marzo 30, 2013

Anónimo


La mujer entró al departamento 103, la linterna sobre el arma, escudriñando el lugar. Había basura tirada por todas partes, una capa de polvo, colillas de cigarro, jeringas usadas y empaques de alimento vacíos. En medio de toda esa inmundicia, el cuerpo de un hombre sin vida.
            —¿Quién notificó del incidente? —preguntó la mujer a uno de los agentes.
            —Fue una llamada anónima.
         —Oigan —dijo otro de los agentes—, esto ya lo he visto antes. La Policía Internacional informó que en las últimas horas se han recibido tres llamadas anónimas, todas eran para informar de sobredosis de droga o intentos de suicidio. Quizá estén relacionados.
            —¿Dónde se recibieron esas llamadas? —preguntó la mujer.
            —Una en Alemania, otra en España y una más en la Rusia europea.
          —Entonces difícilmente estarán relacionadas. El informante tendría que haber tenido acceso a esos tres lugares.
           El agente se abrió paso entre la capa de desperdicios y llegó hasta una mesita de noche, donde había un disco duro portátil.
         —No creo que sea casualidad. Esto también estaba en las otras escenas —giró el disco duro, en él había escrito un nombre.
            —Así se llamaba el suicida —dijo la mujer.
            —Exactamente. Hay que analizar lo que contiene, pero no creerán lo que está guardado aquí.

           —Es el onceavo caso en tres días —dijo el sujeto gordo, de pie, apoyando una mano sobre su escritorio— y aún no podemos dar con el domicilio del informante. —Apretó el botón de pausa del control. En el televisor, la imagen se congeló, mostraba un sujeto subiendo a su auto, dando vuelta a la llave y arrancando, luego al mismo sujeto jugando un partido de baloncesto—. ¿Quién y para qué haría algo así?
            —¿Dice que los once discos duros contienen en video prácticamente toda la vida de estas personas?
            El hombre gordo asintió con la cabeza.
            —¿Tiene la última grabación de la llamada que recibió la policía local?
            —Sí, claro —dijo el hombre gordo, y pulsó con su dedo una grabadora.
            La cinta comenzó a correr.
            “Quiero informar de una sobredosis de heroína en el siete dos nueve de la calle Larmor. Es una emergencia”, se escuchó una voz, en un perfecto acento del sur de la India, que parecía afectada aunque no alarmada.
            “¿Puede confirmar su posición?”, dijo la secretaria de la estación de emergencias.
            “Siete-dos-nueve. Calle Larmor. Revisen muy bien la casa”.
            Tono de fin de llamada.
            El dedo del hombre gordo se sumió en la grabadora.
            Los dos hombres guardaron silencio.
           
            —No hay cámaras en la casa o en el auto —dijo el oficial, mirando al hombre que, sin vida, era sacado de su alberca.
           —Para que alguien pudiese haber grabado todo lo encontrado en el disco, tuvo que haber vigilado al sujeto durante toda su vida. Uno podría pensar que son grabaciones familiares, si pasamos por alto los momentos de intimidad, aunque en ningún momento el sujeto parece percatarse de estar siendo grabado.
            —Y, si el informante, o quien sea, conocía tan bien a estas personas, ¿por qué no evitó todas esas muertes en vez de limitarse a avisar a la policía? Quien haya informado era claramente consciente de que todas esas personas morirían.
            —Esto es una locura. Hemos triangulado vagamente la señal del informante, pero... Apenas ayer las llamadas parecían salir de un pequeño poblado de Eslovaquia, y hoy desde Nairobi, Kenia. ¿Cuántas de estos discos duros se han encontrado?
            —Veintitrés.

            Una mujer lloraba sentada afuera de una oficina dentro de la estación de policía. Un hombre uniformado salió y se dirigió a la mujer, en el bolsillo de su pantalón llevaba un disco duro portátil.
          “Señora, encontramos un disco duro en el lugar donde su hijo se quitó la vida”, se encontró de pronto pensando el oficial de policía, mientras caminaba hacia la mujer. “Prácticamente toda su vida está ahí. Sé que su hijo se marchó de casa hace casi diez años, pero en estos videos podrá ver lo que fue de él durante todo ese tiempo, las mujeres sifilíticas con las que se acostó, los hombres a los que mató y la degradación siempre creciente de su vida durante los últimos años. Todo está allí, incluso las cosas que hacía de pequeño cuando usted no lo veía. No sabemos por qué alguien se tomó la tarea de hacer esto. Es una clara invasión a la vida entera de una persona, pero por otro lado es algo más, algunos lo llaman milagro”.
            Vio a la mujer de frente.
            —Necesitamos que rinda su declaración.

