marzo 06, 2011

El hombre fue libre

Después de lo que sentí como una pequeña sequía de inspiración finalmente esta tarde he terminado un relato que me había dado vueltas en la mente por días. El hombre fue libre.



La puerta se cerró detrás de él. Retiró la llave de la cerradura. Miró a un lado y a otro, a las casas bajas que constituían el viejo vecindario. Ya nadie vivía allí, al menos nadie permanecía en esos lugares, fijos en el espacio. Las personas iban y venían pero era completamente diferente que hacía apenas una década.
Vio una forma borrosa que se detenía frente a una casa y luego desaparecía.
Suspiró. Le esperaba otro día de trabajo. Le gustaba la reparación y fabricación de material electrónico, era un trabajo necesario, y lo disfrutaría más si tan sólo no lo trataran como a un miembro inferior de la sociedad.
Eran las seis en punto de la mañana. El autobús no tardaría en llegar. Escuchó el ruido del motor a lo lejos. El extremo silencio del lugar le había agudizado el oído. Aún se escuchaba algo de ruido: algunas risas por allí, un golpeteo por allá, pero por lo general había un gran silencio. El autobús se detuvo enfrente de él y el conductor le saludó con alegría. Era bueno ver a alguien normal. Las puertas hidráulicas se abrieron con un siseo.
—Buenos días, Abraham —saludó el conductor.
—Hola Erick —Abraham depositó una moneda de dos créditos. Miró los asientos y sólo uno de ellos estaba ocupado: una joven sentada leía un libro. La joven alzó la vista y vio a Abraham, ella esbozó una sonrisa y volvió la mirada hacia las páginas.
Abraham se sentó en el asiento detrás del conductor.
—¿Cómo estás hoy, algún materializador descompuesto que haya que arreglar? —preguntó el conductor.
—Hay un cliente en los barrios altos que tuvo que usar la frecuencia de materialización del aparato de su vecino —respondió Abraham—. Dice que se vio obligado a hacerlo ante una emergencia porque el suyo había dejado de funcionar.
—¿Y qué pasó entonces, los va a demandar? Sé que cuando aparecen con distinta frecuencia la persona se... —hizo un sonido silbante.
—No sufrió daños, afortunadamente —contestó Abraham.
—¿Sabes? —dijo Erick—, he estado pensando en que sería mejor ser como ellos.
Hubo un momento de incómodo silencio.
—No digas tonterías, Erick —el rostro de Abraham se transformó, llenándose de una gran tristeza—, a ti te gusta ser así —dijo—. De otra forma no podrías manejar este camión.
—No haría falta. No hay necesidad de transporte, sólo tienes que saber a dónde quieres ir, y ya has llegado allí. Además, mira —señaló las filas de asientos con su única ocupante—, ya nadie se transporta de esta forma, ya no hay muchos maters por aquí. Las personas quieren libertad.
—No creo que esta sea una forma de obtener libertad —dijo Abraham—. Me parece una atrocidad. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
Eso ofendió a Erick. El conductor no respondió y no hablaron el resto del trayecto.
El autobús se detuvo y las puertas se abrieron. Abraham bajó el primer escalón.
—Hasta mañana, Erick —se despidió Abraham, y miró de reojo a la joven, que ya había dejado su libro y miraba absorta por la ventanilla.
—Hasta mañana —respondió el conductor, secamente.
Abraham bajó del autobús.
¿Qué había pasado con Erick?, ¿ahora él también sería como ellos?, pensó Abraham. Era su única conexión con el mundo material, y se entristecería mucho si se convirtiera en un energ. Pero ahora no quería pensar en ello.
Entró en el edificio y subió las escaleras. Había mucha actividad en el lugar. Las personas se materializaban y se desmaterializaban, dando saltos de un lugar a otro del espacio. Enfrente de él se materializó uno de los supervisores de la empresa. Miró a Abraham, lo saludó con la mano y desapareció. Abraham subió a su oficina y vio que habían dejado un materializador sobre su escritorio, que seguramente tenía que ser reparado. Era una caja como del tamaño de un libro muy pesado, con un solo botón. Se sentó y la analizó. Desprendió la tapa, y tomó sus lentes y su equipo de observación. Había un par de cables quemados. Notó que los nanoventiladores también estaban chamuscados, había que cambiarlos. Nada serio.
De pronto algo apareció en una esquina de la oficina, como un destello azulado.
—Abra la ventana, señor Murillo —se escuchó una voz que venía desde algún lugar en el interior de la oficina.
Abraham hizo caso y subió la ventana, dejando que entrara el aire de afuera.
