó a jadear— ¡Es una orden! —un soldado se le adelantó y alcanzó a dispararle en la pierna al perseguido, que pronto cayó al suelo.
—¡Así se hace, soldado! —le felicitó Smislov.
Dos soldados fueron corriendo para asegurar al que había recibido el impacto en la pierna.
—Esa cosa es uno de los…
—Extraterrestres.
Los presidentes observaban el video dentro de la sala. Estaban absortos en quien estaba hablando y daba la impresión de que algo estaba a punto de estallar en cada uno de los presentes.
—… Fuimos atacados —dijo el que estaba hablando en el video, su cabeza estaba cubierta por una especie de capucha pero se veía claramente que tal ser no era humano—. Lo sabíamos pero no estábamos preparados para soportar algo como lo que sucedió. La Comunidad Galáctica fue exterminada. Todos los miembros y todas nuestras flotillas…
Los hombres entraron a una habitación escasamente iluminada. Cargaban al extraterrestre.
—¡Esta cosa se está muriendo!
Lo colocaron en una silla y examinaron sus pupilas y signos vitales. Uno de ellos estaba muy alterado.
—¡Oh por Dios, oh por Dios! —se llevó las manos a la cabeza.
—No le administraremos nada, desconocemos la manera en la que podría reaccionar.
—¡Perdió demasiada sangre!
—No debería de sangrar tanto —dijo el hombre que le había disparado.
—Recuerda que no es humano, su sistema circulatorio no tiene por qué ser como el nuestro.
—Preparados… —balbuceó el extraterrestre.
—Escuchen, escuchen… —dijo uno, acercándose al extraterrestre, que estaba sentado en la silla, sujetado por otro hombre. Miró el gran rostro del extraño—. Repite lo que estabas diciendo.
El extraterrestre abrió ligeramente los ojos y miró a los cinco hombres que le rodeaban. Respiraba lentamente.
—El… —dijo el extraterrestre— el mensaje tiene que ser escuchado por toda su especie. No les queda ya mucho tiempo. El presidente sabrá de lo que hablo… vayan con el presidente.
—¿De qué rayos está hablando?
—Amir, no dejes de grabar —el hombre de la prensa de Israel le dio un codazo al camarógrafo.
—Si… claro…
—… no es posible detenerlos —prosiguió el que hablaba en el video—, ellos llegarán en pocas horas a la Tierra y hay que estar preparados para lo que seguirá. Ellos no tienen interés por otra cosa que no sea el planeta, lo consumirán todo como combustible, eso es lo que harán. Que no les desilusione la idea de que no hay nada después de esto, que aquí termina todo. No queda más que aceptar el destino, cuando las cosas no son posibles de modificar…
Terminó el video y la pantalla subió de nuevo lentamente hasta el techo. Nadie sabía qué decir y se generó un silencio total en la sala. El presidente Taimanov se frotó el rostro con las manos y miró a quienes tenía adelante. El presidente de Rumania se levantó desde la segunda fila.
—¿Y quiere que estemos convencidos que esto es la verdad? —dijo frenético y enojado—, ¿qué se ha creído usted?, ¡asqueroso patán! —miró hacia los lados esperando a que alguien le apoyara.
Los demás presentes guardaron silencio por respeto, pero, la gran mayoría, no porque creyeran que lo que acababan de escuchar era cierto sino porque estaban convencidos de que el hombre que estaba encima del estrado se había vuelto completamente loco.
El soldado Smislov se acercó, con los ojos llenos de lágrimas, al moribundo extraterrestre.
—¿Cómo esperaban evitar esto? —le preguntó.
—Con su ayuda, pero nunca la tuvimos —dijo jadeando, ya casi sin poder soportar el peso de su propia cabeza.
—¿De qué manera… cómo podíamos nosotros detenerlos?
—No detenerlos. Preparando a su especie para aceptar su destino… la extinción.
La pequeña nave observó cómo el gigantesco devorador se alejaba más allá de la órbita de Marte.
—No queda nada… nada —dijo el piloto—. Pusimos tantas esperanzas en esta joven especie y de un momento a otro, sin poder intervenir, nos han arrebatado todo.
—Tal vez no se hayan ido por completo —dijo el copiloto—, tal vez… la extinción es tan sólo el comienzo.
—¿Tienes idea de lo que estás diciendo? —suspiró y agachó la cabeza—. No hay conocimiento de algo después de esto. Eso fue todo para ellos. En unas decenas de periodos la Comunidad Galáctica volverá a reestablecerse.
—¿No recuerdas acaso por qué hemos cuidado de ellos por tanto tiempo? La razón de existir de la especie humana…
—Lo recuerdo, pero nunca estuvimos seguros que ese potencial fuese a presentarse algún día, tan sólo pequeños vestigios de que tal cosa era real.
—¿Y qué tal y si es completamente real?
—¿Cómo es eso posible? Si tal cosa es cierta… ellos, la especie humana, ellos fueron Los Fundadores… los que esparcieron la vida por todo el universo en el pasado. Si ahora está extinta su raza ¿cómo es que pudieron realizar todas las cosas que hicieron cuando el universo estaba sin vida? Ellos nunca alcanzaron a desarrollar el viaje temporal. Y sin embargo estamos aquí, nosotros, porque nuestra especie fue sembrada en nuestro planeta por su especie. ¿Qué es exactamente lo que estuvimos protegiendo todos estos eones?
El copiloto miró fijamente al espacio vacío tapizado de estrellas.
—No lo se.