Era ya de día, pero en las profundidades de los refugios no podía notarse el cambio con respecto a la noche anterior. Las luces de siempre iluminaban los corredores y las salas, los salones, los comedores y los lugares de recreación. Era la misma iluminación todo el tiempo, y en ese aspecto no se hacia un esfuerzo considerable para mantener los ciclos vitales humanos funcionando como deberían de funcionar, pero no era algo que influyera demasiado.
Ya era la hora de la primera comida del día. Todos salían de sus dormitorios hacia las zonas de alimentación reglamentarias. Alonso se dirigía, como todos los días desde la Gran Guerra , hacia el comedor de la zona ZP-3. La fila avanzaba lentamente; hombres y mujeres iban a sentarse en sus respectivos asientos de la semana. Cada semana se rotaban los asientos para evitar que surgiese una monotonía que acabaría con destrozar a las almas humanas por dentro, aunque la medicación ya hacía su parte.
—Buenos días, Alonso —le dijo su amigo Frank, que estaba detrás de él, caminando también dentro de la fila.
Alonso volteó.
—Hola.
—¿Cómo te sientes, amigo?
Las comidas estaban servidas ya todos los días en sus respectivos sitios. Las dietas eran seguidas estrictamente para evitar alteraciones nutricionales. Alonso y Frank se desviaron hacia su mesa y se sentaron.
—Ayer no me han dejado ver a Diana —dijo Alonso, dando un sorbo a su taza de té.
—¿Cuál es la razón?
—Me han dicho que en esta época la tasa de embarazos suele aumentar considerablemente. Quieren mantener la población en un punto estático.
—¿Eso te han dicho? ¿Qué acaso no hay suficiente alimento para toda la población?
—Lo hay, pero el aumento de población no solo lleva consigo problemas de alimentación…
—Cierto... —Frank tomó su tenedor y lo insertó en su filete de soya, lo cortó cuidadosamente y llevó un trozo a su boca—, pero controlan la natalidad con anticonceptivos —dijo mientras masticaba—, siempre lo han hecho, y ¿entonces...?
—Algunas se niegan a tomar los anticonceptivos. No nos pueden obligar a hacer algo que no queramos. Hay un convenio.
—Hoy se cumplen 17 años, ¿recuerdas? —dijo Frank, sorbiendo su café.
—Seguro que lo recuerdo. Tal cosa no se puede olvidar.
—¿Dónde estabas tú cuando sucedió?
—Ah, pues… —se rascó la frente—, recuerdo que estaba en mi casa, mi familia estaba viendo el televisor, cuando algo explotó, después me enteré que fue la casa de Jefferson, el vecino, un misil se había impactado directamente sobre ella…
Frank arrugó su reseca frente.
—Crees... —dijo Frank, echándose para adelante, y bajando su tono de voz—, ¿crees que algún día al fin nos dejen salir a la superficie?
—No han informado nada de eso, pero espero que sea pronto. Extraño respirar un aire que no esté procesado.
—O correr en un parque y echarse al pasto riendo como loco.
—¿Tú hacías eso? —preguntó Alonso, ligeramente sorprendido.
—¿Tú no lo hacías?
—Sí, también lo hacía... junto con Diana.
—Pronto terminará el periodo de aislamiento y podrás...
La voz del Organizador interrumpió la charla, salía de los altavoces. Ambos dejaron los tenedores sobre su plato.
—Aviso de la Oficina de Coordinación. Atención. Superficie ha sido casi totalmente limpiada —millones de susurros y comentarios inundaron ese y los demás comedores—. No hay ya toxicidad remanente que pueda dañar el organismo humano. Pronto iniciaremos la reasignación y la migración hacia Superficie. En una semana las labores comenzarán. Fin del informe.
—¡Oh, Krishna! —gritó el hombre de la mesa de a lado—, ¿han escuchado? ¡Volveremos a Superficie! —su plato cayó al piso. Miles de gritos le imitaron.
—Como me gustaría tener a alguien con quién disfrutar esta ocasión —dijo entristecido Frank.
—¿Cómo dices? ¿No me tienes a mí?
El niño llegó corriendo hasta la mesa de la zona de recreación.
