El pequeño gatito entró a la cocina, dispuesto para coger algo del cesto de basura. Octavio, su padre, había tirado las sobras de la cena y ya se imaginaba las delicias que allí encontraría. La cocina estaba a oscuras, pero él veía perfectamente. Se alzó con una gran agilidad sobre el cesto, poniendo sus suaves patitas en el borde y con los dientes comenzó a romper la bolsa.
La luz se encendió de pronto.
—Alonzo, ¿pero qué estás haciendo? —dijo Octavio.
Alonzo miró a Octavio y notó que estaba enojado: estaba de brazos cruzados. Alonzo ya había aprendido a correlacionar sus expresiones con las emociones que el humano sentía. Lentamente Alonzo, aún con los colmillos clavados en la bolsa de basura del cesto, se hizo para atrás.
Octavio se agachó y cargó al gatito.
—Alonzo, ya sabes que no puedes estar sacando cosas de la basura. ¿Sabes qué sucede si sacas la basura del cesto? —le preguntó.
Alonzo lo observaba fijamente a los ojos y desvió la mirada hacia la basura.
—Sí, claro que sabes de qué hablo, eres un gatito muy inteligente. Si sacas la basura de allí dentro, el monstruo de la basura se enojará porque le estás quitando su comida —la respiración de Alonzo comenzó a agitarse—, y lo peor sería si te cayeras dentro del cesto, ya que el monstruo pensaría que eres parte de su comida y te devoraría.
Alonzo saltó al suelo, muy alterado y se fue caminando lentamente hasta su cama, a un lado del sofá de la sala. Desde allí miró fijamente hacia la cocina, sobre todo hacia el cesto.
La mañana había amanecido fría y Alonzo se despertó con el olor del desayuno que preparaba su padre. El gatito caminó hacia la cocina, con cuidado de no acercarse demasiado al cesto de basura.
—Mira Alonzo —le dijo Octavio—, tu desayuno está listo. Unos ricos huevos con salchichas.
Le sirvió el desayuno en su plato azul y el gatito comió. Octavio fue hacia la cocina y cogió ell cesto de basura. Alonzo observó temerosamente la escena.
—Ya vuelvo, voy a sacar la basura, no tardo mucho —Octavio caminó hacia la puerta y la cerró tras él.
El gatito abandonó momentaneamente su comida, recordaba que su padre hacía eso todas las mañanas: sacar la basura a ese gran monstruo que la devoraba. Alonzo se preguntó de qué forma se podría explicar eso. Si la basura se la comía ese gran monstruo que recorría las calles haciendo que los humanos le alimentasen, entonces, ¿qué era lo que vivía dentro del cesto de basura? ¿Al monstruo del cesto también se lo comía el otro gran monstruo? Tal vez llegaba un monstruo nuevo cada día desde dentro del más grande. Tal vez los monstruos más pequeños, lo suficientemente pequeños como para caber en un cesto, procedían del gran monstruo.
Sí, eso era lo más lógico. Usaban los cestos de los humanos como incubadoras para los hijos del gran monstruo que recorría las calles. Entonces el monstruo come basura que pasaba por las calles inspeccionaba a sus hijos todos los días para ver que todo iba bien y después los dejaba seguir dentro de las casas, dentro de los cestos. El gran monstruo se comía entonces lo que sus hijos no alcanzaban a comer. Esclavos. Sí, eso eran los humanos, esclavos.
Esta versión de las cosas convencía al pequeño Alonzo y le hacía estremecerse.
Corrió hasta la ventana y se asomó, y vio al gran monstruo marcharse, emitiendo un rugido. Octavio ya regresaba con el cesto vacío, aunque Alonzo sabía que no estaba vacío del todo. El monstruo era invisible, una buena estrategia para pasar desaparcibido.
Octavio entró en la casa y colocó de nuevo el cesto en la cocina. El gatito observaba y observaba.
Cayó la noche y con él el cesto de basura. El ruido del golpe contra el piso despertó a Alonzo, que primero se quedó observando al cesto volteado, aunque la parte superior no era perceptible desde su sitio de observación. El gatito se acercó con cautela.