El materializador, que estaba en una esquina de la oficina, había comenzado a funcionar y una figura humana se estaba formando junto a él. Abraham sintió que la habitación se vaciaba de aire. Se acercó a la ventana para poder respirar mejor. La figura que se materializaba sonrió y terminó de tomar forma. Luego el hombre recién materializado apagó el aparato.
—Veo que ya lo viste —dijo el hombre recién formado. Se alisó la camisa con las manos—. ¿Crees que podrás repararlo en menos de dos horas?
—Hay que cambiar la ventilación —respondió Abraham—. Yo diría que en diez minutos estará listo.
—Bien, no hay problema. Obsérvalo con detenimiento y disfruta del trabajo, pues será el último que repares.
Abraham levantó la vista.
—¿Va a despedirme?
El hombre se rió.
—No, no, nada de eso. Quiero recontratarte para un trabajo mejor.
—¿Qué clase de trabajo?
—Serás el jefe de mantenimiento de las instalaciones del Observatorio en Fobos. Es un puesto importante.
—No creo que esté listo para eso, señor Guzmán —respondió Abraham. Tomó un pequeño destornillador para quitar el panel de nanoventiladores del aparato—. ¿Quién seguirá haciendo mi trabajo?
Elías Guzmán tomó una silla y la colocó frente al escritorio, de cara a Abraham. Se sentó. El asiento tan sólo se hundió ligeramente; el hombre pesaba apenas diez kilogramos.
—¿No escuchó lo que le acabo de decir? —dijo Guzmán—. Será el último que tendrá que reparar.
—Pero lo dice por la nueva oferta de trabajo.
—Lo digo porque el aparato que está entre sus manos pronto será obsoleto.
Abraham levantó la vista.
—Pero si es necesario para que la gente se materialice —dijo—. De otra forma serían simples fantasmas.
Guzmán de acomodó en la silla, inquieto.
—No use ese término, señor Murillo. ¡Es insultante! Preferimos decir energs en vez de fantasmas. Fantasmas: ¡Menuda palabreja!
Abraham apretó los labios y siguió desatornillando el panel. Elías Guzmán apoyó los codos sobre la mesa. Su cuerpo era completamente sólido ahora, pero en unos cuantos minutos tan sólo sería un... fantasma.
—Nuestros científicos, escuche con atención —Elías se inclinó hacia delante—, nuestros científicos han hallado un método para materializar a una persona sin la necesidad de uno de estos —señaló el aparato en el que trabajaba Abraham.
—¿Cómo?
—Materialización a voluntad. La persona puede llegar a controlar las partículas del aire y juntarlas para formarse un cuerpo. ¿No es eso fascinante? ¡Claro que lo es! Y algunos han llegado a controlar las moléculas de una pila de arena.
—En tal caso tendrían cuerpos de arena —dijo Abraham, sin mucha emoción.
Elías frunció su frente hecha de aire comprimido y polvo.
—¿No se da cuenta del alcance de todo esto? —Elías se notaba algo enfadado—. ¡Es un nuevo grado de libertad! Cuando las naciones se unieron bajo un mismo gobierno, el mundo fue libre; ¡cuando los hombres dejaron de depender de sus cuerpos físicos, el hombre fue libre! Ahora también hemos dejado de depender de estos aparatos para materializarnos. ¡Es la búsqueda de la libertad, y ahora la hemos conseguido!
—¡Es antinatural! —gritó Abraham.
Elías fingió que no había escuchado eso. Se levantó del asiento y se volteó, dándole la espalda a Abraham.
—¿Tomas entonces la oferta en Fobos?
—No podría —respondió Abraham—, ¿cómo viajaría hasta allá? No hay transporte que me lleve.
Elías se volteó y lo miró fijamente.
—Usted sabe lo que significa viajar a otro lugar fuera de la Tierra. Y puede hacerlo fácilmente.
—Si no tuviera cuerpo.
Elías se acercó al escritorio y apoyó sus manos sobre la madera. Analizó la expresión de su empleado.
—¿Por qué no quiere suicidarse, señor Murillo? —preguntó Elías—. Oh, suicidarse es una palabra fuerte. Pero puedo decírselo de otro modo: ¿por qué no dejar su cuerpo?
Hubo un prolongado silencio. Al final, Abraham respondió:
—He trabajado aquí por diez años, desde que se inventó el materializador, y desde entonces le he expresado las razones por las cuales he conservado mi cuerpo.
—¡Por favor! —Elías se cruzó de brazos—. ¡El mundo ahora es otro! El noventa por ciento de toda la población está compuesta por energs, y el diez por ciento restante son gente indecisa que sigue viviendo en el pasado, que no aprecia la libertad. Porque eso es lo que ahora tenemos, entiéndalo bien, que entre en su cabeza. ¡Libertad! ¿No quiere ser libre?
Abraham tomó un nuevo panel de ventilación de una caja llena de piezas de repuesto y lo atornilló al aparato. Con suma tranquilidad volvió a colocar la cubierta.
—Ya está reparado —dijo, mostrando el materializador a Elías—. Creo que mi trabajo aquí ha concluido.