—¿Alonso, cómo nacen los niños? —preguntó Guillermo, mientras le jalaba la camisa.
Quitó la vista del tablero de ajedrez y volteó hacia abajo, a la pequeña figurita vestida de azul y zapatos cafés.
—¿Por qué preguntas eso, si ya lo sabes? —dijo Alonso, con cara de extrañeza—, ¿no los profesores te han dicho que nacen de una mujer, cuando un óvulo es fecundado por un…?
—Sí, eso me han dicho, pero, ¿entonces por qué esos niños salen de las máquinas?
—¿Qué dices?
Un Guardián se acercó desde lo lejos. La franja oblicua de color verde en traje rojo le identificaba.
—Guillermo, ven conmigo —le dijo el Guardián, con gran autoridad.
Alonso se levantó de su silla, pidiendo una disculpa a su contrincante en el juego.
—El niño está hablando conmigo, en un momento irá a las aulas —dijo con seriedad.
El Guardián le dirigió una mirada de ligera hostilidad, que nunca antes habían notado en ninguno de ellos. Tomó a Guillermo por el brazo y se lo llevó sin dar explicaciones. El niño se quejaba de que le lastimaba.
—¡Oiga! —gritó Alonso—, ¿qué no me ha escuchado? —corrió hacia él y se le posó en frente—. No puede llevárselo, aún no es hora de sus clases, son en veinte minutos.
Todos en la sala de juegos le miraban. Observaban con curiosidad algo que nadie había visto antes: una discusión entre un terráqueo y un arcturiano.
—Señor —dijo el Guardián, mirando a su alrededor y examinando la reacción de los allí presentes—, cálmese por favor. El niño ha violado un protocolo de seguridad, y debemos llevarle.
—¿Protocolo de seguridad? ¿De qué habla? ¿A donde le llevarán?
—El niño ha agredido a uno de sus profesores. Se le aplicará la sanción necesaria.
—Eso no es cierto —dijo Guillermo, intentándose quitar la mano del Guardián de su brazo—, no he lastimado a nadie.
—El niño miente —dijo el Guardián—. Usted debe de entenderlo, las faltas deben ser erradicadas para mejorar la convivencia social. Los sociólogos y psicólogos humanos están de acuerdo en ello con nosotros. Buenas tardes, Señor —se fue.
Su compañero de juego lo miraba estupefacto mientras se acercaba de nuevo a la mesa. Las demás personas también guardaron silencio hasta que el Guardián abandonó la zona. Andrés se sentó en la silla.
—¿Pero qué...? —exclamó Isaac, sosteniendo su dama—, ¿te has vuelto loco?, ¿cómo vas y le gritas a uno de ellos?, ¿qué no han hecho ya muchas cosas por nosotros como para soportar lo que tú haces?
—Nos ocultan algo, lo sé —dijo frunciendo el seño.
—¿Ocultarnos qué? Publican los informes cada semana en La Gaceta y son conocidos públicamente todos ellos, incluso sus jefes.
—El niño dijo algo raro... ¿no lo escuchaste?
Isaac se frotó la barbilla. Ya todos habían dejado de mirarlos, sólo algunos curiosos desde las mesas más cercanas.
—¿Qué dijo?
—Nada, olvídalo.
No hubiera sido él mismo si hubiera vivido con una duda en su interior. “¿Por qué los niños salen de esas máquinas?” Sí, eso es lo que le había preguntado el pequeño Guillermo, pero, ¿qué significaba?, ¿había visto algo? Nunca hubo secretos entre los arcturianos y los humanos. Desde su llegada a la Tierra , inmediatamente después que la Gran Guerra borrara a gran parte de la población, ellos se habían hecho cargo se la supervivencia de la raza humana, les habían dado todas las comodidades con las que gozaban en Superficie o casi todas ellas. Habían tomado el mando de sus gobiernos con justicia, asesorados por humanos. Todo era perfecto, y pronto saldrían de esas gigantescas cavernas que les servían de hogares desde hace 17 años. Pero había algo...
Alonso se acercó a alguien que él sabía conocería los planes de los arcturianos, en caso de que existiesen.
—Pablo —saludó Alonso, parado junto a su puerta.
