marzo 15, 2013

"Paseando", por Eleonora González


Esta vez no les traigo un cuento mío sino una colaboración (la primera de este blog y espero que no la última) de Eleonora González, estudiante de Letras Clásicas.

Y van caminado de la mano dos novios. Distantes y tomados de la mano, ella va pensando en la escuela; él, en el trabajo. Los problemas los agobian, el dinero no alcanza y su relación es lo último que importa. Se dirigen unas cuantas palabras, se dan un beso y sigue el paseo. Así se han tornado todas sus salidas, se despiden con un te amo y se preparan para el siguiente paseo.

Éste es un paseo singular, ella llegó tomada del brazo de su padre al lugar donde su novio la esperaba de pie. Todos sus amigos y familiares los observan: están ahí parados con una sonrisa fingida. Por muy especial que sea este momento, para ellos es el paseo de siempre: ambos, pensando en sus problemas, maquinan soluciones y se sonríen por instantes para aparentar complicidad.

Ella es la primera en detener el paseo; luego, él. Ambos sólo lo hacen para pronunciar, cumpliendo el protocolo, un falso y gastado “sí, acepto” y luego, seguir paseando en su mente. Porque ahora han jurado ante su fe que sus cuerpos estarán cerca para siempre… mientras su mente pasea.

marzo 04, 2013

El club de ajedrez

Apenas hace un par de días fue la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México, y cada tertulia que pasa me divierto más; platicar con gente a la que le interesa la Ciencia Ficción y se la toma en serio es algo singular, y me anima a hacer mejores cosas, aunque no me quede casi tiempo fuera del que le dedico a la universidad. Actualmente trabajo en un cuento, tendrá unas 15 mil palabras cuando esté terminado, lo más largo que haya escrito, y es una mezcla entre "Siete vistas de la Garganta de Olduvai" de Mike Resnick, un montón de cosas que he leído últimamente, y sobre todo de una idea que me dio un compañero matemático y escritor (en su conjunto es una cosa algo experimental). Eventualmente lo publicaré aquí, aún tengo que encontrar ratitos libres para avanzar y terminarlo. Ah, y también quería informar que gané el 4° lugar en el concurso anual de relatos de Ciencia Ficción de La Cueva del Lobo, de entre un total de 39 relatos que mandaron autores de varios países de Latinoamérica, además de España. El cuento con el que participé es uno que quizá ya hayan leído, "El viaje de un cartógrafo", uno de mis preferidos. Para terminar, les dejo un cuentito que escribí hace unos meses.

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El chico nuevo, con su tablero enrollado bajo el brazo, levantó la vista hacia las mesas puestas en fila, donde varios sujetos se enfrentaban en partidas casi interminables. Las narices de los que jugaban olisquearon el aire, y pronto supieron que alguien había entrado a su territorio; instintivamente, todos pusieron de pie. El chico nuevo pronto se vio acorralado por las miradas, hambrientas de carne fresca, de los que se escondían detrás de aquellos lentes de fondo de botella. Los sujetos se acercaron, parecían salir de todas partes, caminaron con paso robótico, mientras sus risas mostraban unos brackets del color del mismo infierno. Un sujeto se acercó al recién llegado.
     —¿Quieres unirte a nosotros? —el sujeto alcanzó a decir esto cuando le comenzó a faltar el aire. Sacó su inhalador del bolsillo, lo agitó y se lo llevó a la boca; lo apretó y, con fuerza, introdujo a sus pulmones el revitalizante aerosol de salbutamol.
     —Sí —dijo el chico nuevo, intimidado por el que, sin lugar a dudas, debía de ser el líder.
     —Ya sabes lo que necesitas para pertenecer a nuestro club —dijo el macho alfa, con la respiración agitada.
     El chico nuevo asintió con la cabeza.
     El macho alfa le ofreció su inhalador. El chico nuevo lo miró con duda.
     —Tómalo —le dijo—; lo necesitarás.
    —No te arrepentirás de tu elección —dijo otro integrante del club—. Vale la pena. —El sujeto salió de entre las sombras y el chico nuevo pudo percibir su rostro y sus brazos llenos de cicatrices—. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer: los zapatos ortopédicos aplastando mi cara, las piezas dentro de mi nariz y en otros orificios que... ¡Oh, Dios mío!... Pero al final te conviertes en un miembro del club —esbozó una sonrisa que dejaba ver los dientes rotos.
   Con la cabeza baja, el chico nuevo tomó el inhalador que le ofrecía el líder, y avanzó, adentrándose en las tinieblas.
     —Bienvenido al Club de Ajedrez de la Facultad de Ciencias —le dijo el macho alfa.
   Los sujetos comenzaron a hacer sonar las piezas de ajedrez sobre las mesas, en una música atronadora que auguraba los tormentos futuros, mientras el chico nuevo avanzaba hasta cruzar el punto de no retorno.
     La novatada apenas comenzaría.

febrero 22, 2013

Alianza

He aquí un ejercicio sacrílego literario para "soltar la mano"