Era temprano, y el autobús que manejaba Erick pasaría hasta dentro de dos horas. Decidió sentarse en una de las bancas que aún quedaban en un parque cercano, de vista a la avenida por donde pasaría el autobús. Recordó que hace apenas una década había tenido automóvil, pero el Gobierno Mundial se lo había decomisado porque violaba una ley que nunca le habían dado a conocer. No se tragaba nada de eso, lo habían hecho con él y con todos, quitarle su auto, para que la gente se convenciera de que convertirse en un energ era la mejor opción. Podrían viajar a cualquier parte, y sin necesidad de auto. Los tiempos habían cambiado, sí que habían cambiado.
Miró el paisaje. La universidad estaba del otro lado de la avenida, y lo que más resaltaba era el grande y viejo edificio de la biblioteca, que aún conservaba cientos de miles de ejemplares que de vez en cuando las personas leían. La humanidad había perdido la costumbre de la lectura. No la necesitaba, simplemente saciaba sus demás deseos.
El resto del panorama era desolador. Ahora que las personas podían desplazarse, saltando de sitio en sitio, con tan sólo pensarlo, habían personas que iban a la Luna o al resto de los planetas colonizados. Un destino apreciado era un nuevo exoplaneta, orbitando a dos estrellas tipo G, similares al Sol.
Abraham vio aparecer a un grupo de figuras humanas frente al edificio de la biblioteca, y éstas hablaban cosas que no alcanzaba a distinguir. Parecieron percatarse de su presencia y lo miraron. Luego desaparecieron.
Vio su reloj. Aún faltaba una hora y cincuenta para que pasara el autobús. Entró en la biblioteca.