—Hola amigo, ¿en qué te puedo ayudar?
Alonso titubeó un poco y se introdujo a la oficina.
—Vamos, toma asiento —repuso Pablo, que miraba los papeles que tenía en su escritorio.
—Sí, gracias —se sentó—. Verás, me gustaría saber si existe alguna zona que sea administrada por los Arcturianos, pero de la que no tengamos conocimiento.
Pablo desprendió la vista de los documentos y le miró fijamente.
—Sabes que no existe algo como tal.
—Te referirás a que cosa como tal no figura en los informes ni es de dominio público.
—¿De donde has sacado esa idea? —dijo Pablo, levantándose de su asiento.
—De un... —iba a decir “de un niño”, pero eso le restaría credibilidad—, tengo conocimiento de que alguien observó algo extraño, una... algo como una fábrica de androides.
—Alonso… ¿Has estado tomado tus medicamentos?
—La esquizofrenia está totalmente controlada. Escucha, ¿tienes conocimiento de algo parecido?
—No. No existe. Yo apruebo todas las instalaciones de la ZP-3 —dijo mientras caminaba en un pequeño segmento de su oficina. Estaba agitado. Se acercó hacia el grifo.
—¿Puedes localizarme a una persona al menos?
—Bien, ¿de quién se trata? —dijo, llenando un vaso de papel con agua.
No estaba allí. La habían trasladado al parecer con un motivo que no era lo suficientemente fuerte. Control de natalidad: era lo que todos decían. Alonso sabía que no era cierto. Era la hora de dormirse, pero necesitaba verla. No podía dormir y la puerta de su dormitorio estaba abierta. Sentado en su cama, sostenía una libreta en la que todos los días escribía sus pensamientos, su diario. Ahora tenía dos cosas que le rondaban la mente: la seguridad de Diana y...
—¡Oh por Dios! —se levantó de un salto de su cama—, ¡Guillermo!
El niño estaba allí. Cruzaba el pasillo con lento caminar.
—Alonso —dijo el pequeño Guillermo—, ¿como estás?
—Yo bien, pero... tú... ¿a donde te ha llevado el Guardián? —preguntó casi temblando. Puso sus manos sobre el niño y se hincó delante de él.
—Me ha hecho saber que lo que he hecho es incorrecto, que no debí haber golpeado a mi profesor. Eso está muy mal.
—¿Pero qué dices? Tú mismo habías dicho que eso era una mentira... que no habías golpeado a nadie...
—Hice mal en mentir. Me han dicho que me disculpara también contigo. Lo siento Alonso.
—Antes que te fueras me dijiste que habías visto a niños robots, ¿puedes decirme en donde están? —dijo Alonso, volteando a su alrededor.
—No dije nada de eso. Ya tengo que dormir. Hasta mañana.
—¡Hey!, no, no te vayas, ¿no recuerdas lo que me dijiste sobre los niños? En el comedor me preguntaste cómo nacían los niños.
—No pregunté eso —bostezó—. Me voy a dormir. Hasta mañana, Alonso —se dio media vuelta y caminó hasta su dormitorio. La puerta se cerró.
Alonso se metió a su habitación. Se tiró sobre la cama para tomar su teléfono, que estaba encima de su almohada.
—Vamos, vamos, contesta de una vez —a sus peticiones solo respondió una serie de tonos prolongados. Todo el día y no podía comunicarse con ella. Tiró el teléfono a la cama, pero pronto notó que tenía un nuevo mensaje de texto—. ¡Santo cielo!
Estoy en Nivel 5, Sala P. Guardianes han enloquecido. Venir. Diana.
Alonso guardó su teléfono, tomó su radio y salió corriendo de su habitación. Algo ocurría, ya no había duda. Los Guardianes habían enloquecido, era lo que decía Diana. Habían manipulado la mente de Guillermo. Habían… habían separado a todas las mujeres del resto de la población de la ZP-3. ¡Dios sabe cual era su propósito! Se topó con uno de ellos, tenía muchas ganas de molerlo a golpes, revivirlo y volverlo a golpear.
—¿Señor, a donde va a esta hora? —preguntó el Arcturiano.
La respuesta fue una mirada hostil y voltearse para proseguir su camino.