—¡Maldita sea, no se muevan! —Dios apuntó con el arma, en un movimiento que abarcó a todos los feligreses que se habían dado cita a la misa de las ocho—. ¡Usted tampoco! —le dijo al sacerdote, poniendo el cañón contra su sien—. ¡Quédense quietos si no quieren que les vuele los sesos! ¡Carajo, no me dejan pensar! —Observó el arma con aire ausente, una pistola nueve milímetros bañada en oro, con las letras griegas alfa y omega grabadas en la culata.
     —Está en posición de tiro —dijo el francotirador desde una azotea, viendo a través de las paredes de la iglesia con sus lentes de visión térmica—, lo tengo detrás del vitral. Esperando recibir orden.
     Pero la orden para disparar no llegó.
     —¿Mamá? —dijo el capitán de la policía, con lágrimas en los ojos—. Mamá, ¿eres tú?
     Una mujer entrada en años atravesó el grupo de hombres uniformados, hasta llegar, con los brazos abiertos, donde estaba el capitán. Madre e hijo se fundieron en un abrazo.
     —¡Mamá! —el capitán tocó el rostro de la mujer, no tenía duda alguna de que ella fuese su madre, muerta treinta años atrás—. Te ves... Te ves igual a como te recuerdo.
     —Así es, mi pequeño —respondió la mujer—. Me alegra mucho verte de nuevo.
     —Ya no soy tan pequeño, mamá —dijo con una sonrisa—. Mira —señaló a sus hombres—. Me volví capitán de la policía.
     —¡Estoy tan orgulloso de ti! —le dio otro abrazo.
     —¿Acaso no es la madre del capitán? —dijo alguien.
     —¡Pero si murió hace más de veinte años!
     Todos observaban incrédulos el milagro.
     —Vamos a casa, mamá —el capitán rodeó los hombros de la mujer—. ¿Recuerdas ese pato asado que te ayudé a cocinar en Navidad?
     —Señor, no puede irse —dijo uno de sus hombres—. Tenemos una situación de rehenes.
     Pero el capitán no hizo caso.
     Uno de los policías vio que alguien se acercaba a lo lejos. No lo podía creer, ¡pero allí estaba!
     —¡Hermano! —gritó, y corrió a reunirse con su hermano muerto en la guerra el año pasado.
     —Demonios, ¿qué está pasando? —dijo uno de los francotiradores— ¡Concéntrense en la misión! —pero veía cómo más de sus compañeros se alejaban del grupo y se reunían con personas que parecían salir de la nada.
     Un autobús escolar se detuvo y de él salieron, una por una, setenta mujeres muy bien proporcionadas y con ropas que apenas cubrían lo necesario. Uno de los policías rompió en llanto mientras las mujeres lo rodeaban y lo llenaban de besos. El policía se secó las lágrimas con el brassiere de una pelirroja despampanante.
     El francotirador gruñó al ver a todas esas personas aparecer en la calle entre el cuerpo de policías. El secuestrador estaba en la mira, y no esperaría la orden de nadie para cumplir con su deber. Cuando estaba a punto de apretar el gatillo, una lengua húmeda lamió su oreja. Lentamente giró la cabeza.
     —¿Spike? —dijo.
     El perro sacudió la cola y llenó de baba la cara del francotirador.
     —¡Spike! —llegó a su mente el recuerdo del perro siendo aplastado por un camión, sin embargo allí estaba, ¡estaba vivo!—. Perro tonto —dijo, sorbiendo el moco que le escurría—, ¿dónde te has metido todo este tiempo?
     Mientras tanto Dios, dentro de la iglesia, parecía a punto de estallar.
     —¡Silencio, o me los cargo a todos! —dijo.
     Algunas personas estaban rezando.
     —¿No lo entienden, verdad? —les dijo Dios—. Le rezan a Dios, y aquí estoy yo, pero no quiero que recen, ¡sólo les pido que se callen para que me dejen pensar! —echó una mirada al lugar, los adornos le parecieron asquerosamente obscenos: los murales con motivos religiosos, los altos vitrales, las estatuas de santos y ángeles, cuadros con marcos de madera fina, recubrimientos de oro en casi cualquier lugar donde mirara...—. ¿Cuánto maldito oro gastaron para recubrir todo el lugar, eh? —preguntó, y esperó un momento—. ¿Nadie me va a responder?
     —Cuarenta kilos —dijo el sacerdote, que aún sostenía el cáliz.
     —Pues parece más, ¡eh! —dijo Dios—. Apuesto a que el oro es en lo que menos gastaron. Gastan fortunas en hacer sitios como este. Ya se olvidaron de ese lugar, uh, ah..., ¿cómo lo llaman?... Donde formé a Adán a partir del polvo, donde mueren tantas personas porque ustedes malgastan en sitios como este. Si de verdad esta fuese mi casa, el gasto estaría justificado. ¡Pero no! ¡Deberían de sentirse culpables por eso! —señaló con el dedo a los fieles.
     —Oiga, jefe —dijo la Muerte, junto a una anciana que acababa de sufrir un infarto. Se recorrió la manga de la túnica para ver su Rolex—, no es por presionarlo, pero... ¿hará lo que tenía pensado hacer?
     Dios le dirigió una mirada asesina a la Muerte, que la hubiera matado de no haber ya estado muerta.
     —¡Carajo —dijo Dios—, le prometí a Noé que nunca volvería a hacer algo así!
     En la cruz que estaba sobre el altar, Jesús crucificado se desclavó las manos y miró a Dios.
     —¿Papá, qué diablos estás haciendo? —dijo Jesús, al tiempo que terminaba de desclavarse los pies. Bajó de un salto doble mortal hacia atrás.
     —No te metas en los asuntos de un viejo terco —le respondió Dios.
     —Piensas matarlos, ¿eh? Pues no lo permitiré —lo retó Jesús—. Si es necesario, moriré para salvar sus almas... de nuevo.
     Afuera de la iglesia, prácticamente todos los policías se habían ido, acompañados de sus seres queridos difuntos, que de milagro habían vuelto a la vida. Sólo quedaba un policía, que se acercó a las puertas de la iglesia y las abrió de una patada.
     —¡Dios mío! —exclamó el policía.
     —El mismo —dijo Dios.
     —Deje salir a los rehenes —la mano del policía se movió inquieta sobre el arma que llevaba en el cinturón.
     —Vamos, no me lo vas a impedir tú, ¿verdad?, soy Dios.
     El policía desenfundó con la velocidad de un trueno y disparo una bala que impactó en el hombro del Creador.
     —¿Pero qué demonios? —Dios se tocó el lugar del impacto, de donde brotaba sangre—. Oye, oye, no, espera, ¡podemos negociar! —dijo, agitando las manos.
     —Entregue a los fieles.
     —No —dijo Dios—, no es lo que realmente quieres. Tengo algo mejor para ti —y apareció una mujer desnuda de grandes pechos frente al policía.
     —¡Papá! —gritó Jesús, tapándole los ojos a un niño.
     La mujer comenzó a acariciar al policía, éste sólo la empujó, asqueado.
     —No intentes comprarme —dijo el policía.
     —No te estoy comprando —dijo Dios—, te estoy sobornando.
     De pronto, la mujer desnuda desapareció y, en vez de ella, toda la familia del policía apareció frente a él.
     —Idiota —dijo el policía—, mi familia aún está viva.
     Dios tomó su arma bañada en oro y acribilló a tiros a sus familiares.
     —Ahora dime si no desearías que estuviesen vivos de nuevo.
     —¿Qué carajos? —el policía disparó a Dios, pero Jesús se interpuso entre las balas.
     —No, hijo mío —dijo Dios, sosteniendo a Jesús, de quien brotaba sangre de sus heridas—. ¿Por qué lo has hecho?, sabes que yo no habría muerto por unos simples disparos.
     —Es que tengo una manía enfermiza de morir innecesariamente por los demás —dijo Jesús, y luego murió.
     El policía bajó el arma.
     Dios cargó el cuerpo de su hijo y lo llevó hasta el altar.
     —Entregaré a los rehenes —dijo Dios—. Pero antes, todos han de saber que nunca volveré a obrar en contra de mi misma creación como lo he hecho hoy. Esta será mi señal de alianza con ustedes, el símbolo de que la humanidad no será castigada de nuevo —en el cielo apareció un hermoso arco iris.
     —Ya usó el arco iris la vez pasada —susurró la Muerte en su oído—. Tendrá que pensar en otra cosa.
     Dios miró su arma grabada en oro y la alzó para que todos la vieran.
     —Esta será la nueva señal de paz que unirá a los hombres en nombre mío —dejó el arma sobre el altar—. Sólo... tengan cuidado con las balas.