El autobús se detuvo enfrente de una casa derruida; la pintura café se desprendía de las paredes de ladrillo rojo. De adentro de la casa salió un hombre de avanzada edad que cargaba consigo un par de libros en las manos y una mochila en la encorvada espalda. Avanzó pesadamente y se subió al autobús. El autobús arrancó y el anciano se dejó caer de golpe en un asiento. Suspiró.
—Cuando uno es viejo parece que las cosas te atraen con una mayor gravedad —dijo el anciano.
Erick, que conducía, se sorprendió porque el hombre normalmente no solía hablar, aunque todos los días se subía al autobús y hacía el mismo recorrido.
—Yo tengo cincuenta y ya comienzo a resentir esa pesadez —respondió Erick.
El anciano pareció sonreír.
—Ha vivido tan sólo un poco más de la mitad que yo.
—¿Ha llegado a considerar ser un energ? —preguntó Erick, algo dudoso de su pregunta.
—No, señor —el anciano se puso sobre las piernas los libros que llevaba—. Tendré el cuerpo decrépito pero esto es lo que soy.
El autobús avanzó hasta estacionarse frente a la biblioteca de la universidad. Abraham se levantó de la banca de metal y subió. No era el horario en el que acostumbraba a viajar, y por eso se sorprendió de ver a un nuevo pasajero, el anciano. La joven de nuevo estaba allí, con un libro en sus manos. Abraham saludó a Erick y al anciano, que alzó una mano arrugada.
—Has salido temprano, Abraham —dijo Erick—, eso me sorprende.
Abraham se sentó.
—Renuncié —dijo.
—¡Renunciaste! ¿Por qué has hecho eso?
—Tengo mis razones.
—Mmm... Está bien si no me las quieres decir, pero me hago una idea.
—Oye —Abraham se acercó al conductor—, ¿sabes cómo se llama ella? —susurró, señalando a la joven con la mirada—. Sube todos los días y nunca la he oído hablar.
—¿Qué? —Erick pareció confundido. Miró hacia atrás y sólo vio al anciano sentado en su autobús—. ¿Estás hablando del hombre?
—¡No! —Abraham se dio cuenta de que había alzado la voz y ahora la joven lo miraba—. La chica, la que está leyendo.
—Sólo somos tres personas en este autobús —dijo Erick.
Abraham miró de nuevo hacia el asiento donde estaba sentada la joven pero ésta había desaparecido. Abraham guardó silencio.
—Parece que has visto un fantasma —dijo Erick.
—Creo que así fue —respondió Abraham.
—No digas tonterías, lo decía en broma. En todo caso era una energ, y la has asustado, como haces con todas las mujeres. Siempre las acosas con tu mirada.
—No era una energ —dijo Abraham—, no se puede mantener la materialización por tanto tiempo, y no podía estar en un estado de baja materialización ya que pudo sostener ese...
—¿Qué? —preguntó Erick.
—El libro... —Abraham se levantó y fue hacia el asiento de la chica—. No está el libro —dijo.
—Oye, creo que no has visto bien —dijo Erick, mientras doblaba en una curva—. Tal vez no llevaba ningún libro.
—Sé lo que vi y sé que un libro no puede teleportarse junto con la persona.
—Entonces tal vez sí has visto un verdadero fantasma, leyendo un libro fantasma.
Pasaron junto a una de las cosechadoras del gobierno. El Gobierno Mundial las había instalado por centenares en todas partes. Dentro de ellas se desarrollaban humanos que después eran asesinados para ofrecerles una vida de libertad. La primera generación de hombres totalmente libres había nacido hacía apenas tres años.
Algunas personas iban y venían en las cercanías de la cosechadora. Abraham sintió repugnancia.
—¡Abraham! —gritó alguien. Parecía la voz de Elías, su ex-jefe.
Elías apareció repentinamente dentro del autobús y cayó al suelo. Había sido un salto muy arriesgado, ya que se había teletransportado a un objeto en movimiento.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Abraham, con los ojos muy abiertos.
El hombre recién materializado estaba desesperado. Se paró como pudo. Su cuerpo parecía más translúcido que antes. Erick frenó bruscamente y detuvo el autobús.
—¡Los astrónomos de Fobos! —gritó Elías Guzmán—. ¡Han desaparecido!
—¿Hablas de los que operan el telescopio? —Abraham se le acercó.
—¡Ellos eran el telescopio! Sus cuerpos conformaban el telescopio humano. ¡Y han desaparecido!
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Abraham— Ya no trabajo para ti.
—Sí, lo sé. Y no sé qué se puede hacer. Mira...
Elías Guzmán levantó su mano, que parecía desintegrarse. Las compactas moléculas de aire se estaban dispersando de nuevo. Intentó sujetarse de un asiento, pero su mano lo atravesó, incorpórea. Cayó de rodillas.
—Lo siento, siento haber venido —gimió Elías—, tengo que regresar.
Su expresión de angustia iba en aumento y parecía a punto de llorar, pero eso era imposible, ya que toda el agua en su cuerpo era la escasa que contenía la humedad condensada del aire del que estaba hecho.
—¿Qué pasa? —preguntó Abraham.
—¡No puedo saltar! —gritó Elías.
—¿Tienes un materializador aquí? —dijo Abraham, volteándose hacia el conductor.
—No, no —respondió Erick—, ¿de dónde puedo sacar uno?
—En mi casa tengo uno —dijo Abraham.
—¡Estamos a dos kilómetros de tu casa! —respondió Erick.
—¡Entonces date prisa, maldita sea!
—No entiendo lo que pasa —dijo Elías, de rodillas en el suelo. El hombre parecía cada vez más traslúcido—. ¡Ah! —gritó—. ¡No puedo ver! —sus colectores de luz que formaban sus ojos se habían desvanecido—. Abraham, no sé lo que está pasando, ¡no quiero morir! —Elías comenzó a desintegrarse más. Su cuerpo de fragmentaba y la nube de partículas de las que estaba conformado se reintegró de nuevo a la atmósfera. Un momento después, ya no estaba.
—¿Elías, sigues allí? —preguntó Abraham, esperando respuesta.
—¿Qué demonios ha ocurrido? —el conductor se había levantado de su asiento.
El anciano estaba aterrado, encogido en su asiento, abrazando la mochila que llevaba con él.
—Llévame de regreso —ordenó Abraham.