—Espere, no puede salir ahora, hay peligro.
—¿Qué acaba de decir?
—Señor —dijo el Arcturiano—, no lo hemos comunicado a todos ustedes, pero alguna enfermedad mental ha atacado a gran parte de nuestra población.
—Mi amiga está desaparecida, ¿qué es lo que pasa?
—Su amiga, Señor, fue trasladada a la Sala P , la han trasladado ilegalmente. Muchos han enloquecido, no sabemos qué podrán hacer con las mujeres.
—¿Quiere decir que no planean exterminarnos? —dijo estupefacto.
—No, Señor, nosotros no, es lo contrario a lo que queremos hacer —el Arcturiano acercó su muñeca a la boca— A toda la ZP-3 , aviso a toda la ZP-3. Informe de emergencia. Diríjanse inmediatamente a sus habitaciones. Cierren sus puertas. Por ninguna razón salgan de sus dormitorios, existe riesgo si...
Se escuchó un disparo cerca. El Arcturiano se agachó. Una reacción instintiva.
—Señor, venga conmigo.
Las fuerzas arcturianas y humanas se movilizaron alrededor de la Sala P. Más de 15 mil mujeres estaban encerradas y su situación era desconocida. Dentro no se escuchaba ruido alguno.
—Señor —dijo un Oficial humano, dirigiéndose ante el Comandante humano—, se me ha informado que lo mismo está sucediendo en todo el mundo. Nuestros colegas han enloquecido y han encerrado a todas las mujeres y las han aislado del resto de la población.
—¿Cómo puede ser esto posible? ¿Qué ocurre con las comunicaciones con los secuestradores?
—No se han podido establecer. No tenemos en claro lo que quieren.
—Comandante Maris —se dio la vuelta—, informe a las fuerzas planetarias que se organicen para salvaguardar a las secuestradas.
—Correcto Señor.
—Bien —dijo el Comandante humano en voz alta—, prepárense para entrar, cuando de la orden. No abran fuego si no les disparan primero, pero según sabemos, no están armados. Las mujeres se encuentran en la parte trasera de la sala. Esperamos la orden global de entrar. No se precipiten.
Frank llegó corriendo, en medio de toda la multitud, a la parte delantera, justo en el frente de la enorme puerta que daba acceso a la Sala P y se dirigió hacia Alonso.
—Amigo, tienes que ver algo —le tomó de la mano con fuerza.
—Espera, ¿qué no conoces la situación?
—¿Que si la conozco?
Lo encaminó hacia la zona de dormitorios, donde hace unos minutos había estado.
—Todas las mujeres —dijo Alonso—, han...
—Sí, sí, lo se. Todas han sido secuestradas por robots.
—¿Robots? No, te equivocas. Muchos arcturianos se han vuelto locos y las han encerrado.
—Los robots han reemplazado a los arcturianos, ellos son los que han secuestrado a todas las mujeres —dijo Frank rápidamente, sin dejar de caminar—. ¿Te has podido comunicar con Diana?
—No, aún no. Solo un mensaje que me envió de un teléfono que no es el suyo. ¿Cómo sabes que fueron robots?
Frank ignoró la pregunta.
—¿Traes tu radio?
—Sí, lo traigo, pero…
Llegaron a un lugar donde había una gran multitud reunida. Estaban en torno a algo que yacía sobre el suelo.
—Aquí está —dijo Frank—. Uno de ellos le disparó, después de que quisiera matar al pequeño José. Es un robot. Como muchos de los demás.
Pedazos de metal estaban esparcidos por todo el piso. La gran mole de metal que tenia la apariencia de un arcturiano estaba en partes. Engranes y circuitos cableados se le veían como entrañas.
—¿Cómo es que pudo suceder todo esto? —dijo consternado—. Espera… el pequeño Guillermo dijo algo acerca de robots bebés.
—Tal vez se refiere a los robots del Nivel 5.
—¿Pero qué…? ¿Cómo es que tú estás enterado de estas cosas y yo no?
—Escucha amigo, te estimo, y estimo a tu raza. No dejaré que se extinga —le dijo de cerca, susurrándole en el oído.