enero 17, 2013

Autor, personaje

No pude esperar al sorteo de marzo para acariciar la oportunidad de tener a alguno de los personajes más cotizados que ofrece la agencia.
            Llevaba varios meses escribiendo historias que tenían como protagonista al mismo sujeto. No es que no me gustara la forma en que ese protagonista hacía lo que yo plasmaba con los tecleos de mi ordenador, ni mucho menos era que no me agradara como persona... je. Personaje. Simplemente quería que mis historias tuviesen un héroe diferente.
            Así que fui con Igor Trovotskyn.
            Verán, yo conocía a Trovotskyn por un cuento que leí de uno de mis compañeros de la Agencia de Escritores. Les juro que quedé fascinado por cómo Trovotskyn hacía todo lo que mi compañero le encomendaba a hacer en su historia. Asumía su papel de protagonista con un aire lleno de energía y tomando siempre la iniciativa, como un héroe verdadero tiene que comportarse.
            Y no es que mi compañero fuese un gran escritor, ¿para qué les miento? En la agencia hay escritores pésimos pero que brillan de vez en vez no por méritos propios sino porque han sabido elegir a sus personajes. Es que la elección de personajes, y sobre todo de un protagonista, pesa mucho en lo que se quiere contar.
            Bueno, como les decía, leí la forma magistral en la que Trovotskyn hizo su trabajo como protagonista (pues reivindicó por qué era él el protagonista) y de inmediato quise que él estuviera en uno de mis cuentos.
            No es que yo sea un mal escritor y quiera colgarme de la genial manera en la que Trovotskyn hace su trabajo, pero es que yo tenía pensado un gran cuento y en ese gran cuento sólo podría estar un gran protagonista: el gran Igor Trovotskyn.
            Así que hice algo que no necesariamente era legal dentro de la agencia, pues, ya saben, no quería esperarme hasta el sorteo. Se supone que tenía que esperar a que me asignaran un nuevo protagonista, pero quería tener más libertad al respecto. ¿Por qué dejaría que la Agencia de Escritores me impusiera a mis protagonistas? ¿Por qué yo no podría elegirlos, si al fin y al cabo se trata de mis historias?
            Entonces encendí mi ordenador portátil, esperé ansiosamente los segundos que tarda en arrancar y luego abrí un documento en blanco del editor de textos. A mitad de la habitación se abrió el pequeño portal que luego se dilató para permitir que algo de mi tamaño lo atravesase.
            Entré en él.
            Se supone que sólo desde la agencia podemos hacer eso, y sólo en ciertas fechas del año, pero, demonios, necesitaba a Trovotskyn, ese cuento no podía esperar más para ser escrito.
            La imagen de mi desordenada habitación se desvaneció y aparecí en un terreno donde la vegetación predominante era un pasto amarillento y seco. De fondo, alzando la mirada, pude ver una enorme lanzadera espacial.
            A unos quince metros delante de mí había una pequeña casa de madera, de aspecto frágil y abandonado. Me acerqué a la casa y, dudando, di tres golpecitos en la puerta. Escuché el tosido de alguien en el interior y luego el corte de cartucho de una escopeta. Di un paso hacia atrás. Toqué mi cinturón y me di cuenta de que no había traído mi tubo de van der Waals. Aunque ¿de qué serviría un tubo de van der Waals contra un personaje de cuento? Sin embargo, me sentía desprotegido.
            —¿Quién es? —escuché una voz que venía desde dentro.
            Ahora estaba seguro que había llegado al lugar correcto. Tal vez el estar desarmado no sería un problema, aunque nunca había llegado a la casa de un personaje en un horario no oficial, y uno nunca sabe cómo puede reaccionar alguien que ha viajado en una nave cartográfica con motor autístico a la Nebulosa de Orión sólo para patearle el trasero al senado de la alianza y así evitar una guerra de dimensiones galácticas.
            —Soy... —respondí—. Soy un autor.
            Esperé, y después de veinte segundos pensé que no me abriría, pero la puerta se abrió rápidamente y apareció un sujeto de rasgos duros, cabello algo largo, revuelto y canoso como su barba. Sentí un profundo respeto al verlo, pues sabía todo lo que había hecho (claro, siempre hacía lo que los escritores de la agencia le habían ordenado, pero aún así ese hombr... personaje había estado en lugares que yo apenas había imaginado y se había encontrado con seres que no existían salvo como personajes de las agencias de escritores de las especies alienígenas de los demás planetas habitados, con los que la agencia de la que formo parte tiene un convenio de cooperación. Imagínense, de otra manera, las historias que se podrían escribir con la limitación de la mente humana, serían muy pobres en contenido, y con esta cooperación con las especies alienígenas podemos introducir en nuestras historias personajes y situaciones que ninguna mente humana podría imaginar).
            —¿Se puede saber qué desea? —me preguntó Trovotskyn.
            —Sí, sí. La verdad es que estaría encantado de que usted fuera el protagonista de mi próximo cuento.
            Me dirigió una mirada tan fría como el clima siberiano en el que él había crecido.
            —Estoy trabajando para alguien más —dijo.
            Sí, en efecto, estaba trabajando para mi compañero.
            —Lo sé —le dije—, pero tengo entendido que el autor para quien trabaja se retirará del oficio mañana en la mañana.
            Trovotskyn alzó una ceja.
            —¿Me está tomando el pelo? —preguntó.
            —No sería capaz. Es más, tengo el documento que lo avala —le mostré el papel que había fotocopiado secretamente de la oficina del jefe de la agencia. Sí, ya sé, como se darán cuenta, no suelo hacer las cosas de la manera más ortodoxa.
            Trovotskyn leyó el documento y luego me miró.
            —Y ¿sabe por qué ha decidido dejar la agencia?
            Me encogí de hombros.
            —Hace unos días me dijo emocionado que había ganado la Olimpiada Nacional de Repostería. Creo que viajará a Uzbekistán para la fase internacional.