Abraham corrió hacia el edificio donde había trabajado durante años. Subió las escaleras apresuradamente. El lugar estaba vacío. Ni siquiera se escuchaba el siseo del saltar, de salir y entrar, de personas de un lugar a otro. Vio un montoncito de arena esparcido por el suelo, sin duda de alguien que había aprendido a usar la arena para materializarse, como le había dicho Elías.
Su teléfono comenzó a sonar. Casi había olvidado que tenía teléfono. Era Erick.
—Ha ocurrido algo terrible —dijo Erick con la voz entrecortada.
—¡Terrible! —respondió Abraham— ¿Qué puede ser más terrible que lo que acaba de pasar?
—¡Gloria no está!
—¿Qué dices?
—¡Mi esposa! —exclamó Erick, del otro lado del teléfono— ¡No está!
—¿Cómo lo sabes?, no has estado en tu casa desde esta mañana.
—Ella estaba con el vecino. ¡Él me ha llamado informando que se ha desvanecido frente a sus ojos! Todas las demás personas también han desaparecido. ¡Todos los energs!
—No, no, deben ser sólo casos aislados. No hay que desesperarse.
Hubo un silencio. Se escuchó un quejido del otro lado del teléfono, otro ruido de fondo, y luego habló Erick:
—Lo están pasando en el televisor —dijo, con un tono sepulcral.
Había sintonizado el pequeño televisor que llevaba en el autobús. Daban las últimas noticias.