Alonso se echó para atrás. Algo había… algo había notado en el brillo de sus ojos que no había visto antes. Se resbaló con una de las piezas metálicas e intentó correr.
—¡Escucha, soy aliado, se como destruir a los robots! —gritó Frank.
Alonso se acercó lentamente. Todos los presentes estaban mirando. Habían desviado sus ojos del robot arcturiano y lo miraban con hostilidad y otros con curiosidad.
—¡Eres un robot! —dijo temblando—. Tú, Frank Reynolds, ¡eres un robot! ¿Qué le han hecho a Diana? ¿Qué?
—Nuestro objetivo es extinguir su raza —dijo—, los humanos. Lo lograríamos destruyendo a todas sus ejemplares hembras y sus depósitos de óvulos y las demás reservas artificiales de producción de individuos. A mi no me ha agradado la idea que maneja mi especie. Estoy en desacuerdo.
—¿Por qué nos quieren destruir?
—Queremos su planeta, a mis líderes les pareció un hermoso planeta. Ven —le dijo, tendiéndole la mano—, ahora, solo ahora, puedo ayudarlos.
El rebelde robot había sido bien recibido por ambas especies de las fuerzas terrestres. Aun no habían entrado para rescatar a las secuestradas.
—Por el momento ellos no actuarán —dijo Frank—, estarán esperándolos a que entren, para desintegrarlos. Tenemos todo el tiempo.
—¿Como sabemos que este robot nos dice la verdad? —preguntó un soldado humano.
—Porque les diré la forma en que pueden destruirlos.
—¿Acaso no son tus semejantes? —preguntó uno de entre la multitud.
—Sus almas están corrompidas por el poder y llenas de maldad —dijo Frank.
—¿Sus almas? ¡Pero si ustedes no poseen almas!
—Verá… es más complicado de lo que parece... ¿Hay alguien que sepa de microelectrónica por aquí?
Algunos hombres y la gran mayoría de los arcturianos levantaron la mano.
—Tú —señaló a uno de ellos—, me ayudarás con esto.
Sacó un pequeño aparato de su bolsillo, con una pantalla digital en él.
—¿Qué es esto? —preguntó el hombre—. Nunca he visto antes algo como esto.
Frank abrió una sección de su cráneo, que se deslizó como una puertecita. Dentro había una masa azulada en la que parecían moverse un sin fin de corrientes eléctricas que emitían una especie de luminosidad.
—¡Oh por Dios! — exclamaron Alonso y el otro hombre.
—¿Ves el tablero verde se silicio que tiene una sección libre? —preguntó Frank.
—Sí… lo veo —dijo nervioso el hombre.
—Solda el cable negro del aparato en esa sección.
—¿Cuál es la función de este artefacto? —preguntó Alonso.
—Produce una alteración en la frecuencia de los cerebros de los otros robots, causándoles alucinaciones. Les haremos creer que todos los demás robots son Sclvloeznarianos.
—¿Qué es un… lo que has dicho?
—Los Sclvloeznarianos son una especie enemiga de la nuestra. Reaccionamos ante ellos de manera instintiva: les asesinamos.
—¿Puedes hacer eso realmente? —preguntó el hombre.
—Claro que puedo, podría hacer lo mismo con los humanos, ustedes también tienen una frecuencia que podría ser manipulada fácilmente. Ya hablaremos de ello luego —dijo Frank—. Ahora solda el aparato a mi cerebro. Esto es como el LSD de los robots.
El hombre comenzó a unir el cable donde le había indicado. El artefacto estuvo prontamente soldado a su cabeza.
—¿Está seguro que no matarán a ninguna de las secuestradas, por error? —preguntó uno de los arcturianos.
—No lo harían por nada del mundo. Somos los mejores tiradores de la galaxia. Los robots no fallarán ningún disparo, sólo dispararán a los que creen que son sus enemigos, es decir, a ellos mismos. Aléjense un poco, tan solo por precaución —dijo, extendiendo sus brazos.
—Pero esto se está repitiendo por todo el mundo —dijo Alonso—, ¿realmente funcionará?
—No me subestimes amigo, claro que funcionará.