            Trovotskyn me regresó el documento y permaneció parado en el marco de la puerta, observando su escopeta, y yo no pude menos que sentirme intimidado, pues no sabía lo que un hombre... personaje, que había rebanado las veinticuatro cabezas del protector de las lunas de Prometeo, era capaz de hacerle a un simple autor de ciencia ficción. Se los digo porque he leído todo lo que los autores de la agencia han escrito sobre él.
            De pronto, Trovotskyn abrió más la puerta y, con un ademán de invitación, me dijo:
            —Pasa.
            Y yo pasé.
            Fue cuando comprobé que todo lo que se decía acerca de los recursos que la agencia les da a los personajes era real. Si por fuera la casa se ve como un cacharro viejo y a punto de derrumbarse, por dentro era una extrapolación, o más bien interpolación, de ello.
            Una madera, que se veía que había sido colocada provisionalmente, sostenía, como un pilar, una de las vigas del techo de la casa. No soy arquitecto, pero sé algo de física, pues la ciencia ficción inevitablemente se sustenta en la ciencia y viceversa, y algo me decía que esa madera creaba un balance muy precario de fuerzas y evitaba que todo el lugar se viniera abajo.
            Pero eso no era ni remotamente todo. La cama era una sábana sucia sobre el suelo y el baño era un tazón de cereal junto a la cama, que por suerte estaba limpio. Y no había mucho más, salvo algunas cosas como una navaja de rasurar, que se veía que no usaba desde hacía varias semanas, y algunos artículos personales, incluidas unas treinta armas de todos los calibres.
            Entre el montón de armas dejó su escopeta.
            Tomó una camisa y la puso sobre el suelo de tierra y pasto.
            —Siéntate —dijo. Él se sentó en la sábana que era su cama.
            Hice lo que me dijo y vi el techo y la madera que lo sostenía con desconfianza.
            —Veo que la agencia no te ha dado un buen sitio para estar —le dije.
            —No se trata de eso. Yo elegí este lugar. Me gusta lo precario, me gusta el peligro, me gusta el peligro precario —tomó una ametralladora y disparó una ráfaga a la madera que sostenía el techo. Todo el lugar vibró y la madera, de puro milagro, seguía sosteniendo el techo—. Entonces ¿quieres que sea el protagonista de tu siguiente cuento? —preguntó, sin levantar la vista de sus treinta y un armas.
            —Así es. Será el mejor cuento en el que hayas estado.
            —¿Por qué? —dijo.
            Y entonces le conté de qué se trataría. Mientras escuchaba, una expresión de insatisfacción fue creciendo en su rostro y yo no tenía idea de a qué se debía. Antes de que terminara de hablar, me interrumpió:
            —¿Y quieres que yo haga todo eso?
            —Exactamente. Tú eres quien podría hacerlo mejor que nadie. —No sabía de qué otra forma planteárselo. Por la mueca de su rostro, sospechaba que yo estaba haciendo algo mal. ¿Acaso no los autores, o al menos los directores de la agencia, solían pedirle cosas como esta todo el tiempo?
            —Algún día tendrá que terminar con todo esto —dijo como para sí.
            —¿Terminar con qué? —pregunté, con la mejor de las intenciones.
            Me dirigió una mirada fulminante, como aquella mirada que le dirigió al secretario de comercio de la Alianza de Naciones para que se restableciera las exportaciones hacia los sistemas aislados por la guerra que amenazaba con acabar con toda una civilización; ese cuento me gustó realmente.
            —Escucha —le dijo—, tú eres un autor, tú nunca sabrás lo que es seguir órdenes y llevarlas a cabo a la perfección. Tú trabajas por tu cuenta y sin restricciones —en eso se equivocaba, pues en la agencia nos limitaban los personajes a elegir, aunque comenzaba a sospechar por qué—, en cambio un personaje necesita apegarse a lo que un autor escribe, siempre haciendo esto y haciendo lo otro, cruzando la galaxia y extinguiendo especies extraterrestres enteras para satisfacer los deseos de quien se sienta frente a su ordenador y llena hojas en blanco. De vez en cuando incluyen algo de romance en las historias que yo tengo que protagonizar, y eso se agradece, pero se olvidan de que no soy un juguete a quien pueden usar como se les dé la gana. He tenido que luchar contra enemigos que han afectado mi salud, no tienes ideas de qué tantos medicamentos tengo que tomar ahora, y he tenido que morir muchas veces, aunque luego reviva. ¿Crees que es bonito lo que se siente justo antes de la muerte, sobre todo si esa muerte tarda horas y días en llegar? Y siempre siguiendo los deseos de un autor a quien la mayoría de las veces no le veo la cara.
            Hablando de cara, cuando terminó de hablar, su cara estaba tan roja como si se hubiese quemado por días, en una atmósfera de fósforo, a la luz de las estrellas binarias tipo M del sistema de Hacknar.
            No tenía idea de que pensara eso de su trabajo.
            Su respiración era agitada. Escuché sonar algo como una alarma y Trovotskyn se sobresaltó. Buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó una especie de teléfono y leyó el mensaje que se mostraba en la pantalla, luego guardó el aparato.
            —Tengo que irme —me dijo.
            —¿A dónde irás?
            —Tengo que protagonizar otro cuento. Tenías razón, me informaron que este será el último cuento que tu compañero escriba, mañana se retirará.
            Siempre me impresionó la habilidad de mi compañero de escribir cuentos tan malos, aún teniendo como protagonista al gran Igor Trovotskyn, aunque éste siempre se lucía con lo poco que tenía a su disposición. Sabía que el personaje se merecía algo mejor.
            Se levantó, cargó un par de armas a su espalda y salió de la pequeña casa sin esperar a que yo me retirara primero de ahí. Me asomé por la puerta y lo vi perderse a lo lejos.
            Y, bueno, allí estaba, solo en la casa de un personaje a quien admiraba, y eso sólo podía significar una cosa. Tuve cuidado de no revolver sus cosas, que ni tenía muchas, para que luego no se diera cuenta de que había estado husmeando entre sus pertenencias. Ni siquiera me acerqué a sus armas, pues ya sabía yo que quien tocara alguna de esas armas, y no fuera Trovotskyn, se arriesgaba a que ésta explotara en su rostro (mis pulposos compañeros disfrutaban escribir este tipo de cosas).