Una sombra pasó corriendo, haciendo que el gatito se erizara completamente. ¿Dónde estaba Octavio? El gatito siguió acercándose al cesto pero se detuvo al ver a la pequeña criatura.
—Hola —le dijo el monstruo del cesto, sacudiendo su oscuro pelaje. Le miraba con unos ojos rojos—. Creo que tu debes ser Alonzo.
El pequeño gatito retrocedió unos pasos. Era verdad, claro que era verdad. Ahora tenía un tremendo miedo de ser confundido con basura y ser devorado.
—Oh, creo que se lo que estás pensando —dijo el mosntruo del cesto—, los de nuestra especie tenemos esa habilidad. Pero no te comeré. No a ti.
Alonzo miró hacia su alrededor para ver si Octavio no estaba cerca, pero Octavio había salido de la casa.
—¿Aunque sabes qué es lo que haré? —le preguntó el monstruo del cesto— Me comeré a tu amo, sí, ese que se llama Octavio. Comer basura ya me ha hartado, no sabes cuánto me encantaría devorar a un humano. Nadie le echará de menos, tú tal vez.
Alonzo, enfurecido, se le echó encima al pequeño monstruo, con las garras afuera y los colmillos diispuestos a desgarrar el cuello del monstruo. Pero se resistió y atacó a Alonzo con un fuerte golpe, que el gatito quedó tendido en el suelo mientras observaba como el monstruo escapaba hacia la sala. Era muy fuerte y rápido.
Se escuchó la puerta de entrada y Octavio apareció cargando unas bolsas de supermercado. Encontró al gatito lamiéndose una de sus patitas que estaba herida.
—Hola Alonzo, he regresado.
El gatito se acercó a Octavio, alarmado, y, después de pasearse nerviosamente por los pies de su amo, le dirigió una fija mirada y le tocó el zapato con la patita delantera derecha.
—¿Te sientes bien, Alonzo? —Octavio estaba impresionado ante la forma de actuar del gatito—. Ahora estaré un poco ocupado, prepararé la comida para mañana, ya sabes que nos viene a visitar mi madre.
El gatito lo siguió rumbo a la cocina, sin quitársele de enfrente y saltó encima de la estufa.
—¡Alonzo! —lo regañó Octavio—, ya te he dicho que nada de subirse a las cosas, menos en la cocina.
Pero el gatito no se bajó y comenzó a maullar, intentándole avisar de la terrible amenaza que acechaba dentro de la casa.
—Creo que te tendré que dejar dentro de la habitación para que no sigas así de molesto— cargó al gatito, que se resistía con sus garras—. Lo siento, pero es importante lo que tengo que hacer. Allí estarás bien por el momento —y metió a Alonzo dentro de su habitación.
Alonzo luchaba desde dentro, arañando la puerta. Octavio regresó hacia la cocina para preparar la comida.
—Habría jurado que me quería decir algo importante —dijo Octavio, agarrando el cuchillo para comenzar a cortar las zanahorias.
El monstruo del cesto miraba desde la puerta de la cocina, acercándose lentamente. De un salto, más ágil que el de un gato, se aferró del cuello de Octavio y le encajó sus enormes colmillos retráctiles. Octavio cayó al suelo. Con él cayó el cuchillo, que hizo un ruido metálico.
El monstruo comenzó a devorar a Octavio. Se centró primero en sus vísceras para luego seguir con el cerebro, que disfrutó como un festín. El monstruo aumentaba de tamaño mientras comía de Octavio.
Cuando hubo terminado de devorar todo el cuerpo, el monstruo, ya más grande y bastante cambiado, se acercó a la puerta de la habitación donde estaba Alonzo.
—Ha sido un gran banquete —dijo.
Y salió por la puerta del frente, transformado en un empleado recogebasura.
Muy bueno. Tendré que tener cuidado con el cubo de la basura, porque no tengo gato que me avise..
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