El lugar quedó en silencio, mientras Frank permanecía inmóvil, y en el aparato que tenía instalado en su cabeza parpadeaba una luz verde. Todos esperaban a escuchar los disparos provenientes de dentro de la Sala P , cuando se mataran unos a otros en una alucinación radial.
La gran puerta se abrió lentamente hacia arriba. Los cuerpos de decenas de robots replicadores arcturianos estaban inmóviles en el piso de la sala. Además de eso no se observaba nada, luego unas formas en el fondo que se iban acercando. Eran todas las mujeres que habían estado secuestradas. En la parte delantera de la masa de mujeres, Alonso pudo identificar a Diana y corrió hacia ella para abrazarla.
—Amor —la tapizó de besos—, qué… ¿qué es lo que ha ocurrido allí dentro?
—Ya no son peligrosos —le dijo con cariño.
—¿A qué te refieres? —preguntó Alonso, que la seguía abrazando fuertemente.
—¡Por los mares de Frolik 8! —exclamó Frank, llevándose las manos a la cabeza—. ¿Cómo no me he percatado antes? ¡Pero si es un Sclvloeznariano! Se ha ocultado bajo la apariencia de una mujer humana…
—Considérame una rebelde simpatizante de la raza humana —dijo tranquilamente. Miró hacia los militares reunidos en el lugar—. El enemigo ha sido neutralizado.
Alonso dejó de abrazarla y dio un paso hacia atrás, no podía articular palabra alguna. ¡Diana, una Sclvloeznariana! No sabía si podía vivir con eso de ahora en adelante.
—¿Cómo es que no ha reaccionado instintivamente y la ha asesinado? —preguntó el hombre que le había soldado el artefacto en la cabeza.
—Verá, es más complejo de lo que parece.
Frank se dirigió hacia Alonso, que seguía paralizado completamente por la impresión.
—Alonso —dijo Frank, ya menos agitado por la situación—, ¿necesitarás que borremos esto de tu mente?
—Supongo que sería lo mejor.
La enorme rampa se elevó con lentitud y dejó filtrarse los primeros rayos del sol. Los pesados y anchos camiones verdes empezaron a llenarse rápidamente de gente. Había llegado el día de regresar a Superficie. Alonso, Diana y Frank se sentaron en una de las filas de asientos de la parte trasera del enorme vehículo de transporte. El lugar estaba saturado de humanos y arcturianos.
—¿Huelen eso? —preguntó Alonso, olfateando el aire.
—Es el aire de Superficie —respondió Frank.
—Tantos años —dijo Diana.
—Sí —respondió Alonso, aspirando fuertemente. Colocó sus manos sobre sus rodillas y miró a Diana—. Por un momento creí que no estaría junto a ti cuando llegara este día —le tomó las manos—. Lo que se me hace difícil comprender es cómo los robots hicieron el remplazo de la mitad de los arcturianos y no fueron tan precavidos al final. Qué bueno que no fue de otra manera.
—Pero gracias a la manera de actuar de Frank —dijo Diana—, todos estamos a salvo.
—Es un hecho. Por cierto, Frank, ¿qué tienes pensado hacer ahora que regresamos a Superficie? —le preguntó Alonso.
—No lo se. Sea lo que sea que haga, no tengo planeado regresar a mi planeta y seguramente los robots no se rendirán tan fácilmente, así que me quedaré aquí. Tal vez no me acepten en ningún ejército ni para ningún cargo… los robots solemos ser subestimados. ¿Cuál es tu plan para tu futuro?
—Me casaré con Diana —dijo, con una gran sonrisa, mientras Diana lo tomaba fuertemente de las manos.
Frank volteó a ver a Diana con cierta incertidumbre y esta adoptó una expresión neutral.
—Ya quiero ver cuando nazcan sus hijos.
Haaaaaaaaaaaaaaaaaaah!!!!!!!!!!!!!!!! Me encantooooo!!!!! esa muy entretenida siento q le falto un poco as de efectos especiales! m hubiera gustado q describieras la pelea entre los Sclvloeznarianos disfrazados de mujeres con los atcturianos haha!!! m kede con ganas d imaginarmela! aunque estuvo muy interesante sin duda alguna m gusto esta historia m entretuvo! =D
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