            En una esquina de la pequeña casa, y me sorprendí porque no la había visto antes, había una pila de hojas. Me senté en el suelo y comencé cómodamente a ver qué había escrito en ellas. Resultaba que eran cuentos. Pero no sólo eso, estaban firmados por un nombre que me pareció muy extraño leer en otro lugar que no fuera el contenido del cuento: Igor Trovotskyn.
            Conté más de treinta cuentos, todos con su nombre en el lugar del autor. ¿Acaso los había escrito él? Los títulos no eran los de algún cuento de mis compañeros de la agencia. Me levanté y me asomé por la puerta abierta para ver si no venía de regreso, pero no había rastro de él. Si de verdad había salido para protagonizar un cuento, no vendría al menos en unas cuantas horas. Cerré la puerta.
            Tenía tiempo suficiente, así que me di a la tarea de leer todas esas historias.
            Resulta que al menos la mitad de ellas eran las mejores que había leído en mi vida y el resto de ellas eran simplemente brillantes, superaban con creces a las que habían escrito mis compañeros de la agencia e incluso a las mías y a las de los mejores autores del género.
            Mientras las leía, me imaginaba siendo el protagonista de esas historias. Viajé a bordo de naves cartográficas hasta los límites de la galaxia, acompañado de eternos ingenieros tortuga; me teletransporté distancias colosales sólo con el pensamiento; ayudé a personajes inverosímiles a armar rebeliones dentro de una sociedad que ya había olvidado sus orígenes; conviví con especies alienígenas que desafiaban a mi comprensión; escapé de un mundo donde no existían las mentiras y para ello tuve que mentir; fui el creador de un robot orgánico que, con un pensamiento del que yo no tenía ni un atisbo, demostró que nada era real excepto él.
            Y en todo eso, cuando al final me di cuenta que, aunque yo, de cierta forma, con mi imaginación, había protagonizado todas aquellas hermosas historias, de verdad quería tener la oportunidad de vivir algo así alguna vez en mi vida y que fuese una experiencia real, más real que la que brinda la lectura o la escritura.
            Levanté la mirada.
            Aún no había rastro de Trovotskyn.
            Me detuve un momento a leer los nombres de los personajes; eran nombres que ya no se usaban actualmente, personajes que ya no trabajaban para la agencia, aunque había algo de familiaridad en ellos y luego recordé que eran los mismos de quienes había leído tantas historias en mi juventud.
            No sé cuánto tiempo estuve leyendo pero, cuando levanté la mirada, ahí estaba Trovotskyn, observándome. Había regresado de otro cuento.
            Lo miré. Todos saben que los personajes envejecen más lentamente que cualquier humano, aunque no por ello se salvan de la inexorable muerte, ni siquiera si un autor escribiese que tal personaje es inmortal. Sus rasgos duros, las arrugas y las canas prematuras añejaban su rostro, aunque —recordé la fecha en la que la agencia decía que había nacido el personaje— ya debía de rondar los noventa en edad aunque parecía tres veces más joven.
            Es de dominio público que los personajes sobreviven a los autores.
            Evidentemente Trovotskyn se dio cuenta de lo que había estado haciendo, pues sus rasgos se endurecieron aún más y se acercó para arrebatarme la pila de hojas que ya había leído.
            —¡Largo de aquí! —me dijo. Dejó la pila en el suelo y me apuntó con una de las armas que llevaba consigo, un rifle de van der Waals, y entonces decidí que sería mejor hacerle caso o terminaría siendo un charco de fluidos en el suelo que pronto sería absorbido por la tierra y nutriría a la vegetación. No me atraía para nada esa perspectiva, aunque fuese buena para el pasto—. ¡Largo! —dijo de nuevo.
            —Me iré, me iré —le dije, mientras permanecía de pie sin dar un solo paso, la verdad es que no tenía intenciones de irme de ese lugar—. Sólo estuve leyendo los cuentos que encontré en una esquina.
            —¿Que hiciste qué?
            —Son muy buenos —le dije, aunque pensé que quizá sería mejor cerrar la boca—. No sabía que escribieses.
            Su expresión no auguraba nada bueno, aunque, de un momento a otro, bajó el rifle de van der Waals y su rostro se apaciguó.
            —Escribía —dijo con melancolía.
            Esa revelación implicaba más cosas de las que a simple vista pudieran notarse.
            —¿Por qué dejaste de hacerlo?
            —Porque comencé a ser un personaje.
            Quería saber más pero a la vez no. En la agencia, se acepta sin rechistar que los personajes no son seres humanos, sino simples herramientas básicas para un autor. Pero si Trovotskyn no era un ser humano, ¡que me cuelguen!, ¿entonces qué diantres era? Evidentemente la agencia ocultaba algo, o muchas cosas, más bien.
            —Una vez fui un autor, como tú —dijo—. Sin embargo cada vez me fue atrayendo más la labor del personaje. Un autor sólo se sienta frente a su ordenador o su cuaderno y comienza a escribir, plasmando lo que tiene en la mente, y de cierta forma vive lo que imagina, lo cual no es algo que se deba despreciar, pero esas cosas no le ocurren realmente; en cambio a un personaje sí, pues es él el encargado de hacer todo lo que el autor escribe, y vive más aún que lo que el autor vive.
            —Y ¿cómo es eso posible?
            —¿Te refieres a haber sido autor y luego personaje?
            Asentí con la cabeza.
            —La Agencia de Escritores tiene una división para ello —dijo—, claro que eso lo supe sólo hasta que presenté mi renuncia como escritor. Sí, renuncié, y ellos e preguntaron por qué dejaba la agencia. Les dije la verdad, y ellos me hicieron saber que podría tener una segunda oportunidad, esta vez como personaje de cuentos. En ese momento me fascinó la oportunidad de vivir realmente lo que ocurre en los cuentos. Les presenté mi solicitud y la aprobaron.
            —¿Hace cuánto hiciste eso?
            —Hace casi medio siglo.
            —Por eso tienes noventa años pero pareces de treinta y cinco. El tiempo ha pasado muy lento para ti desde que eres personaje.