            —Esto no puede ser obra de un solo hombre.
          —¿Con qué intención grabas a una persona desde su nacimiento hasta que un día decide quitarse la vida o muere de la manera más miserable?
            —Quizá con la intención de que esa persona no sea olvidada.
            —¿Qué dices?
          —Estas personas están solas. De otra forma morirían y no se enteraría nadie, o el jodido que los viera no querría darse por enterado. Alguien debe intervenir en esas vidas, insignificantes y destrozadas. O por lo menos vigilar sus idas y venidas. Vigilarlas y hacer que de ellas quede un recuerdo, para que sean recordadas en el futuro, en una época en que la gente pueda comprenderlas.
          Continuaron mirando las grabaciones, mientras el humo de los cigarrillos iba formando vórtices y extendiéndose por la oficina.
            —¡Hey! Espera, espera, regresa el video.
            La grabación retrocedió.
           —Yo estuve ahí —el plano del video incluía el rostro del agente—. Fue durante la presentación de un libro, hace como tres meses... El tipo llega y se sienta a mi lado. Al final se para para que el autor autografíe su ejemplar. Parecía muy raro, muy solitario. No sabía que era el mismo sujeto que encontramos muerto.
           
            Los agentes escuchaban con atención las llamadas recibidas por las policías de más de treinta países, junto con el texto traducido.
            —Parece que el informante no es realmente el asesino, o puede que forme parte de alguna asociación criminal internacional. Pero ¿por qué estas personas, qué relevancia tienen?
            —Aquí está el expediente de la Interpol con los datos proporcionados por el informante —dijo un tercer agente, dejando una enorme pila de papeles en el escritorio—. Además de videos, los discos duros contenían varios archivos de texto. No parece haber nada especialmente relevante, ni siquiera todos esos terabytes de grabaciones.
            —¿Sabes si alguien de inteligencia ha liberado los documentos?
            —No. ¿Por qué?
            —Porque de alguna forma todo el material ha sido filtrado. En Internet han abierto decenas de sitios dedicados a estas personas muertas. Han colgado los videos ahí, aunque nadie podría verlos completos. La gente está inspirada con todo lo que está pasando.
            —Es una exageración —dijo el que había dejado la pila de documentos.
            En la sala contigua, vieron a través del vidrio que una de las recepcionistas de la línea de emergencias les hacía una seña, con el teléfono al oído y los ojos desorbitados.
            Los hombres corrieron hasta allá.
            —¿Puede repetirme su ubicación? —decía la mujer al teléfono, mientras apretaba el botón de altavoz.
            —Avenida Alissius, número veintidós, dos-dos —dijo la voz, con acento turco. Luego colgó.
            —Acabamos de recibir una llamada del informante anónimo —dijo la recepcionista, con un ligero temblor en las manos.
            —¿Lo has podido rastrear?
            La recepcionista miró el monitor que tenía en frente.
            —Sí —dijo—. Por poco. La dirección queda a uno pocos kilómetros de aquí.