Abraham llegó a su casa. Su respiración era agitada. Se llevó las manos a la cabeza, mientras intentaba ahogar una mueca de dolor. ¡Tanta gente! ¡Dios mío!, pensó. ¿Por qué ha pasado, qué factor no tomé en cuenta?
Se dirigió hacia la sala. La joven estaba allí. La misma joven que todos los días veía en el autobús. Estaba sentada en su sofá, frente al televisor, que estaba encendido en la única televisora que ahora estaba en funcionamiento, el único canal controlado por maters.
—¿Ya te has enterado de las noticias? —le preguntó la joven.
Abraham se quedó quieto y en silencio.
—Todos han desaparecido. Todos ellos —dijo ella, y miró a Abraham fijamente.
—¿Quién eres tú?
—Mi nombre es Silvia.
Abraham intentó recordar el nombre pero ningún recuerdo acudía a su memoria.
—Morí hace ocho años —dijo ella—, aunque no me sometieron a ese proceso para convertirme en un energ. Por eso es que estoy aquí. No soy una de ellos. Todos los que se sometieron al proceso han sufrido una segunda muerte. Traicionaron su naturaleza humana y han pagado por su estupidez.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—¿Por qué has venido? —le preguntó.
—Tú eres uno de los dos científicos que inventó el materializador —dijo la chica.
Abraham no quería recordar eso. Apretó fuertemente los párpados.
—Pero el crédito se lo dieron a otra persona —dijo él.
—¿Sabes por qué la especie humana ha hecho esta gran estupidez de dejar sus cuerpos?
Abraham recordó. Su trabajo había sido desarrollar el mecanismo de materialización, con el objetivo de “revivir” a los muertos, aunque no recuperaran sus cuerpos físicos, capturar sus esencias y moldearles nuevos cuerpos. Y nunca había entendido cómo las personas vivas, las que no tenían ningún problema con sus cuerpos, habían optado por someterse al proceso de la muerte física y ser sólo fantasmas. Habían dicho libertad, pero él no compartía esa noción de libertad.
—No sabes realmente por qué, no estás seguro de por qué las personas comunes y corrientes utilizaron tu tecnología para su beneficio —dijo Silvia—. Entonces te lo diré. La especie humana es débil. Había perdido los ánimos por vivir y la vida había dejado de ser buena y simple, porque ellos la habían hecho un fastidio. Querían huir de lo que tenían, huir de ellos mismos. ¿Sabes lo que tu trabajo significó para esas miles de millones de personas débiles?
—Libertad —respondió Abraham, con voz ahogada.
—Una libertad distorsionada. El hombre fue libre, siempre lo había sido, hasta que cometió su más tonto error. Los que han quedado son como tú o como yo. Los que no hemos traicionado nuestra naturaleza. A mí me asesinaron, yo no decidí morir. ¿Y sabes quién me asesinó?
Abraham negó con la cabeza.
—Tú —respondió Silvia.
Abraham se sobresaltó.
—¡Eso no es verdad!
—¿No lo recuerdas? ¿No recuerdas a esa joven que raptaste y que mataste con la intención de luego revivirla? Fue dos años después de que tu colega se hiciera famoso luego de que te robara tu trabajo. Entonces tú te aferraste a lograr algo por lo cual fueras reconocido, y humillar a quien te había traicionado, y te pusiste la meta de devolver la vida a las personas, devolverles la vida no sólo incorpórea sino físicamente.
Abraham empezó a llorar. Se llevó las manos al rostro.
—¿Por Dios, qué quieres de mí? No sé qué puedo hacer por ti.
—¿Por mí? Nada.
—Te he asesinado. ¡Asesiné a diez mil millones de personas!
—Tú no los asesinaste a ellos, ellos así lo decidieron —dijo Silvia—. Les diste algo que salvaría vidas, que les permitiría a las personas estar con sus seres queridos aún después de muertos, pero han utilizado eso de una manera diferente. Tuvieron la elección en sus manos y es lo que han deseado, esto es lo que han obtenido. Se traicionaron a ellos mismos y ahora ya no están —Silvia se levantó del sofá y pasó a un lado de Abraham—. Me voy —dijo.
—¿A dónde irás?
—No lo sé —ella se acercó a la puerta.
—¡No sé lo que haré! —gritó Abraham, desesperado. Vio su reflejo en la negra pantalla del televisor y sintió asco ante la imagen de sí mismo. La idea del suicidio pasó por su cabeza. Pero este suicidio sería una primera y única muerte para él.
—Perdonarte a ti mismo —dijo Silvia, y atravesó el umbral de la puerta. Sus pies parecían flotar. La joven llegó hasta la calle y miró hacia ambos lados. Luego desapareció.
Un viento frío sopló sobre el rostro de Abraham, que permaneció bajo el marco de la puerta, con la mirada fija en el pavimento.