            —Así es. Pero ya no quiero seguirlo siendo más. Este ha sido el último cuento que protagonizo. Sólo que no podré dejar de ser personaje por una vía directa, pues la agencia sólo permite que alguien se cambie una sola vez y yo ya lo hice hace cuarenta y cinco años.
            —¿Entonces cómo piensas hacer eso?
            —Soy Igor Trovotskyn —fue su respuesta, y eso lo explicaba todo—. Hay muchas cosas que la agencia no te ha dicho pero que son posibles, letras pequeñas en los contratos que has firmado y que han limitado tu labor, que si supieras como usar esos elementos en tu favor serías capaz de crear los universos más fascinantes que nadie ha imaginado aún. La agencia no es perfecta y puedes atacarla a través de sus propias inconsistencias.
            —Pero eso no es suficiente. ¿Cómo podrás actuar e ir contra la agencia? Necesitarás ayuda. Necesitarás a un autor.
            Trovotskyn me miró con una dura sonrisa en el rostro (cualquier gesto que él hacía era duro).
            Y no se imaginan lo que siguió. Bueno, quizá si.
            Regresé a mi mundo, a tu mundo (sí, donde vives y has vivido toda tu vida, estimado lector), con una emoción que no había disminuido desde que abandoné el universo donde los sueños ocurren, y encendí mi ordenador portátil. El tiempo que el escritorio tarda en aparecer fue más desesperante que de costumbre, pero ni eso me desanimó. Abrí el editor de texto y me enfrenté con la página en blanco, aunque ése era un enemigo que ya había derrotado muchas otras veces.
            Comencé a teclear.
            En el cuarto párrafo, me sobresalté cuando me descubrí escribiendo las palabras “dijo Trovotskyn” después del guión largo. Y, mientras escribía, sabía que gran parte de lo que estaba creando en ese momento estaba ocurriendo a mi alrededor, en mi propio mundo.
            Hay muchas lagunas legales en los contratos de la agencia.
            Nos aprovechamos de eso.
            Interferimos en el cuento de otro autor (a quien se le permitió usar a Trovotskyn como personaje), de forma que las acciones de Trovotskyn en el cuento llamaran la atención del jefe de la agencia. Pero la atención no recaía en el propio Trovotskyn sino hacia el otro autor, pues éste autor había usado al personaje de Trovotskyn de una manera inadecuada, aunque nadie sospechaba que tales manipulaciones realmente provenían de mí.
            El punto es que el otro autor fue suspendido por un mes. (Si el resultado hubiese sido su expulsión definitiva, haber hecho lo que hice representaría para mí una tortura, pues dejar de ser escritor representaría la peor cosa posible para alguien que ama escribir.)
            Pero el beneficio de ese acto fue indirectamente, o tal vez deba decir directamente, a favor de Trovotskyn, pues por el perjurio que había sufrido al ser usado de esa forma (forma que no revelaré, pues ni el mismo Trovotskyn soportaría que tal cosa fuese conocida por alguien fuera de la agencia), se le concedió la oportunidad a Trovotskyn de poder elegir de nuevo hacer el cambio entre ser un personaje o ser un autor.
            Naturalmente, eligió ser autor.
            Así que dejó el universo de los cuentos y regresó al nuestro.
            Conviví directamente, desde este universo, con Trovotskyn. Fue agradable verlo escribir historias tan brillantes como las que había leído ese día en su pequeña casa que, de puro milagro, nunca se vino abajo.
            Pero cada vez que leía una de las historias de Trovotskyn, anhelaba con toda el alma ser el protagonista de tan maravillosas aventuras. Tal vez me tardé mucho en dar el paso que había estado deseando desde hace muchos años.
            Una mañana fui a la casa de Trovotskyn y me presentó a una bella joven que ya había visto en otras ocasiones junto a él.
            —Estamos planeando casarnos —me dijo Trovotskyn.
            Yo no pude hacer menos que alegrarme.
            Trovotskyn ya no tenía esa barba de antes, ahora su rostro estaba muy cambiado y hasta resultaba tener un atractivo particular. Y ahora era un gran autor que evidentemente disfrutaba de una vida que sólo podría tener en este universo.
            —Necesito que me hagas un gran favor —le dije.
            Mientras le iba contando lo que había planeado, su rostro se entristeció, pero al final entendió, pues tal deseo no le había sido ajeno. Se ofreció a ayudarme y yo me sentí halagado.
            Asistí a su boda, una gran celebración donde Trovotskyn me presentó a un viejo amigo suyo que había sido personaje y que había ayudado a dejar de serlo.
            Miré a Trovotskyn y nos dimos un fuerte apretón de manos. Yo no estaba triste ni él tampoco. Él acababa de hacer, hace un par de años, lo que le dictaba su corazón y yo ahora haría lo que me dictaba el mío.
            —Si quieres regresar —me dijo—, tan sólo dímelo y te traeré de vuelta al mundo donde una clase diferente de sueños ocurren.
            —Creo que pasará mucho para que me aburra de todo esto —respondí.
            —Entonces ahora tendré el honor de tenerte como protagonista en mis historias.
            —El honor será mío —dije.
            Atravesé el portal.
            Miré a mi alrededor y vi una llanura de vegetación verde azulada y, en el cielo, tres lunas que transitaban, una lenta y las otras rápidamente, en medio de un crepúsculo de tintes rosas y violáceos. Frente a mí había una casa, muy modesta realmente, aunque con vista a un mar de metano cuya superficie destellaba una luz polarizada elípticamente que no tendría sentido describir porque pertenecía a otro universo (uno de los aportes del intercambio con otras especies inteligentes del multiverso).
            Escuché un sonido extraño y me di cuenta que era mi comunicador de bolsillo. Era la primera vez que lo oía. En la pantalla del artefacto había un mensaje de texto:
            “En diez segundos serás el protagonista de un cuento”.
            Yo ya sabía quién sería el autor del cuento, y eso me llenaba de emoción. Sabía que los sueños de mi infancia y que me habían acompañado toda mi vida iban a hacerse realidad porque yo mismo los haría realidad.
            No pude más que pensar: “estoy preparado”. Pero la verdad es que no estaba preparado y al mismo tiempo lo había estado desde siempre.