            La policía de Ankara se movilizó para rodear el perímetro de un viejo edificio de departamentos, presuntamente desocupado, a las afueras de la ciudad. Llegaron pronto, y un grupo de agentes entró y abrió uno por uno cada departamento.
            Todos estaban vacíos, excepto uno ubicado en el séptimo piso.
            Los agentes derribaron la puerta y entraron.
           Era un lugar oscuro, sucio y revuelto, olía a orina y excremento. En una esquina del pequeño departamento, más oscura que el resto, había un sofá de espaldas, frente al que había una ventana desde donde se apreciaba una zona agrícola, con unos cuantos edificios bajos, la mayoría bodegas de cereales. Del lado derecho del sofá, apenas distinguible entre la oscuridad, sobresalían los destellos silenciosos de un arma de fuego, cuya punta rozaba la capa de suciedad del suelo, sostenida por una mano fría y rígida.
            Un agente apuntó con su arma y se paró delante del cadáver.
            —Está muerto —dijo, aunque apenas podía ver lo que tenía delante.
            —Parece que esta no es la dirección del informante sino la de algún otro suicida.
            —Entonces debe haber otro de esos discos duros por aquí —dijo alguien.
            —¿Qué es esto? —uno de los agentes señaló algo sobre una mesa, era un rollo de papiro. Extendió el rollo, manchado y medio roto, en él había varios nombres escritos, miles de ellos. Los últimos nombres de la lista parecían escritos de forma apresurada y con un tipo diferente de tinta. A un lado del rollo, una pluma blanca y grande, aunque quebrada por la mitad, reposaba dentro de un tintero—. ¡Son los nombres de las personas reportadas por el informante!
            La luz entraba por la ventana abierta, pero aquel que yacía sin vida sobre el sofá, una silueta negra y apenas perceptible, parecía oscurecer la habitación, como si la luz tuviese en él su destino natural, en vez de bañar también el resto de las cosas.
            El agente que estaba frente al cadáver entornó los párpados y abrió más la ventana, esperando tener mejor visibilidad, pero el lugar sólo se oscureció aún más.
            —Encontré el apagador —dijo alguien, y el departamento al fin se llenó de luz.
            El que estaba frente al cadáver vio las enormes alas de plumas blancas, salpicadas de rojo, que surgían de la espalda de quien yacía sobre el sofá. Los largos cabellos grises se pegaban con sangre alrededor del orificio de salida de la bala. El rostro era más bello que el de cualquier persona que hubiera visto antes. La cabeza y los hombros, ahora caídos, parecían testigos de un peso casi infinito, acumulado desde el comienzo de los tiempos.
            —Parece que esta vez no dejaron ningún disco duro —dijo otro agente, que seguía hurgando entre las cosas—. Nadie recordará a este pobre diablo.

9 comentarios:

  1. Dafuq?

    Todo iba muy bien hasta ese final tan abrupto, es que la narración es muy detallada para la forma en que termina, como si importara poco el misterio que se ha establecido para acabar con algo "impactante"

    Sobre el relato anterior estaba bastante plano, se parece a mi relato La Última Cena en la decepcion pero es visto desde afuera y por eso resulta ajeno cuando se supone es algo personal, casi es como si estuviesen invitando a juzgar la situación

    Tengo una idea que me he guardado desde hace un tiempo porque no sé como desarrollarla ¿te interesaria una colaboración? es ciencia ficción con religión pero no se me ocurre un ambiente sobre el cual trabajar

    No recuerdo si te habia dado mi corrreo pero es gh_110@live.com.mx

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    1. Hola, Gin.

      Es final es muy abrupto, sí, pero me parece que era una buena forma de cerrar con lo anterior, porque... ¿sí se ve la conexión entre el final y lo demás, o no? O no sé si sea mejor desarrollarla más antes de introducir ese final. Este relato lo escribí en un par de horas, realmente, quizá por ello no está muy trabajado, fue algo que se me ocurrió mientras leía a Philip K. Dick.

      Gracias por lo que dices sobre el relato anterior. Se lo comentaré a la autora.

      Por lo general las colaboraciones no se me han dado bien, siempre empiezo, con algún amigo, emocionado por una historia y luego esa emoción decae en ambos, por falta de tiempo, etc., y ya no se hace nada. Pero, si se puede hacer algo, claro que me interesa colaborar contigo. Estamos en contacto por correo.

      Saludos!

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  2. No me parece tan brusco el final, aunque, por supuesto, quedan unas cuantas preguntas en el aire. Pero eso te hace pensar.

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    1. :) Me encanta que mis historias hagan pensar más allá de su finita extensión.

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  3. Damián, me ha encantado este relato. Destila en el fondo una gran tristeza por la condición solitaria y anónima del ser humano, y el final lo encuentro original y fantástico, como no podía ser de otra manera. Si encima dices que lo escribiste en un par de horas, tienes de por vida toda mi admiración. Felicidades.

    Un saludo.

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    1. Gracias, Mercedes! :D Es lo bueno de leer a mi amado Philip K. Dick, me da este tipo de ideas.

      Saludos!

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  4. Me gustó el final, le profundidad de golpe al cuento al dejar la subtrama a la imaginación del lector. Si acaso la historia va despacio, das tiempo de entrar en ambiente y de digerir el asunto, asi que el final, en contraste, se siente que cierra apresuradamente.

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    1. Gracias por comentar, slash. Mi intención aquí fue no contar demasiado y que el lector pensara, sobre todo. Al parecer no me salió mal.

      Saludos!

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