9 comentarios:

  1. Wow!

    Este es un gran, gran relato, Damián. En realidad me ha sorprendido. Las reflexiones que haces, por medio de tus personajes, sobre la naturaleza humana es notable ¿son tuyos todos estos conceptos? Lo pregunto porque acá hay material para desarrollar una historia mucho mayor.

    Hay un par de detalles minimos como "...una casa derruída y PINTADA de una PINTURA café". Acá podrías reenplazar pintura por color, o tono, etc. Lo menciono solo para que lo tengas en cuenta.

    Fue un agrado leer este cuento.

    Saludos

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  2. Paso a dejarte un cordial saludo.
    Con cincuenta uno no está decrépito ;-) (tengo 53)

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  3. Marisol: Toma en cuenta la mentalidad del personaje: es un hombre que resiente no haberse convertido en un energ y tiene deseos de hacerlo, así que ve su cuerpo físico de mala forma.

    Conozco gente de ochenta o más que digo: guau!, ya quisiera yo moverme así!

    Saludos!

    Kensan_x: Creo que me faltó una segunda revisión al texto. Gracias por notarlo. Ya corregí ese detalle.

    En algún lugar de mi cerebro (sospecho que no en mi corteza prefrontal) pensaba que este relato era malo. Tal vez por el final, que esta mañana se me ocurrió que podía cambiar, pero así está bien.

    Y bueno, creo que los conceptos son compartidos por muchas personas. Sobre todo me ha servido platicar con una buena amiga para conocer más sobre la mentalidad humana. Ella me dio ciertas nociones que no se me habrían ocurrido, como la debilidad humana y el querer huir de los problemas, como medios para que la gente aceptara abandonar sus cuerpos físicos. Huir de sí mismos, vaya.

    Qué bueno que te ha gustado.

    ¡Saludos!

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  4. Concuerdo con kensan_x acerca de la calidad de este relato. A pesar de que en el comienzo pensé que la historia iba en una dirección completamente distinta, pero el resto de la narración me sorprendió gratamente.

    Eso sí, como crítica, creo que podrías esperar un poco más antes de revelar la naturaleza de Silvia, porque sentí que la tensión que se construía en su encuentro final con Abraham se diluía muy rápidamente al revelarle ella su identidad de entrada. Quizás podrías mantener el diálogo posterior durante un rato antes de que ella le diga la verdad.

    Saludos cordiales,

    F.

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  5. Gracias, F. A. Real H.

    Bueno, en este relato quiero dejar las cosas así, pero considero tu comentario de valor para escritos posteriores. Conozco el efecto que mantener la tensión tiene, y creo que es muy útil. Ya me han hecho notar que suelo decir las cosas muy directamente (y yo pensé que sólo me pasaba cuando hablaba con las personas).

    Saludos cordiales, igualmente, y bienvenido al blog.

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  6. A mi también me parece que el relato es muy bueno, pero no termina de convencerme el final. También me parece que la desaparición de los energ no está suficientemente explicada.

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  7. Bueno, no puedo sentirme cómodo dándome cuenta que al relato le hacían falta varias cosas importantes. He hecho otra corrección y agregué y cambié lo que creí oportuno agregar y cambiar. Creo que así ya es más entendible (explico mejor la desaparición de los energs), y el final lo he modificado un poco, haciéndolo algo abierto. Eso me pasa por poner el relato aquí a los diez minutos de que lo terminé de escribir y sólo después de una revisión bastante superficial. Ahora ya me siento cómodo con el relato. Que es lo importante, que yo me sienta cómodo con él.

    Gracias por todas sus críticas constructivas. Que el hombre siga siendo libre.

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  8. Nota: La parte agregada está inmediatamente antes de que Abraham llegue a su casa y se encuentre con Silvia. Y el final está al final.

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  9. Felicidades Damián por un relato tan magnífico! Impecable, bien escrito, original...¡He disfrutado mucho con su lectura! Además, hace pensar en lo estúpidos que somos los seres humanos. Y un hombre estúpido no podrá ser nunca libre, con o sin cuerpo...

    Un saludo admirado!

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