enero 06, 2013

J.R.R. Tolkien

Hace tres días fue el 121 aniversario del nacimiento de John Ronald Reuel Tolkien, y hace tres días quería hacer esta entrada pero, por alguna misteriosa razón, no pude subir el dibujo que quería mostrarles. De Tolkien he leído El Señor de los Anillos y estoy leyendo El Hobbit; la trilogía me encantó y puedo decir que El Hobbit me está gustando. Hace más de un año hice un retrato de Tolkien, así que lo quería compartir aquí, aunque sea tres días después de su aniversario. Felicidades, Tolkien.

enero 03, 2013

Personas y cosas inesperadas

La publicación

En los meses anteriores hubo muchas sorpresas, además de haberme roto tres dientes, que vaya si fue una sorpresa. A mi correo me llegan actualizaciones de varias cosas, entre ellas cuando sale una nueva edición de NM. Uno de los correos era sobre la revista: había salido un nuevo número. Tranquilamente, leí los nombres de los autores de los cuentos que contenía y casi salto cuando veo que uno de esos nombres es el mío. Y pienso: “¡Qué! ¿Cómo es esto posible?”
           Eso fue el 1 de agosto del año pasado.
           Lo que ocurrió fue que el correo en el que Santiago Oviedo, el editor de la revista, me informaba que mi cuento había sido seleccionado para el número 25 no me llegó, así que no me enteré previamente que me publicarían. Fue una grata sorpresa. En agosto de 2011 me habían publicado “El evento Neandertal” (en el número 21 de la revista, agosto 2011) y el segundo fue, en esta ocasión, “Ahora los errantes seremos nosotros” (en el número 25, agosto 2012).
           Aunque este cuento no me gustó una vez que lo leí en la revista; lo había escrito hacía unos seis meses y le vi muchísimos puntos flojos y hasta pensé que hubiese sido mejor que no lo publicaran. No sé si esa sensación se debió a que en esos seis meses, desde que lo había escrito hasta que me lo publicaron y lo leí de nuevo, mi manera de escribir había mejorado, pues fui consciente de los fallos (al menos los que pude notar) que tenía mi cuento.

La tertulia

            No sé cómo ocurrió, si yo lo agregué a Facebook o él me agregó, el punto es que entre mis “amigos” estaba (está) Mauricio del Castillo, un escritor mexicano de Ciencia Ficción (que hace unas semanas publicó su primer libro: La Variable Multimillonaria y otros relatos) del que un día recibí una invitación para la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México.
            Yo tenía algunas referencias sobre esa tertulia, había entrado al blog de la misma unas cuantas veces antes, aunque sólo había visto sus entradas superficialmente.
            La primera cita fue el último sábado de septiembre en un restaurante Vips, y en la entrada me encontré con Mauricio, lo saludé y platicamos un poco. Sólo habíamos llegado nosotros, pero pronto llegaron más, aunque yo no supe al principio si venían a la tertulia o eran unos clientes cualquiera del restaurante. Entramos y nos sentamos en un par de mesas que estaban dispuestas juntas, en total éramos como 11 personas.
            Mauricio me había dicho que la dinámica de la tertulia era platicar de cualquier tema relacionado con la Ciencia Ficción. Casi no hablé, excepto cuando tuve que presentarme, pues era el chico nuevo. Escuché atentamente lo que los demás decían, y, en efecto, la conversación giró en torno a una gran diversidad de temas relacionados con el género.
            Fue muy agradable. Me sentía increíblemente raro en ese entorno pero a la vez muy cómodo. Eran personas bastante divertidas y que era evidente que sabían de lo que hablaban. Me parece que todos ellos escriben y varios han publicado. Yo me sentía como un niño en medio de ellos, no  en el sentido biológico, sino porque era el más joven de todos y el que creo que lleva menos tiempo escribiendo.
            Cuando ya me tenía que ir, aunque ellos se quedarían un poco más, pues ya era muy tarde (había llegado a las 5pm y llevaba ahí como 4 o 5 horas), me levanté, me despedí de todos, tomé mi mochila y abrí la puerta para salir. Lo malo fue que abrí la puerta equivocada, la de salida de emergencia, y la alarma del Vips comenzó a sonar con fuerza. Escuché las risas de los clientes, no sólo de los que habían ido a la tertulia, y yo también me reí, la verdad es que fue gracioso, aunque yo hubiera preferido que tal cosa no ocurriera.
            -Eso te pasa por querer irte rápido -dijo Mauricio del Castillo.
            No, la verdad es que eso me pasa por ser tan descuidado como siempre suelo ser.
            Luego salí por la puerta correcta.
            He asistido a tres tertulias, en septiembre, octubre y noviembre, y he ido conociendo a los asistentes, sobre todo a los que van regularmente, pues no es un grupo fijo y de pronto puede ir alguien nuevo o dejar de ir otro más. Entre ellos hay buenos escritores y gente que se interesa mucho por el género.
            Todos han sido muy amables. Miguel Ángel Fernández Delgado, quien fue presidente de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía, la AMCyF, regaló durante una tertulia unos imanes como de ocho por ocho centímetros con imágenes de un mercado argentino que visitó recientemente, y en otra ocasión nos obsequió tarjetas con ilustraciones de una revista y algunas con las obras de Frank Frazzeta, yo me llevé una de Frank.
            Un regalo que me encantó sin duda fue el que me dio Mauricio del Castillo: un libro de cuentos de Philip K. Dick, que ya saben que es mi autor favorito. No supe cómo reaccionar para agradecerle.
            Me siento muy cómodo y afortunado de reunirme con aquellas personas el último sábado de cada mes, y quiero sacar lo más posible de aquellas escasas pero increíblemente entretenidas cinco horas (o las que sean) de charla y convivencia con gente que tiene más experiencia dentro de algo que tanto amo.


Eleonora

            La conocí en una sesión del taller literario que mi amiga Gaby dio el año pasado en la Facultad de Filosofía y Letras, y creo que fue ese mismo día cuando fuimos Gaby, un compañero llamado Francisco, ella y yo, a comer hot dogs cerca de la universidad. Alguien dijo algo, no recuerdo qué, pero, por alguna razón, respondí, dirigiéndome a Eleonora: “No creo que yo termine siendo tu pareja”; fue una especie de profecía inversa.
            El 15 de abril (o quizá fue el 14), en el cumpleaños de mi amiga Gaby y tres días después de mi cumpleaños y el de Eleonora (nacimos el mismo día, con poco más de 12 horas de diferencia), fuimos al parque de diversiones Six Flags, Gaby, una compañera llamada Cecilia, Eleonora y yo. En los juegos donde había dos asientos juntos, casi siempre me senté junto a Cecilia, y los cuatro nos divertimos ese día, a la vez que yo superé, aunque no del todo, el miedo de subirme a unos juegos que, estaba seguro, me matarían del susto.
            Semanas después de eso, una chica (es probable que ella llegue a leer esto), ninguna de las mencionadas anteriormente, me invitó al cine y fui con ella, pero durante parte de la función se comportó de manera muy extraña hacia mí, bastante invasiva, y yo pensé que era algún tipo de coqueteo, el punto es que su comportamiento me confundió. Eso me hizo escribir en Facebook: “Las mujeres me confunden”. Y no lo puse sólo por la chica con la que fui al cine sino por otros casos pasados. De inmediato mis “amigos” comenzaron a preguntar sobre lo que había puesto, y yo no tenía la intención de responder.
            Unos minutos después, recibí un mensaje en el chat de Facebook, era de Eleonora, preguntando por qué me confundían las mujeres. Nunca habíamos platicado por chat, y en persona apenas habíamos intercambiado algunas palabras, pero le comenté la razón de lo que había escrito y seguimos platicando durante un buen rato más. A partir de ese momento chateábamos regularmente; comencé a descubrir a un ser humano fascinante.
            La historia es muy curiosa porque ella comenzó a hablarme con la intención de que yo le presentara a algún compañero o amigo físico, dado que a ella le resultan particularmente atractivos los científicos, cosa que no le puedo reprochar y que, vamos, es inevitable, jaja.
            Y llegó un momento en el que supe que me había enamorado de aquella persona con la que llevaba semanas platicando y que, como he descubierto con el paso de los meses, es inmensamente más interesante en persona.
            El 11 de junio comenzamos a ser novios.
            Eleonora es una mujer muy inteligente (un día, cuando viajábamos en metro, dedujo fácilmente algo de teoría de números que yo no pude, aunque su área de especialización sean las Letras Clásicas), es muy lista (en cuanto a resolver problemas prácticos es más hábil que yo), muy bella, y como ser humano es fascinante, también la admiro y es una motivación para mejorar. He aprendido mucho de ella y eso me ha cambiado; me hizo ver la importancia de la educación, algo obvio pero en lo cual no me había interesado antes, para la formación de seres humanos capaces de aprovechar su potencial y llegar a su elemento. La amo.
            También me ha generado cierta fijación por todo lo que tenga que ver con los dodos, jaja, aquellas aves que se extinguieron en la segunda mitad del siglo XVII en la isla de Mauricio a causa de la llegada de los holandeses y la introducción de nuevas especies.
            Como ven, y como leyeron en la entrada sobre mi accidente, el 2012 me dejó cosas muy buenas y también cosas desagradables. La reparación de mis dientes se retrasó, en parte porque me están atendiendo en el Distrito Federal y yo vine de vacaciones a Tabasco, para estar con mi familia. Pero me parece que lo bueno supera con creces al resto. Puedo decir que soy feliz, aún con mis enormes deficiencias como persona, de las que cada vez soy más consciente.
            Espero que hayan disfrutado estos días de celebraciones y en este momento sus vidas sean más ricas de lo que eran hace un año.

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